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jueves, 7 de mayo de 2026

Adanech Capitulo 2

Novelas Por Capitulos


Viene de Adanech Capitulo 1



No se asustó. Había visto demasiado en la noche para temerle a cualquier cosa. Revisó la casa.

Se fue la luz. La planta eléctrica no arrancó. Luego regresó la corriente y aquí estamos —se dijo, tratando de comprender lo ocurrido. Mañana revisaría la planta eléctrica... Por algo había que comenzar.

Decidió bañarse y entró al inmenso, antiguo baño del cuarto. En el pasillo de su amplio dormitorio, ella estaba allí... completamente insinuante, como si siempre hubiera estado esperándolo. Pero algo en su presencia era incorrecto. Demach lo sintió en la piel: el aire se volvió más denso, más pesado, como si respirar requiriera esfuerzo.

—Desde el primer día me di cuenta de tu sucia mirada... Tratando de parecer decente... Buscando excusas para estar cerca de mí —le dijo la muchacha sin dejar de desnudarse. Sus movimientos eran demasiado fluidos, demasiado perfectos, como si cada gesto hubiera sido ensayado por siglos—. Anda. Aquí estoy. Demuéstrame de qué estás hecho.

Demach quedó desconcertado. Jamás imaginaría que una muchacha tan seria y correcta daría ese paso. Pero ahora, en la penumbra, notó cosas que antes no vio: sus ojos brillaban con una luz propia, sin reflejo de ninguna lámpara. Su piel parecía absorber la poca luz que quedaba en lugar de recibirla.

—Hija... ¿Cómo entraste? ¿Cómo llegaste? Hace menos de media hora ni te diste por enterada de que fui a tu casa y ahí te vi.

Ella sonrió. No fue una sonrisa humana. Los dientes parecían demasiado blancos, demasiado numerosos.

—Vaya con las excusas... ¿No soy lo suficientemente buena para ti? —dijo ella incorporándose, parándose frente a él, tomándole una mano y chupándole un dedo lentamente. El contacto fue gélido, como si hubiera tocado metal en invierno. Demach sintió un hormigueo subir por su brazo, como si algo se estuviera filtrando en su sangre—. ¿O quizás... no soy lo suficientemente real para ti?

—No es correcto. Voy a hacer como si nada de esto hubiera sucedido. Saldré, te vestirás y te irás a casa. Yo te llevo.

—¿Y no te vas a propasar en el camino? —preguntó provocativamente desde la cama. Pero no se movió hacia la cama. Estaba de pie, inmóvil, y la cama apareció detrás de ella como si la habitación misma se hubiera reconfigurado.

—No me quiero ir. No vine a preguntarte sobre una ocasión en la que fallaste en algo importante y qué aprendiste de ello.

Demach subió a la cama y ella, sosteniendo sus senos, los ofreció como ofrenda. Pero sus pechos no se movían con la respiración. Permanecían quietos, como máscaras de carne.

—Lo sabía —dijo ella con un suspiro que no era aire, sino algo más denso, más antiguo—. Lo sabía. Por eso fuiste a mi casa. Fuiste a buscarme... o quizás yo te llamé. No hay diferencia cuando uno ya está perdido.

IV

La música embargaba toda la casa. No provenía de ningún altavoz, de ningún instrumento. Surgía de las paredes, del suelo, del aire mismo. Demach despertó y, con vergüenza, se sentó en la cama.

—No debí. Perdóname... Fue un gigantesco error.

Pero ella no estaba. La música continuaba. Hacía calor y estaba amaneciendo. Todavía estaba oscuro. Salió al pasillo del segundo piso. Todas las luces apagadas, la música no cesaba. Desde el pasillo vio la puerta principal abierta de par en par.

Con cuidado salió; la música cesó inmediatamente. Una neblina mañanera envolvía el ambiente. Pero la neblina no se movía con el viento. Permanecía quieta, como si respirara sola. Era una vista agradable. Pronto vendría el calor, por lo tanto era un genuino placer disfrutar el frío.

—Se fue —dijo con pesar. No tenía idea de cómo le vería la cara si es que ella volvía... La música comenzó otra vez.

Entró a la casa y en la inmensa sala vio a la mujer. No la conocía. Bailaba un vals con unos pasos desconocidos para él. Solo que eran fascinantes en giros y contragiros, de una belleza espectacular. Pero algo estaba mal: sus pies no tocaban el suelo. Flotaban a milímetros del piso, y la música respondía a sus movimientos, no al revés.

Su cerebro sabía que no estaba ahí. Pero no podía moverse, fascinado por la música, por la belleza y por su bailar... Hasta que la música terminó y comenzó a luchar, a patalear, a tratar desesperadamente de salir de donde fuera, hasta que lo logró...

Estaba en su tina, llena de agua hasta el borde, en la oscuridad de su baño. El agua estaba fría, demasiado fría, como si hubiera estado guardada en la noche eterna. Se levantó de la tina casi ahogado. Salió al cuarto.

Ella estaba desnuda, viendo la ventana. Pero no miraba hacia afuera. Miraba a través de la ventana, como si viera algo que no existía en este mundo.

—Ya no puedes irte —dijo sin volverse. Su voz resonó en todo el cuarto, como si hablara desde todas las paredes a la vez—. Ya no eres mío. Ahora eres parte de la casa. Parte de mí.

Demach intentó correr, pero sus piernas no respondieron. La mujer finalmente se giró. Sus ojos ya no tenían pupilas. Solo dos pozos negros que absorbían la luz, la esperanza, la voluntad.

—Bienvenida a la eternidad —susurró, y por primera vez, Demach entendió que ella no era humana.Quizad Nunca lo había sido. Solo había estado esperando... esperando a alguien que pudiera escucharla. Lucho por despertar.Tenia que despertar...











Manaure "Relámpago" García manejaba su Chevrolet Tahoe Diesel Wagon. El vehículo olía a aceite quemado y a algo más antiguo, como a recuerdos podridos. Era una pieza de quinta mano, comprada con la desesperación de quien necesita un caparazón. En ella se dirigía a su nuevo futuro: número 54, ¿o 65? No le importaba. Las veces que había comenzado de nuevo se le habían borrado como huellas en arena mojada bajo la lluvia.las inevitables consecuencias de ser mal hijo, mal hermano, mal padre, mal vecino y mal ciudadano,en definitiva tambien fue mal policia y por ende mal guardaespaldas

Con tal de que le pagaran el mínimo estaría bien. Y un plato de comida decente tampoco vendría mal. Eran las consecuencias de ser mal hijo, mal hermano, mal padre, mal vecino, mal ciudadano, mal esposo. En definitiva: fue un muy mal policía y ahora peor guardaespaldas.

Sería el chófer y guardaespaldas de un tipo que estaba botando dinero a toneladas en una hacienda. En la agencia le dijeron que había sufrido varias invasiones a su privacidad. Con una hacienda de 12.000 hectáreas,eran 12000? la cual estaba poniendo en actividad, era una rara avis en un país de flojos y vagos que decían cualquier excusa con tal de no trabajar.

