John Too terminó de comer y sin ningún tipo de respeto tomó dos panes y los guardó en su chaqueta .
La señora distinguida esperó pacientemente que el hombre estuviera listo para escucharla, lo cual John Too después de un sonoro eructo y sentado en la mesa le hizo un gesto de algo así como "habla escucho".
En ese mismo instante entró una joven de unos 28 años en shorts ,

delgada muy muy bella,quien al verlo enrrojecio visiblemente, saludo con una reverencia y evitaba verlo directamente.
John Too le regaló la mirada de un criador de caballos cuando contempla una yegua en una subasta y sin ningún disimulo dijo en tono analítico.

-- Tiene las piernas muy delgadas para mi gusto, mi anterior mujer tenía las piernas más gruesas y detesto particularmente las mujeres con los pies feos .Soy algo fetichista en cuanto a eso, mi antigua mujer me masturbaba con los pies ,Me encantaba esta particularidad
Imperturbable la señora le explico.
-- Señor Too, el motivo de nuestra oferta es que hemos sabido de algunas habilidades que usted tiene, se habla de una famosa apuesta en la cual usted participó en Hong Kong hace algún tiempo.
A lo cual John Too dijo
--Realmente no me gusta recordar todo eso ,primero porque había una mujer que me gustaba muchísimo que se llama Kathy Hung, ella nunca se mostró interesada en mí ,pero sí ,gracias a esa apuesta,ciertamente conocí una chica que se llama Avdelavis, fue mi mujer por bastante tiempo ,tuvimos una relación sexual bastante interesante.
La distinguida señora hizo caso omiso al exabrupto , y la joven enrojecida completamente hizo el primer intento de salir del amplio comedor.
John Too la miró nuevamente de arriba a abajo,definitivamente no le atraía mucho la chica.
-- Esta es mi sobrina Kim Joon Park. Ella es la única heredera de un consorcio tecnológico propiedad de mi hermano, el detalle es que mi hermano y su esposa mi cuñada fueron asesinados ,y tememos que todo tenga que ver con la sociedad de mi hermano con alguien que lamentablemente no resultó lo honrado que todos esperábamos de él
John hizo un gesto como "eso es lo usual"
-- El caso es que tenemos que proteger a mi sobrina y aquí en Corea no tiene una oportunidad debido a los nexos delictivos del socio .
-- No sabían ustedes de los nexos delictivos de ese socio?
-- No .No lo sabíamos.
-- Bueno, eso se puede resolverse muy fácil ---respondió y volvió a ver a la chica y le dijo a las 2,señalando a la muchacha.
-- La dan en matrimonio con el hijo de ese socio ,o si es una mujer pueden tener una relación lesbiana, o en todo caso se la venden al socio para que se acueste con ella y todo queda en familia .
la joven enrojeció vivamente de indignación y los ojos se le convirtieron en una rayita ante semejante grosero ,y estuvo a punto de levantarse por segunda vez e irse ofendida de la conversación
Nuevamente fue contenida por un gesto de su tía .
--El socio de mi hermano es homosexual --- Ah caramba-- dijo John Too,--- por ahí no se pueden resolver las cosas, entonces descartada esa posibilidad .
--El caso de señor Too ,es que estamos dispuestos a pagarle bien si usted cuida a mi sobrina durante 30 días fuera de Seúl, es más fuera de Corea.
-- Mi última residencia fue en Bankog, no creo que sea un sitio muy bueno, ahorita es temporada de lluvia hace mucho calor ;en Hong Kong podría ser. Pero déjeme decirle que si escapamos, si la escondo en Hong Kong ,su calidad de vida no va a ser tan igual como este esplendoroso estilo de vida que tiene aquí en esta casa .
-- La vida de mi sobrina es muy importante y estamos dispuestos a hacer cualquier sacrificio.
John Too se levantó de la silla y se acercó a la muchacha y la vio detalladamente,dando vuelta a su alrrededor ,para finalmente pararse detras de ella,
mientras la muchacha esquivaba la mirada y cerraba fuertemente las piernas.
-- No me gustan los dedos de martillo en los pies .--
( la muchacha escondió sus pies).
-- Un trabajo es un trabajo ,yo sé cuáles son mis límites, yo sé hasta dónde puedo llegar y hasta donde no debo llegar, aparte que no creo que esta muchacha tenga muchas posibilidades de aguantar una relación sexual muy fuerte .Quiero ser honesto .Si me paga, yo la cuido pero ella tiene que colaborar,
--A dónde pretende llevarla?
-- Hong Kong, pero ni siquiera usted debería saber dónde está. Le garantizo y por algo usted me buscó, que en 31 días a las 12 del día ella estará en la puerta de esta casa y nadie absolutamente la tocara.Son 80000 dólares en efectivo más viáticos. Me los pagará en 31 días.Tenemos un trato?.
-- Tenemos un trato.
-- Entonces debemos marcharnos ahora mismo.
-- Kim Joon Park.Estas dispuesta a irte con este hombre?
La joven mirando de soslayo al hombre,protegiéndose los senos,encogida en la silla,con el rostro totalmente rojo ,asintió débilmente.....
II
Dos horas después ,se transladaban en el asiento trasero de un lujoso Génesis.
John se acercó y olio el gracil cuello de la joven y le dijo.
-- Puedes dejar ese teatro de joven mojigata conmigo. Tienes toda la pinta de tragarte completamente varias veces al día, un aparato hasta más grande que el mío
-- Escúchame bien,pedazo de animal; si hago esto es porque estoy en peligro.Te propasas y te mato.Probablemente me den un premio policial -- le dijo la joven con un aspecto muy diferente.
--- Espero que no le hayas dicho nada al idiota que se esté revolcando contigo.
-- Terminamos hace un mes.
-- !Vaya!.Lo que he dicho va también para el sustituto
--- No tengo interés en nadie .Me dejó marcada emocionalmente.-- indicó la joven viendo por la ventanilla que ya llegaban al aereopuerto.
-- ..........????
-- Sufría de eyaculación precoz.
@##$#@
A las 4 de la tarde salieron en un vuelo privado de Seúl hasta Hong Kong, teóricamente debieron haber llegado a las 8 de la noche pero volando de Seúl a Hong Kong en realidad llegaron a las 7:10 y a las 8 de la noche llegaron aYau Tsim Mong (Mong Kok)


--Escúchame bien ,pedazo de salvaje .No pretenderás que yo dure un mes escondida en este tugurio.
-- Si quieres continuar viva ---respondió tranquilamente mientras la agarró por la mano y sin la menor consideración comenzó a llevarla casi que arrastras,mientras la joven luchaba por soltarse.
-- Quien carga el morral de todas tus vituallas que son como 40 kilos soy yo. Debería quejarme, tenemos que caminar todavía .
la joven optó por guardar silencio, mientras que veía despavorida todo el sector
-- y esto qué es el sitio más seguro de Hong Kong ?
---jovencita ,para ti lo es --- le dijo el hombre ,internándose por una oscura calle hasta que llegó a un sitio en lo más recóndito y al final de unas escaleras. entró y le dijo muy tranquilamente a la casera en chino
--Hola volvemos por aquí, vengo a pagar una deuda .
la casera Lo miró óscamente Y espeto --solamente acepto que pagues en efectivo
---en realidad no tengo dólares de Hong Kong. te sirve moneda wong de Corea? --siempre y cuando sea legal --respondio la mujer y viendo a la muchacha
---No me parece muy buena idea que estés trayendo prostitutas menores de edad .
---es mayor de edad--- se limitó a contestar.
al rato estaban en la horrible habitación donde muchísimo tiempo antes había estado john too. igual deuda, igual sitio, iguales condiciones de vida.
la muchacha se sentó en la cama y le dijo
---espero que no hayan pulgas ni cucarachas, les tengo horror.
---Pulgas no hay, Pero hay una que otra cucaracha, de todas maneras son molestosas, generalmente cuando uno está durmiendo, te pondré unas tapaderas para que no se te introduzcan en los oídos
la joven lo miró con los ojos aterrados y le pregunto
---Dónde piensa usted a dormir? esto es un solo cuarto
--Aquí -- señaló la cama .
--- Usted no pretenderá acercárseme a mí?
-- Si no te huelen los pies no veo que haya problema
-- Tiene un grave problema con mis pies-- exclamó la joven quitándose sus zapatos y enseñándoselos
-- Ah realmente está muy bonitos. Yo creí que tenías dedo de martillo ,por un momento lo pensé.
la muchacha se limitó a guardar silencio viéndolo con furia y ostensiblemente extrajo del morral de viaje una inmensa navaja y le dijo
--Pienso usarla y sé hacerlo, por lo demás si va a dormir aquí en el cuarto será lo más lejos de mi
-- Hay varias preguntas que quiero hacerte .siento que tu queridísima tía no me dio la historia completa

I
--
CAPÍTULO 3: LA FRÁGIL TREGUA DE LOS TREINTA DÍAS
I. El Peso del Silencio
El aire en la habitación estaba cargado, denso como el vapor antes de una tormenta eléctrica. John se movía con una economía de movimientos que rozaba lo inhumano. Cada gesto, desde la forma en que desabrochaba su chaqueta hasta la manera en que vigilaba los puntos ciegos de la ventana, delataba una naturaleza construida sobre la paranoia y la supervivencia.
Frente a él, la muchacha era un volcán de indignación contenida.
Supresencia allí no era solo física; era un desafío constante a la estructura de control que John intentaba imponer. Ella representaba todo lo que él había aprendido a despreciar: la fragilidad del privilegio, la insolencia de quien nunca ha tenido que luchar por el oxígeno.
—Sinceramente creo que sería muchísimo más feliz en Seúl y que me maten, que estar al lado de un ser tan tóxico, maleducado y falta de cortesía como usted —sentenció ella, rompiendo el silencio con una voz que vibraba entre el miedo y el orgullo.
John no se inmutó. La insultante descripción resbaló sobre él como el agua sobre el acero. Había sido llamado cosas mucho peores por hombres que sostenían rifles, no por jóvenes en medio de una crisis de identidad. Se quitó la camisa exterior, revelando la guarda camisa blanca que se ajustaba a un cuerpo que no conocía el descanso.
—No me impresiona —continuó ella, cruzando los brazos y barriendo con la mirada las cicatrices y la musculatura de John—. He visto hombres con mejor contextura.
John soltó una risa seca, un sonido carente de humor que pareció enfriar la habitación dos grados. Se detuvo un momento, observando sus propios brazos, surcados por marcas que contaban historias de huidas a través de cercas de alambre de espino y enfrentamientos en callejones sin salida.
—De gimnasio, niña —respondió él, con una voz rasposa pero controlada—. Déjame decirte que esto ha sido hecho a fuerza de trabajo. No hay batidos de proteínas ni entrenadores personales en el tipo de vida que yo llevo.
La joven no retrocedió. Sus ojos, oscuros y penetrantes, buscaron el punto de quiebre en la armadura de John.
—Por lo que mi tía dijo, lo que usted llama "trabajo" es robar, asaltar, atracar, secuestrar, golpear gente, amenazar, agavillar... —
La lista de crímenes cayó entre ellos como una serie de bofetadas. Ella estaba intentando definirlo, encasillarlo en la categoría de "monstruo" para sentirse superior en su papel de víctima.
