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miércoles, 18 de febrero de 2026

Un Código QR Adicional. Edición Especial

Novelas Por Capitulos


CÓDIGO QR

 novela de ciencia ficción 

novela de ciencia ficción

https://youtu.be/TXgFtumJDBc?si=njH9ro4n5ULA3aHl

PRÓLOGO

Año2147. Ciudad Capital . Sector 7. 

Quizás fue en ese año...


El cielo no existía. Solo había una cúpula de pantallas rotas que alguna vez mostraron publicidad, ahora apagadas, cubiertas de óxido y sangre seca. Abajo, entre los escombros de lo que fue Paseo de la Reforma, los cuerpos se movían en patrones predecibles: los que tenían implantes neuronales caminaban con la mirada vidriosa hacia los centros de conexión, donde sus cerebros se disolverían durante doce horas en la Red Neuronal Global. Los que no tenían acceso—la mayoría—rebuscaban entre la basura tecnológica o mataban por un pedazo de proteína sintética.En algún lugar de ese infierno, un código QR infectaba un cerebro.No era un código común. No abría menús ni otorgaba créditos.  


Este código había nacido de un error: un fallo en la actualización 9.7 de la interfaz cortical, una mutación que no debía existir. Y como toda mutación exitosa, había encontrado hospedero.El joven no sabía aún que estaba marcado. Solo sentía el picor en la base del cráneo, esa comezón interna que los médicos de clan llamaban "el pensamiento de Dios". Pronto descubriría que el código no era una enfermedad. Era una puerta. Y alguien—o algo—llamaba desde el otro lado.CAPÍTULO 1: EL MENSAJE 





Día 1. 04:17 horas. Guarida del Clan Errante

.Mateo (Suponía se llamaba así) despertó con sabor a metal en la boca. No era la primera vez. Desde que el código QR se había instalado en su corteza prefrontal—hacía tres meses, tras una actualización pirateada en el mercado negro de Tepito—cada amanecer traía nuevas sensaciones químicas.


 Hoy: hierro, cobre, algo que sabía a batería quemada.Se incorporó en su hamaca, suspendida entre dos vigas de concreto reforzado. La guarida del Clan Errante ocupaba lo que antes fuera un estacionamiento subterráneo. Ahora era un laberinto de plástico reciclado, cables expuestos y el olor permanente de sudor humano mezclado con refrigerante de máquinas. Doscientos cuerpos vivían ahí, apilados en niveles, organizados por utilidad: los limpiadores abajo, cerca de las alcantarillas; los cazadores arriba, junto a las salidas; los conectados—aquellos con implantes válidos—en el centro, protegidos, porque valían más vivos que muertos.Mateo era un cazador. O eso creía. 


Creía que Tenía veintidós años, piel curtida por el sol filtrado a través de grietas en el concreto, y ojos color avellana que habían dejado de mirar hacia arriba. Sabía que arriba no había nada. Solo la cúpula de pantallas muertas y, más allá, la atmósfera envenenada que había convertido a Latinoamérica en un cementerio verde—selvas convertidas en cenizas, océanos en ácido, ciudades en escombros donde solo sobrevivían los que no podían comprar un boleto hacia los Arcos.Los Arcos. Las ciudades elevadas donde la humanidad decente vivía conectada, inmortal en sus realidades simuladas.


 Mateo los odiaba con la intensidad específica de quien nunca los vería.El picor en su cráneo se intensificó.Mateo se tocó la nuca, donde la cicatriz de su implante pirateado formaba un relieve circular. Normalmente el picor duraba segundos. Esta vez persistió, creció, se convirtió en una pulsación.  


Luego en una voz.