No lograba entender cómo alguien con tanto terreno no se acogiera al estado comunal, tan defendido por el gobierno, e hiciera una comuna independiente, autónoma. ¡En fin! Cada loco con su tema. Y definitivamente el tipo estaba de atar. Sembrando. Invirtiendo.

Apenas estuviera la siembra lista para ser cosechada, aparecerían inevitablemente 120 camiones llenos de kukas y flaites para invadir y expropiar el trabajo realizado. Claro. Apenas estuviera para ser recolectada. No antes. Después dirían que lo hacían porque él era un explotador, hambreador del pueblo, perteneciente a la burguesía parasitaria que respondía a los intereses del imperialismo mundial... bla, bla, bla.

Hasta el mismo año él compraba ese discurso. La realidad y el ver a su país 120 años atrasado, en comparación con cualquier supermercado del mundo, le habían obligado a querer trabajar. Bueno. Tenía un trabajo. A disfrutarlo mientras durara.

Vio el letrero que anunciaba el pueblo:

Kirdimi. Altura 220 metros. Población 240 habitantes.

—Ni una ni otra son verdad —murmuró a su camioneta, sintiendo cómo el motor diesel tosía.

Vio el cruce a la derecha. El camino estaba cubierto de polvo rojo, como sangre seca.

—Por aquí es. Voy para mi vida número 65. Ese sí es el número. Porque en mi vida número 60, Ingrid me abandonó para irse con un tipo que supuestamente sería multimillonario, haciendo realidad una cría de mosquitos para la vigilancia de la playa del sur.

—Bueno... Es que en esta época hay cada loco. O quizás no hay locos. Quizás todos estamos en la misma película y nadie tiene el guion.





I:

Demach tomó el café que su cocinera le entregó. Cuando se levantaba ya estaba ahí. La mujer no tenía rostro definido, solo una sombra que movía los brazos con precisión mecánica.

—¿Cuando usted llegó estaba la puerta abierta? —preguntó Demach, sin mirarla

. —No, señor

. —¿No escuchó una música? 

—No, señor. 

—¿No vio a la ingeniero Altansengset?

La mujer negó con un gesto

. Demach inspiró fuerte. Nunca acostarse con una bella mujer le había producido más remordimientos. De verdad estaba arrepentido, y no era pose. Se dejó dominar por ese aroma, por esos labios divinos y la necesidad absoluta de tener un cuerpo ardiente y depravado. Fue una noche de sexo brutal, sin concesiones, pero al despertar, la habitación estaba vacía y él se sentía como un intruso en su propia vida.

Resuelto caminó hacia la joven, quien con una agresiva cola, unos apretados jeans y camisa de cuadros recibía un inmenso camion  Sisu cargado de biofertilizantes. El olor a tierra húmeda y químicos era nauseabundo.

—Quería hablar contigo.

La joven no lo miró, inmersa en una planilla y en contar los 1.200 sacos que descargaba un montacargas, un oxidado Mahindra 6x4.

—¿Tiene que ser ahora? Recién estoy comenzando mi labor —dijo distraídamente, sin levantar la vista.

—Está bien. Quiero que sepas que me disculpo. Y sé que las palabras no son suficientes. Por las dos cosas de anoche.

La joven se dignó a mirarlo. Sus ojos eran oscuros, sin reflejo. Hizo un gesto.

—¿Anoche? —preguntó con curiosidad, manteniendo su pluma entre los dedos. 

—Sí. No debí. Y me van a faltar meses para poder sentirme bien.

La muchacha no contestó. Siguió contando los sacos que el montacargas llevaba al oxidado galpón realizado con láminas de zinc. Parecía sencillamente ignorarlo, pero Demach sentía que ella lo estaba estudiando, diseccionando.

—¿Sin consecuencias? —le dijo a ella, con una voz que sonó extraña en sus propios oídos.

Ella sin verlo le contestó:

—Claro que hay consecuencias... Estos biofertilizantes, fabricados en la fábrica socialista de todos los pueblos que comen una vez a la semana gracias a nuestros fertilizantes S.A., tienen el mismo efecto que un vaso de agua para apagar un incendio de gasolina. Debiste comprar los fertilizantes japoneses que te indiqué. Como sea... El dinero es tuyo y tú lo botas a la cloaca como mejor te parezca.Otra cosa; estamos en el siglo XXI y por lo tanto necesito un laptop, yo misma le instalo un Claude.

—¡Por favor, no te evadas! —dijo molesto el hombre. Sentía en el tono la burla de ella, pero también algo más: una indiferencia absoluta.

—¿Te lo dije o no te lo dije? Que no debiste meter la pata con estos fertilizantes de quinta mala categoría.

—Sí. Pero no me refiero a eso. Lo hecho está.

Estaba demasiado incómodo por el recuerdo de la visita a la casa de la chica y por el encuentro entre ambos. Algo no cuadraba

Reviso el curriculum. La casa no tenía dirección. La chica no tenía nombre en la tarjeta de identificacionde identificación.

—Entonces dejémoslo así... —dijo ella alejándose y dejándolo preso de esas poderosas caderas. No podría evitarlo otra vez. Ya estaba seguro de eso.

Vio la fea camioneta detenerse. Un hombre descendió de ella. Alto, fornido, con la pinta absoluta de veterano de guerra, mal policía y más peligroso que un chimpancé con una ametralladora.

—¿Señor Demach Franquiz? 

—El mismo

. —Manaure García. La agencia de empleo me dijo que aquí podría encontrarlo

. —¿El nuevo? —Sí. El nuevo analista de seguridad y planta física. O sea... el vigilante

. —Claro. ¿Qué necesita para comenzar? —dijo Demach extendiendo la mano, y el hombre la tomó. Un fuerte apretón de manos. La piel de Manaure estaba fría, como la de un cadáver. —¿Un recorrido por toda la hacienda? —propuso el recién llegado. 

—Son muchas hectáreas y no están cercadas en muchas partes. 

—Lo sé. 

—Lo acompaño. Nunca he hecho el tour más allá de las áreas labradas.

 —Ok. ¿El currículum de sus empleados? 

—Todos son temporales a excepción del personal de la casa y de la Ingeniero. 

—¿Aquella actriz porno es la ingeniero?

 —Sí —dijo, sintiendo un puyazo por allá. ¿Celos? Apenas fue anoche que me acosté con ella. O quizás no fue anoche. Quizás fue ayer. O quizás nunca ocurrió.

II: 

Horas después Demach entendió que el hombre sabía lo que hacía. No era de esos embusteros clásicos que con autosuficiencia opinaban de todo y no aportaban nada. Este hablaba de todo, pedía de todo, dibujaba de todo y podían obtener algún resultado. Colocarían cámaras de internet en la cruz, en los árboles, un sistema de cámaras en los viejos galpones y dentro de la casa con una alarma.

El hombre dormiría en una habitación con entrada y salida independiente que tenía la amplia casa. Dispondría de una oficina propia desde donde monitorearían 24 x 24. Traería dos vigilantes adicionales. Prohibió absolutamente depositar más en ese banco. Abriría cuentas en otros para dispersar información. Dos camionetas menos ostentosas y tratar de pasar inadvertido en todo momento.

