Viene de
Y continua aquí
——— • ———
Drama Romántico
I. RECONOCIMIENTO
Era un rostro diferente. Una mujer bellísima... pero no era Joya.
Kim Zuth se quedó paralizado en medio de la plaza del pueblo, con el corazón martilleando contra sus costillas como si intentara escapar de su pecho. La mujer que tenía frente a él —sentada en la terraza de aquel café colonial, riendo con naturalidad mientras sorbía algo de color verde— poseía una belleza que habría detenido el tráfico en cualquier metrópoli del mundo. Pero no era ella. No podía ser ella.
Y sin embargo...
La mujer entrecerró los ojos. Un gesto. ¡Lo volviste a hacer! Ese mismo gesto de fastidio fingido que Joya hacía cuando él le contaba alguno de sus chistes terribles, cuando la despertaba demasiado temprano los domingos, cuando le robaba la última cereza de su postre. Un mohín que producía dos hoyuelos perfectos en sus mejillas, hoyuelos que a él siempre le habían provocado una necesidad imperiosa de besarla hasta dejarla sin aliento.
Kim sintió que las piernas le fallaban,su corazón se desbocaba y perdía la visión.
Ella lo miró. Y lo hizo por tercera vez. Sin ninguna duda, sin ningún reconocimiento en sus ojos oscuros, pero con esa misma curiosidad irritada que Joya sentía cada vez que alguien la observaba con demasiada intensidad. Como si pudiera sentir su mirada sobre la piel, como un calor físico, una presión palpable que hacía que se revolviera incómoda en su asiento.
Decidió continuar impunemente. No entendía por qué lo hacía, por qué sus pies lo llevaban más cerca de aquella mesa cuando cada instinto de supervivencia le gritaba que huyera, que olvidara, que aceptara que Joya había muerto en aquella avioneta estrellada contra la montaña hacía seis meses.
Pero esa mujer —a apenas dos metros de distancia ahora— tenía los gestos de Joya, los movimientos de Joya, la forma elegante de sus manos cuando se apartaba un mechón de pelo invisible de la frente. El pelo, más oscuro ahora, más largo, pero con el mismo brillo cobrizo bajo el sol de la tarde.
Era para volverse loco.
Se mostró interesadísimo en las dos chicas que se sentaron en su misma mesa; pues el local estaba súper copado de una multitud de madres con sus hijos buscando desesperadamente un sustituto.
Kim midió el hombre.Un tipo atractivo,sereno,distendido y una niña de unos 10 años con ojos de lince— y le regaló a la desconocida su sonrisa más devastadora, esa que había perfeccionado en años de conquistas fáciles y despedidas amargas. La sonrisa fue vista, por supuesto, por la señora, quien frunció el ceño con desaprobación, y por la niña, quien lo observó con una mezcla de fascinación y sospecha.
Descarado, le regaló una sonrisa a la niña. Nunca se sabía cuándo un aliado inesperado podía resultar útil.
El teléfono vibró en su bolsillo. Kim ignoró la llamada. Volvió a vibrar. Y otra vez. Con un gruñido, finalmente lo sacó y miró la pantalla: "Padre..Meck de entrepito como siempre ". Sintió que el estómago se le cerraba en un nudo.
—¿Qué? —respondió con brusquedad, alejándose unos pasos.
La voz de Meck Zuth —el magnate, el estratega, el hombre que había construido un imperio sobre los cuerpos de sus enemigos,el simpático criminal— sonó cristalina y letal en su oído.
—Llevas tres días desaparecido, Kim. La señorita Huan Gonzales Xian está preguntando por ti. Su padre está... impaciente.
Kim cerró los ojos. . La heredera. La belleza con títulos de negocios y casi dueña de su vida. La mujer que su padre había elegido para consolidar una alianza que valía miles de millones.
—Estoy ocupado —murmuró.
—Ocúpate en volver. Tienes hasta el viernes. Después de eso, saldré a buscarte personalmente. Y no me obligues a hacerlo, Kim. No sería... conveniente para nadie.
