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sábado, 31 de enero de 2026

Tres Ases de Corazón.Fanfiction de Dana Chou,Parte 3

Novelas Por Capitulos
Viene de 

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Minutos después, el Peugeot se desplazaba a gran velocidad.

—¿Quién es esa mujer? Es muy sencilla y bonita. Se ve a leguas que se gustan —preguntó ella con más curiosidad que otra cosa.

—Es una buena amiga —respondió Kim, evadiéndola.

—¿No te portarás como un malcriado si me voy a Sao Paulo una semana con un amigo?

Él hizo un gesto indefinido; en realidad, no le importaba.

—Pues resulta que, en todos estos días, de alguna forma u otra, los eventos y compromisos que tu padre ha inventado para nosotros terminan siempre igual: yo completamente sola, hablando con un mar de babosos que tratan de acostarse conmigo. Como si pudieran... y sabes perfectamente que voy a averiguar quién es ella. Más vale que te disciplines, pues a tu papá el portaaviones se le hunde por alguna razón —le dijo con el tono de una profesora sexy regañando al alumno antes de acostarse con él.

Kim no contestó. Conocía perfectamente los eventos de su padre y cómo Huan siempre terminaba sola.

—Entiende, Kim. Hay que guardar las apariencias. Nos interesa la respetabilidad. Tu padre es un delincuente que puede entrar en ciertos círculos y nosotros queremos estar ahí. No me importa tu amante, pero hay que hacer las cosas creíbles.

Llegaron a la imponente mansión de Meck y Kim le dijo a la joven:

—Voy a acompañarte. En unos minutos estoy contigo.

Instantes después, sobre una Kawasaki Ninja, Kim marchaba a toda velocidad al departamento de Joya.






III

Joya estaba en el proceso de llorar aferrada a la almohada cuando el timbre tocó insistente la puerta. No tenía necesidad de adivinar. Abrió la puerta de su apartamento y allí estaba Kim. Era el recordatorio de que debía comprar un ojo mágico o ahorrar seis meses de sueldo para una cámara web. La joven intentó cerrar la puerta, pero él se lo impidió. Forcejearon en silencio.

—Si tenía alguna duda, creo que ya estamos claros. Ni eres chofer, ni ella es tu jefa... es evidente —dijo ella mientras luchaba por cerrar la puerta—. ¿Cuánto tiempo llevas casado?

Kim finalmente entró y la miró.

—No soy chofer y ella no es nada mío. No estoy casado —dijo al fin, quedando cara a cara sin bajar la mirada—. Eso lo puedo jurar por la memoria de mi madre.

—Hace cinco años me dijeron que la otra no significaba nada. No me parece una buena costumbre —dijo ella, furiosa consigo misma. Sentía que hacía un papelón de secundaria ante ese idiota.

—Lo que a veces odio de ti es la forma en que disfrutas las cosas —le dijo Kim, derrotado al verla cruzarse de brazos y darle la espalda.

—Quiero que te vayas de mi casa y no volver a verte-- dijo ella conteniendo lágrimas de despecho..

—Eso no va a suceder.

Joya se dio vuelta. Sentía sus mejillas arder. Solo una ingenua podía suponer que un hombre así de atractivo no tendría a nadie a su lado.

—¿Y por qué no va a suceder?

—Porque me voy a quedar aquí hasta que llegue tu compañero, amante o lo que sea. Solo un estúpido podría suponer que una mujer tan bella está sola. Y ese, sin duda, soy yo. Te agarraste de la primera mujer que me saludó para terminar.

—¿Terminar qué? Si nunca empezamos nada. Yo sabía que había otra y tú supones que alguien más vive aquí. Está claro que todo acaba aquí.-- se giro ella,después de buscar valor para verlo.

Joya lo miró, intensa pero tranquila. Se había serenado; era mejor así.

—Sí —afirmó Kim, directo—. Ahora lo entiendo. Lo disfrutas. Sabes que estoy absolutamente enamorado de ti, pero nunca he podido comprender qué hay en ese camino que solo tú recorres.

—¿Por qué llegaste con un traje que no te pertenece y con acompañante? —preguntó ella, adivinando sus intenciones.

—Estoy aquí. Eso debe indicarte algo.

—¿Quién es ella? Que estés aquí no significa nada... No puedo competir con ella —explicó celosa. Le parecía increíble tener un ataque de celos infantiles a su edad.

—La mujer que mi padre eligió para que me case.

—¿Y no eres mayor de edad? ¿Me lo dices así, tan descaradamente? —intentó darle una bofetada, pero él la sujetó por los antebrazos.

—Estoy aquí. No con ella —le dijo, acercando su rostro al suyo.

—Vas a tener que ver otro tipo de películas. Estoy entendiendo que mi relación anterior tenía argumentos muy adelantados para la época... Tendrás que actualizarte —contestó, sintiendo que cometía un error al dejar que un hombre tan guapo se le acercara. Siempre tenían a alguien; siempre se llegaba tarde.Siempre tenía que luchar con otra.

Kim se acercó. Levantando su barbilla, la besó con el deseo contenido de todo ese tiempo. Fue inevitable. El muro de contención desapareció, dejándolos indefensos. Fue una explosión de pasión, lejos de los amores con sabor a malteada de fresa y cartas románticas.



La alzó y la llevó a la cama. Ella, con el cuerpo ardiendo de deseo, lo besaba y se estrechaba contra él. Kim no podía frenar; su olor, su suavidad, su cabello enmarañado en su rostro... la besaba por todas partes, enloquecido, hasta que ambos, saciados de pasión, quedaron agotados y abrazados.

—No creo que estés enamorado de mí... ya lo obtuviste todo. ¡Ah, ya sé! Saludos a la familia —dijo ella, embriagada de satisfacción.

—Ciertamente no estoy enamorado; estoy enloquecidamente enamorado de ti. No soporto un segundo sin ti —contestó él, hundiendo el rostro en su cabello.

—Quien te crea, que te compre. ¿Ese "edificio" que vino a buscarte es solo una compañera para los cumpleaños?

—No tengo que darle explicaciones. Tengo mis propios ingresos, suficientes para vivir siete vidas contigo. Siempre aquí.

—¿Ah, sí? No me gustan los hombres que no trabajan.

—Pero te va a gustar este hombre que te va a enloquecer justo ahora —anunció Kim con pasión insaciable.

