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martes, 20 de enero de 2026

Camino del Llano.Nueva Era ( El retorno de María Serena)

### Capítulo 1: Las Sombras Despertadas Detroit, invierno de 2026. La ciudad ya no era solo pobre; era un cadáver que aún respiraba. El viento del río Detroit arrastraba hedor a metal oxidado y aguas fecales, colándose por las grietas de edificios que se derrumbaban como dientes podridos. En el sector este, donde las calles se convertían en laberintos de lotes vacíos y fábricas muertas, se erguía el antiguo asilo Eloise, o lo que quedaba de él: un monstruo de ladrillo rojo y ventanas negras, con alas enteras derrumbadas y techos hundidos que dejaban ver estrellas indiferentes. Dentro de una de esas alas abandonadas, donde el suelo estaba cubierto de escombros y cristales rotos, algo se movía. No era humano. No del todo. El Dr. Harlan Crowe —o lo que quedaba de su alma— flotaba a unos centímetros del suelo. Su forma era una silueta alargada, envuelta en jirones de bata quirúrgica manchada de siglos de sangre seca. La tela se adhería a su carne putrefacta como si aún intentara contener los órganos que se desprendían en vida. Sus ojos eran pozos negros con destellos de bisturí; su boca, una grieta que se abría demasiado, mostrando dientes amarillentos y una lengua que se movía como un gusano hambriento. Crowe no había muerto en paz en 1897. Lo habían colgado por los experimentos: disecciones en vivo de mendigas, inmigrantes, locas sin familia. Les abría el vientre para "estudiar el alma", les cortaba las cuerdas vocales para que sus gritos no molestaran a los vecinos. Cuando la soga lo estranguló, su último pensamiento fue: "Aún no he terminado". Y el odio lo mantuvo atado. Ahora, en 2026, el asilo era su reino. Se alimentaba de dolor fresco. Y Detroit le proveía banquetes diarios. A unas cuadras, en una calle sin alumbrado donde los faroles rotos colgaban como ojos ciegos, Marcus Hale caminaba con pasos medidos. 38 años, exmarine, cicatrices de IED en Irak que le habían dejado la mitad izquierda del rostro como carne derretida. Llevaba una mochila negra con cremalleras silenciosas. Dentro: cuerda de nailon, bisturí quirúrgico (uno auténtico del siglo XIX que había robado de un coleccionista), cloroformo casero, cinta adhesiva. Y una lista mental: nombres, edades, rutas habituales. Su apodo en los foros oscuros era "El Cazador de las Olvidadas". Elegía latinas y negras porque, según su lógica retorcida, eran "las que nadie busca". Madres solteras que salían del turno nocturno en fábricas de autopartes, adolescentes que huían de casas con padrastros abusivos, inmigrantes sin papeles que no denunciaban nada. Las estrangulaba lento, disfrutando cómo los ojos se les ponían en blanco mientras el cuerpo se convulsionaba. Luego tallaba símbolos en la piel: cruces invertidas, runas que copiaba de libros que Crowe le susurraba en sueños. Los cuerpos los dejaba en lotes vacíos, expuestos como arte. La policía y el FBI estaban jodidos. Veintitrés cuerpos en veinticuatro meses. Ninguna huella digital, ninguna cámara que lo captara claro (el fantasma borraba las grabaciones con interferencias electromagnéticas). Testigos que sobrevivían juraban haber visto "sombras que se movían solas". Los perfiles decían: "asesino organizado, motivación racial/sexual". Pero no entendían la mitad. Esa noche, Hale había elegido a Marisol Díaz, 17 años, recién llegada de Guatemala, trabajando en una lavandería industrial hasta las 2 a.m. Caminaba sola por Gratiot Avenue, auriculares puestos, ignorando el frío que le calaba los huesos. No oyó los pasos detrás. No vio la silueta que se despegaba de la pared como humo negro. Hale la agarró por detrás, mano enguantada tapándole la boca. El cloroformo hizo efecto en segundos. La arrastró a un callejón, detrás de un contenedor volcado. Allí, en la penumbra, sacó el bisturí. Le rasgó la blusa, exponiendo piel morena temblorosa. Empezó por el abdomen: un corte largo, preciso, abriendo carne como papel. La sangre brotó caliente, humeante en el frío. Marisol despertó a mitad del procedimiento, ojos desorbitados, intentando gritar pero solo salía un gorgoteo ahogado. Hale sonrió bajo la máscara quirúrgica. "Shhh... el doctor está trabajando." Mientras cortaba más profundo, buscando el útero —"el origen de la impureza"—, sintió el frío familiar. Crowe se manifestó. No como posesión total aún; solo un susurro en la mente: "Más lento. Quiero oírla romperse." Hale obedeció. Insertó los dedos enguantados en la herida abierta, palpando órganos calientes y resbaladizos. Marisol convulsionó, orina y sangre mezclándose en el suelo sucio. Cuando el corazón dejó de latir, Hale talló la runa final en la frente: una espiral que parecía un ojo abierto. Dejó el cuerpo allí, expuesto a los perros callejeros. Mañana lo encontrarían los basureros o algún adicto buscando cobre. Otro caso sin resolver. En la clínica comunitaria la novicia María Serena, terminaba su turno. Sus eternos 19 años, manos bellas de años atendiendo heridos en favelas y campos de refugiados. Hábito dominico negro, crucifijo de plata pesado contra el pecho. Esa noche había cosido a una adolescente puertorriqueña con navajazos en los brazos —"me defendí de mi novio"—, y había visto el miedo en sus ojos: el mismo miedo que veía en las noticias. Mientras limpiaba instrumentos, oyó el susurro por primera vez. No en el aire; dentro de su cráneo, como uñas arañando hueso. "Ayúdame... o únete a nosotras." María Serena se giró. La habitación estaba vacía. Solo el zumbido de los fluorescentes y el olor a desinfectante. Pero en el espejo sobre el lavabo, por un segundo, vio una silueta detrás de ella: alta, encorvada, con ojos que brillaban como metal mojado en sangre. Se santiguó. "En el nombre del Padre..." El reflejo sonrió. Y desapareció. María Serena salió a la calle. El viento traía olor a hierro y muerte. Sabía que no era coincidencia. Dios no le había dado visiones toda su vida para nada. Pero esta vez no era solo un llamado a la oración. Era una guerra. Y el enemigo ya la había olido. ( **Fin del Capítulo 1**


