—Dime que te irás conmigo a Miami. Dime que te irás conmigo a Miami —gemía Argelia, mientras se agarraba los senos, montada sobre mí, cabalgando con un hambre lasciva y desbocada. ambos dejando como un cuento infantil a blaked porn..
Cuando terminamos, sucedió lo que ocurre al beberse la segunda botella completa de whisky: llegan las confesiones. Argelia era licenciada en enfermería; había llegado con las misiones de ayuda social. También fue bailarina de ballet clásico. Ganaba seiscientos dólares, pero el gobierno le arrebataba quinientos cincuenta entre impuestos, alquileres y seguros. Ahora, bailando, era libre. Perdió su trabajo cuando las misiones colapsaron, y en el presente ganaba la bicoca de diez mil dólares mensuales, además de los cincuenta y seis mil ochocientos setenta y nueve orates que seguían babeando cada noche en el Tucán. Yo era el único que no había corrido tras Flor Silvestre. Tenía una relación con Argelia Luna.
Por eso le conté mi plan. Ella tuvo un ataque de pánico. Le expliqué que mi trabajo era peligroso, todo él. Esos bichos debían ser detenidos; usaban el negocio del vietnamita como refugio, y si los dejábamos, se harían cada vez más poderosos, poniendo en peligro la vida de las personas decentes del sector. Tenía que averiguar por qué hacían lo que hacían. Estaba convencido de que estaban vivitos y coleando.
—Tan vivos como tu cucharita y mi palito —le dije, con una certeza que me quemaba.
—¿Cómo lo harás? —preguntó, nada confiada, con el rostro desencajado y tragando saliva, mientras yo me ahogaba en su inmenso seno izquierdo, duro como el Himalaya.
—No te lo diré —respondí—. Una de estas noches lo haré.
—¿Y después? ¿Nos iremos a vender lechón asado a Miami?
—Difícil. Eso sobra allá. Pero, seguro, nos iremos a vivir a Miami.
Me preparé concienzudamente: mi nueva arma, ocho cargadores, mi celular, un micrófono de apoyo abierto todo el tiempo. Le di un juego de llaves a Argelia, pues terminé contándoselo todo. Convencí al vietnamita, y me permitió estar dentro de su negocio.
Solo cerré las puertas sin candados ni alarmas. La trampa estaba tendida. Solo faltaba que la presa entrara y cayera. Estaba convencido de que esos imbéciles querían espantar a la gente para convertir el lugar en su guarida, vender drogas, traficar autos robados, qué sé yo.
Mientras esperaba en la oscuridad, cavilaba sobre la información recibida. En todo sector hay un submundo nocturno: falsos mendigos, traficantes de drogas, prostitutas, taxistas que no lo son, ventas de comida podrida para borrachos, tratantes de blancas, prostitución infantil, chavistas, asesinos, exconvictos, contrabando, armas y rumores. Muchos rumores. Una galaxia de rumores. Escuché susurros y secretos: gente golpeada en callejones sin saber por quién; niños que no querían ir al colegio porque algo, en pleno mediodía y en medio de la multitud, los había aterrorizado; una mujer que aseguraba haber sido violada en el estacionamiento de la esquina a las cuatro de la tarde por un gordo pelón vestido con una sotana manchada de sangre, con una inexpresiva cara de nazi. También oí de un atracador que, tras recibir una paliza como la mía, se convirtió en sacristán de la iglesia de Jesús el Extraterrestre y no salía de noche ni por todo el oro del mundo.
Llevé horas agazapado en la oscuridad. Poco a poco, empezaba a sospechar que el vietnamita me había tomado el pelo. Miré la hora en uno de los relojes de exposición en los anaqueles: 2:05 de la madrugada.
De repente, el local se iluminó con un resplandor amarillo intenso. Todo cambió. Ya no estaba en el negocio; estaba en un mercado. Vi al Polaco detrás de una vieja caja registradora manual, casi a mi lado. Vi llegar a Pura. El hombre extraía antiguos billetes de cien bolívares y los dejaba caer a montones sobre su cabeza. Ella se reía con malicia, luego bajó su bella cara hacia las piernas de él. El Polaco comenzó a gemir estentóreamente, agarrando el largo y liso pelo de la adolescente, mientras subía y bajaba su cabeza con violencia.
“Te amo. Eres mi mujer…” —berreaba el hombre, convulsionando de placer.
“No… no… l, no…” —gritaba la muchacha entre chupada y chupada, como si aún quedara un rastro de resistencia en su voz rota.
Quedé paralizado. asqueado. Como si el aire mismo se hubiese contaminado de pecado. La oscuridad volvió de golpe. Solo el latido denso de mi corazón reverberaba en mis sienes. Tenía que salir de allí. Tenía ganas de vomitar. Por eso sus almas no descansaban. Por eso aquella atmósfera densa como aceite. Se había cometido un pecado de proporciones bíblicas. Un pederasta y una niña —¿sin inocencia o devorada por el entorno?— vagaban en un limbo envenenado, haciendo daño. Esa fue, al menos, mi primera hipótesis.
Entonces la vi. En medio del pasillo: delgada, bella, imposible.
—Tú, idiota —dijo—. Te masturbabas en tu baño viendo una foto mía. No pudiste aguantar más y volviste. Sé lo que quieres. Quieres que haga lo que el polaco me hacía. Esa extranjera no te va a satisfacer como yo. Yo era una sweet babe, ¿Y qué? ¿Te duele saber que ella se ha acostado con un ejército entero y que contigo solo finge, porque no siente nada?
Pura me descubrió parada en el umbral, iluminada por la penumbra, mirándome con sus ojos imposiblemente verdes, brillantes como los de una criatura de otro plano.
Sentí la bofetada. Cuando la alumbré con la linterna, era horrorosa, pútrida. Me golpeó de nuevo, con una fuerza antinatural. Luego me escupió, una baba espesa, nauseabunda. Disparé dos veces, sin pensar. La alarma se activó. Veintiocho segundos después, el circo completo estaba armado.