El grupo que se introducía de noche, lo más probable es que fueran liceístas. Con unos tiros al aire todo se resolvería. Analizó los currículums del personal, no le parecieron peligrosos. Era muy fácil identificarlos. Trabajaban duro. Nunca un izquierdista chavista lo hubiera hecho. A las primeras 8 horas hubiera iniciado el discurso del capitalista explotador, buscaría hacer una huelga, fingiría enfermarse y buscaría un reposo. El hecho que estas gentes tuvieran un mes trabajando los descartaba de la manada de parásitos y lumpen que buscaban vivir a costillas de los demás.

Pero Demach notó algo extraño: los trabajadores no hablaban entre ellos. No reían. No se saludaban. Caminaban como autómatas, con la mirada fija en el suelo o en el horizonte, evitando el contacto visual. Y las herramientas... las herramientas estaban siempre limpias, demasiado limpias, como si nunca hubieran tocado tierra.

III: 

El comedor era una sala larga, con ventanas altas que daban a un jardín donde las flores parecían de plástico. El aire estaba viciado, pesado, como si la respiración de todos hubiera agotado el oxígeno.

Almorzaban. Manaure no podía evitar el contemplar a Torgú, la señora que hacía la comida. Cocinaba magnífico y al ver la silueta, sabía que también cocinaba muy bien otras cosas. Pero algo en su movimiento era errático, como si estuviera siguiendo una coreografía que solo ella conocía.

Manaure se presentó ante la joven, que estaba sentada al otro lado de la mesa, comiendo en silencio.

—Un gusto, señorita. Soy el analista de seguridad. 

—Un gusto —le contestó la joven sin dar su nombre. Su voz sonó como si viniera de un altavoz lejano. 

—¿Es ingeniero?

 —Sí. Usted mismo lo vio en su currículum y 2+3 son cinco

. —Sí. Ya me di cuenta que no se graduó en la Universidad Libre de los Pueblos Antiimperialistas, Soberanos, Campesinos y Proletarios.

Para romper el hielo, Demach le dijo coloquialmente a la joven, con una sonrisa forzada que no llegaba a sus ojos.

—Ayer conocí y hablé con tu padre.

Le dijo para ver su reacción. Ella lo sabía, él lo sabía, pero era necesario hacerlo público. Necesitaba confirmar que existía, que había una conexión, una realidad compartida.

La joven se puso visiblemente tensa. La cuchara se detuvo a medio camino de su boca.

—Si le pidió dinero, yo se lo devuelvo. Y si le dijo que tenía un restaurante en el Downtown de Nueva York y necesitaba llevar gente para allá es mentira.

—Me invitó a tu casa —le reprochó la falta de invitación.

Ella lo miró directamente. Estaba furiosa, pero no con rabia humana, sino con una ira fría, calculadora.

—¿De qué casa habla? —preguntó ella, con una voz que cortó el aire.

—De la casa donde vives  

—vivo en esta  hacienda desde que comence a trabajar aqui..

—Pero ayer... ayer estuvimos allí. Tu padre estaba allí. Me habló de ti.

La joven dejó la cuchara. El sonido metálico contra el plato resonó como un disparo.

—No tengo padre. Nunca he tenido padre. Se que hay un hombre en el pueblo que dice ser mi padre, es un acosador. A el me referia.. Mi madre murió cuando nací. Yo soy la única.

—Eso no puede ser. Yo lo vi. Habló conmigo. Me dijo que te cuidara.

—¿Quién es usted que se entromete en lo que no le incumbe? —preguntó ella, con una calma aterradora.

—Soy Demach. El dueño.

—No le da ningun derecho a inmiscuirse en la vida de uno. Usted es El que no sabe nada.

—¡No digas tonterías! —gritó Demach, irritado

Manaure, que hasta entonces había estado observando en silencio, se inclinó hacia adelante.

—Señor Demach, creo que usted está confundido. No hay ningún padre. No hay ninguna casa. Solo hay la hacienda. Y nosotros. Y usted. --- tercio a favor de la joven

—¡Miente! —respondio el  joven.--- estamos comenzando muy mal

—No miento. Solo digo lo que es.-- insistio Manaure tratando de calmar la situacion.

—¿Y qué es lo que es? —preguntó Demach, con la voz temblorosa.

—Que esto no es real. Que nada de esto es real. Que estamos atrapados en un juego que no entendemos.

El silencio que siguió fue absoluto. Nadie respiró. Nadie se movió. Las sombras en las paredes parecían alargarse, acercándose a ellos.

—¿Qué quieres decir? —susurró Demach.

—Quiero decir que no sabemos quiénes somos. Que no sabemos dónde estamos. Que no sabemos por qué estamos aquí. Y que tal vez... tal vez nunca hemos estado aquí.

La joven se levantó.

—Con permiso.Creo que mi trabajo lleg hasta aqui

Salio del comedor, dejando a los dos hombres sólos en la mesa vacía.

Demach quedo viendo el plato, luego decidio irse detras de la joven.




Manaure se quedó muy a propósito después del almuerzo, cuando todos se marcharon.

—¿Vive en el pueblo? —preguntó a la cocinera, que seguía fregando los platos. 

—A veces —dijo la mujer, fregando en silencio la inmensa pila de platos

. —Yo duermo por aquí —le dijo el hombre, viendo descaradamente los senos de la madura mujer. 

—Pues no cene fuerte de noche... Le podría caer mal —le dijo ella viéndolo de arriba abajo. —¿Quiere café? 

—Estaré en mi oficina...

IV

La luz de la luna se filtraba por las persianas como dedos huesudos. Manaure no pudo dormir. La conversación del almuerzo lo había dejado con un sabor amargo en la boca, como si hubiera tragado vidrio molido.

En la cocina, Torgú seguía fregando. El sonido del agua contra los platos era rítmico, hipnótico. Demach la observaba desde la puerta.

—¿Por qué no te fuiste? —preguntó él.

Ella no se volvió.

—Alguien tiene que limpiar tus platos.

—No te estoy hablando de eso.

—Entonces no sé de qué estás hablando.

—La joven. La ingeniero.

Torgú dejó el plato que sostenía. El agua seguía corriendo.

—Ella no existe.

—¿Qué?

—Ella no existe. No hay ingeniero. No hay joven. Solo hay un espejo.

—¿Un espejo?

—Un espejo que refleja lo que queremos ver. Lo que necesitamos ver.

—No entiendo.

—No tienes que entender. Solo tienes que saber que aquí nadie es quien dice ser. Ni tú, ni yo, ni ella.

La cocina se llenó de un silencio espeso. Manaure entró en ese momento, con su cámara en la mano.

—¿Todo bien? —preguntó, pero su voz sonó como si viniera de muy lejos.

Nadie respondió.

V

Mateo Manaure desperto desconcertado. Luego recordo. Estaba en un motel de carretera.No era de tener premoniciones, pero luego de tomar un cafe se dispuso a seguir en carretera

—Número 66 —murmuró.

Y se fue.

Pero en el asiento trasero, algo brilló. Una foto. Una foto de Demach, de la joven, de Manaure, de Torgú. Todos sonriendo. Todos juntos.

Y debajo de la foto, una nota escrita a mano:

"Bienvenido a la vida número 66. Espero que te guste."

Manaure miró la foto. Luego miró el camino. Luego miró el cielo.

