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miércoles, 21 de enero de 2026

Camino en el Llano.Maria Serena.Final

Novelas Por Capitulos


### Capítulo 4: La Alianza de las Sombras Eternas María Serena salió del remolque de Ruiz con el corazón latiendo como un tambor de guerra. A sus 19 años, la bella novicia dominica —con su piel blanca heredada de ancestros hispanicos, ojos negros profundos como pozos sin fondo y una figura esbelta que aún conservaba la inocencia de la juventud— no había imaginado que su vocación la llevaría a esto.


Había ingresado al convento hacía apenas un año, huyendo de un pasado turbulento en las calles de cualquier sitio, donde el narco había devorado a su familia.



Ahora, en Detroit, servía como enfermera voluntaria en la clínica de Mexicantown, reemplazando a la sor Elena Vargas, quien había sido trasladada repentinamente por la madre superiora Clara. "Eres joven, pero fuerte", le había dicho Clara al asignarla. Pero María no se sentía fuerte esa noche. El aire de Hamtramck era espeso, cargado de un frío que se colaba bajo su hábito ligero, y la sensación de ser observada era como dedos helados recorriendo su espina dorsal. Caminó rápido por las calles oscuras, el relicario con la astilla de la Vera Cruz apretado en su mano. Ruiz le había prometido un aliado: un exdetective motivado por la pérdida de su hija. Pero ¿bastaría?

No sabía a qué se enfrentaba.

El fantasma —el Dr. Harlan Crowe— y su socio vivo, el Cazador, parecían invencibles. Y ahora, con Aisha Thompson en peligro, cada segundo contaba. María aceleró el paso, sus zapatos gastados chapoteando en charcos de agua sucia. No vio la figura en el tejado, ni oyó el clic suave de la mira del rifle. Pero Crowe sí la vio. Y sonrió en la oscuridad.
En el sótano de Brightmoor, Marcus Hale limpiaba el cuchillo oxidado con un trapo empapado en alcohol. La sangre de su propio corte ya se había secado, dejando una costra roja que picaba como un recordatorio placentero. El fantasma flotaba cerca, su forma espectral ondulando como humo negro. Pero esa noche, no estaban solos. Una nueva presencia se materializó en el rincón más oscuro del sótano: una mujer de belleza sobrenatural, con piel pálida como la luna, cabello negro azabache cayendo en ondas perfectas hasta la cintura, y ojos verdes que brillaban con un fuego antiguo. Vestía un traje colonial raído, como de una dama española del siglo XVII, con encajes manchados de tierra y sangre seca. Era Ximena , una figura diabólica encarnada de la antigua América colonial. Ximena no era un fantasma común. Había sido una bruja en la Capitanía General, ejecutada en algún año durante una purga inquisitorial en Moron. Acusada de pactar con el diablo, de envenenar a maridos infieles y de devorar almas de niños no bautizados, su ejecución no la había destruido. Al contrario: el diablo la había reclamado, encarnándola en una forma eterna, hermosa y maligna. Vagaba por siglos, atrayendo a hombres débiles con su belleza, susurrándoles secretos oscuros que los llevaban a la ruina. Buscando la manera de robar los limones del Nazareno

En los 2000s, había encontrado a Crowe en las ruinas de Eloise, atraída por su sadismo. Ahora, formaban una tríada con Hale: el fantasma el cerebro, Hale el brazo ejecutor, y Ximena la seductora que manipulaba las mentes y los cuerpos.
—*La novicia es fresca* —siseó Ximena, su voz un ronroneo seductor con acento colonial español—. *Piel suave, fe intacta. Romperla será un deleite.* Hale levantó la vista, hipnotizado por su belleza. Siempre que Ximena aparecía, sentía un calor en la entrepierna, un deseo mezclado con terror. Ella lo había encontrado en un bar años atrás, susurrándole promesas de poder. "Únete a nosotros", le había dicho, y él había obedecido. Crowe flotó hacia ella, su bata rozando la falda de Ximena. —*Ella reza. Como tú rezabas antes de quemar, bruja.* Ximena rió, un sonido como cristales rompiéndose. —*La oración es el preludio del grito. Hagamos que su Dios la abandone.* Los tres planearon. Aisha sería el cebo. Hale la capturaría esa noche en Joy Road. Ximena usaría su encanto diabólico para confundir a cualquier testigo, borrando memorias con visiones de placer prohibido. Crowe guiaría el ritual: un corte más profundo, símbolos que invocaran fuerzas antiguas. Y María Serena... ella sería el premio final. Hale salió del sótano con la mochila lista. El cuchillo, la cuerda, el cloroformo. Caminó por las calles abandonadas, el fantasma y Ximena siguiéndole como sombras vivas. Joy Road era un tramo desolado: faroles rotos, casas con ventanas tapiadas, perros callejeros husmeando basura. Aisha Thompson salía de su turno en la tienda de comestibles a las 10:30 p.m. exactas. Quince años, trenzas largas, uniforme escolar bajo el abrigo raído. Caminaba con auriculares, tarareando una canción gospel que su madre le había enseñado. Hale la esperó en un callejón. Cuando pasó, saltó. La mano sobre la boca, el cloroformo presionado. Aisha pataleó, sus uñas arañando el brazo de Hale, dejando surcos sangrientos. Pero era pequeña, débil. Se desmayó en segundos. La arrastró a un lote vacío detrás de una iglesia abandonada. El lugar perfecto: cruces rotas en el suelo, como una burla al cielo. Ximena se materializó primero, tocando la frente de Aisha para mantenerla en un trance semiconsciente. "Sueña conmigo, niña", susurró. Aisha abrió los ojos, vidriosos, y vio a Ximena como una madre amorosa, no como el demonio que era. Crowe flotó sobre ellas. —*Empieza por los ojos. Quiero que vea su propia ruina.* Hale sacó el cuchillo. Rasgó la blusa de Aisha, exponiendo piel negra suave, marcada por un tatuaje casero de una cruz en el hombro. El primer corte fue en el pecho: una línea horizontal, sangre brotando en un río rojo que corría por su torso. Aisha gritó, pero Ximena ahogó el sonido con un beso espectral, succionando el aire de sus pulmones. El grito se convirtió en un gemido ahogado. Hale cortó más profundo, abriendo el abdomen como un sobre. Los intestinos se derramaron, calientes y resbaladizos, enredándose en sus manos enguantadas. Aisha convulsionó, vómito sanguinolento saliendo de su boca. Hale metió los dedos en la herida, palpando el hígado, el estómago. Sacó un trozo de intestino y lo mordió, el sabor salado y metálico llenando su boca. "Para ti, maestro", dijo a Crowe, escupiendo el bocado al fantasma, que lo absorbió como humo. Ximena rió, inclinándose para lamer la sangre del rostro de Aisha. "Tan pura... tan deliciosa." Sus dientes, afilados como colmillos, mordieron el cuello de la niña, arrancando un pedazo de carne. Sangre arterial salpicó la pared de la iglesia, formando patrones que parecían runas coloniales: símbolos de la Inquisición invertidos, cruces con serpientes enredadas. Crowe guió el ritual. "Talla mi marca." Hale grabó la espiral en la frente de Aisha, el cuchillo raspando hueso. La niña jadeaba, ojos desorbitados, lágrimas mezclándose con sangre. "Mamá... Jesús...", susurró. Ximena se burló: "Tu Jesús me quemó una vez. Ahora yo quemo a sus fieles." El final fue lento. Hale estranguló a Aisha con sus propias entrañas, enrollándolas alrededor del cuello como una soga orgánica. El cuerpo se arqueó, orina y heces saliendo en un último espasmo. Cuando murió, los tres se alimentaron: Crowe de la alma, Ximena de la esencia vital, Hale del cuerpo tibio. Dejaron el cadáver expuesto, con un mensaje tallado en el pecho: "PARA LA NOVICIA".