Dos radiopatrullas. Argelia corriendo histérica, aún maquillada, con un mono negro decorado con estrellas amarillas, recién llegada del bar.
Gritaba mi nombre con desesperación, al ver las luces intermitentes a lo lejos. Apenas llegó, me preguntó si estaba bien, casi en llanto. Un grupo de borrachos trasnochados, salidos de quién sabe qué agujero, saludaban hipnotizados, extasiados ante el monumental trasero de mi amante, tan bello y perfecto como el de Kim Kardashian.
Mis agentes revisaron todo. Repartieron culatazos a diestra y siniestra, porque unos imbéciles habían intentado robar los equipos de sonido. Yo, mientras tanto, tuve que volver al apartamento y ducharme. Olía a cloaca. Me senté en silencio, la frente sostenida con ambas manos. Argelia lloraba sin parar.
No entendía lo sucedido. En mi memoria, como una película mal editada, la escena se repetía una y otra vez. No podía aceptar que El exorcista o La profecía fueran verdad. No podía decir nada en el precinto. Tenía que mantener mi versión: un par de malandros incitando al crimen, quién sabe por qué carajo. Pero yo sabía que, mientras tanto, dos espíritus, delincuentes y promiscuos, andaban por ahí cometiendo barbaridades.
Esa noche quise dormir con Argelia. Por supuesto que sí. Estoy muerto de miedo.
PARTE B
Cuando abrí los ojos, todavía era de madrugada. Dormí apenas unos minutos. Pura estaba allí. Parada al pie de la cama. Me observaba en silencio desde la oscuridad. Era ella. Pero ya no era ella. Era blanca y gris, como una estatua de sal maldita.
Cerré los ojos. Quise creer que todo era una pesadilla, como esas que uno tiene después de ver El exorcista remasterizada. Pero cuando los abrí, seguía allí. Estática. Su presencia era familiar. Casi como aquellas tardes después de las cuatro, cuando yo la visitaba y ella, entre pícara e ingenua, se reía de mí.
Solo que ahora no estaba viva.
Solo que ahora estaba podrida, con la sangre coagulada, mezclada con tierra, manchándole los jirones sucios de ropa.
Me correspondía levantarme, aunque sentía que el corazón me iba a estallar dentro del pecho como un animal atrapado. Tenía la certeza —no sé si inducida por la fiebre o el insomnio— de que mi mente me jugaba sucias tretas, pequeños teatros de locura. Aun así, me incorporé, ignorando sus susurros, intentando apaciguar la tormenta que arrasaba mis ojos, mi miedo, mis pensamientos y cada uno de mis pasos, que temblaban como hojas secas en un mausoleo.
—¿Sabías una cosa? —me susurró al oído mientras se deslizaba, etérea, dentro de la ducha. Su voz, como una caricia de vidrio. Me miró con gula, posando sus ojos en mi desnudez trémula. Yo no podía más que temblar, no del frío del agua, sino del espanto.
Mientras me vestía, comenzó a atormentarme con una meticulosidad casi ritual: opinaba sobre mis camisas, cuáles le gustaban y cuáles, con una franqueza cruel, despreciaba. Yo, por supuesto, no le respondí. No la complací ni por un instante. ¿Cómo habría podido?
—Me daba vergüenza decirte que hice algunas películas para adultos… y un OnlyFans, con bastante éxito. Sabía que tarde o temprano lo descubrirías. Estabas enamorado de mí… y yo, de ti —me confesó, como si nada, dentro del ascensor, frente a mí, con ese rostro suyo que parecía no conocer la culpa.
Me repetía sus comentarios mientras me abotonaba la camisa, como si cada palabra fuera un clavo más en la tapa de un ataúd que alguien —yo mismo, quizá— insistía en abrir.
—A mí me tenías aún más loca. Las lágrimas se me secaron cuando no volviste —proclamó de nuevo, ahora flotando levemente sobre la acera, en la parada del autobús.
—No podía creer que estuvieses detrás de mí, y se lo presumía a todas —añadió, asomada desde la ventanilla, acompañándome en silencio mientras el vehículo recorría los quince kilómetros hasta mi precinto, como una aparición melancólica que no sabe morir.
—¿Sabes? Una chica no puede decir que sí a la primera… y yo lo hice contigo —susurró al oído, su rostro junto al mío, reflejado en la pantalla azulada del monitor de mi escritorio.
—Me volví esquizofrénica, de celos, de angustia. Cuando te fuiste aquella noche y no volviste… El polaco descubrió mis videos: pornografía ilegal, interracial, explícita. Insistía. Me arrojaba dinero, que tanta falta me hacía. Pero le dije que te amaba. Y el estúpido… me mató. Solo tú puedes liberarme. No estoy viva. No estoy muerta —explicó, con una serenidad que helaba la sangre, mientras se transfiguraba en la chica preciosa que siempre fue. Cruzó sus piernas, delgadas, perfectas, sobre mi escritorio, y me sostuvo la mirada con una fijeza sobrenatural.
Me incorporé con violencia y corrí al baño. Me lavé el rostro con agua fría, como si pudiera limpiar la alucinación. Me miré en el espejo.
Y ahí estaba.
Dentro del espejo.
Me devolvía la mirada con ojos encendidos. Y dijo:
—Ahora puedo decírtelo sin miedo: sigo enamorada de ti. Siempre lo estuve. Y lucharé por ti. Me cueste lo que me cueste. Eres mío. De nadie más.
Su rostro se acercó al mío desde el otro lado del cristal, como si la superficie plateada fuera un velo delgado, quebradizo.
Huí del baño como un loco. Tropecé con todo. Al llegar a la oficina, fingí normalidad. Me senté, temblando. Un policía no debe tener miedo, pero yo…
Yo necesitaba ayuda psiquiátrica urgente.
Ayuda espiritual. Exorcismo, quizás.
