sábado, 26 de abril de 2025
Yorlett cap 1
martes, 22 de abril de 2025
La Esquina .Novela
LA ESQUINA
e999erpc55
Paranormal, Supernatural, Urbano, Contemporáneo, Argumento para Cine Independiente
Parte A
Cap. 1.
La lluvia caía con la furia de un dios enojado, cada gota un diminuto puño golpeando el asfalto. Los tres desamparados, figuras espectrales bajo el implacable aguacero, vieron al cuarto detenerse. Su rostro, demacrado y bañado en agua, se iluminó con una especie de demencia lúcida mientras murmuraba: "Volviste... Sabía que vendrías por mí".
Uno de los tres, con la ropa empapada pegándose al cuerpo como una segunda piel, carraspeó. "Eh, vente. Te va a dar una pulmonía de esas que te dejan tosiendo el alma".
Otro, con la mirada huidiza propia de quien ha visto demasiada oscuridad, extendió una mano temblorosa. "No sigas empapándote. Ven, hombre. Échate un trago", ofreció, la voz áspera como papel de lija.
El recién llegado, ajeno a la oferta de calor y olvido, sonrió con una beatitud escalofriante. "Ella vino por mí", dijo con un entusiasmo que helaba la sangre, como si hablara de un amante largamente esperado y no de algo más... siniestro.
Así fue todo...
No.
La llamada al precinto resonó en la sala como un presagio. Yo estaba de turno, disponible para lidiar con la mugre que la ciudad escupía. Sin perder un instante, me dirigí al lugar, una punzada familiar de presentimiento retorciéndome el estómago.
Llegué al sitio del suceso que había desgarrado la calma con su grito de emergencia. Conocía bien ese cruce de caminos, cada grieta en el pavimento, cada sombra alargada bajo el farol parpadeante. Desde niño, ese era un punto fijo en mi mapa mental, un lugar donde la inocencia y la crudeza danzaban en una extraña y a veces peligrosa armonía.
Regularmente, se veían a los muchachos, los "chicos chicos" como los llamaban, jugando fútbol o béisbol con una camaradería que parecía un escudo contra el mundo exterior. Pero al caer la noche, la luz menguante traía consigo otra clase de reunión. Diferentes grupos se aglutinaban en cada vértice de la esquina, cada uno marcando su territorio invisible.
En el lado noreste, estaban "Los Dañados". Para muchos, eran parias, la escoria de la sociedad. Para otros, una inclinación de cabeza de uno de ellos era casi un honor, una extraña validación en un mundo que los ignoraba. Sus ropas raídas y sus ojos esquivos contaban historias de peleas perdidas y oportunidades jamás encontradas.
Al sur, se congregaban "Los Fresas". Estudiosos, serios, los "chicos bien". No buscaban confrontación. Saludaban con cortesía, pulcros en su vestir, con cortes de pelo que sus padres aprobaban con severa satisfacción. No fumaban la hierba que flotaba en el aire nocturno, no inhalaban pegamento en callejones oscuros, no apuraban botellas de licor baratas. Eran la promesa de un futuro mejor, un faro de normalidad en un mar de incertidumbre.
En las otras puntas, ocasionalmente se veían parroquianos saliendo tambaleantes de los bares cercanos, y los infaltables soplones, los ojos y oídos de una policía del pensamiento que siempre parecía estar husmeando en los márgenes.
La esquina tenía sus propias leyes tácitas, grabadas en el asfalto y en el silencio cómplice de sus habitantes. Nadie se atrevía a tocar a los del sur. Eso era invitar a un infierno de represalias. Los del norte, en su extraña jerarquía, se comprometían a proteger a los "chicos bien". Pero estos últimos se mantenían al margen de las salvajes reyertas que estallaban entre los "Dañados" y cualquier otra banda que osara invadir su territorio. En esos momentos de tensión, los "Fresas" se desvanecían discretamente, como fantasmas asustados por el ruido de la tormenta, hasta que la calma volvía a asentarse sobre la zona popular. No había contratos firmados, nadie hablaba de ello, simplemente... así funcionaba. Era el orden natural de las cosas en esa pequeña porción de Derry.
Para distinguirlos, la gente hablaba de los "chicos chicos", refiriéndose a los jóvenes que siempre pateaban una pelota desinflada o lanzaban una raída pelota de béisbol entre el tráfico esporádico. Luego estaban los "chicos bien", los "fresas", impecables en su vestir, dedicados a sus estudios, que ocasionalmente, con permiso paterno, bebían una cerveza helada y acompañaban a las chicas bonitas al cine para ver esas películas americanas que nos llegaban como destellos de otro mundo.
Y luego estaban los "chicos malos". Genuinamente malos. Los feos, los aborrecidos, los mal vestidos, aquellos a los que nadie invitaba a una fiesta, ni a un partido en el terreno baldío donde una vez se levantó el hospital civil. Eran los sospechosos habituales, los que los milicianos detenían constantemente para identificarlos, culpables a priori de cualquier cosa turbia, real o imaginaria, que sucediera en el sector. Ellos controlaban el flujo de marihuana barata, el paso cauteloso de peatones por ciertas calles, el mercado negro de radiocasetes, bicicletas y ropa robada. Su dominio sobre la esquina era absoluto, una sombra constante en la vida de los demás.
Yo solía pasar por allí a pie, un espectador silencioso en su pequeño universo. Saludaba a todos, sin pertenecer a ningún bando. Vivía a diez cuadras de distancia, una tierra de nadie entre sus facciones. De alguna manera, los "chicos malos" me dejaban en paz. Nunca supe por qué. Sabía que los grupos buscaban ávidamente nuevos miembros y trataban de evitar deserciones, ya que casi todos eran familias y vecinos. En el terreno vacío del antiguo hospital, jugaban juntos, intercambiando jugadores en partidos improvisados de béisbol, baloncesto o fútbol, según la programación de la televisión. Pero al caer la noche, cada uno volvía a su propio redil, reafirmando su pertenencia como si fueran extraños hasta el amanecer.
Cuando terminé la secundaria, presenté los exámenes para la Academia de la Policía Federal de Investigación. Fui admitido. Muy pocos de ellos continuaron saludándome cada sábado cuando regresaba a casa para pasar el fin de semana. Paulatinamente, el lazo que nos unía, tenue ya de por sí, se fue deshilachando hasta desaparecer.
El sector fue mutando lentamente con cada una de mis visitas. En la esquina, el local que antes albergó una sastrería de colombianos fue ocupado por un minimercado regentado por chinos silenciosos y esquivos. Los "chicos bien" se dispersaron hacia las universidades y los institutos tecnológicos. Algunos incluso obtuvieron becas para ir al "Imperio", a España, Irán y Rusia, nombres exóticos que resonaban con promesas de un futuro lejos del polvo y el olvido de nuestra esquina.
La vieja casa de los Gutiérrez, con su jardín descuidado y su aire de misterio, fue demolida para dar paso a un feo edificio de cinco pisos de apartamentos idénticos, como celdas grises apiladas unas sobre otras. También supe que uno de los "chicos malos" había sido abatido por la policía estatal en un atraco chapucero, un evento que tuvo como amargo desenlace que toda la comunidad terminara de aborrecerme.
Me lo demostraban cada vez que pasaba por la esquina con mi camisa blanca de manga larga, mi corbata azul oscuro y mi pelo casi rapado, el uniforme de mi nueva vida. Era como un comentario silencioso, cargado de resentimiento. Ahí va el soplón. El cachorro de policía. Por su culpa, "Cara e' malo" yacía bajo tierra.
La esquina decayó, perdiendo su vitalidad. Era raro ver a alguien allí. El chino vendió su mercado a un polaco gordo y calvo, con una cara que parecía tallada en piedra bruta. Pero, a decir verdad, el hombre era amable y servicial, y su aparente rudeza se debía a su dificultad con el idioma. Aún así, no me gustaba. Había algo en su mirada... sin embargo, lo aceptaba, porque era uno de los pocos que todavía me dirigía un escueto saludo.
Llegaron nuevos vecinos, con buenos coches de segunda mano, gente que trabajaba en las nuevas empresas que se estaban estableciendo en la zona. Abrieron dulcerías con luces de neón, mercerías llenas de baratijas brillantes, pequeños restaurantes familiares llamados "paladares", zapaterías con olor a cuero nuevo y cibercafés donde la luz azul de las pantallas iluminaba rostros absortos. Ocuparon las amplias salas de las viejas casonas del sector, trayendo consigo una nueva capa de normalidad sobre el pasado turbio de la esquina. Pero para mí, la sombra de lo que había sido aún se cernía sobre el asfalto agrietado, como una cicatriz imborrable. Y en esa cicatriz, a veces, juraba escuchar el eco distante de una risa infantil... o algo mucho más siniestro.
II
Al sector centro de mi ciudad , se mudó una señora con su hija. No era frecuente mi paso por esa parte del pueblo,en realidad cerca de mi zona. Pero quedé entre los impactados por ella. Pura era su nombre.
Pelo negro azabache, ojos verdes como el musgo en los bosques de Amazonas, menuda, bella hasta el punto de doler, demasiado popular entre los adultos de la zona, consentida por todos los chicos y odiada hasta el infinito por las chicas de la urbanización. No era para menos: Pura era una competencia imposible de vencer. Era en extremo, preciosa y tenía una facilidad desconcertante para hacer amigos, sobre todo con los chicos, tuvieran novia, prometida o no.
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viernes, 18 de abril de 2025
SHANGHAI. 1943
SHANGAI 1943
Shanghái, 1943
Autor: Edgar R. Pérez C.
© Edgar R. Pérez C. 2021
CAPÍTULO I
En la madrugada del 3 de diciembre de 1922, a la una en punto, nació Marina Leung Ba. Así lo atestigua el certificado de la capilla de San Francisco Javier en Nanjing. Su padre, el señor Wang Leung, un mercader distinguido de linaje Han, vivía en un éxtasis perpetuo, embriagado por los vientos de cambio que azotaban la nación.
China ardía en la guerra civil de los señores de la guerra. Las tropas japonesas se inmiscuían con descaro creciente en la región. Los británicos, desde Hong Kong y Shanghai, observaban, cautos, siempre al acecho. Pero para el gran señor Wang Leung, nada de esto era extraordinario. Él también formaba parte del clan de los caudillos y sacaba provecho de ello. Corrían rumores de levantamientos campesinos inspirados por los bolcheviques. Un joven oficial de la derecha del Kuomintang abogaba por una línea pro-occidental. El emperador había sido expulsado del palacio, y nadie sabía con certeza quién mandaba en el país…
El señor Leung Wang, sin embargo, era fervientemente pro-japonés. Ansiaba la modernidad y el progreso para China, pero desde una perspectiva asiática, a pesar de la rivalidad entre ambos pueblos. Negociaba directamente con casas comerciales de Yokohama, y el cónsul general era un habitual en su opulenta residencia. Los sacerdotes belgas de la orden de los vicentinos también gozaban de su intimidad. Por ello, era un católico apasionado. Cuando nació la niña, la bautizó de inmediato. Los tiempos modernos se insinuaban en China. Nadie sabía si el emperador estaba en Shanghai o en Nueva York, pero al señor Wang, fascinado con su cuarta hija, eso le importaba poco.
—Es un mal número —dijo Na Li, su esposa, recibiendo a la criatura con una sonrisa—. Estoy dispuesta a concebir otro hijo, para que sean cinco, un número más propicio.
—Supersticiones —replicó el gran Leung Ba con alegría—. Solo el poder de nuestro Señor Jesucristo importa.
—¿Por qué Marina? Es un nombre ruso —preguntó la mujer, contemplando embelesada a la recién nacida.
—Algún día será fuerte. Nunca se sabe, y ese nombre nos abrirá puertas valiosas.
—¡Por Dios, Wang! — exclamó su esposa con una sonrisa agotada—. Apenas tiene dos horas de vida y ya piensas en negocios.
El hombre besó la frente de su esposa. Una hija era una hija. Y no le importaba en absoluto que fuera mujer.
Pasaron los años. La niña creció sana, aprendiendo las costumbres occidentales. Estudió inglés, hablaba japonés con fluidez y entendía el francés a la perfección. Poseía una hermosa voz de mezzosoprano y llevaba seis años estudiando piano. Era una dama occidental, para la satisfacción del poderoso señor.
Más años transcurrieron en calma. La fortuna creció; los hijos padecieron las enfermedades infantiles comunes. Los japoneses, cada vez más fuertes, intervenían directamente desde Manchuria.
Hasta que llegó un día en que la emoción del gran Leung fue desbordante. Su casa se engalanó para recibir al representante plenipotenciario de Japón en Nanjing. Corría el año 1934. Los japoneses estaban por doquier, a pesar de las masacres de civiles sin motivo aparente en cada pueblo y ciudad china.
El señor Leung Wang dio instrucciones precisas según el protocolo. Nadie debía comentar los actos militares japoneses. La temperatura del sake debía ser perfecta, la disposición de los asientos y los lugares de honor, impecables. Y así fue. A las ocho de la noche, en una cálida velada de verano, llegó el embajador plenipotenciario: un hombre cuadrado y rudo, acompañado de oficiales japoneses que ocultaban su desprecio tras una cortesía gélida, y representantes comerciales altivos y despiadados. Entre ellos, un joven de raza occidental, de apariencia jovial, parecía un muchacho divertido, encantado de estar presente en cualquier situación.
Todo esto, el señor Leung lo había aceptado desde años atrás. Todo por los negocios. Presentó formalmente a cada uno de sus hijos. El mayor, Po Leung, pronto partiría a la Academia Naval de Hiroshima, renunciando a su nacionalidad china por una ciudadanía japonesa de segunda clase, similar a la de los coreanos. Nunca sería vicealmirante, pero quería ser japonés, como lo demostraron su actitud y su corte de pelo. Esto arrancó un sentimiento de aprobación de los japoneses, con labios sellados.
El gran Leung presentó a su segunda hija, Virginia Leung, ataviada con el hábito nupcial del seminario católico belga de Tientsin. La joven fue recibida con la misma cortesía el señor Leung Ba presentó a Marina Leung Ba, quien pronto cumpliría doce años.
II
Muchos años antes, en otro continente…
A mediados del siglo XIX, una oleada de inmigrantes chinos llegó a San Francisco, en los Estados Unidos, para trabajar en la construcción del ferrocarril. También llegaron a Canadá para laborar en las vías de futuros ferrocarriles.
Un siglo antes, en las costas del Pacífico del México colonial, unos pocos mercaderes chinos se habían establecido, pues era allí donde desembarcaron la preciada porcelana y las lujosas sedas. Cargas de carretas cruzaban el país y eran embarcadas desde Veracruz hacia España, sin mencionar las cantidades de mercancías distribuidas por toda la América Colonial.