#@#@#@# María Serena llegó al convento pasada la medianoche. El lugar estaba silencioso, las otras hermanas dormidas. Pero en su celda, encontró una sorpresa: la madre Clara esperándola, sentada en la cama con expresión severa. —¿Dónde has estado, María? María tragó saliva. Su belleza juvenil, con labios carnosos y mejillas sonrosadas, no ablandaba a Clara. —Atendiendo a los necesitados, madre. Clara se levantó, su hábito crujiendo. —Mentir es pecado. Sé que has estado husmeando en asuntos del Cazador. La Iglesia no lo permite. Eres una novicia, no una guerrera. Vuelve a tus oraciones. María sintió ira. "Pero hay un mal real ahí fuera. Un fantasma, un asesino... y ahora algo peor." Clara la miró con lástima. —Sueños de niña. Mañana te reasigno. No más clínica. María protestó, pero Clara salió, cerrando la puerta con llave desde fuera. "Por tu bien." Sola, María se arrodilló para rezar. Pero el susurro volvió, más fuerte. —*Ven a mí, bella flor. Únete o sufre.* María abrió los ojos. En el espejo de la celda, vio a Ximena: hermosa, seductora, extendiendo una mano. —*Soy Ximena. Te ofrezco placer eterno. O dolor infinito.* María retrocedió. El espejo se agrietó solo, y de la grieta salió sangre, goteando al suelo. Formó palabras: "AISHA ESTÁ MUERTA". María gritó. Corrió a la puerta, golpeándola. Clara volvió, abrió, y vio el caos. —¿Qué has hecho? —No yo... ellas. Clara la abofeteó. "Delirios. Mañana al psiquiatra." Pero María escapó esa noche, saltando por la ventana. Corrió a la clínica, donde encontró un mensaje en la puerta: una foto de Aisha, mutilada, con sangre fresca. Lloró, pero se endureció. Llamó a Ruiz desde el teléfono desechable. —Venga ahora. Han matado a Aisha. Ruiz llegó en media hora, con el exdetective: un hombre llamado Jameson, 50 años, ojos hundidos por el alcohol y el duelo. Su hija había sido víctima de un asesino similar años atrás. —Esto es personal —gruñó Jameson, cargando su arma. Ruiz explicó: "No es solo Crowe y Hale. Hay una tercera: Ximena, una diablesa colonial. La he estudiado en grimorios. Fue quemada por brujería, pero volvió. Seduce, corrompe, devora." María sintió un frío en el vientre. "Me vio en el espejo." Jameson maldijo. "Entonces te quieren. Usémoslo como cebo." Planeaban en la clínica vacía. Ruiz dibujó símbolos protectores en el suelo con sal y sangre de cordero. Jameson revisaba su pistola. María rezaba, su belleza iluminada por una vela, atrayendo sombras. Pero fuera, en la oscuridad, Ximena observaba. "La novicia es mía", susurró a Crowe y Hale, ocultos cerca. "Su virginidad será mi festín." El ataque vino al amanecer. Hale irrumpió por la puerta trasera, cuchillo en mano. Jameson disparó, pero la bala pasó a través de Crowe, quien poseía temporalmente a Hale, multiplicando su fuerza. Hale apuñaló a Jameson en el hombro, sangre salpicando. Ruiz roció agua bendita, quemando a Ximena, quien gritó como una banshee. Ximena se abalanzó sobre María, sus uñas clavándose en los brazos de la novicia, rasgando carne. "¡Bésame!", ordenó, labios rojos presionando los de María. El beso fue veneno: visiones de placer prohibido, cuerpos entrelazados en orgías coloniales, sangre y éxtasis. María luchó, mordiendo el labio de Ximena, sangre negra brotando. "¡En nombre de Cristo!", gritó, empujándola con el relicario. Ximena retrocedió, piel burbujeando. Hale cargó, pero Ruiz lo tackling, el cuchillo cayendo. Jameson, herido, disparó a Hale en la pierna. Sangre roja empapando el suelo. Crowe rugió: "¡No acabará aquí!" Los malignos huyeron, dejando caos. María, sangrando, miró a Ruiz. —Debemos ir a Eloise. Acabarlo allí. Ruiz asintió. "Mañana. O moriremos todos." ( **Fin del Capítulo 4**




