# Capítulo 7: Los Seguidores
El todoterreno avanzaba por la carretera que conectaba Adelaida con el interior del continente, adentrándose cada vez más en el territorio de Nankurunaisa. Yorlett observaba el paisaje a través de la ventanilla, viendo cómo la vegetación se volvía gradualmente más escasa, dando paso a la vastedad rojiza del desierto australiano.
Kira conducía en silencio, su rostro tenía una máscara de concentración. En el asiento trasero, una anciana aborigen de piel curtida por el sol y el tiempo permanecía con los ojos cerrados, aunque Ella dudaba que estuviera durmiendo.
Amara había aceptado acompañarlas en este peligroso viaje de regreso al corazón del desierto sin hacer preguntas, como si hubiera estado esperando esta llamada. Cuando Kira la había contactado, su única respuesta había sido: “Ya era hora.”
“¿Cuánto falta?”, preguntó Yorlett, rompiendo el silencio que se había instalado en el vehículo desde hacía horas.
“Llegaremos a Coober Pedy al anochecer,” respondió Kira. “Pasaremos la noche allí y continuaremos mañana hacia el Gran Desierto del norte.”
--Hay varios territorios aborígenes.
--No todos nos ayudaran.Le tienen miedo a Nankurunaisa. Estaremos dos días descansando en Alice Spring luego seguiremos hasta el desierto de Tanami. Ahora es que falta carretera
Yorlett asintió, sintiendo cómo la ansiedad crecía en su interior a medida que se acercaban a su destino. El colgante de protección contra su pecho parecía más pesado, más caliente, y la marca en su muñeca pulsaba con un ritmo que se aceleraba sutilmente.
“Él sabe que vamos,” dijo, más una afirmación que una pregunta.
“Por supuesto que sabe,” respondió Amara desde el asiento trasero, abriendo los ojos por primera vez en horas. “Ha estado esperando este momento desde que escapaste.”
La anciana se inclinó hacia adelante, sus ojos oscuros fijos en Yorlett con una intensidad que resultaba casi física.
“La pregunta no es si sabe que vamos,” continuó, “sino qué está haciendo para prepararse.”
Un escalofrío recorrió la espalda de Yorlett.
“¿Crees que intentará detenernos?”
Amara emitió un sonido que podría haber sido una risa, aunque carecía completamente de humor.
“No, niña. No intentará detenerte. Intentará asegurarse de que llegues exactamente donde él quiere. Quiere demostrarnos que su poder espiritual sexual sobre ti es indetenible”
El silencio volvió a caer sobre el vehículo, más pesado que antes. Yorlett miró por la ventanilla, observando cómo el sol comenzaba su descenso hacia el horizonte. Pronto sería de noche, y con ella, vendría la constelación de Orión.
Coober Pedy era un pueblo minero único, conocido por sus viviendas subterráneas excavadas en la roca para escapar del calor extremo del desierto. Kira había reservado habitaciones en uno de estos “dugouts”, como los llamaban localmente, un hotel parcialmente subterráneo que ofrecía un refugio fresco y oscuro del implacable sol australiano.
Mientras se registraban, Yorlett notó las miradas curiosas que recibían de los pocos huéspedes presentes en el vestíbulo. No era de extrañar. Debían presentar una imagen peculiar: una antropóloga de ascendencia mixta, una artista latina visiblemente nerviosa, y una anciana aborigen tradicional que parecía fuera de lugar en el entorno moderno del hotel.
“No mires a nadie directamente a los ojos,” murmuró Amara mientras se dirigían a sus habitaciones. “No todos aquí son lo que parecen.”
Yorlett frunció el ceño, confundida.
“¿Qué quieres decir?”
“Nankurunaisa tiene seguidores,” explicó la anciana. “Humanos que lo veneran, que hacen su voluntad en este mundo a cambio de pequeñas migajas de poder.”
“¿Un culto?”, preguntó , sintiendo que su ansiedad aumentaba.
“Varios, a lo largo de los siglos,” respondió Amara. “Algunos más organizados que otros. Algunos conscientes de a quién sirven realmente, otros engañados con promesas de conocimiento esotérico o riqueza material.”
Kira, que caminaba delante de ellas, se detuvo frente a una puerta y la abrió con la tarjeta magnética que les habían entregado en recepción.
“Entren rápido,” dijo, su voz tensa. “No me gusta cómo nos mira el hombre de la recepción.”
Una vez dentro de la habitación, una suite espaciosa excavada en la roca rojiza, Kira cerró la puerta con llave y comenzó a dibujar símbolos de protección alrededor del marco con un trozo de ocre que sacó de su bolsillo.
“¿Crees que hay seguidores de Nankurunaisa aquí?”, preguntó Yorlett, observando con inquietud cómo Kira sellaba metódicamente cada posible entrada.
“Es probable,” respondió la antropóloga sin dejar de trabajar. “Coober Pedy está en el borde del territorio tradicional de la vasta extensión que son sus dominios. Erróneamente la gente cree que nada más gobierna en el desierto de Tanami.. Y es que este es un lugar de paso obligado para cualquiera que se dirija al interior del desierto.”
Amara sentándose en uno de los sillones de la sala, sacando de su bolsa diversos objetos: pequeñas bolsas de tela con hierbas, piedras pulidas con símbolos grabados, un frasco con un líquido oscuro.
