Minutos después, el Peugeot se desplazaba a gran velocidad.
—¿Quién es esa mujer? Es muy sencilla y bonita. Se ve a leguas que se gustan —preguntó ella con más curiosidad que otra cosa.
—Es una buena amiga —respondió Kim, evadiéndola.
—¿No te portarás como un malcriado si me voy a Sao Paulo una semana con un amigo?
Él hizo un gesto indefinido; en realidad, no le importaba.
—Pues resulta que, en todos estos días, de alguna forma u otra, los eventos y compromisos que tu padre ha inventado para nosotros terminan siempre igual: yo completamente sola, hablando con un mar de babosos que tratan de acostarse conmigo. Como si pudieran... y sabes perfectamente que voy a averiguar quién es ella. Más vale que te disciplines, pues a tu papá el portaaviones se le hunde por alguna razón —le dijo con el tono de una profesora sexy regañando al alumno antes de acostarse con él.
Kim no contestó. Conocía perfectamente los eventos de su padre y cómo Huan siempre terminaba sola.
—Entiende, Kim. Hay que guardar las apariencias. Nos interesa la respetabilidad. Tu padre es un delincuente que puede entrar en ciertos círculos y nosotros queremos estar ahí. No me importa tu amante, pero hay que hacer las cosas creíbles.
Llegaron a la imponente mansión de Meck y Kim le dijo a la joven:
—Voy a acompañarte. En unos minutos estoy contigo.
Instantes después, sobre una Kawasaki Ninja, Kim marchaba a toda velocidad al departamento de Joya.
III
Joya estaba en el proceso de llorar aferrada a la almohada cuando el timbre tocó insistente la puerta. No tenía necesidad de adivinar. Abrió la puerta de su apartamento y allí estaba Kim. Era el recordatorio de que debía comprar un ojo mágico o ahorrar seis meses de sueldo para una cámara web. La joven intentó cerrar la puerta, pero él se lo impidió. Forcejearon en silencio.
—Si tenía alguna duda, creo que ya estamos claros. Ni eres chofer, ni ella es tu jefa... es evidente —dijo ella mientras luchaba por cerrar la puerta—. ¿Cuánto tiempo llevas casado?
Kim finalmente entró y la miró.
—No soy chofer y ella no es nada mío. No estoy casado —dijo al fin, quedando cara a cara sin bajar la mirada—. Eso lo puedo jurar por la memoria de mi madre.
—Hace cinco años me dijeron que la otra no significaba nada. No me parece una buena costumbre —dijo ella, furiosa consigo misma. Sentía que hacía un papelón de secundaria ante ese idiota.
—Lo que a veces odio de ti es la forma en que disfrutas las cosas —le dijo Kim, derrotado al verla cruzarse de brazos y darle la espalda.
—Quiero que te vayas de mi casa y no volver a verte-- dijo ella conteniendo lágrimas de despecho..
—Eso no va a suceder.
Joya se dio vuelta. Sentía sus mejillas arder. Solo una ingenua podía suponer que un hombre así de atractivo no tendría a nadie a su lado.
—¿Y por qué no va a suceder?
—Porque me voy a quedar aquí hasta que llegue tu compañero, amante o lo que sea. Solo un estúpido podría suponer que una mujer tan bella está sola. Y ese, sin duda, soy yo. Te agarraste de la primera mujer que me saludó para terminar.
—¿Terminar qué? Si nunca empezamos nada. Yo sabía que había otra y tú supones que alguien más vive aquí. Está claro que todo acaba aquí.-- se giro ella,después de buscar valor para verlo.
Joya lo miró, intensa pero tranquila. Se había serenado; era mejor así.
—Sí —afirmó Kim, directo—. Ahora lo entiendo. Lo disfrutas. Sabes que estoy absolutamente enamorado de ti, pero nunca he podido comprender qué hay en ese camino que solo tú recorres.
—¿Por qué llegaste con un traje que no te pertenece y con acompañante? —preguntó ella, adivinando sus intenciones.
—Estoy aquí. Eso debe indicarte algo.
—¿Quién es ella? Que estés aquí no significa nada... No puedo competir con ella —explicó celosa. Le parecía increíble tener un ataque de celos infantiles a su edad.
—La mujer que mi padre eligió para que me case.
—¿Y no eres mayor de edad? ¿Me lo dices así, tan descaradamente? —intentó darle una bofetada, pero él la sujetó por los antebrazos.
—Estoy aquí. No con ella —le dijo, acercando su rostro al suyo.
—Vas a tener que ver otro tipo de películas. Estoy entendiendo que mi relación anterior tenía argumentos muy adelantados para la época... Tendrás que actualizarte —contestó, sintiendo que cometía un error al dejar que un hombre tan guapo se le acercara. Siempre tenían a alguien; siempre se llegaba tarde.Siempre tenía que luchar con otra.