E incluso 70 años antes de Colón, el Almirante Zheng He había llegado a esa nueva tierra.
Familias chinas continuaron llegando a nuevas tierras a lo largo del siglo XXI —Panamá, Perú, México—, y unos cientos desembarcaron en Perú.
Pequeños grupos de chinos llegaron desde Panamá a las costas de Colombia y Venezuela, viviendo1 una vida de total aislamiento. En 1856, un pequeño grupo de 30 familias chinas llegó a La Guaira; los hombres con sus largas trenzas, las mujeres con sus pijamas tradicionales.
No sabían muy bien dónde estaban ni entendían el idioma. Era un pueblo nuevo y un paisaje muy diferente; pensaron que tendrían que esforzarse mucho para adaptarse. Los aldeanos, además de burlarse de ellos sin piedad, tampoco hicieron ningún esfuerzo por entenderlos.
Con mucho esfuerzo, se establecieron en la pequeña ciudad de Caracas, en medio de cierto rechazo, con niños arrojando piedras y mujeres mostrando desagrado, aunque esto disminuyó rápidamente.
Sin embargo, eso no duró mucho. Los recién llegados eran corteses, tranquilos y comenzaron a trabajar diligentemente: planchaban perfectamente, lavaban con cuidado y cocinaban muy bien. Esto permitió una adaptación inmediata dentro de la comunidad.
También fueron víctimas del dengue, la tuberculosis, perros rabiosos y el sarampión.
Gong Yu Ting tenía 15 años cuando llegó con sus padres e inmediatamente comenzó a lavar ropa en un río de aguas cristalinas junto a otras chicas. Lavaban y cantaban, llevando cestas de ropa en una rutina interminable sin días libres.
Inesperadamente, la tragedia la golpeó. Sus padres y otros inmigrantes murieron a causa de una grave epidemia de gripe. Aunque eran inmunes a casi todas las enfermedades de su tierra natal, no pudieron resistir las fiebres de esta nueva tierra.
Después de los funerales, siguió trabajando, y un día vio a unas mujeres vestidas de manera similar. Eran de la religión local. Ella no tenía padre ni madre, ni pretendiente. Sus compatriotas le dijeron que iría a trabajar y viviría en la gran casa de uno de los líderes de la ciudad.
Con estoicismo y en absoluto silencio, fue llevada por las monjas de La Milagrosa para trabajar en la cocina de la casa del General José Antonio Trompiz Guedez, un hombre viejo, severo y tranquilo, padre de varios hijos.
Comenzó a trabajar en la gran cocina de la inmensa casa. Tenía una habitación con una cama para ella sola, aprendió a preparar y comer las diferentes comidas, reemplazó el té con café y vio a uno de los hijos del general. No podía creerlo. Era un demonio malvado —tenía que serlo—, pues poseía una belleza y un encanto que nunca podría haber imaginado.
Él le sonrió, la trató amablemente y comenzó a enseñarle palabras. A su vez, ella lo trató con respeto, y él continuó haciendo lo mismo. Asombrosamente, a ninguno de los habitantes de la casa pareció importarle las visibles muestras de simpatía del atractivo joven por la hermosa muchacha de raza diferente
La belleza del joven y la forma en que la trataba la hacían llorar por las noches, en la oscuridad de su habitación. Soñaba con él, despertándose por la mañana con la esperanza de verlo aunque fuera fugazmente. A pesar de su resistencia, sus ojos se bajaban tímidamente cada vez que él se acercaba.
Con el corazón roto, ella veía las distinguidas fiestas donde bellas señoritas vestidas con mucho lujo bailaban con los jóvenes extrañas danzas con música tan diferente.
No le cabía duda que alguna de esas muchachas conquistaría al precioso y distinguido joven.
Un día, él le robó un beso. Ella se quedó paralizada, mientras él no pudo evitar reírse de su asombro. Ella no sabía qué era, pero su corazón casi estalló. Comprendió que lo amaba, que ese ser de una raza tan diferente, con su cabello negro azabache, ojos azul claro y piel tan pálida, poseía su corazón. No sé entendían, Pero el amor juvenil supera raza, idiomas y clases sociales.
La joven lo miró en silencio, escrutándolo. El joven se quedó sin preguntas. En esos segundos, entre las ruinas, ambos se midieron, se desafiaron y se entendieron. Y él se rindió sin condiciones.
—Lo sé. Quieres que me entregue. Lo hago. La Convención de Ginebra sobre prisioneros de guerra dice que debes cuidarme y mimarme, porque estoy herido… Profundamente herido en el corazón —bromeó Alexander intentando de nuevo hablar con la sinceridad que le nacía del alma.
La joven se retiró con una reverencia, sin responderle.
Alexander quedó solo en medio de las ruinas. Comenzó a reír con una alegría nueva, saboreando cada instante de esa sensación desconocida. Comprendió, analizó y vivió desde ese momento que, de repente, estaba profunda e irremediablemente enamorado por primera vez en su vida. Aunque se reprochó haber actuado como un perfecto idiota infantil en las dos ocasiones que estuvo con ella…
—Y tienes ojos negros —dijo, absolutamente hechizado, fascinado por la figura que momentos antes había abandonado el lugar.
Capítulo 7
Pasaron lentos y tediosos los largos días de calor…
“No voy a enamorarme. No voy a buscarla. No somos iguales. Ella es de otra cultura”, se repetía Alexander, intentando convencerse de por qué no debía buscarla, mientras saboreaba el despecho de no verla y cantaba a pleno pulmón, en medio de las ruinas, una canción mexicana que, sin saber por qué, de pronto amaba.
Inmune a las razones que se daba, tras noches de insomnio, recorrió Shanghái de punta a punta en busca de la hermosa joven. Hasta que la encontró.
Aunque era peligroso preguntar, regresó al hospital. Aguantó impávido el reclamo por haberse ido sin terminar el tratamiento y todos le dijeron quién era: “Madame Moonlight”. La cantante principal del Moonlight. El lugar favorito de los oficiales japoneses de alto rango.
Pues allí estaba él, frente al local, iluminado con bombillas rojas y amarillas, con varios autos militares estacionados en la puerta.
—“Lucero Luz de Luna” —dijo el joven en español, mirando el letrero del lugar una noche entre semana, retrocediendo sin entrar.
Se retiró y pasaron más días hasta que, prisionero de la gigantesca obsesión, luchaba contra sí mismo dándose razones.
“Son muy hermosas, pero no sé cómo acercarme. Es cantante allí, eso significa que tiene un protector… O un dueño con todos los derechos”, se justificaba mientras se daba un buen baño, vistiéndose con un traje sencillo sin corbata, repitiendo sin cesar:
“No voy. No voy. Definitivamente no me gusta. Solo tengo curiosidad por ver qué tan bien canta; la primera vez no lo hizo muy bien”.
Vanas razones. Por supuesto que le atrajo el físico de ella, era evidente que con tanta belleza había alguien en su vida. La necesidad de comprobarlo, la urgente curiosidad de verla otra vez en su ambiente, de tratar de conocerla, de saber de ella lo atacaba.
Salió sin pensar en nada y caminó muchas cuadras, mientras el crepúsculo caía lentamente en el ardiente verano de agosto en Shanghái.
Negándose a ir a verla, jurando no hacerlo jamás, convencido de que solo hacía turismo, llegó a la puerta del Moonlight.
“No voy a entrar”, dijo con firmeza, mirando las luces de neón. Y entonces, sin saber lo que hacía, entró en la atmósfera sombría y humeante del lugar.
Esa noche, Madame Moonlight cantaba una canción japonesa desgarradora y patética que dejó a los oficiales japoneses mirándola con ojos llorosos.
“No voy a sentarme. No voy a hablarle. No va a dominarme”, se dijo Alexander, avanzando entre el humo y los militares japoneses. La muchacha terminó de cantar, pasaron pocos minutos y una vez más, el escenario se oscureció, y un haz de luz blanca lo iluminó.
Una figura menuda, en un vestido ceñido, salió de nuevo a recibir los aplausos. Una rosa roja en el cabello, a juego con sus labios carmesí, impuso un silencio colosal. Comenzó a cantar, acompañada por un piano melancólico. Era una canción de amor entre enemigos, cuya única esperanza de felicidad era la muerte de ambos.
“Eso no es para mí, está dedicada al hombre que ama. De eso no hay duda”, se dijo Alexander, sintiendo lazos invisibles que lo obligaban a mirar a esa figura que lo atraía sin piedad, a pesar de un repentino ataque de celos.
“No me gusta. Definitivamente, no me gusta”, murmuró el joven, hipnotizado, sin perderse un solo detalle de ella. Sin darse cuenta, llegó hasta el borde del escenario, maldiciendo a Giacomo Puccini por escribir su historia en Madame Butterfly. Sin percatarse, tomó un vaso lleno de Old Suntory de la mano de un aviador japonés y lo bebió de un trago, repitiendo. Creía haber entendido algún gesto indicativo de la joven, una señal para que mirara en cierta dirección y dejara de ser imprudente, pues estaba parado en el borde del sencillo escenario.
Lanzó una mirada lateral y vio la mesa de los oficiales de alto rango. Vio un alto oficial. Todo Shanghái sabía de él. Namura.
Un repentino destello de comprensión le hizo advertir que, posiblemente, estaba al borde de algún peligro.
La joven, en un movimiento sobre el escenario, volvió a dirigir su mirada hacia aquella mesa.
Eso explicó rápidamente quién era la otra persona en cuestión.
Discretamente, Alexander se retiró, refugiándose entre el grupo de soldados japoneses que disfrutaban del espectáculo. Por desgracia, su estatura de 1,88 metros no lo ocultaba bien entre la baja talla de los militares.
Por su parte, el Comandante del distrito militar japonés de Shanghái, un hombre anciano de rostro sombrío, golpeaba pensativo su copa con un dedo mientras observaba a la joven cantar, disfrazada y transfigurada por el dolor. Parecía entender su tormentosa historia de amor: solo él, y nadie más.
«Ese es Namura. Hablé con él la otra noche en la reunión de negocios», se dijo el joven, distinguiendo a lo lejos —pese al humo y la luz tenue— las insignias del otro. Las únicas en todo Shanghái.
Momentos antes…
Madame agradeció con una leve sonrisa. Ojeó el auditorio. Reconoció la silueta erguida justo frente al escenario. Alexander la miraba con la boca abierta. Parecía no haber visto jamás a una mujer de otra raza.
Un sentimiento que siempre la asaltaba, y que ahora se intensificaba. No entendía por qué él le resultaba tan familiar, tan íntimo, como si hubiera esperado siempre que estuviera frente a ella.
A propósito, esbozó una sonrisa espectacular que iluminó sus facciones. Se acercó a su pianista y le susurró algo al oído. Inmediatamente, hizo un cambio total: cantó, rio, bailó, giró y se convirtió de nuevo en Madame Moonlight, en todo su esplendor coqueto y sensual que no siempre mostraba al público.
«No tiene nada que ver conmigo, es parte de su espectáculo, y ya dejó claro que ella y Namura… ¡Maldición!», pensó Alexander, en trance y tragando saliva. Comprendió que debía irse de inmediato, observando la vertiginosa evolución de la única reina de las noches pecaminosas en el Shanghái en guerra.
La joven terminó. Un huracán de vítores y aplausos estalló. Varios oficiales que conocían la tragedia personal de Namura lo felicitaron, y un grupo de pilotos —apartando al joven catatónico— subió al escenario, la alzó en hombros y la llevó, entre aclamaciones, hasta la mesa del general.
«El general Takeo Namura lo invita a su mesa», le dijo un joven coronel al muchacho, que se dirigía a la puerta para marcharse.
Sin dejar de maldecir, en silencio, se acercó a la mesa del Comandante.
«Reciba mis saludos, Excelencia. Un honor que no merezco es su invitación», dijo Alexander con firmeza y extrema cortesía al general.
Con un gesto, el general le indicó que se sentara. Un lujo para un simple ciudadano.
«Es usted muy modesto, lo vi hablando en la reunión de comerciantes que buscan ayudarnos. Ese detalle es muy importante para nosotros», le dijo el militar, para que entendiera por el medio de la calle la magnitud de la capacidad de recordar que tenía el peligroso hombre.
Acto seguido, el propio general sirvió un whisky japonés para él y otro para la chica.
La joven se atrevió a agradecer al General con una sonrisa e ignoró al joven invitado. Era una indicación muy explícita para Alexander.
Significaba: «Compórtate y no seas demasiado listo, la chica tiene un pretendiente, y es uno muy peligroso», pensó el joven, comprendiendo el gesto.
La muchacha fue presentada al joven comerciante, quien la saludó con cortesía. No admirarla era peligroso, pues constituía un insulto a Namura. Mostrar demasiado interés en ella también era un insulto a Namura. Todo porque nadie entendía a los japoneses, y tal ignorancia invariablemente significaba la muerte para el incauto.
Namura conversó distante un rato, entre risas corteses y aprobación de los oficiales. Hizo las preguntas habituales acerca de su pasión.
se vio obligado a quedarse, sin poder dirigirle ni una sola palabra hasta que se despidió y fue al baño.
Para ser testigo de ver a Namura golpeando la puerta del camerino.
--- Yo soy tu marido. Yo soy tu dueño.No voy aceptar que seas de nadie ERES MIA-- grito el beodo estrellado una botella de champan contra la puerta y marchando se difícilmente con pasos de beodo.
Una vez que se fue, Alexander fue a la puerta y le dijo en inglés.
-- Es mi turno de extrellar la botella.
La puerta se abrió inmediatamente para enseñar la divina y preciosa figura de Marina.
-- Se que es lo que quieres.No te lo voy a dar-- le dijo casi con odio
E inmediatamente trancó la puerta llevándose las manos al pecho con angustia.
—¿Te identificaron? —preguntó la joven, ya inmersa en su realidad diaria, sentándose junto a la otra.
—Seguramente sí, y desde hace mucho tiempo. Necesito esconderme; nuestras casas seguras están cayendo una tras otra. Tengo los planes de evacuación para los pilotos estadounidenses que están en el campamento. Tenemos que llevarlos a la prisión para organizar la fuga.
—¿Los memorizaste?
—No puedo. Son demasiados. Tienes que leerlos con calma.
—Estamos dos pasos atrás —dijo Marina, sintiendo la preocupación de la otra mujer.
—¿La otra voz? —preguntó la doctora.
—Es mi mayor dolor y la causa de mi desgracia —dijo Marina con otro suspiro trágico…
—¿Qué tan grave es? —preguntó la otra, comprendiendo perfectamente.
—Catastrófico —dijo Marina, estallando en lágrimas, aterrorizada por lo que quería hacer si el doctor no hubiera estado allí.