“Prepararemos protecciones adicionales esta noche,” dijo la anciana. “El ritual que realizaremos mañana requerirá toda nuestra fuerza y claridad mental.”
Yorlett se acercó a la única ventana de la habitación, una abertura estrecha cerca del techo que daba a la calle principal del pueblo. El sol casi había desaparecido, y las primeras estrellas comenzaban a asomarse en el cielo crepuscular.
“¿Qué ritual exactamente?”, preguntó, volviéndose hacia Amara. “Kira mencionó algo sobre romper el vínculo, pero no explicó cómo.”
La anciana la miró largamente antes de responder.
“No es tan simple como ‘romper un vínculo’,” dijo finalmente. “Lo que él ha creado contigo es más complejo, más… fundamental.”
“¿Qué quieres decir?”
“La marca que llevas,” Amara señaló hacia la muñeca de Yorlett, “no es solo una señal de posesión o un canal de comunicación. Es una reescritura parcial de tu esencia, un injerto de su naturaleza en la tuya.Es simplemente un matrimonio de paso ya consumado varias veces”
Yorlett sintió que el suelo se movía bajo sus pies. Se dejó caer en una silla, intentando procesar lo que acababa de escuchar.
“¿Estás diciendo que ya no soy… humana?”
“Sigues siendo humana,” intervino Kira, que había terminado de sellar la puerta y ahora trabajaba en la ventana. “Pero con algo adicional. Como una mutación, por usar un término científico.”
“No es una mutación,” corrigió Amara con un tono de leve irritación. “Es una transformación espiritual. Un cambio en el nivel más profundo de tu ser.”
“¿Se puede revertir?”, preguntó , la voz apenas un susurro.
Amara y Kira intercambiaron una mirada que no auguraba nada bueno.
“No exactamente,” respondió finalmente Amara. “No se puede ‘deshacer’ lo que ya ha sido hecho. Pero se puede redirigir, reconfigurar.”
“¿Qué significa eso?”
“Significa,” explicó la anciana, “que el ritual que realizaremos no eliminará la conexión con Nankurunaisa, sino que cambiará su naturaleza. De un vínculo de posesión a uno de coexistencia equilibrada.”
Ella intentaba entender las implicaciones de lo que estaba escuchando.
“¿Seguiré sintiendo su presencia? ¿Seguirá intentando poseerme?”
“Sentirás su presencia, sí,” confirmó Amara. “Pero no como una amenaza, no como una invasión. Más como… un conocimiento distante. Una consciencia separada que existe en paralelo a la tuya, sin intentar dominarla.”
“¿Y él aceptará eso?”, preguntó , escéptica. --“¿Renunciará a sus intentos de poseerme completamente?”
La sonrisa de Amara era sombría.
“No tendrá elección. El ritual, si tiene éxito, establecerá un equilibrio que ni siquiera él podrá romper sin destruirse a sí mismo en el proceso.”
“¿Y si falla?”
El silencio que siguió a su pregunta fue respuesta suficiente.
Kira terminó de sellar la ventana y se unió a ellas, sentándose en el suelo junto a los objetos que Amara había dispuesto.
“Deberíamos comenzar los preparativos,” dijo. “La noche será larga, y necesitamos estar listas antes del amanecer.”
Amara asintió, extendiendo una tela ceremonial sobre la mesa baja de la sala. Sobre ella, comenzó a colocar los diversos objetos que había traído, disponiéndose en un patrón que no reconocía pero que parecía seguir alguna lógica interna.
“Yorlett,” llamó la anciana, “necesito ver la marca otra vez.”
Con cierta reticencia, Yorlett se arremangó, revelando el patrón estelar grabado en su muñeca izquierda. Bajo la luz artificial de la habitación, parecía menos impresionante que bajo la luz de las estrellas, pero aún emanaba una extraña energía que podía sentirse más que verse.
Amara estudió la marca sin tocarla, sus ojos entrecerrados en concentración.
“Ha evolucionado,” murmuró finalmente. “Desde la última vez que la vi.”
“¿Qué quieres decir?”, preguntó , alarmada.
“Los patrones son más complejos, más… completos.” La anciana señaló hacia ciertas líneas que conectaban los puntos principales del diseño. “Estas conexiones no estaban antes. Indica que el vínculo se ha fortalecido, a pesar de tus esfuerzos por bloquearlo.”
Sintió un escalofrío. A pesar de huidas constantes, de rituales de protección, de amuletos y barreras, Nankurunaisa había seguido infiltrándose en su ser, extendiendo su influencia de manera casi imperceptible.
“¿Es demasiado tarde?”, preguntó, el miedo evidente en su voz.
Amara negó con la cabeza.
“No, pero estamos cerca del punto de no retorno. Si el vínculo se completa…” Dejó la frase sin terminar, pero su expresión comunicaba la gravedad de tal posibilidad.
“¿Qué necesito hacer?”, preguntó , determinada a pesar de su miedo.
“Esta noche, realizaremos un ritual de purificación y fortalecimiento,” explicó Amara. “Para preparar tu espíritu para lo que vendrá mañana.”
Sacó el frasco con líquido oscuro y lo destapó. Un aroma intenso, mezcla de eucalipto, tierra húmeda y algo más primitivo, inundó la habitación.