Necesitaba a Argelia. Ahora.
Necesitaba salir de allí.
Estaba temblando con una fiebre que no era del cuerpo, sino del alma. Pura. Así se llamaba. La chica que amé. El recuerdo que jamás me abandonó… y que ahora ha regresado.
Está ahí.
Está ahí.
II
Por su parte, Argelia se consumía en la rabia por haberse enamorado de Stalin de una manera tan impetuosa, tan carente de reservas. Parecía una colegiala, entregándose por completo al primer encuentro. Pero Stalin no le había ofrecido la paz ni la seguridad que anhelaba. Esto cavilaba mientras se deslizaba en la somnolencia, habitando un mundo de tonalidades pastel, un limbo entre la vigilia y el sueño.
Era una ensoñación de una nitidez inquietante. Saltaba a la cuerda con Stalin, compartían barquillas de chocolate, sus risas resonando en una grama verde, inmaculada y recién cortada. Otra niña se acercó lentamente en el sueño, hasta que la frontera entre la fantasía onírica y la realidad de la habitación se desdibujó por completo. La dulce faz de la niña se transmutó en otra, marcada por la bilis y la fealdad, una mano cubierta de barro aferrando el rostro de Argelia, obligándola a abrir los ojos para comprender que estaba irremediablemente despierta.
Pura se abalanzó sobre ella en la cama, sujetándola con la fuerza opresiva de sus piernas, aprisionando con saña las amplias caderas de la bailarina. La mirada de Pura era un témpano de hielo, fría y furiosa, y su voz, un escalpelo helado, articuló:
—Primero fue sábado que domingo —dijo, apuntándola con un dedo índice blanco grisáceo, peligrosamente cerca de sus ojos, la uña larga y afilada como un bisturí—. Maldita. Tenías que venir a entrometerte entre nosotros. Pero déjame decirte que soy más bonita que tú, mis pies son más bellos que los tuyos, soy más joven, estoy muchísimo más buena y, por último, no me he entregado a toda una aerolínea de hombres como tú. Por lo tanto, eres más puta que yo —concluyó, con un gesto de obvia y cruel satisfacción.
Antes de que pudiera asimilar la última afrenta, Argelia emitió un largo y cálido flujo de orina, desvaneciéndose in situ. No alcanzó a escuchar el final del discurso, donde Pura le indicaba que se la comería viva, lentamente, si no cesaba en su intromisión entre ella y Stalin.
III
Propiamente, soy un policía administrativo, un burócrata más que un sabueso en el terreno. Siempre fui un espectador en los interrogatorios, a veces un mero ejecutor de alguna búsqueda equivocada. Por eso debía soportar las miradas cargadas de una comprensión forzada ante un caso de acoso donde la víctima se acostaba conmigo, la acosadora estaba enamorada de mí desde la adolescencia y llevaba incontables años muerta. Un laberinto de paradojas del que no podía articular ni una sola palabra a nadie; principalmente porque ni yo mismo lograba asimilarlo. Por eso el caso permanecía irresuelto; por la sencilla y escalofriante razón de que yo era la clave, la solución retorcida, pues la acosadora pretendía, para dejar todo en paz, que yo me fuera a vivir con ella, ya fuera a la quinta paila, o quizás a la décima, de un infierno que solo ella parecía conocer.
IV
Pero me gané un Oscar administrando el precinto. Instalé aire acondicionado integral, reparé seis patrullas Fotón Pick-up Turbodiésel que languidecían accidentadas en el olvido, audité uniformes, armas y municiones hasta la última bala. Implementé un nuevo sistema de computadoras en línea que resplandecía como una joya tecnológica en medio del polvo burocrático. Por eso, si decido investigar durante tres siglos mi único caso, nadie —nadie— se atreverá a decirme absolutamente nada.
Pedí un traslado. Mi comandante ni siquiera desdobló mi solicitud escrita. En cambio, con esa precisión japonesa que tanto aborrezco, convirtió mi petición en una perfecta pelota de papel y la lanzó al cesto de basura con la indiferencia de quien se quita una mota de polvo del hombro.
—Fuera de aquí y vete a trabajar —fue su inmediata solución a mi ruego.
Vendí mi viejo Maserati por internet; ahora conduzco un reluciente Mitsubishi Grand Lancer Diesel Eléctrico, que yo mismo me asigné de la dotación de la Policía Federal de Investigaciones. Es un vehículo que parece nacido para devorar autopistas. Pero mientras conduzco, no dejo de pensar en Argelia. Ganaba diez mil dólares trabajando en un bar de mala muerte. ¿Cómo era posible? Su apartamento era modesto y alquilado. O Argelia mentía, o era dueña del Tucán, o algún chulo poderoso la extorsionaba. Debía averiguarlo. También debía descubrir por qué Pura se volvía cada vez más fuerte, más visible, más sólida. ¿Argelia? ¡Por Dios!
Aceleré y llegué al apartamento en un santiamén. Al entrar, vi los destrozos: perfumes, cremas, talcos derramados y hechos añicos sobre el piso. Las paredes hablaban con furia: letreros garabateados con lápiz labial gritaban: “¡Puta! ¡Perra! ¡Déjanos en paz!” El típico estallido de una adolescente fuera de control.
Argelia yacía en la cama. Desde la puerta vi sus muñecas sangrando a borbotones, como si quisieran vaciarse de vida.
#@#@#@#@#@
Pasé toda la noche en la sala de emergencias del hospital, contemplando una factura que se llevaría todo mi sueldo de un año. Los médicos murmuraban algo sobre un intento de suicidio. Pero yo sabía lo que había ocurrido. La operación duró cuatro horas: implantes en las muñecas. Así terminaba Argelia su temporada de baile en el Tucán. Caminé silenciosamente detrás de la camilla cuando salió del quirófano hacia la sala de recuperación. Afortunadamente, Argelia tenía un seguro europeo de hospitalización, lo que me permitió respirar aliviado.
