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martes, 27 de enero de 2026

Tres Ases de Corazón.Fanfiction de Dana Chou.Parte 2

Novelas Por Capitulos


Viene de



Por alguna extraña razón, Joya se despertó a las 3 de la mañana y no maldijo un millón de veces a los imbéciles que votaban por el gobierno, pues no había electricidad ni agua. En oscuridad se fue bañando con una cuveta, vistiéndose y maquillándose a la luz de una vela… De alguna manera estaba nerviosa… ¡Por Dios! Es un chofer —le dijo a la difusa sombra reflejada en el espejo de su diminuto baño… A las 4 de la mañana sonó su teléfono. No tenía necesidad de adivinar. El tipo ese… el que la chocó… se había olvidado que ella le informó que entraba a las 7 de la mañana y quería despertarla.


—Sí. Estoy lista —dijo viendo nerviosamente su gas paralizante, su mini Thunder 380, revisó la cacerina y su electroshock de 50 000 voltios. No se sentía segura. Pero, en fin… Si la llevaba horas antes de entrar al trabajo, lo agradecía. Le eliminaba la tortura de arriesgar la vida en las calles de la ciudad… los islámicos, las feminazis, la delincuencia, los activistas del Partido Demócrata. Vivir en la ciudad era como jugar online… Cada vez un nivel más difícil… Llegó a la puerta de su edificio y… https://youtu.be/flCu9377Rlg Vio al chofer. A Kim. Era Kim. Pero no era Kim… O sí era. Un chico en un arrugado saco, en guarda camisas, musculoso, recostado en un Honda Dream, con toda la pinta de no haber dormido ni un segundo… El joven sonrió aliviado al verla. —Este soy yo… Kim Zuth… No soy sicario. Ni pertenezco a ningún club corrupto. No soy traficante de drogas al servicio del ejército y, por cierto… Trabajo… No estoy en ninguna apuesta, y no voto por los demócratas —le informó atropelladamente, tratando desesperadamente de lograr toda su atención y, sobre todo, su confianza.


—El Kim Zuth real. —El Kim Zuth real —supuso ella, tratando de que él no notara el impacto que el muy maldito y desgraciado causó en ella… —Estaba comenzando con el vehículo. No estaba muy familiarizado —comenzó por excusarse nuevamente, invitándola a subir al sencillo auto. —Mi humilde camioneta lo detuvo… —dijo ella, continuando cuando logró introducirse. —Algo así. Supe que es médica de verdad. Todos los mecánicos me llamaron… Le suplican que no se vaya del país —dijo, ocultando inútilmente que quería agradarle como fuera. —¿¿¿??? —Uno de ellos se fracturó y el médico comunitario graduado en la universidad le suturó la mano izquierda al talón derecho… —He oído ese chiste a veces… ¿Este auto no tiene aire acondicionado? —No. Pues déjeme decirle que no fue chiste… ¿Desayunó? —dijo él, recorriendo las solitarias avenidas de la ciudad. —Lo hago en el comedor de mi hospital —informó distraída ella, viendo la destruida ciudad, mientras se recriminaba. Aceptar así como así la invitación de un desconocido que se había presentado casi destruyéndole el auto era un premio a la ingenua del siglo. —Por favor. Insisto… Joya guardó silencio. De verdad, la oportunidad de comer algo diferente a agua hervida con una papa sonaba tentadora… Vieron el restaurante 24 horas. —Comida china, por los ancestros —sugirió él, deteniéndose ante un restaurante chino de autoservicio. —Soy descendiente de inmigrantes birmanos.-- indicó ella —Bueno. Como podrás ver, soy descendiente de inmigrantes chinos, aunque mi padre se casó con mi madre una muchacha de aquí.Por lo tanto soy nacional,hecho por aquí . —Por eso es que ese desgraciado es tan bello —pensó desfallecida y terriblemente asustada Ella asintió… Pasaron por las alambradas electrificadas y la revisión óptica del portero armado con una antiaérea… Desayunaron y, al momento de pagar, Joya vio entre divertida y asombrada que el superapuesto galán no llegaba al pago. Kim regateó con la cajera, sacó pocos billetes y prometió regresar para limpiar 677 platos sucios. —Oye. No es para tanto. No necesitaba eso —dijo Joya en el vehículo cuando se fueron. —¿Su turno hoy? —contestó él, absolutamente impermeable al incidente vivido. Ni le importó demostrar que no tenía un centavo. —Con suerte saldré a las 8 de la noche —dijo ella sin querer. Odiaba estar dándole oportunidades. —¿Y el tipo celoso que me partiría la cara dentro de un rato cuando desciendas del vehículo? —preguntó descaradamente, viéndola en lo más profundo de sus ojos, escudriñándola intensamente. —Está de vacaciones por el momento —dijo ella, sintiéndose imprudente, entendiendo que ese depredador frente a ella tenía muy claros sus objetivos. Kim la vio y se sonrió. Joya entendió que el desgraciado era lindo y, lo peor… lo sabía… No sería fácil luchar contra un chico tan apetitoso… Se había detenido, descendió del auto y él, con rapidez, cruzó al otro lado y cortésmente le abrió la puerta. —Que tenga un buen día, doctora Joya —se despidió, mirándola directa, osadamente, y ambos sabiendo que lo intentaría… —¡Por Dios!… Un chofer… Y no tenía para pagar completo el desayuno —pensó Joya mientras llegaba a la emergencia para ver los 128 heridos de bala, lanzallamas y napalm, provenientes de quién sabe cuál fiesta de cumpleaños infantil o celebración de aniversario de bodas…

III Kim llegó a la oficina y estacionó el humilde Honda Dream eléctrico urbano , descendió de ella y fue caminando, tarareando feliz una cancioncita… Lanzó la llave en el mostrador. —Gracias, TomCat —le dijo al muchacho del mostrador. —Ajá, Kim… Andas de cacería —saludó sonriendo el joven, recibiendo las llaves… —Y es la pieza mayor —contestó autosuficiente, con una alarma encendida por allá bien lejos que le indicaba que ¡cuidado! ¡Y no fuera al revés!… Distendido, despreocupado, subió al penthouse en el piso 172 de la Torre 1 del Complejo Comercial Inversiones Nuevo Mundo… —¿Mi padre? —saludó con un guiño a la voluptuosa asistente. —Lo espera —dijo esta con una provocativa sonrisa. Ambos habían recorrido ya tres veces todo el Kama Sutra y estaba a punto de volver a empezar… Entró a la oficina de su padre… Se parecían ambos en todo. Mujeriegos, mentirosos, mágicos en hacer dinero, poderosos. Su padre, para tener 55 años, era un hombre extremadamente atractivo, lo sabía… Y lo utilizaba… —Vaya. Me parece que estás bastante casual —dijo Meck al ver el aspecto de su hijo… —Hola, Meck —saludó a su padre sin hacer mucho caso a la referencia. Ambos eran cómplices en todo. Hasta en las mismas mujeres… Cuando uno se fastidiaba, la enviaba vía satélite a la cama del otro o viceversa… —Ya vi que me chocaste el auto. Solo tiene 29 kilómetros… —No fue de la manera que piensas… —Hay una dama involucrada… —entendió el padre. —Es lo usual —dijo el muchacho sirviéndose un whisky. Vio a su padre. Sirvió otro… —Las acciones han tenido un golpe bastante duro. Fue un grave error invertir en los índices bursátiles de Westonzuela y en bonos de Corporación Westonzolana de Petróleo; están hasta el sótano, hundidos en narcotráfico. Yo, a la verdad, no lo sabía… —comenzó anunciando Meck. Eso siempre era el preludio de peligrosísimos enredos según la costumbre. De repente, al joven el whisky le supo amargo. Se puso alerta… El muchacho lo señaló con el dedo y no dijo nada. Apuró el trago y se dispuso a afrontar lo que fuera. —También fue un error apostar a la compañía de hidrógeno natural en el mar de Westonzuela. Era embuste, una trampa para esquilmar inversionistas sin información privilegiada,ahora que el país es una colonia del TLCAN no se pueden hacer negocios ilegales—continuó el hombre, tratando cuidadosamente de llegar a donde tenía que llegar. El muchacho se sentó en el amplio sofá de cuero y colocó las piernas encima de la mesa, absolutamente desconectado de las explicaciones de su padre. —Ya lo resolverás… —expresó entre un sorbo y una expresión soñadora. Esa médica me tiene locoooooo… —No es tan fácil. Hay una deuda por ahí… Debo pagar de contado… —dijo el padre, extrañado de ver a Kim en una nebulosa total. ¿¿¿??? —4.678.908.500 euros —anunció en el mismo tono de pedir un vaso de agua. Quizás para no aterrarse de más. —Lo sabía —dijo el muchacho levantándose como un resorte y golpeando el escritorio al dimensionar la magnitud del desastre donde estaban—. Te dije que no invirtieras en Westonzuela, ni en Argenzuela ni en Chilboric. Perfectamente sabes que te lo robarían todo; te estafarían, te engañarían, te expropiarían y no te pagarían ni un centavo. Pero el genio maneja su barco. Hasta el final. Hasta el fondo del mar y a toda velocidad. Esta vez no cuentas conmigo, pues me lanzo inmediatamente por la borda… —Siempre hay una solución —explicó el hombre, viendo significativamente a su hijo… —No me vas a vender… —repuso repentinamente, riendo nerviosamente ante las locuras de su padre, sirviéndose sin darse cuenta otro whisky… Tembloroso recordó las peligrosísimas maneras que tenía su padre para salirse de los no menos peligrosos enredos en que se metía. —No hay otro camino… —dijo repentinamente serio el otro. No estaba jugando. Kim miró mejor a Meck… Entendió y era verdad. Era una pérdida muy grande… —¡Oh, vamos! Te vas a casar… Ya tengo a la chica… Fundimos el negocio. Es una forma de venta. Es más fácil… Sin tanto papeleo de abogado. Después te divorcias. Les dejamos completa esta carcasa y nos vamos a nuestra casa en Hong Kong, y tienes ese noviazgo con esa actriz coreana que te tiene loco… —exclamó el padre con un gesto de “la vida es así”. —Esta mañana andaba en un hei car . Ya veo que tendré que acostumbrarme… Y de paso, ya la actriz coreana no me tiene loco. —Cuando veas a la chica… No te va a disgustar nada… —Oye… ¿Y tú dices que son tan idiotas que no se darán cuenta de la jugada? Parece una jugada de laboratorio del Barça. Tendremos que vivir escondidos toda la vida —dijo recordando el “y tú”. —Se encontraron con una fortuna al cruzar la calle… Tú sabes. La contabilidad y esas cosas, los papeles de Panamá, las imprudencias de fotografiarse con Lula, Cristina y Petro, el Pizzagate, y aparecen fotografiados en el Lolita Express… —dijo el hombre, colocando un video de la muchacha con la que se estaba negociando el matrimonio… Kim quedó con la boca abierta.


Continua


Kim la vio mientras escuchaba la comercial presentación, el aire acondicionado silbando frío en la nuca y el leve olor a cuero caro y whisky añejo impregnando la oficina.


—La familia llevó avionetas con algunos “productos” durante 9 años a Miami y por ahí. Luego los chicos de la DEA aparecieron. Los bancos de Andorra se pusieron nerviosos. Descubrieron la sociedad con Didalco Pelo y el Mariachi del Mar… En fin. Es demasiado dinero… —Nunca nos metimos en esas honduras. Y no tengo idea cómo pudiste botar 4000 millones de euros. —El Boeing 737 Max, los bancos de Hong Kong, y… Bueno… Por ahí se vino en catarata todo lo demás… Yo también creí en los demócratas… ¡Qué diablos! Kim vio el video y escuchó la presentación del producto, el sonido metálico y distante de la voz enlatada rebotando en las paredes de vidrio, mientras el hielo tintineaba suavemente en su vaso. —1.80, 5 idiomas, y vale más de 20 000 millones de dólares más unas cuantas toneladas de oro puro. —Y yo la conquisté. Por encima de los chicos de Abu Dabi —replicó a su padre con sorna, contemplando a la chica… ¡Vaya que tenía con qué!… Se ve bastante usada y fanática del chemsex… El sudor frío le perlaba la sien al imaginarla. —Ya vio un show protagonizado… —dijo con cuidado el hombre, bajando la voz como si el eco pudiera delatarlos. —Sabía que me estaban filmando. Tenías que ser tú… —entendió repentinamente el joven, recordando el olor salado del mar Mediterráneo, el crujido de las sábanas de hilo egipcio y la sensación pegajosa de la crema solar en la piel cuando decidió disfrutar el fin de semana con la princesa árabe en uno de sus tantos yates en las Baleares. —Ella se entusiasmó con todo —contestó obviamente su padre, con un tono aceitoso que le revolvió el estómago. —Ya me dolió el alma… Oye, Meck. No sé si pueda perdonarte… —Nos envió un regalo. Una prueba de amistad… —dijo el padre enseñándole la foto… La chica encima de una cama rodeada de 45 lingotes de oro, el brillo dorado reflejándose en su piel sudorosa bajo luces tenues. —Con soda y limón —comentó Kim con voz ronca… Esa era una chica preparada genéticamente para disfrutarla en un largo fin de semana… El sabor amargo del whisky le quemó la garganta al tragar. ⏩⏩⏩⏩ Joya… Una pared de freno le nubló la mirada, el corazón latiéndole en los oídos como un tambor desbocado. Un susto por allá le hizo apurar el whisky, el líquido ardiente bajando como fuego líquido. ¿Había un impacto?… ¿Sería real? El aire olía a desinfectante y a café quemado del pasillo. Minutos después estaba en su oficina, el zumbido constante del ventilador de techo rozándole la piel erizada. La chica estaba bien. Y valía 20 000 millones… No podía dejar de pensar en Joya. No podía dejar de pensar en Joya y… No podía dejar de pensar en Joya. La médica… Fue un derechazo sin compasión al mentón, el golpe seco resonando en su pecho. Kim vio su teléfono… Tamborileó los dedos encima del escritorio, el sonido rítmico y nervioso contra la madera pulida… Al rato, en un Toruk eléctrico asignado a su oficina, marchaba en automático hacia el hospital, el ronroneo suave del motor eléctrico vibrando en sus muslos, el aire acondicionado soplando olor a plástico nuevo y a su propio perfume caro. —¿Qué le digo?… ¿Cómo me aparezco? No debo asustarla —murmuraba mientras se dirigía al hospital, el cuero del asiento pegándosele a la espalda por el sudor de los nervios… A ver. Son las 10:30 a. m… Esperaré que sea mediodía. Si eso es… No… La esperaré a las 8 p. m… Eso es… La invitaré a cenar… Un amigo. No. Amigo no… Sí. A la noche. Que no me vea como un acosador. Capítulo II Joya trastabilló caminando, el tacón resonando seco contra el piso de vinilo gastado. Desesperada buscó sus lentes, para encontrar que los tenía en el pelo, el metal frío rozándole la frente caliente. Pero eso no era nada. Era ese chofer que en un santiamén había aparecido para trastornar su vida, tenerla lela en toda la mañana, el pulso acelerado latiéndole en las sienes. —Oye… —Oye… Tambó está muy dolido. Pasaste 4 veces por delante de él y ni lo viste —anunció una amiga entre el corre corre de las visitas a los pabellones, el olor a yodo y sangre seca flotando en el aire.



—No lo vi… —dijo sonámbula, mientras revisaba unos signos de un anciano, quien preocupado veía a la distraída doctora, su aliento agrio rozándole la cara. —Oye, no seas cruel. Ya no halla la manera de enviarte señales… —Creo que no aprobé ese curso —contestó disgustada y vio al final del pasillo al motivo de su disgusto, el fluorescente parpadeando sobre su cabeza como un latigazo de luz blanca. —¡Ah, vamos! —dijo con ira, acomodándose mejor sus lentes, el plástico caliente contra sus dedos sudorosos. Era un sinvergüenza abusador y no tomaba ninguna distancia… Estaba parado en el amplio dintel separador de los pasillos. Se mostraba tal un showroom ante las boquiabiertas enfermeras, el aroma sutil de su colonia cara cortando el hedor hospitalario como un cuchillo. —Creo que empezamos mal y estamos peor —dijo con los brazos cruzados y entrecerrando los ojos, el pulso latiéndole visible en el cuello. Era un maldito. Había visto en su profesión hombres bellos, hombres atléticos, hombres interesantes, hombres groseros, sexys. El grandísimo problema es que este chofer era todo eso, y con dos autopistas de ventaja… El calor le subía por el pecho, la bata pegándosele a la espalda. —Bueno. No quiero que pienses mal de mí —dijo él acercándose fascinado con ella. Su pelo recogido, lentes, todo lo demás en comparación con la chica de la fotografía, el roce de su aliento cálido contra su oreja. —Pues precisamente eso es lo que hago. No me gustan interrupciones en mi trabajo —dijo ella sinceramente disgustada, el corazón golpeándole las costillas. Pues si seguía apareciendo, no podía concentrarse en sus labores… —Supongo que debo llevarla a almorzar —dijo él, haciendo caso omiso al sitio y los presentes que veían el evolucionar de ambos, totalmente abstraídos al sitio donde estaban, el murmullo de voces y pitidos de monitores de fondo. —Pues si va a limpiar el piso para pagar la comida… —contestó ella dando un paso atrás. Le estaba faltando el aire con ese cretino, el oxígeno escaso y caliente. Dos pensamientos de los más sucios cruzaron en un instante su mente, el calor subiéndole por la nuca. —No fue así. Se me olvidó la cartera… Joya vio por los laterales y vio cómo a sus colegas disimulaban que no veían nada. Todos estaban cortando y cosiendo… Parecían chicos de liceo, el olor metálico de la sangre fresca en el aire. Lamentó que Tambó viera también… Pero… Con eso la dejaría en paz por un tiempo. Pero este no atendía razones. Estaba plantado ante ella y solo quería su única atención. Ni le importaba el ambiente, ni su trabajo, ni nada. Solo ella… —¿Y bien? —preguntó sin creérselo todavía… ¿En dónde había estado este hombre todo este tiempo? ¿Tenía novia, amiga, compañera, amante? Y la que estaba a punto de caer, que no era otra que ella misma… El pulso le retumbaba en los oídos. —Esperaré para invitarte a almorzar. Algo sencillo. Unas hamburguesas en el Wendy’s. Ella asintió con ironía, el sabor metálico de la bilis subiéndole a la boca… —Bien, bueno… —Bien, bueno… —dijo por lo bajo. No le alcanzaba el sueldo… Únicamente hamburguesas. Se sintió pensando que compartirían la cuenta. Estaba perdida de regalada, el estómago rugiendo de anticipación y nervios. Kim suspiró, el aliento caliente escapando entre sus labios. No pudo soportar esperar hasta la noche y estaba pensando seriamente tirarse de cabeza para que lo hospitalizaran y estar más tiempo con ella, el sabor de la adrenalina amarga en la lengua,le indicaba que tenía que auto controlarse,para no enviar señales equivocadas y desvalorizar se ante ella


#@#@#

Los dos por un instante mostraron sus cartas,anticipándose con la mirada que ambos son poder controlarse se dieron.

Gracias—dijo el mostrando una sonrisa Hollywood.

Joya suspiró... El Wendy quedaba a una cuadra. Pero no podía dar una hora..

-Los médicos no tenemos un horario de almorzar fijo. Estamos copados por aquí y no es fácil zafarse de las emergencias

--Está bien. Las ventajas...Este...De mi trabajo es que estoy siempre en la calle... Cuando llegue, pues yo llegaré a los 12 segundos...-- repuso el casi a punto de descontrolarse, la imagen de ella en su uniforme de médico, casi sin maquillaje, le estaba haciendo entender el significado total y absoluto de la palabra crunch; de lo que era un flechazo. Y de alguna manera el trepidar de su corazón le anunció que no dormiría, ni comería , ni tendría paz a causa de esa doctora tan preciosa



Y de alguna manera el trepidar de su corazón le anunció que no dormiría, ni comería , ni tendría paz a causa de esa doctora tan preciosa

--No puedo dar una hora fija...—insistió ella, a su vez absolutamente hechizada

--No hay problema...Dra. —dijo él cegándola con su intimidante presencia.

--Y ....  ¿Me dejará tranquila?..-- preguntó angustiada. Temía la respuesta

--La llevaré a su casa...--propuso... Las segundas intenciones siempre por delante.

--Tengo planes...-- anunció ella para ver su reacción.

--Soy chofer. Los llevaré a donde sea—dijo el joven seductoramente...sin caer en la zancadilla.

15 minutos   después, sus dos colegas la vieron sentada en una de las mesas del jardín del edificio 3...Se suponía que era un aparte para descansar y llenar informes. Pero no podía concentrarse...

Pero no podía concentrarse


--Dra

--Dra. Joya.. Parece que te perdiste bajando al comedor—dijo una de sus amigas encantada de verla en las nubes--Déjame decirte que el tipo está fabuloso. Se le ve a leguas que es peligrosísimo.Vas directo a un barranco sin fondo-- Continuó llena de envidia la otra

--Dice que es chofer. No tenía para pagar una comida china esta mañana...--contestó ella sin poder salir de ese anestesiante sopor que le producía ese desgraciado

--¡Si como no¡—dijo la otra apurando un café...

--¿Por qué dices eso?.

--Hija..¡Por dios¡. Aterriza. Ningún chofer usa zapatos Moro Monk-Strap de A.Tesotoni .. Te lo digo con propiedad. Mi última relación los tenía y valen una montaña de dólares..

Joya levantó la mirada...Entonces... Seguramente era un sicario, un narcotraficante, kirchnerista piquetero,petrista o dirigente del partido democRata...

Por eso quería saber.. Y efectivamente con 2 horas de retraso llegó al Wendy. Ahí estaba sentado. Espaldas a ella. Creía que ella llegaría por el pasillo. Ella no lo hizo así, Ella Dio la vuelta y se colocó en silencio exactamente frente a él en silencio.