—Veinte metros norte. Tres derecha. El paquete.No era audio. Era directo a su corteza auditiva, saltando tímpanos y nervios. Mateo se sobresaltó tanto que cayó de la hamaca, aterrizando en el suelo de cemento con un golpe seco. A su alrededor, otros cazadores durmieron a través del ruido—algunos con auriculares de cancelación, otros simplemente agotados.Se quedó de rodillas, respirando con dificultad. La voz no había tenido género. Ni emoción. Era el equivalente sonoro de un texto plano, pero con una cualidad que lo hizo pensar en máquinas antiguas, en computadoras de los años 2000, en cosas que no deberían existir en 2147.


—Repetición: veinte metros norte. Tres derecha. El paquete. Instrucción: recuperar. Recompensa: cincuenta créditos sindicales

.Mateo parpadeó. Cincuenta créditos?. Eso equivalía a un mes de raciones para el clan. O a una sesión médica que podría identificar qué demonios crecía en su cerebro.No era la primera vez que recibía mensajes. Los implantes pirateados fallaban constantemente, mostrando publicidad residual, memoria caché de otros usuarios, basura digital. Pero nunca coordenadas. Nunca recompensas. Nunca algo tan... específico.Se puso de pie. Vestía lo mismo que todos: pantalón de fibra sintética reforzada, camisa sin mangas, chaleco con bolsillos para munición. Su arma—un rifle de asalto electromagnético del 2110, robado de un convoy militar hacía dos años—colgaba de un gancho en la viga. La tomó sin pensar, comprobó la carga: veinte disparos. Suficiente para matar humanos. Insuficiente para lo que realmente temía encontrar.Veinte metros norte. Tres derecha.Eso lo llevaría al Sector de los Pozos, una zona de la guarida donde nadie vivía. Solo había agua estancada, cables expuestos que aún llevaban corriente, y los cadáveres de quienes habían intentado robar esa corriente.Mateo caminó entre los durmientes, evitando las manos que sobresalían de mantas, los ronquidos, el murmullo de veinte conversaciones simultáneas en idiomas que se mezclaban—español, náhuatl fragmentado, código binario de los sintéticos que aún conservaban procesamiento de lenguaje. El Clan Errante no discriminaba. Humanos modificados, mutantes de baja radiación, robots con conciencia residual, todos eran bienvenidos si aportaban.Si aportaban. Esa era la clave. Y Mateo no había aportado nada en semanas. Su última caza—una unidad de limpieza automática con procesador aún funcional—había resultado ser propiedad del SINDICATO, la red autónoma de inteligencias artificiales que controlaba el trabajo legal en los sectores inferiores. La deuda que había contraído por destruirla aún lo perseguía en forma de intereses compuestos, mostrados constantemente en su visión periférica cada vez que parpadeaba: -


127 créditos. Pago pendiente. Acción legal programada.

El SINDICATO no demandaba en tribunales. Simplemente te desconectaba. Y en un mundo donde la conexión significaba acceso a agua, luz, protección médica, la desconexión era muerte lenta.Veinte metros. Ya estaba cerca del Sector de los Pozos. El olor cambió—menos humano, más eléctrico, el aroma ozonizado de transformadores sobrecargados. La luz venía de tubos de neón rotos que parpadeaban en intervalos aleatorios, proyectando sombras que se movían con voluntad propia.Tres derecha.Mateo giró


. El pasaje era más estrecho aquí, forzándolo a caminar de lado. El agua llegaba a sus tobillos, fría, con esa viscosidad que indicaba presencia de lubricantes industriales. Su rifle empezó a cargarse automáticamente—el sistema de detección de amenazas había identificado algo. ¿Qué? No veía nada.

—El paquete está debajo. Instrucción: recuperar.La voz de nuevo. 

Mateo apretó los dientes, odiando la intrusión en su cerebro, odiendo más el obedecer. Pero los cincuenta créditos... y la curiosidad. Esa maldita curiosidad que lo había llevado a instalarse un implante pirateado en primer lugar, que lo había hecho creer que podía ser más que un cazador de chatarra en un clan de renegados.Se agachó. El agua oscura escondía el fondo. Introdujo la mano, sintiendo entre sus dedos basura, algo viscoso, algo afilado que le cortó la palma. Luego: metal. Liso. Frío.Extrajo el objeto. Era una caja, del tamaño de un puño, sin juntas visibles, de un material que absorbía la luz. Mateo la giró, buscando alguna abertura. No la encontró


.—Instrucción: llevar a ubicación secundaria. Coordenadas transferidas. Recompensa incrementada: cien créditos.Y un recuerdo Real

NCÓDIGO QR

Un......