La mujer con un gesto preguntó.
—Es un hombre obstinado que aparece cada diez años para robar mi alma, marchitar mi corazón e inflamar mi locura. Lo amo, y no sé por qué. Él no siente lo mismo. Solo quiere saciar su lujuria en mí. Lo sé. Va a pasar. Sé que va a pasar.No puedo defenderme de el .
La otra, a pesar de lo grave de la situación, no pudo menos que reírse muy quedamente.
—Le tengo miedo, es algo muy poderoso que me pone inquieta, nerviosa. Hoy bailó conmigo y sentí que me robaba el alma, me deja indefensa cuando lo veo —finalizó ella con fatalismo.
—Pero, ¿cómo conoces a ese extranjero? Mira que tienes sorpresas.
III
Muy temprano por la mañana y en medio de una resaca, despertó desorientado; sin duda, el sake era un licor más que traicionero y peligroso… la sed lo quemaba; recordaba más o menos. La fiesta terminó, todos estaban demasiado borrachos, Madame Moonlight se había alejado tambaleándose y descalza, y un efusivo Namura se ofreció a llevarlo a casa. Luego la vio en bata transparente y entendió que nunca más podría librarse de su hechizo. Era cierto lo que dijo Namura, él era el otro ejemplo.
I
El aterrador ruido de un motor Nissan Tipo 94 lo activó de nuevo. Le trajeron una camilla, ropa, una estufa portátil, comida y agua para varios días, y luego se fueron. Un regalo del soldado japonés que lo trajo. El joven soldado japonés que lo trajo por primera vez se lo dio de regalo.
Le pediría algo después, porque nada de los japoneses era gratis. ¿Quizás Namura? Por otro lado, sabía lo inteligentes y perspicaces que eran los japoneses. Su propia actitud torpe y la de la joven. Ambos se comportaron como adolescentes. Ahora, sin duda, Namura lo elevaría al estatus de rival.
También le obsequiaría regalos para luego matarlo a la primera oportunidad y no perder la cara. Después de que los soldados japoneses se fueron, contempló todo lo que le enviaron…
Podría tener un buen desayuno. Casi de inmediato, la sintió. No necesitaba verla. Sabía que estaba allí. Se giró rápidamente para ver el lugar que hasta un momento antes había estado vacío.
—Saludos, señorita. Un placer indiscutible su visita —dijo con voz temblorosa de emoción, sintiendo que sus rodillas se debilitaban misteriosamente; como experto en mujeres, sabía que no podía mostrarse ansioso, que tenía que controlarse, que tenía que transmitir una sensación de seguridad. Al diablo con eso. Estaba fuera de control y no lo ocultó, ni lo más mínimo, y no le importó en absoluto. Lo que haría sería dejar de decir estupideces infantiles cada vez que la viera.
—Reciba mis saludos, señor Alexander. El motivo de mi visita es decirle que necesito un favor —lo saludó ella, su suave voz oculta por el inmenso sombrero campesino.
—Por supuesto. Toda mi fortuna es suya —observó la evolución de la muchacha que presentó a otra persona silenciosa y lastimosa.
—Es mi familia —le anunció Madame Moonlight—. Está en desgracia.
Alexander palideció. En silencio, miró a las dos mujeres. Entendió que la desconocida no era una pequeña monja de caridad. Había algo en el rostro de la otra mujer que indicaba liderazgo y compromiso. La joven ya sabía el efecto que tenía en él y se aprovechaba despiadadamente. Era un camino que comenzaba de una manera, y él no sabía cómo terminaría.
—Quiero señalar que será peligroso… pero sabré ser agradecida —explicó Madame suficientemente desde debajo de su sombrero. Estaba dispuesta a pagar el sacrificio que Alexander anhelaba sin ocultarlo cada vez que la veía. Alexander negó con la cabeza con un gesto y una sonrisa. Lucharía contra el mismísimo diablo para complacerla.
—No tengo mucho que ofrecer. Pero todo saldrá bien según su deseo —dijo, mirando fascinado a la muchacha.
—Ella necesita respeto —anunció Madame Moonlight, acercándose con la otra, con un distante atisbo de celos, observando cómo la doctora contemplaba el atractivo del hombre, que no podía deshacerse de su atuendo de pícaro.
—Soy un caballero —mintió el hombre descaradamente, evaluando a la otra mujer. Pero de repente, el mundo giró a su alrededor y se desplomó larga y duramente en el suelo.
Horas después, la doctora Xia Jiang esperó a que el hombre se recuperara; lo había vendado de nuevo, y entre los dos, llevaron laboriosamente al hombre a su catre recién llegado. Alexander despertó.
Pudo vislumbrar la angustia desesperada de la joven, que ella enmascaró inmediatamente en un rostro de cera cuando él despertó por completo.
—Estaba inconsciente; debería descansar y no hacer trabajos manuales; además, el trabajo médico que le hicieron es muy mediocre —explicó la atractiva mujer en perfecto inglés.
—¡Vaya! Una doctora —dijo Alexander agradecido, entendiendo que incluso entre enemigos puede haber entendimiento.
—Es obvio que la infinita cantidad de licor japonés tuvo un efecto brutal. Ahora que está bien, debo irme —dijo Madame Moonlight de inmediato para escapar al dominio del hombre.
—Siempre será bienvenida —dijo el hombre, mirándola imperiosamente, buscando unirse a ella, con una nueva costumbre de volverse íntimo, ignorando la presencia de los demás.
—Vendré a visitar a mi familia; ella se encargará de su extrema fragilidad —respondió la joven irónicamente, dándole una mirada desafiante e inescrutable, divertida a pesar de sí misma al ver cómo él claramente se desmoronaba en su presencia.
Alexander quedó devastado al ver desaparecer a Madame Moonlight. La enigmática doctora lo miró en silencio. La actitud del hombre parecía la de un adolescente enamorado de una hermosa actriz. Ella le mostró el pequeño camino. —Las chicas chinas son muy difíciles de entender —indicó suavemente.
—Ni siquiera quiero imaginar lo que haré la semana que viene —respondió el joven, asustado, recapitulando las cosas que había hecho por Madame. Si los japoneses se enteraban, los cortarían en pedazos con una hoja de afeitar. No se engañaba ni por un segundo sobre las actividades de la doctora y estaba entendiendo que la joven cantante tenía una doble vida. Tal cual como él estaba a punto de iniciar. Afán de aventura, curiosidad y la urgente necesidad de ver qué tal era Marina en la cama.
Además, la invitación de Namura en la noche anterior indicaba una cosa: “Sé que la conoces. Te estoy vigilando. Ni se te ocurra meterte con la chica. Es mía”.
—Pues no sé cómo, pero ella es mía, y ya la tengo aquí en mi casa, eso no va a cambiar —pensó Alexander, tragando saliva con dificultad.
—Ella sufre mucho. Las cosas no son lo que parecen. Tiene que lidiar con Namura todos los días; eso no la salva de los deseos de otros interesados que quieren todo de ella excepto lo que es necesario para una mujer —explicó la doctora mientras analizaba su nuevo hogar, ignorando el hecho de que Alexander más o menos entendía de qué se trataba todo.
—Bueno, llevo varios días sin encontrar mi mundo como siempre ha sido —se quejó, mirando el hueco por donde se fue la muchacha.
—La sabiduría antigua dice que el culpable de las penas de amor debe sufrir un poco para compensar el daño causado por la pasión.
Alexander guardó silencio y frunció el ceño. En el aire vio la imagen de Madame Moonlight en casa de su madre, tranquila, feliz y sonriendo como una niña. ¡Era verdad! Parecía como si hubiera conocido a esta joven toda su vida. Parecía como si siempre la hubiera esperado. No dejaría de luchar por tenerla.
Capítulo Nueve
Una semana después, Namura escribió un poema cursi disculpándose con la inconquistable Madame Moonlight. Las actuaciones eran los jueves y sábados en el local, y no se habían visto desde entonces; desde la perspectiva del general, era un abandono de la frágil joven.
Sentado en un silencio respetuoso, Alexander Enrique aguardaba para entrar al despacho del General. Tenía una cita con Namura. La guerra aún no terminaba, y el campo de batalla seguía indeciso en muchos frentes. Sabía que los japoneses habían tomado Filipinas y las Indias Orientales Holandesas entre abril y mayo, pero también que Japón había sufrido dos derrotas estrepitosas: una en mayo, en el Mar del Coral, y otra apenas en junio, en Midway.
Sin embargo, los japoneses también habían asestado un golpe certero: en mayo, tomaron Birmania, cortando los suministros a las tropas de resistencia china. A pesar de tener carta blanca, Alexander sabía que debía escapar. Quedarse más tiempo significaba involucrarse demasiado, y la línea entre traidor y mercader se desdibujaba peligrosamente. Escapar y ver cómo estaba Marina. Aunque ella tramaba otros planes con él.
Mucho oro le costaron los informes japoneses, metódicos y detallados, que explicaban las batallas en el Pacífico. Ganaban algunas, perdían otras.
Madame Moonlight le había mostrado un movimiento. Una mujer a la que debía ocultar. ¿Espía china? ¿Familia? ¿En desgracia? ¿Qué significaba eso?
Tenía que ser más astuto y jugar al ajedrez con maestría. Mientras tanto, a pesar de que apenas comenzaba el calor sofocante de septiembre de 1942, esa misma mañana un grupo de B-24 Mitchell bombardeó los muelles de Shanghái.
Pero el General Namura solo esperaba que el tango desgarrador de Madame Moonlight no le trajera consecuencias. Sacado de sus pensamientos, un asistente le indicó que podía entrar al despacho de Namura.
—Bienvenido, señor Cavendish. Por favor, tome asiento —saludó Namura.
Tras una reverencia, Alexander se sentó. Namura no perdió tiempo.
—La situación es grave. Necesito la ayuda de todos. Usted es un comerciante y ha arriesgado mucho ayudándonos. Hasta fue víctima de un atentado. Hubo sobrevivientes, fueron secuestrados por los comunistas. Nuestros chicos de la Kempeitai están investigando —explicó el general, mirándolo desde detrás de su imponente escritorio.
“Qué oportuno”, pensó Alexander.
—Entonces, está bajo mi jurisdicción —continuó Namura—, y requiero su ayuda. Siempre hay diferencias de conceptos. Obviamente, no soy como mi predecesor, Matsui Iwake. Para mí, la parte económica es crucial para ganar la guerra. Shanghái es un puerto, pero hay cosas que llegan a Tientsin y las necesito aquí. Usted es mercader y quiere comprar y vender. ¿Desea ir a Tientsin a hacer negocios y ver qué podría ayudar a nuestros esfuerzos?
“Me envía directo a la muerte. No quiere rivales”, pensó Alexander, observando al comandante inescrutable, que se dignaba a darle la orden en persona, no a través de subordinados. Estaban en medio de una guerra, pero ahora comenzaban otra.
Por eso el inalcanzable comandante siempre quería verlo directamente. La lucha era por la chica. Ambos lo entendían así.
—El viaje debe ser por tierra. No puedo enviarlo por aire ni por mar —explicó Namura, encendiendo un largo cigarrillo inglés.
—Será un placer —respondió el joven, sin saber qué había en Tientsin que no estuviera en Shanghái, un puerto más grande.
—Eso es todo. No hace falta decir que recibirá toda mi ayuda para cumplir su misión.
Alexander se puso de pie, saludó militarmente y se giró para salir. Era mejor no explicar. Caminó, sintiendo lo que se siente un minuto antes de ser decapitado.
Mientras era transportado por un rickshaw por las calles desiertas, se felicitó con amargura.
“Lo lograste. Eso es justo lo que siempre haces. Eso es justo lo que siempre sabes hacer”, se dijo, porque desde ese momento tenía toda, pero absolutamente toda, la atención del General Namura sobre él.
Alexander comprendió rápidamente la magnitud del favor que Marina Leung Ba le pedía. Sin pudor, la doctora comenzó a reunirse con conspiradores en su propia casa. Los presentaba a todos como primos, sobrinos, tíos, hermanos, haciendo que el médico pareciera uno de los seres más prolíficos de Shanghái y llenándolo de admiración por la despreocupación de ella en sus tareas.
Así, Alexander se enteró de un plan que, si la policía secreta japonesa lo descubría, sería el golpe del año. Oculto, escuchó los preparativos de la trama. El dolor de cabeza seguía siendo conseguir el mapa de ruta de escape de la prisión y entregárselo al oficial al mando de los prisioneros.
Sería una misión suicida. La idea era entregar el mapa de escape y suicidarse para no dejar cabos sueltos.
Los americanos estaban en la prisión militar ubicada en el centro de un aeródromo militar japonés, que defendía todo el sector del cuadrante de Shanghái. Todos sabían que los pocos Mitsubishi Zeros del campamento y sus pilotos participaban en los bombardeos a los campamentos de guerrillas rebeldes chinas e interceptaban, como podían, los aviones de los Tigres Voladores americanos.
Hacían esas dos cosas muy mal, pero lo que hacían extraordinariamente bien era custodiar celosamente a los prisioneros americanos para evitar que escaparan.
¿Cómo entrar? ¿Cómo suicidarse sin dejar cabos sueltos? Todos los presentes en la reunión se mantuvieron en un tenso silencio, incapaces de decidir. Al final, lo dejaron en manos del azar. Colocaron una botella vacía de cerveza sobre la mesa, la hicieron girar… y el destino señaló sin titubeos a quién llevaría a cabo la misión.
Se detuvo apuntando directamente a Marina Leung Ba, quien se había colocado detrás del grupo sin que estos se dieran cuenta.
—Lo haré —dijo la joven con firmeza, mirando la botella que acababa de sellar su suerte.
—No —ordenó la doctora—. Eres muy valiosa en el trabajo con Namura. Esa línea no se puede perder.
—Cuando aceptamos desafíos, también aceptamos todos sus riesgos. Yo entregaré el mapa —concluyó ella, cubriendo la sala con un silencio denso como el humo de los incendios en la ciudad.
Alexander, que había escuchado toda la planificación en secreto, sintió que algo helado le recorría el pecho. El temor lo paralizó. No sabían que él había oído cada palabra.
Po Leung Ba estaba más que orgulloso de pertenecer al Ejército de Paz, los llamados Hanjian (和平建国军, Fuerzas de Construcción de la Paz). Se sentía japonés, aunque hubiese nacido en Nankín. Era un veterano oficial de inteligencia, lo que lo había llevado a colaborar estrechamente con la temida Kempeitai (憲兵隊, “Cuerpo de Soldados de la Ley”), la policía militar japonesa.
continuara
gracias por tu lectura. aqui en nuestro blogger estan nuestros trabajos
Bien. Dime, ¿cómo has estado? Dicen que mejoras.