—Algo así —concedió John con una frialdad quirúrgica. Se sentó en el borde de la silla, revisando su equipo por última vez antes del descanso—. Por eso estoy aquí y por eso usted está aquí. Mi falta de moral es su seguro de vida. Garantizo que dentro de 31 días —hizo una pausa consultando el reloj de su muñeca—, más bien 30, porque ya vamos próximos a la medianoche, usted estará en Seúl y yo estaré recibiendo mi dinero. El contrato es simple. Yo no necesito su cortesía y usted no necesita mi amistad. Solo necesitamos que el tiempo pase.
La muchacha suspiró, dejándose caer en el borde de la cama, que crujió bajo su peso ligero. La realidad de su encierro empezaba a filtrarse en su conciencia. La idea de estar confinada en ese espacio reducido, con ese hombre que parecía un bloque de granito con pulso, era una tortura psicológica que no había previsto.Lo pero.Ese bastardo era excitantemente atractivo, se veía que hacía el amor con intensidad,depravado y prosmicuo.Alejo de su mente la visión de pocas horas atrás.Desnudo,armado, erecto,
—Por lo pronto será bastante aburrido estar aquí —dijo ella, mirando las paredes desnudas—. No pretenderá que yo esté aquí todos los días. ¿No podemos salir, usted y yo?.Preferiblemente yo sola.Presiento que arruinara Mi reputacion
John levantó la vista.Arqueo una ceja. Su mente estratégica comenzó a calcular rutas de escape, perímetros de seguridad y el concepto de Estado-Fortaleza. Para él, cada salida era una vulnerabilidad, un vector de ataque para sus enemigos. Pero también sabía que un activo desesperado era un activo incontrolable. Si ella intentaba escapar por su cuenta, ambos estarían muertos en horas.
—Puede salir —dijo John, sorprendiéndola—. Ahí tiene Google Maps. Puede estudiar la zona. Pero lo importante es que yo tenga alguna idea de dónde está usted. No soy su carcelero, soy su sombra. Si usted sale, yo salgo. Si usted corre, yo corro más rápido.Y no se preocupe por reputación.Aqui en Hong Kong es un concepto desconocido
Ella frunció el ceño, detectando algo en el tono de John que no encajaba con la narrativa de un simple secuestro o protección.
—No creo que el socio de su papá, aparte de tener una relación sentimental con él, tenga alguna intención de matarla —continuó John, lanzando la bomba informativa con la indiferencia de quien comenta el clima—. Realmente no lo creo. No funciona así en esos niveles.
La joven palideció. La mención de la relación de su padre fue como un golpe directo al plexo solar. El mundo corporativo y personal que ella creía conocer se estaba desmoronando bajo el análisis cínico de un mercenario.Quizas este animal tenía razón. Lo hizo a propósito,con la intensión de generar dudas.
—¿Qué intenta decir? —preguntó con la voz temblorosa—. ¿Que quieren que me aleje a propósito? ¿Que todo esto es un teatro para que ellos puedan... qué?
John comenzó a preparar su sitio en el suelo, desplegando una manta delgada. Su modelo de Gradual Absorption Stabilization le dictaba que debía darle la información en dosis pequeñas para que no entrara en pánico total.
—Yo solo me limito a cuidarla y que dentro de 31 días usted llegue a su casa —indicó él, sin mirarla—. Lo que suceda en las empresas de su padre y su socio no me corresponde. Hay guerras que se ganan con balas y otras que se ganan con ausencias. Usted es una ausencia necesaria en este momento. Alguien movió la ficha de "hija en peligro" para despejar el tablero de otras piezas.
La muchacha lo observó mientras él se acomodaba en el duro suelo. Había algo profundamente perturbador en su resignación. John estaba dispuesto a dormir sobre las baldosas frías solo para mantener el perímetro. Por un instante, la barrera de odio que ella había construido se agrietó. No era simpatía lo que sentía, era una forma extraña de piedad mezclada con una necesidad pragmática de seguridad.
—Si promete dormir en una punta, en la orilla de la cama... le permito que duerma en la cama —dijo ella, su voz apenas un susurro en la penumbra.
John se detuvo. Miró el suelo, luego la cama, y finalmente a la joven. En su mundo, la comodidad era una trampa, pero el descanso real era un recurso táctico.
—He dormido en formas peores —dijo John, recordando noches en pantanos y suelos de cemento en prisiones olvidadas—. Pero si ese es su deseo, no hay problema.
—Yo dormiré en la otra punta —reafirmó ella, tratando de recuperar algo de su autoridad perdida—. Como me acuesto, así amanezco. No se atreva a cruzar la línea invisible.
—Me parece bien —respondió John, levantándose con la gracia de un depredador—. Yo no tengo sueños, niña. Solo tengo vigilancias.
III.
Se acomodaron en la cama, cada uno en un extremo extremo, como dos naciones en tregua separadas por un desierto de sábanas. La oscuridad de la habitación no era total; la luz de la luna se filtraba por las persianas, dibujando rayas de tigre sobre las mantas.
Para John, este era el momento más peligroso. El silencio permitía que los fantasmas de la Brigada Fénix regresaran. Recordaba a sus antiguos compañeros, aquellos que no habían tenido la suerte de encontrar un contrato de "niñera" de alto standing. Recordaba los gritos, el olor a pólvora y la sensación de la traición.Recordaba su terrible noche compartida en una aventura con una madre desesperada tratando de salvar su hijo y un gato. Ye Ye, la hermana de una imposible..Kathy Hung....Recordó los fríos besos de Avdelavis y su infinita pasión.
Su mente trabajaba a mil por hora, procesando la información sobre el padre de la joven.
¿Por qué la querían fuera? Si el socio y el padre estaban involucrados sentimentalmente, el alejamiento de la hija sugería una purga o una reestructuración masiva. Ella no era una víctima de un enemigo externo, sino el estorbo de una ambición interna.
A su lado, podía sentir la respiración agitada de la muchacha. Ella no estaba durmiendo. Estaba asimilando la idea de que su vida era una moneda de cambio.
—¿John? —preguntó ella después de lo que parecieron horas.
—Diga.
—¿Alguna vez ha querido a alguien tanto como para hacer lo que hace por otra razón que no sea el dinero?
John cerró los ojos. La pregunta era un dardo dirigido a un corazón que él creía haber enterrado bajo capas de cinismo estratégico.
—El amor es una variable incontrolable —respondió él, usando su terminología habitual—. En mi línea de trabajo, las variables incontrolables te matan. El dinero, en cambio, es previsible. Tiene un valor, una función y un límite. Prefiero moverme en un mundo de límites.
—Es usted un hombre triste.Miente en su respuesta.
—Soy un hombre vivo —corrigió él—. En Seúl, usted sería una mujer muerta con un corazón lleno de sentimientos. Aquí, es una mujer molesta con una oportunidad de sobrevivir. Elija su bando.
-- Usted me trajo a Hong Kong, estoy presa en esta ciudad y usted vino para revivir recuerdos y cobrar 80000 $.
IV.
A medida que la madrugada avanzaba, John entró en un estado de duermevela. Sus oídos seguían sintonizados con los ruidos del pasillo del hotel, el zumbido del aire acondicionado y el crujido del edificio. Su cuerpo estaba en la cama, pero su mente estaba en el perímetro del Estado-Fortaleza.
Había analizado la estructura del edificio antes de entrar. Dos salidas de emergencia, un ascensor que evitaba por principio y una ventana que daba a un callejón con una caída de cuatro metros, manejable con una cuerda o incluso un salto controlado. Había distribuido sus armas: la pistola principal bajo la almohada, un cuchillo táctico oculto en la bota cerca de la cama y una granada de humo en la mesa de noche.
Pero el arma más peligrosa era la información.
Si el socio de su padre quiere que ella esté fuera, alguien más querrá que ella vuelva.
John sabía que los 30 días restantes no serían una espera pasiva. Serían una cacería. El "trabajo" que ella tanto despreciaba —el asalto, el golpe, la amenaza— pronto se convertiría en la única realidad que la mantendría respirando.
Ella, finalmente, se quedó dormida. Sus facciones, antes endurecidas por el desprecio, se relajaron, revelando la vulnerabilidad de sus veinte y tantos años. John la observó un segundo más de lo necesario. Ella era el recordatorio de todo lo que él había perdido: la capacidad de dormir sin esperar un ataque, la inocencia de creer que el mundo tiene reglas éticas.
V.
Cuando los primeros rayos del sol empezaron a teñir el cielo de un naranja sucio, John ya estaba de pie. Se había movido con tal sigilo que ella ni siquiera había sentido el cambio de peso en el colchón.
Ya estaba bañado y vestido, su camisa exterior ocultando de nuevo la musculatura de "fuerza de trabajo" y las cicatrices del pasado. Estaba revisando su teléfono satelital cuando ella despertó, desorientada.
—¿Qué hora es? —preguntó ella, frotándose los ojos.
—Las seis. Tenemos que movernos.
—¿Por qué? Dijiste que teníamos 30 días.
—Los 30 días se cumplen si nos mantenemos en movimiento —dijo John, entregándole una bolsa con comida que había conseguido en una máquina expendedora durante su guardia,en un momento a las 3 y media AM salió a la calle—. Su ubicación en Google Maps ya es una vulnerabilidad si se queda quieta demasiado tiempo. La "toxicidad" de la que usted hablaba anoche está a punto de ser su mejor aliada.
Ella lo miró, todavía con el rastro del sueño en la mirada, pero algo había cambiado. Ya no lo miraba solo con desprecio; había una chispa de reconocimiento. John Too no era solo el criminal que su tía describió. Era el muro de contención entre ella y una realidad que era mucho más oscura de lo que Seúl jamás le mostró.
—Dijo que me dejaría salir —recordó ella, desafiante.
—Y lo haré. Pero hoy, la salida tiene un propósito —John se acercó a la ventana, observando un coche negro estacionado a dos manzanas de distancia—. Vamos a ver si el socio de su padre realmente solo quiere que usted se aleje... o si me mintieron a mí también sobre el valor de su cabeza.
—Prepárese —dijo John, cargando su mochila—. Los próximos 30 días van a ser los más largos de su vida. Y los míos, probablemente los últimos si no aprendemos a confiar el uno en el otro, aunque sea por las razones equivocadas.
Ella se levantó, asintiendo con la cabeza. La "niña de gimnasio" estaba empezando a entender que en el mundo de John Too, la cortesía era un lujo, pero la lealtad, incluso la comprada con dinero, era el único suelo firme bajo sus pies.
-- Debo asearme.
-- El baño es suyo.
Minutos después la joven indignada se vio obligada a bañarse con agua fría, el jabón lleno de pelos de la pelvis de John.
-- Basura.Ese maldito va intentar violar me en cualquier momento-- susurro la joven.
VI.
Mientras bajaban por las escaleras de servicio, John aplicaba mentalmente el protocolo de Gradual Absorption. No podía abrumarla con el hecho de que probablemente estaban siendo seguidos por un equipo profesional. Tenía que dejar que ella absorbiera el peligro paso a paso.
—Camine delante de mí, a unos tres metros —instruyó John—. No se detenga a mirar escaparates. Si le digo "fuego", usted se tira al suelo y no se mueve hasta que yo la toque. ¿Entendido?