“Esto es sangre de la tierra,” dijo, vertiendo unas gotas del líquido en un pequeño cuenco de cerámica. “Resina de árboles antiguos mezclada con agua de manantiales sagrados. Te purificará y fortalecerá contra la influencia de Nankurunaisa durante la noche.”
Añadió al cuenco algunas de las hierbas de las bolsitas y una pizca de polvo de una de las piedras grabadas. Con un pequeño palo de madera, mezcló la preparación hasta que adquirió una consistencia pastosa.
“Extiende tu brazo,” indicó a Yorlett
Cuando la muchacha obedeció, Amara comenzó a aplicar la mezcla alrededor de la marca, formando un círculo que la encerraba completamente sin tocarla directamente.
“Esto creará una barrera temporal,” explicó mientras trabajaba. “No bloqueará completamente su influencia, pero la debilitará lo suficiente para que puedas descansar esta noche.”
Ella observaba fascinada cómo la mezcla parecía absorber la luz, creando un anillo de oscuridad alrededor de la marca brillante.
“¿Por qué me ayudas, Amara?” preguntó súbitamente. “La primera vez que nos encontramos, me diste el colgante de protección y me enseñaste algunos rituales básicos. Ahora estás arriesgando tu vida para ayudarme a enfrentar a Nankurunaisa. ¿Por qué?”
La anciana continuó su trabajo sin levantar la mirada.
“Porque conozco el precio de la inacción,” respondió finalmente. “Porque he visto lo que sucede, logra completar su objetivo.”
Algo en su tono hizo que Ella sintiera un escalofrío.
“¿Conociste a alguien más que fue marcado?”, preguntó, aunque ya sospechaba la respuesta.
Amara asintió lentamente.
“Mi hermana Madeleine, Éramos tres hermanos ,2 hembras y el mayor mi hermano Djalu “ dijo, su voz apenas un susurro. “Hace muchos años. Ella también llamó la atención de Nankurunaisa. También llevó su marca.”
“¿Qué le pasó?" ¿Cómo es posible?. Yo conocí a Djalu en mi primera vez que ví a Nankurunaisa
La anciana terminó de aplicar la mezcla y se recostó en su asiento, sus ojos fijos en un punto distante, como si mirara a través del tiempo.
“Al principio, parecía un regalo,” comenzó. “Desarrolló habilidades que nadie más en nuestra comunidad poseía. Podía predecir eventos antes de que ocurrieran, encontrar agua donde nadie más podía, comunicarse con los espíritus ancestrales con una claridad que ni siquiera los ancianos más respetados lograban.”
Hizo una pausa, sus manos arrugadas apretándose los puños sobre su regazo.
“Pero gradualmente, comenzó a cambiar. Su personalidad, sus recuerdos, sus afectos… todo se fue transformando sutilmente. Hablaba de lugares que nunca había visitado como si los conociera íntimamente. Mencionaba eventos históricos como si los hubiera presenciado personalmente. Y sus ojos…” Amara se estremeció visiblemente. “Sus ojos comenzaron a cambiar de color, adquiriendo ese brillo dorado característico de Nankurunaisa.”
“¿Qué pasó con ella? Acaso es la misma Madeleine que yo conocía?” preguntó , aunque temía la respuesta.
“Una noche, durante una ceremonia bajo las estrellas, simplemente… desapareció,” respondió Amara. “Su cuerpo estaba allí, pero ella —la persona que había sido mi hermana— ya no estaba. En su lugar había algo más, algo que usaba su voz, su rostro, sus recuerdos, pero que no era ella.”
“Nankurunaisa,” murmuró Yorlett .
Amara asintió.
“Había completado la posesión. Había encontrado su ‘recipiente perfecto’, como lo llamaba. Un cuerpo humano con la sensibilidad espiritual necesaria para albergar su esencia sin destruirse en el proceso.”
“¿Qué hicieron?” preguntó Kira, que había estado escuchando en silencio.
“Los ancianos intentaron realizar un ritual de exorcismo,” respondió Amara. “Pero era demasiado tarde. El vínculo era demasiado fuerte, la transformación demasiado compleja.”
Sus ojos se llenaron de lágrimas que se negaba a derramar.
“Al final, ella —o lo que quedaba de ella— se internó en el desierto una noche y nunca regresó. Algunos dicen que ascendió a las estrellas, que se convirtió en parte de la constelación de Nankurunaisa. Otros, que aún vaga por el desierto, ni completamente humana ni completamente estelar, atrapada entre mundos.”
El silencio que siguió a su relato era denso, cargado de emociones.
“Lo siento,” dijo finalmente , sin saber qué más decir ante tal tragedia.-- creo que la vi. Era una muchacha policía de la Estatal del Territorio Norte. Nunca vi nada extraño en ella. Solo reconocí que no estaban bien las cosas al final. No sabía dónde está ahora. Estoy casi segura que todas las personas que estaban en N3NE no eran reales.Ahora Estoy convencida que solo era él y yo.
Amara la miró directamente, sus ojos ahora secos y determinados.
“No dejaré que eso te suceda a ti,” dijo con firmeza. “No está vez. No cuando tenemos la oportunidad de detenerlo. Y creo que estás en lo cierto.Es la verdad, En ese sitio 3NTE únicamente estabas tú con él.”
Se levantó, recogiendo los materiales que había usado.
“Descansa ahora,” indicó. “La barrera te protegerá durante unas horas. Mañana necesitarás toda tu fuerza.”