—Sí, señor —respondió Namura, mientras Alexander, arrodillado, mantenía la cabeza baja, rezando para que sus latidos no resonaran en la habitación. Se enfrentaba a uno de los hombres más sádicos del ejército japonés. Sabía de él. Doihara era inteligente, culto, preciso, un manipulador hábil, nada menos que el arquitecto de colocar al traidor Puyi en el trono y jefe de la inteligencia secreta, destructor de aldeas.
Los dos hombres intercambiaron anécdotas de la academia militar y finalmente:
—Takeo, no me has presentado al caballero visitante. ¿Cónsul? ¿Estratega militar?
—Un amigo comerciante. Ha hecho un trabajo excelente para nosotros.
—Cualquier cosa que digas es una recomendación incuestionable.
—No merezco tales elogios, señor —respondió Namura.
—Las cosas se han complicado un poco. Nada que temer. El ejército imperial permanece firme. Pero me han informado de una transferencia de algunas brigadas que teníamos, y también de algunos oficiales operativos.
—No había escuchado nada al respecto.
—No queríamos preocuparte.
—Señor, con todo respeto, deseo reincorporarme a la fuerza inmediatamente.
—Y lo harás. ¿En qué trabaja tu amigo?
—Llevó a cabo importantes transacciones comerciales para nosotros.
—¿En qué área?
—Combustibles, lubricantes, neumáticos —indicó Namura, mientras Alexander permanecía en silencio.
—Bien. ¿Te gustaría colaborar? —indicó Doihara, dirigiéndose directamente a Alexander.
—Un honor inmerecido para un ser insignificante como yo.
—No hay necesidad de modestia. ¿Sabe cómo manejarse?
—No creo estar cualificado. Estoy a sus órdenes para hacer cualquier esfuerzo —respondió Alexander, maldiciendo interiormente la idea de visitar a Namura. Había ido con la intención de conseguir que usara su inf
que debía ser cuidadoso. Ella era virgen. Ese era su miedo. No al hombre, sino a la entrega. Al abandono absoluto.
Había recordado historias entre murmullos de boca de muchachas militantes coreanas y chinas del Kuomintang que habían sucumbido de pasión ante extranjeros. “Ellos cargan herramientas como caballos. El doble de tamaño y grosor que los chinos”.
Un gemido suave, mezcla de dolor y deseo, escapó de los labios de Marina. Sus ojos se abrieron de par en par en la penumbra, justo cuando Alexander, en llamas, entró en ella con una ternura feroz. Viendo su rostro tenso, sus mejillas húmedas, él comenzó a amarla… de verdad. Y confirmó lo que dicen: que las mujeres chinas, aun las inexpertas, cuando aman, lo hacen con una pasión devastadora.
Se amaron lento. Mirándose. Tocándose. Descubriéndose. Hasta que ella alcanzó su primer orgasmo —primitivo, incontenible— jadeando por aire entre el gozo sagrado de amar, por fin, al hombre que deseaba.
Quedaron exhaustos, abrazados, besándose aún con hambre y ternura. Luego, regresó con su traje gris del destino.
—Me has ultrajado —gimoteó ella, con la felicidad cómplice de quien ha probado un nuevo mundo—. Abusaste de tu fuerza masculina… Me dolió. No sé si podré caminar en una semana. No quiero que me toques más. Bestia. Monstruo. Algún día, las mujeres tendrán que defenderse de tanto abuso…
—Tú me tendiste una trampa —replicó él, besándola sin cesar, loco de amor por ella—. Sabías que yo era vulnerable. Estuviste todos estos días preparando tu emboscada… y funcionó. Sabías que no podía estar con ninguna otra. Te amo demasiado…
—Y yo a ti, Alexander… —dijo ella de pronto, seria, con la calma de quien ya sabe lo inevitable—. Y también sé que muy pronto me dejarás embarazada. Eres un potro salvaje…
—Quiero que confíes en mí —susurró él en su oído, como una plegaria desesperada—. Quiero que confíes de verdad… y que no malinterpretes nada.
Entonces le habló de su plan. A la manera occidental: no todo… y no del todo cierto.
Ella lo escuchó en silencio, aferrada a sus brazos fuertes. Sintiendo, por primera vez, que era una mujer completa.
—¿Y cómo puedo confiar en lo que me dices? Nadie te va a perdonar. Eres un traidor. Y me dices todo esto después de hacerme tuya. Ahora estoy involucrada. Nos van a matar… a los dos.
—Te llevaré a la tierra de donde viene mi madre. A mis llanos. A ver mis selvas. Mis amaneceres…
—¿A dónde?
—A una nueva tierra. A otro continente… Después de morirnos de aburrimiento a la orilla de ríos inmensos, mirando a nuestros mil doscientos niñitos chinos corretear desnudos por la arena.
—Tú no vas a llenarme de hijos… ¿Dónde está eso? Qué nombre tan extraño… ¿No eres inglés? ¿Cómo se dice? ¿Ve-ni-zzzhu?
—Ni más… ni menos —dijo Alexander, sonriendo… mientras sentía cómo la pasión, otra vez, comenzaba a arderle en la sangre.
Alexander deslizó su mano por la cintura de Marina, deteniéndose justo donde empezaba la curva de su cadera. La acarició como si recorriera los bordes de un país soñado. Ella no dijo nada. Lo miró con esos ojos negros que parecían esconder siglos de historias, de orgullo, de tormentas contenidas.
—No vas a llenarme de hijos —repitió ella, con una media sonrisa, entre el fastidio fingido y la ternura más auténtica.
—Quizás uno —susurró él—. Uno que nazca en libertad… no aquí, no entre ruinas. Uno que herede tu fuego y mis ganas de huir.
Marina se incorporó lentamente, cubriéndose con la sábana ajada que apenas servía como barrera entre ellos.
—¿Por qué me haces hablar así? ¿Por qué me haces imaginar cosas imposibles… cuando lo único real son tus labios, tu cuerpo, y esta ciudad que se cae a pedazos?
Él no respondió. Solo la miró. Como se mira un atardecer cuando sabes que no volverás a verlo.
—Porque si no soñamos ahora, Marina… si no inventamos un futuro —dijo al fin, acariciándole la mejilla con el dorso de la mano—, entonces esta guerra ya nos ha matado.
Ella bajó la mirada, conmovida, estremecida por la sinceridad que se colaba entre los restos del deseo.
—Me gusta cuando hablas así —confesó—. Me gustas más cuando callas y solo me miras… como si fueras capaz de esperarme toda la vida.
Alexander se acercó y le besó la frente, suave. Luego la nariz. Y después, muy lentamente, los labios. Un beso largo. Profundo. Un beso sin prisa. Un beso que decía todo lo que aún no sabían decir con palabras.
—Te quiero viva —susurró él—. Te quiero conmigo… hasta el final.
Ella asintió. No dijo nada más. Pero algo en sus ojos ya no era igual. Había bajado la guardia. Quizás solo por esa noche. Quizás para siempre.
En silencio, se acomodaron juntos bajo las mantas. No como amantes consumidos por el fuego, sino como dos náufragos que habían encontrado, al fin, un poco de calor en medio del naufragio.
Shanghái dormía, herida. Pero en esa habitación rota, entre escombros y promesas, todavía quedaba algo de belleza.
Alexander regresó al campamento. Era cierto. Se estaba involucrando demasiado y Marina podía ser asesinada por su propia gente.
Durmió inquieto en el campo de concentración. Había dado un salto al vacío, confiando en su diabólica suerte y en las oraciones de su madre. En su nuevo hogar, en Valencia, al otro lado del mundo, en esa zona perdida con un nombre tan extraño como el chino: allí, en Guataparo. Mientras dormía, comprendió de lo que había sido capaz por el amor de esa mujer. No se arrepintió ni por un segundo. Pero tenía claro que Marina no estaba hecha para ser ama de casa. Era hermosa, vanidosa, con un espíritu indolente, una jugadora cruel con los sentimientos ajenos, le gustaba divertirse demasiado, bailar, beber como un marinero, no sabía cocinar ni lavar —ni quería aprender—, adoraba dormir hasta tarde y solía despertarse de mal humor. En sus sueños, dudaba si quería ser madre y, si lo era, si lo haría bien.
El hombre siguió pensando y planeando. Necesitaba salvarla para sí mismo. Sabía perfectamente que, dos minutos después de que terminara la expulsión japonesa, estallaría la guerra entre el Kuomintang y los comunistas. Y no quería otra guerra para los dos. Quería una oportunidad. Una oportunidad lejos, en su tierra de paisajes grises y tranquilidad, a las dos de la tarde.
Alexander, escondido entre las ruinas, escuchó a las mujeres hablar en chino mandarín. Se confiaban la una a la otra y discutían el plan.
Con el mismo espíritu de diversión con el que afrontó esta guerra, afrontaría también esta y construiría para ambos. Tenía que jugar la mejor partida de su vida. Una partida donde solo él entendía las reglas y jugaba. Ironías. Sí, ironías.
Siguió conduciendo desde el campamento hasta las ruinas de su casa, escuchando las conversaciones entre las dos mujeres, quienes casualmente se burlaban de él a su costa. Se dio cuenta y confirmó que el Kuomintang se reunía allí mismo, justo bajo sus narices desde hacía mucho tiempo. Que la doctora era la jefa del distrito, liderando por acuerdo con los comunistas. También escuchó que el Kuomintang sabía que él era el jefe administrativo del campo de concentración. Los comunistas ya tenían esta información. Así que su vida no valía ni un cuarto de yen.
Madame Moonlight era una militante disciplinada; finalmente descubrió que había una misión suicida planeada para liberar a los soldados estadounidenses y, la mejor parte de la historia, sí, estaba enamorada de él.
Dos días después, Alexander regresó en medio de la noche después de estar de guardia en la base de prisioneros extranjeros en Shanghái. Observó cómo el antaño poderoso ejército imperial llegaba hecho pedazos. Heridos, golpeados, vestidos con harapos, desmoralizados y con algo que nunca imaginó: miedo. Mucho miedo. Estaba pensando en ello cuando llegó el frío amanecer. Acababa de darse una ducha helada en la base. Y no tenía sueño. Vio a “Cachita” durmiendo en su catre. Vio a Marina, descalza, vestida con su camisa de fiestas. Estaba mirando sus cosas con curiosidad. La joven habló sin volverse.
: En el borde del abismo
—No tengo navajas para afeitarme. ¿Tienes una? —dijo ella con esa voz seductora y femenina.
Alexander no respondió. Con cuidado, se acercó a la frágil mujer, la tomó por los hombros y la giró hacia él. Levantó su barbilla y, lentamente, se inclinó, perdiéndose en la infinitud de esos ojos negros. La besó con suavidad, saboreando esos labios carnosos, sensuales, dulces, divinos. Fue un beso cargado de hambre reprimida, con un deseo a punto de estallar y con todo el amor que ambos llevaban dentro. Ella correspondió por completo; fue delicioso y sensual. No era muy experta, pero también disfrutó del sabor. Cuando, tras una eternidad, se separaron, él dijo:
—Madame Moonlight —susurró Alexander, con los ojos húmedos de pasión.
—Marina Leung Ba —lo corrigió ella, muy cerca de él. Demasiado cerca. Hipnotizada por la presencia del hombre.
—Marina Leung Ba —repitió Alexander, maravillado, recordando la escena en la casa de Leung Ba, con el dulce néctar de esos hermosos labios—. Estoy loco por ti, y lo sabes. Me tienes completamente enamorado, y lo sabes.
—Lo sé. Me lo has demostrado, y me has presentado a tu destino. Y no podré escapar de él… —balbuceó la joven, con dos enormes lágrimas rodando por sus mejillas, escapando de los brazos que intentaban retenerla, aterrada por el próximo paso que estaban a punto de dar.
IX
Los japoneses tenían costumbres ilógicas. Si los atacaban durante un desfile militar, al día siguiente hacían exactamente lo mismo. Lo mismo aplicaban a los convoyes militares, convirtiéndolos en blancos fáciles para la resistencia china. Pero seguían haciéndolo. Aceptar la derrota era la humillación más vergonzosa. Sin embargo, los hechos eran los hechos.
Los Mitsubishi FJ4, los legendarios Zeros estacionados en la base militar de Shanghái, se convirtieron en un escuadrón kamikaze y fueron enviados al Pacífico. Entonces, ocurrió lo impensable.
La temida y peligrosa policía militar japonesa se retiró, dejando el campamento bajo el control de mercenarios coreanos y soldados chinos del ejército del traidor Pu Yi.
—Shanghái será la tumba final de los japoneses en China —arengó Mao Tse Tung a sus invencibles guerrilleros comunistas.
—Shanghái será liberada por el Kuomintang —rugió el dragón Chiang Kai-shek a sus indomables soldados nacionalistas.
Alexander perfeccionaba su plan mientras conducía por la carretera, soportando los tediosos tributos de las tropas en el campamento, e inmediatamente identificó al verdadero líder de los prisioneros. Un americano rubio, de unos cuarenta años, afable e informal, como él. Conectó de inmediato con el hombre. Un neoyorquino, amante de la pizza y fanático de los Mets, casado con una latinoamericana. ¡Qué suerte! El americano hablaba español.
—Vaya. Siempre pensé que la mafia irlandesa controlaba las cocinas y el licor. Hoy acabo de confirmarlo —le dijo al hombre, estrechando su mano con firmeza en medio del patio, a la vista de todos.
—Soy hijo de un policía, y yo mismo fui patrullero una vez. Sé cómo manejar a los gusanos. Pronto te pondremos esposas y te daremos una bonita celda solo para ti. Pórtate bien, y seremos indulgentes, te alimentaremos e incluso le daremos a la policía montada una cuerda nueva para ti —respondió el prisionero con una amplia sonrisa.
—Van a ganar. Ya están bombardeando Tokio y las grandes ciudades. Voy a mantenerte con vida, y voy a ayudarte a escapar —dijo Alexander de repente, en medio de la calle, respondiendo en español al otro hombre.
—Ese es un truco viejo —dijo el coronel, riendo a carcajadas—. Intenta algo mejor. Algo que me sorprenda. Las palizas ya no nos afectan.
—Prométeme que salvarás a dos gatas.
—¿Dos gatas? Eso es barato —respondió el otro, mirándolo a los ojos.
—Escúchame y memoriza esto —dijo Alexander. Habló largo rato en español. Cuando terminó, el otro permaneció en silencio y luego respondió:
—Amigo, no creo una sola palabra. Especialmente de ti. Traidor y escoria.
—Tienes que creerme.
—Todo lo que dijiste es una idiotez. Tan falso como un traidor. Es lo que veo. Es lo que eres. Basura —le indicó el americano con infinito desprecio.