—¿"Fuego"? ¿Es en serio? Parece una película barata.Ademas es evidente que no tengo el tipo de ver vidrieras baratas. —replicó ella, aunque su mano temblaba ligeramente al abrir la puerta pesada que daba al callejón.
—En las películas baratas, el héroe no recibe un balazo por causa de una desconocida maleducada. Yo sí —sentenció John—. Camine.
Salieron a la luz del día, y ellosbse fundieron en el asfalto caliente de la ciudad. El juego había comenzado realmente. Ya no eran solo dos extraños en una habitación de hotel; eran un objetivo y su guardián, moviéndose a través de un territorio que cada segundo se volvía más hostil.
John Too revisó el reflejo en un cristal cercano. El coche negro había encendido el motor.
30 días, pensó. 30 malditos días para que este activo llegue a destino y yo pueda desaparecer de nuevo en las sombras.
Pero en el fondo de su mente, la voz de la muchacha seguía resonando: "Es usted un hombre triste". Por primera vez en años, John se preguntó si la tristeza era el precio de la supervivencia, o si simplemente había olvidado cómo se sentía cualquier otra cosa.
VII.
Ella camina con la cabeza alta, intentando mantener la dignidad de su antigua vida, mientras John la sigue con la mirada fragmentada, escaneando cada azotea, cada ventana y cada transeúnte.
La tregua de la cama había terminado. La línea invisible que ella había dibujado entre ambos ahora se extendía por toda la ciudad. Pero mientras caminaban, John se dio cuenta de algo fundamental: para que ella sobreviviera a los 30 días, él tendría que dejar de ser solo un mercenario y empezar a ser el arquitecto de un nuevo tipo de fortaleza. Uno donde las paredes no fueran de piedra, sino de una desconfianza mutua tan perfecta que se volviera inquebrantable.
Eso era un hecho terrible, viendo la sinuosa,estilizada y deseable figura de ella al desplazarse John hizo un gesto.
La hipergamia femenina es la tendencia de las mujeres a escoger parejas varones de igual o superior nivel económico, profesional y académico. Con las redes sociales, la hipergamia femenina se ha globalizado. Cualquier mujer recibe a diario mensajes de cortejo de multitud de hombres, y luego ellas ya van seleccionando y probando a los que les interesan. Este fenómeno no se da tanto en los hombres, de los cuales muy pocos reciben a diario mensajes de cortejo o interés por parte de mujeres. Este es uno de los motivos por los que se habla, hoy, de "epidemia de soledad de los hombres". Las mujeres financieramente ven disparada su hipergamia en redes sociales porque pueden escoger candidatos de todo el mundo, lo que hace inflar sus expectativas, en ocasiones de manera irreal. Por su parte, la inmensa mayoría de varones es probable que acaben solos y sin descendencia. Ese era su caso.A pesar de tener testosterona por litros,esto se extrellaba contra ese nueva arma femenina. Primero Kathy Hung,Avdelavis y ahora está vaporoza encantadora serpiente,deseable e inalcanzable.
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".
CAPÍTULO 4: LA ARQUITECTURA DEL DESEO Y LA TRAICIÓN
I.
Hong Kong a media mañana es una bestia que respira sudor, incienso y dinero. John Too se movía a través de la humedad espesa con la precisión de un fantasma que se niega a ser detectado. A veinte pasos delante de él, el caminar sinuoso de la joven era una baliza en medio de la marea humana. Ella caminaba con una elegancia que desentonaba con las calles estrechas y los letreros de neón parpadeantes, deteniéndose ante las vidrieras con una curiosidad que John sabía fingida.
Mientras la observaba,
una duda ácida empezó a corroer su disciplina profesional. Se preguntaba qué tanto se había devaluado su propio instinto. Había compartido la misma cama con una mujer que exudaba una energía sexual casi tangible, una mujer que vibraba con una vitalidad que él había olvidado hace décadas, y no había ocurrido nada. Ni un roce, ni una debilidad. Realmente era para pensarlo.
Sin embargo, John se obligó a reenfocarse. Él era un profesional. En su mundo, el deseo era una brecha en la armadura, y él nunca daría el primer paso hacia una complicación que no pudiera controlar. Si ella daba el paso hacia él, sabía que tendría que evitarlo con la misma frialdad con la que esquivaba un proyectil. Ochenta mil dólares no se encuentran todos los días en la calle. Esas dos piernas largas y firmes que caminaban delante de él, rítmicas y desafiantes, no eran carne y deseo; eran fracciones de un bono que lo acercaba a la jubilación o, al menos, a un respiro de la violencia.
"Si logro devolverla a Seúl en 29 días," calculó John, "pediré un extra. No se lo negarán. Ella misma, en un arrebato de gratitud o despecho, terminará acreditándomelo a cuenta".
Se tranquilizó bajo esa lógica mercantil. A fin de cuentas, estaba casi convencido de que este exilio forzado era un movimiento de piezas en una partida de ajedrez corporativa. Quizás su padre y el socio sentimental solo querían discutir los términos de la herencia y la sociedad sin que el carácter volcánico de la joven lo echara todo a perder.
II.
Para silenciar la tensión sexual que, a pesar de su lógica, palpitaba en la base de su cráneo, John empezó a recitarse a sí mismo un mantra que había forjado en los años más oscuros de su carrera. Un recordatorio sangriento de por qué los hombres como él no debían buscar refugio en mujeres como ella.
"Grábate esto con fuego, John," se dijo, mientras esquivaba a un vendedor ambulante. "No puedes reparar a una mujer dañada por otros hombres. Esa muchacha está rota, es obvio. Creer que tu paciencia, tu magnetismo o tu sacrificio van a curar heridas que no son tuyas es una fantasía suicida. Hay hombres atrapados en relaciones miserables pagando facturas de errores que no cometieron. Hay mujeres que ya no tienen amor para dar, no porque sean malas, sino porque están emocionalmente cerradas. Traumatizadas. Inseguras. Defensivas."
La veía detenerse frente a una tienda, y John sentía la atracción como un tirón físico, pero su mente seguía martillando:
"Viven en modo protección permanente. No confían, no se entregan. Tú estás ahí, intentando demostrar que eres diferente, pero ella no lo ve. Para ella, tú no eres un hombre; eres un experimento emocional. Estás pagando el precio de los tipos que la abandonaron o la usaron. Un hombre que se respeta no se involucra con personas que no han cerrado ciclos. No busques paz en mujeres destruidas. La paz no se negocia ni se construye desde el caos ajeno. Se elige."
—Soy un idiota pensando fantasías —masculló John, sacudiendo la cabeza para disipar el vaho del deseo. Estaba feliz de estar en Hong Kong, pero odiaba que su cuerpo estuviera reaccionando a un "activo" que debería tratar como mercancía.
III.
La joven se detuvo en una venta de maquillaje de baja calidad, de esas que inundan los puestos callejeros con olores químicos y envases chillones. Compró un cargamento de tonterías: labiales, sombras, cremas de marcas dudosas. John sintió un pinchazo de alarma. No fue la compra lo que le hizo correr, sino el gesto que vio a continuación.
Ella sacó una tarjeta de crédito. Su tarjeta de crédito.
—Maldita sea —siseó John, acelerando el paso para no perderla entre un grupo de turistas—. Si esa idiota se está escondiendo, acaba de encender un reflector sobre su cabeza para que la encuentren desde el espacio.
El pánico profesional sustituyó a la lujuria. Cada transacción electrónica era un pulso de GPS enviado directamente a los servidores que sus enemigos seguramente estaban monitoreando. John se detuvo un momento, obligándose a aplicar su protocolo de fuerza mental para no ir allá y arrebatarle el plástico de la mano.
"Debes ser mentalmente fuerte, John," se programó. "Uno: deja de esperar algo de los demás. Dos: acepta que la vida no es justa. Tres: mantén tus emociones bajo control. Cinco: mantén la calma en el caos. Seis: no te tomes su estupidez como algo personal. Siete: aléjate de la gente tóxica."
Esto último lo golpeó con fuerza. Aceptar que debía alejarse de esa inconsciente era la única solución lógica, pero los 80,000 dólares lo mantenían encadenado a ella.
"Ocho: enfócate en las soluciones, no en los problemas. Diez: haz lo que tienes que hacer."
IV.
La muchacha caminó un rato más, con una seguridad que a John le pareció sospechosa. Ya no caminaba como alguien que se siente protegida, sino como alguien que tiene un plan. Se detuvo junto a un puesto de alquiler de teléfonos desechables, ocultándose parcialmente detrás de una columna de hormigón.
John se fundió entre la multitud, usando a unos jóvenes que reían a carcajadas como cobertura. Ella creía que lo había despistado. La vio marcar con rapidez, su cuerpo tenso, mirando de soslayo hacia atrás, buscando ubicar la figura de su guardián.
—Así que con esas tenemos —dijo John al viento, con una sonrisa amarga.
La vio hablar. La urgencia en sus gestos era innegable. Sabía que, si la interrogaba después, ella lo negaría todo. En el mundo de la inteligencia, el silencio es una respuesta y la negación es una confirmación. Empezó a cavilar con furia.
"¿A quién estará llamando? ¿Al imbécil que se acuesta con ella en Seúl? ¿A la tía para decirle que el ogro que la cuida es un maleducado? ¿O quizás al socio de su padre para negociar su propio retorno?"
Sea quien fuera, esa llamada estaba reventando la operación desde adentro. Era un agujero en el casco del barco que él estaba intentando mantener a flote. John sintió una mezcla de asco y deseo. La veía allí, tan joven, tan imprudente, tan hermosa bajo la luz cruda de la mañana, y sentía ganas de sacudirla hasta que entendiera que estaba jugando con fuego. Pero también sentía esa corriente eléctrica, esa atracción animal que le decía que, bajo esa capa de rebeldía, había una mujer que buscaba desesperadamente alguien que fuera más fuerte que sus propios miedos.
—No faltaba más —dijo John con disgusto, observando cómo ella terminaba la llamada con una rapidez febril y desechaba el auricular en un bote de basura cercano.
V.
John esperó a que ella retomara el paso antes de acercarse al bote de basura. Con un movimiento ensayado, recuperó el teléfono desechable. No esperaba encontrar mucho, pero el último número marcado era una pista que no podía ignorar.
La alcanzó unos minutos después, cuando ella se detuvo frente a un puesto de comida callejera, pidiendo unos dim sum con una tranquilidad que le revolvió el estómago.
—Interesante selección de maquillaje —dijo John, apareciendo a su lado como si hubiera estado allí todo el tiempo. Su voz era un susurro frío que la hizo saltar.
—Me asustaste —respondió ella, tratando de ocultar el temblor en sus manos mientras recibía el paquete de comida.
—El susto vendrá cuando veas quién llega primero a este lugar: si los que vienen a rescatarte o los que vienen a terminar el trabajo que tu padre dejó a medias. Usaste la tarjeta de crédito, niña. Es como disparar una bengala en medio de un campo minado.
Ella endureció la mandíbula. Esa mirada defensiva, esa máscara de "mujer dañada" de la que John se había advertido a sí mismo, volvió a aparecer.
—Necesitaba cosas. No puedes tenerme como un animal enjaulado.Ademas te compre desodorante y artículos de caballero. La servicio que llevo tu ropa a lavar vómito 10 minutos de asco.
-- Y por eso fuistes al baño a verme desnudo.espero hayas quedado satisfecha.
