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miércoles, 21 de enero de 2026

El Retorno de Maria Serena.Final

Novelas Por Capitulos

Viene de

https://e999erpc55autopublicado.blogspot.com/2026/01/camino-del-llanonueva-era.html?m=1


### Capítulo 4: La Alianza de las Sombras Eternas María Serena salió del remolque de Ruiz con el corazón latiendo como un tambor de guerra. A sus 19 años, la bella novicia dominica —con su piel blanca heredada de ancestros hispanicos, ojos negros profundos como pozos sin fondo y una figura esbelta que aún conservaba la inocencia de la juventud— no había imaginado que su vocación la llevaría a esto.


Había ingresado al convento hacía apenas un año, huyendo de un pasado turbulento en las calles de cualquier sitio, donde el narco había devorado a su familia.



Ahora, en Detroit, servía como enfermera voluntaria en la clínica de Mexicantown, reemplazando a la sor Elena Vargas, quien había sido trasladada repentinamente por la madre superiora Clara. "Eres joven, pero fuerte", le había dicho Clara al asignarla. Pero María no se sentía fuerte esa noche. El aire de Hamtramck era espeso, cargado de un frío que se colaba bajo su hábito ligero, y la sensación de ser observada era como dedos helados recorriendo su espina dorsal. Caminó rápido por las calles oscuras, el relicario con la astilla de la Vera Cruz apretado en su mano. Ruiz le había prometido un aliado: un exdetective motivado por la pérdida de su hija. Pero ¿bastaría?

No sabía a qué se enfrentaba.

El fantasma —el Dr. Harlan Crowe— y su socio vivo, el Cazador, parecían invencibles. Y ahora, con Aisha Thompson en peligro, cada segundo contaba. María aceleró el paso, sus zapatos gastados chapoteando en charcos de agua sucia. No vio la figura en el tejado, ni oyó el clic suave de la mira del rifle. Pero Crowe sí la vio. Y sonrió en la oscuridad.
En el sótano de Brightmoor, Marcus Hale limpiaba el cuchillo oxidado con un trapo empapado en alcohol. La sangre de su propio corte ya se había secado, dejando una costra roja que picaba como un recordatorio placentero. El fantasma flotaba cerca, su forma espectral ondulando como humo negro. Pero esa noche, no estaban solos. Una nueva presencia se materializó en el rincón más oscuro del sótano: una mujer de belleza sobrenatural, con piel pálida como la luna, cabello negro azabache cayendo en ondas perfectas hasta la cintura, y ojos verdes que brillaban con un fuego antiguo. Vestía un traje colonial raído, como de una dama española del siglo XVII, con encajes manchados de tierra y sangre seca. Era Ximena , una figura diabólica encarnada de la antigua América colonial. Ximena no era un fantasma común.Se decía que Había sido una bruja en la Capitanía General, ejecutada en algún año durante una purga inquisitorial en Moron. Acusada de pactar con el diablo, de envenenar a maridos infieles y de devorar almas de niños no bautizados, su ejecución no la había destruido. Al contrario: el diablo la había reclamado, encarnándola en una forma eterna, hermosa y maligna. Vagaba por siglos, atrayendo a hombres débiles con su belleza, susurrándoles secretos oscuros que los llevaban a la ruina. Buscando la manera de robar los limones del Nazareno .Esa era una de las teorías; quizás la verdad fuera más cerca del mal en su inmensa y sobrenatural dimensión.

En los 2000s, había encontrado a Crowe en las ruinas de Eloise, atraída por su sadismo. Ahora, formaban una tríada con Hale: el fantasma el cerebro, Hale el brazo ejecutor, y Ximena la seductora que manipulaba las mentes y los cuerpos.
—*La novicia es fresca* —siseó Ximena, su voz un ronroneo seductor con acento colonial español—. *Piel suave, fe intacta. Romperla será un deleite.* Hale levantó la vista, hipnotizado por su belleza. Siempre que Ximena aparecía, sentía un calor en la entrepierna, un deseo mezclado con terror. Ella lo había encontrado en un bar años atrás, susurrándole promesas de poder. "Únete a nosotros", le había dicho, y él había obedecido. Crowe flotó hacia ella, su bata rozando la falda de Ximena. —*Ella reza. Como tú rezabas antes de quemar, bruja.* Ximena rió, un sonido como cristales rompiéndose. —*La oración es el preludio del grito. Hagamos que su Dios la abandone.* Los tres planearon. Aisha sería el cebo. Hale la capturaría esa noche en Joy Road. Ximena usaría su encanto diabólico para confundir a cualquier testigo, borrando memorias con visiones de placer prohibido. Crowe guiaría el ritual: un corte más profundo, símbolos que invocaran fuerzas antiguas. Y María Serena... ella sería el premio final. Hale salió del sótano con la mochila lista. El cuchillo, la cuerda, el cloroformo. Caminó por las calles abandonadas,




el fantasma y Ximena siguiéndole como sombras vivas. Joy Road era un tramo desolado: faroles rotos, casas con ventanas tapiadas, perros callejeros husmeando basura. Aisha Thompson salía de su turno en la tienda de comestibles a las 10:30 p.m. exactas. Quince años, trenzas largas, uniforme escolar bajo el abrigo raído. Caminaba con auriculares, tarareando una canción gospel que su madre le había enseñado.
Hale la esperó en un callejón. Cuando pasó, saltó. La mano sobre la boca, el cloroformo presionado. Aisha pataleó, sus uñas arañando el brazo de Hale, dejando surcos sangrientos. Pero era pequeña, débil. Se desmayó en segundos. La arrastró a un lote vacío detrás de una iglesia abandonada. El lugar perfecto: cruces rotas en el suelo, como una burla al cielo. Ximena se materializó primero, tocando la frente de Aisha para mantenerla en un trance semiconsciente.
"Sueña conmigo, niña", susurró.

Aisha abrió los ojos, vidriosos, y vio a Ximena como una madre amorosa, no como el demonio que era.
Crowe flotó sobre ellas. —*Empieza por los ojos. Quiero que vea su propia ruina.* Hale sacó el cuchillo. Rasgó la blusa de Aisha, exponiendo piel negra suave, marcada por un tatuaje casero de una cruz en el hombro. El primer corte fue en el pecho: una línea horizontal, sangre brotando en un río rojo que corría por su torso. Aisha gritó, pero Ximena ahogó el sonido con un beso espectral, succionando el aire de sus pulmones. El grito se convirtió en un gemido ahogado. Hale cortó más profundo, abriendo el abdomen como un sobre. Los intestinos se derramaron, calientes y resbaladizos, enredándose en sus manos enguantadas. Aisha convulsionó, vómito sanguinolento saliendo de su boca. Hale metió los dedos en la herida, palpando el hígado, el estómago. Sacó un trozo de intestino y lo mordió, el sabor salado y metálico llenando su boca. "Para ti, maestro", dijo a Crowe, escupiendo el bocado al fantasma, que lo absorbió como humo. Ximena rió, inclinándose para lamer la sangre del rostro de Aisha.
"Tan pura... tan deliciosa." Sus dientes, afilados como colmillos, mordieron el cuello de la niña, arrancando un pedazo de carne. Sangre arterial salpicó la pared de la iglesia, formando patrones que parecían runas coloniales: símbolos de la Inquisición invertidos, cruces con serpientes enredadas. Crowe guió el ritual.
"Talla mi marca."
Hale grabó la espiral en la frente de Aisha, el cuchillo raspando hueso. La niña jadeaba, ojos desorbitados, lágrimas mezclándose con sangre.
"Mamá... Jesús...", susurró.
Ximena se burló:
"Tu Jesús me quemó una vez. Ahora yo quemo a sus fieles." El final fue lento. Hale estranguló a Aisha con sus propias entrañas, enrollándolas alrededor del cuello como una soga orgánica. El cuerpo se arqueó, orina y heces saliendo en un último espasmo. Cuando murió, los tres se alimentaron: Crowe de la alma, Ximena de la esencia vital, Hale del cuerpo tibio. Dejaron el cadáver expuesto, con un mensaje tallado en el pecho: "PARA LA NOVICIA".





#@#@#@# María Serena llegó al convento pasada la medianoche. El lugar estaba silencioso, las otras hermanas dormidas. Pero en su celda, encontró una sorpresa: la madre Clara esperándola, sentada en la cama con expresión severa. —¿Dónde has estado, María? María tragó saliva. Su belleza juvenil, con labios carnosos y mejillas sonrosadas, no ablandaba a Clara. —Atendiendo a los necesitados, madre. Clara se levantó, su hábito crujiendo. —Mentir es pecado. Sé que has estado husmeando en asuntos del Cazador. La Iglesia no lo permite. Eres una novicia, no una guerrera. Vuelve a tus oraciones. María sintió ira.
"Pero hay un mal real ahí fuera. Un fantasma, un asesino... y ahora algo peor." Clara la miró con lástima. —Sueños de niña. Mañana te reasigno. No más clínica. María protestó, pero Clara salió, cerrando la puerta con llave desde fuera.
"Por tu bien." Sola, María se arrodilló para rezar. Pero el susurro volvió, más fuerte. —*Ven a mí, bella flor. Únete o sufre.* María abrió los ojos. En el espejo de la celda, vio a Ximena: hermosa, seductora, extendiendo una mano. —*Soy Ximena. Te ofrezco placer eterno. O dolor infinito.*- María retrocedió. El espejo se agrietó solo, y de la grieta salió sangre, goteando al suelo. Formó palabras:
"AISHA ESTÁ MUERTA". María gritó. Corrió a la puerta, golpeándola. Clara volvió, abrió, y vio el caos. —¿Qué has hecho? —No yo... ellas. Clara la abofeteó.
"Delirios. Mañana al psiquiatra." María escapó esa noche, saltando por la ventana. Corrió a la clínica, donde encontró un mensaje en la puerta: una foto de Aisha, mutilada, con sangre fresca. Lloró, pero se endureció. Llamó a Ruiz desde el teléfono desechable. —Venga ahora. Han matado a Aisha. Ruiz llegó en media hora, con el exdetective: un hombre llamado Jameson, 50 años, ojos hundidos por el alcohol y el duelo. Su hija había sido víctima de un asesino similar años atrás. —Esto es personal —gruñó Jameson, cargando su arma. Ruiz explicó:
"No es solo Crowe y Hale. Hay una tercera: Ximena, una diablesa colonial. La he estudiado en grimorios. Fue quemada por brujería, pero volvió. Seduce, corrompe, devora." María sintió un frío en el vientre.
"Se quien es. Me ha perseguido....desde hace algún tiempo.Me vio en el espejo." Jameson maldijo.
"Entonces te quieren. Usémoslo como cebo.Y a ver cómo nos quitamos la policía de encima.Van a empezar averiguar por esa marca en la frente de Aisha...A veces son eficientes". Planeaban en la clínica vacía. Ruiz dibujó símbolos protectores en el suelo con sal y sangre de cordero. Jameson revisaba su pistola. María rezaba, su belleza iluminada por una vela, atrayendo sombras. Pero fuera, en la oscuridad, Ximena observaba.
"La novicia es mía", susurró a Crowe y Hale, ocultos cerca. "Su virginidad será mi festín." El ataque vino al amanecer. Hale irrumpió por la puerta trasera, cuchillo en mano. Jameson disparó, pero la bala pasó a través de Crowe, quien poseía temporalmente a Hale, multiplicando su fuerza. Hale apuñaló a Jameson en el hombro, sangre salpicando. Ruiz roció agua bendita, quemando a Ximena, quien gritó como una banshee. Ximena se abalanzó sobre María, sus uñas clavándose en los brazos de la novicia, rasgando carne.
"¡Bésame!", ordenó, labios rojos presionando los de María. El beso fue veneno: visiones de placer prohibido, cuerpos entrelazados en orgías coloniales, sangre y éxtasis. María luchó, mordiendo el labio de Ximena, sangre negra brotando.
"¡En nombre de Cristo!", gritó, empujándola con el relicario. Ximena retrocedió, piel burbujeando. Hale cargó, pero Ruiz lo tackling, el cuchillo cayendo. Jameson, herido, disparó a Hale en la pierna. Sangre roja empapando el suelo. Crowe rugió:
"¡No acabará aquí!" Los malignos huyeron, dejando caos. María, sangrando, miró a Ruiz. —Debemos ir a Eloise. Acabarlo allí.Esto es una torta..A lo lejos se escucharon las sirenad Ruiz asintió.