--¿Me quieres ver?. Aquí estoy.—le dijo en silencio y lo vio.... Vio su actitud y finalmente lanzó una sonrisa...Estaba segura.Li había derrotado.Pronto le colocariss el letrero " temporalmente es mío"

II

Joya y Kim comenzaron a verse con ojos diferentes. En esos días Joya a pesar de ser una mujer hecha y derecha, no podía menos que encantada tal como una colegiala, disfrutar al lado de él... La llevó a bailar una bailanta popular. La llevó a comer hot dog un domingo temprano en la mañana a la playa. Era divertido. Sabía de cosas. No hablaba sandeces y la tenía hipnotizada.

Hija .pon los pies en la tierra . Ese hombre es demasiado bello para estar solo.Debe tener mujer e hijos..¿Te acostaste con él?. Estas lista. Adiós y ni me acuerdo..

Lo sabía. Ella lo entendía. Pero no podía eludirlo. Era un proyectil directo a su corazón. Preciso.Implacable. Sabía que en la primera oportunidad la desplumaría y ella haría de todo para complacerlo. Se estremeció con la nefasta idea.

Desde el comienzo de ese ataque sistemático que el le planteaba; ella Se había mirado en el espejo. No se consideraba una belleza especial. No era diferente a sus colegas. No tuve medidas idóneas. Y Joya entendió. El detalle era ese. Ella era una mujer independiente, normal, que se sostenía con su trabajo. Y este hombre se habían alucinado con eso. Pero hacían una pareja espectacular..

Tenía miedo de llegar al día en que el inevitablemente se acostaría con ella y la dejaría..

Un hombre pelo negro, ojos azules, 1.88, simpático y magnético no era el prototipo del compañero que ella buscaba. Pero quedaba vencida cuando veía al chofer...

⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩⏩

El plan inicial de Kim de llevarla a toda velocidad a una cama, se fue diluyendo. En principio, pues Joya era una muchacha trabajadora, valerosa, se sabía cuidar muy bien de los tramposos como él y de una forma u otra lo tenía despierto a media noche viendo la ciudad desde el balcón de su loft de 5000 mts cuadrados a 180 metros de altura..


Fueron días divinos, intensos

Fueron días divinos, intensos... Donde llegaron las preguntas que no deben hacerse pero inevitablemente afloran  después de un café o un beso ...


---¿Estuviste casada?

---¿Estuviste casada?..

--No.. Pero fue una relación de años..

--¿Qué sucedió?..--aventuro el,tratando de descubrir el estado emocional de ella Detestaba las tatuadas,destruidas emocionalmente ( para llevarla a ese estado estaba el) y tóxicas

--Era casado. De alguna manera siempre entendía que era la otra y me daba miedo averiguarlo. ¿Y Tú?..¿Por qué usas unos zapatos que mis colegas dicen cuestan más de 2 años de sueldo?.

--Porque mi jefe me los regala.-- explicó rápidamente el.(Tenía un catálogo de respuestas automáticas para esas inevitables preguntas)

--Creo que quieres hacer un camino. En ese camino hay varias señales. No mentir. No compartir...—las inevitables condiciones, que ambos entendían perfectamente, no se cumplirían por parte de él.

--¿Me compartes?.-- preguntó Kim asustado.(Eso no era lo que quería escuchar)

No. ¿Y Tú?-- preguntó asustada a su vez.

 Se habían dado apenas uno que otro  beso. Conociéndose apenas y ya ella le estaba poniendo condiciones.


#@@$$@#

Una tarde de viernes, a la salida de un turno de 36 horas de trabajo, Kim escuchaba sus vivencias de médico de emergencias.

Kim sintió agitar su corazón. Estaban tranquilos. Ocultos en medio del público ,sentados en un pequeño parque,cerca del hospital,en un momento feliz.cuando vio estacionar el Peugeot concept Visión eléctrico y descender del mismo los 1,85 metros de

Huan Xiang Gonzales....

La muchacha por un momento se detuvo junto al auto, pero después decidida se acercó a ambos

La muchacha por un momento se detuvo junto al auto, pero después decidida se acercó a ambos...

--Buenas tardes Kim-- saludó la joven detallando a la otra, quien no le bajó la mirada--- Te he estado llamando toda la tarde, pero o tu teléfono se descompuso o lo apagaste...

--Hola Huan--saludó el joven viéndola fijamente.

--¿No nos presentas?.-- recalcó Huan sin dejar de detallar a la otra. Miraba sus zapatos. Su ropa. Era una mujer sencillamente intimidante por la imponente belleza que mostraba

--Por supuesto. Mi muy querida amiga,ia la Doctora Joya Kenneth.-- presentó Kim a su vez con un fuerte énfasis, sin dejar de ver fijamente a Huan

--Un gusto --dijo la doctora. Viendo a la otra. Temible rival de lo que fuera. Bellisima. Imponente.

---La Srta. Huan Gonzales Xian es mi jefe-- dijo Kim incorporándose rápidamente y resolviendo la situación de momento.

--Si tenemos asuntos que resolver. Pero vi que te andabas escondiendo. Toma--le dijo lanzándole la llave computarizada del auto,para dejar claro que tenía una parcela conquistada y no era mujer de compartir nada--

Huan le regaló una brillante sonrisa a la otra. Ninguna de las dos disimularon lo pésimo que se habían caído...Preludios de terrible tormenta en el horizonte.

Joya entendió y era un axioma matemático. Un hombre precioso jamás y jamás está solo. Siempre habría que luchar. Antes de tenerlo y también después. realmente no sabía si tenia fuerzas para entablar una batalla con una rival tan imponente que hasta se mandaba a construir un auto personalizado

realmente no sabía si tenia fuerzas para entablar una batalla con una rival tan imponente que hasta se mandaba a construir un auto personalizado

Por lo tanto,ahora que sabia todo, tragándose el nudo en el estómago,se dijo a sí misma que todo terminaba ahí,entre los dos,a medida que el auto se marchaba.

-- Murió lo que nunca comenzo-- se dijo derrotada.


Continua



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lunes, 6 de octubre de 2025

Esquina.

LA ESQUINA


















e999erpc55


Paranormal, Supernatural, Urbano, Contemporáneo, Argumento para Cine Independiente

Parte A

Cap. 1.

La lluvia caía con la furia de un dios enojado, cada gota un diminuto puño golpeando el asfalto. Los tres desamparados, figuras espectrales bajo el implacable aguacero, vieron al cuarto detenerse. Su rostro, demacrado y bañado en agua, se iluminó con una especie de demencia lúcida mientras murmuraba: "Volviste... Sabía que vendrías por mí".

Uno de los tres, con la ropa empapada pegándose al cuerpo como una segunda piel, carraspeó. "Eh, vente. Te va a dar una pulmonía de esas que te dejan tosiendo el alma".

Otro, con la mirada huidiza propia de quien ha visto demasiada oscuridad, extendió una mano temblorosa. "No sigas empapándote. Ven, hombre. Échate un trago", ofreció, la voz áspera como papel de lija.

El recién llegado, ajeno a la oferta de calor y olvido, sonrió con una beatitud escalofriante. "Ella vino por mí", dijo con un entusiasmo que helaba la sangre, como si hablara de una amante largamente esperado y no de algo más... siniestro.

Así fue todo...

No.

La llamada al precinto resonó en la sala como un presagio. Yo estaba de turno, disponible para lidiar con la mugre que la ciudad escupía. Sin perder un instante, me dirigí al lugar, una punzada familiar de presentimiento retorciéndome el estómago.

Llegué al sitio del suceso que había desgarrado la calma con su grito de emergencia. Conocía bien ese cruce de caminos, cada grieta en el pavimento, cada sombra alargada bajo el farol parpadeante. Desde niño, ese era un punto fijo en mi mapa mental, un lugar donde la inocencia y la crudeza danzaban en una extraña y a veces peligrosa armonía.


Regularmente, se veían a los muchachos, los "chicos chicos" como los llamaban, jugando fútbol o béisbol con una camaradería que parecía un escudo contra el mundo exterior. Pero al caer la noche, la luz menguante traía consigo otra clase de reunión. Diferentes grupos se aglutinaban en cada vértice de la esquina, cada uno marcando su territorio invisible.

En el lado noreste, estaban "Los Dañados". Para

muchos, eran parias, la escoria de la sociedad. Para otros, una inclinación de cabeza de uno de ellos era casi un honor, una extraña validación en un mundo que los ignoraba. Sus ropas raídas y sus ojos esquivos contaban historias de peleas perdidas y oportunidades jamás encontradas.

Al sur, se congregaban "Los Fresas". Estudiosos, serios, los "chicos bien". No buscaban confrontación. Saludaban con cortesía, pulcros en su vestir, con cortes de pelo que sus padres aprobaban con severa satisfacción. No fumaban la hierba que flotaba en el aire nocturno, no inhalaban pegamento en callejones oscuros, no apuraban botellas de licor baratas. Eran la promesa de un futuro mejor, un faro de normalidad en un mar de incertidumbre.

En las otras puntas, ocasionalmente se veían parroquianos saliendo tambaleantes de los bares cercanos, y los infaltables soplones, los ojos y oídos de una policía del pensamiento que siempre parecía estar husmeando en los márgenes.

La esquina tenía sus propias leyes tácitas, grabadas en el asfalto y en el silencio cómplice de sus habitantes. Nadie se atrevía a tocar a los del sur. Eso era invitar a un infierno de represalias. Los del norte, en su extraña jerarquía, se comprometían a proteger a los "chicos bien". Pero estos últimos se mantenían al margen de las salvajes reyertas que estallaban entre los "Dañados" y cualquier otra banda que osara invadir su territorio. En esos momentos de tensión, los "Fresas" se desvanecían discretamente, como fantasmas asustados por el ruido de la tormenta, hasta que la calma volvía a asentarse sobre la zona popular. No había contratos firmados, nadie hablaba de ello, simplemente... así funcionaba. Era el orden natural de las cosas en esa pequeña porción de Derry.

Para distinguirlos, la gente hablaba de los "chicos chicos", refiriéndose a los jóvenes que siempre pateaban una pelota desinflada o lanzaban una raída pelota de béisbol entre el tráfico esporádico. Luego estaban los "chicos bien", los "fresas", impecables en su vestir, dedicados a sus estudios, que ocasionalmente, con permiso paterno, bebían una cerveza helada y acompañaban a las chicas bonitas al cine para ver esas películas americanas que nos llegaban como destellos de otro mundo.

Y luego estaban los "chicos malos". Genuinamente malos. Los feos, los aborrecidos, los mal vestidos, aquellos a los que nadie invitaba a una fiesta, ni a un partido en el terreno baldío donde una vez se levantó el hospital civil. Eran los sospechosos habituales, los que los milicianos detenían constantemente para identificarlos, culpables a priori de cualquier cosa turbia, real o imaginaria, que sucediera en el sector. Ellos controlaban el flujo de marihuana barata, el paso cauteloso de peatones por ciertas calles, el mercado negro de radiocasetes, bicicletas y ropa robada. Su dominio sobre la esquina era absoluto, una sombra constante en la vida de los demás.

Yo solía pasar por allí a pie, un espectador silencioso en su pequeño universo. Saludaba a todos, sin pertenecer a ningún bando. Vivía a diez cuadras de distancia, una tierra de nadie entre sus facciones. De alguna manera, los "chicos malos" me dejaban en paz. Nunca supe por qué. Sabía que los grupos buscaban ávidamente nuevos miembros y trataban de evitar deserciones, ya que casi todos eran familias y vecinos. En el terreno vacío del antiguo hospital, jugaban juntos, intercambiando jugadores en partidos improvisados de béisbol, baloncesto o fútbol, según la programación de la televisión. Pero al caer la noche, cada uno volvía a su propio redil, reafirmando su pertenencia como si fueran extraños hasta el amanecer.

Cuando terminé la secundaria, presenté los exámenes para la Academia de la Policía Federal de Investigación. Fui admitido. Muy pocos de ellos continuaron saludándome cada sábado cuando regresaba a casa para pasar el fin de semana. Paulatinamente, el lazo que nos unía, tenue ya de por sí, se fue deshilachando hasta desaparecer.

El sector fue mutando lentamente con cada una de mis visitas. En la esquina, el local que antes albergó una sastrería de colombianos fue ocupado por un minimercado regentado por chinos silenciosos y esquivos. Los "chicos bien" se dispersaron hacia las universidades y los institutos tecnológicos. Algunos incluso obtuvieron becas para ir al "Imperio", a España, Irán y Rusia, nombres exóticos que resonaban con promesas de un futuro lejos del polvo y el olvido de nuestra esquina.

La vieja casa de los Gutiérrez, con su jardín descuidado y su aire de misterio, fue demolida para dar paso a un feo edificio de cinco pisos de apartamentos idénticos, como celdas grises apiladas unas sobre otras. También supe que uno de los "chicos malos" había sido abatido por la policía estatal en un atraco chapucero, un evento que tuvo como amargo desenlace que toda la comunidad terminara de aborrecerme.

Me lo demostraban cada vez que pasaba por la esquina con mi camisa blanca de manga larga, mi corbata azul oscuro y mi pelo casi rapado, el uniforme de mi nueva vida. Era como un comentario silencioso, cargado de resentimiento. Ahí va el soplón. El cachorro de policía. Por su culpa, "Cara e' malo" yacía bajo tierra.

La esquina decayó, perdiendo su vitalidad. Era raro ver a alguien allí. El chino vendió su mercado a un polaco gordo y calvo, con una cara que parecía tallada en piedra bruta. Pero, a decir verdad, el hombre era amable y servicial, y su aparente rudeza se debía a su dificultad con el idioma. Aún así, no me gustaba. Había algo en su mirada... sin embargo, lo aceptaba, porque era uno de los pocos que todavía me dirigía un escueto saludo.

Llegaron nuevos vecinos, con buenos coches de segunda mano, gente que trabajaba en las nuevas empresas que se estaban estableciendo en la zona. Abrieron dulcerías con luces de neón, mercerías llenas de baratijas brillantes, pequeños restaurantes familiares llamados "paladares", zapaterías con olor a cuero nuevo y cibercafés donde la luz azul de las pantallas iluminaba rostros absortos. Ocuparon las amplias salas de las viejas casonas del sector, trayendo consigo una nueva capa de normalidad sobre el pasado turbio de la esquina. Pero para mí, la

sombra de lo que había sido aún se cernía sobre el asfalto agrietado, como una cicatriz imborrable. Y en esa cicatriz, a veces, juraba escuchar el eco distante de una risa infantil... o algo mucho más siniestro.

II



Al sector centro  de mi ciudad , se mudó una señora con su hija. No era frecuente mi paso por esa parte del pueblo,en realidad cerca de mi zona. Pero quedé entre los impactados por ella. Pura era su nombre.


Pelo negro azabache, ojos verdes como el musgo en los bosques de Amazonas, menuda, bella hasta el punto de doler, demasiado popular entre los adultos de la zona, consentida por todos los chicos y odiada hasta el infinito por las chicas de la urbanización. No era para menos: Pura era una competencia imposible de vencer. Era en extremo, preciosa y tenía una facilidad desconcertante para hacer amigos, sobre todo con los chicos, tuvieran novia, prometida o no.

Cada vez que salía a la puerta de su casa en las tardes, buscando el aire fresco y exhibiendo unos shorts de mezclilla que quitaban el aliento, junto con unas sandalias que parecían traídas de algún lugar exótico, el mundo parecía detenerse. Yo, como tantos otros, me sumé a los que intentaban conquistarla. Sabía que llevaba las de perder, porque mis visitas a mi ciudad  eran esporádicas, limitado por mis estudios en la academia de la capital . Pero no podía dejar de intentarlo. Un amor doloroso e imposible se había colado en mí, traicionero, creciendo con cada mirada suya, impidiéndome vivir. Todo por esa chica.

Había empatía entre nosotros, coincidencias que parecían destino. Ella sabía que me gustaba, y yo avanzaba poco a poco, con el corazón en la garganta. Pero no era el único. El Polaco, un tipo mayor que trabajaba en el muelle, también se lanzó a la carrera por conquistar su corazón. Y luego estaba el nuevo dueño de la tienda de la esquina, un negocio que antes regentaban los hermanos Chen, en la calle Petro, cerca de ese desagüe donde los niños decían haber visto cosas extrañas. El tipo se abría paso regalándole dulces, dinero, sonrisas exageradas. Pura, como cualquier chica, no desaprovechaba la ocasión. Le encantaban los regalos y no veía nada malo en aceptarlos.

A todos nos quitaba algo. A mí, en especial, me robó el alma, el corazón, las ideas. Me la pasaba con una cara de idiota, perdido en ella, incapaz de sacarla de mi cabeza. Poco a poco, logré acercarme más. Yo la llamaba, o ella lo hacía. Cada vez le interesaban más mis historias, mis sueños. Cada vez me hacía más falta su compañía.

—Habrá boda, ya verás —me dijo un amigo una noche, mientras me daba un aventón al terminal de autobuses de mi ciudad , un domingo cualquiera, antes de tomar el bus hacia La Capital r para mi semana de clases.

—¿Por qué no? —respondí, más para mí mismo. No podía casarme mientras estuviera en la academia, ni siquiera dos años después de graduarme. Pero estaba genuinamente enamorado. Y ella, creía yo, también.

III

Sin embargo, las cosas se enfriaron. Mis estudios me mantenían lejos, y a veces pasaba tres meses sin volver a mi ciudad. Pura dejó de llamarme. No estaba con nadie, o eso decían, pero la distancia no permite avanzar. No terminamos, no formalmente. Todo quedó en suspenso, como si el tiempo en mi ciudad se detuviera, como si algo en el aire del pueblo conspirara para mantenernos separados.

Tiempo después, durante mis pasantías académicas, había superado en parte mi primer fracaso amoroso. Me asignaron administrar una pequeña comisaría en un pueblito costero en la península de Maria Maroa, cerca de la playa y región montañosa, selvática, frío de noche, horno de dia., lejos de mi ciudad . Era un lugar de postal: playa magnífica, botes de pescadores, un cielo azul perpetuo donde la tranquilidad era la norma. Yo era la única autoridad ahí, y la gente me trataba con un respeto que nunca sentí en mi ciudad . Comí de todo, bebí de todo, nadé en el mar cada tarde, pero me aburrí como una ostra. Lo peor eran las catorce horas de viaje en los incómodos autobuses de la Cooperativa Popular para visitar a mi madre algún sábado, y, en secreto, para intentar ver a Pura.

Una tarde de un lunes cualquiera, lo vi todo en la televisión. Una reportera de un canal local, con voz temblorosa, explicaba cómo en un local llamado La Esquina Popular, cerca de la calle Petro, había ocurrido un drama pasional. El dueño de la tienda, enloquecido por un amor no correspondido, había acuchillado hasta la muerte a una joven que rechazó su propuesta de matrimonio. La muchacha, herida de gravedad, intentó huir, pero el demente la persiguió y la apuñaló en plena calle, atacando también a dos transeúntes que trataron de salvarla. Cuando llegaron los milicianos del control ciudadano, el Polaco —porque era él— mató a dos de ellos e hirió a cinco antes de caer muerto bajo siete disparos.

Quedé en blanco. Estaba tan lejos. Pura. Era mi Pura. Mi esquina. El Polaco. Pero algo en la historia no encajaba. Mi ciudad  no era solo un pueblo de tragedias humanas. Había algo más, algo que siempre susurraban los niños del Club de los Perdedores, esos chicos que juraban haber visto un payaso en las alcantarillas. Recordé las historias de desapariciones, de niños que nunca regresaban, de un mal antiguo que parecía alimentar el odio y la desesperación en el pueblo. ¿Y si Pura no fue solo víctima de un loco? ¿Y si algo más, algo con ojos naranjas y globos rojos, había empujado al Polaco a esa locura? Nunca lo sabré.

Hoy, tanto tiempo después, no dejo de sentir un alfiler en el corazón. Pura fue mi primer amor, lo más bello y doloroso de mi adolescencia. Pero en mi ciudad , nada es solo amor. Todo está teñido de algo más oscuro, algo que se arrastra bajo las calles y espera, siempre espera.




IV

Durante estos quince años he intentado olvidar. Fueron muchos los meses dedicados a conquistar a Pura. Ella era mía, o al menos así lo creí. A veces me brindaba esperanzas, señales ambiguas que yo, obstinadamente, interpretaba como promesas. Sentía que era la indicada, la única capaz de corresponderme.

No lo logré. Y la única forma de mitigar ese fracaso fue marchándome lejos, lo más lejos posible. Por eso pedí traslados a destinos que nadie quería, rutinarios y tediosos, perdidos en la monotonía, pero que me permitieron aceptar —o al menos tolerar— el rechazo y la herida abierta.

No estuve presente cuando murió mi madre. No pude estudiar aquella especialización en el FBI. Tampoco me casé. Viví una relación con una médica de las misiones rurales, pero fue puramente física, sin compromisos ni afecto. Ella no tenía tiempo y yo tampoco lo buscaba. Si he de ser sincero, me emocionó más el día que se fue que el tiempo compartido. Y aún más me complació el día en que adquirí mi Maserati Quattroporte 1990, diésel y usado.

Salí de mi abstracción. La multitud congregada y las luces parpadeantes de las patrullas indicaban que había llegado al lugar de la investigación.

Ahora estoy en la esquina. He regresado a mi ciudad, aunque solo de forma provisional. Ocupo una suplencia: el inspector administrador del Precinto 44 fue víctima de un horrendo accidente —una suerte de atentado— y rodó por las escaleras del edificio popular donde vivía. Cuando se recupere, yo volveré a ser el prefecto inspector en María Maros, allá en la selva.

Conduje a gran velocidad por mi antigua parroquia. Tenía un caso, mi primer caso en esta suplencia. Irónicamente, en mi esquina.

No reconocí a nadie. Inmigrantes argentinos, sudafricanos… gente desconocida para mí.

Mi antigua parroquia ha cambiado mucho. Ahora hay un concesionario SEAT, un Burger King, tiendas de ropa y vaqueros Levi’s, locales de electrodomésticos y repuestos automotrices. Quedan pocas casas coloniales; hasta mi antigua vivienda ha cedido su lugar a un estacionamiento. Pero aún permanece en pie la vieja casona de la esquina sudoeste, donde el polaco mantuvo su negocio. Y en la acera de enfrente, donde asesinaron a Pura... al lado del pequeño aparcamiento. Hoy en día hay una tienda de electrodomésticos taiwaneses. Justo ahí aparqué la pickup Changan Diésel que la Policía Estatal me asignó.

