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martes, 5 de mayo de 2026

ADANECH.Cap 1

Novelas Por Capitulos

Romance Paranormal. Supernatural.


Adanech tambien estudio con Sachiel, Eneida, Oholiva, Leyda, Yorlett, Zefora en el Liceo Cristina Takeshi


LA MONTAÑA Donde esta  LA CRUZ DEL DIABLO

No es que le fuera mal, pero de alguna manera se sentía libre. Su relación había llegado al límite del fastidio. Era la misma sensación de liberación que se experimenta al pagar la última cuota de una tarjeta de crédito. Siempre lo había sentido así en aquellos años: libre. Libre para levantarse, ir, venir, no decir "aquí" y no aceptar "allá".

La notificación del abogado indicaba que su exesposa le dejaba una propiedad.

Había sido un mal matrimonio. Un gravísimo error de juventud. Ambos estudiantes, ambos sin trabajo, sin conocer la realidad de la vida. Afortunadamente, sin hijos. Habían pasado algunos años desde el divorcio. No se volvieron a ver, ni se hablaron. Él no sabía dónde estaba ella. Aparentemente, ella sí sabía dónde estaba él.

Le dejaba una propiedad en la lejana carretera de Kirdimi. Una herencia de manos de una desconocida, a la que le costó mucho reconocer en la fotografía que le mostraron. En tan poco tiempo se había convertido en una mujer diferente. Una extraña muestra de generosidad, tan impropia de ella. Se lo dejaba a él, pues aparentemente no tenía pareja ni otros familiares. Definitivamente, alguien tan solo en el mundo como él mismo.

Muchos años después... Ni el mínimo contacto, ni noticias entre ambos. Inesperadamente, era propietario de una hacienda. El abogado explicó que la propiedad estuvo en litigio con otros dueños. Ella había muerto en un accidente de avioneta; de lo cual él ni siquiera se enteró y, por supuesto, no le produjo el más mínimo pesar. De buena gana habría rechazado la oferta.

Pero el mismo día que recibió el correo electrónico, también llegó la notificación sobre la venta de la oficina donde laboraba. Los nuevos compradores solo querían la marca; redimensionarían todo. Él estaba fuera.

Esa sí era una buena noticia. Le darían un buen bono de indemnización; además, su GMC Acadia Diesel ya estaba pagada. Podría invertir algo de dinero en la hacienda. Vivía alquilado, así que podría mudarse a la casa... establecerse ahí. Y bueno... ¿por qué no?

—Adanech, hiciste un buen trabajo —dijo con una sonrisa mientras ajustaba la música.

Era una carretera infinita, polvorienta, sin árboles, con una tierra de vegetación escasa. Al pasar, vio una estación de biodiésel y carga de hidrógeno que parecía detenida en el tiempo. Afortunadamente, podía pagar con créditos electrónicos.

—Doscientas hectáreas —dijo nuevamente, y musitó—: Parece bastante terreno. Había visto la foto de la casa... y de los equipos oxidados, la tierra sin cultivar.

—No sé un carajo de agricultura y ganadería —le dijo al tablero de su camioneta, que ya marcaba los 160 kilómetros por hora en la inmensa, infinita recta de la carretera, sin el más mínimo tráfico.

Fue un impulso aceptar la hacienda. Fue el nombre lo que le atrajo: Hacienda «La Cruz de la Montaña del Diablo».

—Eso es...

Vio un letrero y aminoró la velocidad. Kirdimi. Consultó su Google Earth; la carretera de tierra estaba a la derecha, a unos 400 metros.

—Allá es —le dijo a la camioneta y, resuelto, se internó en la terrible vía de tierra. Recordó la referencia del abogado: una cruz de piedra en la cima de una loma.

—Allá está. Esta es... —dijo, mirando la solitaria cruz de piedra en lo alto de la desnuda ladera. Estaba dentro de su propiedad y se veía desde la carretera.

Entró a la vía privada. Efectivamente, era una tierra que no se veía trabajada desde hacía muchos años.



—¿Cómo hiciste para tener esta hacienda? ¿Y menos tú, que solo vivías en fiestas, hablando estupideces muy propias de ti, con las estúpidas de tu familia y las retrasadas de tus amigas? —murmuró, frenando la camioneta y quedando ante la inmensa y ruinosa casa.