—No hay salida —dijo.

Y aceleró.

Dos horas despues llego a la hacienda. Descendio , vio a Demach y a la ingeniera. Ya los habia visto en el sueño. Algo disparo sus alertas.Conocia la casa. Sintio que ya habia estado ahi



Continuara


martes, 5 de mayo de 2026

ADANECH.Cap 1

Novelas Por Capitulos

Romance Paranormal. Supernatural.


Adanech tambien estudio con Sachiel, Eneida, Oholiva, Leyda, Yorlett, Zefora en el Liceo Cristina Takeshi


LA MONTAÑA Donde esta  LA CRUZ DEL DIABLO

No es que le fuera mal, pero de alguna manera se sentía libre. Su relación había llegado al límite del fastidio. Era la misma sensación de liberación que se experimenta al pagar la última cuota de una tarjeta de crédito. Siempre lo había sentido así en aquellos años: libre. Libre para levantarse, ir, venir, no decir "aquí" y no aceptar "allá".

La notificación del abogado indicaba que su exesposa le dejaba una propiedad.

Había sido un mal matrimonio. Un gravísimo error de juventud. Ambos estudiantes, ambos sin trabajo, sin conocer la realidad de la vida. Afortunadamente, sin hijos. Habían pasado algunos años desde el divorcio. No se volvieron a ver, ni se hablaron. Él no sabía dónde estaba ella. Aparentemente, ella sí sabía dónde estaba él.

Le dejaba una propiedad en la lejana carretera de Kirdimi. Una herencia de manos de una desconocida, a la que le costó mucho reconocer en la fotografía que le mostraron. En tan poco tiempo se había convertido en una mujer diferente. Una extraña muestra de generosidad, tan impropia de ella. Se lo dejaba a él, pues aparentemente no tenía pareja ni otros familiares. Definitivamente, alguien tan solo en el mundo como él mismo.

Muchos años después... Ni el mínimo contacto, ni noticias entre ambos. Inesperadamente, era propietario de una hacienda. El abogado explicó que la propiedad estuvo en litigio con otros dueños. Ella había muerto en un accidente de avioneta; de lo cual él ni siquiera se enteró y, por supuesto, no le produjo el más mínimo pesar. De buena gana habría rechazado la oferta.

Pero el mismo día que recibió el correo electrónico, también llegó la notificación sobre la venta de la oficina donde laboraba. Los nuevos compradores solo querían la marca; redimensionarían todo. Él estaba fuera.

Esa sí era una buena noticia. Le darían un buen bono de indemnización; además, su GMC Acadia Diesel ya estaba pagada. Podría invertir algo de dinero en la hacienda. Vivía alquilado, así que podría mudarse a la casa... establecerse ahí. Y bueno... ¿por qué no?

—Adanech, hiciste un buen trabajo —dijo con una sonrisa mientras ajustaba la música.

Era una carretera infinita, polvorienta, sin árboles, con una tierra de vegetación escasa. Al pasar, vio una estación de biodiésel y carga de hidrógeno que parecía detenida en el tiempo. Afortunadamente, podía pagar con créditos electrónicos.

—Doscientas hectáreas —dijo nuevamente, y musitó—: Parece bastante terreno. Había visto la foto de la casa... y de los equipos oxidados, la tierra sin cultivar.

—No sé un carajo de agricultura y ganadería —le dijo al tablero de su camioneta, que ya marcaba los 160 kilómetros por hora en la inmensa, infinita recta de la carretera, sin el más mínimo tráfico.

Fue un impulso aceptar la hacienda. Fue el nombre lo que le atrajo: Hacienda «La Cruz de la Montaña del Diablo».

—Eso es...

Vio un letrero y aminoró la velocidad. Kirdimi. Consultó su Google Earth; la carretera de tierra estaba a la derecha, a unos 400 metros.

—Allá es —le dijo a la camioneta y, resuelto, se internó en la terrible vía de tierra. Recordó la referencia del abogado: una cruz de piedra en la cima de una loma.

—Allá está. Esta es... —dijo, mirando la solitaria cruz de piedra en lo alto de la desnuda ladera. Estaba dentro de su propiedad y se veía desde la carretera.

Entró a la vía privada. Efectivamente, era una tierra que no se veía trabajada desde hacía muchos años.



—¿Cómo hiciste para tener esta hacienda? ¿Y menos tú, que solo vivías en fiestas, hablando estupideces muy propias de ti, con las estúpidas de tu familia y las retrasadas de tus amigas? —murmuró, frenando la camioneta y quedando ante la inmensa y ruinosa casa.

—Bueno, definitivamente la gente cambia mucho en doce años... —comprendió, descendiendo del vehículo y quedando admirado frente a la casa


.


Vio el reloj. Eran las cinco y media de la tarde.

—Necesito un ingeniero agrícola y buscaré la forma de gestionar un crédito. Vamos a ver para qué sirve esta tierra.

Entró a la casa. Estaba amueblada, pero todo cubierto de polvo, abandonado. Se veía que había sido albergue de quien sabe quiénes. Ojalá no encontrara una desagradable sorpresa.

—Bueno... Ya veo por qué me dejó todo. Es una muy buena venganza. Pondré todo más o menos funcional, conseguiré a un idiota al que pueda venderle esto. Aceptaré desde chocolate hasta aceite de motor como pago —dijo, caminando por la inmensa casa.

Llegó al cuarto; era el más grande. Debía ser el dormitorio principal.

—¿Quién sabe con cuántos se acostó ahí? —le preguntó a un espejo lleno de polvo, tratando de recordar su rostro. De verdad, no le pareció muy conocida la foto de la mujer que le presentaron.

Llegó a una consola y, sin dudar y movido por la curiosidad, la abrió. Varios cofres... varias cajas de zapatos. Les quitó el polvo.

Abrió con cuidado otra gaveta de la inmensa cómoda de estilo francés. Polvo. Más polvo. Más cajas de zapatos... Abrió una y quedó sorprendido. Pacas de billetes de francos centroafricanos.

—Algo deben valer —dijo, contando los billetes. Cada paca era de cien billetes—. Hay millones de esta cosa.

Al rato, después de usar internet desde la camioneta, simplemente se desplomó en el suelo cuando vio el valor que le daba la conversión a euros.

—Adanech... —musitó, riéndose—. ¡Por Dios! Necesito una ametralladora para cuidar esto.

Casi sin darse cuenta, la noche abarcó todo con una inmensa oscuridad, dejando ver las estrellas más bellas. Se incorporó sobre el techo de la camioneta y contempló el firmamento. Podía dedicarse a acomodar las cosas... No había plagas. Se durmió viendo las estrellas, sin tratar de controlar la inmensa sonrisa que le abarcaba el rostro.

Despertó en la madrugada. Una neblina lo tenía empapado. Era una noche terriblemente oscura. Igualmente, miró la oscura mole de la casa.

En las películas siempre se veía una cara difusa en la última ventana. En este caso, no era en la ventana. Era en la misma puerta. Parada... Una mujer, dormilona, aparentemente sostenía una vela. 



Fue una impresión... pero el corazón le dio un vuelco en el pecho. Las cajas de zapatos estaban todas arriba...