En el informe, los médicos fueron benevolentes. Quizá influyó el cañón de mi Glock 7.65 presionado contra la sien de uno de ellos. El diagnóstico de "intento de suicidio" fue cambiado rápidamente a "intento de homicidio por parte de un desconocido". Deseché la vigilancia policial. Yo mismo asumí la tarea. Solo yo puedo cuidar a Argelia. Solo yo puedo solucionar esto.
Parado en silencio, la contemplé bajo los efectos de los sedantes. Pálida, demacrada, casi tanto como Pura, pero bella. No hay forma de que Argelia pueda parecer fea. Salí al iluminado y solitario pasillo. Sabía perfectamente con quién tenía que hablar.
Salí a buscarla. No debía estar lejos. Allá, al final del pasillo, la encontré. De espaldas, mirando hacia el rincón. Afortunadamente, había una ventana. No quería que la cámara de vigilancia registrara cómo discutía solo.
Pura parecía contrita, su cara oculta tras su largo y lacio cabello negro.
—Esta vez te has pasado —le dije, tratando de controlar el temblor en mi voz, fingiendo rezar frente al cristal de la ventana.
—Estoy celosa —respondió sin mirarme, desde su rincón—. Muerta de celos. Dos veces. No soporto la idea de que estés con ella. Ella debe dejar de interponerse entre nosotros.
—Eres insaciable —repliqué con desprecio, comprendiendo a medias que estaba hablando con el vacío absoluto—. Tienes a tu polaco. Sigue acostándote con él.NY sin embargo, me hago a la idea de que a estos fantasmas... de algún modo, tengo que ponerles las esposas. Presentarlos ante un juez. Que rindan cuentas, como cualquier criminal, por hermosos que sean. Aunque la chica luzca como un sueño de juventud encarnado en carne resucitada. Aunque yo la haya amado con locura en otra vida, o en esta.
Entonces, viendo la escena, me oriné en los pantalones. El miedo no es novedad para un policía. Pero este... este miedo era otra cosa. Yo puedo enfrentarme a delincuentes. Son peligrosos, sí, pero tres tiros bien colocados en la frente los vuelven razonables. Este par de súcubos, no.
Así que me inventé algo. Un expediente, una excusa, una causa judicial: los robos de cadáveres. Exhumé los restos de Pura y el Polaco, junto a los de los milicianos.
Los cadáveres de los milicianos estaban ahí.
El de Pura y el del Polaco, no.
Pasé horas en mi escritorio, sumido en un marasmo mental. Pensando. Pensando. ¿Súcubos? ¿Alucinaciones? ¿Realidad virtual? ¿Sugestión? ¿Hipnosis? ¿Computación 3D? ¿Deepfakes? ¿Qué clase de delirio racional se esconde detrás de esto?
Y, sin embargo... recordando esa escena… la verdad es que no lo sé. No entiendo. Creí tener el caso resuelto. No creo en brujas, ni en aparecidos, ni en el espiritismo de feria. Solo creía en mí. En mi Glock 7.65.
Y en las bestiales, interminables sesiones de sexo hambriento con Argelia.
III
**No se puede estructurar una relación entre cementerios y hospitales.** Prefiero la conexión entre fiestas, juegos de dominó, cerveza y bailes. Es algo más natural, más humano, aunque igualmente efímero.
Argelia lo entendió. Se recuperó bastante bien, aunque yo sabía —en el fondo de mi ser— que todo era para complacerme, para mantener vivo mi interés en ella.
Ella reapareció en el Tucán con un lleno total, como si nunca hubiera estado ausente. Ofreció su "canto de los cisnes" en versión latinopornolesbiana, con un fondo musical de cumbia tecno y merengue sintético. El público la ovacionó, bailaron desenfrenadamente y gastaron a raudales en drogas y licores que desde la barra les vendíamos sin remordimiento. Yo estaba feliz, bebiendo cerveza tras cerveza, orgulloso de verla brillar en el escenario. Pues Argelia era, sin duda, la criatura más hermosa del local. Claro que, entre el público, el Polaco bailaba animadamente con una negrita voluptuosa, y Pura coqueteaba descaradamente con unos tipos de aspecto sombrío, posibles narcotraficantes, que no dejaban de mirarla mientras bailaban. Eso me inquietó profundamente. ¿Y si se la llevaban? ¿Y si la violaban en algún rincón oscuro del bar? Aquí, los malandros y los chavistas no creían ni en los vivos ni en los muertos.
Flor Silvestre cantó esa noche, evocando memorias que me catapultaron de nuevo a mi juventud. Sentí renacer mis deseos, mi amor por ella, y me sentí vibrante de vida de la cintura para abajo. Definitivamente, ella tenía la llave de mi corazón. En mi mente permanecía grabada la imagen de sus piernas, como una reliquia profana en lo más profundo de mi cerebro.
Entonces, no. No me voy a rendir. Que opinen lo que quieran. No sé cómo vamos a funcionar, pero lo intentaré de nuevo. Ni quinientas Puras podrán impedir mi relación con Argelia. Tengo grabada permanentemente la suavidad de su piel para inspirarme, para luchar.
--
###
**IV
Salimos por la puerta trasera del Tucán, hacia el callejón entre galpones y solares vacíos de casas semiderruidas. La acompañé hasta la Baw, que relucía bajo la luz mortecina de un farol en ese oscuro y pestilente callejón. Miré con aprensión a todos lados. Ni el Polaco, ni Pura, ni ladrones ni asesinos acechaban en las sombras. Eso, pensé, era una buena señal.
La casa de Pura ya no existía, al igual que la mía. Ahora era un local de venta de repuestos para motores Dongfeng Cummins. Estábamos en medio del camino, pero eso no nos iba a detener.