Ella lo miró con repulsión.
—Los animales enjaulados viven más que los que corren hacia el cazador —replicó John.
La cercanía física entre ambos era peligrosa. El olor de su perfume, mezclado con el aroma de la comida y el aire salado de Hong Kong, creaba una atmósfera embriagadora. Estaban tan cerca que podía ver el latido de su pulso en el cuello
—. ¿A quién llamaste?
Ella sostuvo la mirada, pero sus pupilas se dilataron. La atracción sexual entre ambos era como una cuerda tensa a punto de romperse. John podía ver en sus ojos que ella sabía que él sabía. Y aun así, el desafío permanecía.
—A nadie. Solo quería ver si el teléfono funcionaba.
—Mientes mal. Y en este negocio, el que miente mal muere pronto. —John se inclinó un poco más, rompiendo el espacio personal. Sus labios quedaron a centímetros de su oído
—. No te voy a tocar, aunque sé que es lo que esperas para poder manipularme. No te voy a salvar de tus traumas. Pero si vuelves a poner en riesgo mi dinero, te juro que los próximos 29 días los pasarás esposada a la pata de una cama en el peor hotel de Kowloon.
VI.
Ella soltó una risa nerviosa, una que no llegaba a sus ojos.
—Eres una bestia grosera sin modales , John Too. Un bruto con un código de honor pasado de moda. ¿De verdad crees que todo se trata de dinero? ¿No sientes nada cuando estás cerca de mí?-- pregunto secamente.
John sintió el golpe. Era una pregunta diseñada para desarmarlo. Se recordó a sí mismo: "Mantén tus emociones bajo control. No es tu trabajo salvar a nadie". Pero la realidad era que su cuerpo lo estaba traicionando. La quería. La quería de una manera que desafiaba toda su lógica de supervivencia. La quería con la rabia de quien sabe que está viendo un desastre hermoso ocurrir en cámara lenta.
—Siento que cada segundo que pasas hablando, el precio de mi paciencia sube —respondió él, aunque su voz sonó más ronca de lo que pretendía—. Camina. Nos vamos de aquí. Ahora.
La tomó del brazo, no con delicadeza, sino con la firmeza de quien asegura una carga valiosa. El contacto eléctrico del roce de sus pieles envió una descarga que ambos ignoraron deliberadamente. Ella se dejó llevar, pero John notó que su mirada seguía buscando algo entre la multitud.
Había alguien más en ese tablero. La llamada no había sido un capricho. Había sido una señal.
VII.
Se internaron en las zonas más densas de Mong Kok, donde los edificios parecen apretarse unos contra otros para ocultar los pecados de la ciudad. John sabía que no podían volver al hotel anterior. La tarjeta de crédito ya había marcado ese sector como "caliente".
—¿A dónde vamos? —preguntó ella, empezando a cansarse del ritmo frenético.
—A un lugar donde el efectivo es el único lenguaje y donde Google Maps no se atreve a entrar.
Mientras caminaban, John no dejaba de pensar en el mantra de la masculinidad y la estabilidad emocional. Se sentía como un hipócrita. Estaba allí, protegiendo a una mujer que claramente era un "centro de rehabilitación emocional" ambulante, una mujer atrapada en su pasado, incapaz de entregarse, y él, el profesional, estaba cayendo en la trampa de la atracción.
"No eres su pareja: eres su experimento", se repetía. Pero cada vez que ella lo miraba de reojo, con esa mezcla de miedo y deseo, John sentía que su propósito se tambaleaba. ¿Era solo el dinero? ¿O era que, después de tantos años de caos, había encontrado a alguien cuya destrucción encajaba perfectamente con la suya?
VIII.
Se detuvieron en un callejón estrecho, flanqueado por cajas de marisco vacío y cables eléctricos colgantes. John se pegó a la pared, obligándola a ella a hacer lo mismo. El espacio era tan reducido que sus cuerpos estaban prácticamente pegados de frente. Podía sentir el calor de su abdomen, el roce de sus muslos. Ella levantó la vista, y por un momento, la máscara cayó. No había insolencia, solo una vulnerabilidad aterradora.
—John... —susurró ella.
—Cállate —dijo él, pero su mano, en lugar de revisar el arma, rozó por un segundo su mejilla. Fue un error. Un error de milímetros que se sintió como un kilómetro.
En ese instante, el sonido de una moto acelerando al final del callejón rompió el hechizo. John reaccionó instantáneamente, empujándola detrás de un contenedor de metal.
—Quédate ahí. No te muevas.
Dos hombres con cascos integrales aparecieron en la entrada del callejón. No eran matones de barrio. Su postura, la forma en que sostenían las armas cortas con silenciador, gritaba "profesionales".
John sacó su propia arma, sintiendo la familiaridad del metal frío. La adrenalina barrió cualquier rastro de tensión sexual. Ahora era el momento del caos, el momento donde él era el amo.
—Parece que tus amigos del teléfono llegaron rápido —le gritó por encima del hombro, mientras abría fuego para obligarlos a cubrirse.
IX.
El tiroteo fue breve, pero intenso. John usó el entorno a su favor, disparando a una tubería de vapor que cegó momentáneamente a los atacantes. En la confusión, tomó a la joven de la mano y corrieron por la calle
hacia una escalera de incendios que subía hacia los tejados.
—¡Sube! —ordenó.
Llegaron a la azotea, con los pulmones ardiendo. La ciudad se extendía ante ellos como un tapiz de hormigón. John la acorraló contra el pretil, su rostro a centímetros del suyo, pero esta vez no había deseo en sus ojos, solo una furia fría y calculadora.
—¿A quién llamaste? —rugió realmente indignado—. No me salgas con mentiras. Esos tipos no eran del socio de tu padre. Esos tipos tenían el estilo de Seúl. Eran de los tuyos.
Ella empezó a llorar, un llanto seco y amargo que confirmaba todas las advertencias que John se había hecho a sí mismo.
—Llamé a mi padre —confesó ella, temblando—. Pensé... pensé que él me ayudaría. Pero él me dijo que era mejor que no volviera. Me dijo que si moría aquí, todo sería más fácil para la familia.
John sintió un vacío en el estómago. Ahí estaba. La mujer rota, el trauma familiar, la traición de la sangre. Todo lo que su mantra le decía que evitara. Ella lo estaba usando como salvavidas en un mar de mierda que él no había creado.Y era obvio que tenía una dependencia emocional con su padre.Un padre que la despreciaba..."Ese es el asesino"-- entendió John...la muchacha era un estorbo entre su padre y su amante.
—Te lo dije —dijo John, bajando el arma pero sin soltarla—. Te dije que no podías confiar en nadie. Y ahora has traído la muerte a nuestra puerta por una fantasía de amor filial que no existe.
X.
Se quedaron allí, bajo el sol implacable de Hong Kong, dos almas perdidas en un laberinto de cemento. La atracción seguía ahí, latente, alimentada ahora por la tragedia compartida, pero John sabía que entregarse a ella sería el fin de ambos.
Él no era su salvador. No era su terapeuta. Era su guardián, y si quería cobrar esos 80,000 dólares, tenía que ser más fuerte que la lástima que empezaba a sentir.
—Escúchame bien —le dijo, obligándola a mirarlo a los ojos—. No me importa tu pasado. No me importan tus traumas ni lo que tu padre piense de ti. Mi responsabilidad es tu vida, no tu felicidad. De ahora en adelante, tu tarjeta de crédito es mía. Tu teléfono es mío. Y tu voluntad me pertenece hasta que pisemos Seúl.
Ella asintió, derrotada, pero buscó su mano. John la estrechó, pero no con amor, sino con la firmeza de un pacto de supervivencia.Una mujer permanentemente enmarcada en El efecto foco:
Constantemente sobreestimando cuánto notan las personassu apariencia y sus errores,en una desesperada necesidad de validacion ¿La verdad? Todos están demasiado preocupados por sí mismos como para preocuparse por ella ,por creer Que era el personaje principal de la película de los demás.—Soy un idiota —se repitió John para sus adentros, mientras la guiaba hacia la salida de la azotea—. Pero soy un idiota con un plan.
Realmente quería disfrutar Hong Kong, caminar por aquí y por allá. No quería tener que volver a correr por las calles,tratando de salvar su vida con Ye Ye ,el hijo de ella y su gato en aquella apuesta mortal cuatro años atrás..
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Tengo mucha hambre --exclamo Kim Jong park.
John Too le dijo
--Pero tú compraste comida esta mañana.
--- Señor bestia , para empezar no me tutees --le dijo la joven con aspecto de cansancio --no pretenderá que yo, me alimente una sola vez al día o cuando usted se acuerde, y mucho menos esa asquerosa comida que supongo es su favorita;la compré por disimular; no estoy dispuesta a comer aceite con una hoja.
John Too la miró y contesto
--- Jovencita, es cierto, lo que pasa es que por aquí no podemos pedir un delivery ni podemos irnos a un restaurante del ambiente suyo, tendrás que comer el aceite con hoja ,porque si usted compra maquillaje generalmente termina a tiros la situación, no quiero imaginar cómo puede terminar una simple comida .
--- Usted tiene que alimentarme .No habrá necesidad de asesinarme, con usted voy a morirme de hambre
--- niñita; yo lo lamento . no tengo dinero para eso, no está incluido en los viáticos, son para mí ,esa costumbre de las muchachas de Corea del Sur que el tipo tiene que pagarlo todo todo todo todo todo todo ,aplica claro que aplica, pero no en este momento y no entre nosotros dos .
---Y entonces ;cómo pretende usted que yo coma?
--- haremos un crédito ,a la final usted lo pagará .
--no voy a comer comida de aceite con lo que sea .
---pues tendrá que hacerlo ---repuso tajante John Too
Al rato John llamó a alguien y le dijo ---Hola cosa, estamos nuevamente por aquí .No no estoy preso ,No ,todavía no he matado a nadie. por favor en este momento no puedo dar muchas explicaciones. No tampoco estoy haciendo pornográficas, ya dejé eso. sí comida eso es lo que necesitamos .sí para dos y trata que sea decente, es una dama. No no es una prostituta, tampoco es eso no Y eso menos.
Una vez terminado de hablar, John destruyo el celular desechable, había comprado unos 10 .
la joven Lo miró
--- Y en qué momento compró eso?
--- Los tenía por ahí .son cosas que son parte de estos trabajos.
--- Ya veo señor John Too que su currículum es bastante extenso. no me interesa mucho escucharlo. Y por favor recuerde que no quiero que se acerque mucho a mí, pronto vamos a dormir y estoy realmente cansada .
--será exactamente igual que ayer.
---Un rato después, en la oscuridad cada quien en su punta, John dormía tranquilamente . La joven se relajó y durmió para despertar casi ahogada,sin poder respirar.Era que la pierna de John tú encima de las de ella la inmovilizába, y la cara de John Too estaba metida completamente en su pelo; la joven sintió aquella protuberancia dura como el acero golpear, comprimir y casi fracturar su cadera .No le quedó menor duda qué parte de John Too era.
Indiscutiblemente se veía que ese hombre era una bestia brutal para el sexo y por un momento se estremeció. John Too hizo un sonido y continuó durmiendo, mientras que la joven trataba inútilmente desafarse de él ,para sentir que el brazo de la apretaba más fuerte y el musitaba entre sueños
-- Eres divina, tragatelo todo, así, eres lo máximo, tómalo todo ..Tómalo todo...