¡

Demach despertó de golpe. Se incorporó, pero el techo de su camioneta había desaparecido. Se desperezó, confundido. Estaba en un espacio oscuro, inmenso y silencioso. Al fondo, una escalera y una puerta.

Sin pensarlo, corrió escaleras arriba. Abrió la puerta de golpe y se encontró en el pasillo del tercer piso. Bajó como una exhalación, empujó la puerta de salida y salió violentamente, perdiendo el equilibrio hasta caer sobre el camino de tierra, justo frente a su camioneta.

Sin aliento, se incorporó y entró en el vehículo. 

—Mis llaves. Mis malditas llaves —gritó, apretándolas en su mano hasta que logró serenarse. —El dinero... —murmuró, temblando y sudando, luchando contra la hiperventilación.

Al confirmar que tenía las llaves, bajó del auto a toda velocidad, corrió de nuevo escaleras arriba hasta el cuarto. Entró directo a la cómoda. La abrió y, con una risa nerviosa, vio las cajas de zapatos. Desesperado, abrió tres. Allí estaba el dinero.

Tomó las cajas y bajó corriendo. Llegó a la camioneta y, en automático, casi sin consciencia, repitió la operación innumerables veces. Luego, manejando a toda velocidad, salió disparado hasta que el vehículo patinó y estuvo a punto de volcar.

—Tranquilo... Tranquilo. Todo está bien —se repitió, forzándose a controlar la respiración. Encendió el aire acondicionado a máxima potencia y se dirigió al pueblo—. Es una mujer que vive aquí. No sabía que yo estaba. Se escondió porque probablemente se asustó más que yo. La encontraré y le diré que se marche. Quizás solo cuidaba la casa...

Manejaba aún descontrolado. Hizo un esfuerzo visible por serenarse. Se sentía ridículo. Había dejado que una mujer lo asustara. Su mente intentaba borrar el hecho de que había dormido en el techo de su camioneta y despertado dentro de una habitación. 

—Tranquilo, Demach. Tranquilo. No pasa nada —se decía una y otra vez.

Casi sin darse cuenta, estaba en el pueblo. Entró en la ancha y solitaria calle de doble vía. La prefectura tenía una patrulla dormida en la entrada; los locales comerciales estaban desolados, junto a una ferretería y un banco: un RBC Bank.

Se miró en el retrovisor, intentando arreglar su aspecto. Bajó con una de las cajas y entró al local solitario. Un cajero jugaba distraído con su laptop, ignorando por completo la presencia de Demach hasta que este habló. 

—Quiero abrir una cuenta de ahorros —anunció, tras intentar en vano disimular su sudor, pasándose la mano mecánicamente por el pelo y ajustándose la camisa insistentemente.

El hombre, sin levantar la vista, señaló unos papeles sobre el mostrador con un movimiento de barbilla. 

—Llene el formulario. Y haga un depósito —dijo, con una voz plana, como si le hablara a un mueble.

 —¿Con chequera? ¿Aceptan francos centroafricanos? ¿Todavía existen los cheques?Podre cambiarlos a stable coins? —preguntó Demach, sintiendo que su voz sonaba extraña en el silencio del local.

El cajero se encogió de hombros, sin interrumpir su juego en la pantalla.

 —¿Podría ayudarme a contarlos? No quiero equivocarme al llenar el depósito —dijo Demach, colocando las cajas y sacando infinidad de paquetes de billetes, uno tras otro, con un sonido sordo y metálico.

El hombre finalmente levantó la vista. Sus ojos no mostraron sorpresa, ni codicia, ni siquiera curiosidad. Solo un hastío profesional.

 —Es mucho dinero, amigo... Creo que debería hablar con el gerente —dijo, como quien comenta el clima.

Demach asintió, pero sus piernas flaquearon al ver el monto en el comprobante. Se aferró al borde de la taquilla. Podría hacer lo que quisiera con esa hacienda; en la casa aún había más. Era demasiado. Tenía más cajas en la camioneta y, seguro, más en la casa; todo se limitaba a buscar concienzudamente y, seguramente, aparecerían.





Un rato después, absolutamente calmado, salía de la sucursal. Veinte cuentas bancarias diferentes le hacían mirar el mundo de forma distinta. Tenía que indagar más sobre su exesposa.

Fue a la ferretería industrial. Estaba sola. Un hombre ancho y gordo lo miró en silencio desde donde se recostaba en el mostrador, con una expresión que oscilaba entre la indiferencia y la resignación.

 —Hola, amigo. Soy Demach Franquiz... El nuevo propietario de la Cruz de la Montaña del Diablo —anunció con cierta suficiencia, inflando el pecho. Veinte cuentas bancarias. Definitivamente, ahora era todo un personaje.

El hombre no parpadeó. No sonrió. Ni siquiera cambió su postura. Simplemente lo miró, como quien observa una mosca que ha entrado por la ventana y no sabe dónde aterrizar.

 —Me preguntaba si podía colocar un letrero en... no sé... —insistió Demach, sintiendo cómo la incomodidad le subía por el cuello.

El hombre le mostró un cartel colgado en la pared, luego extendió papel y lápiz sin mediar palabra.

 —Gracias —agradeció Demach, escribiendo con mano temblorosa: Solicito Ingeniero Agrónomo. No importa experiencia. Sueldo a convenir. Compro tractor con todo el equipo nuevo o usado. Solicito personal de limpieza.

Cuando terminó, el hombre le extendió unas chinchetas. 

—No va a conseguir gente que quiera trabajar allá —anunció finalmente, con una voz tan baja que apenas se escuchaba sobre el zumbido del ventilador.

Demach se tensó. 

—¿Por qué? ¿Sucedió algo que debería enterarme?

El otro hizo un gesto vago, como si la respuesta fuera obvia y no valiera la pena explicarla. 

—No lo sé... Solo entiendo que no hay gente que le guste ir para allá. Será por lo lejos.

Por lo lejos, pensó Demach. Pero la carretera está a cinco minutos. 

—Necesito un tractor. —Por aquí no lo va a conseguir. Tendrá que ir a la ciudad.

Compró una Coca-Cola Light y se marchó. El pueblo entero parecía guardar un secreto que nadie estaba dispuesto a compartir. Tendría que indagar más sobre lo que le sucedió a Adanech.


II

Horas después, contemplaba los hombres de la cooperativa eléctrica conectando la luz. Pondría en funcionamiento la bomba de agua. Mientras tanto, buscaba en Google: Adanech Rubinstein.

La única información era que había viajado en una avioneta. Fue un viaje alquilado. Lo más destacado de la noticia era que el piloto había trabajado unos meses en Malaysian Airlines y después fue certificado por Germanwings. 

—La mató —entendió al terminar de leer la noticia, con una frialdad que le heló la sangre.

No encontró noticias de trabajos, parejas, hijos... Trató de recordar su imagen de aquella época. Nada. Una chica normal. Perdida en el mundo. Era entusiasta de la revolución permanente, creía que el mundo estaba en pleno proceso post-capitalista, que Corea del Norte derrotaría a Japón y China juntos o por partes, y que el Socialismo del Siglo XXXI lograría producir 25 kilos de tomates en 30 años.