Tres días después…
Alexander observó una vez más su desfile militar y a sus prisioneros: americanos, británicos, neozelandeses, holandeses, marines, pilotos. Civiles de todas las nacionalidades. Frente a ellos estaba el Coronel americano Ralph Eugene O’Neill.
Alexander era seguido por su nueva sombra, su asistente Po Leung. Se detuvo y se posicionó directamente frente al Coronel O’Neill. Lo miró con desprecio y habló en inglés, el idioma común entre prisioneros y japoneses. El Coronel también lo miró con superioridad y le dedicó un saludo militar desdeñoso.
—¿Crees que soy tu payaso? ¿Crees que no sé nada de tus planes de sabotaje? —dijo Alexander, lanzando un poderoso derechazo al estómago del Coronel, que cayó de rodillas, solo para recibir dos fuertes patadas del administrador—. ¿Crees que si yo fuera tu prisionero, no harías lo mismo conmigo? ¿Dónde está tu superioridad ahora, maldito gusano? —gritó, asestando dos patadas más—. ¡A la celda de castigo! —ordenó, mientras los soldados arrastraban al hombre al sector de castigo, golpeándolo y azotándolo repetidamente en el polvo, mientras Alexander sonreía. Cada prisionero presente lo miraba con un odio incontenible.
Po Leung a su lado sonrió. Su jefe sería lo que sería. Indiscutiblemente, no era un terrón de azúcar.
Esa medianoche, el Datsun negro de Alexander salió a toda velocidad del campo de prisioneros…
—Bien. Dime, ¿Cómo has estado? Dicen que mejoras.
—Sí, señor —respondió Namura, mientras Alexander, arrodillado, mantenía la cabeza baja, rezando para que sus latidos no resonaran en la habitación. Se enfrentaba a uno de los hombres más sádicos del ejército japonés. Sabía de él. Doihara era inteligente, culto, preciso, un manipulador hábil, nada menos que el arquitecto de colocar al traidor Puyi en el trono y jefe de la inteligencia secreta, destructor de aldeas.
Los dos hombres intercambiaron anécdotas de la academia militar y finalmente:
—Takeo, no me has presentado al caballero visitante. ¿Cónsul? ¿Estratega militar?
—Un amigo comerciante. Ha hecho un trabajo excelente para nosotros.
—Cualquier cosa que digas es una recomendación incuestionable.
—No merezco tales elogios, señor —respondió Namura.
—Las cosas se han complicado un poco. Nada que temer. El ejército imperial permanece firme. Pero me han informado de una transferencia de algunas brigadas que teníamos, y también de algunos oficiales operativos.
—No había escuchado nada al respecto.
—No queríamos preocuparte.
—Señor, con todo respeto, deseo reincorporarme a la fuerza inmediatamente.
—Y lo harás. ¿En qué trabaja tu amigo?
—Llevó a cabo importantes transacciones comerciales para nosotros.
—¿En qué área?
—Combustibles, lubricantes, neumáticos —indicó Namura, mientras Alexander permanecía en silencio.
—Bien. ¿Te gustaría colaborar? —indicó Doihara, dirigiéndose directamente a Alexander.
—Un honor inmerecido para un ser insignificante como yo.
—No hay necesidad de modestia. ¿Sabe cómo manejarse?
—No creo estar cualificado. Estoy a sus órdenes para hacer cualquier esfuerzo —respondió Alexander, maldiciendo interiormente la idea de visitar a Namura. Había ido con la intención de conseguir que usara su inf
que debía ser cuidadoso. Ella era virgen. Ese era su miedo. No al hombre, sino a la entrega. Al abandono absoluto.
Había recordado historias entre murmullos de boca de muchachas militantes coreanas y chinas del Kuomintang que habían sucumbido de pasión ante extranjeros. “Ellos cargan herramientas como caballos. El doble de tamaño y grosor que los chinos”.
Un gemido suave, mezcla de dolor y deseo, escapó de los labios de Marina. Sus ojos se abrieron de par en par en la penumbra, justo cuando Alexander, en llamas, entró en ella con una ternura feroz. Viendo su rostro tenso, sus mejillas húmedas, él comenzó a amarla… de verdad. Y confirmó lo que dicen: que las mujeres chinas, aun las inexpertas, cuando aman, lo hacen con una pasión devastadora.
Se amaron lento. Mirándose. Tocándose. Descubriéndose. Hasta que ella alcanzó su primer orgasmo —primitivo, incontenible— jadeando por aire entre el gozo sagrado de amar, por fin, al hombre que deseaba.
Quedaron exhaustos, abrazados, besándose aún con hambre y ternura. Luego, regresó con su traje gris del destino.
—Me has ultrajado —gimoteó ella, con la felicidad cómplice de quien ha probado un nuevo mundo—. Abusaste de tu fuerza masculina… Me dolió. No sé si podré caminar en una semana. No quiero que me toques más. Bestia. Monstruo. Algún día, las mujeres tendrán que defenderse de tanto abuso…
—Tú me tendiste una trampa —replicó él, besándola sin cesar, loco de amor por ella—. Sabías que yo era vulnerable. Estuviste todos estos días preparando tu emboscada… y funcionó. Sabías que no podía estar con ninguna otra. Te amo demasiado…
—Y yo a ti, Alexander… —dijo ella de pronto, seria, con la calma de quien ya sabe lo inevitable—. Y también sé que muy pronto me dejarás embarazada. Eres un potro salvaje…
—Quiero que confíes en mí —susurró él en su oído, como una plegaria desesperada—. Quiero que confíes de verdad… y que no malinterpretes nada.
Entonces le habló de su plan. A la manera occidental: no todo… y no del todo cierto.
Ella lo escuchó en silencio, aferrada a sus brazos fuertes. Sintiendo, por primera vez, que era una mujer completa.
—¿Y cómo puedo confiar en lo que me dices? Nadie te va a perdonar. Eres un traidor. Y me dices todo esto después de hacerme tuya. Ahora estoy involucrada. Nos van a matar… a los dos.
—Te llevaré a la tierra de donde viene mi madre. A mis llanos. A ver mis selvas. Mis amaneceres…
—¿A dónde?
—A una nueva tierra. A otro continente… Después de morirnos de aburrimiento a la orilla de ríos inmensos, mirando a nuestros mil doscientos niñitos chinos corretear desnudos por la arena.
—Tú no vas a llenarme de hijos… ¿Dónde está eso? Qué nombre tan extraño… ¿No eres inglés? ¿Cómo se dice? ¿Ve-ni-zzzhu?
—Ni más… ni menos —dijo Alexander, sonriendo… mientras sentía cómo la pasión, otra vez, comenzaba a arderle en la sangre.
Alexander deslizó su mano por la cintura de Marina, deteniéndose justo donde empezaba la curva de su cadera. La acarició como si recorriera los bordes de un país soñado. Ella no dijo nada. Lo miró con esos ojos negros que parecían esconder siglos de historias, de orgullo, de tormentas contenidas.
—No vas a llenarme de hijos —repitió ella, con una media sonrisa, entre el fastidio fingido y la ternura más auténtica.
—Quizás uno —susurró él—. Uno que nazca en libertad… no aquí, no entre ruinas. Uno que herede tu fuego y mis ganas de huir.
Marina se incorporó lentamente, cubriéndose con la sábana ajada que apenas servía como barrera entre ellos.
—¿Por qué me haces hablar así? ¿Por qué me haces imaginar cosas imposibles… cuando lo único real son tus labios, tu cuerpo, y esta ciudad que se cae a pedazos?
Él no respondió. Solo la miró. Como se mira un atardecer cuando sabes que no volverás a verlo.
—Porque si no soñamos ahora, Marina… si no inventamos un futuro —dijo al fin, acariciándole la mejilla con el dorso de la mano—, entonces esta guerra ya nos ha matado.
Ella bajó la mirada, conmovida, estremecida por la sinceridad que se colaba entre los restos del deseo.
—Me gusta cuando hablas así —confesó—. Me gustas más cuando callas y solo me miras… como si fueras capaz de esperarme toda la vida.
Alexander se acercó y le besó la frente, suave. Luego la nariz. Y después, muy lentamente, los labios. Un beso largo. Profundo. Un beso sin prisa. Un beso que decía todo lo que aún no sabían decir con palabras.
—Te quiero viva —susurró él—. Te quiero conmigo… hasta el final.
Ella asintió. No dijo nada más. Pero algo en sus ojos ya no era igual. Había bajado la guardia. Quizás solo por esa noche. Quizás para siempre.
En silencio, se acomodaron juntos bajo las mantas. No como amantes consumidos por el fuego, sino como dos náufragos que habían encontrado, al fin, un poco de calor en medio del naufragio.
Shanghái dormía, herida. Pero en esa habitación rota, entre escombros y promesas, todavía quedaba algo de belleza.
Alexander regresó al campamento. Era cierto. Se estaba involucrando demasiado y Marina podía ser asesinada por su propia gente.
Durmió inquieto en el campo de concentración. Había dado un salto al vacío, confiando en su diabólica suerte y en las ora
El hombre siguió pensando y planeando. Necesitaba salvarla para sí mismo. Sabía perfectamente que, dos minutos después de que terminara la expulsión japonesa, estallaría la guerra entre el Kuomintang y los comunistas. Y no quería otra guerra para los dos. Quería una oportunidad. Una oportunidad lejos, en su tierra de paisajes grises y tranquilidad, a las dos de la tarde.
Alexander, escondido entre las ruinas, escuchó a las mujeres hablar en chino mandarín. Se confiaban la una a la otra y discutían el plan.
Con el mismo espíritu de diversión con el que afrontó esta guerra, afrontaría también esta y construiría para ambos. Tenía que jugar la mejor partida de su vida. Una partida donde solo él entendía las reglas y jugaba. Ironías. Sí, ironías.
Siguió conduciendo desde el campamento hasta las ruinas de su casa, escuchando las conversaciones entre las dos mujeres, quienes casualmente se burlaban de él a su costa. Se dio cuenta y confirmó que el Kuomintang se reunía allí mismo, justo bajo sus narices desde hacía mucho tiempo. Que la doctora era la jefa del distrito, liderando por acuerdo con los comunistas. También escuchó que el Kuomintang sabía que él era el jefe administrativo del campo de concentración. Los comunistas ya tenían esta información. Así que su vida no valía ni un cuarto de yen.
Madame Moonlight era una militante disciplinada; finalmente descubrió que había una misión suicida planeada para liberar a los soldados estadounidenses y, la mejor parte de la historia, sí, estaba enamorada de él.
Dos días después, Alexander regresó en medio de la noche después de estar de guardia en la base de prisioneros extranjeros en Shanghái. Observó cómo el antaño poderoso ejército imperial llegaba hecho pedazos. Heridos, golpeados, vestidos con harapos, desmoralizados y con algo que nunca imaginó: miedo. Mucho miedo. Estaba pensando en ello cuando llegó el frío amanecer. Acababa de darse una ducha helada en la base. Y no tenía sueño. Vio a “Cachita” durmiendo en su catre. Vio a Marina, descalza, vestida con su camisa de fiestas. Estaba mirando sus cosas con curiosidad. La joven habló sin volverse.
: En el borde del abismo
—No tengo navajas para afeitarme. ¿Tienes una? —dijo ella con esa voz seductora y femenina.
Alexander no respondió. Con cuidado, se acercó a la frágil mujer, la tomó por los hombros y la giró hacia él. Levantó su barbilla y, lentamente, se inclinó, perdiéndose en la infinitud de esos ojos negros. La besó con suavidad, saboreando esos labios carnosos, sensuales, dulces, divinos. Fue un beso cargado de hambre reprimida, con un deseo a punto de estallar y con todo el amor que ambos llevaban dentro. Ella correspondió por completo; fue delicioso y sensual. No era muy experta, pero también disfrutó del sabor. Cuando, tras una eternidad, se separaron, él dijo:
—Madame Moonlight —susurró Alexander, con los ojos húmedos de pasión.
—Marina Leung Ba —lo corrigió ella, muy cerca de él. Demasiado cerca. Hipnotizada por la presencia del hombre.
—Marina Leung Ba —repitió Alexander, maravillado, recordando la escena en la casa de Leung Ba, con el dulce néctar de esos hermosos labios—. Estoy loco por ti, y lo sabes. Me tienes completamente enamorado, y lo sabes.
—Lo sé. Me lo has demostrado, y me has presentado a tu destino. Y no podré escapar de él… —balbuceó la joven, con dos enormes lágrimas rodando por sus mejillas, escapando de los brazos que intentaban retenerla, aterrada por el próximo paso que estaban a punto de dar.
IX
Los japoneses tenían costumbres ilógicas. Si los atacaban durante un desfile militar, al día siguiente hacían exactamente lo mismo. Lo mismo aplicaban a los convoyes militares, convirtiéndolos en blancos fáciles para la resistencia china. Pero seguían haciéndolo. Aceptar la derrota era la humillación más vergonzosa. Sin embargo, los hechos eran los hechos.
Los Mitsubishi FJ4, los legendarios Zeros estacionados en la base militar de Shanghái, se convirtieron en un escuadrón kamikaze y fueron enviados al Pacífico. Entonces, ocurrió lo impensable.
La temida y peligrosa policía militar japonesa se retiró, dejando el campamento bajo el control de mercenarios coreanos y soldados chinos del ejército del traidor Pu Yi.
—Shanghái será la tumba final de los japoneses en China —arengó Mao Tse Tung a sus invencibles guerrilleros comunistas.
—Shanghái será liberada por el Kuomintang —rugió el dragón Chiang Kai-shek a sus indomables soldados nacionalistas.
Alexander perfeccionaba su plan mientras conducía por la carretera, soportando los tediosos tributos de las tropas en el campamento, e inmediatamente identificó al verdadero líder de los prisioneros. Un americano rubio, de unos cuarenta años, afable e informal, como él. Conectó de inmediato con el hombre. Un neoyorquino, amante de la pizza y fanático de los Mets, casado con una latinoamericana. ¡Qué suerte! El americano hablaba español.
—Vaya. Siempre pensé que la mafia irlandesa controlaba las cocinas y el licor. Hoy acabo de confirmarlo —le dijo al hombre, estrechando su mano con firmeza en medio del patio, a la vista de todos.
—Soy hijo de un policía, y yo mismo fui patrullero una vez. Sé cómo manejar a los gusanos. Pronto te pondremos esposas y te daremos una bonita celda solo para ti. Pórtate bien, y seremos indulgentes, te alimentaremos e incluso le daremos a la policía montada una cuerda nueva para ti —respondió el prisionero con una amplia sonrisa.