—Bueno, definitivamente la gente cambia mucho en doce años... —comprendió, descendiendo del vehículo y quedando admirado frente a la casa


.


Vio el reloj. Eran las cinco y media de la tarde.

—Necesito un ingeniero agrícola y buscaré la forma de gestionar un crédito. Vamos a ver para qué sirve esta tierra.

Entró a la casa. Estaba amueblada, pero todo cubierto de polvo, abandonado. Se veía que había sido albergue de quien sabe quiénes. Ojalá no encontrara una desagradable sorpresa.

—Bueno... Ya veo por qué me dejó todo. Es una muy buena venganza. Pondré todo más o menos funcional, conseguiré a un idiota al que pueda venderle esto. Aceptaré desde chocolate hasta aceite de motor como pago —dijo, caminando por la inmensa casa.

Llegó al cuarto; era el más grande. Debía ser el dormitorio principal.

—¿Quién sabe con cuántos se acostó ahí? —le preguntó a un espejo lleno de polvo, tratando de recordar su rostro. De verdad, no le pareció muy conocida la foto de la mujer que le presentaron.

Llegó a una consola y, sin dudar y movido por la curiosidad, la abrió. Varios cofres... varias cajas de zapatos. Les quitó el polvo.

Abrió con cuidado otra gaveta de la inmensa cómoda de estilo francés. Polvo. Más polvo. Más cajas de zapatos... Abrió una y quedó sorprendido. Pacas de billetes de francos centroafricanos.

—Algo deben valer —dijo, contando los billetes. Cada paca era de cien billetes—. Hay millones de esta cosa.

Al rato, después de usar internet desde la camioneta, simplemente se desplomó en el suelo cuando vio el valor que le daba la conversión a euros.

—Adanech... —musitó, riéndose—. ¡Por Dios! Necesito una ametralladora para cuidar esto.

Casi sin darse cuenta, la noche abarcó todo con una inmensa oscuridad, dejando ver las estrellas más bellas. Se incorporó sobre el techo de la camioneta y contempló el firmamento. Podía dedicarse a acomodar las cosas... No había plagas. Se durmió viendo las estrellas, sin tratar de controlar la inmensa sonrisa que le abarcaba el rostro.

Despertó en la madrugada. Una neblina lo tenía empapado. Era una noche terriblemente oscura. Igualmente, miró la oscura mole de la casa.

En las películas siempre se veía una cara difusa en la última ventana. En este caso, no era en la ventana. Era en la misma puerta. Parada... Una mujer, dormilona, aparentemente sostenía una vela. 



Fue una impresión... pero el corazón le dio un vuelco en el pecho. Las cajas de zapatos estaban todas arriba...



¡

Demach despertó de golpe. Se incorporó, pero el techo de su camioneta había desaparecido. Se desperezó, confundido. Estaba en un espacio oscuro, inmenso y silencioso. Al fondo, una escalera y una puerta.

Sin pensarlo, corrió escaleras arriba. Abrió la puerta de golpe y se encontró en el pasillo del tercer piso. Bajó como una exhalación, empujó la puerta de salida y salió violentamente, perdiendo el equilibrio hasta caer sobre el camino de tierra, justo frente a su camioneta.

Sin aliento, se incorporó y entró en el vehículo. 

—Mis llaves. Mis malditas llaves —gritó, apretándolas en su mano hasta que logró serenarse. —El dinero... —murmuró, temblando y sudando, luchando contra la hiperventilación.

Al confirmar que tenía las llaves, bajó del auto a toda velocidad, corrió de nuevo escaleras arriba hasta el cuarto. Entró directo a la cómoda. La abrió y, con una risa nerviosa, vio las cajas de zapatos. Desesperado, abrió tres. Allí estaba el dinero.

Tomó las cajas y bajó corriendo. Llegó a la camioneta y, en automático, casi sin consciencia, repitió la operación innumerables veces. Luego, manejando a toda velocidad, salió disparado hasta que el vehículo patinó y estuvo a punto de volcar.

—Tranquilo... Tranquilo. Todo está bien —se repitió, forzándose a controlar la respiración. Encendió el aire acondicionado a máxima potencia y se dirigió al pueblo—. Es una mujer que vive aquí. No sabía que yo estaba. Se escondió porque probablemente se asustó más que yo. La encontraré y le diré que se marche. Quizás solo cuidaba la casa...