Con un esfuerzo la joven logró empujar el Cuerpo de John Too. En la oscuridad miró el rostro de felicidad de John Too al dormir, Era más que evidente saber que era lo que el hombre soñaba.
-- Asqueroso Sucio, degenerado básico -- susurro la joven disgustada,entendiendo las cochinadas que el hombre soñaba con ella.
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El tarde del 4to día ,Callejón sin salida – Mong Kok, 3:17 PM , El hedor a orines viejos, basura fermentada y aceite quemado de los woks de los puestos cerrados se pegaba a la garganta. La lluvia había parado hacía veinte minutos, pero el suelo seguía brillando negro y resbaladizo como petróleo.
Venían caminando tranquilamente. Kim Jon Park está segura que si se vería en un espejo no se reconocería.Este degenerado la había obligado a comprar ropa usada,para pasar desapercibida.
En ese instante sus pupilas quedaron dilatadas, la respiración entrecortada, los labios entreabiertos temblando. No era solo miedo. Era miedo y otra cosa mucho más oscura que le subía por la columna como corriente eléctrica.
Cuatro figuras se materializaron desde la boca del callejón. Cuatro hombres. No amateurs de barrio. Sicarios de nivel medio-alto. Botas militares chinas sin marca, guantes de cuero negro sin dedos, navajas balisong que ya giraban entre los dedos con ese tic nervioso de quien ha matado muchas veces y ya no necesita pensar demasiado.
—Joder… ahí está la puta —masculló el primero, el que llevaba la cara llena de cicatrices de acné viejo.
John Too susurro una maldición,y escupió con fastidio , dio un paso al frente y puso el cuerpo entre ella y ellos. Metro noventa y tres. Hombros que parecían romper la camisa negra ajustada. Cicatriz limpia que le cruzaba la ceja izquierda y bajaba hasta el pómulo. Ojos que en ese momento no tenían nada humano.
—No vais a tocarla —dijo con voz plana. No era amenaza. Era constatación. El de la cicatriz soltó una risita ácida.
—¿Y qué vas a hacer, guaperas? ¿Pedirnos que nos vayamos por las buenas? Porque más bien nos la chupas y participas .Te va a gustar
John Too no contestó. Simplemente se quitó la americana con un movimiento lento, casi ceremonial, y la dejó caer en un charco. Debajo solo llevaba una camiseta negra ceñida, empapada ya. Los músculos del pecho y los brazos se marcaban como si estuvieran tallados en piedra mojada. El primer sicario se lanzó con la navaja en arco amplio hacia el hígado. Error. K giró la cadera medio centímetro, dejó que la hoja pasara rozando la tela, y al mismo tiempo le clavó el codo derecho en la sien con un golpe seco, horizontal, de esos que suenan como si partieran una rama gruesa. El hombre ni gritó. Se le apagaron los ojos antes de tocar el suelo. Desmayado convulsionando antes de caer. El Segundo sicario: más inteligente, sacó una pistola compacta, una Glock 26 recortada.
John ya estaba en movimiento. Avanzó como un tren de mercancías. El sicario disparó dos veces. La primera bala pasó rozando la oreja de K, arrancándole un poco de cartílago. La segunda rozo el antebrazo izquierdo que K levantó como escudo. El impacto le hizo retroceder medio paso, pero no lo detuvo. Agarró la muñeca del tirador, la torció hacia fuera con un chasquido nauseabundo al producirse la fractura de la muñeca y mano del idiota , y al mismo tiempo le metió los dedos índice y medio directamente en los ojos. Casi que Hasta el fondo. No con saña. Con precisión quirúrgica. El hombre soltó un aullido ahogado, gorgoteante.
En instantes John giró la cabeza del tipo y le estrelló la frente contra el borde de un contenedor de basura. Crujido. La sangre estalló por todos lados, salpicando el metal oxidado.El Cuerpo se deslizo como un saco de arroz reventado.
Kim , apoyada en la pared, tenía los puños apretados contra el pecho. Respiraba por la boca, rápido, superficial. Los muslos le temblaban. No era solo terror, era ver la brutal y sádica violencia de John Too al actuar, era un monstruo que disfrutaba fracturando,hiriendo,pateando en la gargantaa los idiotas que lo retaron.Disfrutaba combatir, soltaba una rabia que Lucia incontenible
. Tercero y cuarto atacaron juntos. Uno traía un machete corto tipo golok, el otro una barra de acero con cinta aislante en un extremo. K recibió el primer golpe de barra en el hombro izquierdo. El hueso crujió audiblemente, Pero no se fracturo. No se inmutó. Giró sobre sí mismo y le metió una patada frontal directa en la tráquea al del machete. No una patada bonita de taekwondo. Una patada de muay thai callejero, con toda la planta del pie, talón abajo. La nuez se hundió como si fuera de cartón. El hombre cayó de rodillas, intentando aspirar aire que ya no llegaba, gorgoteando sangre. El de la barra volvió a golpear. Esta vez a la cabeza. K se agachó un milisegundo antes. La barra silbó sobre su pelo empapado. Aprovechó la inercia del fallo, se levantó dentro de la guardia del tipo y le clavó la palma abierta en la sien izquierda. Una vez. Dos veces. Tres veces. Rápido. Brutal. Cada impacto hacía que la cabeza rebotara contra la pared como una pelota. Al tercero el ojo izquierdo del sicario reventó dentro de la órbita. Al cuarto la sien se hundió. El quinto golpe ya fue innecesario, pero a John le dió igual . Porque sí. Hasta que todo quedó en Silencio. Solo la lluvia que volvía a caer, fina, y la respiración entrecortada de ella.
John se giró despacio. Sangre ajena le corría por la cara, mezclada con la suya propia de la oreja y del hombro. La camiseta negra estaba rota en el brazo y empapada de rojo oscuro. La mano izquierda le colgaba un poco floja, probablemente fractura. No parecía importarle. La miró. Ella lo miraba a él. Los ojos de ella estaban vidriosos, enormes, casi negros de lo dilatadas que tenía las pupilas. El pecho subía y bajaba demasiado rápido. Los labios entreabiertos, húmedos de lluvia y de algo más. Las piernas ligeramente separadas, como si necesitara más apoyo. El vestido pegado marcaba cada curva, cada pezón endurecido por el frío y por otra cosa que no tenía nombre decente. No hablaron. No hacía falta. John dio un paso hacia ella. Luego otro. Ella no retrocedió. Cuando estuvo a menos de medio metro, ella levantó una mano temblorosa y le tocó el pecho, justo donde la camiseta se había roto y se veía la piel cortada y el músculo tenso debajo. Los dedos de ella estaban helados. Los de él, cuando le sujetó la muñeca con suavidad brutal, estaban calientes, manchados de sangre. No se besaron. No se dijeron nada. Solo se quedaron ahí, respirando el mismo aire podrido del callejón, mientras la adrenalina todavía les corría por las venas como gasolina. Ella apretó los muslos entre sí, casi imperceptiblemente. Un espasmo pequeño, involuntario. La mandíbula tensa intentando contener lo que le subía por la garganta. Lo que le quemaba entre las piernas.
John lo vio. Lo supo. Y no hizo nada. Solo la miró fijamente, con esa mirada que era mitad promesa, mitad amenaza, mientras la lluvia les caía encima a los dos. Cuatro cadáveres a sus pies. Cuatro vidas apagadas en menos de noventa segundos. Y entre ellos, ese silencio eléctrico, enfermo, que ninguno de los dos se atrevía todavía a nombrar. Ella cerró los ojos un segundo, como si intentara contener el gemido que le nacía en el fondo de la garganta. No lo consiguió del todo. Un sonido pequeñito, ahogado, sexual, se le escapó entre los labios. John apretó la mandíbula hasta que los músculos se marcaron como cables de acero. Y siguió sin moverse. Porque los dos sabían que si uno daba el siguiente paso, ya no habría vuelta atrás. Y todavía no era el momento. O tal vez sí. Pero ninguno de los dos se atrevió a decidirlo esa noche. Solo se quedaron allí, empapados de lluvia y sangre y deseo contenido, mientras las sirenas empezaban a sonar a lo lejos. Y el callejón, testigo mudo, siguió oliendo a muerte y a sexo que aún no había sucedido.
Finalmente John habló y le dijo
--Vámonos de aquí ,posiblemente la policía de Hong Kong va a llegar dentro de un rato y no son los policías azucarados de Seúl, y quiero que me digas algo .desde cuándo te acuestas con tu padre ?
ella apretó los labios no tenía por qué seguir fingiendo
--- No es mi padre, soy adoptada y ciertamente es algo tóxico sucio y enfermizo. Creo que la primera vez realmente fue estando muy joven...Demasiado... sabrás entender. Y desde ahí no nos frenamos más nunca,v él ciertamente tiene una relación con su socio y todo esto es por celos, todo esto es por eso, para ambos yo soy un estorbo.
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Esa noche cenaban en un restaurant muy lujoso y vacío ..
Continuara

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La
CAPÍTULO 5: EL BANQUETE DE LOS MONSTRUOS
I.
El aire en el inmenso local estaba estancado, cargado con el olor a sándalo viejo, grasa de pato laqueado y un rastro casi imperceptible de humedad portuaria. Kim recorrió con la mirada las mesas de madera pesada, piezas de artesanía laqueada que brillaban bajo la luz mortecina de las lámparas de papel. Cada rincón del restaurante parecía diseñado para ocultar conspiraciones; era un espacio de un lujo decadente, silencioso y vasto, como un mausoleo para vivos donde el eco de los pasos moría antes de tocar las paredes.
—Vaya. Es el primer sitio decente al que me trae —dijo ella, dejando que su bolso de marca cayera sobre la silla con un golpe seco que interrumpió la paz sepulcral del lugar.
John Too no respondió de inmediato. Se sentó con la espalda pegada a la pared, su posición táctica habitual, barriendo la entrada con una mirada mecánica que no descansaba.
—Es de mi exesposa —soltó finalmente, con una voz que arrastraba el cansancio de mil batallas y el polvo de demasiados caminos secundarios.
Kim enarcó una ceja, una chispa de malicia asomando en sus ojos oscuros, esa insolencia que era su única arma contra el mundo que la aplastaba.
—¿Me trajo para enviarle el mensaje de que logró engañar a una incauta? ¿Cómo es que ella permite que venga aquí? ¿Es una especie de santuario para criminales retirados?
—Es complicado. Digamos que compré la membresía —sentenció John, cortando cualquier intento de indagar en su pasado. Para él, ese local no era un restaurante; era un Estado-Fortaleza emocional, un territorio neutral donde las deudas de sangre se pausaban por el tiempo que durara una comida. Era el único lugar en Hong Kong donde podía cerrar los ojos sin que el acero le rozara la garganta.
II.
La muchacha jugueteaba con los palillos de madera, pero su mirada estaba perdida en algún punto del vacío. El juego de la "niña rica en apuros" se estaba agotando. La realidad de la dependencia, el miedo a los profesionales de Seúl y la cercanía constante de John estaban alterando su sistema nervioso.
—Señor Too, quiero regresar —dijo ella de repente. El tono era llano, carente de la teatralidad habitual—. Han pasado ocho días. Mañana mismo quiero estar en un avión. Yo le pagaré los ochenta mil dólares. Se los daré yo misma, de mis fondos privados. Ya no necesito que mi padre o su socio autoricen nada.