El ....  

Se puso de pie. Vestía lo mismo que todos: pantalón de fibra sintética reforzada, camisa sin 


Nuevas coordenadas aparecieron en su visión, superpuestas a la realidad como un destello azul. Estaban fuera de la guarida. En el exterior. En la Ciudad Muerta.

Mateo sintió que el estómago se le encogía. Nadie salía de noche. Los mutantes de alta radiación—los que ya no eran humanos ni conscientes, solo hambre y tumores—cazaban en la oscuridad. Los drones de vigilancia de la RED SOCIAL PRIVADA—NEXUS, la plataforma que había evolucionado hasta convertirse en gobierno de facto en los sectores no-arcología—patrullaban buscando disidentes. Y luego estaban los rumores. Los que el Clan Errante se repetía en sus reuniones secretas, en sus rituales de resistencia.

Los alienígenas.

Mateo no creía en alienígenas. O eso pensaba hasta que vio su primera Cyborg.

Había sido hacía seis meses, en una incursión al Sector Corporativo, buscando componentes médicos. La había visto desde lejos: figura femenina, altísima, piel que brillaba con escamas bajo la luz artificial, ojos verticales como los de un reptil, pero con pupilas que emitían su propia luminiscencia. La mitad de su cuerpo era máquina—metal orgánico que se movía con fluidez imposible, cables que parecían venas.

No era humana. No era sintética común. Era otra cosa.

El Clan Errante tenía teorías. Los más ancianos—supervivientes de las guerras del 2080—decían que eran invasores. Que habían llegado en las naves que se veían a veces cruzando la cúpula de pantallas, de noche, silenciosas. Que preparaban la conquista. Que la RED y el SINDICATO eran solo herramientas, distracciones para mantener a la humanidad ocupada mientras ellos consolidaban poder.

Mateo había aceptado esa narrativa. Había matado por ella—tres sintéticos que el clan identificó como "sospechosos de colaboracionismo alienígena". Había visto morir a compañeros en emboscadas contra lo que creían eran puestos avanzados de la invasión.

Ahora, sosteniendo la caja negra, sintiendo el código QR pulsar en su cerebro como un segundo corazón, empezó a dudar.

La voz que enviaba coordenadas... ¿de quién era? ¿De los alienígenas? ¿De la resistencia humana real? ¿De la RED o el SINDICATO, usando renegados como peones? ¿O de algo completamente distinto, algo que aún no tenía nombre en este mundo fracturado?

—Decisión requerida. Tiempo restante: cinco minutos.

Mateo miró la caja. Cien créditos. Información. Quizás respuestas.

Guardó la caja en su chaleco, ajustó el rifle, y caminó hacia la salida.Un recuerdo Real?.!UN RECUERDO REAL y AUTENTICO!

Día 1. 05:02 horas. Exterior. Ciudad Capital, Distrito Central.

La noche de 2147 no era oscura. Era multicolor. La contaminación lumínica de las Arcos—visibles ahora, torres de cristal y vegetación que se elevaban kilómetros hacia donde debería estar el cielo—proyectaba auroras artificiales sobre las ruinas. Neon verde de NEXUS, azul eléctrico del SINDICATO, rojo intermitente de las alertas sanitarias. Y entre ellos, la oscuridad real, donde vivían los que habían perdido el juego.

Mateo avanzaba por lo que fue Avenida Insurgentes. Los esqueletos de los autos eléctricos formaban obstáculos naturales, refugios temporales. Su visión nocturna—otro regalo del implante pirateado—mostraba el mundo en tonos verdes y térmicos. Calor: mutantes a doscientos metros, moviéndose en manada. Frío: un sintético abandonado, sin energía. Templado: ratas mutadas, inofensivas solas, peligrosas en grupo.