Siempre me han gustado las luces giratorias: anuncian la presencia de la ley. Y ahora, yo soy la ley. Detrás de mí, se estacionó violentamente el Dong Feng de los chicos de Resguardo de Evidencias Criminales. Cumplen su deber… tanto para ellos como para el público morboso que observa con morbosa atención la escena.

El caso parecía sencillo. Un Byd eléctrico fue mal estacionado por su conductor, quien ya tenía conflictos frecuentes con los usuarios del estacionamiento junto a la vieja casona. La puerta del garaje era pequeña, la calle estrecha y de una sola vía, con mucho tráfico. Un cóctel explosivo.

El conductor del Byd descendió tras ser impactado por una Dodge RAM Big Horn Turbo Diésel eléctrica que intentaba ingresar al estacionamiento. Se inició una discusión. Empujones. Un arma. Otra arma. Resultado: el conductor de la Dodge disparó dos balazos en el pecho del otro hombre, caminó hacia su vehículo y luego disparó contra la esposa de la víctima, quien, desesperada, había descendido del auto. Herida de gravedad.

El agresor huyó, perseguido por una multitud furiosa que intentó lincharlo.

—¿A nombre de quién está el vehículo? —pregunté a un estatal. Generalmente no me involucro en investigaciones, pero como llevo al día mi labor administrativa y el precinto está colapsado de denuncias, me asignaron un caso tan simple como este.

—Lo tenemos, señor. Nuestros muchachos lo capturaron en la panadería. Lo están trasladando al precinto.

—¿En la panadería? —pregunté, incrédulo.

—Sí, señor. Estaba tan tranquilo, como si nada. Probablemente intentando disimular. No opuso resistencia —informó con entusiasmo un joven agente, orgulloso de ser útil ante un inspector.

No puedo evitar el asombro. Qué descaro. Aún que

dan resabios de una época oscura, de maldad impune.

Recibí el informe planimétrico. Me mostraron el video de seguridad. Las grúas ya se llevaban los vehículos implicados en la tragedia. No había mucho más que hacer. Me interesaba hablar con el detenido.

Subí a mi pickup. Sé perfectamente que a los estatales no les agrada que un federal utilice sus vehículos, así que ya he solicitado un Mitsubishi Lancer Diésel eléctrico. El que llegue primero al precinto, ese será.

Antes de marcharme, volví la mirada hacia la esquina… después de tantos años. Miré el poste donde Pura se desplomó abatida. Los recuerdos. Siento los ojos humedecerse. Debo irme.

Momentos después, recorro avenidas nuevas, sin baches, con aceras impecables y pequeños centros comerciales relucientes. Disfruto del nuevo progreso. La liberación fue buena para todos: discotecas, luces, movimiento, gente bien vestida. Muchachos y chicas alegres, vestidos con ropa china y americana. Atrás quedaron los horribles uniformes verde kaki de mi infancia…

Llego a mi precinto. Todos me saludan. ¡Vaya novedad!: una investigación resuelta por un policía administrativo.


---  


**Fuiste y volviste** —me saludan algunos compañeros de la academia al reencontrarme.  

—Es por poco tiempo. Añoro la tranquilidad de mi selva —les digo, mientras una sargento, con gesto respetuoso, me entrega una carpeta con los documentos de mi caso.  


—Aquí ya tenemos al agresor —me informa—. Es ingeniero eléctrico, divorciado, trabaja para una proveedora de repuestos petroleros y vive en un apartamento alquilado, a cuatro cuadras del siniestro. Ya lo verá usted —añade la muchacha con un dejo de sorpresa. *Hasta los profesionales se comportan como criminales de oficio*, parece decirme su mirada.  


Asentí en silencio. Por supuesto que la comprendía. Las viejas taras de la época anterior.  


Entré en la sala de interrogatorios por puro formulismo. *Pan comido*, pensé. Las pruebas eran contundentes: el luminol había reaccionado; el arma homicida, una Glock del 7.65, conservaba sus huellas dactilares; faltaban cuatro cartuchos en el cargador, y las balas recuperadas coincidían perfectamente con las de la recámara.  


Ante mí, un hombre menudo, de incipiente calvicie, lentes tan gruesos que rivalizaban con el telescopio del Monte Palomar y unos veinte kilos de sobrepeso, se mantenía en una perpetua actitud expectante, como si buscara explicar algo que ni él mismo entendía.  


—Soy el inspector prefecto Stalin González —dije—. Estoy a cargo de su caso. ¿Puede decirme qué sucedió?  


—No —respondió con voz serena—. De verdad, no sé qué decirle.  


—¿No lo recuerda? —insistí, observándolo mientras se acomodaba en la silla. No parecía incómodo, sino más bien fuera de lugar, como un hombre que se pregunta: *¿Qué demonios hago aquí?*  


—Pues no sé… ¿Sucedió algo? —intentó sonreír, mientras vaciaba de un trago el vaso de agua sobre la mesa.  


—¿No recuerda que siempre estaciona su camioneta a cuatro cuadras de su casa, teniendo un apartamento con garaje privado? —pregunté, intentando situarlo en la escena. Podía estar en shock… o ser el mejor actor del mundo.  


Me miró con genuina perplejidad. No supo qué responder. Pareció caer en la cuenta de lo absurdo que era dejar abandonada una Dodge RAM en una calle peligrosa, lejos de su residencia.  


Carraspeó, buscando las palabras.  


—Siempre estaciono ahí —explicó, gesticulando en exceso. Era evidente: un gerente acostumbrado a dar órdenes, a señalar, a mandar—. Camino hasta mi casa. Me gusta comprar cigarrillos y pan de maíz en la panadería.  


Para corroborarlo, sacó una caja nueva de Marlboro.  


—¿Y hoy? —pregunté, estudiándolo. Era un hombre serio, afable. Nada en él delataba a un asesino.  


—Ha sido un día normal. Trabajé y me dirigí a casa, como siempre.  


—¿Cómo comenzó el conflicto? —indagué, seguro de escuchar su versión.  


Coloqué frente a él mi laptop con el video. Se veía con claridad: él, al volante de la Dodge RAM, embestía a propósito un auto estacionado, sacaba su arma y disparaba a quemarropa contra el otro conductor. Ni siquiera podía alegar defensa propia; un argumento ridículo, por lo demás. El ensañamiento, la ira del ingeniero, eran superlativos. Una cámara de seguridad lo había captado todo, de principio a fin.  


—¿Cuál conflicto? —respondió, angustiado, con una mirada inquieta. Comenzó a sudar copiosamente mientras observaba el video que yo le mostraba.  


—No evadas tus responsabilidades. Tus problemas son graves. No voy a esperar eternamente a que te decidas a confesar. No hace falta: todo te inculpa. Tenemos pruebas irrefutables. Habla.  


El hombre abrió la boca, sin comprender. Alternaba su mirada entre mí y la pantalla.  


—Yo estaciono ahí porque *él* me invita, me permite hacerlo —dijo de pronto, con voz firme, como si hubiera encontrado un apoyo inesperado. Alzó el mentón, desafiante, y esbozó una sonrisa extraña.  


—¿Él?  


—Sí. Siempre me invita —asintió, manteniendo esa sonrisa inquietante.  


—Pero… ¿cómo diablos? Las esquinas no tienen dueño. Chocaste a propósito. Los testigos dicen que te bajaste transformado en una bestia, sin darle oportunidad al conductor ni a su esposa —dije, arrojando sobre la mesa las fotos de las víctimas.  


Las tomó con curiosidad, casi con sorpresa.  


—Hay una cámara que lo grabó todo —añadí—. Es el video que estás viendo. Así que confiesa.  


---  


El hombre con, sus ojos escrutándolos con una mezcla de curiosidad bovina y una sorpresa que parecía tan fingida como la virtud en un burdel.

– Hay una cámara de seguridad que lo filmó todo, hasta el último parpadeo de sus pérfidos ojos. Es el cinematógrafo que usted mismo está contemplando. Por eso se lo digo, hombre: confiese ya sus viles actos.--insisti.

El sujeto me devolvió la mirada, su rostro inexpresivo como una máscara mortuoria. Yo, que he pasado horas observando a la ralea humana en las salas de interrogatorio, poseo el ojo entrenado para desentrañar las telarañas de la simulación. He visto a los farsantes, a los embusteros de rostro empedernido, a los histriones que representan su papel con la unción de un santo hipócrita. Pero este individuo... este era la quintaesencia del engaño, el patriarca de la mendacidad. De repente, su máscara de ofensa se desmoronó, dejando al descubierto un rostro bañado en lágrimas falsas, una lamentación teatral que habría hecho palidecer a la mismísima Sarah Bernhardt.

– Él es Eladio Párraga y ella... ella es su esposa – balbuceó con un temblor estudiado en la voz –. Son mis amigos, mis vecinos. Se lo juro por lo más sagrado, yo me estaciono ahí porque el señor calvo y corpulento me invita a hacerlo, me da su permiso. ¡Usted es un hombre cruel! ¡Muy cruel! No había ningún automobile estacionado. ¡Yo no disparé a nadie!

Miré al hombre con desdén. Este pobre diablo no llegaba ni a la suela de los zapatos de un Bratt Pitt o un George Clooney de la pantalla. Tres Oscars serían una miseria para su talento histriónico.

– ¡Me están tendiendo una trampa! – exclamó, sollozando con una intensidad que recordaba al berrido de un lactante.

V

Los interrogatorios que siguieron fueron un deprimente ejercicio de futilidad. José López, según los testimonios recabados, era un ingeniero ejemplar, un trabajador diligente, un vecino afable, un amigo leal, un conductor prudente, un padre amoroso. Sus colegas, atónitos ante las acusaciones, se alzaban en su defensa con una vehemencia casi religiosa, negando incluso la irrefutable evidencia del kinetoscopio.

Sin embargo, desde el momento en que descendió de su pick-up, su aura destilaba una intención turbia, una malevolencia sorda que incluso sus más cercanos habían comenzado a percibir. ¡Y pensar que lo consideraban un alma cándida! El ingeniero José, con una impasibilidad que helaba la sangre, visionó la cinta una y otra vez, como un espectador indiferente ante el drama que él mismo había protagonizado. Después de cada proyección, se sumía en un silencio catatónico, sus ojos vacíos como pozos sin fondo.

La esquina... y su otra víctima, desplomada en el lado suroeste, precisamente en el mismo lugar donde años atrás se reunían los jóvenes virtuosos, donde estuvo el bazar del chino astuto y la popular taberna del polaco bonachón, y contra cuyo poste se había desplomado, exánime, la pobre Pura. Un lugar cargado de ecos del pasado, de pequeñas tragedias y mezquindades cotidianas.

– ¿Quién es ese individuo que le dice que se estacione ahí? – inquirimos nuevamente, con la paciencia de un cazador acechando a su presa.

– El señor calvo y corpulento..Es un hombre de bien. Es un sacerdote – fue la respuesta invariable, repetida en una letanía monótona.

Visioné las cintas una vez más, buscando algún resquicio de verdad en esa maraña de engaños. El torpe intento del Dodge por entrar en el garaje. López descendiendo del vehículo con el arma ya empuñada, brillando siniestramente a la luz crepuscular. El otro hombre, presa del pánico, intentando defenderse con una desesperación patética. Los forcejeos, los empujones, y finalmente, los fogonazos secos de los disparos. López huyendo, perseguido por una turba enfurecida, sus rostros distorsionados por la rabia. En ninguna parte, ni siquiera como una sombra fugaz, aparecía el tal señor Calvo y Corpulento.

Localicé a los testigos clave. Un obrero de la construcción, un hombre tosco y parco en palabras, que pasaba ocasionalmente por allí en su camino al trabajo, su mirada fija en el suelo como si temiera levantarla y ver las miserias del mundo. La otra era una joven estudiante de veterinaria, una criatura nerviosa y asustadiza que vivía en una pensión miserable y que, según sus propias palabras, no conocía a un alma en ese barrio sórdido.

Visité el local que ahora ocupaba el lugar de la antigua esquina popular. El aire estaba cargado de la electrónica barata que ahora se vendía allí: radios reproductores estridentes, iPhones brillantes y computadoras de dudosa procedencia. El dueño era un vietnamita de rostro impenetrable, sus empleados una legión silenciosa de indocumentados que parecían fundirse con las sombras del local. Me dijo, con una indiferencia estudiada, que a pesar de estar casi en la puerta, vio el Byd estacionado, pero no presenció nada de lo que había ocurrido. Sus ojos esquivos sugerían una verdad mucho más compleja, un laberinto de silencios cómplices.

A pesar de sus patéticos alegatos de inocencia, la fiscalía no concedió ni una pizca de credibilidad al ingeniero López. Su defensa, basada en una supuesta locura transitoria, fue desestimada con un gesto de desdén. El veredicto fue inequívoco: CULPABLE. Condenado a prisión perpetua y aislamiento total. Y para mí, una felicitación fría y una suma de puntos que engrosarían mi expediente, un pequeño paso más en la sórdida escalera del éxito policial. Pero en el fondo, una punzante sensación de que la verdad, como una somVIbra escurridiza en las callejuelas de mi ciudad , seguía ocultándose en algún rincón oscuro.

VI



Habían transcurrido varias semanas desde aquel suceso que me había trastornado. Mi espíritu, inquieto, anhelaba abandonar la opresiva ciudad de mi infancia y juventud,, con sus callejones tortuosos y su aire impregnado de secretos. Al fallecer mi madre, dispuse la venta de nuestra modesta morada a través de un agenAlcé la vista hacia el edificio. En la penumbra del balcón, una silueta femenina danzaba con una languidez espectral. Parecía que yo era el único espectador de esa visión onírica. A pesar de la distancia que nos separaba, varios pisos de silencio y oscuridad, tuve la extraña certeza de que era la misma muchacha que, horas antes, se había esfumado en ese negocio de dudosa reputación.

Los municipales, con la pragmática indiferencia de quienes han visto demasiadas cosas inexplicables, me dieron un aventón hasta la comisaría. Me dispuse a dormir, aunque presentía que esa noche había marcado un punto de inflexión. 

La bailarina, con su aura de misterio y melancolía, había dejado en mí una huella singular, un espejismo que atenuaba, aunque solo fuera por un instante, el amargo vacío de una Pura que fue real y ahora  no  existia más allá de mis anhelos. Traté de borrar la expresión burlona de mis colegas municipales. Era ese gesto inequívoco: "¡Vaya, vaya! Parece que también entre los federales anidan los lunáticos. Una bailarina exótica... Solo un demente se dejaría embaucar por semejante aparición".

Divisé a una mujer que parecía conjurar ilusiones, una suerte de mago de la noche. Se ocultó a escasos seis  metros de mí, esfumándose como un espectro en la niebla. ¿Era una sinvergüenza que instigaba a la gente a cometer actos ilícitos, o acaso un travesti de habilidades camaleónicas? Tenía que desenmascararla. Agavillamiento, incitación a delinquir, acoso... Los cargos se agolpaban en mi mente. Solo necesitaba atraparla, materializar esa sombra escurridiza. Tenía algo que se asemejaba a un caso, una madeja de misterio que ansiaba desentrañar. Me dormí, sin poder comprender por qué una joven bailaría sola en un balcón a oscuras, a las tres y pico de la madrugada, como un alma en pena atrapada en un limbo de soledad.

III

Me comunicaron que mi suplencia llegaba a su fin. Realmente, no anhelaba permanecer en ese lugar, un nido de sombras y secretos. Pero la idea de no volver a ver a Argelia... eso era un aguijón en mi conciencia. ¿Sería diferente esta vez? ¿Podría aspirar a una compañera estable, aunque su profesión estuviera envuelta en un aura de exotismo y misterio? 

Me parece que le estoy dando mucha importancia a un pequeño cruce de palabras entre ella y yo. De todas formas me tendré que ir a acompañarme conmigo mismo a María Maroa.

Entonces, una noticia relacionada con el ingeniero López interrumpió mis cavilaciones. Había sufrido otro ataque de furia, una explosión de violencia demencial que había segado la vida de dos reclusos en el sórdido lavamanos común de la prisión.

Me informaron de este nuevo horror al entregarme un recado escrito por su propia mano, una misiva garabateada con la desesperación de un alma atormentada.

– Ya sé cómo es el señor que me daba permiso – repetía el ingeniero, una y otra vez, como un disco rayado, cuando finalmente logré entrevistarlo en la sección de reclusos peligrosos.

Me habló con una calma inquietante, afirmando haber aceptado a Jesús como su salvador. Sin embargo, su memoria seguía siendo un laberinto de lagunas y confusiones. Estaba convencido de ser víctima de una conspiración urdida por una pareja de tramposos que le habían tendido una emboscada. Le dejé unos cigarrillos, una pequeña concesión a su miseria, y me entrevisté con el director del penal para autorizar un retrato hablado. La madeja de este caso comenzaba a tomar forma, aunque sus contornos seguían siendo oscuros y ambiguos.

Dos días después, recibí el retrato hablado. Vaya, al tipo le faltaba más de un tornillo, por no decir la ferretería completa. Para mi sorpresa, el retrato que me enviaron era... el mío propio. Una burla macabra, un espejo deformado de mi propia imagen.

IV

Solo me quedaba una semana más trabajando aqui. Por fin. Un torbellino de sentimientos contradictorios me embargaba. Había regresado varias veces al Tucán, como un polilla atraída por una llama fatua. Era inevitable. Como un idiota enamorado, la había acompañado al salir, sintiendo la mirada inquisitiva de los parroquianos clavada en mi espalda. En verdad, ella no era lo que aparentaba. Era una extranjera en busca de un porvenir mejor, buscando hacer digna la manera de ganarse la vida en un mundo hostil. Sabía cómo protegerse de las artimañas de los hombres. Era evidente que había tenido tratos con ellos, y también sabía cómo mantenerme a distancia. Pero, ¿me seguía la corriente por cortesía, o acaso despertaba en ella algún atisbo de afecto? Debía averiguarlo, desentrañar ese enigma. Y creía, ingenuamente, que iba por buen camino... Sin embargo, el trabajo administrativo y varias guardias nocturnas me habían impedido regresar al Tucán, dejándome sumido en una frustrante incertidumbre.

Recibí una llamada el viernes en la comisaría. Un número desconocido parpadeaba en la pantalla del teléfono.

– He extrañado mucho que no hayas venido al show – me dijo la bella voz al otro lado del auricular, un susurro que encendió una chispa de esperanza en mi alma.

– No he podido. ¿Sucede algo? – respondí, con la torpe excitación de un colegial al reconocer la voz de su amada.

– Ya tengo mi auto. Quiero probarlo.

– Eso es una excelente noticia – dije, tratando de ocultar el entusiasmo que su interés me producía... Un silencio se extendió entre nosotros, un vacío cargado de intenciones ocultas. No sabíamos qué decir para no revelar nuestros verdaderos sentimientos, pero en mi interior, sentía que había ganado una pequeña batalla. Ella me había llamado...

– Me da miedo ir a la playa sola y tener un accidente. ¿No quieres acompañarme?

La simple idea de verla a la luz del día, con la piel bronceada y vestida con un exiguo tanga, inyectó unos 256.789 kilovoltios de electricidad pura en la parte baja de mi abdomen.

Ella malinterpretó mi silencio, asumiéndolo como una negativa.

– Perdón – dijo, y noté un deje de desaliento en su tono. – Ya veo que no fue una buena idea.

– Me quedan pocos días aquí. El lunes te puedo invitar a almorzar. Pero, en verdad, estoy de guardia el fin de semana – expliqué, tratando de conciliar mis deseos con mis deberes y hacerle entender que sería una despedida

– ¿No trabajas el lunes? – preguntó, con un renovado brillo en su voz.

– No. Lo tengo libre – expliqué, sintiendo que la había doblegado a mi voluntad. Ya lo sabía, y ella también lo sabía.

– Pues yo también. Vamos, pero para la Colonia Tovar – me invitó, con una sonrisa que podía derretir los glaciares.

– ¡Excelente! Acepto – dije, saltando de alegría interiormente. Yes. Yes. Yes.

– Está bien – dije, tratando de controlar mi entusiasmo – pasaré por ti...

– Oye. La del auto soy yo –  aclaró – pasaré a buscarte por donde tú me digas.

Me tuteó. oTRA VEZ Me tuteó. Un pequeño avance en este juego de seducción.

– Está bien. Pasa por el precinto 44, ESTOY en la avenida Che Guevara, cruce con Capitalismo Infernal y Salvaje.

– Seré puntual – dijo, dominando su tono al igual que yo. Éramos, sin duda, dos tontos, curtidos en mil batallas, comportándonos como adolescentes dando incierta mente pasos para validar se ante la otra persona..

Colgué el teléfono. Una bailarina. No me gustaba la idea de lidiar con una mujer asediada por una legión de hombres. Pero la perspectiva de un día diferente, lejos de la sordidez de la ciudad, era demasiado tentadora. Y estaba dispuesto a intentarlo, a pesar de las sombras que acechaban en los márgenes de mis pensamientos. nO TIENE QUE SER UNA CHICA CASTA Y virginal. Todos tenemos un pasado y eso no importa. Importa un presente y lo que pueda construir,además es una despedida y es bueno que sea con un vino, un atarde

te de dudosa reputación, ,. Por el momento, me alojaba en una mAlcé la vista hacia el edificio. En la penumbra del balcón, una silueta femenina danzaba con una languidez espectral. Parecía que yo era el único espectador de esa visión onírica. A pesar de la distancia que nos separaba, varios pisos de silencio y oscuridad, tuve la extraña certeza de que era la misma muchacha que, horas antes, se había esfumado en ese negocio de dudosa reputación.

Los municipales, con la pragmática indiferencia de quienes han visto demasiadas cosas inexplicables, me dieron un aventón hasta la comisaría. Me dispuse a dormir, aunque presentía que esa noche había marcado un punto de inflexión. 