### Capítulo 5: El Banquete de Eloise María Serena no durmió. La clínica comunitaria, ahora un refugio improvisado, olía a sangre seca y pólvora quemada. Jameson, el exdetective, vendaba su hombro herido con gruñidos de dolor, la bala de Hale había rozado hueso, dejando un surco rojo que supuraba pus amarillo. Ruiz rezaba en voz baja sobre un mapa de Eloise, trazando rutas con carbón bendito. María, con sus 19 años y su belleza aún intacta pese a los arañazos de Ximena en los brazos —líneas rojas que ardían como fuego—, se sentía pequeña en medio de ellos. Pero su fe era un escudo. O eso esperaba. Al amanecer, partieron. El viejo sedán de Jameson rugía por las calles vacías de Detroit, pasando lotes donde el cuerpo de Aisha aún yacía descubierto —la policía llegaría tarde, como siempre—. María cerró los ojos, pero las imágenes la asaltaban: la niña abierta en canal, entrañas expuestas al frío, el mensaje tallado en carne fresca. "PARA LA NOVICIA". Tenía que acabar esto. Eloise los esperaba como una bestia herida. El asilo abandonado se erguía en Westland, un laberinto de alas derruidas, pasillos inundados y salas donde ecos de locos antiguos aún resonaban. Entraron por una brecha en la valla, linternas cortando la niebla matutina. El aire era espeso, con olor a moho, orina vieja y algo peor: carne podrida. Ruiz lideraba. "El núcleo está en el pabellón quirúrgico. Ahí Crowe hacía sus... experimentos." Avanzaron por pasillos donde camillas oxidadas yacían volcadas, correas de cuero colgando como lenguas secas. María pisó algo blando: un dedo humano, momificado, rodando bajo su zapato. Se santiguó, pero siguió. En el sótano principal —el corazón de Eloise—, los encontraron esperándolos. Crowe flotaba en el centro de una sala circular, mesas de operaciones manchadas de óxido y sangre centenaria. Hale estaba encadenado a una pared, pero no como prisionero: voluntario, sonrisa maníaca, pierna herida envuelta en trapos sucios que rezumaban sangre coagulada. Y Ximena... la diablesa colonial se pavoneaba como una reina, su vestido raído ondeando sin viento, belleza letal con ojos verdes que prometían éxtasis y agonía. Pero no estaban solos. En el centro, sobre una mesa de autopsias improvisada, yacía una nueva víctima: una mujer latina de unos 30 años, capturada esa madrugada. Se llamaba Rosa Mendoza, madre soltera, inmigrante sin papeles que Hale había raptado de un parada de autobús. Estaba viva, semiconsciente, atada con correas de cuero que cortaban su piel, dejando surcos rojos que goteaban. Desnuda, su cuerpo moreno temblaba en el frío, pechos subiendo y bajando con respiraciones aterrorizadas. Sus ojos, inyectados en sangre, suplicaban misericordia. —*Bienvenidos al banquete* —ronroneó Ximena, lamiéndose los labios—. *La novicia llega justo a tiempo. Mira cómo honramos a los antiguos.* Crowe extendió brazos espectrales. "Este ritual invocará lo que fui en vida. Y más. Con sangre fresca, romperemos el velo." Hale rió, rompiendo sus cadenas con fuerza poseída. Agarró el bisturí antiguo —el ancla de Crowe— y se acercó a Rosa. El ritual comenzó. Gore sin piedad, un festín de carne y sufrimiento que María nunca olvidaría. Hale empezó por los pies. Cortó los tendones de Aquiles con precisión quirúrgica, el bisturí serrando hueso con un crujido húmedo. Rosa despertó gritando, un aullido primal que rebotó en las paredes. Sangre arterial brotó en chorros altos, salpicando el suelo y las botas de Jameson. Los pies de Rosa se retorcieron inútiles, carne abierta exponiendo tendones blancos y rosados, como gusanos vivos. Ximena se inclinó, lengua larga y bifurcada lamiendo la sangre de los tobillos. "Dulce como miel colonial", susurró, mordiendo un dedo del pie y arrancándolo de un tirón. Cartílago crujió, hueso se partió. Rosa convulsionó, orina caliente saliendo en un chorro incontrolable, mezclándose con sangre en un charco viscoso. Crowe flotó sobre ella, manos espectrales hundiéndose en su pecho sin cortar piel. Rosa jadeó, ojos desorbitados, mientras el fantasma palpaba su corazón latiendo. "Siente cómo lo aprieto", siseó. El órgano se contrajo visiblemente bajo la piel, venas hinchándose, pecho arqueándose en agonía. Rosa vomitó bilis sanguinolenta, salpicando su propio rostro. Hale subió. Cortó los muslos en espirales, pelando piel como cáscara de naranja. Capas de dermis y grasa amarilla se desprendieron en tiras largas, exponiendo músculo rojo pulsante. Sangre corría en ríos, empapando la mesa. Insertó dedos en las heridas, arrancando trozos de músculo y comiéndolos crudos, masticando con sonidos húmedos, jugos rojos chorreando por su barbilla cicatrizada. Ximena se unió, uñas clavándose en los pechos de Rosa. Arañó profundo, desgarrando glándulas mamarias, leche materna (Rosa había amamantado recientemente) mezclándose con sangre en un fluido rosado. Mordió un pezón, arrancándolo, masticando mientras Rosa berreaba, cuerpo convulsionando en espasmos. El abdomen fue lo peor. Hale abrió un corte desde pubis hasta esternón, bisturí serrando costillas con crujidos óseos. La piel se separó como cortinas, revelando peritoneo brillando. Metió ambas manos, sacando intestinos en puñados resbaladizos, enrollándolos alrededor del cuello de Rosa como un collar vivo. Los órganos palpitaban aún, peristaltismo continuando en vano. Rosa gorgoteó, heces saliendo de los intestinos expuestos, olor fétido llenando la sala. Crowe succionó alma parcial: Rosa envejeció visiblemente, piel arrugándose, cabello encaneciendo mientras el fantasma bebía. Ximena lamió el útero expuesto, lengua perforando, succionando fluidos amnióticos residuales. "Fertilidad robada", rió. Hale talló símbolos: espirales en hígado, cruces invertidas en riñones, runas coloniales en el corazón expuesto. Sacó el útero entero, cortando vasos con tijeras oxidadas, sangre pulsátil brotando. Lo levantó como trofeo, mordiendo placenta residual. Rosa aún vivía, jadeando, ojos suplicando. El final: Hale estranguló con intestinos, apretando hasta que ojos estallaron en hemorragias, lengua hinchándose púrpura. Un último espasmo, vejiga e intestinos vaciándose en un chorro final. El cuerpo quedó como una cáscara vacía, órganos dispersos, sangre formando un pentagrama en el suelo. María vomitó, pero Ruiz la empujó adelante. Jameson disparó a Hale, bala en el pecho, sangre salpicando. Hale cayó, pero Crowe lo levantó, posesión total. Ximena cargó contra María, beso venenoso, uñas rasgando hábito y piel, sangre virginal brotando. "¡Tu pureza es mía!" María resistió, relicario quemando a Ximena. Ruiz exorcizaba, agua bendita hirviendo piel de Hale. Jameson recargaba. La batalla rugía. Crowe invocaba sombras, pero María rezaba, voz fuerte rompiendo el velo. Hale sangraba profusamente, pero atacaba. Ximena arañaba, dejando surcos que supuraban veneno negro. Cliffhanger: Crowe abrió un portal menor, sombras arrastrando a Jameson. "¿Quién muere primero?"