—Van a ganar. Ya están bombardeando Tokio y las grandes ciudades. Voy a mantenerte con vida, y voy a ayudarte a escapar —dijo Alexander de repente, en medio de la calle, respondiendo en español al otro hombre.
—Ese es un truco viejo —dijo el coronel, riendo a carcajadas—. Intenta algo mejor. Algo que me sorprenda. Las palizas ya no nos afectan.
—Prométeme que salvarás a dos gatas.
—¿Dos gatas? Eso es barato —respondió el otro, mirándolo a los ojos.
—Escúchame y memoriza esto —dijo Alexander. Habló largo rato en español. Cuando terminó, el otro permaneció en silencio y luego respondió:
—Amigo, no creo una sola palabra. Especialmente de ti. Traidor y escoria.
—Tienes que creerme.
—Todo lo que dijiste es una idiotez. Tan falso como un traidor. Es lo que veo. Es lo que eres. Basura —le indicó el americano con infinito desprecio.
Tres días después…
Alexander observó una vez más su desfile militar y a sus prisioneros: americanos, británicos, neozelandeses, holandeses, marines, pilotos. Civiles de todas las nacionalidades. Frente a ellos estaba el Coronel americano Ralph Eugene O’Neill.
Alexander era seguido por su nueva sombra, su asistente Po Leung. Se detuvo y se posicionó directamente frente al Coronel O’Neill. Lo miró con desprecio y habló en inglés, el idioma común entre prisioneros y japoneses. El Coronel también lo miró con superioridad y le dedicó un saludo militar desdeñoso.
—¿Crees que soy tu payaso? ¿Crees que no sé nada de tus planes de sabotaje? —dijo Alexander, lanzando un poderoso derechazo al estómago del Coronel, que cayó de rodillas, solo para recibir dos fuertes patadas del administrador—. ¿Crees que si yo fuera tu prisionero, no harías lo mismo conmigo? ¿Dónde está tu superioridad ahora, maldito gusano? —gritó, asestando dos patadas más—. ¡A la celda de castigo! —ordenó, mientras los soldados arrastraban al hombre al sector de castigo, golpeándolo y azotándolo repetidamente en el polvo, mientras Alexander sonreía. Cada prisionero presente lo miraba con un odio incontenible.
Po Leung a su lado sonrió. Su jefe sería lo que sería. Indiscutiblemente, no era un terrón de azúcar.
Esa medianoche, el Datsun negro de Alexander salió a toda velocidad del campo de prisioneros…
CAPÍTULO FINAL
El auto rugía mientras se abría paso hacia Shanghái. Alexander sabía que tendría que atravesar incontables puestos japoneses, cuyas tropas no estaban precisamente de buen humor. Pero ahora vestía un uniforme administrativo japonés, sin rango visible, aunque suficiente para pasar con su salvoconducto.
—No soy de aquí… no soy de allá… —murmuró para sí, con una sonrisa irónica, mientras se palpaba el pecho bajo el abrigo—. ¿Qué regimiento? —se preguntó en voz baja—. Soy oficial de los maestros del tango, al servicio de las mujeres más hermosas del mundo —concluyó en español, mientras sentía el frescor salado de la noche invernal china mordiéndole la cara.
Finalmente, atravesó las ruinas de Shanghái. Detuvo el coche frente a lo que quedaba de su antigua residencia, y con una maniobra hábil, retrocedió el auto hasta el desmoronado garaje. Descargó paquetes: té, sardinas enlatadas, pastas dentales, colonias, desodorantes, arroz… Había traído provisiones como si viniera del otro lado del mundo.
Despertó a las dos mujeres dormidas, aún envueltas en mantas, y anunció con una sonrisa peligrosa:
—Como el mapa no puede ir al campo de concentración… traje el campo de concentración al mapa —dijo, mientras presentaba al silencioso Coronel O’Neill, cuyos ojos apenas pestañeaban. Las mujeres no solo estaban asombradas por el visitante, sino también por algo más impactante aún: Fulvio hablaba mandarín con la precisión de un nativo.
Horas después, en un rincón silencioso de la casa bombardeada, se celebraba su propio juicio privado.
—No entiendo a los occidentales —dijo Marina Leung Ba, envuelta en una furia helada, cruzada de brazos, firme como una estatua. El pelo suelto le caía por los hombros con la misma intensidad con la que lo había amado—. Querías que confiara en ti. Me mentiste en todo. Hablas mandarín. Conocías nuestros planes. Eres un traidor a los tuyos, luchas contra los nuestros… Dios mío. Siento que no te conozco.
Alexander la miraba. Aquel rostro que horas antes había sido pasión encarnada, ahora se erguía como una muralla. Así era ella: cuando algo la desbordaba, fingía indignación, pero en el fondo,
cantos de pájaros resonaron en todas las formas y tonos.
Le indicaron que corriera hacia el auto. Otro de esos hombres de cabeza grande corría junto a él, cargando el equipo de radio a la espalda.
Corrieron, casi arrastrándose, por el pantano. En silencio.
Aun así, los japoneses tenían buenos informantes y no debía haber ni un rastro de él; hasta las huellas de sus botas fueron borradas.
Corrieron y vieron el auto adelante. Dos hombres pequeños y delgados estaban escondidos bajo enormes sombreros, armados con subfusiles británicos Sten.
Se precipitaron hacia el auto y arrojaron una sábana sobre él. El equipo fue guardado en el maletero a la velocidad del rayo.
Condujeron en silencio durante más de una hora antes de detenerse.
José asomó la cabeza por el borde de la sábana y se quedó helado.
Reflectores.
Los inconfundibles uniformes de los militares japoneses.
Un escalofrío le recorrió la espalda mientras veía a los soldados japoneses saludar al conductor con precisión marcial.
El sargento besó su medalla.
—Virgen del Cobre —susurró mientras el vehículo avanzaba hacia los enormes barracones de madera.
El auto se detuvo dentro de uno de ellos, y el sargento oyó una voz hablando un español perfecto, con un inconfundible acento latinoamericano.
—Ya llegamos, espera y te digo cuándo desciendes del auto.
·····
Marina caminaba con calma por las calles destruidas.
La mejor forma de moverse como miembro de la resistencia era actuar con naturalidad.
Se dirigió hacia los mercados negros que brotaban repentinamente en cada rincón de Shanghái.
Irónicamente, haber salido de la casa de Alexander la había convertido en blanco de otras facciones rebeldes que luchaban autónomamente contra los japoneses: grupos no coordinados ni por comunistas ni por el Kuomintang.
Eran pandillas que operaban entre los dos lados de la ley, si es que aún existía algo que pudiera llamarse ley.
Observó cómo unos hombres recogían escombros y los arrojaban a una vieja camioneta Ford, rescatada de quién sabe dónde.
Una muchacha la observó desde bajo un sombrero de paja de campesina.
“Madame Moonlight. Mi hermana Marina salió de esa casa, en la zona residencial japonesa. Eso es noticia. ¿Con quién estaba? Hace dos días estuve en la base, y me dijeron que tenía un salvoconducto de Alexander. ¿Qué clase de juego es este?”, murmuró un hombre viendo la muchacha desde el interior de un autobús, supuestamente accidentado.
Luego, dos días después, a medianoche.
Poco después, ojos curiosos vieron llegar un Datsun cubierto de polvo. Descendieron dos personas.
Qué descaro.
Una doctora acompañando a Madame Moonlight
.
Alexander salió por la otra puerta, y los omnipresentes soldados japoneses apostados junto a su triciclo Kurogane se acercaron a él e intercambiaron palabras.
Alexander se despidió de los soldados con calidez, luego, cargando una bolsa llena de equipos y suministros, entró a las ruinas.
*"Dos más dos son cuatro, cuatro más dos son seis"*, murmuraba para sí el teniente Po Leung, tratando de entender la situación.
*"¿Cómo es posible? ¿Podría el mayor estar viviendo con ambas? ¿NAMURA PERMITE este insulto?"*
Algo estaba a punto de estallar.
Y él no quería perdérselo.
Debía informar a sus superiores.
Luego, hablaría con Alexander.
Po Leung lo hizo cuando fue a recolectar suministros. Presentó su informe - a sus verdaderos superiores.
Le dieron una misión muy especial.
Sin duda la cumpliría.
La noticia lo dejó en estado de shock durante horas.
Sabía cómo colocar un detonador.
Y sin duda lo haría.
---
### **VII**
Marina observaba el frío atardecer, una llovizna de nieve flotando sobre las ruinas de Shanghái. Sabía lo que vendría - hambre y cadáveres congelados. Un simple corolario de la guerra.
Diciembre avanzaba, y llegaron las noticias. Los estadounidenses bombardeaban sin piedad a las tropas japonesas en Birmania y Tailandia desde sus bases en Calcuta. Tres destructores japoneses habían sido hundidos.
Alexander llegó, mostrando las marcas inconfundibles de una pelea de karate. Estaba magullado y golpeado, pero sonriente. Como soldado, se enorgullecía de sus heridas y moretones; en silencio, fue atendido una vez más por la doctora.
Esa noche no hicieron el amor. Simplemente, yacieron abrazados en silencio. Ambos estaban despiertos. Ambos entendían que estaban verdaderamente enamorados. Su profundo compromiso emocional los unía con lazos irrompibles que no alcanzaban a comprender del todo.
Él estaba fascinado por su confianza, su serena alegría, su dramático sentido ético, su compleja autoaceptación sin traumas, combinada con una sensualidad natural que era únicamente suya. Estaba deslumbrado y cautivado, la presa perfecta para ese felino libre e independiente que a veces no le mostraba misericordia pero siempre terminaba amándolo.
Ya fuera caridad o regalo, entendía que no podía vivir sin ella.
*"Te amo"*, susurró, apartando ese mágico cabello negro y besando su grácil nuca.
*"Y yo te amo"*, respondió ella simplemente, sin mencionar que llevaba varios días de retraso.
La mañana era más fría que las anteriores. Las noticias eran buenas para la resistencia. Era 24 de diciembre de 1944.
Alexander le confesó a Marina que los estadounidenses ya tenían una base aérea dentro de China, concretamente en Chengdu, y que dos días antes habían bombardeado Nukden en Manchuria - un mensaje directo al traidor Pu Yi.
También había sabido que, además de las terribles pérdidas sufridas por la marina japonesa, el destructor *Akitsuki* también había sido hundido por los estadounidenses.
La libertad sería difícil de alcanzar, pero llegaba, inevitablemente, para el pueblo chino.
---
*.
El rugido de motores interrumpió su conversación. Era un sonido áspero.
"¡Agáchate! Otra vez los B-29," grito Alexander desesperadamente al escuchar el familiar silbido del cielo. Casi de inmediato, el suelo tembló y le siguieron ondas sónicas de las explosiones. Las cosas se intensificaban rápidamente. Era hora de actuar.
IX
Meses después
Las cosas deberían seguir la lógica que se supone que siguen para todos. Eso es lo correcto. Eso es lo simple. Esa es la suma de nuestros deseos. Pero así no funciona. La vida siempre tiene su propia lógica, que nada tiene que ver con nosotros.
Marina despertó. Todo parecía un sueño. Un muy mal sueño. Más bien una terrible pesadilla. La luz de la mañana se filtraba a través de la pesada cortina. Y ese silencio persistía a pesar del canto interminable de los pájaros.
La joven se levantó con dificultad. Era el 15 de mayo de 1945. La guerra acababa de terminar para los alemanes. Pero Japón seguía luchando obstinadamente en Borneo, soportando implacables bombardeos en sus principales ciudades. Habían salido apresuradamente de Chungking. Los estadounidenses ya habían triunfado en Naha, la capital de Okinawa.
Ahora su embarazo de seis meses y medio progresaba perfectamente. Marina caminaba lentamente, provocando que Cachita, acurrucada en una almohada azul, gruñera en desaprobación, cubriéndose bruscamente los ojos con un paño para seguir durmiendo.
Salió al corredor de estilo colonial de la enorme casa. Lo revivió todo. Eso era lo que él quería. Así lo había planeado, y ella lo había seguido. Él lo había imaginado, y ella era la prueba de ese resultado. Estaba al otro lado del mundo, en una tierra pacífica, en un silencio absoluto y desconocido, en esa casa solitaria junto a ese camino desolado, envuelta en un aroma diferente, en la casa de Alexander, el lugar que una vez le prometió que visitaría. Bueno, ahora estaba allí.
A veces pasaba un coche, a veces un hombre a caballo. La muchacha salió al corredor exterior que rodeaba la casa. Pilares imponentes y una vasta veranda. Se sentó en un sofá macizo y rígido de madera negra. El bebé se movió.
Salió la señora de la casa. Increíblemente hermosa a pesar de su edad. Fulvio se parecía a ella. Se sonrieron. Se comunicaban en inglés. Eran mujeres y se entendían perfectamente. La señora la abrazó, la protegió, la mimó, la cuidó. Justo como lo había hecho Alexander. Era su madre, después de todo. Tejían, caminaban por el enorme patio empedrado entre rosales y buganvillas. Tras ellas seguían Cacao y Marrón, dos perros enormes y de aspecto feroz, pero gentiles y juguetones con ellas.
A veces salían en el enorme Cadillac negro de la señora. Viajaban a Caracas. Calles solitarias. Casas grandes con portones enormes. Mujeres sonrientes sentadas en sus umbrales por las tardes, disfrutando del aire fresco, charlando tranquilamente, comentando cosas sobre ellas. Dondequiera que iban, la gente saludaba a Marina, le frotaba su vientre hinchado, la besaba y la colmaba de afecto. Las hermosas hermanas de Alexander la llevaban a todas partes, rodeándola de tierno cuidado.
Todo estaba bien. Todo estaba en paz. Solo faltaba una cosa. Alexander no estaba allí. Alexander no iba a venir. Nunca vendría…
En la pesada tranquilidad de la casa, la joven embarazada se distraía contemplando las buganvillas, las orquídeas y las rosas multicolores. Mientras las contemplaba, se recordó que no debía estar triste. Eso dañaría al bebé.
"¿Por qué lo hizo? Porque siempre hizo lo que realmente quiso," le dijo Marina a la inmensa y hermosa mañana, a esa brisa imposible de ignorar.
Comprendió que era así porque, durante siglos, había sido la guardiana de un amor que quizás provenía de más allá del tiempo mismo. Quizás era la expresión de la abuela de Alexander, quien, desde el marco de la ventana, proclamaba los rasgos étnicos de la gente de Tianjin…
: En el filo del destino
Alexander siempre tenía un plan en marcha, pero era uno de esos seres excepcionales que jamás, bajo ninguna circunstancia, soltaba el mango de la sartén. Todo estaba sincronizado.