John dejó de observar la puerta para fijar sus ojos en ella. El modelo de Gradual Absorption le decía que algo había hecho "clic" en la mente de Kim, pero no era la madurez, sino una pulsión más oscura.
—¿No puede vivir sin su padre? —preguntó con una voz neutra, casi clínica—. ¿O es que el aire libre le está provocando agorafobia?
—No puedo vivir sin él. Es más que eso —respondió ella, inclinándose hacia adelante, permitiendo que la luz de la mesa resaltara las ojeras que el maquillaje no lograba ocultar—. Además, hay otro inconveniente. Un inconveniente que tiene nombre y apellido, y que duerme en la misma habitación que yo.
John frunció el ceño.
—¿Y cuál es? —preguntó, justo cuando el mesonero, un hombre de edad indefinida con ojos de esfinge, servía dos cuencos humeantes de sopa "Buda salta la pared". El caldo, famoso por ser tan delicioso que obligaría a un monje a romper sus votos, desprendía un aroma a colágeno, marisco y especias milenarias.
—La otra noche usted intentó violarme —acusó ella. Lo dijo con la calma aterradora de quien ha ensayado una mentira hasta convertirla en verdad interna. Sus ojos se llenaron de un brillo acuoso, un sollozo que estaba ahí, al borde del abismo—. Y sé que si sigue durmiendo junto a mí, lo va a lograr. Va a dañarme física y emocionalmente de por vida.
III. L
John Too sintió que el mundo se detenía. La cuchara, llena de ese caldo legendario, quedó suspendida a mitad de camino entre el cuenco y su boca.
—¿Que yo... qué?
—Lo que escuchó. Y sé que disfrutará haciéndolo. No logro superar la imagen de su rostro la otra vez, cuando mató a esos tipos en el callejón. Se veía... extasiado. Sé que disfrutará hacerme daño. Usted es un sádico que se esconde detrás de un contrato.
—¡Señorita Park, la estaba salvando! —exclamó John, dejando caer el cubierto con un estruendo que resonó en el local vacío como un disparo. La indignación le quemaba el pecho. Él era un ejecutor, un hombre que vivía en el lodo, pero tenía un código. ----- Esos tipos iban a meterla en una bolsa y usted me acusa de...
Ella guardó silencio y lo miró fijamente, con una intensidad que parecía querer perforarle la piel.
—Yo estaba despierta la otra noche. Lo escuché hablar dormido. No decía nombres de mujeres, decía órdenes. Gritaba en sueños. Y la expresión de su rostro... era de una depravación limitada. Una violencia contenida que busca un escape. Y yo soy ese escape, ¿no? La "incauta" a la que tiene que cuidar.
John no supo si reírse por lo absurdo de la acusación o preocuparse por lo que su propio subconsciente proyectaba en las horas de duermevela. Optó por lo único que sabía hacer para no perder los estribos: comenzó a comer. La sopa estaba caliente, quemándole la lengua, pero necesitaba ese dolor físico para anclarse a la realidad.
IV.
La muchacha, viendo que su ataque no había provocado el colapso de John, se vio obligada a desnudarse emocionalmente. La máscara de la "acusadora" cayó, dejando paso a la víctima real, a la sobreviviente de un naufragio que nadie más veía.
—Llegué del liceo. Era viernes —empezó a decir, su voz volviéndose pequeña, monocorde, como si estuviera leyendo un informe policial sobre su propia vida—. Tenía dieciséis años. Fui a mi cuarto. Estaba cansada, hacía calor. Decidí dormir una siesta. Me quité la ropa porque el aire acondicionado estaba roto... Me masturbé y me quedé profundamente dormida, desnuda sobre las sábanas de seda.
John dejó de masticar. El instinto le decía que se levantara y se fuera, que esa información era un veneno para el cual no tenía antídoto. Pero estaba atrapado por la fascinación del horror.
—Un dolor terrible me despertó. Un peso inmenso sobre mi cuerpo. Era mi padre. Mi padre, John. No fue un accidente, no fue una confusión. Fue brutal, sin piedad, como si estuviera castigándome por existir. No pude defenderme... sus manos eran como grilletes.
Hizo una pausa, y por un segundo, la luz de la lámpara pareció temblar.
—Lo más horrible no fue el dolor. Fue lo que pasó después. Terminamos besándonos descontroladamente. Mi mente se quebró, supongo. Mi cuerpo reaccionó de una forma que mi alma odiaba. Él se durmió dentro de mí. Como si fuera el dueño legítimo de cada centímetro de mi piel.
John quedó estupefacto. El contenido del estómago se le revolvió. La sopa "Buda salta la pared" ahora le sabía a podredumbre. La imagen de la muchacha desnuda, rota por el hombre que debía protegerla, se superpuso a la imagen de la mujer fatal que caminaba por Hong Kong.
—Ahórrese los detalles —gruñó John, su voz cargada de una bilis amarga—. Realmente no me interesa. No soy su confesor.
—Necesito que lo entienda —continuó ella, ignorando su rechazo—. Necesito que entienda por qué quiero regresar. Él me necesita. Es un anciano ahora, está débil. No puedo dejarlo en manos de su socio. Ese hombre lo está drenando, le está robando la empresa. Si yo no estoy allí para... para cuidarlo, puedo perderlo. Y si lo pierdo a él, no tengo nada.
—¿Qué edad tiene su padre? —preguntó John, tratando de encontrar una lógica, aunque fuera perversa, en ese caos.
—Setenta años —respondió ella, con dos lágrimas perfectas rodando por su rostro, dos gotas de cristal que brillaban como diamantes en el fango.
—Es un pedazo de basura —exclamó John, incapaz de contenerse. El profesionalismo se había ido por la ventana. Esto no era estrategia, era náusea pura—. Un viejo verde, un depredador de su propia sangre.
—Nuestra primera vez él tenía sesenta y seis años —dijo ella, con una frialdad que le erizó los vellos de la nuca a John—. Luego mi tía nos descubrió. Abrió la puerta de la biblioteca y nos vio. Se quedó allí, de pie, viéndonos mientras yo le hacía un oral. No me detuve ni por un instante. La miré a los ojos mientras lo hacía. Quería que supiera que él era mío. Que yo era la única que podía darle lo que necesitaba.
V. El Bate y el Moutai
John Too cerró los ojos con fuerza. Visualizó la escena: la biblioteca lujosa, el olor a cuero y tabaco, la traición familiar absoluta. Se sintió sucio por haber sentido deseo por ella, por haber admirado su caminar. Ella no era una mujer, era un síntoma. Un experimento emocional fallido.
—Está bien —dijo John, poniéndose de pie con movimientos rígidos—. Mañana mismo volveremos a Seúl. No puedo seguir con esta farsa. Esta noche se quedará en un hotel de lujo, bajo vigilancia externa.
—¡Por favor! —gritó ella, agarrándole la manga de la chaqueta—. ¡No me deje sola! En estos ocho días me he vuelto muy dependiente emocionalmente de usted. Usted es el único que me mira sin querer usarme... o eso creía hasta que lo escuché hablar dormido.
—Mañana mismo nos iremos —repitió John, zafándose de su agarre con una brusquedad que la hizo retroceder—. Mi trabajo termina en la aduana de Incheon.
Ella lo miró con una mezcla de odio y una admiración retorcida.
—Gracias, Too. Realmente he tenido fantasías con usted. Me fascinan los hombres feos, y mire que usted lo es. Tiene una cara que parece un mapa de crímenes sin resolver. Pero... —su mirada descendió de forma descarada hacia la entrepierna de John—... su bate... no puedo quitármelo de la mente. Desde que lo vi en la cama, esa forma... esa promesa de violencia. Es lo único que me mantiene despierta.
—¡Basta! —rugió John—. Creo que ha sido suficiente. No soy tu padre, no soy tu amante y no voy a ser tu próxima víctima emocional.
En ese momento de tensión insoportable, el mesonero regresó. Caminaba con un silencio sobrenatural sobre el suelo de madera. En sus manos traía una botella de cerámica blanca: licor Moutai, el orgullo de Guizhou, con un contenido alcohólico que podía desinfectar heridas de guerra y borrar recuerdos persistentes.
—Cortesía de la casa —indicó el hombre, sirviendo el licor
en dos pequeñas copas ceremoniales de porcelana.
Brindaron en un silencio sepulcral. John bebió su copa, sintiendo el fuego líquido bajando por su esófago, una explosión de aroma a grano fermentado que le nubló la vista por un segundo. Kim bebió la suya con la desesperación de quien busca el olvido.
De inmediato, los ojos de la joven se abrieron desmesuradamente. El mundo pareció girar para ella. El sedante mezclado con el Moutai hizo efecto en menos de diez segundos. Su cuerpo se aflojó como el de una marioneta a la que le cortan los hilos. John Too, con la agilidad de un depredador que conoce cada síntoma de la debilidad, la tomó cargada antes de que su frente impactara contra la madera laqueada.
El mesonero lo ayudó a sostenerla, moviendo la silla en silencio. El hombre miró a John con una expresión neutral, pero cargada de una sospecha ancestral.
—No es como luce —le dijo John, adivinando el juicio en los ojos del viejo—. Es una carga. Solo eso.
VI.
La llevó al cuarto privado en la planta superior, un espacio pequeño pero lujoso, reservado para los "miembros" de la exesposa de John. Al depositarla en la cama, ella pudo musitar unas últimas palabras antes de sucumbir a la negrura inducida.
—Sé lo que vas a hacerme... —balbuceó Kim, sus labios apenas moviéndose—. Bestia. Sádico. Monstruo. Vas a disfrutarlo... como él.
John hizo un gesto de negación, un movimiento casi imperceptible de la cabeza. La observó allí, tendida, con el cabello desparramado sobre la almohada, luciendo tan inocente como el día en que su padre decidió destruirla.
John Too se sentó en la silla frente a la cama. No iba a dormir. El Moutai no había sido cortesía de la casa por generosidad, sino por necesidad táctica. Necesitaba que ella estuviera fuera de combate para poder procesar lo que acababa de descubrir.
Porque John, a pesar de su aspecto de bruto y su vida de mercenario, lo sabía todo ahora. La confesión de Kim no era solo el desahogo de una víctima; era el mapa de una conspiración.
Quizás El socio del padre no la quería fuera por negocios; la quería fuera porque ella era el único testigo de que el viejo estaba perdiendo la cabeza, de que el incesto era solo la punta del iceberg de una demencia senil que amenazaba con hundir el imperio.
O la Tía ... Allá en Seúl no quería que ella volviera no por odio, sino porque ella era la única que mantenía al padre con vida, alimentando su perversión para mantener el control.
Repentinamente lo entendió... Lo entendió todo
John Too miró su arma sobre la mesa. Sería bruto, tosco y tendría una vida perdida... pero en ese momento, rodeado por el silencio de Hong Kong, era el único hombre con un gramo de moral en un radio de mil kilómetros.
—Mañana volvemos a Seúl —susurró John al vacío—. Pero no vamos a una reunión familiar. Vamos al matadero.
Continua
:
I.
Seúl era una galaxia de cristal y neón frío que parecía rechazar la presencia de John Too. Han pasado 45 días desde que aterrizaron en el aeropuerto de Incheon, 45 días en los que la realidad se desmoronó y se reconstruyó con una arquitectura de mentiras perfecta.