Kim se acercó. Levantando su barbilla, la besó con el deseo contenido de todo ese tiempo. Fue inevitable. El muro de contención desapareció, dejándolos indefensos. Fue una explosión de pasión, lejos de los amores con sabor a malteada de fresa y cartas románticas.
La alzó y la llevó a la cama. Ella, con el cuerpo ardiendo de deseo, lo besaba y se estrechaba contra él. Kim no podía frenar; su olor, su suavidad, su cabello enmarañado en su rostro... la besaba por todas partes, enloquecido, hasta que ambos, saciados de pasión, quedaron agotados y abrazados.
—No creo que estés enamorado de mí... ya lo obtuviste todo. ¡Ah, ya sé! Saludos a la familia —dijo ella, embriagada de satisfacción.
—Ciertamente no estoy enamorado; estoy enloquecidamente enamorado de ti. No soporto un segundo sin ti —contestó él, hundiendo el rostro en su cabello.
—Quien te crea, que te compre. ¿Ese "edificio" que vino a buscarte es solo una compañera para los cumpleaños?
—No tengo que darle explicaciones. Tengo mis propios ingresos, suficientes para vivir siete vidas contigo. Siempre aquí.
—¿Ah, sí? No me gustan los hombres que no trabajan.
—Pero te va a gustar este hombre que te va a enloquecer justo ahora —anunció Kim con pasión insaciable.
—Esto es demasiado tóxico... siento que voy por el carril rápido para clonar la relación de Batman y Gatúbela.
—Pues eres un veneno adictivo —sentenció él antes de besarla nuevamente.
¡@#$@### Como todo hombre maduro y realizado, Meck poseía un Ferrari 400 Sedan Diesel, el único en el mundo. Lo adoraba con una pasión casi irracional, como si ese auto fuera el único testigo fiel de su soledad disfrazada de poder. Solía conducirlo él mismo, sintiendo el ronroneo del motor como un latido que ahogaba los suyos propios. A veces cedía el volante a su chofer, pero hoy… hoy necesitaba sentir el control, aunque fuera solo en las curvas. Una llamada lo había destrozado por dentro: quinientos millones de euros o siete metros de tierra fría. O peor: un tambor de cemento fresco que lo tragaría entero, ensuciando sus zapatos italianos y ahogando sus últimos pensamientos en gris. El miedo no era a la muerte, sino a desaparecer sin dejar huella en nadie que realmente importara. Abrió la puerta trasera y el aire cambió. Se volvió eléctrico. —Tu hijo no atiende a razones —dijo Huan Gonzales, con voz cortante, como si cerrara una puerta para siempre. Meck se deslizó al asiento. Sus ojos se posaron en ella. Toda ella. Alta, imponente, peligrosa. Hermosa de una forma que dolía. —¿Realmente eres tan alta? —preguntó, pero su voz traicionó un temblor que no esperaba. Era una pregunta absurda, pero necesitaba tiempo. Tiempo para no rendirse ante lo que ella despertaba en él: un hambre antigua, prohibida. —¿Por qué? ¿Quieres medirme? —Huan se inclinó hacia él, tan cerca que su aliento rozó su cuello. El espacio entre ellos se volvió insoportable. Un segundo más y se rompería todo. Meck tragó saliva. Tuvo que tomar una pastilla revitalizante para no perder el control. Huan lo había golpeado, mordido, arañado con furia animal. Habían destruido el interior del Ferrari como si quisieran destruirse mutuamente. Y sin embargo… no sentía remordimiento. Solo vacío. El matrimonio de su hijo era un trámite. Pero ahora, este detalle nuevo lo carcomía por dentro. Huan le entregó el compact disc. El video de Kim con esa mujer. Joya Kenneth. El dossier lo describía todo: raíces camboyanas, tailandesas, madre criolla. Huérfana. Madre lejos, en Níger, con un veterano francés. Médico de emergencias. Sencilla. Real. Meck arrugó el entrecejo hasta que le dolió. No era el tipo de mujer que atraía a Kim.
Erapeor: era el tipo de mujer que podía destruirlo. Que podía hacer que su hijo eligiera el corazón sobre el imperio. Y Kim no le había dicho nada. Ni una palabra. Ese silencio era un cuchillo.
Huan soltó el resto del chisme con frialdad quirúrgica. Justo ahora. En el peor momento. El capricho se le pasaría… ¿verdad? Pero el tiempo se le escapaba entre los dedos como arena. ¿Qué tenía esa Joya? ¿Por qué justo ahora? Porque era auténtica. No una muñeca de plástico con rostro idéntico a mil otras. Tenía cicatrices invisibles, una vida que pesaba, ojos que miraban de verdad. Y eso aterrorizaba a Meck más que cualquier deuda. Porque si Kim la elegía, todo su mundo construido con sangre y mentiras se derrumbaría. Discutir con él solo lo ataría más fuerte. Ofrecerle dinero… ridículo. Ella era decente. Un rara avis en un mundo de falsedades. Había llegado en el peor momento… o quizás en el único momento en que podía cambiarlo todo.