De repente, vio detenerse la pick-up El Camino Diesel. El motor rugió y se apagó, rompiendo el silencio del campo. Una joven bajó del vehículo. Era bella, con una postura firme que contrastaba con la desolación del paisaje.

—¿Usted es el que busca un Ingeniero Agrónomo? —dijo a manera de saludo, inmediatamente después de descender.

El hombre asintió, observándola con una mezcla de esperanza y recelo. 

—Pues hice mis pasantías... Creo que puedo servir —explicó ella, con una sombra de duda al ver el panorama desolado, las casas abandonadas y la inmensidad de la propiedad.

Demach la miró, sintiendo que por primera vez, alguien más había cruzado el umbral de su pesadilla. Pero la duda persistía: ¿había venido ella por el trabajo, o también por el silencio que rodeaba a la Cruz de la Montaña del Diablo?






Aq

No se preocupe. Contrataré obreros. Pediré un crédito para la maquinaria. Lo único que necesito es que alguien me diga qué cultivar y qué insumos requiero —explicó Demach, pero su voz sonó hueca, como si las palabras se perdieran en el vasto silencio de aquel lugar. No podía apartar la vista de la arquitectura. Las vigas parecían respirar, la piedra fría y húmeda le resultaba... apetitosa de una manera que le erizó la piel.

—Vivo en el pueblo —dijo la joven. Su voz era un susurro plano, sin inflexión humana. Sus ojos, oscuros y profundos, no parpadeaban al observar el deterioro de la finca, como si viera algo más que ruinas.

—Y seguirá viviendo allí. No pienso imponer turnos nocturnos —aclaró el hombre, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda. La noche allí no era simplemente oscura; era una entidad viva que esperaba.

—¿Cuánto paga?

—Dependerá de usted. Necesito su currículum. Podría comenzar con el salario mínimo profesional más los beneficios de ley; luego, según su ritmo, ajustaremos —dijo Demach, forzando una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

Inesperadamente, señaló con un dedo tembloroso uno de los tractores abandonados, cubiertos de una capa de moho que parecía moverse lentamente.

—¿Qué es eso?

La muchacha frunció el ceño, pero no con contrariedad, sino con una extraña desconexión, como si el objeto le resultara ajeno a su realidad.

—Descuide. No me gradué en las universidades socialistas. Cada materia que estudié la aprendí con un exfuerzo autentico de aprender . Es un Nyumbu Tractor, fabricado en Tanzania.

Él asintió, aliviado, aunque la sensación de que algo no encajaba se intensificó. El tractor por un momento le  parecía exhalar un hedor a tierra removida y algo más, algo podrido.

—Oiga, señor. Usted tiene aquí no sé cuántas hectáreas de suelo. Convertirlas en tierra laborable y productiva exigirá una inversión masiva. Y si espera los créditos del gobierno, será un fantasma con más de quinientos años de antigüedad para cuando le aprueben el primer préstamo.

—Entiendo. Creo tener el músculo financiero necesario.

—Va a necesitar tractores, segadoras alquiladas, personal, semillas. Le recomiendo importarlas de Europa o de EE. UU. Fertilizantes reales...

—Para eso usted está aquí.

—¿Me va a contratar?

—Eso intento...

Dieciocho días después.

Demach intentó respirar, pero el aire de la casa era denso, cargado de estática. El rugido de un tractor  Kat alquilado en la lejanía no sonaba como un motor, sino como un rugido animal que vibraba en sus huesos, confirmando que la siembra avanzaba, pero con una velocidad natural. La casa estaba impecable, demasiado limpia, como si el polvo hubiera sido barrido por manos invisibles. Las dos mujeres de servicio que limpiaban y cocinaban durante el día nunca lo miraban a los ojos; sus movimientos eran mecánicos, sincronizados con un ritmo  muy eficiente

Había instalado gas, internet, teléfono, aire acondicionado y agua potable. Y lo mejor: su ingeniera era eficaz, proactiva, independiente... eficiente. Demasiado eficiente. No cometía errores. No respiraba fuerte. No dejaba rastro de su presencia excepto cuando él la necesitaba.

Lo único que resentía era el anochecer. Cuando sus empleados se marchaban, no se iban; simplemente se desvanecían en las sombras, dejándolo solo en la inmensa mansión. Dejaba todas las luces encendidas, pero la luz eléctrica parecía débil, incapaz de penetrar la oscuridad que se acumulaba en las esquinas. Su Glock era su única compañía, fría y pesada en su mano. No se consideraba cobarde, pero la paranoia se había convertido en su única compañera real. Por eso había contratado a un chofer guardaespaldas que pronto llegaría, aunque una voz en su mente le susurraba que nadie podría protegerlo de lo que habitaba allí.

A las tres de la mañana despertó. No hubo ruido, solo un silencio absoluto que le hizo sentir que el mundo había dejado de existir. Luego, los susurros comenzaron. No venían de fuera, sino de dentro de las paredes, de las tuberías. Le pareció oler café, un aroma dulce y cálido que contrastaba violentamente con el olor a humedad  que impregnaba la casa. Más que nadie sabía que, aparte de él, nadie estaba en la casa.

Montó silenciosamente su Glock y cargó cuatro cargadores. Con precaución, se asomó a la ventana. Su cybertruck que acababa de comprar  estaba allí, pero las llantas parecían hundidas en la tierra como si el vehículo hubiera estado allí durante décadas. 



Tomó las llaves de repuesto. Cualquier cosa y saldría inmediatamente. Sus originales estaban en la guantera... El olor a café desapareció de golpe, reemplazado por un hedor a carne quemada. Vio por otra ventana y contempló un resplandor que iluminaba la ladera de la cruz. No era un incendio normal; las llamas eran de un color violeta enfermizo, danzando sin consumir nada, iluminando la ladera con una luz fantasmal.

—Mi siembra —comprendió con un nudo en la garganta—. Todo estaba asegurado. Pero detestaba el retrabajo...

Esperaría a la mañana para ver la magnitud del daño. No valdría la pena salir en la oscuridad de medianoche, solo. Revisó la amplia cocina. Nada. Decidió hacer café. Ya no tenía sueño. El tiempo parecía haberse detenido. Así llegó el amanecer, pero la luz del sol no trajo calor, solo una claridad gris y mortecina.

Sus empleados llegaron, s. Acompañado por ellos, fue a ver el desastre.

Pero no hubo tal incendio. Ni huellas de fuego reciente. Los brotes de ricino, de palma aceitera, de amaranto, quinoa, jatrofa curcas... Todos estaban intactos, pero crecían con una velocidad imposible, retorcidos, con formas que recordaban a cuerpos humanos. No sabía qué era peor: sentirse ridículo o la seriedad con la que sus empleados lo miraban, un sarcasmo silencioso que parecía burlarse de su cordura.

Lo dejó así. No era buena idea que ante su gente pareciera un loco.

—Aquí en el campo se ven los resplandores de los incendios que ocurren a muchos kilómetros —dijo uno de los tractoristas, caminando hacia su máquina estacionada en medio del campo. Su voz sonaba como si viniera de muy lejos.

—Si no hay chamizas ni cenizas, no hay de qué preocuparse —añadió otro, sin mover los labios.