La bailarina, con su aura de misterio y melancolía, había dejado en mí una huella singular, un espejismo que atenuaba, aunque solo fuera por un instante, el amargo vacío de una Pura que fue real y ahora  no  existia más allá de mis anhelos. Traté de borrar la expresión burlona de mis colegas municipales. Era ese gesto inequívoco: "¡Vaya, vaya! Parece que también entre los federales anidan los lunáticos. Una bailarina exótica... Solo un demente se dejaría embaucar por semejante aparición".

Divisé a una mujer que parecía conjurar ilusiones, una suerte de mago de la noche. Se ocultó a escasos seis  metros de mí, esfumándose como un espectro en la niebla. ¿Era una sinvergüenza que instigaba a la gente a cometer actos ilícitos, o acaso un travesti de habilidades camaleónicas? Tenía que desenmascararla. Agavillamiento, incitación a delinquir, acoso... Los cargos se agolpaban en mi mente. Solo necesitaba atraparla, materializar esa sombra escurridiza. Tenía algo que se asemejaba a un caso, una madeja de misterio que ansiaba desentrañar. Me dormí, sin poder comprender por qué una joven bailaría sola en un balcón a oscuras, a las tres y pico de la madrugada, como un alma en pena atrapada en un limbo de soledad.

III

Me comunicaron que mi suplencia llegaba a su fin. Realmente, no anhelaba permanecer en ese lugar, un nido de sombras y secretos. Pero la idea de no volver a ver a Argelia... eso era un aguijón en mi conciencia. ¿Sería diferente esta vez? ¿Podría aspirar a una compañera estable, aunque su profesión estuviera envuelta en un aura de exotismo y misterio? 

Me parece que le estoy dando mucha importancia a un pequeño cruce de palabras entre ella y yo. De todas formas me tendré que ir a acompañarme conmigo mismo a María Maroa.

Entonces, una noticia relacionada con el ingeniero López interrumpió mis cavilaciones. Había sufrido otro ataque de furia, una explosión de violencia demencial que había segado la vida de dos reclusos en el sórdido lavamanos común de la prisión.

Me informaron de este nuevo horror al entregarme un recado escrito por su propia mano, una misiva garabateada con la desesperación de un alma atormentada.

– Ya sé cómo es el señor que me daba permiso – repetía el ingeniero, una y otra vez, como un disco rayado, cuando finalmente logré entrevistarlo en la sección de reclusos peligrosos.

Me habló con una calma inquietante, afirmando haber aceptado a Jesús como su salvador. Sin embargo, su memoria seguía siendo un laberinto de lagunas y confusiones. Estaba convencido de ser víctima de una conspiración urdida por una pareja de tramposos que le habían tendido una emboscada. Le dejé unos cigarrillos, una pequeña concesión a su miseria, y me entrevisté con el director del penal para autorizar un retrato hablado. La madeja de este caso comenzaba a tomar forma, aunque sus contornos seguían siendo oscuros y ambiguos.

Dos días después, recibí el retrato hablado. Vaya, al tipo le faltaba más de un tornillo, por no decir la ferretería completa. Para mi sorpresa, el retrato que me enviaron era... el mío propio. Una burla macabra, un espejo deformado de mi propia imagen.

IV

iserable dependencia anexa al cuartel de la gendarmería, donde el hedor a moho y el crujir de las tablas me recordaban mi precaria condición.

El sacerdote  calvo,, nunca  a aparecio, como si la tierra misma lo hubiera engullido. Sin embargo, mi tedio fue interrumpido una tarde gris, cuando el Comisario General, un hombre de rostro severo y bigotes engomados, irrumpió en mi despacho. Yo, hastiado, pasaba las horas contemplando grabados animados en un artefacto mecánico que proyectaba imágenes fantásticas, una distracción que apenas aliviaba mi hastío, un sistema clasico de AI holografico.

—Hay una denuncia por acoso —anunció el Comisario, con un tono que no admitía réplicas—. Ocurrió en los alrededores del viejo cementerio judío, cerca de donde resolviste aquel asunto del asesinato en la esquina. Como tienes tiempo de sobra, ocúpate.

—¿No es eso competencia de la policia municipal? —repliqué, alzando la vista con desgana desde una proyección de colores vibrantes que narraba las hazañas de un héroe en tierras lejanas.

—Ocúpate —insistió él, agitando una mano como quien espanta una mosca—. Es un caso sencillo, pero ha llegado a nosotros. Hay rumores de conexiones con asuntos más graves. No me hagas repetirlo.

La denunciante era una danzarina, una de esas criaturas que habitan los márgenes de la sociedad, donde el que exhibía su arte en un tugurio conocido como El Tucan, un antro que conservaba el nombre de una antigua taberna de mala muerte, transformada en un garito de variedades. Me dirigí al lugar, no como agente de la ley, sino como un parroquiano más, mezclándome con la fauna que lo frecuentaba: rufianes, soldados desertores, mercaderes de opio y algún que otro clérigo renegado en busca de placeres prohibidos. Pregunté por la muchacha, una tal Flor Silvestre, extranjera, según me informaron, y me indicaron que aguardara. Los licores, cortesía de la casa, olían a trementina.

Me acomodé en un rincón oscuro, bajo la luz titilante de un candelabro con luz led , mientras una música estridente —una mezcla de valses techno hip hop — resonaba en el local. El público era un mosaico de lo más bajo de mi ciudad: dos soldados , ebrios y enrojecidos por el láudano, un profesor de la universidad conocido por sus escándalos, y obreros en busca de carne barata. El lugar, aunque limpio, conservaba un aire de decadencia, como si las paredes mismas exudaran los pecados de generaciones pasadas.

De pronto, dos camareras iniciaron una reyerta con botellas rotas, un espectáculo que el público tomó por parte del show hasta que la sangre brotó de un brazo. Uno de los soldados, en un arranque de bravuconería, desenfundó su pistola y disparó al techo, restaurando el orden con un estruendo. “¡Bien hecho, bárbaro!” —gritaron algunos, indiferentes a la ilegalidad de tal acto en suelo bohemio. ¿Qué importaba? En mi ciudad , rusos, húngaros y turcos habían hecho lo propio durante años, y nadie alzaba la voz.

La música cambió a un frenético ritmo gitano, y un juego de luces multicolores iluminó un tablado improvisado. Entonces apareció ella:. Su atuendo era un desafío a la decencia: dos estrellas cubriendo apenas sus pechos, un retazo de tela como falda, descalza, con cascabeles en los tobillos y una peluca de colores que ocultaba su rostro tras un velo de maquillaje. Era una visión perturbadora, una mezcla de inocencia y lascivia, como una virgen sacrificada en un altar pagano. Su danza, reminiscente de los ritos prohibidos de las cortes orientales, arrancó rugidos de la muchedumbre. Me levanté, aturdido, mientras el público aullaba en éxtasis.

Finalizado su número, me dirigí al camerino, aún bajo el influjo de su hechizo. Me identifiqué en la puerta, y ella, con un gesto lánguido, me permitió entrar.

—No pareces policia. Pareces universitario o seminarista —dijo, invitándome a sentarme mientras se acomodaba con estudiada gracia, elevando una pierna torneada para ajustar una venda en su pie, en un gesto que parecía diseñado para desarmarme.

—Soy el inspector Stalin Gutiérrez —respondí, torpe, atrapado en la escena que ella, con descaro, representaba en aquel diminuto escenario privado.

—Argelia Luna, aunque aquí me llaman Flor Silvestre —se presentó, tendiéndome una mano que hizo erizarme la piel—. ¿Qué quieres saber?

Relató su historia. Poseía una baw bj 2012 , pero estaba en reparación. con roces entre los demás empleados, decidió caminar a su morada, a pocas calles, a las dos y media de la madrugada.

—¿No es eso temerario? —inquirí—. Es tentar a la desgracia en una ciudad como esta.

Ella me miró, con una mezcla de desafío y cansancio, y respondió:

—En este sector , inspector, la desgracia no necesita invitación.


IV

Solo me quedaba una semana más trabajando aqui. Por fin. Un torbellino de sentimientos contradictorios me embargaba. Había regresado varias veces al Tucán, como un polilla atraída por una llama fatua. Era inevitable. Como un idiota enamorado, la había acompañado al salir, sintiendo la mirada inquisitiva de los parroquianos clavada en mi espalda. En verdad, ella no era lo que aparentaba. Era una extranjera en busca de un porvenir mejor, buscando hacer digna la manera de ganarse la vida en un mundo hostil. Sabía cómo protegerse de las artimañas de los hombres. Era evidente que había tenido tratos con ellos, y también sabía cómo mantenerme a distancia. Pero, ¿me seguía la corriente por cortesía, o acaso despertaba en ella algún atisbo de afecto? Debía averiguarlo, desentrañar ese enigma. Y creía, ingenuamente, que iba por buen camino... Sin embargo, el trabajo administrativo y varias guardias nocturnas me habían impedido regresar al Tucán, dejándome sumido en una frustrante incertidumbre.

Recibí una llamada el viernes en la comisaría. Un número desconocido parpadeaba en la pantalla del teléfono.

– He extrañado mucho que no hayas venido al show – me dijo la bella voz al otro lado del auricular, un susurro que encendió una chispa de esperanza en mi alma.

– No he podido. ¿Sucede algo? – respondí, con la torpe excitación de un colegial al reconocer la voz de su amada.

– Ya tengo mi auto. Quiero probarlo.

– Eso es una excelente noticia – dije, tratando de ocultar el entusiasmo que su interés me producía... Un silencio se extendió entre nosotros, un vacío cargado de intenciones ocultas. No sabíamos qué decir para no revelar nuestros verdaderos sentimientos, pero en mi interior, sentía que había ganado una pequeña batalla. Ella me había llamado...

– Me da miedo ir a la playa sola y tener un accidente. ¿No quieres acompañarme?

La simple idea de verla a la luz del día, con la piel bronceada y vestida con un exiguo tanga, inyectó unos 256.789 kilovoltios de electricidad pura en la parte baja de mi abdomen.

Ella malinterpretó mi silencio, asumiéndolo como una negativa.

– Perdón – dijo, y noté un deje de desaliento en su tono. – Ya veo que no fue una buena idea.

– Me quedan pocos días aquí. El lunes te puedo invitar a almorzar. Pero, en verdad, estoy de guardia el fin de semana – expliqué, tratando de conciliar mis deseos con mis deberes y hacerle entender que sería una despedida

– ¿No trabajas el lunes? – preguntó, con un renovado brillo en su voz.

– No. Lo tengo libre – expliqué, sintiendo que la había doblegado a mi voluntad. Ya lo sabía, y ella también lo sabía.

– Pues yo también. Vamos, pero para la Colonia Tovar – me invitó, con una sonrisa que podía derretir los glaciares.

– ¡Excelente! Acepto – dije, saltando de alegría interiormente. Yes. Yes. Yes.

– Está bien – dije, tratando de controlar mi entusiasmo – pasaré por ti...

– Oye. La del auto soy yo –  aclaró – pasaré a buscarte por donde tú me digas.

Me tuteó. oTRA VEZ Me tuteó. Un pequeño avance en este juego de seducción.

– Está bien. Pasa por el precinto 44, ESTOY en la avenida Che Guevara, cruce con Capitalismo Infernal y Salvaje.

– Seré puntual – dijo, dominando su tono al igual que yo. Éramos, sin duda, dos tontos, curtidos en mil batallas, comportándonos como adolescentes dando incierta mente pasos para validar se ante la otra persona..

Colgué el teléfono. Una bailarina. No me gustaba la idea de lidiar con una mujer asediada por una legión de hombres. Pero la perspectiva de un día diferente, lejos de la sordidez de la ciudad, era demasiado tentadora. Y estaba dispuesto a intentarlo, a pesar de las sombras que acechaban en los márgenes de mis pensamientos. nO TIENE QUE SER UNA CHICA CASTA Y virginal. Todos tenemos un pasado y eso no importa. Importa un presente y lo que pueda construir,además es una despedida y es bueno que sea con un vino, un atardecer en la playa y solo dos para estar juntos los dos.



continua

































Capítulo 2


Es igual. Al llegar en mi carruaje al condominio, demoré algunos minutos en bajar y abrir el candado de hierro que aseguraba la reja de mi cochera.

—Explíquese —dije, observando cómo disfrutaba del efecto que su relato causaba en mí.

—Descríbame el acoso. ¿La persiguieron? ¿Le dijeron algo? ¿Intentaron tocarla? ¿Lo conoce? ¿Un enamorado inoportuno? ¿Un cliente insatisfecho?

—No soy lo que usted cree —respondió con una voz dulce, casi resignada—. Sé que en su mundo tienen la idea de que en la ciudad de donde vengo basta con tocar una puerta, mostrar un dólar, y les entregan a la niña de la casa.

—¿Y no es así?

—No. Se necesita un dólar, una pasta dental y un champú —explicó, mirándome con unos ojos inmensos, color avellana. En ese momento, quedé noqueado. Literalmente noqueado.

Asentí en silencio.

—No tengo necesidad —se le escapó, casi inocente—. Gano dos mil quinientos dólares por semana.

Quedé boquiabierto. No por la cifra en sí, sino por su empeño en demostrar que no era lo que yo pensaba.

—Vaya... ¿Y qué hace con semejante fortuna? —pregunté, sin ocultar mi sorpresa. Ella ganaba cuatro veces lo que yo en un mes.

—Ahorro para irme a Miami. Si todo marcha bien, seguiré hasta los Estados Unidos.

—Entonces, ¿no hay por ahí un antiguo amigo con derechos? ¿Alguien que lo sabe todo y exige su parte de esa fortuna? —pregunté, saliéndome por un instante del papel de investigador y dejándome llevar por una curiosidad más personal.

Ella sonrió, comprendiendo perfectamente mi juego. No dijo nada, pero en su mirada había una advertencia.

—Esa noche terminé tarde. De verdad estoy intentando zafarme de aquí, comenzar de nuevo en Maracaibo —dijo, variando de súbito su versión inicial.

—La acompañaré. Me describirá la escena en el lugar exacto donde ocurrió —anuncié, sin pensar. Fue una decisión repentina. Sería la segunda vez que cruzaba esa esquina donde Pura perdió la vida. No sabía si era buena idea. Me pareció verla, inmóvil, en un rincón, envuelta en los trapos de la bailarina. Sólo fue una sombra, un eco de mis recuerdos más vívidos de aquellos días en que la visitaba. Su memoria aún me acompaña con inquietante nitidez.

Ella sonrió y dijo que necesitaba cambiarse.

—Seguro. Esperaré en la puerta.

Al cabo de unos minutos, salió. Nadie habría dicho que era la misma mujer. El cabello recogido con una sencilla gomita escolar, unos vaqueros negros, una chaqueta de tela modesta y unos mocasines de goma. Muy lejos de aquel monumento sensual que había visto antes. Me miró un instante, escrutándome con rapidez, y luego comenzamos a caminar en silencio.






Caminamos. Yo evitaba tocarla, aunque era lo único que deseaba hacer. Luchaba contra esa repentina atracción. Ella, ajena o indiferente, caminaba con tranquilidad a mi lado por aquella calle solitaria.

—Esa noche... —comenzó a decir.

—¿Cuándo fue esa noche? —interrumpí, viendo a lo lejos el nuevo centro comercial y la calle donde quedaba mi antigua casa.

—Hace dos noches. En el mismo sitio que todos conocemos. ¿Me acompañará mañana? Me siento segura a su lado. No sé cómo se me ocurrió caminar sola por estas calles a estas horas —dijo, dejándome desconcertado.

—Aquí es —señaló, y sin querer, mis ojos buscaron el poste donde quedó tendida Pura.

—¿Qué hizo?

—Oye... —dijo, como si supiera que yo dudaba de su relato—. Estoy acostumbrada a todo tipo de cosas. Inocentes. Risibles. Peligrosas. Y hasta extrañas.

No le respondí. Miraba el poste, reviviendo la escena como si fuese una vieja cinta que mi mente se obstinaba en proyectar. El gordo, el disparo, el otro cayendo al suelo... Por un momento sentí que era espectador de ambos eventos superpuestos en el mismo rincón de la memoria.

Entonces comenzó a lloviznar

.I



La llovizna no era más que un susurro del cielo, como si también tuviera miedo de pronunciarse con fuerza. Caminamos unos pasos más. Ella se detuvo frente al poste, lo tocó con la yema de los dedos, como si fuera una reliquia o un umbral maldito.

—Aquí fue —dijo, y su voz no era la misma de antes. Había en ella una gravedad antigua, como si hablase desde otro tiempo.

Me quedé quieto. No por respeto, sino porque el aire se espesó de repente, y tuve la sensación —imposible de explicar— de que alguien nos observaba. No desde la calle, sino desde el pasado.

—¿Y qué vio? —pregunté.

Ella no respondió de inmediato. Bajó la mirada, luego sacó del bolsillo interior de su chaqueta un pequeño papel doblado varias veces, con el tipo de pulcritud con la que se esconden las verdades que matan.

—No me creyó, ¿verdad? Pero mire esto.

Lo tomé. Era una hoja amarillenta, escrita con una caligrafía casi monástica, salpicada de símbolos. No entendía nada, salvo una frase en latín repetida dos veces: "Fiat Umbra. Fiat Desiderium."

—¿Qué demonios es esto?

—Una advertencia. Una contraseña. No lo sé exactamente. Nadie lo mencionó en el informe, porque nadie supo interpretarlo. Salvo yo. Y ahora usted.

—¿Y por qué yo?

—. Y la gente que ama, aunque no sepa, comprende. A su modo. Supongo que has amado a alguien o tienes a alguien?

La frase me golpeó con la fuerza de un secreto revelado demasiado tarde. Pensé en Pura, en sus silencios. En aquella noche. En el miedo que tenía a algo más grande que la muerte. El papel empezó a humedecerse por la lluvia. Ella me lo arrebató suavemente de las manos y lo guardó de nuevo.

—Yo también me estoy yendo —dijo.

—¿A Maracaibo?

—No. Más allá. Hay ciudades que no están en los mapas. Gente que se esconde detrás de los espejos. Usted lo sabe, aunque no lo diga. Está demasiado cerca de la verdad para no haberlo notado.

Entonces me miró con una seriedad que me heló la sangre.

—¿Mañana vendrá a cuidarme?.

 —Es posible

Ella sonrió como si la pregunta fuera infantil.

—Los que escriben la historia. Los que editan los recuerdos. Los que hacen que olvidemos que hubo una mujer llamada Pura, que un gordito disparó en una esquina, y que usted aún la sueña. Tengo algunas capacidades clarividentes. A veces funcionan.-- dijo enigmáticamenteenigmáticamente y señalo

-- No entendí mucho la idea.

-- Perdóname lo directa.Funciono mejor siendo honesta.

-- Entiendo 

-- Es que pareces muy desencantado de la vida para ser tan joven.--

-- Eres optimista.

-- No. Pero no lo ando pregonando

Caminamos en silencio unos minutos



  II


—*Estaba ahí* —repitio nuevamente, mostrándome el lugar con una mano de uñas pintadas de negro, como garras recién salidas de un cuadro simbolista. Su gesto me arrancó de mis divagaciones y me devolvió a la fría realidad del caso.  


—Pero… ¿*Cómo era*? —insistí, forzándome a concentrarme—. ¿Alto, bajo, armado? ¿La escupió? ¿La insultó? ¿Intentó agredirla?  


—¿Alto? ¿Bajo? —Se sorprendió, como si mi pregunta fuera absurda—. ¿No leyó mi denuncia? *No era él. Era ella*. No me persiguió. Solo… *me miraba*. Y se reía. —Se estremeció, y por un instante, vi en sus ojos algo que no encajaba en el protocolo policial.  


—Oiga, señorita Argelia —dije, esforzándome por mantener un tono profesional, aunque ya sabía que todo esto era un callejón sin salida—. No puede presentar una denuncia porque una mujer *la mirara feo*. Eso no tiene ni pies ni cabeza.  


—*No entiende* —susurró, bajando la voz mientras apretaba el paso—. Era joven, pero… *extraña*. No era normal. 


*No entiendes fue un tuteo para acercarse. Fue obvia, es mejor en eso que yo.


Llegamos al edificio donde vivía: una construcción soviética de los años setenta, de esas que parecen hechas con escombros y mala voluntad. Mal iluminado, con las paredes agrietadas como un mapa de derrotas antiguas. La muchacha me miró. Su palidez contrastaba con el negro de sus uñas. Intentó sonreír, pero fue un gesto frágil, como un papel quemándose en los bordes.  


Yo *entendí*. O creí entender. No quería precipitaciones. ¿Quería conocerme? Bien. ¿Quería intentar algo? Bien. Pero había un protocolo, un *principio*, aunque ella fuera tan hermosa como una figura salida de un cuadro prerrafaelita. *Así sería*. Lo intentaría.  


—No creo que su denuncia llegue a ninguna parte —dije cuando ella abrió la reja de su edificio, separándonos con esos barrotes oxidados que parecían jaula de un zoológico abandonado.  


—Cualquier cosa, llámeme —añadí, deslizando mi tarjeta entre los hierros—. Al celular, Facebook, X, WhatsApp… *lo que sea*.  


Me despedí. Ella me miró. Y *supe* que había algo. Algo que no encajaba en los informes, en las actas, en este mundo de formularios y burocracia.  


Caminé hacia la avenida. Si veía una patrulla, pediría un aventón. Pero la calle estaba desierta. Eran las 3:05 a. m., ni los buenos ni los malos rondaban por allí. Los edificios dormían, indiferentes.  


**Entonces la vi.**  


Estaba a media cuadra. Una mujer joven. De espaldas. Pero *sabía* que me observaba de reojo. Por un instante, creí distinguir una sonrisa en la penumbra.  


Miré alrededor, buscando al cómplice. Era la trampa clásica: la carnada, el distractor, una pistola apuntando en la oscuridad. 

Con movimientos calculados, desenfundé mi arma y quité el seguro, manteniéndola oculta tras la espalda.  


—Oiga, señorita —llamé, avanzando con cautela hacia el medio de la calle—. ¿Está bien? ¿Necesita ayuda? *Soy policía*.  