### Capítulo 6: La Corrupción de la Novicia El convento dominico de Mexicantown nunca había parecido tan frágil. Era una construcción de ladrillo rojo del siglo XIX, con ventanas altas de vidrio emplomado que filtraban la luna en cuadrados azules y rojos sobre el pasillo central. Pero esa noche del 21 de enero de 2026, la luz parecía sangre diluida. María Serena se había refugiado allí después del horror de Eloise, con el hábito rasgado en los brazos donde Ximena la había marcado, las heridas supurando un pus negro que olía a azufre y jazmín podrido. Ruiz la había llevado de vuelta en el sedán destrozado de Jameson; el exdetective conducía con una mano en el volante y la otra presionando la herida del hombro, sangre empapando la camisa hasta la cintura. “Quédate aquí”, le había dicho Ruiz. “El convento es terreno consagrado. Ellos no entrarán fácilmente.” Pero María sabía que no era verdad. Nada era sagrado para lo que los perseguía. Se encerró en su celda pequeña: cama estrecha, crucifijo de madera sobre la pared, un lavabo con espejo empañado. Se quitó el hábito con manos temblorosas. La piel olivácea de su cuerpo joven estaba marcada: arañazos profundos en los antebrazos, moretones en forma de dedos en las caderas, y en el vientre bajo, una espiral tallada con uña que sangraba despacio. Se miró en el espejo y lloró. A sus 19 años, su belleza —pómulos altos, labios carnosos, ojos negros que parecían contener toda la tristeza de México— ahora le parecía una maldición. No oyó llegar a Ximena. La diablesa colonial no entró por la puerta. Apareció en el reflejo del espejo, primero como un borrón oscuro, luego como una mujer de carne y hueso: piel pálida como pergamino viejo, cabello negro cayendo en cascadas perfectas, vestido colonial con encajes rotos que dejaba ver pechos altos y firmes. Sus ojos verdes brillaban con hambre antigua. Sonrió, dientes blancos y afilados. —*No llores, mi flor* —susurró Ximena, voz ronca y seductora, como miel envenenada—. *Tu pureza es lo único que te queda. Y yo la quiero.* María retrocedió hasta chocar con la cama. El espejo se onduló como agua. Ximena salió del cristal, cuerpo materializándose en la celda: olor a jazmín marchito y sangre menstrual. Caminó descalza, dejando huellas húmedas en el suelo de madera. —No te acerques —dijo María, voz quebrada, agarrando el rosario. Ximena rió suavemente. —*Crowe y Hale me enviaron. Quieren que te rompa antes de que puedas enfrentarlos. Tu virginidad es su debilidad. Si la pierdes… tu fe se agrieta. Y sin fe, no puedes exorcizarlos.* Se acercó. María sintió calor en el vientre, un deseo repugnante que no era suyo. Ximena extendió una mano, uñas largas rozando la mejilla de la novicia. La piel ardió como si la tocaran brasas. —*Mírame* —ordenó Ximena. María obedeció. Los ojos verdes se volvieron hipnóticos. Visiones la inundaron: cuerpos entrelazados en orgías coloniales, mujeres gritando de placer y dolor, sangre lubricando pieles, lenguas lamiendo heridas abiertas. Vio su propio cuerpo, desnudo, arqueándose bajo Ximena, pechos apretados contra pechos, caderas moviéndose en un ritmo pecaminoso. Sintió humedad entre sus piernas, traición de su propio cuerpo. —No… —gimió. Ximena la empujó contra la pared. Besó su cuello, dientes raspando piel, dejando marcas rojas. Bajó la mano, deslizándola bajo el camisón blanco de María. Dedos fríos encontraron el calor húmedo entre sus muslos. María jadeó, cuerpo traicionándola, caderas moviéndose involuntariamente. —*Siente cómo te desea tu carne* —susurró Ximena—. *Crowe quiere tu alma. Hale quiere tu cuerpo. Yo quiero tu vergüenza.Recuerda como allá en el llano, te gustaba como Chantal,Villarroel y los demás disfrutaban mientras hacíamos el amor* Insertó dos dedos, curvándolos. María gritó, mezcla de placer y horror. Sangre de las heridas en los brazos goteaba al suelo. Ximena mordió su hombro, arrancando un pedazo de carne, masticando despacio mientras sus dedos se movían más rápido. María convulsionó, lágrimas cayendo, pero su cuerpo alcanzó el clímax: un espasmo violento, humedad caliente empapando la mano de la diablesa. Cuando Ximena se apartó, María cayó de rodillas, sollozando. Miró entre sus piernas: sangre virginal mezclada con fluidos, manchando el suelo. El himen roto. La pureza perdida. —*Ahora ya no puedes enfrentar al fantasma* —dijo Ximena, lamiendo sus dedos—. *Tu fe está manchada. Eres como yo.Ademas.Cual virginidad? Desde hace siglos no le eres,siempre has sido mia* Desapareció en humo negro, dejando a María temblando en el suelo, desnuda y rota. Pero el ataque real comenzó minutos después. Fuera del convento, Crowe, Hale y Ximena se materializaron en la noche. Crowe flotaba, bata raída goteando sangre espectral. Hale cojeaba, pierna herida envuelta en trapos negros, cuchillo en mano. Ximena caminaba entre ellos, hermosa y letal. No buscaban a María. Buscaban los limones sanadores. En el patio trasero del convento crecía un limonero antiguo, plantado por las primeras monjas dominicas en 1890, hijo de aquel famoso limonero del Nazareno,allá perdidos en el tiempo de aquella pequeña ciudad colonial. Los limones eran amarillos, pero tenían una propiedad sobrenatural: cuando se exprimían sobre heridas malignas, quemaban la carne poseída, debilitaban espíritus atados. Ruiz lo había descubierto en grimorios antiguos. Los limones eran la única arma real contra Crowe y Ximena. Crowe lo sabía. Por eso habían venido. El trío irrumpió. Hale rompió la puerta principal con el hombro, madera astillándose. Monjas gritaron en los pasillos. Madre Clara salió con un crucifijo, pero Hale la empujó contra la pared, cuchillo en su garganta. —Los limones —gruñó—. Dónde? Clara