El corazón de Kim dejó de latir. Literalmente. Un segundo, dos, de silencio absoluto en su pecho mientras procesaba la amenaza velada.
—No sé de qué hablas —logró decir, pero su voz sonó ronca, derrotada.
—Siempre lo sé todo. Ahora, vuelve a casa, cásate con , y olvida las cosas .
Kim no respondio.durante largos segundos, sintiendo cómo la trampa del destino se cerraba a su alrededor. Estaba más que seguro queSu padre sabía. Su padre siempre sabía todo. Y ahora tenía una elección imposible: obedecer y salvar la vida de Joya, o desafiar al diablo mismo y arriesgarlo todo.
Guardó el teléfono y volvió a mirar hacia la mesa del café. La mujer seguía allí, ajena al terremoto que acababa de causar en su vida.
---"No es ella", se dijo. "No puede ser ella."
Pero sus ojos no mentían. Y su corazón, ese traidor, ya había tomado una decisión.
II.
José Ching estaba en medio de una historia épica sobre un cliente que había intentado venderle un carro inundado, pero ella no escuchaba. Joya —o como se llamara ahora, porque incluso su propio nombre le resultaba extraño, ajeno, como ropa prestada— estaba a punto de levantarse de la silla y arrastrar por el medio de la calle a las dos que estaban sentadas en la mesa de al lado.
. Haciéndole fiestas al hombre frente a ella.
Bueno, no exactamente frente a ella. El desconocido —alto, criminalmente apuesto, con esa arrogancia peligrosa que irradiaba de cada poro,por un momento estaba hablando por teléfono con expresión tormentosa. Pero antes había estado mirando. No, no mirando. La estaba Devorando con los ojos.
Y ella sentía cada segundo de esa mirada como si fuera un tacto físico, una quemadura en la piel que la hacía querer cubrirse y exponerse al mismo tiempo. Había algo en ese hombre que despertaba en ella una tormenta de emociones contradictorias: miedo, curiosidad, y algo más profundo, más antiguo, que no tenía nombre pero que le hacía temblar las manos.
—No sé —dijo dramáticamente de repente María Ling, con un suspiro teatral que interrumpió tanto la historia de José como los pensamientos de Joya—. Nunca le había hecho mucho caso a eso. Pero creo que me voy a enamorar.
Joya parpadeó. María Ling estaba en las nubes, literalmente, contemplando al descarado comedor de fresas que había estado observando a su... bueno, a ella.
—Eres una niña —dijo Joya, más brusca de lo que pretendía—. No sabes lo que dices.
—Tengo diez años —protestó Ling—. Y sé reconocer al hombre de mi vida cuando lo veo. Además, tú también lo estás mirando. Lo vi.En la escuela nos dijeronn que gracias a la ideología Woke ahora habían 200 sexos diferentes y que había descendido la edad de permisibilidad.Que viéramos el ejemplo de los islámicos que se casan con niñas.
Joya sintió que el calor subía a sus mejillas. Negó con la cabeza, pero la negación sonó falsa incluso para sus propios oídos.
—Estoy con tu padre —dijo, como si eso explicara todo, como si eso pudiera protegerla de lo que sentía.
—Papá es bueno —dijo Ling, con una sabiduría inquietante para su edad y susurro—. Pero tú no luces con él como luces ahora. Luces... asustada. Y emocionada.
José volteó, siguiendo la mirada de su hija. Sus ojos —calmos, marrones, acostumbrados a evaluar motores y personas con la misma paciencia mecánica— encontraron los del desconocido. Algo pasó en ese instante. Una corriente eléctrica de reconocimiento mutuo, el instinto primario de dos machos midiéndose en territorio neutral y próximos a medir fuerza por el dominio de la hembra.Era eso.Instintos primitivos y brutales.
