¡
### Capítulo 2: El Susurro que Corta
María Serena no durmió esa noche. El convento dominico en el corazón de Mexicantown era un edificio modesto de ladrillo rojo, con cruces en cada puerta y un silencio que normalmente le daba paz. Pero ahora ese silencio era opresivo, como si el aire mismo estuviera conteniendo la respiración.
Se sentó en el borde de la cama estrecha, el crucifijo de plata apretado contra la palma hasta que le dejó una marca roja. El susurro seguía reverberando en su cabeza:
*“Ayúdame... o únete a nosotras”*. No era una voz humana. Era algo que raspaba desde dentro del hueso, como si alguien arañara el interior de su cráneo con uñas largas y sucias.
A las 4:17 a.m. decidió actuar. Se levantó, se puso el hábito completo (incluyendo el velo que tanto odiaba en el frío de Detroit), y salió sin despertar a las otras hermanas. La calle estaba desierta; solo el eco de un perro lejano y el zumbido de un transformador roto. Caminó las ocho cuadras hasta el lote vacío donde, según las noticias de la radio comunitaria, habían encontrado a Marisol Díaz esa misma tarde.
La policía ya se había ido. Solo quedaban cintas amarillas rotas colgando de postes torcidos y un charco de sangre coagulada que brillaba negra bajo la luz de una farola moribunda. Elena se agachó. El olor era insoportable: hierro oxidado, orina, y algo más... un dulzor podrido, como carne que hubiera estado expuesta al calor demasiado tiempo. Tocó el suelo con los dedos enguantados. La sangre aún estaba tibia en algunos bordes. Imposible. Habían pasado horas. Pero ahí estaba: un hilo rojo que parecía moverse solo, como si tuviera pulso. Entonces lo oyó de nuevo. Más cerca. Más claro. *“Mírala... mírala bien.”* María Serena levantó la vista. En la pared del edificio contiguo, entre grafitis descoloridos y agujeros de bala, apareció una sombra que no pertenecía a nada físico. Alta, encorvada. La bata quirúrgica raída se movía como si hubiera viento, aunque el aire estaba quieto. El rostro del fantasma —porque ya no había duda de que era un fantasma— era una máscara de carne derretida y hueso expuesto. Los ojos eran huecos con un brillo metálico, como si alguien hubiera metido bisturíes en las cuencas. María Serena se santiguó con mano temblorosa. —*In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti...* El ente rió. Un sonido húmedo, gorgoteante, como si se ahogara en su propia sangre. —*Tus palabras no me atan, monja. No todavía.* —La voz era un eco múltiple, como si varios hombres hablaran al mismo tiempo, todos con acento de Nueva Inglaterra del siglo XIX—. *Mira lo que hizo por mí. Mira el regalo.* La sombra se extendió por el suelo, y de repente María Serena vio la escena reproducida como un holograma enfermo: Marisol despertando a mitad del corte, los ojos desorbitados, la boca abierta en un grito mudo mientras los dedos enguantados de Hale hurgaban dentro de su abdomen abierto. Sangre salpicando en arcos rojos, órganos resbaladizos cayendo al suelo sucio. El asesino tarareando una canción infantil mientras tallaba la espiral en la frente. María Serena retrocedió, tropezando con un ladrillo suelto. Cayó de espaldas, el hábito se le manchó de sangre seca. El fantasma se acercó flotando, su forma ondulando como humo espeso. —*Él me alimenta. Yo lo guío. Juntos somos arte. Y tú... tú serás la próxima musa.* María Serena extrajo el rosario del bolsillo. Empezó a rezar el Credo en voz alta, fuerte, desafiante. Cada palabra parecía quemar el aire. El fantasma retrocedió un paso, siseando como carne en una sartén caliente. —*No puedes detenerme, hermana. La ciudad está llena de ellas. Pequeñas, morenas, solas. Nadie las busca. Nadie las llora.