Ella se deslizó hacia la pared, fundiéndose en el dintel de un negocio cerrado, donde ni siquiera las luces de cortesía alumbraban. Decidí mantenerme en  centro de la calle, lejos de las sombras.  


—¡Señorita!  -- llame otra vez


Un paso más.  


Y entonces… *desapareció*.  


No hubo puerta que se abriera, ni pasos apresurados. Solo el vacío. Corrí hacia donde había estado, pero no había rastro. Ni un suspiro, ni un perfume, ni el eco de una risa.  


**Nada.**  


Saqué mi teléfono, las yemas de los dedos frías contra la pantalla me indicaron que estaba asustado .



Cinco minutos después, una Fiat Toro 4x4 turbo diésel, repleta de municipales con rostros adustos, llegaron para brindarme su apoyo. Buscamos y alumbramos cada rincón con nuestras linternas, como si tratáramos de desenterrar fantasmas. Nada. Absolutamente nada. No había alma viviente. No sabría explicar por qué, pero me pareció escuchar a lo lejos los acordes espectrales de La guerra de los Dioses de Billy Paul, una melodía desoladora flotando en el aire nocturno.



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Nove

Capítulo 3



La Esquina. Parte B. Capitulo 3, 4


El lunes ella llegó a mi precinto. Mis compañeros no dejaron de silbar e hicieron los respectivos comentarios.

—Vaya, vaya. Mira qué trucos traes desde la selva.

—¡Esa sí es una hembra! —dijo con gesto de asentimiento un motorizado de la sección vial.




—Se va a casar, se va a casar. Por aquí hay un tonto que se va a casar —dijo otro, remedando la marcha nupcial.

Tonterías. Ella estaba detrás de sus inmensos lentes negros y el pelo envuelto en una pañoleta. No indicaba nada. Simplemente se veía preciosa.

Nos fuimos por la autopista, hablamos de todo y nada, coincidíamos en muchas cosas, escuchábamos las canciones de Cindy Lauper y Scorpions. Subimos a la montaña, comimos salchichas alemanas, nos reímos, disfrutamos. Me derritió verla a la luz del día, descansada, sin maquillaje ni peluca. Tal vez sus ojos eran algo separados, avellana e inmensos; quizás su nariz no era tan perfecta; a lo mejor su rostro era muy ovalado, pero bella en su conjunto. Estaba espectacularmente divina en shorts y botas militares de charol.

Casi estuve tentado a comprar una caja de crema dental y un galón de champú. Me encantaba que también hablaba sin acento, con una voz suave y algo profunda. Después, parada en el borde del mirador, en medio de la brisa fría, me cantó:

«El color de mi vida cambió desde que tú llegaste…

El color de mi vida cambió desde que tú llegaste…»

Llegamos de noche. Me invitó a cenar a su apartamento. Después me llevaría al precinto. Pero la inmensa pizza que pidió me demostró que no había ningún plato más. Debería seguir intentándolo. Por esta noche, definitivamente, no habría más.

Cuando salimos del apartamento era todavía temprano.

—¡Está ahí! —gritó repentinamente, señalando con el dedo—. ¡Mírala!

—¿Dónde? —vi mucha gente caminando, pero nadie viéndonos.

—¡Está ahí! —me insistió, totalmente fuera de sí, llorando a mares y con la respiración agitada—. Me mira y se ríe.

—Está bien, está bien —acepté.

—Vamos a devolvernos —propuse, entendiendo que la excusa era para que después de todo me regalara mis tres platos. Eso estaría bien. Sexo salvaje y profundo.

Ella asintió, se devolvió violentamente, dando la vuelta a la manzana. Llegamos nuevamente al apartamento.

Mis esperanzas se esfumaron al comprobar que era verdad. La chica estaba aterrorizada. Quería estar acompañada, pero no de la manera que pensé. Se fue a dormir, trancándose en el cuarto, después de darme una colcha para dormir en la sala. Una bailarina exótica cuidándose de un policía novato. ¡Solo yo!

Pasaron las horas y me dormité. A las dos y media me desperté. Fui a la ventana con intención de trancarla. Hacía frío de verdad... Me asomé y comprobé que no había edificios que me quitasen la vista. Veía la esquina. Veía la esquina de arriba. Inclusive inclinándome un poco más podía ver la esquina de más arriba y toda la calle hacia abajo, hasta las luces lejanas del Tucán. En la esquina de arriba estaba un vendedor nocturno de hot dogs y dos taxis. En la de más abajo unos ruidosos estudiantes bebían licor. Solo la esquina en medio de ambas estaba sola y semialumbrada.

Creo que me dormité unos cinco minutos recostado en la ventana y volví a despertar.

Miré. Ya no estaba el vendedor de hot dogs, ni los taxis, ni allá más abajo los chicos bebiendo. Vi la esquina y ahí estaba ella. Estaba de espaldas. Estaba inmóvil. Lentamente se volteó y me miró. Sé que me miró. Sabía que yo la miraba agazapado desde el balcón. Lamenté no tener las llaves del apartamento y no poder despertar a Argelia, quien en su miedo puso llaves y candados. Pero no importa. Mañana la atraparé.

I



Desperté con dos disgustos. El primero fue entender que la chica que bailó la canción de Billy Paul lo hizo desde el balcón del apartamento de Argelia. Pero estaba convencido de que no era Argelia.

El segundo disgusto fue haber recorrido medio país durante la mayor parte de mi vida para quedar hechizado por una bailarina de piernas perfectas, sin marcas, que danzaba casi desnuda en un night club de tercera, demasiado cerca de lo que alguna vez fue mi hogar. No es una buena decisión. Puede que sea una relación temporal, a medios tiempos, pero no lo deseo así. Quiero algo más. No puedo comentar nada en el precinto; puedo imaginar los comentarios:

—¿No le diste el champú y la crema dental?

—Si quieres, yo te presto el dólar y vamos los dos.

—Saliste con ella y no la llevaste a la cama. Eres gafo, ¿o qué?

—¿Vas a vivir con ella? ¿Qué harás cuando lleve los novios a casa?

—Stalin, el reno. Cien mil cuernos.

—Te va a dejar sentado en la acera, sin un céntimo.

—Esas fingen los polvos. Ya no sienten nada de tanto macho.

Aparté todos esos pensamientos, sentado en la parte posterior de una Great Wall Tank 4x4 híbrida diésel, justo en la esquina. Miré mi reloj: las dos de la madrugada en punto. Estaba en el asiento del copiloto, junto a la puerta que daba a la calle. Los vidrios polarizados eran muy oscuros; nadie desde afuera podía verme. A través de la ventanilla, vi el balcón del apartamento de Argelia. La única manera de que una chica hubiera bailado tan violentamente en un espacio tan reducido era que lo hubiera hecho en los bordes de las barandas… o fuera de ellas.

Semidormitaba a ratos, maldiciendo una vez más no haber entrado en el cuarto de Argelia. Soñé viéndola bailar en el escenario. Veía cómo subían los hombres, le quitaban la tanga, la besaban. Ella reía y los incitaba. Lujuriosamente, les abría los pantalones y, a su vez, abría su bella boca a todo dar. Yo subí al escenario, abriendo mi bragueta. A mí me dijo:

—No. No. Tú no —agitando sus manos negativamente, mientras se agarraba sus inmensos senos para meterlos en la boca de un negro libidinoso.

Me desperté sudando. Tendría que bajar un poco la ventanilla.

Sentí el golpe en el vidrio trasero de la camioneta, que estalló. Vi la cara de una mujer aplastada contra la ventanilla trasera.

—No puede ser. No puede ser. —Salí como pude, casi cayéndome de la camioneta. Era la cara de… ¡NO PUEDE SER!

Era Pura, que gemía ruidosamente de placer. Detrás de ella, el Polaco la cabalgaba brutalmente. Ella gritaba mientras me veía, riéndose.

—¡Más, más, monstruo! —gemía, agitando su pelo frenéticamente—. ¡Soy una puta, soy una puta!

El Polaco me miró y dejó de hacerlo. Saltó del cajón de la camioneta a la calle, casi frente a mí, caminando torpemente hacia donde me encontraba, confundido y paralizado.

—¡Tú, maldito maricón! ¿También te quieres coger a mi Pura? ¡Toma! —me dijo, descargando un derechazo contra mí, haciendo que mi pistola saltara a cualquier lado.

Me proyectó como un papel contra el piso y la emprendió a patadas, impidiéndome defenderme de la lluvia de golpes. Buscaba evadirlo, pero no lo conseguía. Se movía a una velocidad muy superior a la de cualquier humano.

—¡Dale, papi! ¡Él es malo! ¡Viene contra nosotros! —gritaba Pura, riendo divertida, alumbrada por la luna, parada junto a él—. Quiere hacérmelo a mí y no casarse conmigo.

El Polaco continuó dándome una salvaje paliza hasta que fui cayendo en un vacío. Mientras descendía por puertas y puertas, recordé que, en los amaneceres de mi casa, a esa hora siempre cantaban los gallos. Ahora, no. Silencio. Silencio total.

CAPÍTULO 4

Desperté recordando algo como un sueño. Estoy casi seguro de que alguien parecido a Pura me cantaba una vieja canción desde la ventana de la habitación del hospital.



Terminé de despertar sintiéndome como si el Real Madrid y el Barcelona hubieran jugado la final de la Copa del Rey encima de mí.

Mi comandante, al otro lado de la cama, mantenía una expresión de fría y angustiosa furia. Tenía esa mirada fija que decía: “Otro policía que se perdería en manos de una buscona”. Esos eran los consejos durante las pasantías: nunca enamorarse de una bailarina, ni de una delincuente, ni de una militante feminista woke de cristal.

—Tranquilo, amor. Ya todo está bien —me arrulló Argelia con un tono que me hizo oír pajaritos, acompañado de una pequeña sonrisa nerviosa. Tiene que ganar puntos ante mi jefe, quien mantenía el poema grabado en la cara—. Solo fueron unos golpes.

La miré sin comprender. Era Argelia, junto a mí. Tenía aspecto cansado. Se notaba que llevaba muchas horas cuidándome.

Miré, aterrado, a mi jefe. Ojalá no se me haya salido nada. ¿Golpes? Sí. Pero golpes dados por un muerto. Me dio durísimo.

—Oye, jovencito —me dijo con voz grave, sin cortapisas, y una expresión que podría derretir un MBT chino—. Me tienes que explicar muchas cosas. ¿Es este el caso del acoso o estás metido en algo más? No he visto ningún informe tuyo desde que esta joven hizo la denuncia. Aparte de eso, desvalijaron la camioneta y se robaron tu arma... con tu insignia. Te puedes imaginar cómo están tus puntos conmigo.

Cuando las cosas están así, lo mejor es quedarse callado. Al salir, mi jefe me miró de reojo con un gesto que decía: “De paso estás”, dirigiéndose hacia la silenciosa Argelia.


I

Al darme de alta, Argelia decidió que no volviera al precinto.

He pasado algunos días descansando en su apartamento. Siempre se va a trabajar a finales de la tarde y regresa puntualmente en la madrugada. A veces trae amigas. Es muy buena ama de casa. No parece una bailarina exótica cuando está en shorts y limpiando el piso. Es una joven ama de casa contenta porque su compañero está ahí cuidándola.

Vi los noticiarios con el énfasis puesto en mi salida del hospital. Las cámaras pegadas al trasero, senos y caderas de Argelia. Los comentarios. El sector maldito y sus misteriosos accidentes. Los vecinos no quieren hablar. Bla, bla, bla.

Por supuesto que yo no dije nada. No sería muy creíble en mi informe expresar que, encima de mi camioneta, unos muertos —conocidos míos de hace más de quince años— fornicaban furiosamente. Luego, el celoso novio, al recordar que yo también pretendía a la chica, me dio una paliza de pronóstico reservado.

Contar eso me mandaría de patitas derecho al manicomio Jiménez de la ciudad.


I

Mi traslado quedó en suspenso. Tengo reposo activo. Pero eso no me impidió seguir investigando el caso vía internet desde mi cama, mientras más me envolvía en el dulce y fresco aroma de Argelia. Contemplar a mis anchas ese cuerpo precioso y deseable cada mañana y noche, cuando llegaba, era el mejor remedio que ningún médico me pudiera recetar. Llamé a la Cooperativa de Energía Eléctrica y pregunté por la oscuridad permanente de la esquina. Me dijeron que habían cambiado hasta el poste y más de cuatro operarios se habían accidentado gravemente al hacer mantenimiento ahí. Entendí. Yo solo era un punto más en la estadística.

Argelia no permitía que me fuera. Hoy, antes de dormir, me besó. Fue un tropezón mío que hizo que casi cayera en sus brazos. No fue a propósito, pero dio resultados.

Luego, al día siguiente, traje un mercado en mi primera salida después de la paliza. Ella estaba en la cocina, tarareando "Inolvidable" de Laura Pausini. Fue inevitable. Sin pensar, sin buscarlo, nos dimos un beso suave, largo, húmedo, de dos lenguas expertas que han besado mucho, que nos lo dimos con los ojos cerrados.

Me maravillé del divino sabor de esos labios dulces y carnosos. Terminamos sin decirnos nada. Ella me dijo angustiada, con voz ahogada:

—No quiero dañar las cosas. No nos precipitemos.

Quedé así, tan cerca de ella, la tomé de la barbilla y la volví a besar. Pasamos a mayores. Sentía como piedras sus senos duros, su temblor al tratar de impedir algo que ninguno de los dos podía evitar. No logramos dominarnos.

—No más, no más —dijo sollozando, mientras yo, sin dejar de besarla, la llevaba como pude al cuarto. Lanzó las sandalias y con premura fue quitándose los shorts; yo los míos. Le quité la blusa. Caímos en la cama y ella se puso arrodillada, apoyándose en la almohada.

—Ahora. Ya no aguanto más. Ya caí. Ya caí —exclamó con un mar de lágrimas, poniéndose receptiva, mientras yo sentía cómo mi miembro me dolía por la espantosa erección que me dominaba.

La penetré en su sexo húmedo y divino, con un aroma más que delicioso. No pude hacerlo lentamente. Ella tenía un movimiento rítmico fuerte y apretaba furiosamente su vulva ante cada ataque mío. Estallé dentro de ella y quedamos casi de infarto. Se habían roto los límites con una pasión desgarradora y hambrienta. Maldije el tener que enamorarme, pero eso es lo que está sucediendo, atacándome sin defensas, hasta terminar yo besando esos bellos y suaves hombros, saboreando ese cuello suave y frágil.

—Ya esto está absolutamente echado a perder —dije a esos labios carnosos y preciosos que no me cansaba de besar, viéndola cansada y satisfecha en ese orgasmo largo y convulsivo que proclamaba su triunfo sobre mí.

—Estoy volviéndome borracha de ti. Me gustaste demasiado cuando te vi. Supe que esto pasaría, me tendrías y luego sé que te irás —susurró con los ojos húmedos de lágrimas de amor, de sexo satisfecho y de despedida.

Nos dormimos. No pude aguantarme. Cuando me desperté, bajé besando ese plano vientre y fui justo a comerme lo que tanto deseaba mientras ella abría aquellas monumentales piernas. Cuando terminé, ella, presta y dispuesta, tomó mi pene y, sin más preámbulos, se lo tragó todo. He tenido sexo oral, sí que lo he tenido, y muy bueno. Pero este fue el candado definitivo que me amarró a Argelia.

Llegué al precinto completamente curado, dispuesto a hacer mi informe y resolver el caso de una vez.

—Te la cogiste —fue el admirado comentario de uno de mis compañeros de interrogatorios mientras tomábamos café. Mi silencio se lo confirmó a todos.

II

¡Argelia después me confesó que no pudo luchar más contra el deseo de acostarse conmigo cuando me vio llegar cojeando, cargando un mercado completo, una señal, según ella, de aquellos que se aferran, que no quieren irse. Por eso me premió con esos tres encuentros deliciosos: sin restricciones, pasionales, sin preocupaciones aparentes, libres, casi depravados y, posiblemente, teñidos de un incipiente amor.

Con semejante armadura me dispuse a contactar a los buenos muchachos de la esquina sudoeste. A los pocos que encontré, me di cuenta de que el destino no les había sonreído. Uno se ahogó en una playa prohibida, con el alcohol carcomiéndole el juicio mientras las olas lo arrastraban. Otro se había graduado de geólogo, solo para languidecer cuarenta y nueve meses como rehén de la guerrilla, su juventud pudriéndose en la selva. Uno más limpiaba pisos relucientes en el brillo artificial de Dubái, y no muy lejos de aquí, un antiguo compañero se había metamorfoseado en un pastor evangélico, liderando una iglesia próspera bajo el peculiar nombre de la Orden de Jesucristo el Astronauta.

Me levanté muy temprano, una inquietud pegajosa como una pesadilla persistente. Inevitablemente, mis ojos buscaron la ventana. Vi una Uaz Patriot 4x4Bi, una bestia híbrida eléctrica-biodiesel, estacionada en la calle. De ella descendió un sacerdote budista, su túnica naranja un destello en la penumbra matutina, para desaparecer rápidamente en el interior del negocio vietnamita.

Esa misma mañana, una punzada de curiosidad malsana me picó como un insecto bajo la piel. Decidí ir a visitarlo. Para añadir un toque de teatralidad, me coloqué mi collarín y la férula en mi pierna izquierda, sintiéndome como un actor de segunda en una obra barata.

Fui a eso de media mañana. Conversamos largamente, el aire denso con el aroma agridulce de especias y un silencio cargado. Me explicó que los vigilantes nocturnos no duraban. Había… algo, unos espíritus obscenos, dijo, que fornicaban dentro del local, susurros lascivos resonando en la oscuridad. Le creí. Más que nadie, yo tenía razones para creer en lo inexplicable, pero jugué al incrédulo, mi escepticismo una máscara endeble.

—¿Son ellos únicamente?

—Ellos dos —afirmó, su voz un hilo tembloroso, pero no quiso profundizar más en el asunto, sus ojos huidizos buscando consuelo en la figura de un Buda protector en una esquina del recinto. Pero, como si una fuerza invisible lo obligara, añadió—: Después de que vino el sacerdote chamán, siguen sucediendo cosas.

—¿Cómo qué?

—Cosas feas —expresó nerviosamente, bajando la voz hasta convertirla en un secreto escalofriante—. Quiero vender el negocio, pero nadie me lo compra.

—Voy a quedarme dentro de su negocio una noche. No son fantasmas, son un par de vagabundos que deben estar montando algún tipo de estafa barata. Me deben una —le dije, señalando mi collarín, la férula y, como un último golpe, mi placa de policía.

El vietnamita me miró como se mira a los lunáticos, una mezcla de temor y resignación en sus ojos oscuros. Asentí por él, aceptando tácitamente su juicio.


las Por Capitulos




Novelas Por Capitulos

—Dime que te irás conmigo a Miami. Dime que te irás conmigo a Miami —gemía Argelia, mientras se agarraba los senos, montada sobre mí, cabalgando con un hambre lasciva y desbocada. ambos dejando como un cuento infantil a blaked porn..

Cuando terminamos, sucedió lo que ocurre al beberse la segunda botella completa de whisky: llegan las confesiones. Argelia era licenciada en enfermería; había llegado con las misiones de ayuda social. También fue bailarina de ballet clásico. Ganaba seiscientos dólares, pero el gobierno le arrebataba quinientos cincuenta entre impuestos, alquileres y seguros. Ahora, bailando, era libre. Perdió su trabajo cuando las misiones colapsaron, y en el presente ganaba la bicoca de diez mil dólares mensuales, además de los cincuenta y seis mil ochocientos setenta y nueve orates que seguían babeando cada noche en el Tucán. Yo era el único que no había corrido tras Flor Silvestre. Tenía una relación con Argelia Luna.

Por eso le conté mi plan. Ella tuvo un ataque de pánico. Le expliqué que mi trabajo era peligroso, todo él. Esos bichos debían ser detenidos; usaban el negocio del vietnamita como refugio, y si los dejábamos, se harían cada vez más poderosos, poniendo en peligro la vida de las personas decentes del sector. Tenía que averiguar por qué hacían lo que hacían. Estaba convencido de que estaban vivitos y coleando.

—Tan vivos como tu cucharita y mi palito —le dije, con una certeza que me quemaba.

—¿Cómo lo harás? —preguntó, nada confiada, con el rostro desencajado y tragando saliva, mientras yo me ahogaba en su inmenso seno izquierdo, duro como el Himalaya.

—No te lo diré —respondí—. Una de estas noches lo haré.

—¿Y después? ¿Nos iremos a vender lechón asado a Miami?

—Difícil. Eso sobra allá. Pero, seguro, nos iremos a vivir a Miami.


Me preparé concienzudamente: mi nueva arma, ocho cargadores, mi celular, un micrófono de apoyo abierto todo el tiempo. Le di un juego de llaves a Argelia, pues terminé contándoselo todo. Convencí al vietnamita, y me permitió estar dentro de su negocio.

Solo cerré las puertas sin candados ni alarmas. La trampa estaba tendida. Solo faltaba que la presa entrara y cayera. Estaba convencido de que esos imbéciles querían espantar a la gente para convertir el lugar en su guarida, vender drogas, traficar autos robados, qué sé yo.

Mientras esperaba en la oscuridad, cavilaba sobre la información recibida. En todo sector hay un submundo nocturno: falsos mendigos, traficantes de drogas, prostitutas, taxistas que no lo son, ventas de comida podrida para borrachos, tratantes de blancas, prostitución infantil, chavistas, asesinos, exconvictos, contrabando, armas y rumores. Muchos rumores. Una galaxia de rumores. Escuché susurros y secretos: gente golpeada en callejones sin saber por quién; niños que no querían ir al colegio porque algo, en pleno mediodía y en medio de la multitud, los había aterrorizado; una mujer que aseguraba haber sido violada en el estacionamiento de la esquina a las cuatro de la tarde por un gordo pelón vestido con una sotana manchada de sangre, con una inexpresiva cara de nazi. También oí de un atracador que, tras recibir una paliza como la mía, se convirtió en sacristán de la iglesia de Jesús el Extraterrestre y no salía de noche ni por todo el oro del mundo.