¡ ### Capítulo 2: El Susurro que Corta María Serena no durmió esa noche. El convento dominico en el corazón de Mexicantown era un edificio modesto de ladrillo rojo, con cruces en cada puerta y un silencio que normalmente le daba paz. Pero ahora ese silencio era opresivo, como si el aire mismo estuviera conteniendo la respiración. Se sentó en el borde de la cama estrecha, el crucifijo de plata apretado contra la palma hasta que le dejó una marca roja. El susurro seguía reverberando en su cabeza:
*“Ayúdame... o únete a nosotras”*. No era una voz humana. Era algo que raspaba desde dentro del hueso, como si alguien arañara el interior de su cráneo con uñas largas y sucias. A las 4:17 a.m. decidió actuar. Se levantó, se puso el hábito completo (incluyendo el velo que tanto odiaba en el frío de Detroit), y salió sin despertar a las otras hermanas. La calle estaba desierta; solo el eco de un perro lejano y el zumbido de un transformador roto. Caminó las ocho cuadras hasta el lote vacío donde, según las noticias de la radio comunitaria, habían encontrado a Marisol Díaz esa misma tarde.


La policía ya se había ido. Solo quedaban cintas amarillas rotas colgando de postes torcidos y un charco de sangre coagulada que brillaba negra bajo la luz de una farola moribunda. Elena se agachó. El olor era insoportable: hierro oxidado, orina, y algo más... un dulzor podrido, como carne que hubiera estado expuesta al calor demasiado tiempo. Tocó el suelo con los dedos enguantados. La sangre aún estaba tibia en algunos bordes. Imposible. Habían pasado horas. Pero ahí estaba: un hilo rojo que parecía moverse solo, como si tuviera pulso. Entonces lo oyó de nuevo. Más cerca. Más claro. *“Mírala... mírala bien.”* María Serena levantó la vista. En la pared del edificio contiguo, entre grafitis descoloridos y agujeros de bala, apareció una sombra que no pertenecía a nada físico. Alta, encorvada. La bata quirúrgica raída se movía como si hubiera viento, aunque el aire estaba quieto. El rostro del fantasma —porque ya no había duda de que era un fantasma— era una máscara de carne derretida y hueso expuesto. Los ojos eran huecos con un brillo metálico, como si alguien hubiera metido bisturíes en las cuencas. María Serena se santiguó con mano temblorosa. —*In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti...* El ente rió. Un sonido húmedo, gorgoteante, como si se ahogara en su propia sangre. —*Tus palabras no me atan, monja. No todavía.* —La voz era un eco múltiple, como si varios hombres hablaran al mismo tiempo, todos con acento de Nueva Inglaterra del siglo XIX—. *Mira lo que hizo por mí. Mira el regalo.* La sombra se extendió por el suelo, y de repente María Serena vio la escena reproducida como un holograma enfermo: Marisol despertando a mitad del corte, los ojos desorbitados, la boca abierta en un grito mudo mientras los dedos enguantados de Hale hurgaban dentro de su abdomen abierto. Sangre salpicando en arcos rojos, órganos resbaladizos cayendo al suelo sucio. El asesino tarareando una canción infantil mientras tallaba la espiral en la frente. María Serena retrocedió, tropezando con un ladrillo suelto. Cayó de espaldas, el hábito se le manchó de sangre seca. El fantasma se acercó flotando, su forma ondulando como humo espeso. —*Él me alimenta. Yo lo guío. Juntos somos arte. Y tú... tú serás la próxima musa.* María Serena extrajo el rosario del bolsillo. Empezó a rezar el Credo en voz alta, fuerte, desafiante. Cada palabra parecía quemar el aire. El fantasma retrocedió un paso, siseando como carne en una sartén caliente. —*No puedes detenerme, hermana. La ciudad está llena de ellas. Pequeñas, morenas, solas. Nadie las busca. Nadie las llora.* Y entonces desapareció. Solo quedó el eco de la risa y un frío que se metió bajo el hábito, directo a los huesos. La joven novicia se levantó temblando. Miró el cuerpo ausente —ya se lo habían llevado— y vio algo que la policía no había notado: en el charco de sangre, escrito con un dedo, una palabra tallada en la tierra húmeda: **ÚNETE** Se limpió las manos en el hábito y corrió de vuelta al convento. Al llegar, la puerta de la capilla estaba entreabierta. Dentro, en el altar, encontró su Biblia abierta en el libro de Job. Alguien —o algo— había subrayado con sangre seca el versículo 3:3: *“Perezca el día en que nací, y la noche que dijo: ‘Varón ha sido concebido’.”* María Serena cerró el libro de golpe. Su corazón latía tan fuerte que le dolía el pecho. Sabía que no podía contarle a la madre Clara. No todavía. La superiora la mandaría a terapia o peor: la relevaría de sus deberes en la clínica. Pero Elena no podía dejarlo. No después de ver eso. A la mañana siguiente, fingió normalidad. Atendió pacientes: un niño con fiebre, una abuela con diabetes descontrolada, una joven negra con moretones que juraba que “se había caído”. Elena las miraba a todas con nuevos ojos. ¿Cuál sería la próxima? Mientras tanto, en un sótano húmedo bajo una casa abandonada en Brightmoor, Marcus Hale limpiaba su bisturí. El fantasma flotaba a su lado, susurrándole nombres nuevos. Hale sonrió. La monja lo había visto. Eso lo excitaba. La próxima no sería cualquiera. Sería ella. O alguien que ella amara. **Fin del Capítulo 2**


¡ ### Capítulo 3: La Marca en la Piel La novicia pasó el día siguiente en una niebla de rutina forzada,primero sus deberes.