* Y entonces desapareció. Solo quedó el eco de la risa y un frío que se metió bajo el hábito, directo a los huesos. La joven novicia se levantó temblando. Miró el cuerpo ausente —ya se lo habían llevado— y vio algo que la policía no había notado: en el charco de sangre, escrito con un dedo, una palabra tallada en la tierra húmeda: **ÚNETE** Se limpió las manos en el hábito y corrió de vuelta al convento. Al llegar, la puerta de la capilla estaba entreabierta. Dentro, en el altar, encontró su Biblia abierta en el libro de Job. Alguien —o algo— había subrayado con sangre seca el versículo 3:3: *“Perezca el día en que nací, y la noche que dijo: ‘Varón ha sido concebido’.”* María Serena cerró el libro de golpe. Su corazón latía tan fuerte que le dolía el pecho. Sabía que no podía contarle a la madre Clara. No todavía. La superiora la mandaría a terapia o peor: la relevaría de sus deberes en la clínica. Pero Elena no podía dejarlo. No después de ver eso. A la mañana siguiente, fingió normalidad. Atendió pacientes: un niño con fiebre, una abuela con diabetes descontrolada, una joven negra con moretones que juraba que “se había caído”. Elena las miraba a todas con nuevos ojos. ¿Cuál sería la próxima? Mientras tanto, en un sótano húmedo bajo una casa abandonada en Brightmoor, Marcus Hale limpiaba su bisturí. El fantasma flotaba a su lado, susurrándole nombres nuevos. Hale sonrió. La monja lo había visto. Eso lo excitaba. La próxima no sería cualquiera. Sería ella. O alguien que ella amara. **Fin del Capítulo 2**
¡
### Capítulo 3: La Marca en la Piel
La novicia pasó el día siguiente en una niebla de rutina forzada,primero sus deberes.
Luego al hospital que bullía de pacientes: un niño con tos persistente, una anciana con llagas en las piernas que olían a gangrena, una joven latina que entró cojeando con un ojo morado y labios partidos.
“Me caí por las escaleras”, dijo la chica, evitando mirarla a los ojos. La novicia no insistió. Sabía que en estos barrios las escaleras tenían puños y nombres de hombres.
Pero cada vez que cerraba los ojos, veía el corte en el abdomen de Marisol: la carne abierta como labios grotescos, los intestinos brillando húmedos bajo la luz amarilla de una farola. El olor a hierro y miedo seguía pegado a su hábito, aunque lo había lavado tres veces.
Al atardecer, cuando la última paciente se fue, ella sacó el teléfono desechable que había comprado en una tienda de conveniencia esa mañana. No confiaba en su línea oficial; si el fantasma podía susurrar en su cabeza, ¿qué le impedía escuchar llamadas? Marcó el número que había encontrado en un foro católico underground: el del padre Miguel Ruiz, un exsacerdote que había sido expulsado de la orden por “excesiva creencia en lo demoníaco”. Ruiz vivía en las afueras, en un remolque oxidado cerca de Hamtramck, y se ganaba la vida haciendo exorcismos no oficiales para familias desesperadas.
Respondió al tercer tono. Voz ronca, con acento puertorriqueño marcado.
—¿Quién habla?
—Novicia María Serena, dominica. Necesito hablar de… algo que no se puede decir por teléfono.
Silencio. Luego una risa seca.
—¿Vio algo en Detroit que no cabe en un rosario?
—Vi un fantasma. Y está matando niñas.
Otro silencio.
—Venga a las nueve. Traiga agua bendita. Y no le diga a nadie.
Ella cerro el celular. Miró por la ventana: el sol se hundía rojo sangre detrás de las chimeneas muertas. Sintió un escalofrío que no era del frío.
Mientras tanto, en el sótano de Brightmoor, Marcus Hale se preparaba. El lugar era un agujero húmedo bajo una casa victoriana derruida: paredes de hormigón agrietado, goteras constantes, un colchón manchado en una esquina y una mesa de metal donde alineaba sus herramientas. El bisturí del siglo XIX brillaba bajo la luz de una lámpara de camping. Al lado, una foto impresa de la bella novicia: tomada esa mañana desde un tejado lejano con un zoom potente. La monja saliendo de la clínica, el hábito ondeando como una bandera negra.
Hale se tocó la cicatriz en la mejilla. La piel tirante le recordaba Irak, los cuerpos destrozados por explosiones, los gritos que aún oía en sueños. Pero ahora esos gritos tenían propósito. Crowe le había dado propósito.