—Esto es demasiado tóxico... siento que voy por el carril rápido para clonar la relación de Batman y Gatúbela.

—Pues eres un veneno adictivo —sentenció él antes de besarla nuevamente.






¡@#$@### Como todo hombre maduro y realizado, Meck poseía un Ferrari 400 Sedan Diesel, el único en el mundo. Lo adoraba con una pasión casi irracional, como si ese auto fuera el único testigo fiel de su soledad disfrazada de poder. Solía conducirlo él mismo, sintiendo el ronroneo del motor como un latido que ahogaba los suyos propios. A veces cedía el volante a su chofer, pero hoy… hoy necesitaba sentir el control, aunque fuera solo en las curvas. Una llamada lo había destrozado por dentro: quinientos millones de euros o siete metros de tierra fría. O peor: un tambor de cemento fresco que lo tragaría entero, ensuciando sus zapatos italianos y ahogando sus últimos pensamientos en gris. El miedo no era a la muerte, sino a desaparecer sin dejar huella en nadie que realmente importara. Abrió la puerta trasera y el aire cambió. Se volvió eléctrico. —Tu hijo no atiende a razones —dijo Huan Gonzales, con voz cortante, como si cerrara una puerta para siempre. Meck se deslizó al asiento. Sus ojos se posaron en ella. Toda ella. Alta, imponente, peligrosa. Hermosa de una forma que dolía. —¿Realmente eres tan alta? —preguntó, pero su voz traicionó un temblor que no esperaba. Era una pregunta absurda, pero necesitaba tiempo. Tiempo para no rendirse ante lo que ella despertaba en él: un hambre antigua, prohibida. —¿Por qué? ¿Quieres medirme? —Huan se inclinó hacia él, tan cerca que su aliento rozó su cuello. El espacio entre ellos se volvió insoportable. Un segundo más y se rompería todo. Meck tragó saliva. Tuvo que tomar una pastilla revitalizante para no perder el control. Huan lo había golpeado, mordido, arañado con furia animal. Habían destruido el interior del Ferrari como si quisieran destruirse mutuamente. Y sin embargo… no sentía remordimiento. Solo vacío. El matrimonio de su hijo era un trámite. Pero ahora, este detalle nuevo lo carcomía por dentro. Huan le entregó el compact disc. El video de Kim con esa mujer. Joya Kenneth. El dossier lo describía todo: raíces camboyanas, tailandesas, madre criolla. Huérfana. Madre lejos, en Níger, con un veterano francés. Médico de emergencias. Sencilla. Real. Meck arrugó el entrecejo hasta que le dolió. No era el tipo de mujer que atraía a Kim.






Erapeor: era el tipo de mujer que podía destruirlo. Que podía hacer que su hijo eligiera el corazón sobre el imperio. Y Kim no le había dicho nada. Ni una palabra. Ese silencio era un cuchillo.

Huan soltó el resto del chisme con frialdad quirúrgica. Justo ahora. En el peor momento. El capricho se le pasaría… ¿verdad? Pero el tiempo se le escapaba entre los dedos como arena. ¿Qué tenía esa Joya? ¿Por qué justo ahora? Porque era auténtica. No una muñeca de plástico con rostro idéntico a mil otras. Tenía cicatrices invisibles, una vida que pesaba, ojos que miraban de verdad. Y eso aterrorizaba a Meck más que cualquier deuda. Porque si Kim la elegía, todo su mundo construido con sangre y mentiras se derrumbaría. Discutir con él solo lo ataría más fuerte. Ofrecerle dinero… ridículo. Ella era decente. Un rara avis en un mundo de falsedades. Había llegado en el peor momento… o quizás en el único momento en que podía cambiarlo todo.




**Capítulo 3** Joya intentaba ordenar el caos en su pecho ,en sus sentimientos,en su alma, pero Kim era una tormenta que no se calmaba. Lo quería todo de ella: cada mirada, cada aliento, cada secreto. Y ella… ella se lo había dado. Todo. Sin reservas. Pero él seguía pidiendo más, como si temiera que desapareciera si aflojaba un segundo. Era una pasión que quemaba. Vertiginosa. Peligrosa. Porque cada vez que se rendía a él, sentía que perdía un pedazo de sí misma. Peligro de enamorarse hasta el fondo. Peligro de olvidar quién era antes de él. Peligro de que, cuando él se cansara —porque todos se cansaban—, no quedara nada de ella. Le había dolido tanto que Tambó se fuera sin despedirse. Otro abandono silencioso. Otro vacío. La dejaba sola con Kim. Y lo que más temía en el mundo era quedarse a solas con él… porque en esos momentos, sin distracciones, sentía que él podía verla entera. Y si la veía entera y aún así la quería… ¿qué haría ella cuando él se diera cuenta de que no era suficiente? Subió a su minivan adorada, la única constante fiel. —No me lleves a otro Kim —le susurró, con la voz quebrada, como si la camioneta pudiera prometerle algo. Llegó al edificio. Estacionó. Caminó. Los chicos jugaban básquet. Todo parecía normal… hasta que una mano le tapó la boca. Un pinchazo helado en el cuello. El mundo se volvió negro. Y en ese último segundo de consciencia, solo pensó en él. En Kim. En que quizás nunca volvería a verlo.