"Mañana. O moriremos todos." ( **Fin del Capítulo 4**




### Capítulo 5: El Banquete de Eloise María Serena no durmió. La clínica comunitaria, ahora un refugio improvisado, olía a sangre seca y pólvora quemada. Jameson, el exdetective, vendaba su hombro herido con gruñidos de dolor, la bala de Hale había rozado hueso, dejando un surco rojo que supuraba pus amarillo. Ruiz rezaba en voz baja sobre un mapa de Eloise, trazando rutas con carbón bendito. María, con sus 19 años y su belleza aún intacta pese a los arañazos de Ximena en los brazos —líneas rojas que ardían como fuego—, se sentía pequeña en medio de ellos. Pero su fe era un escudo. O eso esperaba.
4 horas de interrogatorio de la policía.Una orden de no salir de la ciudad y una cita para un próximo interrogatorio. Al amanecer, partieron. El viejo sedán de Jameson rugía por las calles vacías de Detroit, pasando lotes donde el cuerpo de Aisha aún yacía descubierto . María cerró los ojos, pero las imágenes la asaltaban: la niña abierta en canal, entrañas expuestas al frío, el mensaje tallado en carne fresca. "PARA LA NOVICIA". Tenía que acabar esto. Eloise los esperaba como una bestia herida. El asilo abandonado se erguía en Westland,



un laberinto de alas derruidas, pasillos inundados y salas donde ecos de locos antiguos aún resonaban. Entraron por una brecha en la valla, linternas cortando la niebla matutina. El aire era espeso, con olor a moho, orina vieja y algo peor: carne podrida. Ruiz lideraba.
"El núcleo está en el pabellón quirúrgico. Ahí Crowe hacía sus... experimentos." Avanzaron por pasillos donde camillas oxidadas yacían volcadas, correas de cuero colgando como lenguas secas. María pisó algo blando: un dedo humano, momificado, rodando bajo su zapato. Se santiguó, pero siguió. En el sótano principal —el corazón de Eloise—, los encontraron esperándolos. Crowe flotaba en el centro de una sala circular, mesas de operaciones manchadas de óxido y sangre centenaria. Hale estaba encadenado a una pared, pero no como prisionero: voluntario, sonrisa maníaca, pierna herida envuelta en trapos sucios que rezumaban sangre coagulada. Y Ximena... la diablesa colonial se pavoneaba como una reina, su vestido raído ondeando sin viento, belleza letal con ojos verdes que prometían éxtasis y agonía. Pero no estaban solos. En el centro, sobre una mesa de autopsias improvisada, yacía una nueva víctima: una mujer latina de unos 30 años, capturada esa madrugada. Se llamaba Rosa Mendoza, madre soltera, inmigrante sin papeles que Hale había raptado de un parada de autobús. Estaba viva, semiconsciente, atada con correas de cuero que cortaban su piel, dejando surcos rojos que goteaban. Desnuda, su cuerpo moreno temblaba en el frío, pechos subiendo y bajando con respiraciones aterrorizadas. Sus ojos, inyectados en sangre, suplicaban misericordia. —*Bienvenidos al banquete* —ronroneó Ximena, lamiéndose los labios—. *La novicia llega justo a tiempo. Mira cómo honramos a los antiguos.* Crowe extendió brazos espectrales. "Este ritual invocará lo que fui en vida. Y más. Con sangre fresca, romperemos el velo." Hale rió, rompiendo sus cadenas con fuerza poseída. Agarró el bisturí antiguo —el ancla de Crowe— y se acercó a Rosa. El ritual comenzó. Gore sin piedad, un festín de carne y sufrimiento que María nunca olvidaría. Hale empezó por los pies. Cortó los tendones de Aquiles con precisión quirúrgica, el bisturí serrando hueso con un crujido húmedo. Rosa despertó gritando, un aullido primal que rebotó en las paredes. Sangre arterial brotó en chorros altos, salpicando el suelo y las botas de Jameson. Los pies de Rosa se retorcieron inútiles, carne abierta exponiendo tendones blancos y rosados, como gusanos vivos. Ximena se inclinó, lengua larga y bifurcada lamiendo la sangre de los tobillos.
"Dulce como miel colonial", susurró, mordiendo un dedo del pie y arrancándolo de un tirón. Cartílago crujió, hueso se partió. Rosa convulsionó, orina caliente saliendo en un chorro incontrolable, mezclándose con sangre en un charco viscoso. Crowe flotó sobre ella, manos espectrales hundiéndose en su pecho sin cortar piel. Rosa jadeó, ojos desorbitados, mientras el fantasma palpaba su corazón latiendo. "Siente cómo lo aprieto", siseó. El órgano se contrajo visiblemente bajo la piel, venas hinchándose, pecho arqueándose en agonía. Rosa vomitó bilis sanguinolenta, salpicando su propio rostro. Hale subió. Cortó los muslos en espirales, pelando piel como cáscara de naranja. Capas de dermis y grasa amarilla se desprendieron en tiras largas, exponiendo músculo rojo pulsante. Sangre corría en ríos, empapando la mesa. Insertó dedos en las heridas, arrancando trozos de músculo y comiéndolos crudos, masticando con sonidos húmedos, jugos rojos chorreando por su barbilla cicatrizada. Ximena se unió, uñas clavándose en los pechos de Rosa. Arañó profundo, desgarrando glándulas mamarias, leche materna (Rosa había amamantado recientemente) mezclándose con sangre en un fluido rosado. Mordió un pezón, arrancándolo, masticando mientras Rosa berreaba, cuerpo convulsionando en espasmos. El abdomen fue lo peor. Hale abrió un corte desde pubis hasta esternón, bisturí serrando costillas con crujidos óseos. La piel se separó como cortinas, revelando peritoneo brillando. Metió ambas manos, sacando intestinos en puñados resbaladizos, enrollándolos alrededor del cuello de Rosa como un collar vivo. Los órganos palpitaban aún, peristaltismo continuando en vano. Rosa gorgoteó, heces saliendo de los intestinos expuestos, olor fétido llenando la sala. Crowe succionó alma parcial: Rosa envejeció visiblemente, piel arrugándose, cabello encaneciendo mientras el fantasma bebía. Ximena lamió el útero expuesto, lengua perforando, succionando fluidos amnióticos residuales. "Fertilidad robada", rió. Hale talló símbolos: espirales en hígado, cruces invertidas en riñones, runas coloniales en el corazón expuesto. Sacó el útero entero, cortando vasos con tijeras oxidadas, sangre pulsátil brotando. Lo levantó como trofeo, mordiendo placenta residual. Rosa aún vivía, jadeando, ojos suplicando. El final: Hale estranguló con intestinos, apretando hasta que ojos estallaron en hemorragias, lengua hinchándose púrpura. Un último espasmo, vejiga e intestinos vaciándose en un chorro final. El cuerpo quedó como una cáscara vacía, órganos dispersos, sangre formando un pentagrama en el suelo.
No habían podido ayudar..una fuerza maligna los había inmovilizado.. luego del macabro ritual el grupo recupero la movilidad. María vomitó, pero Ruiz la empujó adelante. Jameson disparó a Hale, bala en el pecho, sangre salpicando. Hale cayó, pero Crowe lo levantó, posesión total. Ximena cargó contra María, beso venenoso, uñas rasgando hábito y piel, sangre virginal brotando.
"¡Tu pureza es mía!" María resistió, relicario quemando a Ximena. Ruiz exorcizaba, agua bendita hirviendo piel de Hale. Jameson recargaba. La batalla rugía. Crowe invocaba sombras, pero María rezaba, voz fuerte rompiendo el velo. Hale sangraba profusamente, pero atacaba. Ximena arañaba, dejando surcos que supuraban veneno negro. Cliffhanger: Crowe abrió un portal menor, sombras arrastrando a Jameson.
"¿Quién muere primero?"-- dijo mientras las sombras todo lo envolvian