**Capítulo 3** Joya intentaba ordenar el caos en su pecho ,en sus sentimientos,en su alma, pero Kim era una tormenta que no se calmaba. Lo quería todo de ella: cada mirada, cada aliento, cada secreto. Y ella… ella se lo había dado. Todo. Sin reservas. Pero él seguía pidiendo más, como si temiera que desapareciera si aflojaba un segundo. Era una pasión que quemaba. Vertiginosa. Peligrosa. Porque cada vez que se rendía a él, sentía que perdía un pedazo de sí misma. Peligro de enamorarse hasta el fondo. Peligro de olvidar quién era antes de él. Peligro de que, cuando él se cansara —porque todos se cansaban—, no quedara nada de ella. Le había dolido tanto que Tambó se fuera sin despedirse. Otro abandono silencioso. Otro vacío. La dejaba sola con Kim. Y lo que más temía en el mundo era quedarse a solas con él… porque en esos momentos, sin distracciones, sentía que él podía verla entera. Y si la veía entera y aún así la quería… ¿qué haría ella cuando él se diera cuenta de que no era suficiente? Subió a su minivan adorada, la única constante fiel. —No me lleves a otro Kim —le susurró, con la voz quebrada, como si la camioneta pudiera prometerle algo. Llegó al edificio. Estacionó. Caminó. Los chicos jugaban básquet. Todo parecía normal… hasta que una mano le tapó la boca. Un pinchazo helado en el cuello. El mundo se volvió negro. Y en ese último segundo de consciencia, solo pensó en él. En Kim. En que quizás nunca volvería a verlo.
**Siguiente capítulo** A Kim le helaba la sangre la calma de su padre. Meck, siempre tan efusivo en público, se volvía de acero cuando el mundo se derrumbaba. Pero esta vez… esta vez era diferente. Era como si estuviera preparado. Como si hubiera planeado cada latido. Dos días sin noticias de Joya. Dos días de mensajes sin respuesta. Quería respetar su espacio, pero el silencio lo estaba matando. Cada hora sin ella era una eternidad. ¿Y si lo había dejado? ¿Y si se había dado cuenta de que él era veneno? A las seis en punto llegó al cafetín del hospital. Ella siempre estaba allí, con su bata blanca, el cabello recogido, esa sonrisa cansada pero genuina que le hacía sentir que valía la pena existir. Pero hoy… no estaba. Un latido extra. Un vacío en el pecho. Esperó un minuto eterno. Luego corrió. Preguntó. Por primera vez en nueve años, Joya no había llegado. El pánico lo atravesó como un rayo. Aceleró el Aston Martin hasta que el motor gritó. Llegó al estacionamiento. Vio su minivan. La llamó. Subió al apartamento. Nada. Vacío. Silencio. —Meck… —susurró, con la voz rota. Lo entendió todo. Su padre. Siempre su padre. Irrumpió en la sala ejecutiva. Los cinco presidentes lo miraron. Meck continuó hablando de capitales, sacrificios, bolsas chinas… como si nada. Kim se sentó. Contuvo la ira hasta que le temblaron las manos. —¿Qué le hiciste? —preguntó, interrumpiendo. La voz le salió como un rugido ahogado. Meck ignoró la pregunta. Siguió con su teatro. Kim repitió: —¿La mataste? Silencio. Un silencio que pesaba toneladas. —No creas que si le tocaste un pelo voy a seguir tu juego —dijo Kim, alzando la voz—. Dime dónde está. O juro que en una hora estoy en televisión. Testificaré contra ti. Lo destruiré todo. Los ejecutivos se fueron. Padre e hijo solos. —¿Dónde está? —preguntó Kim, con los ojos brillando de lágrimas contenidas. —¿Dónde está quién? —Meck se sirvió café. Tranquilo. Demasiado tranquilo. —No juegues conmigo. Sabes de quién hablo. Olvídate del maldito matrimonio. Olvídate de todo. Solo dime que está viva. Meck giró. Lo miró por primera vez. Y en sus ojos, Kim vio algo nuevo: no triunfo. Sino dolor. Un dolor antiguo, enterrado. No dijo nada. Porque decirlo sería destruirlo todo. Y eso… eso era lo que tenía que hacer.
**A 945 kilómetros…** José Ching López conducía su Infiniti SUV bajo un sol que quemaba el asfalto. Disfrutaba la soledad de la carretera. Hasta que vio la avioneta. Barrena plana. Golpe contra los árboles. Parábola mortal. No dudó. Aceleró. 4x4. A fondo. Hacia el fuego y el metal retorcido. Porque a veces, salvar a alguien era la única forma de salvarse uno mismo. --- ¡



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