**Siguiente capítulo** A Kim le helaba la sangre la calma de su padre. Meck, siempre tan efusivo en público, se volvía de acero cuando el mundo se derrumbaba. Pero esta vez… esta vez era diferente. Era como si estuviera preparado. Como si hubiera planeado cada latido. Dos días sin noticias de Joya. Dos días de mensajes sin respuesta. Quería respetar su espacio, pero el silencio lo estaba matando. Cada hora sin ella era una eternidad. ¿Y si lo había dejado? ¿Y si se había dado cuenta de que él era veneno? A las seis en punto llegó al cafetín del hospital. Ella siempre estaba allí, con su bata blanca, el cabello recogido, esa sonrisa cansada pero genuina que le hacía sentir que valía la pena existir. Pero hoy… no estaba. Un latido extra. Un vacío en el pecho. Esperó un minuto eterno. Luego corrió. Preguntó. Por primera vez en nueve años, Joya no había llegado. El pánico lo atravesó como un rayo. Aceleró el Aston Martin hasta que el motor gritó. Llegó al estacionamiento. Vio su minivan. La llamó. Subió al apartamento. Nada. Vacío. Silencio. —Meck… —susurró, con la voz rota. Lo entendió todo. Su padre. Siempre su padre. Irrumpió en la sala ejecutiva. Los cinco presidentes lo miraron. Meck continuó hablando de capitales, sacrificios, bolsas chinas… como si nada. Kim se sentó. Contuvo la ira hasta que le temblaron las manos. —¿Qué le hiciste? —preguntó, interrumpiendo. La voz le salió como un rugido ahogado. Meck ignoró la pregunta. Siguió con su teatro. Kim repitió: —¿La mataste? Silencio. Un silencio que pesaba toneladas. —No creas que si le tocaste un pelo voy a seguir tu juego —dijo Kim, alzando la voz—. Dime dónde está. O juro que en una hora estoy en televisión. Testificaré contra ti. Lo destruiré todo. Los ejecutivos se fueron. Padre e hijo solos. —¿Dónde está? —preguntó Kim, con los ojos brillando de lágrimas contenidas. —¿Dónde está quién? —Meck se sirvió café. Tranquilo. Demasiado tranquilo. —No juegues conmigo. Sabes de quién hablo. Olvídate del maldito matrimonio. Olvídate de todo. Solo dime que está viva. Meck giró. Lo miró por primera vez. Y en sus ojos, Kim vio algo nuevo: no triunfo. Sino dolor. Un dolor antiguo, enterrado. No dijo nada. Porque decirlo sería destruirlo todo. Y eso… eso era lo que tenía que hacer.






**A 945 kilómetros…** José Ching López conducía su Infiniti SUV bajo un sol que quemaba el asfalto. Disfrutaba la soledad de la carretera. Hasta que vio la avioneta. Barrena plana. Golpe contra los árboles. Parábola mortal. No dudó. Aceleró. 4x4. A fondo. Hacia el fuego y el metal retorcido. Porque a veces, salvar a alguien era la única forma de salvarse uno mismo. --- Continuara ¡