No duró dos segundos. Con un gesto casi imperceptible, se saludaron. Pero fue un saludo de boxeadores antes del combate, no de pacíficos parroquianos compartiendo una plaza.
—Creo que voy a tener novio —dijo María Ling, mientras sorbía un largo trago de merengada de chocolate, ajena a la tensión que flotaba en el aire.
Joya sintió una punzada de algo que no quiso identificar. Celos de las dos mujeres que estaban sentadas con el desconocido y sonreían demasiado provocativa mente con el hombre,inmersos en un descarado cortejo. Miedo. Una mezcla tóxica de ambos. Pero ¿por qué? No conocía a ese hombre. Nunca lo había visto. Y sin embargo, su presencia hacía que su estómago se contrajera con un dolor fantasma, una punzada de nostalgia por algo que no podía recordar.
—No seas soñadora —murmuró—. No sabes ni su nombre.
—Lo sabré pronto —respondió Ling con la seguridad de los diez años y la belleza que ya asomaba en sus facciones—. Las chicas como yo siempre lo sabemos todo.
Joya negó con la cabeza y no pudo evitar una risa,ambas rieron divertidas, pero su mirada volvió al desconocido. Él había terminado su llamada y ahora observaba el cielo con expresión de derrota absoluta. Había algo en él. Algo terriblemente familiar que hacía que sus manos temblaran ligeramente sobre la mesa, que le costara respirar.
"No lo conozco", se dijo. "Nunca lo he visto."
Pero su cuerpo no le creía. Y su corazón... su corazón latía con una urgencia que no entendía.
III. LA INVESTIGACIÓN
Una hora después, Kim estaba completamente derrotado. Había contemplado cómo la familia —José, la niña, y ella, siempre ella— se marchaban del café con esa naturalidad que solo tienen quienes no saben que están siendo observados por un hombre al borde del abismo.
¿Qué le había sucedido? Estaba más que loco. Esa mujer no era Joya. Ni se parecía físicamente. Esta era demasiado bella de una manera diferente, más clásica, más esculpida. Era como si alguien hubiera tomado el cuerpo de Joya —esas piernas interminables, esa elegancia felina— y le hubiera puesto el rostro de una diosa renacentista.
No le importaba. No sabía qué pensar, solo sabía que no podía irse.
Escuchaba la voz de ella en su cabeza, aunque no había pronunciado palabra en su dirección. La miraba obsesivamente, fascinado, mientras ellas; la madre y la hija,dejaban de tener algún interés apenas ellos se fueron. María Ling le lanzó una larga mirada de desafío juvenil. La otra mujer, la madre, una furtiva mirada de advertencia.
Pero no. Definitivamente no. Solo había una mujer en ese pueblo para él ahora.
#@#@
Destruido,derrotado,con la más firme intención de irse del pueblo,entendiendo que veía a Joya en cada sitio donde marchaba,inspiro y decidió volver inmediatamente a vivir su destino.
Fue a rescatar su auto de donde los policías locales lo habían retenido por exceso de velocidad. Se iría, se dijo. No volvería más nunca. Dejaría que el pasado permaneciera muerto, como debería estar.
Pagó la multa. Sobornó a los policías con billetes que hicieron que sus ojos brillaran con codicia mezclada de miedo. Y averiguó todo.TODO.
Pueblo pequeño, infierno grande. No había nada oculto para alguien con recursos ilimitados y una determinación desesperada. Nada que varios billetes de alta denominación no pudieran solucionar.
Una avioneta estrellada. Una desconocida rescatada de entre las llamas. Dos meses en una clínica privada en Sao Paulo. Cirugías reconstructivas. Un nombre nuevo. Martha.
Y José. José Ching, el joven y atractivo comerciante con su consecionario y taller de autos usados y su corazón de oro. Ella no era esposa, ni amiga, ni novia. Era... todo eso y nada de eso. Una relación que el pueblo no sabía definir, pero que todos respetaban en silencio. "Están juntos", dijeron los policias con un encogimiento de hombros que implicaba todo y nada.