Luego al hospital que bullía de pacientes: un niño con tos persistente, una anciana con llagas en las piernas que olían a gangrena, una joven latina que entró cojeando con un ojo morado y labios partidos.
“Me caí por las escaleras”, dijo la chica, evitando mirarla a los ojos. La novicia no insistió. Sabía que en estos barrios las escaleras tenían puños y nombres de hombres. Pero cada vez que cerraba los ojos, veía el corte en el abdomen de Marisol: la carne abierta como labios grotescos, los intestinos brillando húmedos bajo la luz amarilla de una farola. El olor a hierro y miedo seguía pegado a su hábito, aunque lo había lavado tres veces. Al atardecer, cuando la última paciente se fue, ella sacó el teléfono desechable que había comprado en una tienda de conveniencia esa mañana. No confiaba en su línea oficial; si el fantasma podía susurrar en su cabeza, ¿qué le impedía escuchar llamadas? Marcó el número que había encontrado en un foro católico underground: el del padre Miguel Ruiz, un exsacerdote que había sido expulsado de la orden por “excesiva creencia en lo demoníaco”. Ruiz vivía en las afueras, en un remolque oxidado cerca de Hamtramck, y se ganaba la vida haciendo exorcismos no oficiales para familias desesperadas. Respondió al tercer tono. Voz ronca, con acento puertorriqueño marcado. —¿Quién habla? —Novicia María Serena, dominica. Necesito hablar de… algo que no se puede decir por teléfono. Silencio. Luego una risa seca. —¿Vio algo en Detroit que no cabe en un rosario? —Vi un fantasma. Y está matando niñas. Otro silencio. —Venga a las nueve. Traiga agua bendita. Y no le diga a nadie. Ella cerro el celular. Miró por la ventana: el sol se hundía rojo sangre detrás de las chimeneas muertas. Sintió un escalofrío que no era del frío. Mientras tanto, en el sótano de Brightmoor, Marcus Hale se preparaba. El lugar era un agujero húmedo bajo una casa victoriana derruida: paredes de hormigón agrietado, goteras constantes, un colchón manchado en una esquina y una mesa de metal donde alineaba sus herramientas. El bisturí del siglo XIX brillaba bajo la luz de una lámpara de camping. Al lado, una foto impresa de la bella novicia: tomada esa mañana desde un tejado lejano con un zoom potente. La monja saliendo de la clínica, el hábito ondeando como una bandera negra. Hale se tocó la cicatriz en la mejilla. La piel tirante le recordaba Irak, los cuerpos destrozados por explosiones, los gritos que aún oía en sueños. Pero ahora esos gritos tenían propósito. Crowe le había dado propósito. El fantasma apareció sin aviso, materializándose en el centro del sótano. La bata raída goteaba algo negro y espeso que no llegaba al suelo. —*Ella sabe demasiado* —siseó Crowe—. *La monja ve. Las otras no veían. Las otras gritaban y morían. Ella reza.