Entiendo que deseas que corrija, expanda y mejore este texto al estilo de los K-dramas románticos, llevándolo a 4500 palabras, eliminando errores ortográficos y redundancias, pero manteniendo los emoticones/dibujos en su lugar. Sin embargo, **debo aclararte que no puedo generar archivos descargables** (como Word, PDF, TXT, etc.). Lo que sí puedo hacer es presentarte el texto completo y formateado directamente en esta conversación, que podrás copiar y pegar fácilmente. Voy a trabajar en la corrección y expansión de tu texto. Será un proceso creativo que mantendrá la esencia de tu historia —el misterio del accidente, la transformación de identidad, el encuentro dramático y el triángulo amoroso— pero con el estilo melodramático, emotivo y visualmente detallado característico de los K-dramas románticos. Permíteme unos minutos para crear esta versión expandida de ~4500 palabras: --- # **RESPLANDOR BAJO EL CIELO AZUL** ## *(Una historia al estilo K-drama)* ⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩ **Prólogo: El Destino en Llamas** —No explotes... por favor, no explotes ahora— susurraba José entre dientes apretados, sus manos temblorosas sujetando el volante de su SUV mientras observaba, con el corazón contraído en un puño de pánico, cómo una fina y serpenteante línea de humo gris comenzaba a elevarse desde el motor de la avioneta estrellada. El aire de la tarde olía a quemado. A miedo. A final inevitable. Sin pensarlo dos veces, sin importarle que el fuselaje aún crepitara con el calor residual de la explosión, José abandonó la seguridad de su vehículo. Sus botas crujieron contra la tierra reseca mientras corría hacia los restos retorcidos del metal. El silencio del campo se había roto en mil pedazos, y en medio de ese caos, él solo pensaba en una cosa: salvar vidas. Al asomarse por la abertura irregular del cockpit, el destino le presentó su cruel ironía. El piloto —un hombre de mediana edad cuyo rostro ya había perdido todo color— yacía inerte sobre los controles destrozados. José lo tocó, buscando un pulso, pero sus dedos solo encontraron la quietud definitiva. No había nada que hacer por él. El tiempo, ese ladrón insaciable, ya se había llevado su alma. Fue entonces cuando la vio. Ella estaba allí, entre los escombros, envuelta en una maraña de cinturones y metal retorcido. Su ropa —¿era un vestido? ¿Un uniforme?— estaba teñida de un rojo alarmante que José intentó no procesar demasiado rápido. Respiraba, sí, pero cada inhalación parecía un acto de pura rebeldía contra la muerte que reclamaba su derecho. —Aguanta... solo un poco más— murmuró José, sus manos —manos de mecánico, de padre soltero, de hombre acostumbrado a arreglar cosas rotas— trabajando con una delicadeza que lo sorprendió a sí mismo. La extrajo con cuidado, como quien rescata una flor de cristal a punto de pulverizarse. Su cuerpo era liviano, demasiado liviano, y sentía cómo la vida misma parecía escurrirse entre sus brazos. Sin mirar atrás, corrió hacia su SUV, cada segundo pesando toneladas sobre sus hombros. —Rápido... ¡Rápido!— se ordenaba a sí mismo, sus palabras cortadas por la urgencia mientras arrancaba el motor y pisaba el acelerador hasta el fondo. El camino hacia la clínica local nunca le había parecido tan largo. Cada bache, cada curva, cada maldito semáforo en rojo era una tortura diseñada específicamente para él en ese momento. Por el espejo retrovisor, veía cómo ella yacía en el asiento trasero, su respiración cada vez más superficial, más lejana. *Por favor, aguanta. No puedo perderte también. No hoy.* ⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩ La recepción de la clínica San Rafael olía a desinfectante y a esperanza contenida. José caminaba en círculos, sus zapatos marcando un ritmo frenético sobre el linólio gastado, mientras su mente intentaba procesar la imposibilidad de la situación. La mujer —esa mujer que había arrastrado de entre los hierros retorcidos— no llevaba documentos. Ninguna identificación. Ninguna bolsa. Ni siquiera un teléfono móvil que pudiera revelar quién era, a quién amaba, quién la estaría buscando en ese preciso instante. Y la avioneta... Dios, la avioneta. No aparecía en ningún plan de vuelo registrado. Era un fantasma en los registros aéreos, una aparición ilegal que había caído del cielo como un meteorito misterioso. El piloto, igualmente, era un hombre sin nombre, sin historia, sin conexiones aparentes con el mundo terrenal. Todo era demasiado extraño. Demasiado limpio, demasiado convenientemente vacío. José se pasó las manos por el rostro, sintiendo la barba incipiente de dos días sin afeitar. Su reflejo en la ventana empañada mostraba a un hombre de treinta y cinco años que aparentaba haber envejecido diez en apenas dos horas. Los ojos hinchados, el cabello revuelto, la camisa manchada de sangre que ya se estaba secando en tonos marrones. *¿Qué estás haciendo, José?* se preguntó. *Esto no es asunto tuyo. Llama a la policía. Llama a alguien. Sálvese quien pueda.* Pero entonces recordó. Recordó la sensación de sus brazos alrededor de ese cuerpo frágil. Recordó cómo sus propias manos habían sido el único puente entre ella y la muerte. Recordó —y esto le dolió con una intensidad física— que hacía exactamente siete años, había sido él quien recibió la llamada sobre el accidente de su esposa. Él quien llegó demasiado tarde. Él quien no pudo salvar a quien más amaba. No podía permitir que la historia se repitiera. Su tarjeta de crédito, cuando la sacó de la billetera, le pareció un objeto extraño, ajeno. El plástico azul brillante reflejaba las luces fluorescentes del hospital como una promesa incierta. Tenía ahorros, sí. No muchos, pero suficientes para... ¿para qué exactamente? ¿Para pagar la cirugía de una desconocida? ¿Para convertirse en garante de un fantasma? —Señor Ching —la recepcionista, una señora de pelo canoso y ojos cansados, lo observaba con una mezcla de curiosidad y preocupación—, ¿está seguro? Los gastos podrían ser... —Estoy seguro —cortó José, y la firma que trazó en el formulario fue tan definitiva que casi lastimó el papel. Fue un impulso. Eso lo sabía. Un acto de pura emoción contenida que finalmente encontró su válvula de escape. Pero también fue algo más. Fue una redención que no sabía que necesitaba. Una oportunidad de ser el héroe que no pudo ser hace siete años. Repentinamente, como si alguien hubiera encendido una luz en una habitación oscura, recordó. *María Ling.* Su hija. Su niña de ocho años que en ese momento estaría saliendo de la escuela, esperando en la acera con su mochila amarilla y su sonrisa desdentada, preguntándose por qué su papá no había llegado a recogerla. —Disculpe —dijo José, ya alejándose del mostrador—, necesito hacer una llamada. Es urgente. El teléfono sonó tres veces antes de que la directora respondiera. Explicar la situación —una versión edulcorada, omitiendo detalles que podrían provocar pesadillas infantiles— le llevó menos tiempo del que temía. La señorita Carmen, bendita sea, ofreció quedarse con Ling hasta que él pudiera llegar. —Papá está ayudando a alguien que se cayó del cielo —le diría más tarde a su hija, y la metáfora, aunque inexacta, resultaría extrañamente poética. ⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩ Dos horas. Dos horas eternas durante las cuales José alternó entre el salón de espera y la ventana del estacionamiento, entre el miedo y la esperanza, entre el pasado que lo atormentaba y el presente que exigía su atención. Cuando el médico —un hombre joven de aspecto serio llamado doctor Herrera— finalmente salió a buscarlo, José había preparado su corazón para lo peor. Había practicado el discurso de condolencias, el rostro compasivo, la aceptación resignada. Pero el destino, caprichoso como siempre, tenía otros planes. —Se estabilizó —fueron las primeras palabras del doctor, y José sintió que las piernas le fallaban—. Por algún milagro médico, o tal vez por pura terquedad de vivir, la paciente está fuera de peligro inmediato. El alivio fue tan intenso que José tuvo que agarrarse del respaldo de una silla para no desplomarse. —Pero —continuó el doctor, y esa palabra cargó el aire de electricidad—, hay complicaciones. Su rostro sufrió traumatismos severos. Fracturas en el pómulo, la mandíbula, el tabique nasal. Necesitará cirugía reconstructiva extensa. Estamos hablando de múltiples procedimientos, meses de recuperación, terapia física... —Hágalo —dijo José, y su voz sonó extraña, como si perteneciera a otra persona—. Haga todo lo necesario. El doctor lo estudió con una intensidad incómoda. —Señor Ching, entiendo su... generosidad, pero debe saber que esto no será barato. Y hay algo más. La paciente no tiene documentación. No sabemos quién es, de dónde viene, si tiene familia que deba ser notificada. El fondo de ayuda social de la alcaldía puede cubrir parte de los gastos básicos, pero la cirugía reconstructiva... eso está fuera de nuestro presupuesto. José asintió, procesando la información. Cada palabra era una piedra añadida a la mochila que voluntariamente se había echado a la espalda. —Yo me hago cargo —repitió, y esta vez la frase sonó menos a impulso y más a destino. —Hay otra cosa —el doctor bajó la voz, conspiratorio—. Durante el examen preliminar, estimamos que tiene aproximadamente veintinueve años. Pero es solo eso, una estimación. Sin antecedentes médicos, sin historial dental, sin nada... es como si hubiera nacido hoy, en ese campo, de entre los restos de esa avioneta. Veintinueve años. José repitió el número en su mente, probándolo como quien prueba un nombre extraño. —Necesitamos una fotografía —continuó el doctor—. Para los registros, para la reconstrucción facial. Algo que nos sirva de referencia para devolverle su apariencia original. ¿Tiene usted alguna...? José negó con la cabeza. Por supuesto que no. ¿Cómo iba a tener una foto de una mujer que había conocido hacía apenas unas horas, cuando ya estaba irreconocible entre sangre y metal retorcido? Pero entonces, como si una mano invisible hubiera encendido una luz en su memoria, recordó. El cajón de su escritorio. Esa caja de zapatos que guardaba bajo llave, donde mantenía los recuerdos que no podía soltar pero tampoco podía mirar todos los días. Entre cartas amarillentas y fotografías borrosas, había una imagen que no había visto en años. Elena. Su Elena de la universidad, su primer amor, la mujer que había sido su compañera antes de convertirse en esposa, en madre, en memoria. En esa foto, tomada en alguna fiesta olvidada de sus veinte años, Elena sonreía con esa mezcla única de timidez y audacia que la había hecho irresistible. Veintinueve años. Elena habría tenido veintinueve años... ¿cuándo exactamente? Hacía tanto tiempo que los números se confundían. —Deme un día —dijo José, y su voz tembló apenas perceptiblemente—. Puedo conseguir una fotografía de referencia. No es de ella, pero... podría servir. Los especialistas en reconstrucción facial pueden envejecerla, adaptarla, usarla como base... El doctor arqueó una ceja, intrigado por la propuesta poco ortodoxa, pero asintió. —Con la tecnología actual, es posible. Pero deberá firmar autorizaciones. Asumirá responsabilidad legal sobre cualquier resultado. ¿Está seguro? José pensó en la caja de zapatos. En los recuerdos que guardaba allí. En la extraña simetría de usar el pasado para darle rostro al futuro. —Estoy seguro —dijo, y esta vez lo creyó. ⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩ **Capítulo I: El Renacimiento** Los meses siguientes transcurrieron como en un sueño borroso para José. Días de trabajo en el concesionario —vendiendo autos eléctricos usados con el entusiasmo de quien necesita distraerse—, noches de hospital, fines de semana intentando ser el padre presente que Ling merecía. La mujer sin nombre —a quien las enfermeras llamaban cariñosamente "la princesa durmiente"— se convirtió en una presencia constante en su vida. Visitaba su habitación todos los días, aunque ella no podía saberlo, sumida en el coma inducido que permitía que su cuerpo sanara entre cirugía y cirugía. Veintiocho procedimientos en total. José contaba cada uno. El doctor Chen, especialista en reconstrucción facial, se convirtió en su aliado y confidante. Juntos observaron cómo la tecnología y el arte médico transformaban lo irreconocible en algo... familiar. Porque así fue como resultó. Familiar. Cuando finalmente quitaron las vendas definitivas, cuando la hinchazón bajó lo suficiente para revelar los rasgos resultantes, José sintió que el suelo se movía bajo sus pies. No era Elena, claro. Las proporciones eran diferentes, la estructura ósea ligeramente alterada, el resultado de usar una foto envejecida como referencia en lugar de datos reales. Pero había algo. Algo en la forma de los ojos, en el arco de las cejas, en la sonrisa tentativa que la paciente —ahora oficialmente registrada como "Martha", el nombre que José eligió en un arranque de nostalgia por un personaje de libro que Elena amaba— ofreció cuando se vio por primera vez en el espejo. —¿Quién soy? —fue la primera pregunta de Martha, y su voz —melodiosa, con un acento indefinible que no correspondía a ninguna región específica— sonó como música extraña en los oídos de José. —Eres Martha —respondió él, sosteniendo su mano con cuidado—. Y eres fuerte. Y estás viva. Eso es suficiente por ahora. Ella lo miró con ojos que parecían contener mares de preguntas sin respuesta, pero asintió. Aceptó el nombre. Aceptó la historia incompleta. Aceptó, sobre todo, la presencia de este hombre desconocido que había pagado su salvación sin pedir nada a cambio. La recuperación física fue lenta pero constante. Martha aprendió a caminar de nuevo, a usar sus manos —ahora ligeramente diferentes, más delicadas, el resultado de la reconstrucción de tendones—, a mirarse al espejo sin llorar. La terapia psicológica la ayudó a lidiar con el vacío de su memoria, con la terrorífica certeza de que no tenía pasado del que agarrarse. Pero había cosas que ninguna terapia podía explicar. Sueños fragmentados que la despertaban sobresaltada. Imágenes de un lugar que no reconocía, rostros borrosos que la llamaban por un nombre que no era "Martha". Sensaciones de caer, de volar, de estar suspendida entre el cielo y la tierra en un instante que parecía durar eternidades. Y había José. José, que venía cada día con flores silvestres recogidas del camino. José, que le leía libros en voz alta cuando el diso le impedía dormir. José, que un día —cuando ella finalmente pudo caminar sin ayuda— la llevó a conocer a su hija, a esa niña de ojos brillantes y risa contagiosa que la miró como si viera algo mágico en su existencia. —¿Puedo llamarte mamá? —preguntó Ling una tarde, inocente e implacable como solo los niños pueden ser. El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar. —No, princesa —intervino José, con una ternura que partía el alma—. Martha es una amiga muy especial. Una hada que cayó del cielo para cuidarnos. Martha sonrió, pero algo en su interior se quebró un poco. No sabía si era tristeza o alivio. No sabía si deseaba ser la madre de esta niña o simplemente una espectadora de la vida que José había construido con tanto esfuerzo. Lo que sí sabía, con una certeza que la sorprendía, era que quería quedarse. Que este pueblito olvidado por Dios pero bendecido por el sol, este hombre tranquilo y su hija radiante, se sentían más como un hogar que cualquier fragmento de memoria perdida. Así que se quedó. ⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩ ** Seis meses después del accidente, Martha despertó con la luz del sol filtrándose entre las cortinas de la habitación que José le había preparado en la parte trasera de su casa. No era grande, pero era suya. Tenía una cama con dosel, un escritorio antiguo, y una ventana que daba al jardín donde Ling perseguía mariposas cada mañana. Las once de la mañana. Había dormido demasiado, pero últimamente sus sueños —aunque fragmentados— la dejaban exhausta. Se estiró como un gato, sintiendo cada músculo protestar agradablemente, y decidió que hoy sería un día bueno. Un día normal. Un día sin sombras de pasados inexistentes. Los shorts de jean —atrevidos, cortos, comprados en una tienda del pueblo donde la dueña la miraba con curiosa simpatía— le quedaban perfectos.