### Capítulo 6: La Corrupción de la Novicia.

En un tiempo....real?... El convento dominico de Mexicantown nunca había parecido tan frágil. Era una construcción de ladrillo rojo del siglo XIX, con ventanas altas de vidrio emplomado que filtraban la luna en cuadrados azules y rojos sobre el pasillo central. Pero esa noche del 21 de enero de 2026, la luz parecía sangre diluida. María Serena se había refugiado allí después del horror de Eloise, con el hábito rasgado en los brazos donde Ximena la había marcado, las heridas supurando un pus negro que olía a azufre y jazmín podrido. Ruiz la había llevado de vuelta en el sedán destrozado de Jameson; el exdetective conducía con una mano en el volante y la otra presionando la herida del hombro, sangre empapando la camisa hasta la cintura. “Quédate aquí”, le había dicho Ruiz. “El convento es terreno consagrado. Ellos no entrarán fácilmente.” Pero María Serena sabía que no era verdad. Nada era sagrado para lo que los perseguía. Se encerró en su celda pequeña: cama estrecha, crucifijo de madera sobre la pared, un lavabo con espejo empañado. Se quitó el hábito con manos temblorosas. La piel olivácea de su cuerpo joven estaba marcada: arañazos profundos en los antebrazos, moretones en forma de dedos en las caderas, y en el vientre bajo, una espiral tallada con uña que sangraba despacio. Se miró en el espejo y lloró. A sus 19 años, su belleza —pómulos altos, labios carnosos, ojos negros que parecían contener toda la tristeza de México— ahora le parecía una maldición. No oyó llegar a Ximena. La diablesa colonial no entró por la puerta. Apareció en el reflejo del espejo, primero como un borrón oscuro, luego como una mujer de carne y hueso: piel pálida como pergamino viejo, cabello negro cayendo en cascadas perfectas, vestido colonial con encajes rotos que dejaba ver pechos altos y firmes. Sus ojos verdes brillaban con hambre antigua. Sonrió, dientes blancos y afilados. —*No llores, mi flor* —susurró Ximena, voz ronca y seductora, como miel envenenada—. *Tu pureza es lo único que te queda. Y yo la quiero.* María retrocedió hasta chocar con la cama. El espejo se onduló como agua. Ximena salió del cristal, cuerpo materializándose en la celda: olor a jazmín marchito y sangre menstrual. Caminó descalza, dejando huellas húmedas en el suelo de madera. —No te acerques —dijo María, voz quebrada, agarrando el rosario. Ximena rió suavemente. —*Crowe y Hale me enviaron. Quieren que te rompa antes de que puedas enfrentarlos. Tu virginidad es su debilidad. Si la pierdes… tu fe se agrieta. Y sin fe, no puedes exorcizarlos.* Se acercó. María sintió calor en el vientre, un deseo repugnante que no era suyo. Ximena extendió una mano, uñas largas rozando la mejilla de la novicia. La piel ardió como si la tocaran brasas. —*Mírame* —ordenó Ximena. María obedeció. Los ojos verdes se volvieron hipnóticos. Visiones la inundaron: cuerpos entrelazados en orgías coloniales, mujeres gritando de placer y dolor, sangre lubricando pieles, lenguas lamiendo heridas abiertas. Vio su propio cuerpo, desnudo, arqueándose bajo Ximena, pechos apretados contra pechos, caderas moviéndose en un ritmo pecaminoso. Sintió humedad entre sus piernas, traición de su propio cuerpo. —No… —gimió.
-- No tienes fe.Eres débil. Eres una puta deseando ser más puta Ximena la empujó contra la pared. Besó su cuello, dientes raspando piel, dejando marcas rojas. Bajó la mano, deslizándola bajo el camisón blanco de María. Dedos fríos encontraron el calor húmedo entre sus muslos. María jadeó, cuerpo traicionándola, caderas moviéndose involuntariamente. —*Siente cómo te desea tu carne* —susurró Ximena—. *Crowe quiere tu alma. Hale quiere tu cuerpo. Yo quiero tu vergüenza.Recuerda como allá en el llano, te gustaba como Chantal,Villarroel y los demás disfrutaban mientras hacíamos el amor, un perfecto cuukold colonial* Insertó dos dedos, curvándolos. María gritó, mezcla de placer y horror. Sangre de las heridas en los brazos goteaba al suelo. Ximena mordió su hombro, arrancando un pedazo de carne, masticando despacio mientras sus dedos se movían más rápido. María convulsionó, lágrimas cayendo, pero su cuerpo alcanzó el clímax: un espasmo violento, humedad caliente empapando la mano de la diablesa. Cuando Ximena se apartó, María cayó de rodillas, sollozando. Miró entre sus piernas: sangre virginal mezclada con fluidos, manchando el suelo. El himen roto. La pureza perdida. —*Ahora ya no puedes enfrentar al fantasma* —dijo Ximena, lamiendo sus dedos—. *Tu fe está manchada. Eres como yo.Ademas.Cual virginidad? Desde hace siglos no le eres,siempre has sido mia* Desapareció en humo negro, dejando a María temblando en el suelo, desnuda y rota. Pero el ataque real comenzó minutos después. Fuera del convento, Crowe, Hale y Ximena se materializaron en la noche. Crowe flotaba, bata raída goteando sangre espectral. Hale cojeaba, pierna herida envuelta en trapos negros, cuchillo en mano. Ximena caminaba entre ellos, hermosa y letal. No buscaban a María. Buscaban los limones sanadores. En el patio trasero del convento crecía un limonero antiguo, plantado por las primeras monjas dominicas en 1890, hijo de aquel famoso limonero del Nazareno,allá perdidos en el tiempo de aquella pequeña ciudad colonial. Los limones eran amarillos, pero tenían una propiedad sobrenatural: cuando se exprimían sobre heridas malignas, quemaban la carne poseída, debilitaban espíritus atados. Ruiz lo había descubierto en grimorios antiguos. Los limones eran la única arma real contra Crowe y Ximena. Crowe lo sabía. Por eso habían venido. El trío irrumpió. Hale rompió la puerta principal con el hombro, madera astillándose. Monjas gritaron en los pasillos. Madre Clara salió con un crucifijo, pero Hale la empujó contra la pared, cuchillo en su garganta. —Los limones —gruñó—. Dónde? Clara escupió sangre. —Vete al infierno. Hale le cortó la mejilla, carne abriéndose en un tajo profundo. Sangre corrió por su hábito. Ximena flotó hacia el patio trasero. Crowe la siguió. Encontraron el limonero: ramas cargadas de frutos amarillos que brillaban ligeramente en la oscuridad, como si contuvieran luz propia. Crowe extendió manos espectrales. Los limones comenzaron a pudrirse en las ramas: piel arrugándose, jugo negro goteando, olor a podredumbre llenando el aire. Pero María apareció en la puerta del patio, camisón manchado de sangre, ojos enrojecidos. —No los toquen —dijo, voz temblorosa pero firme. Ximena rió. —*Ya estás rota, novicia. Tu pureza se derramó en mi mano. Eres de nuestro equipo*-- se burló el ente. María sintió vergüenza ardiente, pero levantó el rosario. —Dios perdona. Siempre. Crowe rugió. Hale cargó contra ella, cuchillo alzado. Entonces Jameson apareció desde las sombras del pasillo. El exdetective, sangrando profusamente del hombro, pistola en mano. Había seguido al trío desde Eloise, oculto en la oscuridad. Disparó seis veces. Balas atravesaron a Hale, pecho y abdomen explotando en rosas rojas. Hale cayó de rodillas, intestinos asomando por un agujero en el estómago, humeantes en el frío. Intentó arrastrarse, pero Jameson se acercó, pisó su mano. —Esto es por mi hija —dijo, voz rota. Apuntó a la cabeza de Hale y disparó. El cráneo explotó en una lluvia de hueso y cerebro, materia gris salpicando las paredes. Hale se desplomó, muerto. Crowe aulló, furioso. Ximena cargó contra Jameson, uñas extendidas. Rasgó su pecho, carne abriéndose en tiras largas, costillas visibles, pulmones expuestos palpitando. Jameson tosió sangre, pero agarró un limón del suelo —uno que no se había podrido aún— y lo apretó contra la cara de Ximena. El jugo quemó. Piel burbujeando, carne derritiéndose como cera. Ximena gritó, un sonido inhumano que rompió vidrios. Retrocedió, mitad de su rostro derretido, ojo colgando por un nervio. Crowe flotó hacia María. —*Tu fe es mentira. Ya no eres pura.* María tembló, pero apretó el rosario. —Soy pecadora. Pero Él me ama igual. Crowe atacó, manos espectrales hundiéndose en su pecho. María sintió frío mortal, alma siendo arrancada. Pero Jameson, moribundo, se arrastró hasta ella. Con su última fuerza, exprimió otro limón sobre la cabeza de Crowe. El fantasma ardió. Carne espectral chisporroteando, bata humeando. Gritó, disipándose en niebla negra. Ximena, desfigurada, huyó hacia la oscuridad del patio, dejando un rastro de carne quemada. Jameson cayó de rodillas frente a María. Sangre brotaba de su boca. —Vive… niña. Vive. Murió con los ojos abiertos, mirando al cielo. María se arrodilló junto a él, llorando. Ruiz llegó corriendo, tarde. El convento estaba en silencio. Limones pudriéndose en el suelo. Hale muerto en un charco de sus propios intestinos. Crowe debilitado, Ximena huida. Pero María sabía que no había terminado. La corrupción estaba dentro de ella. La vergüenza. El placer forzado. Se miró las manos manchadas de sangre y limón. —Dios… perdóname —susurró. La noche se cerró sobre Detroit como una mortaja. ( **Fin del Capítulo 6** ### Capítulo 7 (La Obsesión que Devora el Alma María Serena ya no rezaba. No podía. Cada vez que intentaba mover los labios para formar un “Ave María”, sentía la lengua de Ximena invadiendo su boca, saboreando su saliva como si fuera vino consagrado robado. El convento, que antes olía a incienso y cera vieja, ahora apestaba a ella: jazmín podrido mezclado con el hedor metálico de sangre menstrual y semen espectral. Las paredes parecían sudar un líquido negro que goteaba despacio, dejando surcos como lágrimas de alquitrán. La novicia de 19 años se había convertido en una sombra de sí misma. Dormía poco, y cuando lo hacía, soñaba con Ximena desnudándola capa por capa: primero el hábito, luego la piel, luego la carne, hasta llegar al hueso. En los sueños, Ximena no solo la tocaba; la desollaba viva con uñas que se volvían cuchillas, pelando tiras largas de dermis olivácea mientras le susurraba al oído:
“Mira qué bonita estás por dentro, mi amor. Roja y brillante, como un corazón expuesto”. María despertaba empapada en sudor frío y fluidos propios, las sábanas pegajosas entre las piernas, el sexo hinchado y dolorido como si la hubieran violado durante horas. La obsesión de Ximena ya no era solo sexual. Era devoradora. Quería consumir a María hasta que no quedara nada de la novicia pura que había entrado al convento. Quería que María se mirara al espejo y viera a Ximena reflejada en sus propios ojos. Quería que la chica se odiara tanto que se entregara voluntariamente, que le pidiera más, que suplicara ser corrompida hasta el fondo. La primera violación nocturna llegó sin aviso. María estaba arrodillada en su celda, intentando rezar el rosario con dedos temblorosos. De repente, el aire se volvió denso, caliente, como si alguien hubiera abierto una puerta al infierno. Sintió manos invisibles agarrándola por las muñecas, clavándola al suelo. No eran manos suaves; eran garras que se hundían en la carne, dejando medias lunas sangrientas que supuraban inmediatamente pus negro. —*No luches, mi flor* —susurró Ximena, su voz ahora dentro del cráneo de María, rebotando contra los huesos como un martillo—. *Ya perdiste. Tu pureza se derramó en mi mano. Ahora solo queda el hambre.* María intentó gritar, pero su garganta se cerró. Sintió que algo entraba en ella: no dedos, no lengua, sino una presencia sólida y pulsante que se abría paso entre sus piernas, rasgando tejido interno, estirando paredes que nunca habían sido tocadas de esa forma. Dolor cegador mezclado con un placer enfermo que la hacía arquear la espalda contra su voluntad. Ximena no se conformaba con penetrarla; la llenaba hasta el límite, haciendo que su vientre se hinchara visiblemente, como si estuviera preñada de oscuridad. María sintió que algo se movía dentro, serpenteando, lamiendo desde adentro, succionando su esencia vital. Cuando el orgasmo llegó, fue violento y destructivo. Su cuerpo convulsionó tan fuerte que se mordió la lengua hasta casi arrancársela. Sangre caliente le llenó la boca. Eyaculó un chorro claro mezclado con sangre, empapando el suelo de madera. Ximena rió dentro de su cabeza mientras se retiraba lentamente, dejando un vacío doloroso y un reguero de fluido negro que quemaba la piel como ácido. María se quedó tirada, jadeando, mirando el techo agrietado. Entre sus piernas, la carne estaba hinchada, lacerada, con marcas de dientes invisibles en los labios mayores. Se tocó con dedos temblorosos y sintió que algo había cambiado: su clítoris estaba más grande, más sensible, como si Ximena lo hubiera remodelado a su gusto. Los días siguientes fueron un descenso lento al infierno personal. Ximena no necesitaba aparecer físicamente. Estaba dentro. Cada vez que María intentaba lavarse, el agua se volvía caliente y viscosa, como semen espeso. Cuando comía, el pan sabía a carne cruda y jazmín. Cuando caminaba por los pasillos, sentía dedos espectrales subiendo por sus muslos bajo el hábito, abriéndola, penetrándola con cada paso. Llegó a eyacular caminando, el líquido corriendo por sus piernas, dejando un rastro húmedo que las otras monjas miraban con horror y confusión. Ruiz intentó ayudarla. Trajo el relicario mayor, oró sobre ella durante horas. Pero cada vez que la reliquia tocaba su piel, María gritaba como si la quemaran viva. Ximena había tejido su corrupción tan profundo que el contacto con lo sagrado ahora le causaba agonía física. “Tu Dios me rechaza porque ya soy suya”, le susurraba la diablesa. “Y tú también lo serás.” La noche del asalto final, Crowe y el cadáver reanimado de Hale llegaron al convento como una plaga. Hale ya no era humano: la carne se desprendía en jirones, los ojos colgaban por nervios, los intestinos se arrastraban por el suelo dejando un rastro viscoso de pus y heces. Crowe flotaba detrás, su forma espectral más sólida que nunca, bata raída chorreando sangre fresca que olía a hierro y podredumbre. Pero Ximena no vino con ellos. Se quedó con María. En la capilla, sola bajo la luz de las velas, María sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Ximena emergió del centro del altar, desnuda, piel pálida brillando con un sudor aceitoso, pechos pesados goteando leche negra. Su rostro estaba medio derretido aún por el limón, hueso y músculo expuestos en una sonrisa grotesca. —*Última oportunidad, amor mío* —dijo, voz ronca y húmeda—. *Entrégate. Deja que te coma entera. Seremos una sola.* María intentó correr, pero sus piernas no obedecieron. Ximena la agarró por el cabello, tirando su cabeza hacia atrás. La besó con violencia, lengua invadiendo hasta la garganta, saboreando la campanilla. María sintió que se ahogaba en el beso, saliva y sangre mezclándose en su boca. Ximena la empujó contra el altar. Rasgó el hábito con uñas que se volvieron garras, dejando surcos profundos en la espalda de María: carne abierta hasta ver músculo y hueso. Sangre corrió por la columna, caliente y espesa. Ximena lamió la herida, lengua áspera raspando hueso expuesto. María gritó, pero el grito se convirtió en gemido cuando Ximena deslizó una mano entre sus piernas, dedos penetrando profundo, curvándose para tocar puntos que la hacían convulsionar. —*Mírame mientras te rompo* —ordenó Ximena. Forzó a María a abrir los ojos. En el reflejo del cáliz dorado sobre el altar, vio su propio rostro: ojos vidriosos, boca abierta en éxtasis forzado, lágrimas negras corriendo por las mejillas. Ximena la penetró con más fuerza, dedos convirtiéndose en algo más largo, más grueso, serpenteando dentro como una víbora. María sintió que llegaba al útero, que lo perforaba, que lo llenaba de una sustancia caliente y viscosa que quemaba desde dentro. El orgasmo fue cataclísmico. María lo tuvo con fuerza con fuerza, chorros que salpicaron el altar, mezclándose con la sangre que goteaba de su espalda. Su cuerpo se arqueó tanto que oyó vértebras crujir. Cuando terminó, Ximena la soltó. María cayó de rodillas, temblando, sangre y fluidos formando un charco a su alrededor. —*Ahora eres mía* —dijo Ximena, besándola en la frente—. *Tu alma lleva mi marca. Cuando mueras, vendrás conmigo.* Pero en ese momento, Ruiz irrumpió en la capilla con el relicario mayor. La luz de la Vera Cruz brilló cegadora. Ximena gritó, cuerpo convulsionando, piel derritiéndose en capas: primero la cara, revelando cráneo sonriente; luego los pechos, pezones cayendo como fruta podrida; luego el vientre, intestinos espectrales derramándose al suelo en un montón humeante. María, aún temblando, agarró el relicario con manos ensangrentadas y lo presionó contra su propio pecho. El dolor fue insoportable: carne chisporroteando, olor a quemado llenando la capilla. Pero sintió que algo se rompía dentro: la corrupción de Ximena se deshacía como un nudo suelto. Ximena se disolvió en un aullido final, cenizas negras flotando en el aire. Crowe y el cadáver-Hale, debilitados por la luz, huyeron hacia la oscuridad. María se quedó sola en la capilla, desnuda, sangrando, temblando. Miró el crucifijo sobre el altar y susurró: —Perdóname… . Se desmayó en un charco de su propia sangre y vergüenza. El convento quedó en silencio. Pero en los sueños de María, durante años, Ximena aún susurraba: suave, seductora, eterna. ( **Fin del Capítulo 7 –