Manejaba aún descontrolado. Hizo un esfuerzo visible por serenarse. Se sentía ridículo. Había dejado que una mujer lo asustara. Su mente intentaba borrar el hecho de que había dormido en el techo de su camioneta y despertado dentro de una habitación. 

—Tranquilo, Demach. Tranquilo. No pasa nada —se decía una y otra vez.

Casi sin darse cuenta, estaba en el pueblo. Entró en la ancha y solitaria calle de doble vía. La prefectura tenía una patrulla dormida en la entrada; los locales comerciales estaban desolados, junto a una ferretería y un banco: un RBC Bank.

Se miró en el retrovisor, intentando arreglar su aspecto. Bajó con una de las cajas y entró al local solitario. Un cajero jugaba distraído con su laptop, ignorando por completo la presencia de Demach hasta que este habló. 

—Quiero abrir una cuenta de ahorros —anunció, tras intentar en vano disimular su sudor, pasándose la mano mecánicamente por el pelo y ajustándose la camisa insistentemente.

El hombre, sin levantar la vista, señaló unos papeles sobre el mostrador con un movimiento de barbilla. 

—Llene el formulario. Y haga un depósito —dijo, con una voz plana, como si le hablara a un mueble.

 —¿Con chequera? ¿Aceptan francos centroafricanos? ¿Todavía existen los cheques?Podre cambiarlos a stable coins? —preguntó Demach, sintiendo que su voz sonaba extraña en el silencio del local.

El cajero se encogió de hombros, sin interrumpir su juego en la pantalla.

 —¿Podría ayudarme a contarlos? No quiero equivocarme al llenar el depósito —dijo Demach, colocando las cajas y sacando infinidad de paquetes de billetes, uno tras otro, con un sonido sordo y metálico.

El hombre finalmente levantó la vista. Sus ojos no mostraron sorpresa, ni codicia, ni siquiera curiosidad. Solo un hastío profesional.

 —Es mucho dinero, amigo... Creo que debería hablar con el gerente —dijo, como quien comenta el clima.

Demach asintió, pero sus piernas flaquearon al ver el monto en el comprobante. Se aferró al borde de la taquilla. Podría hacer lo que quisiera con esa hacienda; en la casa aún había más. Era demasiado. Tenía más cajas en la camioneta y, seguro, más en la casa; todo se limitaba a buscar concienzudamente y, seguramente, aparecerían.





Un rato después, absolutamente calmado, salía de la sucursal. Veinte cuentas bancarias diferentes le hacían mirar el mundo de forma distinta. Tenía que indagar más sobre su exesposa.

Fue a la ferretería industrial. Estaba sola. Un hombre ancho y gordo lo miró en silencio desde donde se recostaba en el mostrador, con una expresión que oscilaba entre la indiferencia y la resignación.

 —Hola, amigo. Soy Demach Franquiz... El nuevo propietario de la Cruz de la Montaña del Diablo —anunció con cierta suficiencia, inflando el pecho. Veinte cuentas bancarias. Definitivamente, ahora era todo un personaje.

El hombre no parpadeó. No sonrió. Ni siquiera cambió su postura. Simplemente lo miró, como quien observa una mosca que ha entrado por la ventana y no sabe dónde aterrizar.

 —Me preguntaba si podía colocar un letrero en... no sé... —insistió Demach, sintiendo cómo la incomodidad le subía por el cuello.

El hombre le mostró un cartel colgado en la pared, luego extendió papel y lápiz sin mediar palabra.

 —Gracias —agradeció Demach, escribiendo con mano temblorosa: Solicito Ingeniero Agrónomo. No importa experiencia. Sueldo a convenir. Compro tractor con todo el equipo nuevo o usado. Solicito personal de limpieza.

Cuando terminó, el hombre le extendió unas chinchetas. 

—No va a conseguir gente que quiera trabajar allá —anunció finalmente, con una voz tan baja que apenas se escuchaba sobre el zumbido del ventilador.

Demach se tensó. 

—¿Por qué? ¿Sucedió algo que debería enterarme?

El otro hizo un gesto vago, como si la respuesta fuera obvia y no valiera la pena explicarla. 

—No lo sé... Solo entiendo que no hay gente que le guste ir para allá. Será por lo lejos.

Por lo lejos, pensó Demach. Pero la carretera está a cinco minutos. 