Llevé horas agazapado en la oscuridad. Poco a poco, empezaba a sospechar que el vietnamita me había tomado el pelo. Miré la hora en uno de los relojes de exposición en los anaqueles: 2:05 de la madrugada.

De repente, el local se iluminó con un resplandor amarillo intenso. Todo cambió. Ya no estaba en el negocio; estaba en un mercado. Vi al Polaco detrás de una vieja caja registradora manual, casi a mi lado. Vi llegar a Pura. El hombre extraía antiguos billetes de cien bolívares y los dejaba caer a montones sobre su cabeza. Ella se reía con malicia, luego bajó su bella cara hacia las piernas de él. El Polaco comenzó a gemir estentóreamente, agarrando el largo y liso pelo de la adolescente, mientras subía y bajaba su cabeza con violencia.



“Te amo. Eres mi mujer…” —berreaba el hombre, convulsionando de placer.

“No… no… l, no…” —gritaba la muchacha entre chupada y chupada, como si aún quedara un rastro de resistencia en su voz rota.

Quedé paralizado.  asqueado. Como si el aire mismo se hubiese contaminado de pecado. La oscuridad volvió de golpe. Solo el latido denso de mi corazón reverberaba en mis sienes. Tenía que salir de allí. Tenía ganas de vomitar. Por eso sus almas no descansaban. Por eso aquella atmósfera densa como aceite. Se había cometido un pecado de proporciones bíblicas. Un pederasta y una niña —¿sin inocencia o devorada por el entorno?— vagaban en un limbo envenenado, haciendo daño. Esa fue, al menos, mi primera hipótesis.

Entonces la vi. En medio del pasillo: delgada, bella, imposible.

—Tú, idiota —dijo—. Te masturbabas en tu baño viendo una foto mía. No pudiste aguantar más y volviste. Sé lo que quieres. Quieres que haga lo que el polaco me hacía. Esa extranjera no te va a satisfacer como yo. Yo era una sweet babe, ¿Y qué? ¿Te duele saber que ella se ha acostado con un ejército entero y que contigo solo finge, porque no siente nada?

Pura me descubrió parada en el umbral, iluminada por la penumbra, mirándome con sus ojos imposiblemente verdes, brillantes como los de una criatura de otro plano.

Sentí la bofetada. Cuando la alumbré con la linterna, era horrorosa, pútrida. Me golpeó de nuevo, con una fuerza antinatural. Luego me escupió, una baba espesa, nauseabunda. Disparé dos veces, sin pensar. La alarma se activó. Veintiocho segundos después, el circo completo estaba armado.

Dos radiopatrullas. Argelia corriendo histérica, aún maquillada, con un mono negro decorado con estrellas amarillas, recién llegada del bar.



Gritaba mi nombre con desesperación, al ver las luces intermitentes a lo lejos. Apenas llegó, me preguntó si estaba bien, casi en llanto. Un grupo de borrachos trasnochados, salidos de quién sabe qué agujero, saludaban hipnotizados, extasiados ante el monumental trasero de mi amante, tan bello y perfecto como el de Kim Kardashian.

Mis agentes revisaron todo. Repartieron culatazos a diestra y siniestra, porque unos imbéciles habían intentado robar los equipos de sonido. Yo, mientras tanto, tuve que volver al apartamento y ducharme. Olía a cloaca. Me senté en silencio, la frente sostenida con ambas manos. Argelia lloraba sin parar.

No entendía lo sucedido. En mi memoria, como una película mal editada, la escena se repetía una y otra vez. No podía aceptar que El exorcista o La profecía fueran verdad. No podía decir nada en el precinto. Tenía que mantener mi versión: un par de malandros incitando al crimen, quién sabe por qué carajo. Pero yo sabía que, mientras tanto, dos espíritus, delincuentes y promiscuos, andaban por ahí cometiendo barbaridades.

Esa noche quise dormir con Argelia. Por supuesto que sí. Estoy muerto de miedo.


PARTE B

Cuando abrí los ojos, todavía era de madrugada. Dormí apenas unos minutos. Pura estaba allí. Parada al pie de la cama. Me observaba en silencio desde la oscuridad. Era ella. Pero ya no era ella. Era blanca y gris, como una estatua de sal maldita.

Cerré los ojos. Quise creer que todo era una pesadilla, como esas que uno tiene después de ver El exorcista remasterizada. Pero cuando los abrí, seguía allí. Estática. Su presencia era familiar. Casi como aquellas tardes después de las cuatro, cuando yo la visitaba y ella, entre pícara e ingenua, se reía de mí.

Solo que ahora no estaba viva.

Solo que ahora estaba podrida, con la sangre coagulada, mezclada con tierra, manchándole los jirones sucios de ropa.



Me correspondía levantarme, aunque sentía que el corazón me iba a estallar dentro del pecho como un animal atrapado. Tenía la certeza —no sé si inducida por la fiebre o el insomnio— de que mi mente me jugaba sucias tretas, pequeños teatros de locura. Aun así, me incorporé, ignorando sus susurros, intentando apaciguar la tormenta que arrasaba mis ojos, mi miedo, mis pensamientos y cada uno de mis pasos, que temblaban como hojas secas en un mausoleo.

—¿Sabías una cosa? —me susurró al oído mientras se deslizaba, etérea, dentro de la ducha. Su voz, como una caricia de vidrio. Me miró con gula, posando sus ojos en mi desnudez trémula. Yo no podía más que temblar, no del frío del agua, sino del espanto.

Mientras me vestía, comenzó a atormentarme con una meticulosidad casi ritual: opinaba sobre mis camisas, cuáles le gustaban y cuáles, con una franqueza cruel, despreciaba. Yo, por supuesto, no le respondí. No la complací ni por un instante. ¿Cómo habría podido?

—Me daba vergüenza decirte que hice algunas películas para adultos… y un OnlyFans, con bastante éxito. Sabía que tarde o temprano lo descubrirías. Estabas enamorado de mí… y yo, de ti —me confesó, como si nada, dentro del ascensor, frente a mí, con ese rostro suyo que parecía no conocer la culpa.

Me repetía sus comentarios mientras me abotonaba la camisa, como si cada palabra fuera un clavo más en la tapa de un ataúd que alguien —yo mismo, quizá— insistía en abrir.

—A mí me tenías aún más loca. Las lágrimas se me secaron cuando no volviste —proclamó de nuevo, ahora flotando levemente sobre la acera, en la parada del autobús.

—No podía creer que estuvieses detrás de mí, y se lo presumía a todas —añadió, asomada desde la ventanilla, acompañándome en silencio mientras el vehículo recorría los quince kilómetros hasta mi precinto, como una aparición melancólica que no sabe morir.

—¿Sabes? Una chica no puede decir que sí a la primera… y yo lo hice contigo —susurró al oído, su rostro junto al mío, reflejado en la pantalla azulada del monitor de mi escritorio.

—Me volví esquizofrénica, de celos, de angustia. Cuando te fuiste aquella noche y no volviste… El polaco descubrió mis videos: pornografía ilegal, interracial, explícita. Insistía. Me arrojaba dinero, que tanta falta me hacía. Pero le dije que te amaba. Y el estúpido… me mató. Solo tú puedes liberarme. No estoy viva. No estoy muerta —explicó, con una serenidad que helaba la sangre, mientras se transfiguraba en la chica preciosa que siempre fue. Cruzó sus piernas, delgadas, perfectas, sobre mi escritorio, y me sostuvo la mirada con una fijeza sobrenatural.

Me incorporé con violencia y corrí al baño. Me lavé el rostro con agua fría, como si pudiera limpiar la alucinación. Me miré en el espejo.

Y ahí estaba.

Dentro del espejo.

Me devolvía la mirada con ojos encendidos. Y dijo:

—Ahora puedo decírtelo sin miedo: sigo enamorada de ti. Siempre lo estuve. Y lucharé por ti. Me cueste lo que me cueste. Eres mío. De nadie más.

Su rostro se acercó al mío desde el otro lado del cristal, como si la superficie plateada fuera un velo delgado, quebradizo.

Huí del baño como un loco. Tropecé con todo. Al llegar a la oficina, fingí normalidad. Me senté, temblando. Un policía no debe tener miedo, pero yo…

Yo necesitaba ayuda psiquiátrica urgente.

Ayuda espiritual. Exorcismo, quizás.

Necesitaba a Argelia. Ahora.

Necesitaba salir de allí.

Estaba temblando con una fiebre que no era del cuerpo, sino del alma. Pura. Así se llamaba. La chica que amé. El recuerdo que jamás me abandonó… y que ahora ha regresado.

Está ahí.

Está ahí.


II


Por su parte, Argelia se consumía en la rabia por haberse enamorado de Stalin de una manera tan impetuosa, tan carente de reservas. Parecía una colegiala, entregándose por completo al primer encuentro. Pero Stalin no le había ofrecido la paz ni la seguridad que anhelaba. Esto cavilaba mientras se deslizaba en la somnolencia, habitando un mundo de tonalidades pastel, un limbo entre la vigilia y el sueño.

Era una ensoñación de una nitidez inquietante. Saltaba a la cuerda con Stalin, compartían barquillas de chocolate, sus risas resonando en una grama verde, inmaculada y recién cortada. Otra niña se acercó lentamente en el sueño, hasta que la frontera entre la fantasía onírica y la realidad de la habitación se desdibujó por completo. La dulce faz de la niña se transmutó en otra, marcada por la bilis y la fealdad, una mano cubierta de barro aferrando el rostro de Argelia, obligándola a abrir los ojos para comprender que estaba irremediablemente despierta.

Pura se abalanzó sobre ella en la cama, sujetándola con la fuerza opresiva de sus piernas, aprisionando con saña las amplias caderas de la bailarina. La mirada de Pura era un témpano de hielo, fría y furiosa, y su voz, un escalpelo helado, articuló:

—Primero fue sábado que domingo —dijo, apuntándola con un dedo índice blanco grisáceo, peligrosamente cerca de sus ojos, la uña larga y afilada como un bisturí—. Maldita. Tenías que venir a entrometerte entre nosotros. Pero déjame decirte que soy más bonita que tú, mis pies son más bellos que los tuyos, soy más joven, estoy muchísimo más buena y, por último, no me he entregado a toda una aerolínea de hombres como tú. Por lo tanto, eres más puta que yo —concluyó, con un gesto de obvia y cruel satisfacción.

Antes de que pudiera asimilar la última afrenta, Argelia emitió un largo y cálido flujo de orina, desvaneciéndose in situ. No alcanzó a escuchar el final del discurso, donde Pura le indicaba que se la comería viva, lentamente, si no cesaba en su intromisión entre ella y Stalin.

III

Propiamente, soy un policía administrativo, un burócrata más que un sabueso en el terreno. Siempre fui un espectador en los interrogatorios, a veces un mero ejecutor de alguna búsqueda equivocada. Por eso debía soportar las miradas cargadas de una comprensión forzada ante un caso de acoso donde la víctima se acostaba conmigo, la acosadora estaba enamorada de mí desde la adolescencia y llevaba incontables años muerta. Un laberinto de paradojas del que no podía articular ni una sola palabra a nadie; principalmente porque ni yo mismo lograba asimilarlo. Por eso el caso permanecía irresuelto; por la sencilla y escalofriante razón de que yo era la clave, la solución retorcida, pues la acosadora pretendía, para dejar todo en paz, que yo me fuera a vivir con ella, ya fuera a la quinta paila, o quizás a la décima, de un infierno que solo ella parecía conocer.

IV

Pero me gané un Oscar administrando el precinto. Instalé aire acondicionado integral, reparé seis patrullas Fotón Pick-up Turbodiésel que languidecían accidentadas en el olvido, audité uniformes, armas y municiones hasta la última bala. Implementé un nuevo sistema de computadoras en línea que resplandecía como una joya tecnológica en medio del polvo burocrático. Por eso, si decido investigar durante tres siglos mi único caso, nadie —nadie— se atreverá a decirme absolutamente nada.

Pedí un traslado. Mi comandante ni siquiera desdobló mi solicitud escrita. En cambio, con esa precisión japonesa que tanto aborrezco, convirtió mi petición en una perfecta pelota de papel y la lanzó al cesto de basura con la indiferencia de quien se quita una mota de polvo del hombro.

—Fuera de aquí y vete a trabajar —fue su inmediata solución a mi ruego.

Vendí mi viejo Maserati por internet; ahora conduzco un reluciente Mitsubishi Grand Lancer Diesel Eléctrico, que yo mismo me asigné de la dotación de la Policía Federal de Investigaciones. Es un vehículo que parece nacido para devorar autopistas. Pero mientras conduzco, no dejo de pensar en Argelia. Ganaba diez mil dólares trabajando en un bar de mala muerte. ¿Cómo era posible? Su apartamento era modesto y alquilado. O Argelia mentía, o era dueña del Tucán, o algún chulo poderoso la extorsionaba. Debía averiguarlo. También debía descubrir por qué Pura se volvía cada vez más fuerte, más visible, más sólida. ¿Argelia? ¡Por Dios!

Aceleré y llegué al apartamento en un santiamén. Al entrar, vi los destrozos: perfumes, cremas, talcos derramados y hechos añicos sobre el piso. Las paredes hablaban con furia: letreros garabateados con lápiz labial gritaban: “¡Puta! ¡Perra! ¡Déjanos en paz!” El típico estallido de una adolescente fuera de control.

Argelia yacía en la cama. Desde la puerta vi sus muñecas sangrando a borbotones, como si quisieran vaciarse de vida.

#@#@#@#@#@

Pasé toda la noche en la sala de emergencias del hospital, contemplando una factura que se llevaría todo mi sueldo de un año. Los médicos murmuraban algo sobre un intento de suicidio. Pero yo sabía lo que había ocurrido. La operación duró cuatro horas: implantes en las muñecas. Así terminaba Argelia su temporada de baile en el Tucán. Caminé silenciosamente detrás de la camilla cuando salió del quirófano hacia la sala de recuperación. Afortunadamente, Argelia tenía un seguro europeo de hospitalización, lo que me permitió respirar aliviado.

En el informe, los médicos fueron benevolentes. Quizá influyó el cañón de mi Glock 7.65 presionado contra la sien de uno de ellos. El diagnóstico de "intento de suicidio" fue cambiado rápidamente a "intento de homicidio por parte de un desconocido". Deseché la vigilancia policial. Yo mismo asumí la tarea. Solo yo puedo cuidar a Argelia. Solo yo puedo solucionar esto.

Parado en silencio, la contemplé bajo los efectos de los sedantes. Pálida, demacrada, casi tanto como Pura, pero bella. No hay forma de que Argelia pueda parecer fea. Salí al iluminado y solitario pasillo. Sabía perfectamente con quién tenía que hablar.

Salí a buscarla. No debía estar lejos. Allá, al final del pasillo, la encontré. De espaldas, mirando hacia el rincón. Afortunadamente, había una ventana. No quería que la cámara de vigilancia registrara cómo discutía solo.

Pura parecía contrita, su cara oculta tras su largo y lacio cabello negro.

—Esta vez te has pasado —le dije, tratando de controlar el temblor en mi voz, fingiendo rezar frente al cristal de la ventana.

—Estoy celosa —respondió sin mirarme, desde su rincón—. Muerta de celos. Dos veces. No soporto la idea de que estés con ella. Ella debe dejar de interponerse entre nosotros.

—Eres insaciable —repliqué con desprecio, comprendiendo a medias que estaba hablando con el vacío absoluto—. Tienes a tu polaco. Sigue acostándote con él.NY sin embargo, me hago a la idea de que a estos fantasmas... de algún modo, tengo que ponerles las esposas. Presentarlos ante un juez. Que rindan cuentas, como cualquier criminal, por hermosos que sean. Aunque la chica luzca como un sueño de juventud encarnado en carne resucitada. Aunque yo la haya amado con locura en otra vida, o en esta.

 Entonces, viendo la escena, me oriné en los pantalones. El miedo no es novedad para un policía. Pero este... este miedo era otra cosa. Yo puedo enfrentarme a delincuentes. Son peligrosos, sí, pero tres tiros bien colocados en la frente los vuelven razonables. Este par de súcubos, no.

Así que me inventé algo. Un expediente, una excusa, una causa judicial: los robos de cadáveres. Exhumé los restos de Pura y el Polaco, junto a los de los milicianos.

Los cadáveres de los milicianos estaban ahí.

El de Pura y el del Polaco, no.

Pasé horas en mi escritorio, sumido en un marasmo mental. Pensando. Pensando. ¿Súcubos? ¿Alucinaciones? ¿Realidad virtual? ¿Sugestión? ¿Hipnosis? ¿Computación 3D? ¿Deepfakes? ¿Qué clase de delirio racional se esconde detrás de esto?

Y, sin embargo... recordando esa escena… la verdad es que no lo sé. No entiendo. Creí tener el caso resuelto. No creo en brujas, ni en aparecidos, ni en el espiritismo de feria. Solo creía en mí. En mi Glock 7.65.

Y en las bestiales, interminables sesiones de sexo hambriento con Argelia.


III


**No se puede estructurar una relación entre cementerios y hospitales.** Prefiero la conexión entre fiestas, juegos de dominó, cerveza y bailes. Es algo más natural, más humano, aunque igualmente efímero.


Argelia lo entendió. Se recuperó bastante bien, aunque yo sabía —en el fondo de mi ser— que todo era para complacerme, para mantener vivo mi interés en ella. 


Ella reapareció en el Tucán con un lleno total, como si nunca hubiera estado ausente. Ofreció su "canto de los cisnes" en versión latinopornolesbiana, con un fondo musical de cumbia tecno y merengue sintético. El público la ovacionó, bailaron desenfrenadamente y gastaron a raudales en drogas y licores que desde la barra les vendíamos sin remordimiento. Yo estaba feliz, bebiendo cerveza tras cerveza, orgulloso de verla brillar en el escenario. Pues Argelia era, sin duda, la criatura más hermosa del local. Claro que, entre el público, el Polaco bailaba animadamente con una negrita voluptuosa, y Pura coqueteaba descaradamente con unos tipos de aspecto sombrío, posibles narcotraficantes, que no dejaban de mirarla mientras bailaban. Eso me inquietó profundamente. ¿Y si se la llevaban? ¿Y si la violaban en algún rincón oscuro del bar? Aquí, los malandros y los chavistas no creían ni en los vivos ni en los muertos.


Flor Silvestre cantó esa noche, evocando memorias que me catapultaron de nuevo a mi juventud. Sentí renacer mis deseos, mi amor por ella, y me sentí vibrante de vida de la cintura para abajo. Definitivamente, ella tenía la llave de mi corazón. En mi mente permanecía grabada la imagen de sus piernas, como una reliquia profana en lo más profundo de mi cerebro.


Entonces, no. No me voy a rendir. Que opinen lo que quieran. No sé cómo vamos a funcionar, pero lo intentaré de nuevo. Ni quinientas Puras podrán impedir mi relación con Argelia. Tengo grabada permanentemente la suavidad de su piel para inspirarme, para luchar.


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 **IV


Salimos por la puerta trasera del Tucán, hacia el callejón entre galpones y solares vacíos de casas semiderruidas. La acompañé hasta la Baw, que relucía bajo la luz mortecina de un farol en ese oscuro y pestilente callejón. Miré con aprensión a todos lados. Ni el Polaco, ni Pura, ni ladrones ni asesinos acechaban en las sombras. Eso, pensé, era una buena señal.


La casa de Pura ya no existía, al igual que la mía. Ahora era un local de venta de repuestos para motores Dongfeng Cummins. Estábamos en medio del camino, pero eso no nos iba a detener.


Ambos estábamos felices, excitados, a pesar del cansancio que arrastrábamos. Queríamos hacer el amor de nuevo, aunque nuestras energías parecían flaquear. Mientras nos acercábamos a la luz de los reflectores del negocio, vimos a una pareja de adolescentes conversando junto a una puerta imaginaria. Los reconocimos de inmediato. No pudimos evitar detenernos, descendimos de la camioneta y alumbramos la escena con los faros, transformándola en algo casi onírico.


—¡Por Dios! ¡Qué bello eras! —exclamó Argelia, incapaz de contenerse ante la romántica escena que se desplegaba frente a nosotros. Era evidente que quería hacerme quedar mal.


Allí estaba yo, con mi blue jeans desteñido y mi franela militar, tomándole las manos a Pura en aquella noche fatídica que cambió nuestros destinos. Ella sonrió tímidamente, pero negó con una triste mirada mientras una lágrima descendía por su rostro virginal, también grabado en mi alma.


—¡Insiste! —gritó Argelia desesperada, dirigiéndose a mi alter ego—. Insiste. No te rindas. Dile que la amas.


Vi cómo mi otro yo se alejaba, triste y derrotado, perdiéndose en la oscuridad. Vi a Pura estallar en llanto. Era una escena que nunca presencié, porque en realidad no creo que haya sucedido.


Llegamos a la casa envueltos en un silencio denso, como el de los velorios en noches de lluvia.


—Ella te ama mucho —dijo Argelia con voz queda, los ojos húmedos de lágrimas—. Necesitas ayudarla. Necesitas liberarla.


---¡

«Más te amo a ti. Ahora sí sé que te amo a ti… Estoy enamorado de ti» —le dije a Argelia, estrechándola con una fuerza desesperada. Sé que debo liberarla, desatar este nudo que nos une. Pero no sé cómo. También sé que no fui sincero, que esta vez, de verdad, no lo fui. Si aquella noche hubiera retrocedido sobre mis pasos… Pura estaría viva. Yo jamás… pero jamás habría conocido a Argelia… es más… ni siquiera habría sido policía.

V

Busqué en la computadora al polaco, inserté su nombre: Sotyas Lisowski. Resultó ser un sacerdote expulsado por la Iglesia, la sotana mancillada por actividades pederastas. Drogaba a las niñas en el confesionario, profanando la santidad del lugar. Pura fue una más en su lista de inocencias ultrajadas. El hombre había escupido a Dios, dándole la espalda a lo sagrado. Me dispuse a ir a la archidiócesis, un último refugio en la oscuridad, debía buscar ayuda en la institución que había fallado. También averigüé que la madre de Pura era una devota practicante de la hechicería, acumulando denuncias como sombras. Su hija, sin duda, había absorbido el karma turbio de la madre.