Mientras Yorlett se retiraba a la habitación que compartiría con Kira, no pudo evitar pensar en la hermana de Amara, en cómo su historia podría fácilmente convertirse en la suya propia si fallaban en su misión.
La marca en su muñeca, ahora rodeada por el círculo de protección, parecía más apagada, menos invasiva. Pero Yorlett sabía que era solo una ilusión temporal, un breve respiro antes de la batalla final.
Fuera, la noche había caído por completo, y la constelación de Orión brillaba sobre el desierto australiano, vigilante, expectante.
Yorlett despertó sobresaltada en medio de la noche, sin saber qué la había arrancado del sueño. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la tenue luz que se filtraba por la ventana.
Kira dormía profundamente en la cama contigua, su respiración era regular y tranquila. Nada parecía fuera de lugar, y, sin embargo, sentía una inquietud creciente, como si algo o alguien la hubiera llamado. Sintió su clítoris duro de Excitación y se revolcó en la cama , ocultando su rostro en la almohada para callar el grito que emergio desde el más inconcebible placer,cuando sintió que venía incontrolable un orgasmo, uno, otro, otro más, hasta que quedó sollozando en medio de la cama, temblando de placer satisfecho.
Miró su muñeca. El círculo de protección que Amara había aplicado seguía intacto, pero la marca de Nankurunaisa pulsaba con un ritmo acelerado, como respondiendo a algún estímulo invisible.
Con cuidado de no despertar a Kira, se levantó y se acercó a la ventana. El pueblo de Coober Pedy parecía dormir bajo el manto estrellado, las calles desiertas a esa hora de la madrugada.
Pero entonces lo vio. Una figura solitaria de pie en medio de la calle principal, mirando directamente hacia su ventana. Incluso a esa distancia, Ella pudo distinguir el brillo dorado de sus ojos, reflejando la luz de las estrellas de una manera que ningún ojo humano podría.
No era Nankurunaisa,sino uno de sus seguidores, un humano parcialmente poseído que servía como sus ojos y oídos en el mundo físico.
La figura levantó una mano en un gesto que podría haber parecido un saludo, si no fuera por la amenaza implícita en cada movimiento. Luego, con deliberada lentitud, señaló hacia el oeste, en dirección al Gran Desierto de Victoria.
El mensaje era claro: te estoy esperando.
Yorlett se apartó de la ventana, el corazón martillando en su pecho. Debería despertar a Kira y Amara, advertirles que habían sido descubiertos. Pero antes de que pudiera moverse, notó algo en el suelo de la habitación: una fina línea de arena roja que se deslizaba bajo la puerta, avanzando como una serpiente con voluntad propia.
La arena se detuvo en el centro de la habitación y comenzó a elevarse, formando una columna que gradualmente adquirió una silueta vagamente humanoide.
“Yorlett ,” susurró la figura de arena, con una voz que parecía provenir de todas partes y de ninguna. “Mi pequeña estrella fugitiva.”
Ella retrocedió hasta que su espalda tocó la pared. Quería gritar, despertar a Kira, pero su voz parecía haberse congelado en su garganta.
“No temas,” continuó la figura. “No he venido a hacerte daño. Solo a entregarte un mensaje.”
“¿Qué quieres?” logró preguntar , su voz apenas era audible.
La figura de arena inclinó lo que podría considerarse su cabeza, en un gesto casi humano.
“Quiero que sepas que te estaré esperando mañana,” respondió. “En el lugar donde todo comenzó. Donde me revelé a ti otra vez.”
“El campamento N3NE” murmuró Yorlett.
“Exactamente.” La figura pareció expandirse ligeramente, granos de arena brillante desprendiéndose y flotando en el aire como estrellas en miniatura. “Pero no vendrás sola, ¿verdad? Traerás a la antropóloga curiosa y a la anciana vengativa.”
Ella sintió un escalofrío. Nankurunaisa sabía exactamente quiénes la acompañaban y por qué.
“No importa,” continuó la figura, como si hubiera leído sus pensamientos. “De hecho, es apropiado. Testigos para lo que está por venir. Para la culminación de un ciclo que comenzó hace eones.”
“No funcionará,” dijo , encontrando una fuerza interior que no sabía que poseía. No era un enviado, había venido personalmente “No me convertiré en tu recipiente. No permitiré que me poseas.”
La risa de la figura de arena era como el susurro del viento sobre las dunas.
“Posesión,” dijo, repitiendo las mismas palabras que había usado en el sueño de Yorlett . “Un concepto tan limitado, tan humano. No busco poseerte, pequeña estrella. Busco completarte. Como tú me completarás a mí.”
La figura comenzó a desintegrarse, los granos de arena cayendo lentamente al suelo.
“Hasta mañana, Yorlett Emilia Hernández hija de Isabel ” fueron sus últimas palabras antes de colapsar completamente. “Cuando finalmente aceptes tu destino.”
La arena quedó inmóvil en el suelo por un momento, y luego, como impulsada por una corriente invisible, se deslizó de vuelta bajo la puerta, desapareciendo tan misteriosamente como había llegado.
Ella se dejó caer al suelo, temblando. La marca en su muñeca ardía ahora, el círculo de protección de Amara parcialmente erosionado por la proximidad de la manifestación de Nankurunaisa.