escupió sangre. —Vete al infierno. Hale le cortó la mejilla, carne abriéndose en un tajo profundo. Sangre corrió por su hábito. Ximena flotó hacia el patio trasero. Crowe la siguió. Encontraron el limonero: ramas cargadas de frutos amarillos que brillaban ligeramente en la oscuridad, como si contuvieran luz propia. Crowe extendió manos espectrales. Los limones comenzaron a pudrirse en las ramas: piel arrugándose, jugo negro goteando, olor a podredumbre llenando el aire. Pero María apareció en la puerta del patio, camisón manchado de sangre, ojos enrojecidos. —No los toquen —dijo, voz temblorosa pero firme. Ximena rió. —*Ya estás rota, novicia. Tu pureza se derramó en mi mano. Eres de nuestro equipo*-- se burló el ente. María sintió vergüenza ardiente, pero levantó el rosario. —Dios perdona. Siempre. Crowe rugió. Hale cargó contra ella, cuchillo alzado. Entonces Jameson apareció desde las sombras del pasillo. El exdetective, sangrando profusamente del hombro, pistola en mano. Había seguido al trío desde Eloise, oculto en la oscuridad. Disparó seis veces. Balas atravesaron a Hale, pecho y abdomen explotando en rosas rojas. Hale cayó de rodillas, intestinos asomando por un agujero en el estómago, humeantes en el frío. Intentó arrastrarse, pero Jameson se acercó, pisó su mano. —Esto es por mi hija —dijo, voz rota. Apuntó a la cabeza de Hale y disparó. El cráneo explotó en una lluvia de hueso y cerebro, materia gris salpicando las paredes. Hale se desplomó, muerto. Crowe aulló, furioso. Ximena cargó contra Jameson, uñas extendidas. Rasgó su pecho, carne abriéndose en tiras largas, costillas visibles, pulmones expuestos palpitando. Jameson tosió sangre, pero agarró un limón del suelo —uno que no se había podrido aún— y lo apretó contra la cara de Ximena. El jugo quemó. Piel burbujeando, carne derritiéndose como cera. Ximena gritó, un sonido inhumano que rompió vidrios. Retrocedió, mitad de su rostro derretido, ojo colgando por un nervio. Crowe flotó hacia María. —*Tu fe es mentira. Ya no eres pura.* María tembló, pero apretó el rosario. —Soy pecadora. Pero Él me ama igual. Crowe atacó, manos espectrales hundiéndose en su pecho. María sintió frío mortal, alma siendo arrancada. Pero Jameson, moribundo, se arrastró hasta ella. Con su última fuerza, exprimió otro limón sobre la cabeza de Crowe. El fantasma ardió. Carne espectral chisporroteando, bata humeando. Gritó, disipándose en niebla negra. Ximena, desfigurada, huyó hacia la oscuridad del patio, dejando un rastro de carne quemada. Jameson cayó de rodillas frente a María. Sangre brotaba de su boca. —Vive… niña. Vive. Murió con los ojos abiertos, mirando al cielo. María se arrodilló junto a él, llorando. Ruiz llegó corriendo, tarde. El convento estaba en silencio. Limones pudriéndose en el suelo. Hale muerto en un charco de sus propios intestinos. Crowe debilitado, Ximena huida. Pero María sabía que no había terminado. La corrupción estaba dentro de ella. La vergüenza. El placer forzado. Se miró las manos manchadas de sangre y limón. —Dios… perdóname —susurró. La noche se cerró sobre Detroit como una mortaja. ( **Fin del Capítulo 6** ### Capítulo 7 (Versión Intensificada y Más Oscura): La Obsesión que Devora el Alma María Serena ya no rezaba. No podía. Cada vez que intentaba mover los labios para formar un “Ave María”, sentía la lengua de Ximena invadiendo su boca, saboreando su saliva como si fuera vino consagrado robado. El convento, que antes olía a incienso y cera vieja, ahora apestaba a ella: jazmín podrido mezclado con el hedor metálico de sangre menstrual y semen espectral. Las paredes parecían sudar un líquido negro que goteaba despacio, dejando surcos como lágrimas de alquitrán. La novicia de 19 años se había convertido en una sombra de sí misma. Dormía poco, y cuando lo hacía, soñaba con Ximena desnudándola capa por capa: primero el hábito, luego la piel, luego la carne, hasta llegar al hueso. En los sueños, Ximena no solo la tocaba; la desollaba viva con uñas que se volvían cuchillas, pelando tiras largas de dermis olivácea mientras le susurraba al oído: “Mira qué bonita estás por dentro, mi amor. Roja y brillante, como un corazón expuesto”. María despertaba empapada en sudor frío y fluidos propios, las sábanas pegajosas entre las piernas, el sexo hinchado y dolorido como si la hubieran violado durante horas. La obsesión de Ximena ya no era solo sexual. Era devoradora. Quería consumir a María hasta que no quedara nada de la novicia pura que había entrado al convento. Quería que María se mirara al espejo y viera a Ximena reflejada en sus propios ojos. Quería que la chica se odiara tanto que se entregara voluntariamente, que le pidiera más, que suplicara ser corrompida hasta el fondo. La primera violación nocturna llegó sin aviso. María estaba arrodillada en su celda, intentando rezar el rosario con dedos temblorosos. De repente, el aire se volvió denso, caliente, como si alguien hubiera abierto una puerta al infierno. Sintió manos invisibles agarrándola por las muñecas, clavándola al suelo. No eran manos suaves; eran garras que se hundían en la carne, dejando medias lunas sangrientas que supuraban inmediatamente pus negro. —*No luches, mi flor* —susurró Ximena, su voz ahora dentro del cráneo de María, rebotando contra los huesos como un martillo—. *Ya perdiste. Tu pureza se derramó en mi mano. Ahora solo queda el hambre.