El periódico, con una crueldad sensacionalista, colocó en primera plana la fotografía del pastor empalado en el techo de su iglesia, su cuerpo grotesco convertido en un macabro adorno. Un letrero inmenso, escrito con su propia sangre coagulada en la pared, gritaba: "POR ENTROMETIDO, MENTIROSO y METIÉNDOSE EN LA VIDA DE LOS DEMÁS". Esto tenía que tener un final, y pronto, antes de que la locura nos engullera a todos.

VI

Fui a buscar a los únicos que podían ofrecerme una ayuda verdadera, una luz en esta creciente oscuridad. En la archidiócesis me observaron y trataron como a lo que ya sé que soy: un loco. El monseñor no creyó ni una sola letra de mi relato, ni por un instante. Me despidió amablemente, recomendándome una legión de especialistas: un psicólogo para desentrañar mis delirios, un analista de conducta para catalogar mi demencia, un terapeuta sexual para mis obsesiones y un psiquiatra para medicar mi cordura perdida.

Al salir nuevamente a la calle, me sentí como al principio, solo con mi caso, un rompecabezas cuyas piezas se negaban a encajar. Dios sabe que luché contra el sentimiento de enamorarme de Argelia, contra esa fuerza insidiosa que me arrastraba hacia ella. Pero sucumbí. Ahora estoy nuevamente activo, aferrándome a la tenue esperanza de una vida normal. Para lograrlo, debo escapar de este caso, el más tortuoso que ningún policía desearía enfrentar.

Por eso, cuando desnudos, saciamos nuestra hambrienta y depravada necesidad sexual, ella se sintió obligada a confesármelo todo, como si la verdad fuera un exorcismo.

«Cuando llegué aquí, trabajé muy duro en el hospital Federal. Solo ganaba quinientos dólares al mes, comía en el comedor del hospital, dormía en el hospital, solo usaba los uniformes, pues el gobierno me descontaba cuatrocientos setenta dólares para enviarlos a Holguín. No quería vivir de esa forma, una existencia tan magra. Muchas enfermeras burlaban la vigilancia satelital, electrónica, policial, y escapaban a la esclavitud de Francia y Alemania. Lo raro es que sabían que serían esclavas en ese imperio, pero ninguna desertaba de Europa para regresar a su país de origen. Pensando que podía ser esclava del imperialismo capitalista salvaje de Japón, Taiwán, Francia, Inglaterra, decidí invertir en un negocio para poder escapar de esas prisiones criminales.

Pero en fin, tenía la idea de que eso era mejor que vivir en la libertad de Pyongyang. Un día vi los clasificados de los periódicos ilegales de la oposición. Vi el anuncio: "Excelente bar restaurante, magníficas ventas, gran ambiente". Una tarde de domingo fui hasta el sitio, después de viajar muchas horas. Era un portugués, amable y simpático. Hicimos negocio. Le di todos mis ahorros y quedé endeudada con diecisiete mil ochocientos dólares; tenía que pagar el crédito de unos seiscientos cincuenta dólares, más los empleados, más el alquiler, más los gastos fijos. Todo sumaba unos doce mil dólares al mes. Firmé ciega de alegría, ya que me veía esclava en Alemania. En la primera semana solo vendí setenta y cinco dólares, y al final del mes solo tenía en caja cuatrocientos dólares. Me habían engañado como a una tonta. Como era bailarina clásica, me vi obligada a bailar casi desnuda para obtener propinas y ser el objeto del sucio deseo de una cantidad de borrachos babosos, pero que me dejaban una fortuna en propinas. Me había enamorado tres veces en dos años y estaba muerta en vida hasta que llegaste tú a estropearlo todo. Peor aún, me dijiste después de hacerme sexo oral mortal que me dejaron las piernas temblando. Lo poco que me quedaba libre lo tenía que invertir en maquillajes y perfumes».

VII

Hice algunos cambios en El Tucán. Comencé a aceptar tarjetas de crédito y cheques conformes, incluso criptomonedas, esa moneda invisible que parecía sacada de un cuento de alquimistas modernos. Decidí servir almuerzos los domingos, atrayendo a una clientela diferente, familias buscando un respiro dominical. Instalé un televisor de pantalla plana, un ojo electrónico observando el mundo exterior. Los sábados proyectaba el boxeo y el fútbol ibérico e italiano, la pasión de multitudes, acompañados de cerveza Tecate y Budweiser heladas, el bálsamo de los espíritus exaltados.

Soy un policía administrativo, capaz de gestionar cualquier cosa, incluso el caos. El Tucán pasó de generar míseros cuatrocientos dólares al mes a unos razonables seis mil setecientos dólares mensuales. Quedaba bastante de las propinas generosas de Flor Silvestre y de las dos chicas prepago más que contraté para satisfacer los apetitos más… persistentes de los clientes que quedaban particularmente excitados por la presencia de Flor Silvestre. Simple economía de guerra, una lucha por la supervivencia en un mundo despiadado. La amenaza de la esclavitud en Finlandia y Alemania se desvanecía, y vislumbrábamos una existencia con auto, casa, comida abundante, luz eléctrica, todas esas comodidades que la vida parecía negarnos. A pesar de que el gobierno maligno se había ido, la gente sabía, con una certeza sombría, que el tamaño del cerebro del pueblo era infinitamente pequeño, comparado con el de una hormiga, y que aquellos que habían destruido la nación anteriormente podían volver a gobernar en cualquier momento, como sombras que regresan de un pasado putrefacto.



VIII

Fueron veinte días de una calma engañosa, una tregua en la tormenta. Pura no aparecía por ninguna parte, como si la tierra la hubiera tragado. Comenzamos a cimentar algo parecido a una rutina, a planificar un futuro incierto, a disfrutar de películas en Netflix hasta bien entrada la mañana y a bailar solos, desnudos, después de perder el tiempo en ociosidades en la sala de la casa, buscando un consuelo efímero en la intimidad.


---


**Dormíamos abrazados, felices, como si el mundo pudiera detenerse en ese instante.** Pero el celular repicó violentamente, arrastrándome de vuelta a la realidad.


—¡Me debes explicaciones! —dijo la voz indignada y agitada de Pura desde el otro lado—. Se supone que el respeto a la pareja es lo máximo, lo esencial en una relación.


No contesté. Colgué. El celular de Argelia comenzó a sonar; lo apagué. El mío también volvió a repicar, pero hice lo mismo. Apagué todo. Sin embargo, mi computadora se encendió sola, mostrando un mensaje. El televisor también cobró vida, como si una fuerza invisible lo controlara.


En la pantalla apareció Pura, cantando con una voz que parecía surgir de las profundidades del tiempo:


> **Llegaste tú,**  

> Hundida yo estaba, ahogada en soledad.  

> Mi corazón lloraba de un vacío total.  

> Todo lo intenté, por donde quiera te busqué.  

> Eras tú mi necesidad.  

> Triste y desolada, ya no pude soportar.  

> Más desesperada era imposible de estar.  

> Todo lo intenté, por donde quiera te busqué.  

> Eras tú mi necesidad.  

> Alcé mi rostro y...


No pude evitar mirar a Argelia. Se había despertado y estaba sentada en la cama, mirando fijamente el televisor. Su rostro reflejaba terror, pero no por la letra de la canción. Era por lo bien que Pura cantaba. Cada día sacaba un arma diferente, una nueva forma de atacar. Me vi obligado a colocarme frente a la pantalla, bloqueando su imagen.


—¡Mi vida! ¡Mi amor! —exclamó Pura extendiendo sus brazos hacia mí, como si estuviera en un escenario—. ¿Por qué me huyes? ¿Por qué no terminas de aceptar mi amor?


—Mañana, a las dos y media, vamos a hablar —le dije, sintiendo mi corazón a punto de colapsar. Esta nueva Pura, vestida en tanga, estaba de lo más seductora. ¿Cómo pude haberla ignorado?


—¿Es una cita? ¿Me vas a visitar? —preguntó con entusiasmo—. ¿Vamos a hablar como amigos? ¿Como novios?


—Vamos a hablar —respondí retrocediendo del televisor.


Pura salió de la pantalla, caminando normalmente por la habitación. Se acercó a mí, metió la mano en mi pecho. Era una mano cálida, viva, y me susurró al oído sin mirarme:  

—Esto es mío.


Luego caminó hacia la ventana, giró completamente su cabeza y dijo:  

—Chao, mi precioso. Estaré bella para ti. —Y antes de saltar por la ventana, lanzó un beso hacia mí. Flotando desde afuera, se dirigió a Argelia:  

—Escúchame, puta. Búscate otro, que este tiene dueña desde hace años… y soy yo.


---

IX


Decidí que Argelia se quedara en el apartamento de las chicas prepago. Sabía que algo tramaba Pura.  


Al día siguiente, a las dos y media de la mañana, llegué a la esquina. La misma escena: el Polaco en medio de la calle, chorreando sangre. Pura tirada boca abajo junto al poste. El rugido inhumano resonó en el aire.  


—Vengo por las buenas. Vengo a hablar. Dile a este payaso que se vaya —dije, tratando de dominar el temblor de mi cuerpo. Tenía asco. Tenía miedo. Pero no quería irme de ahí.  


—Ya sé —dijo el Polaco, levantándose de entre la pegajosa sangre mientras se introducía lentamente en la pared con gesto de fastidio.  


Pura se levantó, inmóvil hasta ese momento con los ojos fijos en el infinito. Me miró desde su grisácea palidez y, con entusiasmo, extendió sus brazos hacia mí:  

—¡Bésame, quiéreme, abrázame, muérdeme, golpéame! —exclamó, ofreciendo su boca para recibir un beso.  


—De verdad que no te imaginaba así —se me escapó, molesto por esta muerta tan empalagosa, alejándome instintivamente de su cuerpo pegajoso.  


—Una aprende con el tiempo —respondió, cruzando los brazos ofendida en su orgullo al darse cuenta de que no iba a besarla ni abrazarla—. He aprendido mucho viendo lo que le haces a esa perra. Haces cosas que no me imaginé ni en mis películas... ¿Sabes algo? No todo en el cine porno es real. Hay muchos trucos y escenas simuladas.  


—¿Me espías?  


—En cada momento. Te cuido en todo lo que haces. Estoy lista para que lo hagamos.  


—Quiero resolver esto. Voy a darle la solución final a este acoso —le dije, con gesto de cerrar definitivamente el asunto.  


—¿Quieres resolverlo? Yo quiero lo mío. No te pido que la dejes. Soy civilizada y creo que podemos funcionar. Hasta un trío haremos algún día. No voy a matarla. De hecho, estoy dispuesta a deshacerme del Polaco. Pero ahora te digo que sí: quiero ser tu novia.  


Se acercó peligrosamente a mí, sacando una lengua bífida de casi un metro.  


—Es muy tarde para eso —respondí, paralizado de terror.  


—Nunca es tarde. No estoy viva, pero tampoco estoy muerta. Pero te deseo, te amo, te adoro. Mi cuerpo tiene ansias de sentir. Tú puedes hacerme sentir.  


—¿Qué pinta el Polaco en todo esto? —pregunté, retrocediendo, sintiendo mis rodillas hechas de papel.  


—Es complicado. Aunque no lo creas, y a pesar de ser de día, fue una especie de abertura cósmica espiritual. Si hubiera sido positivo, habría sido el instante perfecto para jugar a la lotería y ganarse el primer premio del Lotto de California. En fin. Ese día se me salió decirle que estaba enamorada de ti. Cuando vinieras, te daría mi "pepita" de regalo. Resultó que no se puede jugar con todos los hombres. Este idiota creía que, como me daba regalos y dinero, ya era de él. Estoy confinada a esta esquina y sus alrededores. Debí traerte y matarte en una de esas brechas: sobrenatural, luna llena, manchas solares... Total. Pero no tuve valor para hacerlo. Me lo debes. Es karma. Destino. Respuesta espiritual.  


—¿Y la porno sobrenatural? —pregunté, fascinado a mi pesar por su belleza sobrehumana. 




No tienes idea de las cosas que tengo preparadas para ti —susurró, acercándose, sin caminar, deslizándose como un espectro—. Sabes que solo tú puedes liberarme.

Se detuvo frente a mí, cara a cara. Su rostro era normal, terso, juvenil, vivo. Demasiado bello.



continuara

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Novelas Por Capitulos


Un encuentro en la penumbra
«Son tus deseos los que proyectas, no los míos, y nunca se cumplieron», susurró Pura, con una voz que parecía tejida de sombras y mentiras. «Nunca he pertenecido a nadie estando enamorada, la inmensa cantidad de aberrados que me poseyeron fue únicamente por dinero.. Ese es mi castigo. Estoy atada a él polaco por una cadena invisible, una que solo tú puedes romper al poseerme».


 Sus palabras eran un veneno dulce, una farsa descarada. Yo sabía de sus secretos, de esas películas obscenas que había visto, reflejos de una vida que no confesaba.
«Vaya deseo», repliqué, sintiendo su presencia cada vez más cerca, su aliento rozando el borde de mi alma. «Casi me asesinas, y tú casi mataste a Argelia». Mi acusación resonó en la calle desierta, pero ella no se inmutó.
«Fue él quien lo hizo», respondió melosa, sus labios a un suspiro de los míos. Por un instante, su rostro se transformó: de espectro vengativo a una joven bella, peligrosamente normal. Demasiado letal para un hombre como yo, atrapado entre la lujuria y el terror. Sentí su influjo, un hechizo que amenazaba con doblegarme. Debía apelar a las pocas fuerzas que me quedaban.
«Estás más bello», dijo, su voz ahora un canto seductor. Sus manos tomaron las mías, apretándolas con una fuerza que no parecía humana. «Te queda bien ese corte. Se ve que haces pesas. Tienes un cuerpo esbelto, atractivo… depravado. Me gusta eso». Su sonrisa coqueta era una trampa, un anzuelo que brillaba en la penumbra.
«Pura», balbuceé, hechizado, retrocediendo un paso hacia el centro de la calle. «Esto no es real ni sera posible. Te amé con todo mi ser. Morí contigo. Pero cada cosa tiene su tiempo y su lugar». Mi voz temblaba, traicionada por el deseo que aún ardía en mí.
«¿Qué debo entender?», replicó, su tono ahora impregnado de ira. «¿Acaso no tengo derecho a ti? ¿Después de todo lo que he hecho? ¡Me lo debes!». Su ceño se frunció en un mohín infantil, el de una niña malcriada que no tolera la negativa.
«No», contesté, aterrado, viendo que la razón se desvanecía en sus ojos.
«Si no lo haces», amenazó, su voz ahora un siseo viperino, «le daré poder al polaco. Él destrozará a esa bicha puta esa con quién andas, la hará pedazos para que no pueda regresar. Y a ti… a ti te convertiré en un súcubo, condenado a vagar eternamente. Solo pido una fracción de tu vida, no toda. Luego podrás irte con ella, lejos de aquí. Pero yo… yo estoy maldita, atrapada en esta esquina para siempre si no me liberas. Por el amor que dices haberme tenido, libérame. Siénteme. Dame una noche de pasión. Un beso. No pido más».
Retrocedí, espantado. Era ella, la misma Pura que había amado con devoción. Tan bella, tan joven, con sus dieciséis años eternos, la muchacha que me hacía inmensamente feliz cada vez que la veía y desdichado cada vez que la dejaba. Corrí, presa del pánico, con el corazón desgarrado. Corrí porque estuve a punto de ceder, de decir que sí. Era un recuerdo tangible, cálido, que hablaba y me miraba con ojos que aún me reclamaban. Pero también era un espectro, una trampa del pasado. Estoy loco. Tengo miedo. Y, en el fondo de mi alma, aún la amo.

---
**Capítulo 7

A veces me asalta el temor de confundir una pasión física con una relación estable, donde el sexo no es más que una parte —importante, sí, pero no la única—. Sin embargo, Argelia se filtra en cada poro de mi ser. No intenta ser seductora, pero lo es. No busca provocarme, pero lo hace. Su vestimenta es sencilla, pero su figura es inconfundible: sus caderas, su espalda, sus piernas son monumentales, casi imposibles de ignorar. Y ese cabello negro, ondulado, largo, divino, enmarca unos ojos tan inmensos que parecen contener universos enteros. Pero lo peor —o lo mejor— es que cuando la conoces bien, descubres que además es amable, genuina y encantadora. A veces pienso que eso era lo que me atraía de Pura. Ahora, es lo que me atrapa de Argelia.

Estuve de guardia, pero no llegué exhausto. Había dormido unas horas en el precinto durante la tarde. Al llegar al apartamento, no encendí las luces. Me desvestí en silencio y me metí en la cama. Allí estaba ella, mi amada, desnuda bajo las sábanas. El roce de su piel, tan suave como el terciopelo, su aroma particular y esa tibieza que envuelve, despertaron en mí una pasión que creía controlada. Comencé a besarla lentamente. Ella respondió con besos largos, sensuales, como si supiera exactamente qué hacer para desarmarme. Mis labios descendieron hacia sus senos pequeños y erectos, explorando cada rincón de su cuerpo. Continué bajando, trazando un camino invisible sobre su vientre plano, hasta que ella abrió sus piernas sin decir una palabra, entregándose a mí con una confianza que me desbordó.

Es como una llama que nunca deja de arder, y yo soy el fuego que encuentra en ella su combustible. Nos perdimos en una danza ancestral, un encuentro que trasciende lo físico. No hubo frenos, solo entrega absoluta. Cuando ella se colocó sobre mí, tomando el control con una intensidad que me hizo perder el aliento, sentí que el mundo desaparecía. En algún momento dudé, pensando que tal vez no había sido lo suficientemente delicado, pero esos pensamientos se disolvieron en cuanto sus gemidos llenaron la habitación, llevándome al límite. Ambos alcanzamos el clímax juntos, en una explosión de sensaciones que nos dejó exhaustos, respirando entrecortadamente, como si hubiéramos corrido una maratón.

Me quedé acurrucado contra su espalda, sintiendo aún el calor de su piel. Media hora después, el simple roce de su trasero contra mí avivó de nuevo esa llama primitiva. Sin preámbulos, regresamos al mismo sendero oscuro y prohibido que siempre nos atraía. Esta vez fue más difícil avanzar, pero finalmente lo logré, como siempre lo he hecho. Ella ahogó un grito en la almohada mientras yo la besaba en el cuello, sus sollozos de placer resonando en la habitación. Ambos terminamos exhaustos, incapaces de articular palabra.

Dormí profundamente, como un niño, hasta que la luz de la sala se encendió de golpe. Escuché pasos. Me incorporé bruscamente en la cama, justo a tiempo para ver cómo la puerta del cuarto se abría y entraba Argelia, vestida con shorts y botas de charol. La miré desconcertado.

—Discúlpame, mi amor —murmuró con un bostezo, quitándose las botas y lanzándolas sin cuidado al suelo. Su cuerpo, perfecto y tentador, capturó toda mi atención, pero no pude moverme. Estaba completamente agotado.

—Voy a dormir hasta el domingo —añadió, acostándose a mi lado y quedándose dormida al instante, después de darme un beso fugaz.

Me quedé despierto, con el sabor de sus labios aún en los míos, el eco de lo que acabábamos de hacer latiendo en mi cuerpo y una taquicardia incontrolable en mi corazón. Ya sabía con quién había compartido esa noche de lujuria desenfrenada. Pero ahora, con Argelia durmiendo a mi lado, no podía evitar preguntarme: ¿había sido real? ¿O era simplemente otra de las sombras que acechan en la oscuridad?
:

Duré horas en la ducha, limpiándome y limpiándome, absolutamente lleno de asco.
Salí mientras Argelia dormía. No quise besarla; me parecía que la manchaba si lo hacía.
Hui del apartamento y, como un autómata, llegué al precinto.
—Oye, ¿tú no estuviste de guardia ayer? —preguntó un entrepito. Eran las siete y media de la mañana.
—Tengo insomnio —contesté malhumorado, más para explicármelo a mí mismo que a él—. También tengo trabajo atrasado.
Me senté frente a mi computadora.
—Oiga, inspector —me interrumpió una bella y joven sargento—. Una jovencita lo busca. Dice que es muy importante.
Como un resorte, me levanté asustado de la silla. Retrocedí aterrado contra la pared cuando la vi entrar.
Era Pura. Hablaba animadamente con la sargento, quien le indicó que se sentara frente a mi escritorio.
Vestía un traje azul marino cerrado. Su cabello suelto caía como un manto oscuro. Me miraba con una sonrisa infantil de niña culpable, sentada justo frente a mí.
—A pesar de haber sido de otros... No sabía que nuestra primera vez fuese tan salvaje y espectacular —dijo, con su sonrisa de colegiala y una nueva voz, seductora. Me miraba fijamente, tan absolutamente viva y real como la sargento que se despidió de ella y nos dejó solos.
—Es maravilloso dejarse amar por el hombre que una ama... y que ya sé que me ama, fuistes un animal absoluto, creo que tendré que esperar más de quince días para estar activa otra vez y me parece que me embarazastes, en está forma de vida soy muy irregular con mis reglas —exclamó suavemente, lanzándome un beso infantil con sus labios carnosos. Me hizo trastabillar. Tiré todos los papeles del escritorio.
Lloré desgarradamente.
Era la Pura que amé, la que nunca pude olvidar.
Era, sencillamente, de quien estoy locamente enamorado.
¿Qué he hecho?
Me desmayé.
Desperté en la enfermería del precinto. Estaba envuelto en sudor.
—¿Qué rayos te pasa? —recriminó el Comandante—. Vino la hermana menor del Gorila Pelúo a negociar su entrega. Dice que estás bien loco. Te llenaste de pánico, la llamaste Pura, y te desmayaste en medio de una crisis de histeria.
—Tienes que descansar, hijo mío. Eso de trabajar y luego malgastar tu tiempo libre en bares y niñas de mala conducta no está nada bien.