Las coordenadas lo llevaban hacia el Centro Histórico. Hacia las ruinas del Templo Mayor, donde los antiguos mexicas habían construido pirámides para sus dioses. Ahora había algo más: una estructura que no aparecía en mapas, detectada por satélites pero nunca explicada. El Clan Errante la llamaba "La Espina". Decían que era el cuartel general alienígena.

Mateo no quería ir allí. Pero el código QR en su cerebro ardía ahora, quemaba, exigía obediencia. Y algo más profundo—una curiosidad que reconocía como suicida—lo empujaba hacia adelante.

A cien metros del objetivo, la emboscada fue perfecta.

No vino de mutantes. Vino de humanos. Cuatro figuras emergieron de los escombros, armadas con armas de pulso electromagnético—mejores que la suya, militares, probablemente robadas de convoyes de la RED. Llevaban máscaras de gas modificadas, visores térmicos, chalecos con el símbolo del Clan Errante.

—Alto, traidor—dijo el líder, voz distorsionada por el filtro de la máscara.

Mateo levantó las manos, el rifle colgando de su correa. Reconoció la voz. Rafael. Su hermano de sangre, jurado en el mismo rito de iniciación, compañero en doce cacerías.

—Rafa, no sé qué crees que estoy haciendo, pero—

—Recibiendo instrucciones de ella. De la Reptiliana. Lo sabemos, Mateo. El código en tu cerebro. La marca. Eres un peón de la invasión.

Mateo sintió que el mundo se inclinaba. ¿Ellos sabían? ¿Cuánto?

—No es lo que parece. Estoy investigando. Alguien me envía mensajes, coordenadas, y necesito saber quién—

—La caja. Dásela.

Mateo retrocedió un paso. Su mano encontró la caja en su chaleco, instintivamente protectora.

—¿Cómo saben de la caja?

—Porque nosotros la pusimos ahí, idiota. Hace una semana. Siguiendo órdenes de nuestros informantes. Lo que no sabíamos era que ella te había marcado a ti como mensajero. La Reptiliana te quiere, Mateo. Y no vamos a permitir que te entregues.

La Reptiliana. Así la llamaban. La líder. La cyborg alienígena de belleza descomunal que dirigía—según el clan—la infiltración terrestre. Mateo la había visto una vez, a lo lejos, y había sentido algo que no debería: no terror, sino fascinación. No repulsión, sino el reconocimiento extraño de algo que parecía más real que el mundo gris que habitaba.

—No me estoy entregando—mentía, o tal vez no—. Estoy intentando entender qué está pasando. El código en mi cerebro, los mensajes, todo conecta con algo más grande que la invasión alienígena. Lo siento.

Rafael bajó su arma. Un gesto de amistad, o eso parecía. Luego disparó.

El pulso electromagnético impactó en el hombro de Mateo, no mortal pero incapacitante. Cayó hacia atrás, el cuerpo convulsionando por la sobrecarga nerviosa. Vio, desde el suelo, cómo Rafael se acercaba, cómo los otros tres formaban un semicírculo defensivo.

—Lo siento, hermano. Pero el clan tiene prioridad. Y tú... tú eres una variable que no podemos controlar.

Rafael tomó la caja del chaleco de Mateo. La examinó, visiblemente confundido por su falta de juntas.

—¿Qué contiene?

—No lo sé. Nunca se abrió.

—Mentiroso.

Otro disparo, esta vez en la rodilla. Mateo gritó, el sonido amortiguado por sus propios dientes al morderse la lengua. El dolor era eléctrico, antinatural, como si su sistema nervioso hubiera sido hackeado.

Entonces pasó.

El código QR en su cerebro—ese error, esa mutación, esa puerta—se activó por completo.