Yorlett?” La voz somnolienta de Kira rompió el silencio. “¿Estás bien? ¿Qué haces levantada?”
La miró, sorprendida de que no hubiera despertado durante el extraño encuentro. Pero entonces comprendió: la manifestación no había sido física, no completamente. Había sido una proyección, visible solo para ella, debido al vínculo que compartían.
“Nada,” respondió, forzando una calma que estaba lejos de sentir. “Solo necesitaba un vaso de agua.”
Kira la miró con sospecha, pero asintió y volvió a acostarse. En minutos, su respiración indicaba que había regresado al sueño.
Yorlett permaneció sentada en el suelo, su mente procesando lo que acababa de ocurrir. Él las estaba esperando. Sabía exactamente a dónde se dirigían y por qué. Lo que debería haber sido un plan secreto para romper su influencia se había convertido en una trampa potencial.
Pero, ¿qué alternativa tenían? No podían simplemente dar media vuelta y regresar. La marca seguiría evolucionando, el vínculo fortaleciéndose, hasta que fuera demasiado tarde.
Con determinación renovada, se levantó y regresó a su cama. Mañana lo enfrentarían en su propio territorio, conscientes de que él las esperaba. No sería fácil, pero tampoco lo había sido el último año de su vida, huyendo constantemente, cambiando de identidad, viviendo en perpetuo miedo.
Era hora de que la persecución terminara, de una forma u otra.
Mientras cerraba los ojos, intentando recuperar algunas horas de sueño, no pudo evitar preguntarse si la hermana de Amara había tenido pensamientos similares antes de sucumbir a la influencia del maligno ser . Si ella también había creído que podría resistir, que podría mantener su identidad frente al poder seductor de una entidad estelar.
Y si ella, Yorlett Hernandez , tendría más éxito donde otros habían fallado?.
Fuera, la constelación de Orión comenzaba su descenso hacia el horizonte occidental, como un cazador que se retira temporalmente, sabiendo que su presa no puede escapar.3
Capítulo 8: El Diario Familiar
El amanecer encontró a Yorlett, Kira y Amara ya despiertas y preparando los últimos detalles para su viaje al corazón del desierto. Ninguna había dormido bien; la tensión de lo que estaban a punto de enfrentar pesaba sobre ellas como una nube de tormenta.
No había mencionado la visita nocturna de Nankurunaisa. Algo le decía que tanto Kira como Amara ya sabían que él estaba al tanto de sus planes. Era el tipo de conocimiento que se reflejaba en miradas intercambiadas, en la meticulosidad con que revisaban cada objeto ritual, en el silencio cargado que llenaba la habitación.
Mientras Kira cargaba el todoterreno con sus pertenencias y los materiales para el ritual, Amara tomó a Yorlett del brazo, guiándola a un rincón apartado de la habitación.
“Tengo algo para ti,” dijo la anciana, extrayendo de su bolsa un paquete envuelto en tela roja. “Algo que debería haberte entregado hace mucho tiempo.”
Ella tomó el paquete con curiosidad. Al desenvolverlo, descubrió un libro antiguo, su cubierta de cuero gastada por el tiempo y el uso. No tenía título visible, solo un símbolo grabado que reconoció inmediatamente: la misma constelación que marcaba su muñeca.
“¿Qué es esto?”, preguntó, pasando los dedos por el símbolo con una mezcla de fascinación y aprensión.
“El diario de tu abuela,” respondió Amara. “ Me lo confió antes de regresar a México, hace más de cuarenta años. Me pidió que lo guardara hasta que fuera necesario, hasta que otra de su linaje necesitará la sabiduría que contiene.”
Yorlett miró el libro con asombro renovado. Nunca había sabido que su abuela llevaba un diario, mucho menos uno relacionado con su experiencia con Nankurunaisa.
“¿Por qué no me lo diste antes?” preguntó, sin acusación en su voz, solo curiosidad.
Amara suspiró, sus ojos reflejando el peso de decisiones pasadas.
“Porque esperaba que nunca lo necesitarás,” respondió con honestidad. “Porque parte de mí quería creer que el ciclo se había roto con Isabel, que Nankurunaisa no buscaría a otra de su familia.”
La anciana señaló el libro.
“Pero cuando apareciste en mi puerta hace un año, con su marca en tu muñeca y el terror en tus ojos, supe que el ciclo continuaba. Aún así, te di solo lo mínimo necesario para mantenerte a salvo: el colgante, algunos rituales básicos de protección. Pensé… esperaba que fuera suficiente.”
“¿Por qué no me dijiste toda la verdad entonces?”, preguntó Yorlett, hojeando las primeras páginas del diario, escritas en la letra elegante y precisa que recordaba de su abuela.
“Porque la verdad completa es una carga pesada,” respondió Amara. “Y porque hay conocimientos que solo deben compartirse cuando la persona está preparada para recibirlos… Todo está tan claro que no entiendo como no te has dado cuenta.
-- No entiendo.
-- Tu abuela indígena de México,su compañero que encontró aquí. El padre de Isabel, Djalu… Mi hermano..Tu abuelo. Por eso te reconoció al verte. Tu abuelo en espíritu para cuidarte.
La revelación la hizo llorar. Entendió la magnitud de su pecado.
Ella asintió, comprendiendo los círculos del destino.. Después de todo, ¿No había hecho su propia abuela lo mismo con ella? Preparándola sutilmente a través de historias y canciones, sin revelarle nunca directamente el peligro que podría enfrentar algún día.