John estaba de pie en la acera de una avenida iluminada con la precisión quirúrgica del lujo coreano. Sus manos, metidas en los bolsillos de una gabardina barata que olía a tabaco y cansancio, se apretaban contra el vacío. Miraba pasar el cortejo nupcial: una procesión de vehículos negros, pulidos hasta el exceso, que transportaban la culminación de un plan maestro.
Había intentado contactar a Kim durante las primeras semanas. Le envió varios mensajes de texto, palabras escuetas que buscaban una confirmación, no de afecto, sino de cordura. Ella nunca respondió. John, fiel a su código de supervivencia emocional, dejó de insistir. Si ella te ignora, aléjate y olvídate. Ella fue un cliente, nada más. Una transacción de 80,000 dólares que ya descansaban en su cuenta, el precio por haber sido el medio silencioso de una carnicería invisible.
Mientras el coche nupcial pasaba frente a él, John recordó el tatuaje en el muslo de Kim: una rosa negra. La señal universal que él siempre había ignorado: "si tiene tatuajes y piercings en lugares que no ves, no te acerques". Ella le había faltado el respeto una vez en Hong Kong, y el respeto para John no era negociable. En ese tiempo, ella solo le escribió una vez, un mensaje que destilaba la misma toxicidad que su relación familiar: "Quiero verte desnudo aunque sea una sola vez y tocarlo, te daré otros 80,000 dólares por besarlo".
John no contestó. Un hombre que se respeta no es un juguete para los experimentos de una mujer que vive en el caos. Si ella trae drama desde el principio, el matrimonio será un infierno. Y el espectáculo que veía ahora en la avenida era el infierno vestido de seda blanca.
II.
El recuerdo del funeral de Park Sang-hoon, el padre de Kim, y de su tía, Park Ji-soo, todavía le quemaba en la retina. Sucedió poco después de volver de Hong Kong. La versión oficial fue un asalto violento durante los días en que ellos estaban "escondidos". Una Kim hecha un mar de lágrimas, envuelta en un luto impecable, fue acompañada por un John Too silencioso, quien actuaba como una sombra protectora frente a las cámaras.
Pero mientras John observaba el entierro de Sang-hoon, la verdad empezó a filtrarse por las grietas de la actuación. Todo había sido una fachada. La historia del padre abusador y la tía cómplice que Kim le contó en el restaurante de Hong Kong fue la distracción perfecta.
El socio de Park Sang-hoon no era un anciano decrépito. Su nombre era Lee Min-ho, un apuesto y joven empresario con facciones de ídolo de K-drama y una mirada que ocultaba un abismo. Min-ho no era un socio, era el arquitecto. Al verlos juntos en el funeral, John comprendió el juego.
Park Sang-hoon, el padre, había sido un hombre extremadamente correcto, un capitán de industria chapado a la antigua, enfocado en crear tecnología y empleo, un hombre incapaz de dañar a su propia sangre. Su tía, Ji-soo, era una mujer de fe, honesta y afable. Ellos eran el obstáculo. Eran la decencia que impedía que Lee Min-ho y Kim Park tomaran el control total del imperio.
Kim no era la víctima del incesto; era la depredadora que inventó el horror para justificar la eliminación de su propia familia. Ella y Min-ho eran la pareja perfecta: depravación, lujuria y ambición compartida. John había sido el instrumento, el testigo de una idea que nadie podía probar. Sin pruebas, sin pistas, solo el eco de una mentira contada entre cuencos de sopa en una noche de Hong Kong.
III.
El último coche del cortejo desapareció tras una curva. John Too escupió en el piso de la impecable avenida. Una vez más, había sido un instrumento. Una vez más, el mundo le demostraba que los seres que planifican sin reprimir sus ambiciones, aquellos que no conocen el peso de la culpa, son los que siempre logran sus metas.Nuevamente compro el Sesgo de anclaje;
La primera información que recibio , marco el tono de todo lo que se desencadenó despuesNo fue invitado a la boda. Sabía demasiado, pero no tenía nada. Ser testigo de los juegos de poder es una sentencia de muerte diferida. Sabía que debía irse de Seúl más rápido de lo que llegó. En este tablero, él ya no era la pieza defensiva; era el cabo suelto que alguien eventualmente querría cortar.
Abordó un vuelo hacia Bangkok esa misma noche. Necesitaba el calor húmedo, el olor a especias callejeras y la anonimidad del caos tailandés para limpiar el sabor metálico de la traición de Kim.
IV.
#
Al
V.
VI.
# Epílogo FINAL ABIERTO: LAS SOMBRAS QUE NO MUEREN
(
Continuara
EPÍLOGO: (PARTE 1)
Bangkok no es una ciudad que te dé la bienvenida; es una bestia de concreto, acero y luces parpadeantes que te mastica lentamente hasta que tus huesos forman parte de sus cimientos. El calor allí no es solo una temperatura, es una presencia física, una manta de humedad sucia que se te pega a la piel como una confesión que no quieres hacer. En el distrito de Bang Rak, dentro de un edificio que parecía sostenerse únicamente por la inercia de la decadencia, John Too yacía en una cama cuyas sábanas habían olvidado hace mucho el concepto de limpieza.
El ventilador de techo giraba con un quejido metálico constante, un clac-clac-clac rítmico que era el único sonido en la habitación aparte de la respiración pesada de dos depredadores. John miraba las aspas, contando las vueltas, tratando de encontrar un patrón en el caos, mientras el sudor le bajaba por las sienes, trazando surcos sobre las cicatrices de su rostro.
Sobre él, Abdelavis era una visión de una belleza tan perfecta que resultaba insultante. Su piel, de un blanco lunar, casi traslúcida, no sudaba. Era fría, un recordatorio biológico de que ella no pertenecía al ciclo de vida y muerte de los hombres comunes. Sus uñas, largas y endurecidas por siglos de instinto, presionaban contra el pecho de John, justo encima del corazón. Él sentía la punta de cada uña buscando el espacio entre sus costillas, una amenaza que era, al mismo tiempo, una caricia.
—No me mientas, John —siseó ella. Su voz era un susurro que cortaba el aire denso, una ráfaga de viento ártico que hizo que los poros de John se cerraran—. Dime qué hiciste con esa perra coreana. ¿La tocaste? ¿Te dejó marcarla como yo te marco a ti? ¿O permitiste que sus manos de seda recorrieran la piel que me pertenece por derecho de sangre?Mira que siempre has sido víctima del efecto Halo ,viendo rasgo positivos en personas,siempre asumiendo que tienen otros.
Te conozco,siempre Subconscientemente asumes que las personas atractivas también son más inteligentes o más amables.No dejes que una primera impresión te ciegue a la realidad.John no respondió de inmediato. En su mundo, el silencio era la única moneda con valor real. Miró los ojos de Abdelavis, esos pozos de oscuridad absoluta donde no había rastro de empatía, solo una posesividad voraz. Recordó a Kim. Recordó el perfume caro de Seúl, el olor a desinfectante de hospital y la fragilidad fingida que escondía una mente psicopática. Comparada con Abdelavis, Kim era un juguete roto; Abdelavis era el martillo que lo destrozaba.
—No pasó nada —gruñó finalmente John, con una voz que sonaba como grava siendo arrastrada por un camino seco—. Fue un contrato. Protección. Dinero. Ochenta mil dólares por ser su sombra en Hong Kong y su guardaespaldas en Seúl. No hubo nada personal. Los mercenarios no tenemos sentimientos, Abdelavis. Tú deberías saberlo mejor que nadie.
Abdelavis soltó una risa que no tenía nada de humano. Fue un sonido bajo, una vibración que John sintió directamente en su esternón. Ella se inclinó más, presionando sus labios contra el lóbulo de su oreja, inhalando su aroma con una intensidad que rozaba la necrofagia.
—Mientes mal, mi amor —dijo ella, y John sintió el roce de un colmillo contra su piel—. Puedo olerla en ti. El aroma de su desesperación, de su narcisismo enfermo. Hueles a ella porque permitiste que se acercara a tu zona de seguridad. Sé cómo operan las de su clase. Las mujeres dañadas, las que coleccionan traumas como si fueran joyas de Cartier, siempre buscan a hombres como tú para que limpien su sangre. ¿Te excitó su caos, John? ¿Te gustó ser el testigo de sus mentiras sobre el incesto? ¿Te sentiste poderoso siendo el único que sabía que ella era la que sostenía el cuchillo?
John cerró los ojos. La precisión de Abdelavis era quirúrgica. Ella conocía los resortes de su psique mejor de lo que él mismo los conocía. Había una verdad incómoda en sus palabras: Kim lo había atraído no por su belleza, sino por la magnitud de su desorden psicotraumatico sexual adicional con un grave caso de.hibristofilia . Era una atracción de abismo a abismo.
—Ella era un activo —dijo John, tratando de recuperar su frialdad profesional—. Una pieza en un tablero corporativo. La devolví a su dueño y cobré mi parte. Fin de la historia.
—Las historias nunca terminan con un cheque, John —replicó ella, incorporándose ligeramente, dejando que su cabello negro, pesado como la obsidiana, cayera sobre los hombros de él—. Las vampiras somos cruelmente celosas. No aceptamos que nuestras posesiones se distraigan con experimentos emocionales de niñas ricas. Ella te marcó, John. Puedo sentir su marca en tu energía. Y me ofende. Me ofende profundamente que un ser tan inferior haya ocupado un solo pensamiento de la mente que yo moldeé.
Ella clavó las uñas un poco más profundo, y John sintió el primer hilo de sangre caliente corriendo por su esternón. No retrocedió. Sabía que con Abdelavis, la debilidad era una invitación al desastre. El sexo con ella no era un acto de amor; era un combate, una reafirmación de dominio. Tenía que darle lo que buscaba, un despliegue de fuerza y resistencia, o el castigo sería físico y devastador. En el código de los seres disfuncionales, el dolor era la prueba más honesta de lealtad.
—¿Viniste desde Hong Kong solo para revisar mi historial de clientes? —preguntó John, desafiándola con la mirada—. ¿O la hibernación te dejó tan hambrienta que necesitas pelear con un fantasma coreano?
Abdelavis sonrió, y por un momento, la habitación pareció oscurecerse aún más.
—Vine por lo que es mío. Y vine a presentarte el resultado de nuestro único momento de debilidad biológica.
Ella se levantó con una gracia que desafiaba las leyes de la física, caminando desnuda por la habitación sin el menor rastro de pudor. Se acercó a una mesa coja donde reposaba una fotografía vieja. La tomó y se la arrojó a John.
—Nuestra hija —dijo, y su voz cambió, adquiriendo un matiz de orgullo cruel—. Se llama Lira. Tiene cuatro años. Hiberné para protegerla de tus enemigos, de esos perros de la Brigada Fénix que todavía buscan tu rastro, y de las mafias que dejaste sangrando en cada puerto. La crié en las sombras, lejos de tu vida de perro callejero. Pero ahora, ella reclama a su padre. Un padre que, irónicamente, estaba demasiado ocupado cuidando a una psicópata en Seúl.