Era 31 de diciembre de 1944, y eso lo hacía sonreír. Lo celebraba lejos de su familia, que disfrutaba de la Navidad, los villancicos, las parrandas y las hallacas. No extrañaba Canadá y el frío tan fuerte como el que experimentaba. Extrañaba la cena con los platos típicos de la Navidad —hallacas, pan de jamón, pernil asado, ensalada de gallina, postres— que, horas después, se serviría en su hogar lejano, con un clima extraordinario y agradable
Volvió a la realidad. Se frotó las manos. Se sentía como un tahúr apostando contra el diablo, en un juego donde el diablo apostaría quinientas veces seguidas, y él solo una. Apostaba por sacar cinco ases en una sola mano. Estaba jugando.
Sabía que los aviones habían despegado horas antes desde Calcuta y estaban en camino. Todo estaba sincronizado. Permanecía en la puerta iluminada de su oficina: un comandante de guardia. Eso era todo. Sabía que todos eran jugadores activos en el proceso. Todos dependían de las transmisiones codificadas del sargento puertorriqueño, que, empapado en sudor, transmitía sin cesar, esquivando la intercepción japonesa. Cuando cayera el telón, todos verían el resultado final. Al menos, eso esperaba. Por eso nunca le preguntaba a Marina. Por eso ella nunca le preguntaba a él. Eran simplemente enemigos enamorados, sin futuro, sin esperanza. Quizás por eso apostaban contra el destino.
De pronto, vio llegar el feo frente de los camiones Nissan 6x6 Type 94. Del primero descendió el Teniente Po Leung.
Bastó un instante para reconocer que uno de los dos cuerpos de prisioneros arrojados brutalmente al suelo era Marina Leung Ba.
El joven la vio forcejeando para liberarse. Sin perder la compostura, habló por el micrófono del altavoz —sin carraspear, con voz clara y calma— primero en japonés, luego en inglés.
“¡Atención!”, dijo con entusiasmo, “habla el comandante del campo. Estamos bajo un ataque enemigo que intenta una operación de rescate. Todos los prisioneros deben ser evacuados de inmediato. Procedan como se ha practicado.”
Con eso, corrió hacia el centro del campo.
“¡Maldito traidor!”, gritó el Teniente Po Leung, perdiendo el control al ver al otro hombre acercarse.
“¡Idiota!”, le gritó el joven en respuesta. “¡Es tu hermana! ¿Qué te pasa?” Giró sobre sí mismo, casi perpendicular al otro, y adoptó una postura de combate perfecta, no sin antes asestar dos patadas de kárate al pecho del teniente.
“¡Suéltala, bastardo, o te mato!”, siguió gritando, lanzando puñetazos que eran bloqueados con gran dificultad.
El teniente retrocedió tambaleándose dos largos pasos bajo la fuerza de los golpes. Aturdido, vio a las tropas japonesas correr para cargar a los prisioneros en camiones con los motores encendidos, los faros apagados, y luego acelerar hacia la carretera. Mientras tanto, otro grupo se apresuraba a instalar ametralladoras en medio de la pista de aterrizaje.
“¿Qué demonios pasa aquí?”, gritó Po Leung Ba, sacando su pistola. Disparó de inmediato seis tiros contra Alexander, que se le acercaba.
Alexander se desplomó bajo el impacto de las balas, en medio del patio.
Marina observó toda la escena, con manos y pies atados. No podía gritar por la tela que cubría su boca. Las venas casi le estallaban. Intentó liberarse, pero no pudo. Sintió que alguien la levantaba como un fardo y corría con ella, viendo cómo el cuerpo de Alexander se retorcía mientras, al mismo tiempo, su hermano Po era baleado y alguien tomaba la pistola del Canadiense. Po fue tiroteado varias veces con la misma arma y se desplomó junto a Alexander.
Marina perdió toda noción de la realidad.
Veía y no veía a un hombre robusto, de otra raza, vestido con uniforme del ejército estadounidense, corriendo en medio del caos, gritando por un radio portátil. Veía los camiones. Veía a los prisioneros subir a bordo. Veía a los japoneses gritar y correr hacia la pista. Veía y no veía la carretera oscura. Veía y no veía un avión con un planeador unido a sus alas aterrizando junto a ella. Veía y no veía estar dentro del planeador, apretujada entre otros en un vuelo interminable.
Aterrizó en un terreno con un calor abrasador. Veía y no veía innumerables militares y aviones británicos, indios y americanos que jamás había imaginado. Veía y no veía a personas con uniformes blancos de la Cruz Roja. La subieron a otro avión. Otro viaje extremadamente largo. Otro campo de refugiados donde la bañaron, la peinaron, la pesaron, la alimentaron. Pasó horas sobre un vasto océano azul. Luego cruzó un continente desértico desde el aire. Otro vuelo sobre el mar, llegando a una ciudad donde podía ver montañas imponentes.
Allí le dieron una jaula. Cachita, con expresión cansada, reconoció a su dueña. Sonrió al gato.
Luego, otro ruidoso vuelo sobre montañas nevadas hasta aterrizar en un pequeño aeropuerto, también junto al mar. Se veía y no veía en esa carretera prístina, sola, pasando por pueblos y pequeñas ciudades, bulliciosas pero pintorescas, hasta llegar a esa imponente casa en medio de la nada.
Estaba en la casa de Alexander. Pero él ni la acompañaba ni la recibía. Se había quedado atrás, tendido en ese campo de concentración japonés con seis balas en el cuerpo, disparadas por su propio cuñado.
Madres primerizas siempre entran en trabajo de parto temprano. Ella dio a luz una semana antes de lo previsto. El 6 de agosto de 1945, el Año del Gallo y bajo el signo de Leo, dio a luz en la habitación de Fulvio a su primera hija: Isabel Cavendish Leung Ba.
Según la tradición china, debería haberse llamado ** Cavendish Leung BA Isabel.** Pero él había preferido nombrarla siguiendo las costumbres de esta nueva tierra.
Su pena se alivió ligeramente. Le mostraron al bebé —una niña extraordinariamente hermosa—. Una niña china en una tierra nueva. Había nacido el día en que Japón pagó por sus pecados y atrocidades cometidas durante más de 20 años en Asia. Y, como siempre, era la misma historia: civiles japoneses inocentes pagaron el precio, tal como los chinos inocentes habían sufrido bajo el sadismo del ejército japonés.
Ella presentó al bebé, y celebraron. Vinieron amigos y familiares. Entendió que su preciado amante se había enamorado realmente de ella porque todas las mujeres de este país eran hermosas sin excepción.
También entendió que avanzarían porque esta era una familia fuerte y unida, y ahora ella formaba parte de ellos.
Pero estaba enfadada. Alexander nunca había cumplido una sola promesa. Ni siquiera estuvo allí para recibir a su padre, quien había viajado desde Canadá. Llegó una semana después para conocer a su nieta, trayendo encajes, zapatos, perfumes… siguió otra celebración.
El Conde fue muy dulce con su esposa, tal como Alexander lo había sido cuando quería seducirla. Era evidente que su madre no le había perdonado algo. Ella permitió que el Conde la amara, pero no lo había perdonado… quizás por otra mujer, quizás porque su esposo era senador del Partido Comunista de Canadá y había renunciado a su herencia.
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**XII**
Llegó octubre. Viajó con su suegra a Caracas en ese enorme Cadillac negro pulido. Llevaron al bebé para un chequeo médico. Era una ciudad pequeña, fría y asombrosamente hermosa. Pacífica y serena, llena de personas que encontraban alegría en todo.
Amaneció un día frío y lluvioso.
Una vez más, aviones militares llenaron las calles, tanques estadounidenses relucientes rodaban por las avenidas. Se dio cuenta de que había una rebelión militar o alguna clase de guerra.
Era jueves, 18 de octubre de 1945.
Pero aquí, era diferente. La gente se insultaba desde las ventanas. Los soldados disparaban, pero no alcanzaban a nadie…
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La gente se agolpaba en las esquinas y huía, dependiendo de quién llegará. La policía disparaba al ejército. El ejército se disparaba a sí mismo.
Ella caminó hasta una esquina y observó a los manifestantes, tanto a favor como en contra. Vio aviones de guerra sobrevolar el cielo en lo que parecía más un desfile aéreo. No durarían ni dos segundos en combate contra un piloto japonés ciego y parapléjico.
De repente, un reluciente jeep verde se detuvo a su lado. Bajó un hombre bien vestido, con un impecable uniforme verde, recién planchado, perfumado con colonia y un rifle pulido que brillaba bajo el sol.
El hombre gritó histérico e intentó golpearla—
Ella lo esquivó con facilidad y, en el mismo movimiento, ejecutó el **Doble Golpe del Tigre Negro**, *Hei Hu Quan*, apuntando a su mentón y enviándolo volando por encima del jeep, estrellándose violentamente en la avenida.
Los demás en el jeep gritaron histéricos, recogieron al hombre inconsciente, arrancaron el pulido vehículo y huyeron a toda velocidad, dejando a **Marina Leung Ba** firme, equilibrada y en armonía una vez más. Estaba en paz.
Había pagado por la inconsciencia de Alexander siendo dejada sola, con todo su amor, en esta tierra extraña.
Caminó entre la conmoción con perfecta serenidad y contempló los edificios. Todo era hermoso. Todo era pacífico dentro de ella.
Una vez dentro del apartamento, consoló a su suegra, quien estaba agachada bajo una mesa con el bebé en brazos. Marina, hablando mitad en inglés y mitad en chino, la tranquilizó.
Luego salió al balcón y siguió observando la creciente rebelión. Analizó al ejército de este nuevo país. A kilómetros de distancia, supo que nunca habían estado en una guerra. No eran peligrosos para nadie. Parecían más agresivos los civiles. Comprendió que era cierto: podía vivir en paz y tranquilidad aquí, en esta tierra donde rara vez hacía demasiado frío o demasiado calor.
Cuando todo volvió a la normalidad, tomaron el sinuoso camino verde de regreso, serpenteando entre montañas que descendían hacia valles y campos de caña de azúcar. Olores extraños. Pueblos distintos. Autobuses repletos de inmigrantes de Europa, América y Asia llegando a estas tierras completamente vírgenes.
Antiguos enemigos ahora estaban codo con codo. Alemanes y rusos. Portugueses, franceses, italianos, rumanos, japoneses y chinos, deslumbrados por estas tierras increíblemente fértiles, tan vírgenes como doncellas.
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Llegó diciembre de 1945.
Marina se acostumbró a comidas extrañas, bebidas desconocidas y costumbres diferentes. Al fresco frío de la noche y a la brisa omnipresente.
Mientras amamantaba a su bebé, estaba segura de saber la noche exacta en que Alexander la había concebido. Fue aquella vez cuando, haciendo el amor, con su costumbre de mirarse para observar los diferentes matices del amor y el placer, Alexander de repente le dijo una vez más…
"Mírame. Mírame a los ojos"—en una experiencia dentro de la experiencia. Fue instante tras instante. Fue plenitud absoluta dentro del placer. Fue físico y emocional. Fue lujuria y amor. También fue dolor. Fue el descubrimiento de la belleza especial que ambos habían guardado durante tal instante. Fue, sin duda, su experiencia más madura y femenina, de recepción y entrega absoluta y total.
Ambos llegaron juntos, temblando mientras seguían viéndose y amándose. Esa fue su peor trampa. Fue el lazo indestructible que la unió a él, dejándola sola en esta tierra extraña con un bebé, prisionera en su habitación acompañada de su suegra, igualmente doblemente abandonada.
"Pase lo que pase, iré por ti," le dijo Alexander, dándole un beso de pura pasión.
Ella no entendió esta advertencia de sacrificio para que pudiera vivir libre. Sentada en el gran comedor, salió de sus recuerdos. Él le prometió que iría por ella. No fue así…
Aquella noche de diciembre de 1945, Marina descubrió que no había hecho el amor en casi un año. Reflexionó sobre las costumbres de este pueblo. Eran gentiles y directos. Si algo les gustaba, lo decían. Si no, lo decían sin rodeos. Los hombres no se andaban con rodeos, e incluso siendo ella china, más de uno se acercó a los lados de la casa para verla. Solo la mirada feroz de su suegra asustaría hasta a un león rabioso. De repente, vio a Cachita furiosa e inquieta. Maullaba en los rincones y se erizaba sin razón.
"¡Cuidado con una culebra!", dijo su suegra, asustada por su experiencia previa con Marina, quien encontró una coral en el patio y, con calma, la recogió para contemplar los anillos de colores brillantes del animal, mientras preguntaba en inglés si no era comestible.
Los perros comenzaron a aullar y a correr enloquecidos por el patio; no hacían caso a la llamada de los sirvientes, obligando a su suegra a cargar de nuevo la escopeta. Todos se fueron a la cama solo para tener que levantarse de nuevo. Los sirvientes estaban asustados; revisaron y no encontraron nada. Nerviosamente, encendieron velas a los santos, siguieron a Cacao y Marrón para ver qué causaba la furia de los animales. Peor aún, Cachita estaba encima de la mesa del comedor, mirando a la oscuridad, agazapada y erizada. Los sirvientes de nuevo se persignaron supersticiosamente. Marina entendía más o menos 500 palabras de español; pudo comprender que hablaban de los espíritus que vagaban por el patio. Marina miró, curiosa por cada rincón oscuro y solitario de la mansión con la idea de ver un fantasma de esta tierra.
Finalmente, se quedaron dormidos. Al amanecer, se escuchó una sirena y un toque de corneta desde la puerta. Marina abrió los ojos y vio reflejadas en el techo, a través de las gruesas cortinas, las luces de vehículos y el sonido de la puerta abriéndose. La muchacha vio encenderse las luces de la casa. La muchacha tomó al niño, medio dormido, y salió al enorme comedor principal. Vio a su suegra dormida, con la escopeta en la mano, con los sirvientes acurrucados detrás de ella. Marina se vio llevando al bebé hacia la enorme puerta abierta, en bata, descalza también.
Desde la puerta, vio dos relucientes furgonetas militares verdes. Vio personal militar del país colocando maletas en el suelo. Vio a un oficial de pie en atención dando un saludo militar a un hombre alto con una flux blanco. Luego vio al oficial estrechar la mano del hombre, y luego los dos hombres se abrazaron cálidamente.
¡.