“¿Crees que estoy preparada ahora?”, preguntó, cerrando el diario.
La sonrisa de Amara era triste pero determinada.
“No tenemos elección,” respondió. “El tiempo se acaba. Nankurunaisa está más cerca de completar el vínculo de lo que me gustaría admitir. Necesitarás todo el conocimiento disponible para lo que enfrentaremos hoy.”
Guardó el diario en su mochila, prometiéndose leerlo durante el viaje. Si su abuela había enfrentado y había escapado, quizás sus palabras contendrían la clave para que ella hiciera lo mismo.
Varios días despues…
El todoterreno avanzaba por caminos cada vez más precarios, adentrándose en regiones del desierto que rara vez veían visitantes humanos. Kira conducía con la concentración de quien conoce los peligros del terreno, mientras Amara murmuraba ocasionalmente indicaciones, guiándolas por rutas que no aparecían en ningún mapa.
En el asiento del pasajero, Yorlett leía el diario de su abuela, absorta en un relato que parecía un reflejo distorsionado de su propia experiencia.
12 de marzo, 1978
Hoy lo vi de nuevo. El hombre de ojos dorados. Estaba de pie en la cima de una duna, observándome mientras yo fotografiaba las formaciones rocosas para mi tesis. No se acercó, pero tampoco necesitaba hacerlo. Podía sentir su mirada como un peso físico, como si sus ojos pudieran atravesar la distancia y tocar mi piel.
Nadie más parece notarlo. Cuando le pregunté a Djalu, el guía, sobre un hombre solitario en las dunas, me miró como si estuviera alucinando por el calor. “No hay nadie más en kilómetros a la redonda, señorita extranjera,” me aseguró. “Solo nuestro grupo de investigación.”
Pero yo sé lo que vi. Y sé que él sabe que lo vi.
Yorlett pasó la página, reconociendo en las palabras de su abuela el mismo escalofrío que ella había sentido al ver a Nankurunaisa por primera vez en el desierto.
20 de marzo, 1978
Finalmente se acercó. Dijo llamarse Nyer. Un nombre extraño que no suena ni aborigen ni europeo. Sus ojos… cambian de color según la luz, a veces ámbar, a veces casi dorados. Y su conocimiento del desierto es asombroso. Me mostró lugares que no aparecen en ningún mapa, me habló de las estrellas como si las conociera personalmente.
Debería sentir miedo, supongo. Hay algo en él que no es completamente… normal. Pero en lugar de miedo, siento fascinación. Como si una parte de mí lo hubiera estado esperando toda mi vida.
Me preguntó por México, por mis ancestros. Parecía especialmente interesado en las historias que mi abuela me contaba sobre las estrellas. “Las constelaciones tienen los mismos patrones en todo el mundo,” me dijo, “pero cada cultura las ve de manera diferente. Y sin embargo, hay sorprendentes similitudes en los mitos que las rodean.”
Mañana me llevará a ver unas pinturas rupestres que, según él, muestran una conexión entre los pueblos aborígenes de Australia y las antiguas culturas de Sudamérica. Sé que debería informar al resto del equipo, que esto podría ser importante para nuestra investigación. Pero una parte de mí quiere mantenerlo en secreto. Como si fuera algo solo para mí.
Yorlett sintió un escalofrío. Las similitudes con su propia experiencia eran inquietantes. La misma aproximación gradual, la misma fascinación inicial, el mismo sentimiento de conexión especial.
Continuó leyendo, las entradas del diario volviéndose más frecuentes y más intensas a medida que la relación de su abuela con “Nyer” se profundizaba. Y luego, un cambio abrupto en el tono:
4 de abril, 1978
Dios mío. Lo que he visto hoy desafía toda explicación racional. Nyer me llevó a un cañón oculto, donde las paredes estaban cubiertas de pinturas rupestres más antiguas que cualquier otra que hayamos documentado. Mientras observábamos las imágenes a la luz del atardecer, comenzaron a moverse. A cobrar vida bajo nuestros ojos.
Y entonces Nyer cambió. Su forma se volvió… fluida, como si estuviera hecho de luz estelar y sombras. Me dijo su verdadero nombre: Nankurunaisa. Me habló de ciclos eternos, de persecuciones a través del cielo nocturno, de su búsqueda de una compañera que pudiera entenderlo, completarlo.
Me mostró cosas que ningún ser humano debería ver: el nacimiento de estrellas, la muerte de mundos, el tejido mismo del cosmos desplegándose ante mis ojos.
Cuando regresé al campamento, horas después, nadie había notado mi ausencia. Para ellos, apenas habían pasado minutos. Pero yo sé que estuve con él durante lo que parecieron días, quizás semanas, en algún lugar donde el tiempo fluye de manera diferente.Se que fui su mujer. Sé que estoy embarazada. Estuvo conmigo unas mil veces en un segundo. Nunca podré estar con otro hombre. Ningún hombre podrá igualar ni remotamente la brutal dulzura sexual de este encuentro.A la vez ,este joven Djalu sin apellidos,me demuestra que le interesó, yo le gusto una enormidad.Y es verdad, lo de el es sano,honesto,puro. Y debo confesar que me atrae mucho.Yo no soy blanca,soy indígena de raza muy antigua,igual.Entre nosotros va a ocurrir un algo más.