Ambos estábamos felices, excitados, a pesar del cansancio que arrastrábamos. Queríamos hacer el amor de nuevo, aunque nuestras energías parecían flaquear. Mientras nos acercábamos a la luz de los reflectores del negocio, vimos a una pareja de adolescentes conversando junto a una puerta imaginaria. Los reconocimos de inmediato. No pudimos evitar detenernos, descendimos de la camioneta y alumbramos la escena con los faros, transformándola en algo casi onírico.
—¡Por Dios! ¡Qué bello eras! —exclamó Argelia, incapaz de contenerse ante la romántica escena que se desplegaba frente a nosotros. Era evidente que quería hacerme quedar mal.
Allí estaba yo, con mi blue jeans desteñido y mi franela militar, tomándole las manos a Pura en aquella noche fatídica que cambió nuestros destinos. Ella sonrió tímidamente, pero negó con una triste mirada mientras una lágrima descendía por su rostro virginal, también grabado en mi alma.
—¡Insiste! —gritó Argelia desesperada, dirigiéndose a mi alter ego—. Insiste. No te rindas. Dile que la amas.
Vi cómo mi otro yo se alejaba, triste y derrotado, perdiéndose en la oscuridad. Vi a Pura estallar en llanto. Era una escena que nunca presencié, porque en realidad no creo que haya sucedido.
Llegamos a la casa envueltos en un silencio denso, como el de los velorios en noches de lluvia.
—Ella te ama mucho —dijo Argelia con voz queda, los ojos húmedos de lágrimas—. Necesitas ayudarla. Necesitas liberarla.
---¡
«Más te amo a ti. Ahora sí sé que te amo a ti… Estoy enamorado de ti» —le dije a Argelia, estrechándola con una fuerza desesperada. Sé que debo liberarla, desatar este nudo que nos une. Pero no sé cómo. También sé que no fui sincero, que esta vez, de verdad, no lo fui. Si aquella noche hubiera retrocedido sobre mis pasos… Pura estaría viva. Yo jamás… pero jamás habría conocido a Argelia… es más… ni siquiera habría sido policía.
V
Busqué en la computadora al polaco, inserté su nombre: Sotyas Lisowski. Resultó ser un sacerdote expulsado por la Iglesia, la sotana mancillada por actividades pederastas. Drogaba a las niñas en el confesionario, profanando la santidad del lugar. Pura fue una más en su lista de inocencias ultrajadas. El hombre había escupido a Dios, dándole la espalda a lo sagrado. Me dispuse a ir a la archidiócesis, un último refugio en la oscuridad, debía buscar ayuda en la institución que había fallado. También averigüé que la madre de Pura era una devota practicante de la hechicería, acumulando denuncias como sombras. Su hija, sin duda, había absorbido el karma turbio de la madre.
El periódico, con una crueldad sensacionalista, colocó en primera plana la fotografía del pastor empalado en el techo de su iglesia, su cuerpo grotesco convertido en un macabro adorno. Un letrero inmenso, escrito con su propia sangre coagulada en la pared, gritaba: "POR ENTROMETIDO, MENTIROSO y METIÉNDOSE EN LA VIDA DE LOS DEMÁS". Esto tenía que tener un final, y pronto, antes de que la locura nos engullera a todos.
VI
Fui a buscar a los únicos que podían ofrecerme una ayuda verdadera, una luz en esta creciente oscuridad. En la archidiócesis me observaron y trataron como a lo que ya sé que soy: un loco. El monseñor no creyó ni una sola letra de mi relato, ni por un instante. Me despidió amablemente, recomendándome una legión de especialistas: un psicólogo para desentrañar mis delirios, un analista de conducta para catalogar mi demencia, un terapeuta sexual para mis obsesiones y un psiquiatra para medicar mi cordura perdida.
Al salir nuevamente a la calle, me sentí como al principio, solo con mi caso, un rompecabezas cuyas piezas se negaban a encajar. Dios sabe que luché contra el sentimiento de enamorarme de Argelia, contra esa fuerza insidiosa que me arrastraba hacia ella. Pero sucumbí. Ahora estoy nuevamente activo, aferrándome a la tenue esperanza de una vida normal. Para lograrlo, debo escapar de este caso, el más tortuoso que ningún policía desearía enfrentar.
Por eso, cuando desnudos, saciamos nuestra hambrienta y depravada necesidad sexual, ella se sintió obligada a confesármelo todo, como si la verdad fuera un exorcismo.
«Cuando llegué aquí, trabajé muy duro en el hospital Federal. Solo ganaba quinientos dólares al mes, comía en el comedor del hospital, dormía en el hospital, solo usaba los uniformes, pues el gobierno me descontaba cuatrocientos setenta dólares para enviarlos a Holguín. No quería vivir de esa forma, una existencia tan magra. Muchas enfermeras burlaban la vigilancia satelital, electrónica, policial, y escapaban a la esclavitud de Francia y Alemania. Lo raro es que sabían que serían esclavas en ese imperio, pero ninguna desertaba de Europa para regresar a su país de origen. Pensando que podía ser esclava del imperialismo capitalista salvaje de Japón, Taiwán, Francia, Inglaterra, decidí invertir en un negocio para poder escapar de esas prisiones criminales.
Pero en fin, tenía la idea de que eso era mejor que vivir en la libertad de Pyongyang. Un día vi los clasificados de los periódicos ilegales de la oposición. Vi el anuncio: "Excelente bar restaurante, magníficas ventas, gran ambiente". Una tarde de domingo fui hasta el sitio, después de viajar muchas horas. Era un portugués, amable y simpático. Hicimos negocio. Le di todos mis ahorros y quedé endeudada con diecisiete mil ochocientos dólares; tenía que pagar el crédito de unos seiscientos cincuenta dólares, más los empleados, más el alquiler, más los gastos fijos. Todo sumaba unos doce mil dólares al mes. Firmé ciega de alegría, ya que me veía esclava en Alemania. En la primera semana solo vendí setenta y cinco dólares, y al final del mes solo tenía en caja cuatrocientos dólares. Me habían engañado como a una tonta. Como era bailarina clásica, me vi obligada a bailar casi desnuda para obtener propinas y ser el objeto del sucio deseo de una cantidad de borrachos babosos, pero que me dejaban una fortuna en propinas. Me había enamorado tres veces en dos años y estaba muerta en vida hasta que llegaste tú a estropearlo todo. Peor aún, me dijiste después de hacerme sexo oral mortal que me dejaron las piernas temblando. Lo poco que me quedaba libre lo tenía que invertir en maquillajes y perfumes».