* María intentó gritar, pero su garganta se cerró. Sintió que algo entraba en ella: no dedos, no lengua, sino una presencia sólida y pulsante que se abría paso entre sus piernas, rasgando tejido interno, estirando paredes que nunca habían sido tocadas de esa forma. Dolor cegador mezclado con un placer enfermo que la hacía arquear la espalda contra su voluntad. Ximena no se conformaba con penetrarla; la llenaba hasta el límite, haciendo que su vientre se hinchara visiblemente, como si estuviera preñada de oscuridad. María sintió que algo se movía dentro, serpenteando, lamiendo desde adentro, succionando su esencia vital. Cuando el orgasmo llegó, fue violento y destructivo. Su cuerpo convulsionó tan fuerte que se mordió la lengua hasta casi arrancársela. Sangre caliente le llenó la boca. Eyaculó un chorro claro mezclado con sangre, empapando el suelo de madera. Ximena rió dentro de su cabeza mientras se retiraba lentamente, dejando un vacío doloroso y un reguero de fluido negro que quemaba la piel como ácido. María se quedó tirada, jadeando, mirando el techo agrietado. Entre sus piernas, la carne estaba hinchada, lacerada, con marcas de dientes invisibles en los labios mayores. Se tocó con dedos temblorosos y sintió que algo había cambiado: su clítoris estaba más grande, más sensible, como si Ximena lo hubiera remodelado a su gusto. Los días siguientes fueron un descenso lento al infierno personal. Ximena no necesitaba aparecer físicamente. Estaba dentro. Cada vez que María intentaba lavarse, el agua se volvía caliente y viscosa, como semen espeso. Cuando comía, el pan sabía a carne cruda y jazmín. Cuando caminaba por los pasillos, sentía dedos espectrales subiendo por sus muslos bajo el hábito, abriéndola, penetrándola con cada paso. Llegó a eyacular caminando, el líquido corriendo por sus piernas, dejando un rastro húmedo que las otras monjas miraban con horror y confusión. Ruiz intentó ayudarla. Trajo el relicario mayor, oró sobre ella durante horas. Pero cada vez que la reliquia tocaba su piel, María gritaba como si la quemaran viva. Ximena había tejido su corrupción tan profundo que el contacto con lo sagrado ahora le causaba agonía física. “Tu Dios me rechaza porque ya soy suya”, le susurraba la diablesa. “Y tú también lo serás.” La noche del asalto final, Crowe y el cadáver reanimado de Hale llegaron al convento como una plaga. Hale ya no era humano: la carne se desprendía en jirones, los ojos colgaban por nervios, los intestinos se arrastraban por el suelo dejando un rastro viscoso de pus y heces. Crowe flotaba detrás, su forma espectral más sólida que nunca, bata raída chorreando sangre fresca que olía a hierro y podredumbre. Pero Ximena no vino con ellos. Se quedó con María. En la capilla, sola bajo la luz de las velas, María sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Ximena emergió del centro del altar, desnuda, piel pálida brillando con un sudor aceitoso, pechos pesados goteando leche negra. Su rostro estaba medio derretido aún por el limón, hueso y músculo expuestos en una sonrisa grotesca. —*Última oportunidad, amor mío* —dijo, voz ronca y húmeda—. *Entrégate. Deja que te coma entera. Seremos una sola.* María intentó correr, pero sus piernas no obedecieron. Ximena la agarró por el cabello, tirando su cabeza hacia atrás. La besó con violencia, lengua invadiendo hasta la garganta, saboreando la campanilla. María sintió que se ahogaba en el beso, saliva y sangre mezclándose en su boca. Ximena la empujó contra el altar. Rasgó el hábito con uñas que se volvieron garras, dejando surcos profundos en la espalda de María: carne abierta hasta ver músculo y hueso. Sangre corrió por la columna, caliente y espesa. Ximena lamió la herida, lengua áspera raspando hueso expuesto. María gritó, pero el grito se convirtió en gemido cuando Ximena deslizó una mano entre sus piernas, dedos penetrando profundo, curvándose para tocar puntos que la hacían convulsionar. —*Mírame mientras te rompo* —ordenó Ximena. Forzó a María a abrir los ojos. En el reflejo del cáliz dorado sobre el altar, vio su propio rostro: ojos vidriosos, boca abierta en éxtasis forzado, lágrimas negras corriendo por las mejillas. Ximena la penetró con más fuerza, dedos convirtiéndose en algo más largo, más grueso, serpenteando dentro como una víbora. María sintió que llegaba al útero, que lo perforaba, que lo llenaba de una sustancia caliente y viscosa que quemaba desde dentro. El orgasmo fue cataclísmico. María lo tuvo con fuerza con fuerza, chorros que salpicaron el altar, mezclándose con la sangre que goteaba de su espalda. Su cuerpo se arqueó tanto que oyó vértebras crujir. Cuando terminó, Ximena la soltó. María cayó de rodillas, temblando, sangre y fluidos formando un charco a su alrededor. —*Ahora eres mía* —dijo Ximena, besándola en la frente—. *Tu alma lleva mi marca. Cuando mueras, vendrás conmigo.* Pero en ese momento, Ruiz irrumpió en la capilla con el relicario mayor. La luz de la Vera Cruz brilló cegadora. Ximena gritó, cuerpo convulsionando, piel derritiéndose en capas: primero la cara, revelando cráneo sonriente; luego los pechos, pezones cayendo como fruta podrida; luego el vientre, intestinos espectrales derramándose al suelo en un montón humeante. María, aún temblando, agarró el relicario con manos ensangrentadas y lo presionó contra su propio pecho. El dolor fue insoportable: carne chisporroteando, olor a quemado llenando la capilla. Pero sintió que algo se rompía dentro: la corrupción de Ximena se deshacía como un nudo suelto. Ximena se disolvió en un aullido final, cenizas negras flotando en el aire. Crowe y el cadáver-Hale, debilitados por la luz, huyeron hacia la oscuridad. María se quedó sola en la capilla, desnuda, sangrando, temblando. Miró el crucifijo sobre el altar y susurró: —Perdóname… pero gracias. Se desmayó en un charco de su propia sangre y vergüenza. El convento quedó en silencio. Pero en los sueños de María, durante años, Ximena aún susurraba: suave, seductora, eterna. ( **Fin del Capítulo 7 –