### Epílogo Final (): La Flor que No Marchita María Serena salió del convento una mañana de finales de invierno, sin que nadie la viera partir. O quizás nunca se fue. Nadie lo sabe con certeza. Caminó por las calles de Mexicantown con un vestido blanco sencillo que había encontrado en un armario del piso superior, donde las monjas antiguas guardaban hábitos que olían a naftalina y a algo más dulce, más prohibido. El vestido le quedaba perfecto, como si hubiera sido hecho para ella. O para alguien que se le parecía mucho. Llegó a la pequeña plaza frente a la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe. Era un domingo cualquiera —quizás el primero de marzo de 2027, quizás años después, el tiempo se había vuelto elástico dentro de su cabeza—. Se sentó en el mismo banco de madera astillada donde solía sentarse la gente antes de que Detroit empezara a comerse a sí misma. Los niños jugaban en el césped amarillento: una niña con trenzas lanzaba una pelota roja, un niño pequeño perseguía palomas que nunca se asustaban del todo. María los miró con una serenidad que no era del todo humana. Su piel olivácea brillaba bajo el sol débil de Detroit, sin una sola cicatriz visible. Los arañazos en espiral de sus brazos habían desaparecido, o quizás nunca habían existido. Sus ojos negros eran profundos, tranquilos, casi luminosos. Sus labios se curvaban en una sonrisa leve, perpetua, que no llegaba a ser feliz ni triste: simplemente estaba allí. Un niño de cinco o seis años se acercó corriendo. Llevaba una flor amarilla en la mano —un diente de león o quizás un limón diminuto que había brotado en algún lugar imposible—. Se la ofreció con timidez. —Para ti, señora bonita. María la tomó. La acercó a su nariz. Aspiró. Olía a limón fresco. Olía a jazmín marchito. Olía a ambas cosas al mismo tiempo. —Gracias —susurró. El niño se fue corriendo de vuelta al juego, riendo. María se quedó allí, con la flor entre los dedos. No la apretó. No la dejó caer. Simplemente la sostuvo, como si fuera lo único sólido en el mundo. El sol se movió. Las sombras de los árboles se alargaron. Los niños siguieron jugando. Una madre llamó a su hijo por su nombre. Una paloma se posó en el respaldo del banco y la miró fijamente, ladeando la cabeza. María no parpadeó. En algún momento —quizás minutos, quizás horas— una brisa suave le revolvió el cabello. La flor amarilla tembló entre sus dedos, pero no se marchitó. Siguió fresca, vibrante, como si acabara de ser arrancada. Nadie sabe qué pasó después. Algunos dicen que María Serena se levantó y caminó hacia la iglesia, que entró por la puerta lateral y nunca salió. Otros juran que se quedó en el banco hasta que anocheció, y que cuando las luces de la plaza se encendieron, el banco estaba vacío, pero la flor seguía allí, intacta sobre la madera. Hay quien asegura que, años más tarde, en la misma plaza, una mujer de belleza imposible —piel muy blanca, ojos negros profundos, sonrisa serena— se sienta los domingos a mirar a los niños jugar. A veces un niño le lleva una flor amarilla. Ella siempre la acepta. Siempre huele a limón y a jazmín al mismo tiempo. ¿Ganó Ximena? ¿María Serena siguió siendo pura, o la corrupción se instaló tan profundo que se volvió indistinguible de la gracia? ¿El convento quedó maldito, o la luz de esa reliquia quemada selló algo que nadie vio? ¿Se perdió María en la depravación, o encontró una paz que trasciende la pureza y el pecado? Nadie responde. Ella está allí, en la plaza. Bella. Serena. Angelical. Los niños juegan. La flor amarilla no se marchita. Y en el viento, quizás, un susurro muy suave: *“Volveré cuando menos lo esperes, amor mío.”* O quizás no sea un susurro. Quizás sea solo el sonido de una pelota rebotando en el césped. Quizás sí. Quizás no.









Y si no fue así?


##

María Serena —o quienquiera que fuera ahora— salió del convento en algún momento que nadie registró.