VII
Hice algunos cambios en El Tucán. Comencé a aceptar tarjetas de crédito y cheques conformes, incluso criptomonedas, esa moneda invisible que parecía sacada de un cuento de alquimistas modernos. Decidí servir almuerzos los domingos, atrayendo a una clientela diferente, familias buscando un respiro dominical. Instalé un televisor de pantalla plana, un ojo electrónico observando el mundo exterior. Los sábados proyectaba el boxeo y el fútbol ibérico e italiano, la pasión de multitudes, acompañados de cerveza Tecate y Budweiser heladas, el bálsamo de los espíritus exaltados.
Soy un policía administrativo, capaz de gestionar cualquier cosa, incluso el caos. El Tucán pasó de generar míseros cuatrocientos dólares al mes a unos razonables seis mil setecientos dólares mensuales. Quedaba bastante de las propinas generosas de Flor Silvestre y de las dos chicas prepago más que contraté para satisfacer los apetitos más… persistentes de los clientes que quedaban particularmente excitados por la presencia de Flor Silvestre. Simple economía de guerra, una lucha por la supervivencia en un mundo despiadado. La amenaza de la esclavitud en Finlandia y Alemania se desvanecía, y vislumbrábamos una existencia con auto, casa, comida abundante, luz eléctrica, todas esas comodidades que la vida parecía negarnos. A pesar de que el gobierno maligno se había ido, la gente sabía, con una certeza sombría, que el tamaño del cerebro del pueblo era infinitamente pequeño, comparado con el de una hormiga, y que aquellos que habían destruido la nación anteriormente podían volver a gobernar en cualquier momento, como sombras que regresan de un pasado putrefacto.
VIII
Fueron veinte días de una calma engañosa, una tregua en la tormenta. Pura no aparecía por ninguna parte, como si la tierra la hubiera tragado. Comenzamos a cimentar algo parecido a una rutina, a planificar un futuro incierto, a disfrutar de películas en Netflix hasta bien entrada la mañana y a bailar solos, desnudos, después de perder el tiempo en ociosidades en la sala de la casa, buscando un consuelo efímero en la intimidad.
---
**Dormíamos abrazados, felices, como si el mundo pudiera detenerse en ese instante.** Pero el celular repicó violentamente, arrastrándome de vuelta a la realidad.
—¡Me debes explicaciones! —dijo la voz indignada y agitada de Pura desde el otro lado—. Se supone que el respeto a la pareja es lo máximo, lo esencial en una relación.
No contesté. Colgué. El celular de Argelia comenzó a sonar; lo apagué. El mío también volvió a repicar, pero hice lo mismo. Apagué todo. Sin embargo, mi computadora se encendió sola, mostrando un mensaje. El televisor también cobró vida, como si una fuerza invisible lo controlara.
En la pantalla apareció Pura, cantando con una voz que parecía surgir de las profundidades del tiempo:
> **Llegaste tú,**
> Hundida yo estaba, ahogada en soledad.
> Mi corazón lloraba de un vacío total.
> Todo lo intenté, por donde quiera te busqué.
> Eras tú mi necesidad.
> Triste y desolada, ya no pude soportar.
> Más desesperada era imposible de estar.
> Todo lo intenté, por donde quiera te busqué.
> Eras tú mi necesidad.
> Alcé mi rostro y...
No pude evitar mirar a Argelia. Se había despertado y estaba sentada en la cama, mirando fijamente el televisor. Su rostro reflejaba terror, pero no por la letra de la canción. Era por lo bien que Pura cantaba. Cada día sacaba un arma diferente, una nueva forma de atacar. Me vi obligado a colocarme frente a la pantalla, bloqueando su imagen.
—¡Mi vida! ¡Mi amor! —exclamó Pura extendiendo sus brazos hacia mí, como si estuviera en un escenario—. ¿Por qué me huyes? ¿Por qué no terminas de aceptar mi amor?
—Mañana, a las dos y media, vamos a hablar —le dije, sintiendo mi corazón a punto de colapsar. Esta nueva Pura, vestida en tanga, estaba de lo más seductora. ¿Cómo pude haberla ignorado?
—¿Es una cita? ¿Me vas a visitar? —preguntó con entusiasmo—. ¿Vamos a hablar como amigos? ¿Como novios?
—Vamos a hablar —respondí retrocediendo del televisor.
Pura salió de la pantalla, caminando normalmente por la habitación. Se acercó a mí, metió la mano en mi pecho. Era una mano cálida, viva, y me susurró al oído sin mirarme:
—Esto es mío.
Luego caminó hacia la ventana, giró completamente su cabeza y dijo:
—Chao, mi precioso. Estaré bella para ti. —Y antes de saltar por la ventana, lanzó un beso hacia mí. Flotando desde afuera, se dirigió a Argelia:
—Escúchame, puta. Búscate otro, que este tiene dueña desde hace años… y soy yo.
---
IX
Decidí que Argelia se quedara en el apartamento de las chicas prepago. Sabía que algo tramaba Pura.
Al día siguiente, a las dos y media de la mañana, llegué a la esquina. La misma escena: el Polaco en medio de la calle, chorreando sangre. Pura tirada boca abajo junto al poste. El rugido inhumano resonó en el aire.
—Vengo por las buenas. Vengo a hablar. Dile a este payaso que se vaya —dije, tratando de dominar el temblor de mi cuerpo. Tenía asco. Tenía miedo. Pero no quería irme de ahí.