John tomó la foto. Sus manos, que nunca temblaban frente a un cañón, sintieron un leve espasmo. En la imagen, una niña de piel pálida y ojos intensamente negros lo miraba con una expresión que no tenía nada de infantil. Era una miniatura de la brutalidad de John y la elegancia letal de Abdelavis.
—Padre... —masculló John. La palabra se sintió extraña en su boca, como un idioma que nunca había hablado.
—Eres un padre, John Too —sentenció ella, volviendo a la cama y sentándose sobre sus piernas, atrapándolo—. Y eso significa que tus deudas ahora son las de ella. He venido a sacarte de este agujero de Bangkok. Pero antes, vas a borrar el rastro de esa Kim de tu sistema. Vas a contarme cada detalle de cómo la miraste, de cómo la protegiste, y luego vamos a cazar a los que ella envió para liquidarte. Porque sí, John, la "incauta" no te dejó ir. Envió un equipo de limpieza a esta ciudad hace tres días. Creen que eres un cabo suelto.
John sintió una punzada de adrenalina fría. Así que Kim había optado por la solución definitiva. Sus desórdenes de personalidad, su necesidad de control, la habían llevado a intentar borrar al único testigo de su verdadera naturaleza.
—Si hay un equipo de limpieza —dijo John, sus ojos volviéndose dos rendijas de acero—, entonces Bangkok va a necesitar una morgue más grande.
Abdelavis lamió la sangre de su pecho, un gesto de posesión final.
—Ese es el John que recordaba. Olvida a la coreana. Ahora tienes una familia que proteger. Y créeme, somos mucho más peligrosos que cualquier cosa que hayas visto en Seúl.
Epílogo parte II.
Salieron del cuartucho de Bang Rak cuando la medianoche ya había sido devorada por la madrugada tailandesa. Bangkok, a esas horas, se transforma en una pecera turbia donde los depredadores nadan sin interferencias. Caminaron por los callejones de la zona de Silom, esquivando charcos de agua aceitosa que reflejaban las luces de neón rosa y azul de los bares de mala muerte.
John sentía la presencia de Abdelavis a su lado; no caminaba, se deslizaba con una gracia felina que hacía que los transeúntes —prostitutas cansadas, vendedores de droga y turistas perdidos— se apartaran instintivamente. Ella era una anomalía en ese entorno urbano, una belleza demasiado afilada para ser real.
—¿Dónde la tienes? —preguntó John, su mano derecha rozando instintivamente la empuñadura de la pistola oculta bajo su chaqueta.
—En el corazón de Yaowarat —respondió ella, sin mirarlo—. El barrio chino es el único lugar donde una vampira y su descendencia pueden pasar desapercibidas entre el olor a incienso y carne muerta. Los humanos allí están demasiado ocupados contando dinero o rezando a sus ancestros para notar que algo más antiguo que sus dioses camina entre ellos.
Llegaron a un edificio que parecía un esqueleto de concreto envuelto en andamios de bambú podridos. El aire en el distrito de Yaowarat era más pesado, saturado por el vapor de los puestos de comida callejera y el humo de los templos cercanos. Subieron tres pisos por una escalera de caracol que crujía bajo el peso de John, pero que permanecía silenciosa bajo el paso de Abdelavis.
Ella abrió una puerta de hierro reforzado con una llave que sacó de su escote, un gesto que en cualquier otra mujer habría sido sensual, pero en ella era puramente funcional. Al entrar, el ambiente cambió drásticamente. El aire era gélido, acondicionado artificialmente para mantener una temperatura que recordaba a una morgue.
Allí, en medio de una habitación despojada de muebles, sobre un colchón que parecía haber sido rescatado de un naufragio, estaba Lira.
La niña no tenía más de cuatro años, pero su postura no era la de una infante. Estaba sentada con la espalda recta, las piernas cruzadas, jugando con una muñeca de porcelana a la que le faltaba la cabeza y una extremidad. Al verlos entrar, Lira no gritó de alegría ni corrió hacia su madre. Simplemente levantó la vista. Sus ojos eran dos orbes de azabache, profundos y carentes de la inocencia que define a la infancia. Tenía la mandíbula cuadrada de John y la palidez traslúcida de Abdelavis.
—Papá —dijo la niña. Su voz era plana, monocorde, una vibración que parecía salir de una garganta que ya conocía el sabor del hierro—. Mamá dijo que eras un monstruo hecho de cicatrices y malas decisiones. ¿Es verdad?
John se quedó paralizado. Había enfrentado a ejércitos, había sobrevivido a la traición de la Rosa Negra en Seúl, pero la mirada de esa niña le revolvió las entrañas de una forma que ninguna bala había logrado. Se arrodilló lentamente, sintiendo el crujido de sus propias articulaciones. Extendió su mano callosa, llena de marcas de pólvora y nudillos rotos.
—Soy lo que tengo que ser para que el mundo se mantenga a distancia —respondió John, con una honestidad brutal—. Soy la pared de fuego que protege lo que es mío.
Lira dejó la muñeca decapitada y puso su pequeña mano sobre la de él. Sus dedos estaban fríos, una temperatura que desafiaba el clima de Bangkok.
—Bien —susurró la niña, mientras bailaba y tarareaba supa dupa love y Golden —. Yo también soy un monstruo. Mamá dice que cuando crezca, me darás tus armas y ella me dará su sed.
Abdelavis, de pie detrás de ellos, sonrió con una satisfacción cruel.
—La hibernación fue necesaria, John. Tu hija es el activo más valioso que jamás tendrás. Pero mientras tú perdías el tiempo en Seúl siendo el juguete de Kim Park, ella crecía sin la protección de su padre. Ahora, los perros de la coreana están en la calle. No buscan a una niña, te buscan a ti, pero si encuentran a Lira, la usarán para desollarte vivo.
John se puso de pie, su mirada endurecida. La mención de Kim ya no le provocaba asco, sino una sed de resolución definitiva.
—Dime qué sabes de los equipos de limpieza.
Abdelavis sacó un sobre manila arrugado y lo vació sobre una mesa metálica. Fotos, registros de vuelo, perfiles tácticos.
—Kim no es solo una "enferma psiquiátrica", John. Su desorden de personalidad la hace obsesiva. Ella cree que te posee porque te pagó esos ochenta mil dólares. En su mente, tú eres el "bate" que ella puede usar y luego desechar. El equipo que envió se hace llamar "Los Segadores de Seúl". Exmilitares. Profesionales. Están en un hotel de Khao San Road ahora mismo, esperando tu próximo movimiento.
John revisó las fotos. Reconoció a uno de los hombres: un tal Han, un tipo que había visto en el funeral del padre de Kim.
—Si están en Khao San, están en mi terreno —dijo John—. Bangkok se traga a los extranjeros que creen que pueden jugar a la guerra en sus calles.
—Iremos juntos —sentenció Abdelavis—. Lira se quedará aquí con una niñera que he contratado. Una mujer ciega que vive en el sótano; no hace preguntas y su silencio ha sido pagado con oro y la promesa de no ser devorada.
III.
Khao San Road es un circo de excesos. El ruido de la música electrónica compite con los gritos de los promotores y el olor a marihuana y sudor. John y Abdelavis se movían a través de la multitud como dos sombras proyectadas por una luz maligna. Llegaron al bar "The Black Lotus", un sitio subterráneo donde la luz es escasa y la moral es nula.
Los cuatro hombres de Seúl estaban sentados en una mesa al fondo, vigilando la entrada. No esperaban que John Too entrara por la cocina, y mucho menos que lo hiciera acompañado de una mujer que se movía a una velocidad que el ojo humano apenas podía procesar.
El enfrentamiento fue breve, brutal y carente de cualquier atisbo de heroísmo. John no era un héroe de acción; era un carnicero eficiente. Agarró al primero por el cabello y estrelló su rostro contra el borde de granito de la barra, un impacto que sonó como un coco rompiéndose. Antes de que los otros tres pudieran sacar sus armas, Abdelavis ya estaba sobre ellos.
Sus uñas rasgaron la garganta del segundo hombre en un movimiento semicircular. La sangre arterial salpicó las botellas de licor, brillando bajo las luces de neón. El tercero intentó disparar, pero John le rompió la muñeca con un puñetazo descendente y luego le hundió el cuchillo serrado en el abdomen, girándolo para asegurar que no hubiera recuperación posible.
El cuarto, el tal Han, quedó paralizado por el terror. No era John lo que lo asustaba, sino Abdelavis, que le sostenía el brazo con una fuerza sobrenatural mientras sus colmillos rozaban su yugular.
—Dile a tu jefa —susurró John, acercándose al rostro de Han, que estaba empapado en el sudor del miedo— que el contrato no terminó con dinero. Terminó con silencio. Si vuelve a enviar a alguien, no enviaré a su equipo de vuelta. Enviaré mi oscuridad a Seúl.
—Ella... ella está muerta —gimió Han—. Se suicidó hace tres días. Lee Min-ho la encontró en la bañera. Nos enviaron para limpiar a los testigos antes de que el escándalo saliera de Corea.
John se detuvo. Miró a Abdelavis. La noticia no le produjo alivio, solo una sensación de cierre frío. Kim, en su último acto de narcisismo psicopático, había decidido que si ella no podía poseer el mundo, nadie lo haría. Su muerte era el drama final de una vida construida sobre la mentira.
—Mátalo —dijo John con indiferencia—. No dejamos cabos sueltos.
Abdelavis cumplió con un movimiento seco de mandíbula. El silencio volvió al bar, solo roto por el beat lejano de la música en la calle.
IV. Epílogo Final:
Veinte días después, en una cabaña oculta en las montañas del norte de Tailandia, lejos del concreto de Bangkok y del cristal de Seúl, John Too observaba el amanecer. A su lado, Lira practicaba con un pequeño cuchillo, lanzándolo contra un tronco con una precisión aterradora para su edad.
Abdelavis salió de la cabaña, vestida con seda oscura, su piel brillando bajo la primera luz del sol, que no parecía afectarla de la misma forma que a los mitos.
—¿Qué sigue, John? —preguntó ella.
John cargó su pistola, el sonido metálico del cerrojo cerrándose fue su única respuesta inicial. Miró a la vampira y a la niña monstruo que él mismo había ayudado a crear.
—Seguimos moviéndonos. El mundo es un lugar grande y lleno de gente que necesita protección, o que necesita ser eliminada. Ahora tengo dos bocas que alimentar y un legado que forjar en sangre.
No había sentimientos tiernos. No había redención. Eran tres seres disfuncionales unidos por la violencia y la supervivencia. Kim Park era una sombra en el pasado, un recordatorio de que la locura humana es peligrosa, pero la oscuridad sobrenatural es eterna.
John Too, el hombre que no esperaba nada, finalmente tenía algo por lo que pelear: su propia estirpe de pesadillas.
Cualquiera que los viera desde la distancia solo vería a una familia extraña viajando por las carreteras de Asia. Pero los que miraran de cerca, sabrían que estaban viendo el fin de un mundo y el comienzo de una carnicería perfecta.Porque ellos vivían enmarcados absolutamente en el Sesgo de supervivencia, centrados en los ganadores e ignorando a los perdedores.El éxito deja pistas, el fracaso enseña lecciones y por eso estaban activos.
FIN TOTAL DE LA SERIE
JOHN TOO / KATHY HUNG
LA OSCURIDAD NUNCA MUERE, SOLO CAMBIA DE NOMBRE.
Continua






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