Se colocó una camisa ligera, anudándola sobre su estómago con el gesto desenfadado de quien ha aprendido a disfrutar su propio cuerpo. Se miró en el espejo.



La mujer que la devolvió la mirada era casi irreconocible de la que había despertado en aquel hospital, confundida y asustada. Ahora sus ojos —grandes, de un color indefinido entre el verde y el avellana— brillaban con algo que se parecía demasiado a la esperanza. Su cabello, que durante la recuperación había crecido desigual, ahora caía en una melena corta y despeinada que enmarcaba su rostro con rebeldía juvenil. *Veintinueve años*, pensó, probando la edad como quien prueba un traje nuevo. *¿Es esto lo que se siente?* Salió a la calle, dejando que el sol de mediodía la bañara en oro cálido. El pueblito —aún no sabía su nombre oficial, lo llamaba simplemente "aquí"— consistía básicamente en una amplia y soleada avenida que atravesaba el valle como una cicatriz amable. A ambos lados, pequeños comercios ofrecían de todo: pan recién horneado, flores silvestres, reparaciones de autos, sueños baratos. Su rutina matutina tenía pasos establecidos. Primero, la pastelería "El Cielo Azul" —un nombre que siempre le provocaba una risa interior, dado su origen literal— donde la señora Rosa le guardaba un croissant de almendras y un café con leche exactamente como le gustaba. —Buenos días, preciosa —saludó Rosa, con esa madurez caribeña que abrazaba y evaluaba simultáneamente—. Sueñas despierta otra vez. Ese José debe estar haciendo algo muy bien. —Solo estoy disfrutando el día —respondió Martha, sintiendo el calor subir a sus mejillas.