Quizás al amanecer. Quizás al crepúsculo. Quizás nunca salió y siempre estuvo allí, sentada en la plaza, esperando que el tiempo la alcanzara. El vestido blanco que llevaba era demasiado puro para el aire sucio de Detroit: tela ligera que se adhería ligeramente a su piel cuando la brisa la rozaba, como si la tela recordara el tacto de otra piel que no era la suya. Olía a limón recién cortado y, al mismo tiempo, a jazmín que se pudre bajo tierra húmeda. Cuando el sol la tocaba, la tela parecía brillar con luz propia; cuando una sombra la cubría, se volvía traslúcida, dejando entrever contornos que no deberían verse: una espiral sutil en el vientre, un arañazo que desaparecía al mirar directamente. Se sentó en el banco de madera astillada de la plaza frente a Nuestra Señora de Guadalupe. Era domingo. Los niños jugaban en el césped raquítico: risas que sonaban lejanas, como grabadas en un casete viejo, el rebote de una pelota que nunca llegaba del todo al suelo. El aire traía olor a pan dulce de la panadería de la esquina mezclado con gasolina quemada de un coche que pasaba despacio. O quizás el olor a gasolina era jazmín. O quizás no había olor a nada y solo era la memoria de un beso que aún ardía en la nuca. Un joven se detuvo a unos metros. Apenas veintitantos años, cabello negro revuelto por el viento, ojos claros que contrastaban con la piel morena de quien ha crecido entre calles y sol. Camiseta ajustada, vaqueros gastados, una sonrisa fácil que iluminaba la plaza entera. Muy apuesto, de esa belleza limpia y honesta que hace que la gente se gire dos veces sin saber por qué. Llevaba una botella de agua en la mano y una mochila colgada de un hombro, como si acabara de salir de clase o de algún trabajo temporal. La vio. No vio una novicia. No vio cicatrices en espiral que ya no estaban (o que nunca se fueron). No vio la forma en que el vestido blanco se pegaba a sus pechos cuando respiraba, ni la curva sutil de su vientre que parecía contener algo que se movía cuando nadie miraba. Solo vio a una preciosa mujer vestida de blanco, sentada con las manos en el regazo, sosteniendo una flor amarilla que no se marchitaba. Vio serenidad. Vio belleza. Vio algo que le apretó el pecho con una dulzura repentina y honesta. Se enamoró. No fue lujuria. Fue de esos amores que nacen en un segundo y se sienten eternos: el corazón latiendo más fuerte, las manos sudando, la certeza absurda de que esa mujer era lo que había estado buscando sin saberlo. Se acercó despacio, como si temiera romper algo frágil. —Hola… —dijo, voz suave, casi tímida—. ¿Puedo sentarme? María levantó la vista. Sus ojos negros lo miraron sin parpadear. La sonrisa leve se mantuvo, ni más ancha ni más estrecha. Él se sentó a su lado. El banco crujió. El espacio entre ellos era pequeño, pero olía a limón y jazmín al mismo tiempo. Él no lo notó. O quizás sí, y pensó que era el perfume de ella. —Soy Daniel —dijo, extendiendo la mano. María miró la mano. Luego la tomó. Su piel era cálida, suave, humana. La de él tembló ligeramente al tocarla. —María —susurró ella. No dijo más. No necesitaba. Él empezó a hablar: de la universidad, de un trabajo en una cafetería, de cómo le gustaba venir a la plaza los domingos porque los niños jugando le recordaban que el mundo todavía podía ser bueno. Ella escuchaba. O parecía escuchar. Su mirada estaba fija en los niños, en la pelota roja que rebotaba, en el sol que se filtraba entre las hojas. Daniel se enamoró más con cada silencio de ella.Entendio que lo escuchaba solamente por cortesia


No imaginaba como ella podía ser una novicia. No imaginaba que estando consagrada a Dios había sobrevivido a la lujuria infernal y restaurada su pureza. No imaginaba que bajo ese vestido blanco había heridas que se abrían y cerraban solas, que su vientre había sido perforado por dedos que no eran de este mundo, que cada vez que respiraba profundo sentía un susurro húmedo en el oído interno: *
“Él también será mío”*. Se despidieron cuando el sol empezó a bajar. Él le pidió su número. Ella sonrió —la misma sonrisa serena— y dijo:

-- Soy una novicia, estoy consagrada a dios


—Lo se. Volveré el próximo domingo.-- respondió el joven.No podía evitarlo---.Sabia que no tenía oportunidad. Pero era superior a el. Él muchacho se fue caminando hacia atrás, mirándola, sonriendo como un adolescente por primera vez enamorado.
-- Que zipotes estoy haciendo? -- se pregunto. No debía volver.Se sintió estúpido. María se quedó en el banco.Era una lección que debía aprender? .Que clase de prueba era esta? La flor amarilla entre sus dedos no se marchitó.Era una buena señal. Los niños siguieron jugando. El viento trajo un olor a jazmín podrido que nadie más olió. Y en algún lugar muy profundo, dentro del vientre de María —o quizás solo en su mente—, algo se movió. Lento. Satisfecho. Esperando. Daniel no lo sabía aún.Era una chica que todavía no había sido ordenada.Peor aún .Era novicia católica.El era un judío no practicante.... Eso era más allá del imposible círculo cuadrado. Pero volvería el próximo domingo. Y el siguiente. Y el que viniera después. Porque algunas flores no se marchitan. Y algunos amores no nacen para durar en la luz. La plaza quedó vacía al atardecer. O quizás no. La flor amarilla seguía allí. Y los limones del limonero del señor seguían intactos El sagrado poder del perdón, que entendía que la salirse del camino no siempre era renunciar a la Fé María Serena seguía Fresca.Eterna.Viva...Quedó María pura? Y este muchacho. Una tentación maligna o un permiso de amar? ¿Ganó Ximena? ¿El convento maldito? ¿Se perdió ella en la depravación? Quizás sí. Quizás no. Quizás la próxima historia ya empezó, justo en esa plaza, con un joven apuesto que se enamora honestamente de una mujer vestida de blanco que huele a limón ,jazmín , está en dos lugares y tiempos diferentes a la vez. **Fin absoluto de Sombras Sangrientas en las Ruinas de Detroit**











lunes, 13 de octubre de 2025

La Esquina Parte C capitulo 5

Novelas Por Capitulos

—Dime que te irás conmigo a Miami. Dime que te irás conmigo a Miami —gemía Argelia, mientras se agarraba los senos, montada sobre mí, cabalgando con un hambre lasciva y desbocada. ambos dejando como un cuento infantil a blaked porn..

Cuando terminamos, sucedió lo que ocurre al beberse la segunda botella completa de whisky: llegan las confesiones. Argelia era licenciada en enfermería; había llegado con las misiones de ayuda social. También fue bailarina de ballet clásico. Ganaba seiscientos dólares, pero el gobierno le arrebataba quinientos cincuenta entre impuestos, alquileres y seguros. Ahora, bailando, era libre. Perdió su trabajo cuando las misiones colapsaron, y en el presente ganaba la bicoca de diez mil dólares mensuales, además de los cincuenta y seis mil ochocientos setenta y nueve orates que seguían babeando cada noche en el Tucán. Yo era el único que no había corrido tras Flor Silvestre. Tenía una relación con Argelia Luna.

Por eso le conté mi plan. Ella tuvo un ataque de pánico. Le expliqué que mi trabajo era peligroso, todo él. Esos bichos debían ser detenidos; usaban el negocio del vietnamita como refugio, y si los dejábamos, se harían cada vez más poderosos, poniendo en peligro la vida de las personas decentes del sector. Tenía que averiguar por qué hacían lo que hacían. Estaba convencido de que estaban vivitos y coleando.

—Tan vivos como tu cucharita y mi palito —le dije, con una certeza que me quemaba.

—¿Cómo lo harás? —preguntó, nada confiada, con el rostro desencajado y tragando saliva, mientras yo me ahogaba en su inmenso seno izquierdo, duro como el Himalaya.

—No te lo diré —respondí—. Una de estas noches lo haré.

—¿Y después? ¿Nos iremos a vender lechón asado a Miami?

—Difícil. Eso sobra allá. Pero, seguro, nos iremos a vivir a Miami.


Me preparé concienzudamente: mi nueva arma, ocho cargadores, mi celular, un micrófono de apoyo abierto todo el tiempo. Le di un juego de llaves a Argelia, pues terminé contándoselo todo. Convencí al vietnamita, y me permitió estar dentro de su negocio.

Solo cerré las puertas sin candados ni alarmas. La trampa estaba tendida. Solo faltaba que la presa entrara y cayera. Estaba convencido de que esos imbéciles querían espantar a la gente para convertir el lugar en su guarida, vender drogas, traficar autos robados, qué sé yo.

Mientras esperaba en la oscuridad, cavilaba sobre la información recibida. En todo sector hay un submundo nocturno: falsos mendigos, traficantes de drogas, prostitutas, taxistas que no lo son, ventas de comida podrida para borrachos, tratantes de blancas, prostitución infantil, chavistas, asesinos, exconvictos, contrabando, armas y rumores. Muchos rumores. Una galaxia de rumores. Escuché susurros y secretos: gente golpeada en callejones sin saber por quién; niños que no querían ir al colegio porque algo, en pleno mediodía y en medio de la multitud, los había aterrorizado; una mujer que aseguraba haber sido violada en el estacionamiento de la esquina a las cuatro de la tarde por un gordo pelón vestido con una sotana manchada de sangre, con una inexpresiva cara de nazi. También oí de un atracador que, tras recibir una paliza como la mía, se convirtió en sacristán de la iglesia de Jesús el Extraterrestre y no salía de noche ni por todo el oro del mundo.

Llevé horas agazapado en la oscuridad. Poco a poco, empezaba a sospechar que el vietnamita me había tomado el pelo. Miré la hora en uno de los relojes de exposición en los anaqueles: 2:05 de la madrugada.

De repente, el local se iluminó con un resplandor amarillo intenso. Todo cambió. Ya no estaba en el negocio; estaba en un mercado. Vi al Polaco detrás de una vieja caja registradora manual, casi a mi lado. Vi llegar a Pura. El hombre extraía antiguos billetes de cien bolívares y los dejaba caer a montones sobre su cabeza. Ella se reía con malicia, luego bajó su bella cara hacia las piernas de él. El Polaco comenzó a gemir estentóreamente, agarrando el largo y liso pelo de la adolescente, mientras subía y bajaba su cabeza con violencia.



“Te amo. Eres mi mujer…” —berreaba el hombre, convulsionando de placer.

“No… no… l, no…” —gritaba la muchacha entre chupada y chupada, como si aún quedara un rastro de resistencia en su voz rota.

Quedé paralizado.  asqueado. Como si el aire mismo se hubiese contaminado de pecado. La oscuridad volvió de golpe. Solo el latido denso de mi corazón reverberaba en mis sienes. Tenía que salir de allí. Tenía ganas de vomitar. Por eso sus almas no descansaban. Por eso aquella atmósfera densa como aceite. Se había cometido un pecado de proporciones bíblicas. Un pederasta y una niña —¿sin inocencia o devorada por el entorno?— vagaban en un limbo envenenado, haciendo daño. Esa fue, al menos, mi primera hipótesis.

Entonces la vi. En medio del pasillo: delgada, bella, imposible.

—Tú, idiota —dijo—. Te masturbabas en tu baño viendo una foto mía. No pudiste aguantar más y volviste. Sé lo que quieres. Quieres que haga lo que el polaco me hacía. Esa extranjera no te va a satisfacer como yo. Yo era una sweet babe, ¿Y qué? ¿Te duele saber que ella se ha acostado con un ejército entero y que contigo solo finge, porque no siente nada?

Pura me descubrió parada en el umbral, iluminada por la penumbra, mirándome con sus ojos imposiblemente verdes, brillantes como los de una criatura de otro plano.