La avioneta. Kim sintió que la sangre se le helaba cuando vio la firma en el informe policial: Independent Aeronautics. Una empresa ficticia de su padre. El sello de la serpiente.
Ubicaba el modus operandi perfectamente. Pilotos entrenados en territorios de insurgencias, o enfermos terminales buscando dinero para sus familias. Secuestrar a la víctima, un viaje programado a algún lugar remoto, el accidente trágico e inevitable. Una montaña de dinero a los familiares del piloto. Un enemigo menos. Meck no contrataba sicarios ni asesinos profesionales, no usaba piqueteros ni miembros de partidos políticos, nada que pudiera dejar rastros comprometedores.
Kim recordaba aquella última noche con perfecta claridad, como una película que hubiera visto mil veces. Joya llorando en su apartamento, sus manos temblando mientras le mostraba los documentos. Experimentos en humanos sin consentimiento. Fármacos no aprobados probados en pacientes terminales que nunca supieron que eran conejillos de indias en el hospital donde ella trabajaba y que había descubierto a la par de la tormentosa relación dirigida entre ellos dos .
—Tenemos que denunciarlos, Kim —había dicho ella, con esa voz que siempre le recordaba a la razón pura—. Hay que descubrir quien está detrás de esto
Él le había prometido que lo harían juntos. Que irían a la fiscalía a la mañana siguiente. Que todo estaría bien. Pero por la mañana ella ya no estaba. Desapareció sin rastro...
Kim se había vuelto loco de dolor. Había buscado en los restos de todo tipo de accidentes, había sobornado a forenses, había hecho pruebas de ADN en personas muertas. Pero algo nunca cuadró. La forma del accidente. La rapidez con la que su padre había "manejado" todo. La ausencia de investigación policial seria.
Y ahora, seis meses después, aquí estaba. Con la verdad frente a él, más horrible de lo que había imaginado. . La había intentado matar . Y fallado .Sin duda, de descubrirlo lo intentaría nuevamente.
Kim sintió una risa amarga brotar de su garganta, mezclada con una furia tan intensa que le nubló la vista. Su padre creía que controlaba todos los hilos. Pero había subestimado a Joya. Y ahora subestimaba a su propio hijo.
—Error —murmuró para sí mismo, con una sonrisa que habría helado la sangre de cualquiera que lo conociera bien—. Tu error, viejo. Y
—Pues aquí llegué y aquí me quedo —dijo en voz alta, con una convicción que no sentía—. No tengo la costumbre de regalar lo que es mío. Y Joya es únicamente mía.Ella me ama y yo a ella
—¿Es suyo ese auto? —dijo una voz a su espalda—. ¿No lo vende?
Kim levantó la mirada y ahí estaba él. ¡Qué casualidad! El novio, marido, protector o lo que fuera de Joya. Un temible rival ,un tipo extremadamente atractivo con ojos honestos.
El peor error que alguien pudiera cometer sería presentarle la novia o amante a ese tipo. De verdad que Joya —o Martha, o como se llamara— tenía buen gusto. Modestia aparte, Kim sabía que se enfrentaba a su reflejo moral opuesto.
—Bueno... Todo está en venta —respondió, estrechando la mano que el otro ofrecía—. ¿Está interesado?
—Soy José Ching. Tengo un concesionario de autos usados y me preguntaba... si quería negociarlo.
Kim evaluó al hombre. Sinceridad en cada línea de su rostro. No tenía idea de con quién estaba tratando. No sabía que el hombre frente a él era hijo del hombre que había intentado matar a la mujer que ambos amaban.
—Bueno. Tiene un pequeño golpe delantero. Lo puedo reparar —hizo un gesto de duda calculada.
—Sí. Lo sé. Es costoso... ¿Más o menos? —respondió José, interpretando correctamente el gesto.
—Cien millones de bolívares nuevos —dijo Kim, inventando una cifra absurda. Y adicionó—: Disculpe. Me llamo Kim Zuth.