—Claro, claro. Disfrutando. —Rosa sonrió con complicidad—. Eso es lo que yo llamaba "disfrutar" cuando conocí a mi Manuel. Veinticinco años casados y todavía me mira así. Martha no supo qué responder, así que mordió su croissant y dejó que el sabor dulce y crujiente llenara su boca. No quería pensar en cómo la miraba José. No quería analizar demasiado qué eran el uno para el otro. ¿Hermanos? No, la química entre ellos era demasiado eléctrica para eso. ¿Amigos? Eso era demasiado simple, demasiado pequeño para describir los silencios compartidos, las miradas que duraban un segundo de más, la forma en que sus manos se rozaban "accidentalmente" demasiadas veces para ser casualidad. ¿Huésped y anfitrión? Técnicamente, sí. Pero Martha sabía —sentía en lo más profundo de su ser reconstruido— que había dejado de ser una invitada hacía mucho tiempo. Que su cepillo de dientes en el baño de José, su lugar favorito en el sofá, su silla designada en la mesa del comedor, eran territorios conquistados sin batalla, simplemente por el derecho de habitarlos día tras día. ¿Amantes furtivos? La pregunta la hizo sonreír ante su café. No. Aún no. Aunque había noches —especialmente cuando las tormentas eléctricas azotaban el valle y el sonido de la lluvia contra el techo de zinc resultaba hipnótico— en las que deseaba que lo fueran. En las que se imaginaba caminando por el pasillo oscuro hasta la habitación de José, abriendo la puerta sin permiso, ofreciéndose sin palabras. Pero algo la detenía. Quizás el miedo a estropear lo bueno que tenían. Quizás la sensación —intensa, persistente— de que su pasado, su verdadero pasado, estaba ahí afuera, esperando el momento perfecto para reclamarla. Quizás simplemente el respeto por la memoria de Elena, esa mujer cuyo rostro fantasma había servido de molde para el suyo propio. Terminó su desayuno y salió a la calle, decidida a dejarse ver. No era vanidad —o quizás sí, un poco— sino algo más profundo. Una afirmación de existencia. *Estoy aquí. Soy real. Mírenme.* Caminó con esa mezcla de desenfado y gracia que había desarrollado, deteniéndose en cada vidriera, saludando a quienes la conocían, ignorando a quienes la miraban con envidia o especulación. Porque si había algo que Martha había aprendido en estos meses, era que en un pueblo pequeño, todo el mundo sabe todo, pero nadie sabe nada realmente. Su destino final era el concesionario "Flecha Rota" —un nombre que José explicaba con una risa triste: "Porque todos llegamos aquí con el corazón roto, pero los autos nos llevan a algún lado"—. Era un negocio modesto pero honesto, especializado en vehículos eléctricos usados que José seleccionaba personalmente. "Autos con historia", les decía a los clientes. "Como la gente. Lo importante no es de dónde vienen, sino hacia dónde pueden llevarte." Martha se unió a él como asistente informal hacía tres meses. No cobraba —insistía en eso— pero tampoco permitía que la trataran como empleada. Era socia, decía. Colaboradora. Algo indefinido que les funcionaba a ambos. Encontró a José detrás de su escritorio, absorto en la pantalla de su laptop. Llevaba puesta una camisa de cuadros remangada hasta los codos, revelando antebrazos tostados por el sol y marcados por pequeñas cicatrices de su pasado como mecánico. Sus gafas de lectura —que solo usaba cuando creía que nadie lo veía— le daban un aire de intelectual accidental que Martha encontraba irresistible. —Buenos días, dormilona —saludó sin levantar la vista, pero sonriendo. —Son las once. Eso es mediodía en el mundo real —replicó ella, dejando caer su bolso sobre una silla. —En el mundo real de las personas que no sufren insomnio, quizás. Martha se acercó por detrás, mirando por encima de su hombro. En la pantalla, José revisaba inventarios de vehículos, pedidos de repuestos, proyecciones de ventas que —por la expresión de su rostro— no eran alentadoras. —¿Malas noticias? —preguntó, dejando que su mano descansara casualmente sobre su hombro. —Estáticas —suspiró José, finalmente girándose para mirarla—. Esta semana hemos vendido exactamente... cero autos. Cero. El pueblo está lleno de gente con dinero escondido bajo el colchón, pero nadie quiere gastar. Nadie quiere arriesgarse. —Necesitas algo llamativo —sugirió Martha, alejándose para sentarse frente a él—. Algo que haga que la gente saque la cabeza de la arena y mire hacia arriba. —¿Como qué? ¿Un desfile? ¿Fuegos artificiales? —Un deportivo —dijo ella, y sus ojos brillaron con la idea—. Un auto exótico, imposible, ridículamente hermoso. Algo que cuando lo pongas en la vitrina, la gente se detenga en medio de la calle. Algo que haga que piensen: "Si ese auto está aquí, este lugar debe ser especial." José la observó con esa mezcla de admiración y algo más que no se atrevía a nombrar. —¿Y de dónde sacamos un deportivo exótico en medio de este valle olvidado? —Eso —sonrió Martha, misteriosa— es problema tuyo. Yo solo doy ideas brillantes. Estuvieron así un rato, discutiendo posibilidades improbables, compartiendo café frio, existiendo en el espacio cómodo que habían construido juntos. Hasta que José cerró la laptop con un gesto decisivo. —Vamos a buscar a Ling —dijo, tomándola del brazo con naturalidad que ya no requería permiso—. Y después almorzamos. Hay una nueva dulcería francesa que abrieron al final de la avenida. Dicen que tienen fresas con crema que hacen llorar de felicidad. Martha asintió, permitiéndose ser guiada hacia la puerta. Les encantaba caminar juntos. Era una de sus cosas. Hablar de nada importante, señalar nubes con formas ridículas, competir en quién podía hacer reír más a la otra. Pero hoy, algo era diferente. Hoy, mientras cruzaban la calle, Martha sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento. Una sensación de ser observada. De ser... reconocida. Miró hacia atrás, hacia todos lados, pero solo vio la normalidad del mediodía: gente entrando y saliendo de tiendas, motos pasando ruidosas, el perro callejo que siempre dormía frente a la farmacia. —¿Sucede algo? —preguntó José, notando su tensión. —No —mintió ella, apretando su mano un poco más fuerte—. Nada. Solo... pensaba en las fresas. —A nadie —se apresuró a añadir, demasiado rápido, demasiado defensiva—. No he visto a nadie. José frunció el ceño, preocupado, pero no insistió. Esa era otra de las cosas que funcionaban entre ellos: el respeto por los silencios, por los espacios que cada uno necesitaba guardar. Cruzaron la calle hacia donde la camioneta escolar —una Cadillac Wagon eléctrica de color crema que parecía sacada de otra época— se detenía puntualmente cada día a las doce. De ella descendió un torbellino de niños excitados, entre ellos María Ling, quien portaba una mochila amarilla y rosada que la hacía parecer una abeja gigante y feliz. —¡Martha! —gritó la niña, lanzándose a sus brazos con la fuerza de un proyectil amoroso. —¡Cuidado, princesa! —protestó José, pero sonreía mientras intentaba estabilizar a ambas. —¿Verdad que mi papi querido nos va a invitar a comer fresas? —preguntó Ling, sus ojos grandes y persuasivos clavados en su padre. José suspiró con dramatismo exagerado. —Claro, mi princesa. Tus deseos son órdenes para mí. Aunque me dejes en la ruina. —Y después podemos ir al parque —continuó Ling, ya planeando toda la tarde—. Y Martha puede empujarme en los columpios. Y luego helados. Y luego... —Vamos paso a paso —interrumpió Martha, riendo—. Primero las fresas, luego vemos si tu papá sigue consciente después de pagar la cuenta. Cruzaron de regreso, hacia la dulcería que brillaba con promesas de azúcar en el horizonte. Martha caminaba entre padre e hija, sintiéndose —por un momento— parte de algo completo. De una familia improvisada pero real. Fue entonces cuando lo vio. Él estaba sentado bajo uno de los toldos a cuadros de la dulcería, en una mesa solitaria junto a la ventana. Delante de él, una copa gigantesca —ridículamente, teatralmente gigantesca— rebosaba de fresas frescas y crema batida. Pero él no comía. No miraba el postre. La miraba a ella. Martha sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Que el mundo giraba un poco más lento. Que todo sonido —las risas de Ling, las conversaciones a su alrededor, el tráfico distante— se desvanecía en un zumbido lejano. El hombre era... no había palabra suficiente. Era como si alguien hubiera esculpido la perfección y decidiera darle vida. Joven, pero no demasiado. Diez años menor que José, quizás. Treinta y tantos que parecían veinticinco. Cabello oscuro perfectamente despeinado. Un traje que costaba más que todo el inventario de "Flecha Rota" junto. Y esos ojos... Esos ojos la atravesaban desde detrás de unas gafas de sol oscuras, a pesar de la distancia, a pesar de la gente que pasaba entre ellos. —Mira, ahí está la mesa —dijo José, ajeno al terremoto que acababa de sacudir el mundo de Martha—. Justo al lado del tipo de las fresas. Qué suerte. Martha quería protestar. Quería sugerir que fueran a otro lado, a cualquier otro lugar del universo. Pero su voz no funcionaba. Sus piernas seguían caminando, traicioneras, llevándola directamente hacia el epicentro de su destrucción emocional. Llegaron a la mesa. José —bendito, inocente, amado José— tomó la silla de espaldas al extraño, dejando a Martha exactamente donde no quería estar: frente a él. Frente a esos ojos que ahora, sin las gafas de sol —¿cuándo se las había quitado?— eran de un color que la hacía querer llorar y gritar simultáneamente. Un color que reconocía de sus sueños. ⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩ **Capítulo III: El Fantasma del Pasado** Kim no había podido evitarlo. A pesar de todas las advertencias de su sentido común —que normalmente funcionaba bastante bien, gracias—, a pesar de saber que debía mantener la distancia, que debía investigar antes de actuar, que debía ser el frío hombre de negocios que todos creían que era. No. Había entrado a esa dulcería ridícula con sus sillas de hierro forjado y sus cortinas a cuadros. Había ordenado la copa de fresas más grande del menú, aunque odiaba las fresas. Y se había sentado en esa mesa específica, con ese ángulo específico, porque le permitía ver la calle sin ser visto. O eso creía. La había visto salir del concesionario. Acompañada por ese hombre —alto, atractivo, con el aura de tranquilidad que Kim había aprendido a identificar como peligrosa— que parecía adorarla con cada gesto. Había visto cómo la niña se lanzaba a sus brazos, cómo el trío formaba una imagen tan perfecta que dolía mirarla. *Obviamente no está sola*, pensó, masticando furiosamente una fresa que sabía a ceniza. *Obviamente es demasiado hermosa para no haber sido reclamada.* Pero entonces ella lo miró. Y el mundo se detuvo. Fue solo un instante. Un segundo mientras cruzaban la calle, mientras Ling saltaba entre ellos, mientras la vida seguía su curso normal para todos excepto para Kim. En ese instante, Martha —¿era ese su nombre? ¿Podía ser tan simple?— giró la cabeza y sus ojos encontraron los suyos. Y entonces hizo *eso*. Ese gesto. Ese maldito gesto que Kim había visto mil veces, en mil momentos diferentes, en mil contextos que ahora se superponían en su memoria como capas de dolor. Se tocó la punta del cabello —esa melena corta que no reconocía, que no encajaba con la imagen que llevaba cinco meses buscando— y desvió la cara apenas un instante, como si la intensidad del encuentro la abrumara. Exactamente como hacía ella. Exactamente como Joya hacía cuando estaba nerviosa. Cuando sabía que él la estaba mirando. Cuando sentía que la conexión entre ellos era demasiado fuerte, demasiado expuesta. —No es posible —susurró Kim, sintiendo cómo la copa de fresas temblaba en su mano. Las dos mujeres —jóvenes, atrevidas, claramente interesadas en el "rico extraño" que había estacionado su Aston Martin con tanta descuidada arrogancia— se acercaron a su mesa. Normalmente, Kim habría sido encantador. Habría sonreído, habría coqueteado, habría disfrutado la atención como distracción de sus pensamientos obsesivos. Pero ahora no podía apartar la mirada. La familia —porque eso era lo que eran, lo veía con una claridad que le destrozaba— se sentaba en la mesa contigua. El hombre tomaba la silla de espaldas a él, ajeno a todo. La niña parloteaba emocionada sobre algo. Y ella...