Su ingeniera, Altansengset, vio todo y no dijo nada. Su silencio era más pesado que las palabras, una presencia física que oprimía el pecho de Demach.

Horas después, su tractorista lo llamó por teléfono. En la camioneta de la ingeniera, fueron al sitio. El aire era frío, gélido. Troncos de cedro estaban carbonizados, negros como la noche, pero no había calor.

—Esto fue lo que vi. Aquí hicieron un jamboree —dijo la muchacha, con una voz monótona, sin emoción.

—Hay muchas huellas de pisadas.

—Pues es una invasión de propiedad privada.

—De seguro no lo sabían. No hay cerca.

—Pues lo cercaré. Ponen en riesgo las siembras y el futuro ganado que traeremos —explicó, y rápidamente rectificó—: Voy a pedir un crédito adicional...

El día transcurrió pesadamente. El grupo almorzó por partes en el inmenso corredor, pero la comida sabía a ceniza. A las cinco y media, nuevamente solo, sentado en el amplio porche de la casa. Cada vez estaba más limpio. Cada vez nuevas cosas funcionaban, pero las sombras parecían alargarse más rápido que la luz.

.






Nuevamente solo en la casa. Decidió ir al pueblo. Unas cervezas le vendrían bien.

Una hora después, era el único parroquiano en el igualmente único bar del pueblo. El ambiente era denso, opresivo. Degustaba una cerveza cuando a su lado se sentó un hombre de mediana edad, con la piel curtida por una vida dura, pero sus ojos estaban vacíos, como pozos negros.

—¿El señor Demach?

—El mismo.

El hombre guardó silencio. Demach interpretó que buscaba trabajo. Ahora le faltaba gente.

—Una cerveza para el amigo —solicitó Demach. Ambos bebieron en silencio, el ruido de la absorción llenando el espacio, pero el líquido parecía espeso, casi sólido.

—Soy el padre de Altansengset —explicó sin mirarlo, después de eructar. Lo clásico entre dos hombres que intentan conocerse, pero el eructo sonó como un gemido.

Demach giró y lo miró. Era un hombre humilde, con las huellas de una vida miserable grabadas en su rostro y postura, pero algo en su aura era perturbadoramente antiguo.

—Vaya. Lo felicito. Ella es una excelente empleada.

El hombre lo miró indefinidamente en silencio. El tiempo pareció dilatarse.

—¿Qué hace ella en sus tierras? —dijo, tomando otro trago, mirando el inmenso espejo sucio detrás de la barra. En el reflejo, Demach no vio su propio rostro, sino una distorsión.

—Pues todo. Es más que mi mano derecha. Le confío todo —informó con auténtica sinceridad. No quería dar la imagen de un tipo que quería aprovecharse de una provinciana... en todo.

—¿Ella le ha dicho dónde vive?

—Escribió un currículum. Pero de verdad sé que es aquí.

—¿Quiere venir a mi casa? —propuso el hombre—. Así sabrá dónde ella vive.

—Bueno. No quiero ser entrometido. Ella nunca...

—No se preocupe. Venga. No soy secuestrador, ni asesino, ni chavista, ni activista del partido demócrata. Soy solo un padre.

Momentos después, la Range Rover seguía la camioneta. Llegaron a una humilde casa en las afueras del pueblo, envuelta en sombras que parecían tener vida propia. Estacionó detrás de la pickup del hombre. Ahí estaba la pickup de la muchacha, pero las ruedas estaban oxidadas, como si llevaran años sin moverse.

—Usted dice que mi hija le es útil.

—Sí. No tengo por qué mentirle —dijo, descendiendo de la camioneta. Sus pies tocaron el suelo, pero sintió que la tierra se movía bajo ellos.

—La camioneta...

—Tiene nueve años sin funcionar —explicó el hombre.

Demach prefirió no contestar. Decidió ponerse alerta. Tenía todos los visos de una encerrona. Sin embargo, la curiosidad de descubrir la trama lo arrastraba, una fuerza irresistible.

Con curiosidad, entró detrás del otro. El hombre encendió las luces de la casa, parpadeantes, como si la electricidad luchara contra algo.

—Por favor, sígame. Hay veces que ella no está donde se supone debe estar.

—No le entiendo —dijo Demach, sintiendo que quizás estaba llegando demasiado lejos. Cuídate de cualquier amigo, que siempre hay uno más listo que tú...

El hombre se asomó con precaución a un pequeño cuarto. Encendió la luz. La bombilla zumbó, emitiendo una luz amarillenta y enferma.

—Aquí está. Mire, por favor.

Demach se asomó. Con asombro la vio. Estaba montada encima de un escaparate polvoriento, pero no estaba sentada; flotaba a pocos centímetros del mueble. Con la mirada perdida, un hilo de saliva negra corría por su boca y una sonrisa entre promiscua e inocente le abarcaba el rostro, una sonrisa que no llegaba a los ojos, que permanecían vacíos, oscuros.

—¿Esta es la joven que trabaja con usted? —preguntó el hombre, su voz temblorosa.

Demach quedó estupefacto. La muchacha estaba sentada mirándolo sin aparentemente reconocerlo, las piernas colgando flácidamente, pero no tocaban el suelo.

—Sí. Pero... No puede ser. Ella es muy activa. Es ella...

—Nunca ha hablado. Se me escapa siempre. Hay veces que la policía la ha detenido desnuda. A veces habla en lenguas extrañas... Dos veces la han rescatado del río, pero el río no la devolvió igual.

—No... ¡No! ¡No puede ser!... Ella llega manejando siempre. Es muy puntual, conversadora y eficiente —respondió, absolutamente confundido, sintiendo que su mente se fracturaba.

El hombre asintió, con lágrimas de sangre en los ojos.

—Ella mató a su madre hace cuatro años. La descuartizó con un cuchillo. La evaluaron varios médicos psiquiatras. El juez la declaró incapacitada. No la recluyeron en el manicomio, pues en este país consideran mejor que se quede en su hogar. Además, es un campo tan lejos de la ciudad, y adición al hecho que no pudieron demostrar que fue ella la asesina; yo sí sé que fue ella... De noche la alimenté y me encerré en mi cuarto. Cada vez que me despierto, ya no está... Sé que está en su hacienda... Todas las tardes monto guardia para ver cómo llega. Nunca he podido capturarla. Solo aparece en cualquier momento en la casa... Solo puedo decirle que mi hija es extremadamente peligrosa. No es humana. No lo fue nunca.

—¿Tiene una gemela?

—No —le explicó el hombre—. Es ella. Y no es ella.

Demach estaba estupefacto. No salía de su asombro. Era ella. Pero no era ella... Sintió una especie de pesadez. Un vacío. Peligroso. El aire se volvió gélido.

—Hola, Altansengset —saludó en el tono más normal que pudo encontrar, pero su voz tembló.

La joven le devolvió una mirada vacía, con una expresión... peligrosa... Siniestra. Sus ojos brillaron con una luz violeta momentánea.

—Creo que debo irme. No entiendo lo que aquí sucede.

—Pues yo tampoco.

Ambos hombres salieron a la puerta de la casa.

—Mañana hablaré con ella. Debe haber una explicación —dijo Demach, sintiendo la sombra de un susto rondarle por el cuerpo, una sombra que se movía independientemente de la luz.