Pero el otro hombre insiste. Quiere copar toda mi atención.Lo de él es maligno.Artificial.
Y ahora llevo su marca. Un patrón estelar en mi muñeca que no estaba allí esta mañana. Arde cuando pienso en él, pulsa al ritmo de mi corazón acelerado.
¿Qué me está pasando? ¿Me estoy volviendo loca? ¿O realmente he sido elegida por algo más allá de mi comprensión?
Yorlett se detuvo, tocando inconscientemente la marca en su propia muñeca. La historia de su abuela era un eco perfecto de la suya, separadas por décadas pero unidas por la misma entidad, el mismo destino aparente. Significaba que su madre Isabel era podía ser hija de Djalu o de Nankurunaisa…. La verdad la aplastó. Era hija de ambos por partes iguales… y ella. ¡Por dios! Era casi un sacrilegio
Las entradas siguientes documentaban la creciente influencia de Nankurunaisa: sueños vívidos, conocimientos que Isabel no podía haber adquirido por medios normales, habilidades que desafiaban la explicación racional. Y luego, el punto de inflexión:
12 de abril, 1978
Anoche, Nankurunaisa volvió a poseerme completamente. No hay otra forma de describirlo. Estábamos en ese espacio entre mundos que él llama Alcheringa, el Tiempo del Sueño, cuando sentí su presencia expandiéndose, intentando fundirse con mi ser, borrar los límites entre nosotros.
. La promesa de conocimiento cósmico, de trascendencia, de unión con algo tan vasto y antiguo… Era irresistible. Fui débil una vez más, sus besos, la dureza de su sexo, su promiscua y sucia forma de amar.
Recordé las historias de mi abuela Carmela. Las advertencias veladas en sus cuentos sobre estrellas vivientes, sobre constelaciones que caminaban entre los humanos buscando “recipientes”. Recordé el extraño amuleto que siempre llevaba, y las palabras en una lengua que no era español ni mapudungun, que insistía en que memorizara.
Esas palabras surgieron de mis labios como si hubieran estado esperando este momento: “Wanyu ngayuku tjukurpa kulila, nyuntu ngayula tjarpanytja wiya. Ngayulu walytjangku alatjika, nyuntu ngayunya wantima.”
No sé qué significan exactamente, pero el efecto fue inmediato. Estaba preparándose para penetrarme una vez más. Pero al escuchar el mantra retrocedió, su forma estelar fluctuando violentamente. Sentí su sorpresa, su confusión… y luego, su furia.
“¿Dónde aprendiste eso?” exigió saber, su voz ya no seductora sino amenazante. “Esas palabras no son tuyas.”
Le hablé de mi abuela, de sus historias. Y vi algo en él que nunca había visto antes: reconocimiento. Como si conociera a mi abuela, o a alguien como ella.
“Tu linaje,” murmuró. “Debí haberlo sabido. La chispa se transmite, la conexión persiste a través de generaciones.”
No entendí lo que quería decir, pero sentí el peligro creciente. Usando las palabras de protección como un escudo, logré romper la conexión, regresar a mi cuerpo físico.
Debo irme. Ahora. Antes de que intente de nuevo completar lo que ha comenzado.
Yorlett levantó la vista del diario, procesando lo que acababa de leer. Su bisabuela Carmela también había tenido algún tipo de encuentro con el ente, o con una entidad similar allá en su choza por la Sierra Madre, antes que se fuera a vivir a Oaxaca . El ciclo se extendía más atrás de lo que había imaginado, a través de generaciones de mujeres de su familia.
Las entradas finales del diario relataban la huida desesperada de su Abuela por el desierto,su vergüenza, su refugio con Djalu, su encuentro con su joven hermana Amara , los rituales de protección que aprendió, y finalmente, su decisión de regresar a Oaxaca, esperando que la distancia la mantuviera a salvo.
La última entrada estaba fechada 9 meses después, poco después del nacimiento de la madre de Yorlett:
15 de junio,
Mi hija nació hoy. La he llamado Isabel , “Dios es mi abundancia”. Quizás fue un error, un desafío inconsciente al ser de luz estelar que aún visita mis sueños ocasionalmente, a pesar de los océanos que nos separan.
La marca en mi muñeca se ha desvanecido hasta ser apenas visible, pero sé que el vínculo sigue ahí, dormido pero no roto. A veces, cuando miro las estrellas, siento su presencia, su anhelo a través de la distancia. Djalu me obligó a irme. Quería quedarme junto a él para luchar. Sin embargo, él supo que nuestros encuentros bajo la luz de las estrellas trajo descendencia.Se que fue él quien me embarazó.Lo de el conmigo es sincero,y tengo que volver para hacer una vida juntos a él. Ningún ente maligno va a destruir nuestra unión. Y ahora menos tenemos una hija.
Me pregunto si Isabel heredará alguna conexión, esta sensibilidad. Si algún día Nankurunaisa la buscará a ella, o a sus hijos. La idea me aterroriza, pero también me da propósito.Ahora entiendo que necesita reproducirse Pero a través de otro hombre .Está vez falló. Mi relación con Djalu es genuina.
Preservaré el conocimiento que he adquirido. Lo transmitiré de forma que pueda ser reconocido cuando sea necesario, sin atraer atención indeseada. Historias, canciones, pequeños rituales disfrazados de juegos infantiles.