Sentí la bofetada. Cuando la alumbré con la linterna, era horrorosa, pútrida. Me golpeó de nuevo, con una fuerza antinatural. Luego me escupió, una baba espesa, nauseabunda. Disparé dos veces, sin pensar. La alarma se activó. Veintiocho segundos después, el circo completo estaba armado.

Dos radiopatrullas. Argelia corriendo histérica, aún maquillada, con un mono negro decorado con estrellas amarillas, recién llegada del bar.



Gritaba mi nombre con desesperación, al ver las luces intermitentes a lo lejos. Apenas llegó, me preguntó si estaba bien, casi en llanto. Un grupo de borrachos trasnochados, salidos de quién sabe qué agujero, saludaban hipnotizados, extasiados ante el monumental trasero de mi amante, tan bello y perfecto como el de Kim Kardashian.

Mis agentes revisaron todo. Repartieron culatazos a diestra y siniestra, porque unos imbéciles habían intentado robar los equipos de sonido. Yo, mientras tanto, tuve que volver al apartamento y ducharme. Olía a cloaca. Me senté en silencio, la frente sostenida con ambas manos. Argelia lloraba sin parar.

No entendía lo sucedido. En mi memoria, como una película mal editada, la escena se repetía una y otra vez. No podía aceptar que El exorcista o La profecía fueran verdad. No podía decir nada en el precinto. Tenía que mantener mi versión: un par de malandros incitando al crimen, quién sabe por qué carajo. Pero yo sabía que, mientras tanto, dos espíritus, delincuentes y promiscuos, andaban por ahí cometiendo barbaridades.

Esa noche quise dormir con Argelia. Por supuesto que sí. Estoy muerto de miedo.


PARTE B

Cuando abrí los ojos, todavía era de madrugada. Dormí apenas unos minutos. Pura estaba allí. Parada al pie de la cama. Me observaba en silencio desde la oscuridad. Era ella. Pero ya no era ella. Era blanca y gris, como una estatua de sal maldita.

Cerré los ojos. Quise creer que todo era una pesadilla, como esas que uno tiene después de ver El exorcista remasterizada. Pero cuando los abrí, seguía allí. Estática. Su presencia era familiar. Casi como aquellas tardes después de las cuatro, cuando yo la visitaba y ella, entre pícara e ingenua, se reía de mí.

Solo que ahora no estaba viva.

Solo que ahora estaba podrida, con la sangre coagulada, mezclada con tierra, manchándole los jirones sucios de ropa.



Me correspondía levantarme, aunque sentía que el corazón me iba a estallar dentro del pecho como un animal atrapado. Tenía la certeza —no sé si inducida por la fiebre o el insomnio— de que mi mente me jugaba sucias tretas, pequeños teatros de locura. Aun así, me incorporé, ignorando sus susurros, intentando apaciguar la tormenta que arrasaba mis ojos, mi miedo, mis pensamientos y cada uno de mis pasos, que temblaban como hojas secas en un mausoleo.

—¿Sabías una cosa? —me susurró al oído mientras se deslizaba, etérea, dentro de la ducha. Su voz, como una caricia de vidrio. Me miró con gula, posando sus ojos en mi desnudez trémula. Yo no podía más que temblar, no del frío del agua, sino del espanto.

Mientras me vestía, comenzó a atormentarme con una meticulosidad casi ritual: opinaba sobre mis camisas, cuáles le gustaban y cuáles, con una franqueza cruel, despreciaba. Yo, por supuesto, no le respondí. No la complací ni por un instante. ¿Cómo habría podido?

—Me daba vergüenza decirte que hice algunas películas para adultos… y un OnlyFans, con bastante éxito. Sabía que tarde o temprano lo descubrirías. Estabas enamorado de mí… y yo, de ti —me confesó, como si nada, dentro del ascensor, frente a mí, con ese rostro suyo que parecía no conocer la culpa.

Me repetía sus comentarios mientras me abotonaba la camisa, como si cada palabra fuera un clavo más en la tapa de un ataúd que alguien —yo mismo, quizá— insistía en abrir.

—A mí me tenías aún más loca. Las lágrimas se me secaron cuando no volviste —proclamó de nuevo, ahora flotando levemente sobre la acera, en la parada del autobús.

—No podía creer que estuvieses detrás de mí, y se lo presumía a todas —añadió, asomada desde la ventanilla, acompañándome en silencio mientras el vehículo recorría los quince kilómetros hasta mi precinto, como una aparición melancólica que no sabe morir.

—¿Sabes? Una chica no puede decir que sí a la primera… y yo lo hice contigo —susurró al oído, su rostro junto al mío, reflejado en la pantalla azulada del monitor de mi escritorio.

—Me volví esquizofrénica, de celos, de angustia. Cuando te fuiste aquella noche y no volviste… El polaco descubrió mis videos: pornografía ilegal, interracial, explícita. Insistía. Me arrojaba dinero, que tanta falta me hacía. Pero le dije que te amaba. Y el estúpido… me mató. Solo tú puedes liberarme. No estoy viva. No estoy muerta —explicó, con una serenidad que helaba la sangre, mientras se transfiguraba en la chica preciosa que siempre fue. Cruzó sus piernas, delgadas, perfectas, sobre mi escritorio, y me sostuvo la mirada con una fijeza sobrenatural.

Me incorporé con violencia y corrí al baño. Me lavé el rostro con agua fría, como si pudiera limpiar la alucinación. Me miré en el espejo.

Y ahí estaba.

Dentro del espejo.

Me devolvía la mirada con ojos encendidos. Y dijo:

—Ahora puedo decírtelo sin miedo: sigo enamorada de ti. Siempre lo estuve. Y lucharé por ti. Me cueste lo que me cueste. Eres mío. De nadie más.

Su rostro se acercó al mío desde el otro lado del cristal, como si la superficie plateada fuera un velo delgado, quebradizo.

Huí del baño como un loco. Tropecé con todo. Al llegar a la oficina, fingí normalidad. Me senté, temblando. Un policía no debe tener miedo, pero yo…

Yo necesitaba ayuda psiquiátrica urgente.

Ayuda espiritual. Exorcismo, quizás.

Necesitaba a Argelia. Ahora.

Necesitaba salir de allí.

Estaba temblando con una fiebre que no era del cuerpo, sino del alma. Pura. Así se llamaba. La chica que amé. El recuerdo que jamás me abandonó… y que ahora ha regresado.

Está ahí.

Está ahí.


II


Por su parte, Argelia se consumía en la rabia por haberse enamorado de Stalin de una manera tan impetuosa, tan carente de reservas. Parecía una colegiala, entregándose por completo al primer encuentro. Pero Stalin no le había ofrecido la paz ni la seguridad que anhelaba. Esto cavilaba mientras se deslizaba en la somnolencia, habitando un mundo de tonalidades pastel, un limbo entre la vigilia y el sueño.

Era una ensoñación de una nitidez inquietante. Saltaba a la cuerda con Stalin, compartían barquillas de chocolate, sus risas resonando en una grama verde, inmaculada y recién cortada. Otra niña se acercó lentamente en el sueño, hasta que la frontera entre la fantasía onírica y la realidad de la habitación se desdibujó por completo. La dulce faz de la niña se transmutó en otra, marcada por la bilis y la fealdad, una mano cubierta de barro aferrando el rostro de Argelia, obligándola a abrir los ojos para comprender que estaba irremediablemente despierta.

Pura se abalanzó sobre ella en la cama, sujetándola con la fuerza opresiva de sus piernas, aprisionando con saña las amplias caderas de la bailarina. La mirada de Pura era un témpano de hielo, fría y furiosa, y su voz, un escalpelo helado, articuló:

—Primero fue sábado que domingo —dijo, apuntándola con un dedo índice blanco grisáceo, peligrosamente cerca de sus ojos, la uña larga y afilada como un bisturí—. Maldita. Tenías que venir a entrometerte entre nosotros. Pero déjame decirte que soy más bonita que tú, mis pies son más bellos que los tuyos, soy más joven, estoy muchísimo más buena y, por último, no me he entregado a toda una aerolínea de hombres como tú. Por lo tanto, eres más puta que yo —concluyó, con un gesto de obvia y cruel satisfacción.

Antes de que pudiera asimilar la última afrenta, Argelia emitió un largo y cálido flujo de orina, desvaneciéndose in situ. No alcanzó a escuchar el final del discurso, donde Pura le indicaba que se la comería viva, lentamente, si no cesaba en su intromisión entre ella y Stalin.

III

Propiamente, soy un policía administrativo, un burócrata más que un sabueso en el terreno. Siempre fui un espectador en los interrogatorios, a veces un mero ejecutor de alguna búsqueda equivocada. Por eso debía soportar las miradas cargadas de una comprensión forzada ante un caso de acoso donde la víctima se acostaba conmigo, la acosadora estaba enamorada de mí desde la adolescencia y llevaba incontables años muerta. Un laberinto de paradojas del que no podía articular ni una sola palabra a nadie; principalmente porque ni yo mismo lograba asimilarlo. Por eso el caso permanecía irresuelto; por la sencilla y escalofriante razón de que yo era la clave, la solución retorcida, pues la acosadora pretendía, para dejar todo en paz, que yo me fuera a vivir con ella, ya fuera a la quinta paila, o quizás a la décima, de un infierno que solo ella parecía conocer.

IV

Pero me gané un Oscar administrando el precinto. Instalé aire acondicionado integral, reparé seis patrullas Fotón Pick-up Turbodiésel que languidecían accidentadas en el olvido, audité uniformes, armas y municiones hasta la última bala. Implementé un nuevo sistema de computadoras en línea que resplandecía como una joya tecnológica en medio del polvo burocrático. Por eso, si decido investigar durante tres siglos mi único caso, nadie —nadie— se atreverá a decirme absolutamente nada.

Pedí un traslado. Mi comandante ni siquiera desdobló mi solicitud escrita. En cambio, con esa precisión japonesa que tanto aborrezco, convirtió mi petición en una perfecta pelota de papel y la lanzó al cesto de basura con la indiferencia de quien se quita una mota de polvo del hombro.

—Fuera de aquí y vete a trabajar —fue su inmediata solución a mi ruego.

Vendí mi viejo Maserati por internet; ahora conduzco un reluciente Mitsubishi Grand Lancer Diesel Eléctrico, que yo mismo me asigné de la dotación de la Policía Federal de Investigaciones. Es un vehículo que parece nacido para devorar autopistas. Pero mientras conduzco, no dejo de pensar en Argelia. Ganaba diez mil dólares trabajando en un bar de mala muerte. ¿Cómo era posible? Su apartamento era modesto y alquilado. O Argelia mentía, o era dueña del Tucán, o algún chulo poderoso la extorsionaba. Debía averiguarlo. También debía descubrir por qué Pura se volvía cada vez más fuerte, más visible, más sólida. ¿Argelia? ¡Por Dios!