I
Argelia celebró mi cumpleaños. Me dio dos tortas: una de chocolate y otra, la que me enloquece de verdad. Me comí ambas con deleite.
Estoy a punto de romper el récord de San Lucas.
Ahora tengo otra hambrienta por ahí. Sonreí interiormente.
De verdad tengo que reconocerlo: será adolescente, menor de edad… pero que es una fiera sexual, lo es también.
Pero nada es perfecto. Y el conflicto estalló.
Días después, Argelia amaneció envuelta en un mar de lágrimas. No quiso que la tocara. Me lo dijo entre mocos:
—Estoy loca por seguir contigo… pero tú estás más allá de cualquier tipo de esquizofrenia —susurró con miedo cuando me acerqué—. Ella apareció en medio de la sala y lo confesó todo. Dice que, si no le creo, me pasa el video por YouTube, y ya tiene más de 100000 descargas en XV videos. Que ya lleva tantas descargas que está a punto de volverse viral.
¡No es posible que lo hayas hecho!
Puedo aceptar una rival. No hay papeles entre tú y yo. En mi ambiente todo se acepta.
Pero ella es una muerta. ¡Es el colmo!
Esas eran las manchas de sangre en la cama la otra vez. En nuestra propia cama.
¿Cómo pudiste hacerle el amor a un cadáver?
Estás demente y enfermo. No te puedo aceptar más aquí.
Como todo infiel, lo negué absolutamente.
Peleamos. Me golpeó. Escapé, marchándome nuevamente al trabajo, a pesar de estar todavía en mi descanso intersemanal por exceso de turnos.
Me reintegré.
Todos me trataron con distancia, con una mezcla de silencio y miedo.
¡Ah, ya sé! Soy el loco.
Ellos hablan de sus conquistas. De cómo engañan a sus mujeres, cómo van a fiestas diciendo que están de guardia. Hablan de cómo funciona todo, incluso cuando dejan ir a los narcos por dinero.
Yo no puedo hablar de lo mío.
Me pondrían de verdad una camisa de fuerza.
Tengo una aventura con un cadáver que anda.
Me quedé hasta las dos de la mañana y fui a la esquina.
A las dos y media, la misma escena se repitió.
Mandé a bañarse inmediatamente al Polaco.
Este, con fastidio, nuevamente respondió:
—Sí, ya sé. Sí, ya sé —volvió a decir.
Se ve que es un hombre de pocas palabras.
Hizo un gesto de "ya basta" con la mano… y se introdujo, sin más, en la pared.
Pura se levantó de su poste.





II
Avanzaba hacia mí con paso lento y suave, como si flotara. No hacía ruido. El silencio pesaba más que sus pasos.
Sus ojos brillaban, oscuros y húmedos, como charcos en una noche sin luna.
Su sonrisa… su maldita sonrisa… no era humana. Era una máscara. Era demasiado amplia, demasiado inocente, como pintada con cuchilla.
—Sabes que no me puedes negar —susurró. Su voz no resonó en el aire: vibró dentro de mi cráneo.
Quise retroceder, gritar, correr… pero estaba congelado.
El corazón me golpeaba como un tambor dentro del pecho. El aire olía a azufre húmedo. A tierra removida.
—Te amo, y tú me amas, ¿verdad? —dijo. Dio otro paso. Yo apenas podía respirar.
—No… tú no estás viva. No eres real —logré decir, con una voz que no reconocí como mía.
—¿No soy real? —repitió, acercándose más. Pudo haberme tocado, pero no lo hizo. No aún.
En ese instante, todas las luces del sector  parpadearon. Un zumbido eléctrico se arrastró por los cables, como un insecto invisible.
ahora estaba en mi oficina, a media noche, nadie en mi oficina, nadie en el pasillo.
La pantalla de mi computadora se encendió sola.
En ella, una imagen fija: yo, en mi cama, encima de ella… de Pura.
Su piel pálida, inerte. Mis manos… sus muslos… su cuello.
Dios.
—Quiero que lo veas —dijo con dulzura. Su voz era una caricia llena de espinas—. Quiero que recuerdes cada segundo. Porque yo lo recuerdo todo, amor mío. Incluso cuando dejaste de mirarme como persona y empezaste a verme como carne.
Se me aflojaron las piernas. Me sujeté del borde del escritorio, pero ya no había firmeza en nada. Ni en mí, ni en el mundo.
—¿Sabes lo que es amar después de la muerte? —preguntó—. Se ama más. Se ama sin límites. Se ama sin final.
En ese momento, las paredes comenzaron a llorar. Un líquido negro y espeso se deslizaba por las grietas, como si el edificio estuviera supurando. Una gota cayó sobre mi hombro. Olía a metal y podredumbre.
Mis compañeros... no estaban. Nadie. Ni pasos, ni teléfonos. Silencio. Solo ella y yo.
Y la computadora, que ahora mostraba otro video.
Uno que no recordaba.
Uno donde yo hablaba con ella en una sala vacía… tres días después de su entierro.
—Estás loco —murmuré para mí mismo, implorándole a mi propia conciencia—. Esto no está pasando.
Pero Pura se reía. Su risa era de niña, pero estaba ahogada, como si viniera de una garganta sin aire.
Y mientras reía, se desgarraba la cara con las uñas.
¡Pero seguía sonriendo!
—¡¿No querías que fuera tuya para siempre?! —gritó, mientras su mejilla caía al suelo como una fruta podrida—. ¡Pues lo soy! ¡Soy tuya! ¡Tuya! ¡Y tú mío!
Las luces estallaron. Un alarido atravesó las ventanas.
Mis oídos sangraban. El video mostraba ahora a mi madre, llorando frente a una tumba que no tenía nombre.
Una voz en la grabación decía:
“No debiste abrir la puerta.”
Y entonces ella se abalanzó.
No corría. No flotaba. Se arrastraba, como un insecto enorme, con movimientos rápidos y crispados.
Y antes de que pudiera gritar, antes de que pudiera cerrar los ojos…
me besó.
Su lengua estaba fría.
Fría como la muerte.
Fría como la culpa.

--- 
Volvimos a la esquina,
**—¿Por qué tiene que ser a las dos y media de la mañana?** —pregunté sin preámbulos, lleno de asco, temblando de miedo, no logrando entender porque debia vivir esto. no era justo.. 

*—Ese idiota me asesinó a las dos y media de la tarde. Pero no me gusta. Hace mucho calor, la gente no dejaba de pisarme. Si quieres, ven por la tarde y nos vamos al cafetín a tomarnos unas Coca-Colas Light.* 

**—Quiero que le digas a Argelia que tú y yo no tenemos nada** —ordené, disgustado. 

*—¿Nada? ¿Dices que no tenemos nada? Lo tenemos todo. Te di mis dos virginidades. Cuando me enamoré de ti, me las restititui  quirúrgicamente. Déjame decirte que fuiste un animal salvaje, nada delicado. Me trataste como a las rameras con las que te revuelcas y eso me encanta. En realidad, eres mi único hombre. Ella es la que se interpone entre nosotros. Mira lo que me obligas a hacer… después de conocerte íntimamente. Ahora quiero más.* 

Me lo dijo mientras comenzaba a desnudarse, entornando sus ojos verdes con una mezcla de vergüenza y provocación. Su cuerpo era perfecto, juvenil, virgen salvo por el uso brutal que le di la noche anterior. 

Miré a todos lados. *Estoy esquizofrénico de verdad. Estoy hablando con una muerta, tan loca como yo, a medianoche en medio de la calle.* 

Al volverme, allí estaba Pura, vestida de novia, sus ojos ahora rojos fijos en mí. 

*—Acepto. Sí, acepto* —dijo con voz solemne. 

A su lado, el Polaco, disfrazado de sacerdote, esbozó una sonrisa horrenda: 

*—Por el poder infernal que yo mismo me concedo… los declaro marido y mujer. Pura de González. ¡Ja, ja, ja!* 

*—Ya tendremos nuestra noche de bodas. Bueno… esa ya pasó hace tiempo. Por eso quiero más. Quiero que lo hagas consciente. Mirándome. Sintiéndome. Recibiendo todo mi amor* —musitó la novia, clavándome una mirada pícara. 

**—No creo que pueda hacerlo en medio de la calle, con tu sirviente mirándonos y masturbándose** —dije, buscando huir. 

Pero ella ya se despojaba del vestido, lanzando los zapatos blancos al asfalto. Bajo la luna llena, su cuerpo irradiaba una palidez hipnótica. 

Pura me subyugó, me atenazó, tomó mi mano y la llevó a su sexo pequeño y juvenil. Sabía que era malsano. Sabía que era maligno. 

Caminé como un idiota tras el vaivén de sus caderas, los hoyuelos en la base de su espalda, sus piernas delgadas y perfectas. Me guio al local del vietnamita, donde una canción de nuestra época estalló en rojos surrealistas, entre alfombras oscuras y persianas de fieltro pesado. La música me alcanzó desde muy lejos, distorsionada, como un eco sangriento: 

*Baby, I'm a want you…* 

*Baby, I'm a need you…* 

*You’re the only one I care enough to hurt about.* 

*Maybe I'm crazy, but I just can't live without…* 


--- 
Pura me hipnotiza.  Ya no tengo fuerzas. Me ha vencido. Es el deseo y amor que estuvieron dormidos dentro de mí que estalla como un violento volcán.
Aquí nadie puede molestarnos –  dice eróticamente  y moviéndose sinuosamente a través de la música. Mientras me desnuda comienza a besarme. Es el pervertido beso entre un hombre de 33 años y una adolescente de 5 días antes de cumplir 17.
Ya estoy desnudo y ella se arrodilla, se ríe lascivamente, mientras toma hambrienta mi miembro y comienza a tragárselo todo. Lo hace. No puedo luchar. Estoy dentro del mercado del Polaco. Ya no soy un hombre, soy el chico que lloraba de amor por Pura, la reina de mis sueños juveniles.
Pura. --Grito enloquecido de placer, mientras tomo sus cabellos con mis manos.—Pura . Hazlo. Si. Dale. Dale
Una luz y un golpe me dejan atontado.
Manos arriba. Ningún movimiento o disparo. Hasta que por fin te atrapamos, maldito pervertido.—estalla en mis oídos el grito expresado con incontenible furia
No le hagan nada a ella— suplico a la luz que no me deja ver quiénes son—Puedo explicarlo todo. No es lo que creen. Ella no es una adolescente. Nos acabamos de casar.
Los dos policías encienden las luces. Estoy con los pantalones abajo.  Tengo en mis manos un inmenso oso de peluche, lleno de semen por todos lados.
Gracias a Dios que Pura alcanzó a tener  tiempo de huir. Me esposan, mientras les grito que soy policía, que estoy en medio de una investigación. Que llamen inmediatamente a Argelia. Ella puede explicarlo todo. No es lo que piensan. Mi comandante les explicara.
Me introducen a golpes en una  vieja Dong Feng   de la policía municipal. Me trasladan a su comando bajo una lluvia de rolazos y golpes. Allanamiento de morada. Exhibición impúdica, perversión, escalamiento, resistencia a la autoridad, suplantación de identidad.


  IV

Argelia despertó cansada en la temprana mañana. Se dio una ducha para despejarse.  Hizo  café. Afortunadamente hoy tenía su cita en el consulado de Lichisteing. Esperaba que todo saliera bien.Tenía la permanente sensación que alguien la miraba desde el techo. Era un sentimiento que nunca se quitaba... Algo le susurró que no levantara la vista hacia ahí. Siempre su instinto le decía que no volteara mientras cocinaba. De un tiempo a esta parte siempre era lo mismo. Una especie de risita burlona  que no sabía de dónde provenía. Cosas que dejaba en un sitio y aparecían en otro. Su cama la dejaba ordenada antes de salir, aparecía deshecha con las sabanas arrugadas y en el piso cada vez que ella llegaba de noche.
  Salió de su apartamento. Quizás sería buena idea por los días que le quedaban aquí cambiar la cerradura. Cuando  salió del ascensor tropezó con una adolescente. La muchacha se introdujo al mismo. Ambas se tambalearon con el encontronazo, la muy mal educada no le pidió disculpas y se agarraron mutuamente por el brazo para no caerse. Le dio una sensación rara, era fría y pegostosa, Argelia la miró y la muchacha se introdujo viendo el rincón.
Argelia salió con una sensación rara a la calle, limpiándose la mano con el pantalón, era como si hubiera agarrado a un sapo, a un lagarto.
Le dio asco. Mientras caminaba, creía recordar a esa chica. Le pareció reconocerla entre las prostitutas que de noche buscaban clientes en el Tucán. Aceptaban una cerveza, bailaban un rato y después se marchaban. ¿Sería esa chica?. Le parecía conocida. Demasiado más bien.


Capítulo Final
Mi carrera policial se desvaneció, disuelta en una baja médica psiquiátrica.
Pero los enfermeros, con risas veladas, me cuentan que siempre me veían parloteando solo por la calle. Que el médico habló con Argelia. Ella dice que únicamente salió conmigo una vez, hasta la esquina del Tucán, donde le ofrecí un hot dog y resultó que no tenía dinero para pagarlo. Que después comencé a frecuentar el bar como un espectro más, acosándola con mi presencia constante. Que mi aliento era fétido, capaz de marchitar las flores y espantar a los vivos. La denuncia, insisten, fue contra mí. Que la llamaba Pura y que más de una noche la perseguí hasta su apartamento, una sombra obsesiva. Ella no era la dueña del Tucán, eso lo jura con los ojos húmedos de terror. Dice que me tenía un miedo paralizante, que la agredí una vez, pero su piedad la contuvo de denunciarme. Afirma que le corté la mano con un cuchillo, y da gracias a un dios distante por verme encerrado. La paliza que recibí, según su versión, fue obra de un hombre que compartía su lecho, un celoso guardián que no toleraba mi insistencia.
A veces, un señor con rostro compungido viene a visitarme. Sé que es mi comandante, aunque ahora se presenta como el dueño de la pensión donde me permitían dormir en el patio, sobre el frío cemento del lavandero.
Estoy tranquilo ahora. Pura viene cada noche a mi encuentro. Me consiente con una ternura espectral. Me besa con labios fríos como la tumba. Me mima con caricias que hielan la piel. Hacemos el amor en la penumbra de mi celda, una unión macabra. Somos una pareja singularmente bella, un eco de un amor prohibido. Por ella soporto todas las humillaciones e insultos, las miradas de lástima y las inyecciones que me nublan la mente. Ella ya me explicó lo que debo hacer. Cuando me liberan de la camisa de fuerza, me alimentan con compotas insípidas y jugos aguados. No me permiten tenedores ni cuchillos, ni siquiera de plástico, como si temieran que me hiriera o hiriera a otros. Ella dice que no debo resistirme, que pronto me sacará de aquí, a un lugar donde nuestro amor florecerá sin las cadenas de la cordura.
El tiempo se ha deslizado como una sombra. Sé que hoy es el día. Aquí está Pura, un espectro de blancura nacarada, flotando, desplazándose lentamente por los pasillos en esta medianoche sin luna. Es imponente con su vestido de quince años, el mismo sudario con el que la enterraron, ahora manchado de sangre coagulada, un testimonio silencioso de su final violento. Los demás internos gritan aterrorizados, lanzándose contra las paredes y los barrotes de sus celdas ante su presencia fantasmal.
Yo no. He comprendido que mi amor por ella nunca menguó. Argelia fue una simple aventura, una ilusión fugaz que no fue consecuente con la intensidad de mi ser. Pura sí lo fue.
El sacerdote polaco entra tras ella, silencioso y pausado, una figura sombría en la penumbra. Ya lo sé. Asiento. Entiendo perfectamente que debo acostarme boca abajo, ofreciendo mi espalda al destino. Me cuesta un poco, a pesar de la camisa de fuerza, pero lo logro. Siento cómo Pura y el sacerdote hunden mi cabeza en el colchón, la presión fría y firme.
Ya voy. Ya voy. Mientras atravieso puertas invisibles, sé que toda muchacha que anhela conquistar a su amado teje pequeñas mentiras. Su primera vez no fue aquella noche efímera. Fue antes, en un tiempo que mi mente confusa apenas recuerda. Ahora sé que siempre fue ella… El banquete de bodas, por supuesto que lo sé, es lo primero que comeré… los restos de los milicianos que murieron con ella, un festín de carne y hueso. Pura siempre entendió que este momento llegaría, la consumación de nuestro amor más allá de la vida. Yo también lo entendía, en lo profundo de mi alma, solo que mi cordura se resistía a aceptarlo.

I
Dicen que la esquina se tranquilizó bastante después de mi partida. A veces hablan del muchacho de la academia de policía que enloqueció, obsesionado por una joven actriz de películas pornográficas, un amor no correspondido que lo destrozó. Comenzó a consumir, perdiéndose en la bruma de las drogas, hasta convertirse en un espectro más de la calle. Todos comentan que de tonto no tenía un pelo. Conquistando a Argelia, cuando ella lo único que pedía era un champú, una crema dental y un dólar. Ella aceptaba a todos, a los contrabandistas, a los negros, a los camioneros, a los barrenderos, a los mendigos, sin distinciones. Él fue el único rechazado. ¿Por qué también tuvo la osadía de enamorarse de ella?
Meses después, el gordo José López, uno de los buenos muchachos de antes, ahora taxista informal tras el descalabro de su viejo Peugeot 502, sufrió un accidente. Descendió del vehículo con fastidio, abriendo el capó. Otra vez recalentando. La tapa del radiador. Afortunadamente, llevaba un envase con agua. Irritado, caminó a la parte trasera, soltó el cordón que sujetaba la maleta y tomó el bidón. Vio a la pareja en el asiento trasero de su auto. ¡Qué descarados! ¿En qué momento se introdujeron? —¡Salgan de mi auto! ¡Desciendan, idiotas! —dijo con furia. Al mirar mejor, retrocedió espantado.
Él fue el único que, tiempo atrás, acompañó el entierro de Stalin. Stalin y él siempre se saludaron. Hasta fumaron marihuana más de una vez. Stalin lo llamaba "ingeniero", pues en bachillerato José lo ayudaba con trigonometría. Nunca pudo explicarse cómo un muchacho con tantas deficiencias lograra graduarse. Decía cada disparate. Según él, todas las muchachas estaban enamoradas de él. ¡Qué iluso! Con esa cara llena de granos parecía un queso suizo. Trabajó un tiempo en Maroa limpiando el piso de la comisaría, robó una insignia policial y lo despidieron.
No llegaría a tiempo al Tucán a buscar a Argelia y a las otras jineteras. Pobrecita. Tendría que buscar a otro que la llevara al aeropuerto. Se acostaría con todos los mecánicos con tal de que la metieran en un avión de carga rumbo a París. Decía que se convertiría en actriz porno. ¿Pero con qué? Si era un pellejo, con los pechos caídos hasta la cintura y un trasero y piernas convertidos en un amasijo de celulitis. Entendió que nunca podría llevarla consigo.
Stalin y Pura emergieron del asiento trasero de su propio auto y caminaron hacia él. Comenzaron a reírse, una risa hueca y espectral. Lo matarían, sin duda. O quizás no tendrían necesidad. Su corazón estallaba en su pecho. El dolor era insoportable. Veía todo rojo. No podía respirar…
Son una pareja estable ahora, unidos por un lazo más fuerte que la vida. Cuando los brujos y hechiceros invocan a los muertos para pedir favores, los muertos conceden favores y piden muertos a cambio. Ahora toda deuda estaba saldada. Muerto pide muerto. Muerto paga muerto. Ella lo pidió después de muerta. Él la aceptó y ella se lo llevó. Él también la aceptó. Ella lo recibió.
Ya están libres de la esquina, de la tiranía del mundo de los vivos. A veces los han visto, sombras fugaces captadas por las cámaras de seguridad en centros comerciales desolados o en estacionamientos vacíos en la alta madrugada. Entre los dos despedazaron al polaco, su antiguo amo, ahora un despojo inútil. Cualquiera los confundiría con un padre y su hija enferma, dos figuras pálidas y demacradas. Se roban las gallinas de los corrales y les beben la sangre caliente. O de noche, en la autopista, lanzan piedras contra los autos, provocando accidentes para beber la sangre de los heridos. En las estaciones de servicio de las carreteras los corren, con el estigma de una enfermedad terminal. La Guardia Nacional los ha llevado presos más de una vez, pero nunca amanecen en los calabozos, dejando tras de sí cuatro o cinco presos muertos, exangües, como ofrendas silenciosas.
Argelia les enciende velas desde Marsella, lejos del horror que una vez compartió. Acertó cinco números del Lotto Europeo y vive con un policía iraní jubilado, buscando una redención tardía. Abandonó su vida licenciosa, asiste con fervor a la Iglesia Pentecostal Bautista todos los domingos y anhela adoptar un huérfano latino, buscando en la inocencia ajena la expiación de su pasado.
A veces le parece ver a lo lejos, en la avenida, allá en el malecón, a una muchacha con un rostro familiar. Quiso acercársele, impulsada por un vago reconocimiento. Pero la chica se desvaneció en la multitud. No olvida su sonrisa, una sonrisa enigmática que parecía susurrar: "Yo te conozco. Yo te conozco".
El Tucán no existe más. Se incendió, un infierno voraz que dejó ocho muertos calcinados. Alguien, una sombra vengadora, trancó la puerta desde afuera, sellando su destino. Casi juraría que fue El Ingeniero…
Sí, el taxista José López. Le decían "El Ingeniero" porque en bachillerato era muy bueno en matemáticas, un talento inesperado en un alma sencilla. Un pan de Dios, un excelente vecino, un amigo fiel. Un gordito amable, incapaz de la menor maldad. Nadie puede creer que el taxista haya realizado semejante atrocidad. Bueno, lleva tantos años muerto… Apareció una mañana en la Esquina, su cuerpo exánime, una pregunta sin respuesta flotando en el aire enrarecido.

……..
la lluvia continuó y los homelless se quedaron en silencio, mudos de miedo, incapaces de gritar, con los ojos desorbitados, la vieron llegar bajo la luna

y sin más preámbulos comenzó a morderlo sin piedad hasta que lo mato. Ahí lo dejo tirado bajo la lluvia, por unos instantes los miro y se fue caminando bajo la lluvia.
--Se llama Pura--dijo uno de los homeless cuando pudo hablar.
--Vámonos de aquí-- ambos se fueron. Vieron lo que no se debía ver

FIN



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