Ella estaba sentada justo frente a él. Cerca. Tan cerca que podría alcanzarla si extendiera la mano. Y cuando sus ojos se encontraron de nuevo —porque inevitablemente se encontraban, como imanes que no podían evitar su naturaleza— ella lo hizo otra vez. Ese gesto. Esa inclinación de cabeza. Ese modo de entrecerrar los ojos cuando él la miraba de más, evaluándola, posesivamente. —Estoy imaginando cosas —se dijo Kim, pero su voz interior sonía desesperada, rota—. Ya estoy viendo lo que no existe. Estoy proyectando. Estoy perdiendo la cabeza. Pero entonces habló. Y su voz —esa melodía que lo había perseguido en sueños durante ciento cincuenta noches— atravesó el ruido del restaurante como un rayo. —Disculpe —dijo Martha, y Kim notó que sus manos temblaban sobre la mesa—, ¿nos conocemos? Las palabras fueron simples, inocentes, pero cargadas de una electricidad que hizo que las dos llaneras que intentaban flirtear con Kim se callaran de golpe. Kim abrió la boca. Cerró. Volvió a abrirla. —No —mintió, porque ¿qué otra cosa podía decir?—. No nos conocemos. Pero usted... usted se parece mucho a alguien que... —se detuvo, tragando saliva—. Alguien que conozco. Martha inclinó la cabeza, curiosa, y Kim vio cómo José —el nombre había llegado a sus oídos de alguna conversación cercana— giraba ligeramente, alertado por el tono de la conversación. —¿A alguien que extraña? —preguntó Martha, y la pregunta fue tan directa, tan inesperadamente íntima, que Kim sintió que algo se quebraba dentro de él. —A alguien que perdí —respondió, y la honestidad de sus palabras lo sorprendió incluso a sí mismo. El silencio que siguió fue interminable. Martha lo estudió con esos ojos que eran iguales y diferentes, ese rostro que era nuevo y familiar, y Kim supo —con una certeza absoluta que desafiaba toda lógica— que ella no lo recordaba. Que realmente no sabía quién era él. Que el vacío en su mirada era genuino, no una actuación. Pero también supo otra cosa. Que debía quedarse. Que debía averiguar qué había pasado en ese accidente. Porque la mujer que había estado buscando durante cinco meses, la mujer que había caído del cielo y desaparecido, estaba sentada frente a él con otro nombre, otro rostro, otra vida. Y si tenía que comer fresas todos los días de su vida, o comprar cada auto de ese concesionario ridículo, o convertirse en el mejor amigo de ese hombre tranquilo que claramente la amaba... lo haría. Porque había encontrado a Joya.