Aceleré y llegué al apartamento en un santiamén. Al entrar, vi los destrozos: perfumes, cremas, talcos derramados y hechos añicos sobre el piso. Las paredes hablaban con furia: letreros garabateados con lápiz labial gritaban: “¡Puta! ¡Perra! ¡Déjanos en paz!” El típico estallido de una adolescente fuera de control.

Argelia yacía en la cama. Desde la puerta vi sus muñecas sangrando a borbotones, como si quisieran vaciarse de vida.

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Pasé toda la noche en la sala de emergencias del hospital, contemplando una factura que se llevaría todo mi sueldo de un año. Los médicos murmuraban algo sobre un intento de suicidio. Pero yo sabía lo que había ocurrido. La operación duró cuatro horas: implantes en las muñecas. Así terminaba Argelia su temporada de baile en el Tucán. Caminé silenciosamente detrás de la camilla cuando salió del quirófano hacia la sala de recuperación. Afortunadamente, Argelia tenía un seguro europeo de hospitalización, lo que me permitió respirar aliviado.

En el informe, los médicos fueron benevolentes. Quizá influyó el cañón de mi Glock 7.65 presionado contra la sien de uno de ellos. El diagnóstico de "intento de suicidio" fue cambiado rápidamente a "intento de homicidio por parte de un desconocido". Deseché la vigilancia policial. Yo mismo asumí la tarea. Solo yo puedo cuidar a Argelia. Solo yo puedo solucionar esto.

Parado en silencio, la contemplé bajo los efectos de los sedantes. Pálida, demacrada, casi tanto como Pura, pero bella. No hay forma de que Argelia pueda parecer fea. Salí al iluminado y solitario pasillo. Sabía perfectamente con quién tenía que hablar.

Salí a buscarla. No debía estar lejos. Allá, al final del pasillo, la encontré. De espaldas, mirando hacia el rincón. Afortunadamente, había una ventana. No quería que la cámara de vigilancia registrara cómo discutía solo.

Pura parecía contrita, su cara oculta tras su largo y lacio cabello negro.

—Esta vez te has pasado —le dije, tratando de controlar el temblor en mi voz, fingiendo rezar frente al cristal de la ventana.

—Estoy celosa —respondió sin mirarme, desde su rincón—. Muerta de celos. Dos veces. No soporto la idea de que estés con ella. Ella debe dejar de interponerse entre nosotros.

—Eres insaciable —repliqué con desprecio, comprendiendo a medias que estaba hablando con el vacío absoluto—. Tienes a tu polaco. Sigue acostándote con él.NY sin embargo, me hago a la idea de que a estos fantasmas... de algún modo, tengo que ponerles las esposas. Presentarlos ante un juez. Que rindan cuentas, como cualquier criminal, por hermosos que sean. Aunque la chica luzca como un sueño de juventud encarnado en carne resucitada. Aunque yo la haya amado con locura en otra vida, o en esta.

 Entonces, viendo la escena, me oriné en los pantalones. El miedo no es novedad para un policía. Pero este... este miedo era otra cosa. Yo puedo enfrentarme a delincuentes. Son peligrosos, sí, pero tres tiros bien colocados en la frente los vuelven razonables. Este par de súcubos, no.

Así que me inventé algo. Un expediente, una excusa, una causa judicial: los robos de cadáveres. Exhumé los restos de Pura y el Polaco, junto a los de los milicianos.

Los cadáveres de los milicianos estaban ahí.

El de Pura y el del Polaco, no.

Pasé horas en mi escritorio, sumido en un marasmo mental. Pensando. Pensando. ¿Súcubos? ¿Alucinaciones? ¿Realidad virtual? ¿Sugestión? ¿Hipnosis? ¿Computación 3D? ¿Deepfakes? ¿Qué clase de delirio racional se esconde detrás de esto?

Y, sin embargo... recordando esa escena… la verdad es que no lo sé. No entiendo. Creí tener el caso resuelto. No creo en brujas, ni en aparecidos, ni en el espiritismo de feria. Solo creía en mí. En mi Glock 7.65.

Y en las bestiales, interminables sesiones de sexo hambriento con Argelia.


III


**No se puede estructurar una relación entre cementerios y hospitales.** Prefiero la conexión entre fiestas, juegos de dominó, cerveza y bailes. Es algo más natural, más humano, aunque igualmente efímero.


Argelia lo entendió. Se recuperó bastante bien, aunque yo sabía —en el fondo de mi ser— que todo era para complacerme, para mantener vivo mi interés en ella. 


Ella reapareció en el Tucán con un lleno total, como si nunca hubiera estado ausente. Ofreció su "canto de los cisnes" en versión latinopornolesbiana, con un fondo musical de cumbia tecno y merengue sintético. El público la ovacionó, bailaron desenfrenadamente y gastaron a raudales en drogas y licores que desde la barra les vendíamos sin remordimiento. Yo estaba feliz, bebiendo cerveza tras cerveza, orgulloso de verla brillar en el escenario. Pues Argelia era, sin duda, la criatura más hermosa del local. Claro que, entre el público, el Polaco bailaba animadamente con una negrita voluptuosa, y Pura coqueteaba descaradamente con unos tipos de aspecto sombrío, posibles narcotraficantes, que no dejaban de mirarla mientras bailaban. Eso me inquietó profundamente. ¿Y si se la llevaban? ¿Y si la violaban en algún rincón oscuro del bar? Aquí, los malandros y los chavistas no creían ni en los vivos ni en los muertos.


Flor Silvestre cantó esa noche, evocando memorias que me catapultaron de nuevo a mi juventud. Sentí renacer mis deseos, mi amor por ella, y me sentí vibrante de vida de la cintura para abajo. Definitivamente, ella tenía la llave de mi corazón. En mi mente permanecía grabada la imagen de sus piernas, como una reliquia profana en lo más profundo de mi cerebro.


Entonces, no. No me voy a rendir. Que opinen lo que quieran. No sé cómo vamos a funcionar, pero lo intentaré de nuevo. Ni quinientas Puras podrán impedir mi relación con Argelia. Tengo grabada permanentemente la suavidad de su piel para inspirarme, para luchar.


--


###

 **IV


Salimos por la puerta trasera del Tucán, hacia el callejón entre galpones y solares vacíos de casas semiderruidas. La acompañé hasta la Baw, que relucía bajo la luz mortecina de un farol en ese oscuro y pestilente callejón. Miré con aprensión a todos lados. Ni el Polaco, ni Pura, ni ladrones ni asesinos acechaban en las sombras. Eso, pensé, era una buena señal.


La casa de Pura ya no existía, al igual que la mía. Ahora era un local de venta de repuestos para motores Dongfeng Cummins. Estábamos en medio del camino, pero eso no nos iba a detener.


Ambos estábamos felices, excitados, a pesar del cansancio que arrastrábamos. Queríamos hacer el amor de nuevo, aunque nuestras energías parecían flaquear. Mientras nos acercábamos a la luz de los reflectores del negocio, vimos a una pareja de adolescentes conversando junto a una puerta imaginaria. Los reconocimos de inmediato. No pudimos evitar detenernos, descendimos de la camioneta y alumbramos la escena con los faros, transformándola en algo casi onírico.


—¡Por Dios! ¡Qué bello eras! —exclamó Argelia, incapaz de contenerse ante la romántica escena que se desplegaba frente a nosotros. Era evidente que quería hacerme quedar mal.


Allí estaba yo, con mi blue jeans desteñido y mi franela militar, tomándole las manos a Pura en aquella noche fatídica que cambió nuestros destinos. Ella sonrió tímidamente, pero negó con una triste mirada mientras una lágrima descendía por su rostro virginal, también grabado en mi alma.


—¡Insiste! —gritó Argelia desesperada, dirigiéndose a mi alter ego—. Insiste. No te rindas. Dile que la amas.


Vi cómo mi otro yo se alejaba, triste y derrotado, perdiéndose en la oscuridad. Vi a Pura estallar en llanto. Era una escena que nunca presencié, porque en realidad no creo que haya sucedido.


Llegamos a la casa envueltos en un silencio denso, como el de los velorios en noches de lluvia.


—Ella te ama mucho —dijo Argelia con voz queda, los ojos húmedos de lágrimas—. Necesitas ayudarla. Necesitas liberarla.


---¡

«Más te amo a ti. Ahora sí sé que te amo a ti… Estoy enamorado de ti» —le dije a Argelia, estrechándola con una fuerza desesperada. Sé que debo liberarla, desatar este nudo que nos une. Pero no sé cómo. También sé que no fui sincero, que esta vez, de verdad, no lo fui. Si aquella noche hubiera retrocedido sobre mis pasos… Pura estaría viva. Yo jamás… pero jamás habría conocido a Argelia… es más… ni siquiera habría sido policía.

V

Busqué en la computadora al polaco, inserté su nombre: Sotyas Lisowski. Resultó ser un sacerdote expulsado por la Iglesia, la sotana mancillada por actividades pederastas. Drogaba a las niñas en el confesionario, profanando la santidad del lugar. Pura fue una más en su lista de inocencias ultrajadas. El hombre había escupido a Dios, dándole la espalda a lo sagrado. Me dispuse a ir a la archidiócesis, un último refugio en la oscuridad, debía buscar ayuda en la institución que había fallado. También averigüé que la madre de Pura era una devota practicante de la hechicería, acumulando denuncias como sombras. Su hija, sin duda, había absorbido el karma turbio de la madre.

El periódico, con una crueldad sensacionalista, colocó en primera plana la fotografía del pastor empalado en el techo de su iglesia, su cuerpo grotesco convertido en un macabro adorno. Un letrero inmenso, escrito con su propia sangre coagulada en la pared, gritaba: "POR ENTROMETIDO, MENTIROSO y METIÉNDOSE EN LA VIDA DE LOS DEMÁS". Esto tenía que tener un final, y pronto, antes de que la locura nos engullera a todos.

VI

Fui a buscar a los únicos que podían ofrecerme una ayuda verdadera, una luz en esta creciente oscuridad. En la archidiócesis me observaron y trataron como a lo que ya sé que soy: un loco. El monseñor no creyó ni una sola letra de mi relato, ni por un instante. Me despidió amablemente, recomendándome una legión de especialistas: un psicólogo para desentrañar mis delirios, un analista de conducta para catalogar mi demencia, un terapeuta sexual para mis obsesiones y un psiquiatra para medicar mi cordura perdida.

Al salir nuevamente a la calle, me sentí como al principio, solo con mi caso, un rompecabezas cuyas piezas se negaban a encajar. Dios sabe que luché contra el sentimiento de enamorarme de Argelia, contra esa fuerza insidiosa que me arrastraba hacia ella. Pero sucumbí. Ahora estoy nuevamente activo, aferrándome a la tenue esperanza de una vida normal. Para lograrlo, debo escapar de este caso, el más tortuoso que ningún policía desearía enfrentar.