—Ah. ¡Caramba! ¿Familia de...?
—No. Para nada. Un apellido de coincidencia —la mentira salió fluida, años de práctica—. Le invito a que probemos el auto.
Cualquier cosa. Cualquier asidero. Alguna excusa. Lo que fuera para poder verla nuevamente.
—Encantado —contestó sinceramente José.
Ambos abordaron el auto deportivo y Kim colocó la transmisión en modo más agresivo. Salieron a la carretera a velocidad peligrosa, el motor rugiendo como bestia herida. Si pensaba que José se asustaría, estaba equivocado. El hombre estaba feliz, disfrutando la velocidad con una inocencia que hizo sentir a Kim terriblemente viejo y corrompido.350 kilómetros por hora y un manejo imprudente y el otro súper feliz.
Redujo la velocidad hasta dejar el auto casi detenido. Parecía que avanzaban a caminata.
—¿Entonces? —preguntó José.
—Bueno. Se lo doy a consignación. Usted lo vende. Yo tomo lo mío y...
—¿Se irá?
—¿Sabe? Me gusta este pueblo. Me gusta su invitación a hacer negocios. Es más. Vamos a tomarnos unas cervezas.
—No bebo cervezas.
—Entonces unos whiskys. Yo invito.
Y así lo hicieron.
Fue terrible. Porque ambos simpatizaron absolutamente. Congeniaron con una facilidad que Kim no había experimentado en años, no desde... no desde los primeros días con Joya, cuando ella aún no sabía quién era él realmente.
Uno era el complemento del otro. José, el hombre de trabajo honesto, de valores simples pero profundos. Kim, el estratega, el manipulador, el hombre que había aprendido a sobrevivir en la jungla de oro y sangre que su padre había construido.
Se mintieron de lo lindo. Bebieron como cosacos. Ambos fanáticos del Barcelona F.C., del Bayern y de los Yankees de Nueva York. Enamorados a más no poder de Megan Fox ,Olivia Casta y Sidney Sweedy. Se rieron de todos y de ellos mismos, y en algún momento de la noche, Kim sintió una punzada de culpa por lo que estaba a punto de hacerle a este hombre.
—¿Y Martha? —preguntó Kim en algún momento, cuando el alcohol había aflojado su lengua—. ¿Cómo la conoció?
José sonrió, una sonrisa triste y dulce al mismo tiempo.
—Apareció. Literalmente. La encontré en la carretera, caminando sin zapatos, sin memoria, sin nada. Solo tenía un papel con su nombre. Martha. Y una foto... —José hizo una pausa, tomando otro trago, Kim agarro el embuste en el aire—. Una foto de ella con otro hombre. Pero ella no recordaba quién era.
Kim sintió que el corazón se le detenía. La foto. Debía ser de ellos. De cuando eran felices, cuando ella aún no sabía que él era un monstruo.
—¿Y el hombre de la foto? —preguntó, con voz que no reconocía como suya.
—Nunca apareció —dijo José, mirándolo fijamente—. A veces pienso que debería buscarlo. Preguntarle por qué la dejó sola. Pero tengo miedo de saber la respuesta.
Kim bajó la mirada, sintiendo el peso de la verdad como una losa. Él era el hombre de la foto. Él la había dejado sola, la había expuesto al peligro, la había condenado.
—Toma la llave. Vende el auto —dijo cuando los echaron del bar a la media noche, tambaleantes y ridículos.
—No puedo permitir que te vayas así por ahí. En ningún hotel... Mejor dicho, en nuestro único hotel no te van a aceptar. Duermes en mi casa —dijo tajante José, en el colmo de la ebriedad.
—Oye. No quiero molestar...
—Y al amanecer te boto.
—Jajajaja —rieron ambos, y en esa risa compartida, Kim sintió el peso terrible de su traición futura.
IV.