### Epílogo Final (): La Flor que No Marchita María Serena salió del convento una mañana de finales de invierno, sin que nadie la viera partir. O quizás nunca se fue. Nadie lo sabe con certeza. Caminó por las calles de Mexicantown con un vestido blanco sencillo que había encontrado en un armario del piso superior, donde las monjas antiguas guardaban hábitos que olían a naftalina y a algo más dulce, más prohibido. El vestido le quedaba perfecto, como si hubiera sido hecho para ella. O para alguien que se le parecía mucho. Llegó a la pequeña plaza frente a la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe. Era un domingo cualquiera —quizás el primero de marzo de 2027, quizás años después, el tiempo se había vuelto elástico dentro de su cabeza—. Se sentó en el mismo banco de madera astillada donde solía sentarse la gente antes de que Detroit empezara a comerse a sí misma. Los niños jugaban en el césped amarillento: una niña con trenzas lanzaba una pelota roja, un niño pequeño perseguía palomas que nunca se asustaban del todo. María los miró con una serenidad que no era del todo humana. Su piel olivácea brillaba bajo el sol débil de Detroit, sin una sola cicatriz visible. Los arañazos en espiral de sus brazos habían desaparecido, o quizás nunca habían existido. Sus ojos negros eran profundos, tranquilos, casi luminosos. Sus labios se curvaban en una sonrisa leve, perpetua, que no llegaba a ser feliz ni triste: simplemente estaba allí. Un niño de cinco o seis años se acercó corriendo. Llevaba una flor amarilla en la mano —un diente de león o quizás un limón diminuto que había brotado en algún lugar imposible—. Se la ofreció con timidez. —Para ti, señora bonita. María la tomó. La acercó a su nariz. Aspiró. Olía a limón fresco. Olía a jazmín marchito. Olía a ambas cosas al mismo tiempo. —Gracias —susurró. El niño se fue corriendo de vuelta al juego, riendo. María se quedó allí, con la flor entre los dedos. No la apretó. No la dejó caer. Simplemente la sostuvo, como si fuera lo único sólido en el mundo. El sol se movió. Las sombras de los árboles se alargaron. Los niños siguieron jugando. Una madre llamó a su hijo por su nombre. Una paloma se posó en el respaldo del banco y la miró fijamente, ladeando la cabeza. María no parpadeó. En algún momento —quizás minutos, quizás horas— una brisa suave le revolvió el cabello. La flor amarilla tembló entre sus dedos, pero no se marchitó. Siguió fresca, vibrante, como si acabara de ser arrancada. Nadie sabe qué pasó después. Algunos dicen que María Serena se levantó y caminó hacia la iglesia, que entró por la puerta lateral y nunca salió. Otros juran que se quedó en el banco hasta que anocheció, y que cuando las luces de la plaza se encendieron, el banco estaba vacío, pero la flor seguía allí, intacta sobre la madera. Hay quien asegura que, años más tarde, en la misma plaza, una mujer de belleza imposible —piel olivácea, ojos negros profundos, sonrisa serena— se sienta los domingos a mirar a los niños jugar. A veces un niño le lleva una flor amarilla. Ella siempre la acepta. Siempre huele a limón y a jazmín al mismo tiempo. ¿Ganó Ximena? ¿María Serena siguió siendo pura, o la corrupción se instaló tan profundo que se volvió indistinguible de la gracia? ¿El convento quedó maldito, o la luz de esa reliquia quemada selló algo que nadie vio? ¿Se perdió María en la depravación, o encontró una paz que trasciende la pureza y el pecado? Nadie responde. Ella está allí, en la plaza. Bella. Serena. Angelical. Los niños juegan. La flor amarilla no se marchita. Y en el viento, quizás, un susurro muy suave: *“Volveré cuando menos lo esperes, amor mío.”* O quizás no sea un susurro. Quizás sea solo el sonido de una pelota rebotando en el césped. Quizás sí. Quizás no.