O lo que quedaba de ella. ⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩ ** La tarde se extendió como un gato perezoso, llena de pequeños momentos que ninguno de los tres olvidaría. José, finalmente consciente de la tensión que irradiaba de Martha como calor, intentó ser su yo normal: amable, atento, protector. Pero sus ojos se posaban una y otra vez en el extraño, evaluando, midiendo. Había algo en ese hombre —esa mezcla de desesperación y determinación— que le resultaba inquietantemente familiar. Era el espejo de su propia devoción, reflejada en otro rostro. María Ling, inocente e imperturbable, se dedicó a su misión de probar cada postre del menú, narrando cada bocado con la pasión de un crítico gastronómico en ciernes. Pero incluso ella, en su infantil sabiduría, notó que algo había cambiado. Que Martha sonreía menos. Que el hombre de la mesa de al lado las miraba demasiado. Que el aire olía a tormenta, aunque el cielo estuviera despejado. Y Martha... Martha intentaba respirar. Cada vez que sus ojos se encontraban con los de Kim —¿por qué no podía evitarlo? ¿Por qué sentía que estaban conectados por un hilo invisible que se tensaba más con cada segundo?— veía flashes de algo que no podía nombrar. Un cielo azul intenso. La sensación de caer. Una voz que susurraba "Joya" en la oscuridad. ¿Era ella esa Joya? ¿Había sido ella antes de ser Martha? La pregunta la aterrorizaba más de lo que quería admitir. Porque si era cierto —si este hombre espectacular y roto la reconocía de algún pasado que no recordaba— entonces todo lo que había construido con José era un castillo de naipes. Una vida prestada que pronto reclamarían. Pero si no era cierta... si solo era una coincidencia cruel, un parecido que volvía loco a un extraño... entonces ¿por qué su corazón latía con tal violencia? ¿Por qué sentía que estaba a punto de recordar algo vital, algo que cambiaría todo? —¿Te sientes bien? —preguntó José, su mano encontrando la de ella sobre la mesa, cálida, firme, presente. —Sí —mintió ella, apretando sus dedos con gratitud—. Solo... el calor. Kim observaba la escena con ojos de halcón. Veía la conexión entre ellos —real, profunda, construida día a día— y sentía una mezcla de celos irracionales y tristeza profunda. Porque fuera quien fuera ahora, fuera quien fuera mañana, el hecho era que Joya —su Joya, la mujer que había amado, perdido y buscado desesperadamente— había encontrado algo bueno en este olvidado rincón del mundo. ¿Tenía derecho a destruir eso? ¿A reclamarla, arrancarla de este refugio, devolverla a un pasado que quizás ella misma había elegido olvidar? La copa de fresas se había derretido en un charco rosado y triste. Kim ni siquiera lo notó. Mientras el sol comenzaba a descender, pintando el cielo de tonos que rivalizaban con la emoción del momento, tres personas compartieron un espacio sin compartirse realmente. Cada uno atrapado en su propia tormenta. Cada uno a punto de decisiones que cambiarían vidas. --- * *(Continuará...)* ---

Tres Ases de Corazón.Fanfiction de Dana Chou,Parte 3

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