Ambos devolvieron la mirada al interior de la casa. Ahí estaba ella, parada, con el pelo cubriéndole el rostro, inmóvil como una estatua, pero su cabeza giró lentamente hacia ellos, con un crujido seco.

—¿Puede hacer algo? ¿Cree que pueda ayudarnos?

—No sé —dijo atragantado Demach, dando dos pasos hacia su camioneta, sintiendo que el suelo se inclinaba.

—...Prefiero quedarme en la calle —le contestó el hombre—. Váyase. Es mejor. No vuelva.

—Sí. Seguro.

Momentos después, viajaba por la solitaria carretera. La oscuridad parecía perseguirlo. De verdad que lo mejor era irse a la ciudad. Tenía dinero de sobra. Dejar las cosas como estaban... Alquilar una deliciosa adolescente y disfrutar de la vida... Llegó a la hacienda convencido de que eso era lo mejor.

—Yo dejé todas las luces encendidas —dijo para nadie cuando estacionó en medio de la oscuridad.

Descendió con la Glock en la mano y, una a una, las luces de la casa fueron encendiéndose delante de él... Todas. Una por una, iluminando la noche, pero la luz no disipaba la oscuridad; la revelaba. Las sombras se alargaban, se movían, y en cada ventana, una figura pálida y distorsionada lo observaba. La casa no estaba vacía






No se asustó. Había visto demasiado en la noche para temerle a cualquier cosa. Revisó la casa.

Se fue la luz. La planta eléctrica no arrancó. Luego regresó la corriente y aquí estamos —se dijo, tratando de comprender lo ocurrido. Mañana revisaría la planta eléctrica... Por algo había que comenzar.

Decidió bañarse y entró al inmenso, antiguo baño del cuarto. En el pasillo de su amplio dormitorio, ella estaba allí... completamente insinuante, como si siempre hubiera estado esperándolo. Pero algo en su presencia era incorrecto. Demach lo sintió en la piel: el aire se volvió más denso, más pesado, como si respirar requiriera esfuerzo.

—Desde el primer día me di cuenta de tu sucia mirada... Tratando de parecer decente... Buscando excusas para estar cerca de mí —le dijo la muchacha sin dejar de desnudarse. Sus movimientos eran demasiado fluidos, demasiado perfectos, como si cada gesto hubiera sido ensayado por siglos—. Anda. Aquí estoy. Demuéstrame de qué estás hecho.

Demach quedó desconcertado. Jamás imaginaría que una muchacha tan seria y correcta daría ese paso. Pero ahora, en la penumbra, notó cosas que antes no vio: sus ojos brillaban con una luz propia, sin reflejo de ninguna lámpara. Su piel parecía absorber la poca luz que quedaba en lugar de recibirla.

—Hija... ¿Cómo entraste? ¿Cómo llegaste? Hace menos de media hora ni te diste por enterada de que fui a tu casa y ahí te vi.

Ella sonrió. No fue una sonrisa humana. Los dientes parecían demasiado blancos, demasiado numerosos.

—Vaya con las excusas... ¿No soy lo suficientemente buena para ti? —dijo ella incorporándose, parándose frente a él, tomándole una mano y chupándole un dedo lentamente. El contacto fue gélido, como si hubiera tocado metal en invierno. Demach sintió un hormigueo subir por su brazo, como si algo se estuviera filtrando en su sangre—. ¿O quizás... no soy lo suficientemente real para ti?

—No es correcto. Voy a hacer como si nada de esto hubiera sucedido. Saldré, te vestirás y te irás a casa. Yo te llevo.

—¿Y no te vas a propasar en el camino? —preguntó provocativamente parada encima de la cama. 



el no se movió hacia la cama. Estaba de pie, inmóvil, y la cama se fue transformando hasta que apareció detrás de ella como si la habitación misma se hubiera reconfigurado o ella y cama fueran una misma pieza, siniestra y seductors

—No me quiero ir. No vine a preguntarte sobre una ocasión en la que fallaste en algo importante y qué aprendiste de ello.-- dijo con una sonrisa diferente

Demach subió a la cama y ella, sosteniendo sus senos, los ofreció como ofrenda. Pero sus pechos no se movían con la respiración. Permanecían quietos, como máscaras de carne.

—Lo sabía —dijo ella con un suspiro que no era aire, sino algo más denso, más antiguo—. Lo sabía. Por eso fuiste a mi casa. Fuiste a buscarme... o quizás yo te llamé. No hay diferencia cuando uno ya está perdido.

IV

La música embargaba toda la casa. No provenía de ningún altavoz, de ningún instrumento. Surgía de las paredes, del suelo, del aire mismo. Demach despertó y, con vergüenza, se sentó en la cama.

—No debí. Perdóname... Fue un gigantesco error.

Pero ella no estaba. La música continuaba. Hacía calor y estaba amaneciendo. Todavía estaba oscuro. Salió al pasillo del segundo piso. Todas las luces apagadas, la música no cesaba. Desde el pasillo vio la puerta principal abierta de par en par.

Con cuidado salió; la música cesó inmediatamente. Una lluvia mañanera envolvía el ambiente. Pero la neblina no se movía con el viento. Permanecía quieta, como si respirara sola. Era una vista desagradable







. Pronto vendría el calor, por lo tainnto era un genuino placer disfrutar el frío.

—Se fue —dijo con pesar. No tenía idea de cómo le vería la cara si es que ella volvía... La música comenzó otra vez.

Entró a la casa y en la inmensa sala vio a la mujer. No la conocía. Bailaba un vals con unos pasos desconocidos para él. Solo que eran fascinantes en giros y contragiros, de una belleza espectacular. Pero algo estaba mal: sus pies no tocaban el suelo. Flotaban a milímetros del piso, y la música respondía a sus movimientos, no al revés.

Su cerebro sabía que no estaba ahí. Pero no podía moverse, fascinado por la música, por la belleza y por su bailar... Hasta que la música terminó y comenzó a luchar, a patalear, a tratar desesperadamente de salir de donde fuera, hasta que lo logró...

Estaba en su tina, llena de agua hasta el borde, en la oscuridad de su baño. El agua estaba fría, demasiado fría, como si hubiera estado guardada en la noche eterna. Se levantó de la tina casi ahogado. Salió al cuarto.

Ella estaba desnuda, viendo la ventana. Pero no miraba hacia afuera. Miraba a través de la ventana, como si viera algo que no existía en este mundo.

—Ya no puedes irte —dijo sin volverse. Su voz resonó en todo el cuarto, como si hablara desde todas las paredes a la vez—. Ya no eres mío. Ahora eres parte de la casa. Parte de mí.

Demach intentó correr, pero sus piernas no respondieron. La mujer finalmente se giró. Sus ojos ya no tenían pupilas. Solo dos pozos negros que absorbían la luz, la esperanza, la voluntad.

—Bienvenida a la eternidad —susurró, y por primera vez, Demach entendió que ella no era humana.Quizad Nunca lo había sido. Solo había estado esperando... esperando a alguien que pudiera escucharla. Lucho por despertar.Tenia que despertar...

Continuara






Continuara



Continua en



Adanech Capitulo 2

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