Y si no fue así?


##

María Serena —o quienquiera que fuera ahora— salió del convento en algún momento que nadie registró. Quizás al amanecer. Quizás al crepúsculo. Quizás nunca salió y siempre estuvo allí, sentada en la plaza, esperando que el tiempo la alcanzara. El vestido blanco que llevaba era demasiado puro para el aire sucio de Detroit: tela ligera que se adhería ligeramente a su piel cuando la brisa la rozaba, como si la tela recordara el tacto de otra piel que no era la suya. Olía a limón recién cortado y, al mismo tiempo, a jazmín que se pudre bajo tierra húmeda. Cuando el sol la tocaba, la tela parecía brillar con luz propia; cuando una sombra la cubría, se volvía traslúcida, dejando entrever contornos que no deberían verse: una espiral sutil en el vientre, un arañazo que desaparecía al mirar directamente. Se sentó en el banco de madera astillada de la plaza frente a Nuestra Señora de Guadalupe. Era domingo. Los niños jugaban en el césped raquítico: risas que sonaban lejanas, como grabadas en un casete viejo, el rebote de una pelota que nunca llegaba del todo al suelo. El aire traía olor a pan dulce de la panadería de la esquina mezclado con gasolina quemada de un coche que pasaba despacio. O quizás el olor a gasolina era jazmín. O quizás no había olor a nada y solo era la memoria de un beso que aún ardía en la nuca. Un joven se detuvo a unos metros. Apenas veintitantos años, cabello negro revuelto por el viento, ojos claros que contrastaban con la piel morena de quien ha crecido entre calles y sol. Camiseta ajustada, vaqueros gastados, una sonrisa fácil que iluminaba la plaza entera. Muy apuesto, de esa belleza limpia y honesta que hace que la gente se gire dos veces sin saber por qué. Llevaba una botella de agua en la mano y una mochila colgada de un hombro, como si acabara de salir de clase o de algún trabajo temporal. La vio. No vio una novicia. No vio cicatrices en espiral que ya no estaban (o que nunca se fueron). No vio la forma en que el vestido blanco se pegaba a sus pechos cuando respiraba, ni la curva sutil de su vientre que parecía contener algo que se movía cuando nadie miraba. Solo vio a una preciosa mujer vestida de blanco, sentada con las manos en el regazo, sosteniendo una flor amarilla que no se marchitaba. Vio serenidad. Vio belleza. Vio algo que le apretó el pecho con una dulzura repentina y honesta. Se enamoró. No fue lujuria. Fue de esos amores que nacen en un segundo y se sienten eternos: el corazón latiendo más fuerte, las manos sudando, la certeza absurda de que esa mujer era lo que había estado buscando sin saberlo. Se acercó despacio, como si temiera romper algo frágil. —Hola… —dijo, voz suave, casi tímida—. ¿Puedo sentarme? María levantó la vista. Sus ojos negros lo miraron sin parpadear. La sonrisa leve se mantuvo, ni más ancha ni más estrecha. Él se sentó a su lado. El banco crujió. El espacio entre ellos era pequeño, pero olía a limón y jazmín al mismo tiempo. Él no lo notó. O quizás sí, y pensó que era el perfume de ella. —Soy Daniel —dijo, extendiendo la mano. María miró la mano. Luego la tomó. Su piel era cálida, suave, humana. La de él tembló ligeramente al tocarla. —María —susurró ella. No dijo más. No necesitaba. Él empezó a hablar: de la universidad, de un trabajo en una cafetería, de cómo le gustaba venir a la plaza los domingos porque los niños jugando le recordaban que el mundo todavía podía ser bueno. Ella escuchaba. O parecía escuchar. Su mirada estaba fija en los niños, en la pelota roja que rebotaba, en el sol que se filtraba entre las hojas. Daniel se enamoró más con cada silencio. No imaginaba que ella había sido novicia. No imaginaba que había estado consagrada a Dios. No imaginaba que bajo ese vestido blanco había heridas que se abrían y cerraban solas, que su vientre había sido perforado por dedos que no eran de este mundo, que cada vez que respiraba profundo sentía un susurro húmedo en el oído interno: *“Él también será mío”*. Se despidieron cuando el sol empezó a bajar. Él le pidió su número. Ella sonrió —la misma sonrisa serena— y dijo: —Volveré el próximo domingo. Él se fue caminando hacia atrás, mirándola, sonriendo como un adolescente por primera vez enamorado. María se quedó en el banco.Era una lección que debía aprender? La flor amarilla entre sus dedos no se marchitó.Era una buena señal. Los niños siguieron jugando. El viento trajo un olor a jazmín podrido que nadie más olió. Y en algún lugar muy profundo, dentro del vientre de María —o quizás solo en su mente—, algo se movió. Lento. Satisfecho. Esperando. Daniel no lo sabía aún. Pero volvería el próximo domingo. Y el siguiente. Y el que viniera después. Porque algunas flores no se marchitan. Y algunos amores no nacen para durar en la luz. La plaza quedó vacía al atardecer. O quizás no. La flor amarilla seguía allí. Fresca. Eterna. Y el lector cierra el libro sin saber nada con certeza. ¿Ganó Ximena? ¿Quedó María pura? ¿El convento maldito? ¿Se perdió ella en la depravación? Quizás sí. Quizás no. Quizás la próxima historia ya empezó, justo en esa plaza, con un joven apuesto que se enamora honestamente de una mujer vestida de blanco que huele a limón y jazmín al mismo tiempo. **Fin absoluto de Sombras Sangrientas en las Ruinas de Detroit**

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