El fantasma apareció sin aviso, materializándose en el centro del sótano. La bata raída goteaba algo negro y espeso que no llegaba al suelo.
—*Ella sabe demasiado* —siseó Crowe—. *La monja ve. Las otras no veían. Las otras gritaban y morían. Ella reza.*
Hale sonrió, mostrando dientes torcidos.
—Entonces la haremos gritar primero.
Crowe flotó más cerca. Extendió una mano espectral y tocó la frente de Hale. El contacto fue como hielo quemando. Hale jadeó, los ojos se le pusieron en blanco por un segundo. Cuando volvió, tenía una nueva visión: Elena en la clínica, inclinada sobre una paciente. La paciente era una adolescente negra, 15 años, cabello trenzado, ojos grandes y asustados. Se llamaba Aisha Thompson. Trabajaba después de clases en una tienda de comestibles. Caminaba sola por Joy Road todas las noches.
—*Ella la conoce* —susurró Crowe—. *La atendió la semana pasada por un corte en la mano. La monja le habló de Jesús. La niña sonrió. Haz que deje de sonreír.*
Hale asintió. Sacó un cuchillo más pequeño, uno de cocina oxidado, y lo probó en su antebrazo. Un corte limpio, sangre brotando en perlas rojas. Lamio la hoja. Sabía a cobre y excitación.
Manejando un destartalado Charger ,María Serena llegó al remolque de Ruiz a las nueve en punto. El lugar olía a incienso quemado y café rancio. Ruiz era un hombre de unos 60 años, pelo gris corto, ojos hundidos, cicatriz en la ceja izquierda. La invitó a pasar sin ceremonias.
Sobre la mesa: un crucifijo grande de madera, frascos de agua bendita, sal, una Biblia gastada y un revólver calibre 38.
—No pregunte —dijo él al ver que Elena miraba el arma—. A veces los demonios necesitan plomo antes que oración.
Elena le contó todo: el susurro, la visión del asesinato, la palabra “ÚNETE” en la sangre, el fantasma con bata quirúrgica.
Ruiz escuchó en silencio. Cuando terminó, se persignó.
—Es un atado. Un espíritu que no se fue porque le gusta el dolor. Y ahora tiene un socio vivo. El Cazador.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque lo he visto antes. En Gary, Indiana, hace años. Un tipo parecido: asesinatos rituales, un fantasma que guiaba. Terminó mal. El exorcista murió. El asesino se suicidó después de confesar. Pero el fantasma… volvió en otro lugar.
Ella sintió un nudo en el estómago.
—¿Podemos detenerlo?
Ruiz la miró fijo.
—Solo si lo enfrentamos donde está fuerte. En Eloise. Pero no irá sola. Y no con permiso de la Iglesia. Si la madre superiora se entera, la sacan de aquí.
—No me importa —dijo la muchacha—. Dios no necesita permiso para combatir al mal.
Ruiz sonrió por primera vez.
—Esa es la respuesta correcta.
Le dio un frasco de agua bendita y un pequeño relicario con una astilla de la Vera Cruz (o eso decía).
—Vuelva mañana. Traeré a alguien más. Un exdetective que perdió a su hija por un asesino parecido. Está… motivado.
Ella salió del remolque con el corazón latiendo fuerte. La noche era negra como tinta. Mientras caminaba hacia el convento, sintió que la observaban.
No se equivocaba.
Desde un tejado a dos cuadras, Hale la siguió con la mira de un rifle de caza. El fantasma flotaba a su lado.
—*Mañana* —susurró Crowe con ausencia de
de remordimiento
, Incapacidad real de aprender de la experiencia
Ausencia de neuroticismo ,sin capacidad de distinguir entre un fantasma y un ser real, era solo eso un instrumento y a la vez creía que sus víctimas eran instrumentos y medios para el.placer que sentía cuando hacía daño.—. *La niña primero. Luego ella.*
Hale bajó el arma. Sonrió.
—Mañana.
(
**Fin del Capítulo 3**



No hay comentarios:
Publicar un comentario
Hola Amigos, Aquí Puedes Colocar tus comentarios de los posts