—Ya sé —dijo el Polaco, levantándose de entre la pegajosa sangre mientras se introducía lentamente en la pared con gesto de fastidio.
Pura se levantó, inmóvil hasta ese momento con los ojos fijos en el infinito. Me miró desde su grisácea palidez y, con entusiasmo, extendió sus brazos hacia mí:
—¡Bésame, quiéreme, abrázame, muérdeme, golpéame! —exclamó, ofreciendo su boca para recibir un beso.
—De verdad que no te imaginaba así —se me escapó, molesto por esta muerta tan empalagosa, alejándome instintivamente de su cuerpo pegajoso.
—Una aprende con el tiempo —respondió, cruzando los brazos ofendida en su orgullo al darse cuenta de que no iba a besarla ni abrazarla—. He aprendido mucho viendo lo que le haces a esa perra. Haces cosas que no me imaginé ni en mis películas... ¿Sabes algo? No todo en el cine porno es real. Hay muchos trucos y escenas simuladas.
—¿Me espías?
—En cada momento. Te cuido en todo lo que haces. Estoy lista para que lo hagamos.
—Quiero resolver esto. Voy a darle la solución final a este acoso —le dije, con gesto de cerrar definitivamente el asunto.
—¿Quieres resolverlo? Yo quiero lo mío. No te pido que la dejes. Soy civilizada y creo que podemos funcionar. Hasta un trío haremos algún día. No voy a matarla. De hecho, estoy dispuesta a deshacerme del Polaco. Pero ahora te digo que sí: quiero ser tu novia.
Se acercó peligrosamente a mí, sacando una lengua bífida de casi un metro.
—Es muy tarde para eso —respondí, paralizado de terror.
—Nunca es tarde. No estoy viva, pero tampoco estoy muerta. Pero te deseo, te amo, te adoro. Mi cuerpo tiene ansias de sentir. Tú puedes hacerme sentir.
—¿Qué pinta el Polaco en todo esto? —pregunté, retrocediendo, sintiendo mis rodillas hechas de papel.
—Es complicado. Aunque no lo creas, y a pesar de ser de día, fue una especie de abertura cósmica espiritual. Si hubiera sido positivo, habría sido el instante perfecto para jugar a la lotería y ganarse el primer premio del Lotto de California. En fin. Ese día se me salió decirle que estaba enamorada de ti. Cuando vinieras, te daría mi "pepita" de regalo. Resultó que no se puede jugar con todos los hombres. Este idiota creía que, como me daba regalos y dinero, ya era de él. Estoy confinada a esta esquina y sus alrededores. Debí traerte y matarte en una de esas brechas: sobrenatural, luna llena, manchas solares... Total. Pero no tuve valor para hacerlo. Me lo debes. Es karma. Destino. Respuesta espiritual.
—¿Y la porno sobrenatural? —pregunté, fascinado a mi pesar por su belleza sobrehumana.
No tienes idea de las cosas que tengo preparadas para ti —susurró, acercándose, sin caminar, deslizándose como un espectro—. Sabes que solo tú puedes liberarme.
Se detuvo frente a mí, cara a cara. Su rostro era normal, terso, juvenil, vivo. Demasiado bello.
continuara
https://e999erpc55autopublicado.blogspot.com/2025/10/la-esquina-capitulo-final.html?m=1
Hola amigos y amigas lectores,ustedes conocen nuestros trabajos y presentamos un trabajo en Amazon
https://www.amazon.es/dp/B0FWW4BDWT presentamos ENEIDA #romanceparanormal #KindleUnlimited #kindlebook #Kindle #novela
y usual en los colegios; hasta que ...
Novelas Por Capitulos
Un encuentro en la penumbra
«Son tus deseos los que proyectas, no los míos, y nunca se cumplieron», susurró Pura, con una voz que parecía tejida de sombras y mentiras. «Nunca he pertenecido a nadie estando enamorada, la inmensa cantidad de aberrados que me poseyeron fue únicamente por dinero.. Ese es mi castigo. Estoy atada a él polaco por una cadena invisible, una que solo tú puedes romper al poseerme».
Sus palabras eran un veneno dulce, una farsa descarada. Yo sabía de sus secretos, de esas películas obscenas que había visto, reflejos de una vida que no confesaba.
«Vaya deseo», repliqué, sintiendo su presencia cada vez más cerca, su aliento rozando el borde de mi alma. «Casi me asesinas, y tú casi mataste a Argelia». Mi acusación resonó en la calle desierta, pero ella no se inmutó.
«Fue él quien lo hizo», respondió melosa, sus labios a un suspiro de los míos. Por un instante, su rostro se transformó: de espectro vengativo a una joven bella, peligrosamente normal. Demasiado letal para un hombre como yo, atrapado entre la lujuria y el terror. Sentí su influjo, un hechizo que amenazaba con doblegarme. Debía apelar a las pocas fuerzas que me quedaban.
«Estás más bello», dijo, su voz ahora un canto seductor. Sus manos tomaron las mías, apretándolas con una fuerza que no parecía humana. «Te queda bien ese corte. Se ve que haces pesas. Tienes un cuerpo esbelto, atractivo… depravado. Me gusta eso». Su sonrisa coqueta era una trampa, un anzuelo que brillaba en la penumbra.
«Pura», balbuceé, hechizado, retrocediendo un paso hacia el centro de la calle. «Esto no es real ni sera posible. Te amé con todo mi ser. Morí contigo. Pero cada cosa tiene su tiempo y su lugar». Mi voz temblaba, traicionada por el deseo que aún ardía en mí.
«¿Qué debo entender?», replicó, su tono ahora impregnado de ira. «¿Acaso no tengo derecho a ti? ¿Después de todo lo que he hecho? ¡Me lo debes!». Su ceño se frunció en un mohín infantil, el de una niña malcriada que no tolera la negativa.
«No», contesté, aterrado, viendo que la razón se desvanecía en sus ojos.