—Necesito un tractor. —Por aquí no lo va a conseguir. Tendrá que ir a la ciudad.

Compró una Coca-Cola Light y se marchó. El pueblo entero parecía guardar un secreto que nadie estaba dispuesto a compartir. Tendría que indagar más sobre lo que le sucedió a Adanech.


II

Horas después, contemplaba los hombres de la cooperativa eléctrica conectando la luz. Pondría en funcionamiento la bomba de agua. Mientras tanto, buscaba en Google: Adanech Rubinstein.

La única información era que había viajado en una avioneta. Fue un viaje alquilado. Lo más destacado de la noticia era que el piloto había trabajado unos meses en Malaysian Airlines y después fue certificado por Germanwings. 

—La mató —entendió al terminar de leer la noticia, con una frialdad que le heló la sangre.

No encontró noticias de trabajos, parejas, hijos... Trató de recordar su imagen de aquella época. Nada. Una chica normal. Perdida en el mundo. Era entusiasta de la revolución permanente, creía que el mundo estaba en pleno proceso post-capitalista, que Corea del Norte derrotaría a Japón y China juntos o por partes, y que el Socialismo del Siglo XXXI lograría producir 25 kilos de tomates en 30 años.

De repente, vio detenerse la pick-up El Camino Diesel. El motor rugió y se apagó, rompiendo el silencio del campo. Una joven bajó del vehículo. Era bella, con una postura firme que contrastaba con la desolación del paisaje.

—¿Usted es el que busca un Ingeniero Agrónomo? —dijo a manera de saludo, inmediatamente después de descender.

El hombre asintió, observándola con una mezcla de esperanza y recelo. 

—Pues hice mis pasantías... Creo que puedo servir —explicó ella, con una sombra de duda al ver el panorama desolado, las casas abandonadas y la inmensidad de la propiedad.

Demach la miró, sintiendo que por primera vez, alguien más había cruzado el umbral de su pesadilla. Pero la duda persistía: ¿había venido ella por el trabajo, o también por el silencio que rodeaba a la Cruz de la Montaña del Diablo?






Aq

No se preocupe. Contrataré obreros. Pediré un crédito para la maquinaria. Lo único que necesito es que alguien me diga qué cultivar y qué insumos requiero —explicó Demach, pero su voz sonó hueca, como si las palabras se perdieran en el vasto silencio de aquel lugar. No podía apartar la vista de la arquitectura. Las vigas parecían respirar, la piedra fría y húmeda le resultaba... apetitosa de una manera que le erizó la piel.

—Vivo en el pueblo —dijo la joven. Su voz era un susurro plano, sin inflexión humana. Sus ojos, oscuros y profundos, no parpadeaban al observar el deterioro de la finca, como si viera algo más que ruinas.

—Y seguirá viviendo allí. No pienso imponer turnos nocturnos —aclaró el hombre, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda. La noche allí no era simplemente oscura; era una entidad viva que esperaba.

—¿Cuánto paga?

—Dependerá de usted. Necesito su currículum. Podría comenzar con el salario mínimo profesional más los beneficios de ley; luego, según su ritmo, ajustaremos —dijo Demach, forzando una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

Inesperadamente, señaló con un dedo tembloroso uno de los tractores abandonados, cubiertos de una capa de moho que parecía moverse lentamente.

—¿Qué es eso?

La muchacha frunció el ceño, pero no con contrariedad, sino con una extraña desconexión, como si el objeto le resultara ajeno a su realidad.

—Descuide. No me gradué en las universidades socialistas. Cada materia que estudié la aprendí con un exfuerzo autentico de aprender . Es un Nyumbu Tractor, fabricado en Tanzania.

Él asintió, aliviado, aunque la sensación de que algo no encajaba se intensificó. El tractor por un momento le  parecía exhalar un hedor a tierra removida y algo más, algo podrido.

—Oiga, señor. Usted tiene aquí no sé cuántas hectáreas de suelo. Convertirlas en tierra laborable y productiva exigirá una inversión masiva. Y si espera los créditos del gobierno, será un fantasma con más de quinientos años de antigüedad para cuando le aprueben el primer préstamo.

—Entiendo. Creo tener el músculo financiero necesario.

—Va a necesitar tractores, segadoras alquiladas, personal, semillas. Le recomiendo importarlas de Europa o de EE. UU. Fertilizantes reales...