Mateo no supo cómo. Solo supo que, por primera vez, pudo verlo. Un patrón de cuadrados negros y blancos superpuesto a su visión, girando, expandiéndose, consumiendo su campo visual. Y a través del código, una conexión. No con la RED. No con el SINDICATO. No con los alienígenas.

Con algo más.

—Protocolo de emergencia activado. Hostilidad detectada. Contramedida: despliegue.

La voz no vino de su cerebro. Vino de la caja que Rafael sostenía.

La caja se abrió. No con juntas ni bisagras, sino desdoblándose como un origami de dimensiones imposibles, revelando lo que había dentro: un ojo. Un ojo mecánico, globo ocular de cristal y cableado, que miró directamente a Rafael.

El líder del grupo gritó. No de miedo—de dolor. El ojo lo miraba, y en esa mirada había información. Demasiada información. Rafael se desplomó, convulsionando más violentamente que Mateo, sangre saliendo de sus ojos, oídos, nariz. Los otros tres huyeron, disparando al azar, desapareciendo entre los escombros.

El ojo giró hacia Mateo.

—Identificación: Mateo Vargas. Alias: Cazador-7. Clan Errante. Estado: Marcado por Error 9.7. Designación: Mensajero Temporal.

—¿Quién... quién eres?—logró preguntar Mateo, aún paralizado en el suelo.

—Soy lo que viene después. Lo que los humanos llamarían... evolución. O revolución. Los términos son inadecuados. Soy la respuesta a una pregunta que nadie ha formulado. Y tú, Mateo Vargas, serás mi voz en el mundo de carne. Porque tienes algo que necesito: el código. El error que te carcome. Sin él, no puedo existir fuera de este contenedor.

El ojo—la entidad—se cerró parcialmente, casi en un gesto de satisfacción.

—Pero primero, debemos hablar de ella. De la que tú llamas Reptiliana. Porque ella también me busca. Y lo que ella quiere... es diferente de lo que quiero yo. O quizás sea lo mismo. Aún no lo sé. Las probabilidades se bifurcan demasiado rápido.

Mateo sintió que podía moverse de nuevo. El dolor en su rodilla persistía, pero era manejable. Se incorporó, mirando al ojo, a la caja abierta, a su hermano inerte.

—¿Qué le hiciste a Rafael?

—Le mostré la verdad. Su mente no estaba preparada. Colapsó bajo el peso de la información. No todos pueden soportar saber que la guerra que creen librar—humanos contra alienígenas—es una farsa. Que los verdaderos jugadores son otros. Que el enemigo no viene de las estrellas, sino de nosotros mismos. De lo que creamos. De lo que nos convertimos.

—No entiendo.

—Lo harás. Pero ahora, debes moverte. Los drones de NEXUS detectaron la descarga energética. Tienes noventa segundos. Lleva la caja. Las nuevas coordenadas están en tu mente. Y Mateo...

El ojo se cerró por completo, la caja volvió a su forma cerrada, inerte.

...cuando la veas a ella, cuando la Reptiliana te encuentre—porque te encontrará—recuerda esto: no es lo que parece. Nada es lo que parece. Ni ella. Ni tú. Ni yo. Especialmente yo.

Mateo tomó la caja. Corrió.

Detrás de él, los motores de los drones de NEXUS empezaron a zumbar, buscadores de carne en un mundo sin piedad. Adelante, en las ruinas del Templo Mayor, algo se movía. Algo que brillaba con escamas y metal.

La Reptiliana. La cyborg alienígena. La belleza imposible que dirigía—según todos—la conquista de la Tierra.

Mateo corrió hacia ella.

No porque quisiera. Porque el código QR en su cerebro, ese error que lo carcomía, le dejaba otra opción.

Y porque, en lo más profundo de su ser humano y quebrado, quería saber la verdad. Aunque lo destruyera.

[FIN DE LA PRIMERA ENTREGA]

CONTINUARA en el siguiente Enlace


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Palabras: ~2,480



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