Llegaron en el más absoluto y terrible estado de ebriedad. Para encontrar a Martha y María Ling sentadas y abrazadas en la escalera de la casa,
contemplando a los dos payasos que trataban inútilmente de parecer en sus cabales.
—Estoy asustada —le dijo María al oído de Martha—. ¿Habrá venido a declararme? Creo que debo decirle que soy muy pequeña.
Kim se desplomó en el sofá y José les hizo el típico gesto del ebrio de hacer silencio, poniendo un dedo sobre los labios con solemnidad cómica.
Martha no sabía con quién estaba más indignada. ¿Con el desconocido desplomado en su sofá? ¿O con José, que traía a casa a desconocidos como si fueran gatos callejeros? Pero José no pudo ir muy lejos. Igualmente se desplomó en la otra silla de la sala y ahí quedó dormido, roncando suavemente.
—¿Qué hacemos? —preguntó María, contemplando la inédita escena.
—Encerrarnos y dormir juntas. Por esta noche estamos solas...
Después de que María se durmió, Martha quedó sentada en la cama en la oscuridad. Pero no podía descansar. Algo la halaba, una fuerza magnética terrible que no entendía. Con cuidado, salió al pasillo.
Desde el pie de la escalera, en la oscuridad, los vio. A ambos. Estaba aterrada, pero no por ellos. Por sí misma. Por lo que sentía.
Lo entendió de golpe. Estaba enamorada de José. Enamorada repentinamente y enloquecidamente de ese hombre bueno que había salvado su vida, que la cuidaba sin pedir nada a cambio, que la trataba con una dulzura que ella no recordaba haber merecido nunca.
Pero también... De este bellísimo,irresponsable,que se veía a legua era un pervertido ...
Descendió y llegó donde José. Lo vio dormido en la oscuridad, con el rostro relajado por primera vez en meses. Se atrevió a darle un leve beso en los labios, un robo fugaz.
Lo amaba. Estaba segura.
Luego se acercó al otro. Al extraño. Al que había estado mirando toda la tarde con una mezcla de miedo y fascinación.
"Dios mío" —pensó con angustia, reconociéndolo.
No su rostro. Ese no lo conocía. Pero algo en su forma de respirar, en la tensión de sus hombros incluso dormido, en el dolor que irradiaba de él como un campo magnético...
En una avalancha de sentimientos lo entendió. También era dueño del cien por ciento de su corazón, al igual que el otro. Un amor que no recordaba, pero que su cuerpo gritaba en silencio.
Huyó escaleras arriba y no pudo dormir un segundo en toda la noche. Lágrimas incontenibles rodaban por su rostro. Era una víctima de la vida, de la muerte que no la había querido tomar, del amor que persistía más allá del olvido.
V.
En la madrugada, cuando la primera luz grisaba el cielo por las ventanas, Martha, se corrigió, siempre Martha— descendó la escalera. Vio a José K.O. en el sofá, con la manta que ella apresuradamente le había puesto encima al llegar. Y al otro, que trataba de sentarse, frotándose la cara con gesto de tortura,por efectos de la brutal borrachera.
Estaba despierto yebrio todavía. Lo notó en la forma torpe de sus movimientos, en la confusión de sus ojos.
—Levántese —susurró, ayudándolo. Lo tocó y sintió un corrientazo eléctrico en todo su cuerpo, una descarga que la hizo estremecer y retirar la mano como si quemara.
Él la miró. Esos ojos. Dios, esos ojos eran un pozo sin fondo de tristeza y reconocimiento.
—El cuarto de huéspedes está aquí abajo —continuó ella, tratando de controlar el temblor de su voz—. Báñese. Al menos así será un ebrio despierto y limpio.
El se dejó llevar,mientras decía incoherencias.
Lo guió en la oscuridad, consciente de cada centímetro de proximidad, de cada respiración compartida. Su cuerpo reconocía a este hombre, aunque su mente se negaba a recordar. Cada fibra de su ser gritaba que lo conocía, que lo había amado, que lo había perdido.