—Para eso usted está aquí.

—¿Me va a contratar?

—Eso intento...

Dieciocho días después.

Demach intentó respirar, pero el aire de la casa era denso, cargado de estática. El rugido de un tractor  Kat alquilado en la lejanía no sonaba como un motor, sino como un rugido animal que vibraba en sus huesos, confirmando que la siembra avanzaba, pero con una velocidad natural. La casa estaba impecable, demasiado limpia, como si el polvo hubiera sido barrido por manos invisibles. Las dos mujeres de servicio que limpiaban y cocinaban durante el día nunca lo miraban a los ojos; sus movimientos eran mecánicos, sincronizados con un ritmo  muy eficiente

Había instalado gas, internet, teléfono, aire acondicionado y agua potable. Y lo mejor: su ingeniera era eficaz, proactiva, independiente... eficiente. Demasiado eficiente. No cometía errores. No respiraba fuerte. No dejaba rastro de su presencia excepto cuando él la necesitaba.

Lo único que resentía era el anochecer. Cuando sus empleados se marchaban, no se iban; simplemente se desvanecían en las sombras, dejándolo solo en la inmensa mansión. Dejaba todas las luces encendidas, pero la luz eléctrica parecía débil, incapaz de penetrar la oscuridad que se acumulaba en las esquinas. Su Glock era su única compañía, fría y pesada en su mano. No se consideraba cobarde, pero la paranoia se había convertido en su única compañera real. Por eso había contratado a un chofer guardaespaldas que pronto llegaría, aunque una voz en su mente le susurraba que nadie podría protegerlo de lo que habitaba allí.

A las tres de la mañana despertó. No hubo ruido, solo un silencio absoluto que le hizo sentir que el mundo había dejado de existir. Luego, los susurros comenzaron. No venían de fuera, sino de dentro de las paredes, de las tuberías. Le pareció oler café, un aroma dulce y cálido que contrastaba violentamente con el olor a humedad  que impregnaba la casa. Más que nadie sabía que, aparte de él, nadie estaba en la casa.

Montó silenciosamente su Glock y cargó cuatro cargadores. Con precaución, se asomó a la ventana. Su cybertruck que acababa de comprar  estaba allí, pero las llantas parecían hundidas en la tierra como si el vehículo hubiera estado allí durante décadas. 



Tomó las llaves de repuesto. Cualquier cosa y saldría inmediatamente. Sus originales estaban en la guantera... El olor a café desapareció de golpe, reemplazado por un hedor a carne quemada. Vio por otra ventana y contempló un resplandor que iluminaba la ladera de la cruz. No era un incendio normal; las llamas eran de un color violeta enfermizo, danzando sin consumir nada, iluminando la ladera con una luz fantasmal.

—Mi siembra —comprendió con un nudo en la garganta—. Todo estaba asegurado. Pero detestaba el retrabajo...

Esperaría a la mañana para ver la magnitud del daño. No valdría la pena salir en la oscuridad de medianoche, solo. Revisó la amplia cocina. Nada. Decidió hacer café. Ya no tenía sueño. El tiempo parecía haberse detenido. Así llegó el amanecer, pero la luz del sol no trajo calor, solo una claridad gris y mortecina.

Sus empleados llegaron, s. Acompañado por ellos, fue a ver el desastre.

Pero no hubo tal incendio. Ni huellas de fuego reciente. Los brotes de ricino, de palma aceitera, de amaranto, quinoa, jatrofa curcas... Todos estaban intactos, pero crecían con una velocidad imposible, retorcidos, con formas que recordaban a cuerpos humanos. No sabía qué era peor: sentirse ridículo o la seriedad con la que sus empleados lo miraban, un sarcasmo silencioso que parecía burlarse de su cordura.

Lo dejó así. No era buena idea que ante su gente pareciera un loco.

—Aquí en el campo se ven los resplandores de los incendios que ocurren a muchos kilómetros —dijo uno de los tractoristas, caminando hacia su máquina estacionada en medio del campo. Su voz sonaba como si viniera de muy lejos.

—Si no hay chamizas ni cenizas, no hay de qué preocuparse —añadió otro, sin mover los labios.

Su ingeniera, Altansengset, vio todo y no dijo nada. Su silencio era más pesado que las palabras, una presencia física que oprimía el pecho de Demach.