* Hale sonrió, mostrando dientes torcidos. —Entonces la haremos gritar primero. Crowe flotó más cerca. Extendió una mano espectral y tocó la frente de Hale. El contacto fue como hielo quemando. Hale jadeó, los ojos se le pusieron en blanco por un segundo. Cuando volvió, tenía una nueva visión: Elena en la clínica, inclinada sobre una paciente. La paciente era una adolescente negra, 15 años, cabello trenzado, ojos grandes y asustados. Se llamaba Aisha Thompson. Trabajaba después de clases en una tienda de comestibles. Caminaba sola por Joy Road todas las noches. —*Ella la conoce* —susurró Crowe—. *La atendió la semana pasada por un corte en la mano. La monja le habló de Jesús. La niña sonrió. Haz que deje de sonreír.* Hale asintió. Sacó un cuchillo más pequeño, uno de cocina oxidado, y lo probó en su antebrazo. Un corte limpio, sangre brotando en perlas rojas. Lamio la hoja. Sabía a cobre y excitación. Manejando un destartalado Charger ,María Serena llegó al remolque de Ruiz a las nueve en punto. El lugar olía a incienso quemado y café rancio. Ruiz era un hombre de unos 60 años, pelo gris corto, ojos hundidos, cicatriz en la ceja izquierda. La invitó a pasar sin ceremonias. Sobre la mesa: un crucifijo grande de madera, frascos de agua bendita, sal, una Biblia gastada y un revólver calibre 38. —No pregunte —dijo él al ver que Elena miraba el arma—. A veces los demonios necesitan plomo antes que oración. Elena le contó todo: el susurro, la visión del asesinato, la palabra “ÚNETE” en la sangre, el fantasma con bata quirúrgica. Ruiz escuchó en silencio. Cuando terminó, se persignó. —Es un atado. Un espíritu que no se fue porque le gusta el dolor. Y ahora tiene un socio vivo. El Cazador. —¿Cómo lo sabe? —Porque lo he visto antes. En Gary, Indiana, hace años. Un tipo parecido: asesinatos rituales, un fantasma que guiaba. Terminó mal. El exorcista murió. El asesino se suicidó después de confesar. Pero el fantasma… volvió en otro lugar. Ella sintió un nudo en el estómago. —¿Podemos detenerlo? Ruiz la miró fijo. —Solo si lo enfrentamos donde está fuerte. En Eloise. Pero no irá sola. Y no con permiso de la Iglesia. Si la madre superiora se entera, la sacan de aquí. —No me importa —dijo la muchacha—. Dios no necesita permiso para combatir al mal. Ruiz sonrió por primera vez. —Esa es la respuesta correcta. Le dio un frasco de agua bendita y un pequeño relicario con una astilla de la Vera Cruz (o eso decía). —Vuelva mañana. Traeré a alguien más. Un exdetective que perdió a su hija por un asesino parecido. Está… motivado. Ella salió del remolque con el corazón latiendo fuerte. La noche era negra como tinta. Mientras caminaba hacia el convento, sintió que la observaban. No se equivocaba. Desde un tejado a dos cuadras, Hale la siguió con la mira de un rifle de caza. El fantasma flotaba a su lado. —*Mañana* —susurró Crowe con ausencia de
de remordimiento , Incapacidad real de aprender de la experiencia Ausencia de neuroticismo ,sin capacidad de distinguir entre un fantasma y un ser real, era solo eso un instrumento y a la vez creía que sus víctimas eran instrumentos y medios para el.placer que sentía cuando hacía daño.

—. *La niña primero. Luego ella.* Hale bajó el arma. Sonrió. —Mañana. ( **Fin del Capítulo 3**

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