El reencuentro en el fin del mundo
Marina Vio a Cacao y Marrón corretear por el patio, jugueteando con el hombre que los levantaba con facilidad. Vio a los sirvientes arrebatarle la escopeta a la madre de su suegra; también a ella le quitaron a la niña, mientras gritos resonaban por toda la casa, y vio a la dama desvanecerse. Caminó descalza, indiferente al frío suelo de piedra del inmenso jardín. Un nudo le impedía respirar o hablar; solo entendía que, corriendo hacia ella, vestido con un traje de lino blanco y el cabello largo, Alexander Cavendish Wilson la alzó como si fuera un trozo de papel, riendo y llorando de alegría. Ella también se desmayó dentro de ese sueño. Ese era su teatro, y ella, su audiencia…
El desmayo no duró mucho. Despertó de nuevo. La casa estaba completamente iluminada, se oían pasos apresurados. Gritos y risas. No había espacio para tanta gente. Médicos junto a ella y su suegra. El fuerte aroma del café, al que tanto se había aficionado, llegó hasta ella. Más taconeos y frenazos de autos que arribaban. Se sentó. Observó la escena en silencio. La Navidad había traído a Alexander Cavendish en carne y hueso.
—Aquí estoy, vivito y coleando —dijo Alexander en mandarín a su esposa—. Por eso vine. Para tener la alegría de verte en mi casa y que me hagas nacer de nuevo al recibirme con este regalo —declaró el hombre mientras cargaba a su hija—. Marina Leung Ba, ahora estoy vivo otra vez.
—Es un sueño hermoso. Lo he tenido mil veces antes —murmuró la joven, aterrada por la hiperrealidad de la escena.
—Es verdad —dijo Alexander, riendo con felicidad—. La vida es un sueño. Solo nosotros los hacemos buenos o malos. Este, el nuestro, sé que será magnífico.
Marina Leung Ba saltó como pantera a sus fuertes brazos. Era verdad. Este hombre incluso había escapado de las tumbas para estar con ella. Era la aceptación final de un amor más fuerte que las guerras, las razas y las distancias; porque, contra toda lógica, estaba allí para quedarse, trayendo de vuelta el desequilibrio y la ilógica de sus acciones para enfrentar cualquier rutina metódica.
Días agotadores llegaron. Por fin, pudo comunicarse plenamente y conocer los nombres de sus cuñados y las ciudades. Caracas.. Supo que al norte estaba el Caribe tropical y, más allá, Estados Unidos, a solo ocho horas en avión. Al sur, Brasil y Argentina, de donde venía el tango que ambos bailaron en el Moonlight, en la lejana Shanghai, China, y la guerra que comenzaba de nuevo entre los dos dragones: Mao Tse Tung y Chiang Kai-shek.
Así llegaron al 24 de diciembre de 1946, y con hambre, con furia, se amaron; mirándose, profanándose. Era muy difícil contener el hambre de ambos. No habían hecho el amor en un año. Se profanaron. Hambrientos y viciosos.
—Tienes ojos azules —descubrió de nuevo la mujer enamorada.
—No eres amarilla. Eres más blanca que el nácar.
—Usamos baños de arroz, leche y rosas para eliminar el amarillo —le confesó ella, exhausta por el placer.
—No empieces a contradecirme.
Eres tan engreído y arrogante. No me tientes," dijo ella, abrazándolo y mirándolo intensamente con su enigmática mirada. "Sé dónde estoy, y sé cómo irme. Me tuviste secuestrada aquí para evitar que conociera a otros hombres. Pero te informo que en este país, tanto las mujeres como los hombres son de gran belleza."
"Gracias por mi parte. Pero aquí la única bella eres tu " le dijo él, continuando con su interminable costumbre de mantenerla en esta tierra, en su tierra de luz juvenil y frescura amplia, tan lejos de una China antigua y enigmática.
-- De paso eres un Conde-- exclamó ella.
-- Tengo un título mejor que ese-
A ver. ¿Cuál es?
-- El de esposo de la mujer más bella del mundo.
-- ¿Aquí? Estás ciego. Las mujeres de aquí no tienen rivales.
-- Pues no me doy cuenta.
-- Hiciste todo esto por salvarme, por tenerme aquí. Eres capaz de todo , maestro de todos los engaños. No sé si amarte o tenerte pánico..
Él la besó, apasionadamente, intensamente, eternamente.
¿Cómo fue todo?
Muy fácil. Alexander supo desde el primer momento que Madame Moonlight no se iría de su país bajo ninguna circunstancia. Mucho menos por él.
Así que en esos días, Po Leung descubrió al amante de su hermana. Para cumplir aún más con su misión, fue a la oficina de Fulvio, y lucharon en karate por el honor perdido de la familia. En medio de la pelea, Fulvio recibió el mensaje codificado en su oído a través de la voz de Po Leung. Este le dio el código la fecha de la evacuación y las horas en que el Sargento Puertorriqueño se comunicaría para iniciar el plan.
Po Leung era miembro del Partido Comunista Chino y se había infiltrado en el ejército japonés. Esperaba vengar la muerte de sus padres y se aferraba a la fábula de ser cómplice en su asesinato.
Después de asimilar el impacto de la sorpresa, Ambos planificaron y ejecutaron el plan.
En la tarde del 31 de diciembre de 1944, Po Leung irrumpió en la casa de Alexander y arrestó a las dos mujeres, empacándolas convenientemente. Alexander comenzó sus acciones desviando la atención de los japoneses. Las balas que Alexander recibió eran de fogueo. También lo fueron las balas que Po Leung recibió. Los soldados japoneses, completamente engañados, llevaron a los prisioneros en camiones japoneses hasta la carretera y se detuvieron en los lugares previamente elegidos por Alexander.
Cuando los DC-3 con planeadores aterrizaron, los guerrilleros comunistas mataron y capturaron a los sorprendidos japoneses. En menos de 10 minutos, todos los prisioneros enfermos, lisiados,heridos fueron cargados en los aviones. La parte final del plan era que los prisioneros militares aptos para combatir ,la doctora
Fue el coronel O'Neill quien tomó a Marina de la mano y la llevó al avión. Ya estaba entendido y decidido que Marina sería entregada al Comité Internacional de la Cruz Roja. Los aviones despegaron en Shanghái y aterrizaron en la base aérea británica en Calcuta. Desde allí, llevaron a Marina a Madrás, desde donde cruzó la línea del frente y fue entregada a la Cruz Roja en Darwin, Australia. Luego voló a Sídney, de ahí a Santiago de Chile, de ahí a Arica, de ahí a Lima, de Lima a Guayaquil, de Guayaquil a Cali, y de Cali a Maiquetía. Esa fue la ruta de Marina y Cachita hacia los brazos de su suegra, quien la recibió junto con una carta explicativa de Alexander, quien le contó todo a su madre, por supuesto, a su manera. Sin especificar cuándo regresaría y diciéndole que no le dijera nada todavía a Marina.
Alexander llegó 201 días más tarde de lo esperado, y su madre comenzó a sospechar que su hijo había muerto, ya que NO TENÍA NOTICIAS DE ÉL. Debido al embarazo, no le contó sus temores, esperando un momento propicio para decirle lo que creía que había ocurrido, soportando en silencio la terrible ausencia de su hijo.
La guerra se intensificó, Alexander se trasladó a Taiwán, donde sirvió como intérprete de la fuerza expedicionaria mexicana que esperaba terminar la guerra y ser repatriada. El mítico ala 201 de la fuerza aérea mexicana, nada menos que los águilas mexicanas que lucharon por la libertad y la democracia en los cielos del Pacífico; ganándose la admiración de los aliados por su increíble valentía que rozaba la audacia y toda la gloria. Allí, la inteligencia estadounidense corroboró todo su plan.
Regresar fue fácil. Lo hizo como marinero en un barco de transporte que llevaba mexicanos de regreso a su patria. Se suponía que cruzaría el Pacífico y desembarcaría en Acapulco.
No fue así. Hizo el viaje de regreso cruzando el Pacífico, el golfo de Adén, el Canal de Suez, todo el Mediterráneo y el Atlántico.
Cantó "rancheras," cantó "Lucerito luz de luna," "El alma llanera," y después de sobrevivir a un huracán, desembarcó en Veracruz, participó en un desfile de victoria adicional en la Ciudad de México. Allí se presentó ante el cónsul de su país, quien lo envió en un vuelo de Aeropostal y.
La Guardia Nacional
Lo llevó desde Maiquetía lo trasladó hasta la casa de su madre
La doctora Jian y Po Leung habían combatido juntos durante toda la guerra civil. Po Leung, en un giro inesperado, cambió de bando, y junto a la médico emigraron a Taiwán. Formaron parte del grupo original que defendió la ciudad de Shanghai en su último asedio, cruzando el estrecho que separaba la isla de la gran ciudad. Sobrevivieron a aquellos años duros, ayudando a levantar desde las ruinas una pequeña nación que luego se transformaría en una superpotencia industrial.
Namura, por su parte, encontró una paz extraña. Fue sentenciado a realizar el suicidio ritual por su negligencia militar. Lo cumplió sin lágrimas, casi con una sonrisa, convencido de que al otro lado de la muerte lo esperaba el espíritu de su amada.
El coronel Ralph Eugene O’Neill volvió a Nueva York y a su negocio de venta de autos usados. Lo esperaba su esposa, Alecia Hernández Ariño Cortez, una mujer tan hermosa como vivaz, y su hija, espejo perfecto de su madre. Quienes tenían su propia aventura
Años más tarde, el destino los reunió —a él y a Alexander— en un restaurante de lujo en Caracas. Esta vez no en campos de batalla, sino entre copas de vino, con sus familias. Las esposas, encantadoras, se cayeron bien de inmediato. La amistad entre los hombres se selló para siempre.
Marina Lueng Ba y Alexander tuvieron tres hijos más. Dos varones y una niña. Entraron, como todos los seres humanos, en la rutina de la vida: los niños, los nietos, el auto nuevo, las vacaciones en los Andes, los días de playa, la Semana Santa, el carnaval. El whisky, la cerveza, la lluvia. La otra casa. El abrazo del 31 de diciembre comiendo uvas, hallacas y brindando con champán.
Viajaban a Nueva York y se alojaban en la residencia de los O’Neill en los Hamptons. Marina logro encontrar su hermana mayor ingresada en un convento en Ontario, Canadá, donde llegó a ser superiora… y también médica.
Visitaron Taiwán con frecuencia y nunca dejaron de pasar a ver a Po y su esposa. Y ya ancianos, cuando los cambios increíbles comenzaron en China después de 1979, regresaron a Shanghai y Hong Kong en varias ocasiones.
O’Neill estableció un ritual: cada tanto venía a Venezuela con su familia, para disfrutar de las playas de Tucacas y Chichiriviche. Lo hacía con alegría genuina, como si se tratara de una familia extendida. Jian y Po también viajaron con sus hijos y nietos.
Alexander se despidió de todos una tarde de Sábado Santo. Estaba sentado en la misma silla de madera, en la vieja casa solariega , cuando Marina, ya con las canas suaves y los ojos calmos, le confesó una verdad que nunca se había atrevido a decir en voz alta:
—Namura era homosexual —le dijo con un susurro sin peso—. En su mundo, se veía muy mal que no tuviera una amante. Por eso desarrolló ese amor no correspondido. Por eso sufría de despecho. Cuando tú apareciste, tuvo miedo. Si no me violaba, todos sospecharían. A veces creo que ese ataque lo planeó él mismo para no delatarse. Su suicidio fue un alivio. Conmigo fue brusco y delicado… amoroso y cruel. Muy japonés. Por eso no te mató. Intuía que al final… tú y yo acabaríamos aquí. Sentados. Como ahora.
--! ¡¡Entonces. Namura sabía de tus actividades en la resistencia!-.
--Claro que las sabía. Todos teníamos un doble juego. Lo que hubiera resultado intolerable para el es que se descubriera lo que teniamos.
--Yo nunca lo engañe. Él me lo dijo cuando fui a visitarlo para pedirle un salvoconducto para irme. Estaba ya sin ideas en mis planes sin sentido para sacarte de ahí.
--También me lo dijo, horas antes de la explosión.--Indico Marina.
--El hizo el atentado.
--Siempre lo sospecha. Nunca tuve pruebas, tampoco dudas. Quería que muriéramos todos ahí.
--Es cierto. Yo no media consecuencias contigo. Lo estaba exponiendo todo.
--Todo--finalizo Marina.
Esa noche Ambos encendieron una vela y rezaron por Takeo Namura. Un hombre víctima de las circunstancias y con mucha menos suerte que ellos dos
Incluso el sargento José López terminó en Venezuela. Consiguió empleo con la Creole Petroleum Corporation. Y claro, se reencontró con Fulvio, O’Neill y sus familias. Se reían juntos, compartiendo recuerdos entre buenos whiskys y relatos que se volvían leyenda.
Sus hijos aún viven. Muestran con orgullo las fotos de su padre en uniforme, rodeado de aquellos seres de ojos rasgados y silencio ancestral. Juran que López dejó una hija en China. Dicen que la van a buscar, aunque ya tenga más de sesenta años. Y yo, sinceramente… Les creo. Los latinos no creemos en muchas cosas, salvo en una: que esa hija debe ser hermosa y alegre.
Por su parte, una lenta y bella anciana Marina Leung BA salió a media noche a la cocina. Una maña, quería comer un pan dulce con chocolate. Los vio a la luz de la luna entre el inmenso jardín interior de la mansión y los amplios corredores. Una preciosa adolescente china y un espectacular joven en antiguo uniforme. Reían felices, se amaban inmensamente, danzaban con infinita en medio de la brisa nocturna. Ella era una preciosa princesa ,no había un ser más sublime y perfecto que el joven guerrero de raza diferente .
Ellos eran el inicio del hilo que pasó a través del tiempo y la unió a Alexander Cavendish Wilson
¿Y cómo lo sé?
Bueno… En 1975 nació una de las nietas. La conocí un 31 de diciembre de 1990. En su rostro no hay rastro de China, ni de Canadá, ni nada de Latinoamérica . No le interesa el kung fu, y no sabría decirte si siquiera sabe dónde queda China en el mapa. Le gusta el rock pesado, come lo que quiere, no le importan las dietas. Y se ve perfecta. Pero yo sé que tiene esa misma sensualidad inconfundible que llevan las mujeres de esa familia.
Empezó conmigo una relación abierta. Vivimos juntos. Nunca pensamos en casarnos. Aunque ya llevamos diez años así.
Y a veces, mientras conduzco mi Chery Arizo Diesel, veo en cada rostro oriental en un supermercado… una historia de aventura escondida. Debe ser así. Tiene que ser verdad.
Todavía los imagino a todos… como siempre… en esa gran casa llena de niños, con ese aire mezcla de lo chino, lo latino y lo canadiense. Mis nietos sueñan con ir a China. Dicen que los llama la sangre, la historia. Piensan volver a sus orígenes algún día.
Tal vez los acompañe.
Tal vez.
Aunque en el fondo, sé que no tengo ya ni la fuerza… ni el coraje para vivir algo como lo que vivieron Marina y Alexander.
FIN.
Kathy.Segunda Edición.Final
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