Horas después, su tractorista lo llamó por teléfono. En la camioneta de la ingeniera, fueron al sitio. El aire era frío, gélido. Troncos de cedro estaban carbonizados, negros como la noche, pero no había calor.

—Esto fue lo que vi. Aquí hicieron un jamboree —dijo la muchacha, con una voz monótona, sin emoción.

—Hay muchas huellas de pisadas.

—Pues es una invasión de propiedad privada.

—De seguro no lo sabían. No hay cerca.

—Pues lo cercaré. Ponen en riesgo las siembras y el futuro ganado que traeremos —explicó, y rápidamente rectificó—: Voy a pedir un crédito adicional...

El día transcurrió pesadamente. El grupo almorzó por partes en el inmenso corredor, pero la comida sabía a ceniza. A las cinco y media, nuevamente solo, sentado en el amplio porche de la casa. Cada vez estaba más limpio. Cada vez nuevas cosas funcionaban, pero las sombras parecían alargarse más rápido que la luz.

.






Nuevamente solo en la casa. Decidió ir al pueblo. Unas cervezas le vendrían bien.

Una hora después, era el único parroquiano en el igualmente único bar del pueblo. El ambiente era denso, opresivo. Degustaba una cerveza cuando a su lado se sentó un hombre de mediana edad, con la piel curtida por una vida dura, pero sus ojos estaban vacíos, como pozos negros.

—¿El señor Demach?

—El mismo.

El hombre guardó silencio. Demach interpretó que buscaba trabajo. Ahora le faltaba gente.

—Una cerveza para el amigo —solicitó Demach. Ambos bebieron en silencio, el ruido de la absorción llenando el espacio, pero el líquido parecía espeso, casi sólido.

—Soy el padre de Altansengset —explicó sin mirarlo, después de eructar. Lo clásico entre dos hombres que intentan conocerse, pero el eructo sonó como un gemido.

Demach giró y lo miró. Era un hombre humilde, con las huellas de una vida miserable grabadas en su rostro y postura, pero algo en su aura era perturbadoramente antiguo.

—Vaya. Lo felicito. Ella es una excelente empleada.

El hombre lo miró indefinidamente en silencio. El tiempo pareció dilatarse.

—¿Qué hace ella en sus tierras? —dijo, tomando otro trago, mirando el inmenso espejo sucio detrás de la barra. En el reflejo, Demach no vio su propio rostro, sino una distorsión.

—Pues todo. Es más que mi mano derecha. Le confío todo —informó con auténtica sinceridad. No quería dar la imagen de un tipo que quería aprovecharse de una provinciana... en todo.

—¿Ella le ha dicho dónde vive?

—Escribió un currículum. Pero de verdad sé que es aquí.

—¿Quiere venir a mi casa? —propuso el hombre—. Así sabrá dónde ella vive.

—Bueno. No quiero ser entrometido. Ella nunca...

—No se preocupe. Venga. No soy secuestrador, ni asesino, ni chavista, ni activista del partido demócrata. Soy solo un padre.

Momentos después, la Range Rover seguía la camioneta. Llegaron a una humilde casa en las afueras del pueblo, envuelta en sombras que parecían tener vida propia. Estacionó detrás de la pickup del hombre. Ahí estaba la pickup de la muchacha, pero las ruedas estaban oxidadas, como si llevaran años sin moverse.

—Usted dice que mi hija le es útil.

—Sí. No tengo por qué mentirle —dijo, descendiendo de la camioneta. Sus pies tocaron el suelo, pero sintió que la tierra se movía bajo ellos.

—La camioneta...

—Tiene nueve años sin funcionar —explicó el hombre.

Demach prefirió no contestar. Decidió ponerse alerta. Tenía todos los visos de una encerrona. Sin embargo, la curiosidad de descubrir la trama lo arrastraba, una fuerza irresistible.

Con curiosidad, entró detrás del otro. El hombre encendió las luces de la casa, parpadeantes, como si la electricidad luchara contra algo.

—Por favor, sígame. Hay veces que ella no está donde se supone debe estar.

—No le entiendo —dijo Demach, sintiendo que quizás estaba llegando demasiado lejos. Cuídate de cualquier amigo, que siempre hay uno más listo que tú...