Por eso, cuando desnudos, saciamos nuestra hambrienta y depravada necesidad sexual, ella se sintió obligada a confesármelo todo, como si la verdad fuera un exorcismo.

«Cuando llegué aquí, trabajé muy duro en el hospital Federal. Solo ganaba quinientos dólares al mes, comía en el comedor del hospital, dormía en el hospital, solo usaba los uniformes, pues el gobierno me descontaba cuatrocientos setenta dólares para enviarlos a Holguín. No quería vivir de esa forma, una existencia tan magra. Muchas enfermeras burlaban la vigilancia satelital, electrónica, policial, y escapaban a la esclavitud de Francia y Alemania. Lo raro es que sabían que serían esclavas en ese imperio, pero ninguna desertaba de Europa para regresar a su país de origen. Pensando que podía ser esclava del imperialismo capitalista salvaje de Japón, Taiwán, Francia, Inglaterra, decidí invertir en un negocio para poder escapar de esas prisiones criminales.

Pero en fin, tenía la idea de que eso era mejor que vivir en la libertad de Pyongyang. Un día vi los clasificados de los periódicos ilegales de la oposición. Vi el anuncio: "Excelente bar restaurante, magníficas ventas, gran ambiente". Una tarde de domingo fui hasta el sitio, después de viajar muchas horas. Era un portugués, amable y simpático. Hicimos negocio. Le di todos mis ahorros y quedé endeudada con diecisiete mil ochocientos dólares; tenía que pagar el crédito de unos seiscientos cincuenta dólares, más los empleados, más el alquiler, más los gastos fijos. Todo sumaba unos doce mil dólares al mes. Firmé ciega de alegría, ya que me veía esclava en Alemania. En la primera semana solo vendí setenta y cinco dólares, y al final del mes solo tenía en caja cuatrocientos dólares. Me habían engañado como a una tonta. Como era bailarina clásica, me vi obligada a bailar casi desnuda para obtener propinas y ser el objeto del sucio deseo de una cantidad de borrachos babosos, pero que me dejaban una fortuna en propinas. Me había enamorado tres veces en dos años y estaba muerta en vida hasta que llegaste tú a estropearlo todo. Peor aún, me dijiste después de hacerme sexo oral mortal que me dejaron las piernas temblando. Lo poco que me quedaba libre lo tenía que invertir en maquillajes y perfumes».

VII

Hice algunos cambios en El Tucán. Comencé a aceptar tarjetas de crédito y cheques conformes, incluso criptomonedas, esa moneda invisible que parecía sacada de un cuento de alquimistas modernos. Decidí servir almuerzos los domingos, atrayendo a una clientela diferente, familias buscando un respiro dominical. Instalé un televisor de pantalla plana, un ojo electrónico observando el mundo exterior. Los sábados proyectaba el boxeo y el fútbol ibérico e italiano, la pasión de multitudes, acompañados de cerveza Tecate y Budweiser heladas, el bálsamo de los espíritus exaltados.

Soy un policía administrativo, capaz de gestionar cualquier cosa, incluso el caos. El Tucán pasó de generar míseros cuatrocientos dólares al mes a unos razonables seis mil setecientos dólares mensuales. Quedaba bastante de las propinas generosas de Flor Silvestre y de las dos chicas prepago más que contraté para satisfacer los apetitos más… persistentes de los clientes que quedaban particularmente excitados por la presencia de Flor Silvestre. Simple economía de guerra, una lucha por la supervivencia en un mundo despiadado. La amenaza de la esclavitud en Finlandia y Alemania se desvanecía, y vislumbrábamos una existencia con auto, casa, comida abundante, luz eléctrica, todas esas comodidades que la vida parecía negarnos. A pesar de que el gobierno maligno se había ido, la gente sabía, con una certeza sombría, que el tamaño del cerebro del pueblo era infinitamente pequeño, comparado con el de una hormiga, y que aquellos que habían destruido la nación anteriormente podían volver a gobernar en cualquier momento, como sombras que regresan de un pasado putrefacto.



VIII

Fueron veinte días de una calma engañosa, una tregua en la tormenta. Pura no aparecía por ninguna parte, como si la tierra la hubiera tragado. Comenzamos a cimentar algo parecido a una rutina, a planificar un futuro incierto, a disfrutar de películas en Netflix hasta bien entrada la mañana y a bailar solos, desnudos, después de perder el tiempo en ociosidades en la sala de la casa, buscando un consuelo efímero en la intimidad.


---


**Dormíamos abrazados, felices, como si el mundo pudiera detenerse en ese instante.** Pero el celular repicó violentamente, arrastrándome de vuelta a la realidad.


—¡Me debes explicaciones! —dijo la voz indignada y agitada de Pura desde el otro lado—. Se supone que el respeto a la pareja es lo máximo, lo esencial en una relación.


No contesté. Colgué. El celular de Argelia comenzó a sonar; lo apagué. El mío también volvió a repicar, pero hice lo mismo. Apagué todo. Sin embargo, mi computadora se encendió sola, mostrando un mensaje. El televisor también cobró vida, como si una fuerza invisible lo controlara.


En la pantalla apareció Pura, cantando con una voz que parecía surgir de las profundidades del tiempo:


> **Llegaste tú,**  

> Hundida yo estaba, ahogada en soledad.  

> Mi corazón lloraba de un vacío total.  

> Todo lo intenté, por donde quiera te busqué.  

> Eras tú mi necesidad.  

> Triste y desolada, ya no pude soportar.  

> Más desesperada era imposible de estar.  

> Todo lo intenté, por donde quiera te busqué.  

> Eras tú mi necesidad.  

> Alcé mi rostro y...


No pude evitar mirar a Argelia. Se había despertado y estaba sentada en la cama, mirando fijamente el televisor. Su rostro reflejaba terror, pero no por la letra de la canción. Era por lo bien que Pura cantaba. Cada día sacaba un arma diferente, una nueva forma de atacar. Me vi obligado a colocarme frente a la pantalla, bloqueando su imagen.


—¡Mi vida! ¡Mi amor! —exclamó Pura extendiendo sus brazos hacia mí, como si estuviera en un escenario—. ¿Por qué me huyes? ¿Por qué no terminas de aceptar mi amor?


—Mañana, a las dos y media, vamos a hablar —le dije, sintiendo mi corazón a punto de colapsar. Esta nueva Pura, vestida en tanga, estaba de lo más seductora. ¿Cómo pude haberla ignorado?


—¿Es una cita? ¿Me vas a visitar? —preguntó con entusiasmo—. ¿Vamos a hablar como amigos? ¿Como novios?


—Vamos a hablar —respondí retrocediendo del televisor.


Pura salió de la pantalla, caminando normalmente por la habitación. Se acercó a mí, metió la mano en mi pecho. Era una mano cálida, viva, y me susurró al oído sin mirarme:  

—Esto es mío.


Luego caminó hacia la ventana, giró completamente su cabeza y dijo:  

—Chao, mi precioso. Estaré bella para ti. —Y antes de saltar por la ventana, lanzó un beso hacia mí. Flotando desde afuera, se dirigió a Argelia:  

—Escúchame, puta. Búscate otro, que este tiene dueña desde hace años… y soy yo.


---

IX


Decidí que Argelia se quedara en el apartamento de las chicas prepago. Sabía que algo tramaba Pura.  


Al día siguiente, a las dos y media de la mañana, llegué a la esquina. La misma escena: el Polaco en medio de la calle, chorreando sangre. Pura tirada boca abajo junto al poste. El rugido inhumano resonó en el aire.  


—Vengo por las buenas. Vengo a hablar. Dile a este payaso que se vaya —dije, tratando de dominar el temblor de mi cuerpo. Tenía asco. Tenía miedo. Pero no quería irme de ahí.  


—Ya sé —dijo el Polaco, levantándose de entre la pegajosa sangre mientras se introducía lentamente en la pared con gesto de fastidio.  


Pura se levantó, inmóvil hasta ese momento con los ojos fijos en el infinito. Me miró desde su grisácea palidez y, con entusiasmo, extendió sus brazos hacia mí:  

—¡Bésame, quiéreme, abrázame, muérdeme, golpéame! —exclamó, ofreciendo su boca para recibir un beso.  


—De verdad que no te imaginaba así —se me escapó, molesto por esta muerta tan empalagosa, alejándome instintivamente de su cuerpo pegajoso.  


—Una aprende con el tiempo —respondió, cruzando los brazos ofendida en su orgullo al darse cuenta de que no iba a besarla ni abrazarla—. He aprendido mucho viendo lo que le haces a esa perra. Haces cosas que no me imaginé ni en mis películas... ¿Sabes algo? No todo en el cine porno es real. Hay muchos trucos y escenas simuladas.  


—¿Me espías?  


—En cada momento. Te cuido en todo lo que haces. Estoy lista para que lo hagamos.  


—Quiero resolver esto. Voy a darle la solución final a este acoso —le dije, con gesto de cerrar definitivamente el asunto.  


—¿Quieres resolverlo? Yo quiero lo mío. No te pido que la dejes. Soy civilizada y creo que podemos funcionar. Hasta un trío haremos algún día. No voy a matarla. De hecho, estoy dispuesta a deshacerme del Polaco. Pero ahora te digo que sí: quiero ser tu novia.  


Se acercó peligrosamente a mí, sacando una lengua bífida de casi un metro.  


—Es muy tarde para eso —respondí, paralizado de terror.  


—Nunca es tarde. No estoy viva, pero tampoco estoy muerta. Pero te deseo, te amo, te adoro. Mi cuerpo tiene ansias de sentir. Tú puedes hacerme sentir.  


—¿Qué pinta el Polaco en todo esto? —pregunté, retrocediendo, sintiendo mis rodillas hechas de papel.  


—Es complicado. Aunque no lo creas, y a pesar de ser de día, fue una especie de abertura cósmica espiritual. Si hubiera sido positivo, habría sido el instante perfecto para jugar a la lotería y ganarse el primer premio del Lotto de California. En fin. Ese día se me salió decirle que estaba enamorada de ti. Cuando vinieras, te daría mi "pepita" de regalo. Resultó que no se puede jugar con todos los hombres. Este idiota creía que, como me daba regalos y dinero, ya era de él. Estoy confinada a esta esquina y sus alrededores. Debí traerte y matarte en una de esas brechas: sobrenatural, luna llena, manchas solares... Total. Pero no tuve valor para hacerlo. Me lo debes. Es karma. Destino. Respuesta espiritual.  


—¿Y la porno sobrenatural? —pregunté, fascinado a mi pesar por su belleza sobrehumana. 




No tienes idea de las cosas que tengo preparadas para ti —susurró, acercándose, sin caminar, deslizándose como un espectro—. Sabes que solo tú puedes liberarme.

Se detuvo frente a mí, cara a cara. Su rostro era normal, terso, juvenil, vivo. Demasiado bello.



continuara

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