Y este diario… lo enviaré a mi cuñada Amara para que lo guarde. Si algún día otra mujer de mi linaje se encuentra con Nankurunaisa, si la marca aparece en otra muñeca, estas palabras podrán guiarla, advertirla, quizás salvarla como me salvaron a mí.
Mientras tanto, viviré mi vida lo mejor que pueda, amando a mi hija, construyendo una familia, encontrando alegría en lo cotidiano. Me niego a permitir que el miedo a lo que podría suceder eclipse la belleza de lo que es.Y debo volver junto a Djalu
Después de repostar diésel,continuaron el viaje y Yorlett continuó leyendo.
No hubo necesidad de decírmelo. Se que a Djalu le sucedió algo terrible. El padre de mi hija fue asesinado por Nankurunaisa.Esa bestia maligna .No podrá nunca cortar lo que hubo entre nosotros
No olvidaré. Y siempre vigilaré el cielo nocturno, especialmente cuando Orión brilla sobre nosotros.
Yorlett cerró el diario, lágrimas silenciosas rodando por sus mejillas. Su abuela había cargado con este secreto toda su vida, había vivido con el temor constante de que Nankurunaisa pudiera regresar, no por ella, sino por su hija o su nieta.
Al final, sus temores se habían hecho realidad. El ciclo había continuado, la conexión había persistido a través de generaciones, y ahora Yorlett enfrentaba el mismo destino que su abuela, había evitado por poco.
“Estamos llegando,” anunció Kira, interrumpiendo sus pensamientos.
Levantó la vista. El paisaje había cambiado sutilmente. Las dunas daban paso a un terreno más rocoso, con formaciones que se elevaban como centinelas silenciosos bajo el sol implacable del mediodía.
“¿Reconoces algo?”, preguntó Amara desde el asiento trasero.
Yorlett escaneó el horizonte, buscando algún punto de referencia familiar. Habían pasado tres años desde su última visita a esta región, y el desierto tenía la desconcertante cualidad de parecer simultáneamente inmutable y en constante cambio.
Pero entonces lo vio: una formación rocosa que se elevaba sobre las demás, con una silueta que recordaba vagamente a un rostro humano mirando hacia el cielo. El mismo “rostro de piedra” que había fotografiado durante su primer viaje al desierto, antes de conocer a Nankurunaisa.
“Allí,” señaló. “Detrás de esa formación está el cañón donde… donde todo comenzó.”
Kira asintió, dirigiendo el todoterreno hacia el punto indicado. A medida que se acercaban, ella sentía cómo la marca en su muñeca se calentaba, pulsando con mayor intensidad. El colgante de protección contra su pecho vibraba ligeramente, como advertencia.
“Él está aquí,” murmuró. “Puedo sentirlo.”
“Por supuesto que está,” respondió Amara, su voz firme a pesar de la tensión evidente. “Este es su lugar de poder. Donde el velo entre mundos es más delgado.”
Kira detuvo el vehículo a unos cien metros de la entrada del cañón. Más cerca sería peligroso, no solo por la influencia creciente de Nankurunaisa, sino también por el terreno traicionero.
“Prepararemos el círculo ritual aquí,” dijo, apagando el motor. “El sol está en su cenit, lo que nos da cierta ventaja. Él es más débil durante el día.”
Las tres mujeres descendieron del todoterreno, sintiendo inmediatamente el calor abrasador del desierto. Elena miró hacia la entrada del cañón, una grieta oscura en la pared rocosa que parecía absorber la luz en lugar de reflejarla.
“¿Estás lista?”, preguntó Amara, colocando una mano sobre su hombro.
Yorlett pensó en su abuela y en su madre Isabel , en cómo había enfrentado este mismo peligro décadas atrás. Pensó en su bisabuela Carmela, cuyas advertencias veladas habían atravesado generaciones. Pensó en Madeleine,Su tía ,hermana de Amara y Djalu, que no había tenido la misma suerte.
“Estoy lista,” respondió, su voz más firme de lo que se sentía. “Es hora de romper este ciclo, de una vez por todas.”
Mientras Kira y Amara comenzaban a descargar los materiales para el ritual, Yorlett dio un último vistazo al diario de su abuela. En la contraportada, había notado algo que había pasado por alto inicialmente: un pequeño bolsillo de cuero que contenía un objeto.
Al extraerlo, descubrió una pequeña piedra pulida con forma de estrella, idéntica a la que había aparecido misteriosamente en su almohada en la casa de Kira. Pero esta no era una manifestación del maligno ente; era un legado de su abuela, un talismán que había pasado de generación en generación.
Yorlett cerró su puño alrededor de la piedra estrellada, sintiendo una conexión que trascendía el tiempo y el espacio. No estaba sola en esta batalla. Llevaba consigo la fuerza, la sabiduría y la resistencia de todas las mujeres de su linaje que se habían enfrentado a Nankurunaisa antes que ella.
Con renovada determinación, se unió a Kira y Amara en los preparativos para el ritual que determinaría no sólo su destino, sino posiblemente el de generaciones futuras.
El viento del desierto se levantó repentinamente, trayendo consigo el inconfundible aroma a arena caliente y algo más antiguo, más primordial. En la distancia, un torbellino de arena roja comenzaba a formarse, moviéndose lentamente hacia ellas.
La confrontación final estaba a punto de comenzar.