El hombre se asomó con precaución a un pequeño cuarto. Encendió la luz. La bombilla zumbó, emitiendo una luz amarillenta y enferma.

—Aquí está. Mire, por favor.

Demach se asomó. Con asombro la vio. Estaba montada encima de un escaparate polvoriento, pero no estaba sentada; flotaba a pocos centímetros del mueble. Con la mirada perdida, un hilo de saliva negra corría por su boca y una sonrisa entre promiscua e inocente le abarcaba el rostro, una sonrisa que no llegaba a los ojos, que permanecían vacíos, oscuros.

—¿Esta es la joven que trabaja con usted? —preguntó el hombre, su voz temblorosa.

Demach quedó estupefacto. La muchacha estaba sentada mirándolo sin aparentemente reconocerlo, las piernas colgando flácidamente, pero no tocaban el suelo.

—Sí. Pero... No puede ser. Ella es muy activa. Es ella...

—Nunca ha hablado. Se me escapa siempre. Hay veces que la policía la ha detenido desnuda. A veces habla en lenguas extrañas... Dos veces la han rescatado del río, pero el río no la devolvió igual.

—No... ¡No! ¡No puede ser!... Ella llega manejando siempre. Es muy puntual, conversadora y eficiente —respondió, absolutamente confundido, sintiendo que su mente se fracturaba.

El hombre asintió, con lágrimas de sangre en los ojos.

—Ella mató a su madre hace cuatro años. La descuartizó con un cuchillo. La evaluaron varios médicos psiquiatras. El juez la declaró incapacitada. No la recluyeron en el manicomio, pues en este país consideran mejor que se quede en su hogar. Además, es un campo tan lejos de la ciudad, y adición al hecho que no pudieron demostrar que fue ella la asesina; yo sí sé que fue ella... De noche la alimenté y me encerré en mi cuarto. Cada vez que me despierto, ya no está... Sé que está en su hacienda... Todas las tardes monto guardia para ver cómo llega. Nunca he podido capturarla. Solo aparece en cualquier momento en la casa... Solo puedo decirle que mi hija es extremadamente peligrosa. No es humana. No lo fue nunca.

—¿Tiene una gemela?

—No —le explicó el hombre—. Es ella. Y no es ella.

Demach estaba estupefacto. No salía de su asombro. Era ella. Pero no era ella... Sintió una especie de pesadez. Un vacío. Peligroso. El aire se volvió gélido.

—Hola, Altansengset —saludó en el tono más normal que pudo encontrar, pero su voz tembló.

La joven le devolvió una mirada vacía, con una expresión... peligrosa... Siniestra. Sus ojos brillaron con una luz violeta momentánea.

—Creo que debo irme. No entiendo lo que aquí sucede.

—Pues yo tampoco.

Ambos hombres salieron a la puerta de la casa.

—Mañana hablaré con ella. Debe haber una explicación —dijo Demach, sintiendo la sombra de un susto rondarle por el cuerpo, una sombra que se movía independientemente de la luz.

Ambos devolvieron la mirada al interior de la casa. Ahí estaba ella, parada, con el pelo cubriéndole el rostro, inmóvil como una estatua, pero su cabeza giró lentamente hacia ellos, con un crujido seco.

—¿Puede hacer algo? ¿Cree que pueda ayudarnos?

—No sé —dijo atragantado Demach, dando dos pasos hacia su camioneta, sintiendo que el suelo se inclinaba.

—...Prefiero quedarme en la calle —le contestó el hombre—. Váyase. Es mejor. No vuelva.

—Sí. Seguro.

Momentos después, viajaba por la solitaria carretera. La oscuridad parecía perseguirlo. De verdad que lo mejor era irse a la ciudad. Tenía dinero de sobra. Dejar las cosas como estaban... Alquilar una deliciosa adolescente y disfrutar de la vida... Llegó a la hacienda convencido de que eso era lo mejor.

—Yo dejé todas las luces encendidas —dijo para nadie cuando estacionó en medio de la oscuridad.

Descendió con la Glock en la mano y, una a una, las luces de la casa fueron encendiéndose delante de él... Todas. Una por una, iluminando la noche, pero la luz no disipaba la oscuridad; la revelaba. Las sombras se alargaban, se movían, y en cada ventana, una figura pálida y distorsionada lo observaba. La casa no estaba vacía. 


Continuara



Continuara


ADANECH.Cap 1

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