—Yo sabía que su llegada no sería nada bueno —dijo, más para sí misma que para él—. José no es como usted. Es un hombre trabajador y un buen padre de familia. No traiga problemas a esta casa. Esta familia ya ha sufrido suficiente.Por favor márchese apenas amanezca.
Llegaron al cuarto de huéspedes y ella lo soltó, retrocediendo hacia la puerta. Pero él la miró, realmente la miró por primera vez, y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Sabe? —dijo con voz ronca, quebrada por la emoción y el alcohol y totalmente despierto—. Voy a confesar algo.Hace unos meses tenía una relación divina y completa con una chica. Adoraba sus piernas, delgadas, formadas. Sobre todo un lunar en la pantorrilla derecha. El cual diariamente yo besaba. También otro en la cadera, igualmente lo saboreaba cuando nos bañábamos juntos...Y yo la amaba...la amo con todas y cada una de las fibras de mi ser.
Joya sintió que el mundo giraba. Sus manos fueron instintivamente a su pierna, a su cadera, cubriendo lunares que nadie —absolutamente nadie— podía conocer. Eran suyos. Solo suyos. Secretos de su cuerpo que ni siquiera José conocía.
—¿Cómo...? —susurró, aterrorizada.
—Ella murió —continuó él, con una sonrisa de dolor absoluto,anuncio —. O eso creí. Pero ahora me parece que la encontré. Y no me importa si no me recuerda. No me importa si me odia. Voy a recuperarla, cueste lo que cueste.
El teléfono de Kim vibró en el silencio. El nombre en la pantalla iluminó parcialmente la habitación: "Padre".
La vibración del teléfono sonó como una amenaza en la habitación semi-oscura. Kim miró la pantalla iluminada, donde el nombre brillaba con letras blancas sobre fondo negro, como una sentencia de muerte suspendida en el aire.
Martha retrocedió un paso, cruzando los brazos sobre su pecho en un gesto defensivo que él reconocía demasiado bien. Era su gesto. El mismo que hacía cuando estaba asustada pero no quería mostrarlo. El mismo que había hecho la primera vez que se habían encontrado, en aquel hospital, cuando ella aún era una residente asustada y el se planto ante ella como un Stallone,como un Alfa posesivo,machista y devorador
—Contéstelo —dijo ella, y su voz tembló apenas, pero lo suficiente para que él notara—. Pero después... después necesito que me diga la verdad. Toda la verdad. Porque siento que estoy viviendo en una película de la que no conozco el guión. Y usted... usted parece ser el único que tiene el libreto.
Kim tomó aire, sintiendo el peso de seis meses de mentiras, dolor y culpa acumulándose en sus hombros. Su padre al otro lado de la línea, esperando. Joya frente a él, exigiendo respuestas que podían destruirla o salvarla. Y él en medio, el puente entre dos mundos que nunca deberían haberse encontrado.
Deslizó el dedo sobre la pantalla para rechazar la llamada. Luego apagó el teléfono completamente.
—No —dijo, con una firmeza que le sorprendió incluso a sí mismo—. Ahora no. Ahora solo importa usted. Y lo que voy a decirle... lo que voy a decirle puede cambiar todo. Para bien o para mal.
Joya lo miró, y por un instante —un segundo eléctrico que duró una eternidad— creyó ver algo en sus ojos. Un destello de reconocimiento. De memoria. De amor.
Pero luego parpadeó, y fue solo una mujer asustada de nuevo. Una extraña. Una víctima.
—Hable —susurró ella—. Por favor. Se ve que necesita desahogarse.
Kim miró el teléfono apagado. Miró a la mujer que amaba, que no lo recordaba, que lo necesitaba. Y supo que la guerra acababa de comenzar.
Contestaría a su padre. Pero esta vez, por primera vez en su vida, jugaría con sus propias reglas.
Continuara


No hay comentarios:
Publicar un comentario
Hola Amigos, Aquí Puedes Colocar tus comentarios de los posts