«Si no lo haces», amenazó, su voz ahora un siseo viperino, «le daré poder al polaco. Él destrozará a esa bicha puta esa con quién andas, la hará pedazos para que no pueda regresar. Y a ti… a ti te convertiré en un súcubo, condenado a vagar eternamente. Solo pido una fracción de tu vida, no toda. Luego podrás irte con ella, lejos de aquí. Pero yo… yo estoy maldita, atrapada en esta esquina para siempre si no me liberas. Por el amor que dices haberme tenido, libérame. Siénteme. Dame una noche de pasión. Un beso. No pido más».
Retrocedí, espantado. Era ella, la misma Pura que había amado con devoción. Tan bella, tan joven, con sus dieciséis años eternos, la muchacha que me hacía inmensamente feliz cada vez que la veía y desdichado cada vez que la dejaba. Corrí, presa del pánico, con el corazón desgarrado. Corrí porque estuve a punto de ceder, de decir que sí. Era un recuerdo tangible, cálido, que hablaba y me miraba con ojos que aún me reclamaban. Pero también era un espectro, una trampa del pasado. Estoy loco. Tengo miedo. Y, en el fondo de mi alma, aún la amo.
---
**Capítulo 7
A veces me asalta el temor de confundir una pasión física con una relación estable, donde el sexo no es más que una parte —importante, sí, pero no la única—. Sin embargo, Argelia se filtra en cada poro de mi ser. No intenta ser seductora, pero lo es. No busca provocarme, pero lo hace. Su vestimenta es sencilla, pero su figura es inconfundible: sus caderas, su espalda, sus piernas son monumentales, casi imposibles de ignorar. Y ese cabello negro, ondulado, largo, divino, enmarca unos ojos tan inmensos que parecen contener universos enteros. Pero lo peor —o lo mejor— es que cuando la conoces bien, descubres que además es amable, genuina y encantadora. A veces pienso que eso era lo que me atraía de Pura. Ahora, es lo que me atrapa de Argelia.
Estuve de guardia, pero no llegué exhausto. Había dormido unas horas en el precinto durante la tarde. Al llegar al apartamento, no encendí las luces. Me desvestí en silencio y me metí en la cama. Allí estaba ella, mi amada, desnuda bajo las sábanas. El roce de su piel, tan suave como el terciopelo, su aroma particular y esa tibieza que envuelve, despertaron en mí una pasión que creía controlada. Comencé a besarla lentamente. Ella respondió con besos largos, sensuales, como si supiera exactamente qué hacer para desarmarme. Mis labios descendieron hacia sus senos pequeños y erectos, explorando cada rincón de su cuerpo. Continué bajando, trazando un camino invisible sobre su vientre plano, hasta que ella abrió sus piernas sin decir una palabra, entregándose a mí con una confianza que me desbordó.
Es como una llama que nunca deja de arder, y yo soy el fuego que encuentra en ella su combustible. Nos perdimos en una danza ancestral, un encuentro que trasciende lo físico. No hubo frenos, solo entrega absoluta. Cuando ella se colocó sobre mí, tomando el control con una intensidad que me hizo perder el aliento, sentí que el mundo desaparecía. En algún momento dudé, pensando que tal vez no había sido lo suficientemente delicado, pero esos pensamientos se disolvieron en cuanto sus gemidos llenaron la habitación, llevándome al límite. Ambos alcanzamos el clímax juntos, en una explosión de sensaciones que nos dejó exhaustos, respirando entrecortadamente, como si hubiéramos corrido una maratón.
Me quedé acurrucado contra su espalda, sintiendo aún el calor de su piel. Media hora después, el simple roce de su trasero contra mí avivó de nuevo esa llama primitiva. Sin preámbulos, regresamos al mismo sendero oscuro y prohibido que siempre nos atraía. Esta vez fue más difícil avanzar, pero finalmente lo logré, como siempre lo he hecho. Ella ahogó un grito en la almohada mientras yo la besaba en el cuello, sus sollozos de placer resonando en la habitación. Ambos terminamos exhaustos, incapaces de articular palabra.
Dormí profundamente, como un niño, hasta que la luz de la sala se encendió de golpe. Escuché pasos. Me incorporé bruscamente en la cama, justo a tiempo para ver cómo la puerta del cuarto se abría y entraba Argelia, vestida con shorts y botas de charol. La miré desconcertado.
—Discúlpame, mi amor —murmuró con un bostezo, quitándose las botas y lanzándolas sin cuidado al suelo. Su cuerpo, perfecto y tentador, capturó toda mi atención, pero no pude moverme. Estaba completamente agotado.
—Voy a dormir hasta el domingo —añadió, acostándose a mi lado y quedándose dormida al instante, después de darme un beso fugaz.
Me quedé despierto, con el sabor de sus labios aún en los míos, el eco de lo que acabábamos de hacer latiendo en mi cuerpo y una taquicardia incontrolable en mi corazón. Ya sabía con quién había compartido esa noche de lujuria desenfrenada. Pero ahora, con Argelia durmiendo a mi lado, no podía evitar preguntarme: ¿había sido real? ¿O era simplemente otra de las sombras que acechan en la oscuridad?
:
Duré horas en la ducha, limpiándome y limpiándome, absolutamente lleno de asco.
Salí mientras Argelia dormía. No quise besarla; me parecía que la manchaba si lo hacía.
Hui del apartamento y, como un autómata, llegué al precinto.
—Oye, ¿tú no estuviste de guardia ayer? —preguntó un entrepito. Eran las siete y media de la mañana.
—Tengo insomnio —contesté malhumorado, más para explicármelo a mí mismo que a él—. También tengo trabajo atrasado.
Me senté frente a mi computadora.
—Oiga, inspector —me interrumpió una bella y joven sargento—. Una jovencita lo busca. Dice que es muy importante.
Como un resorte, me levanté asustado de la silla. Retrocedí aterrado contra la pared cuando la vi entrar.
Era Pura. Hablaba animadamente con la sargento, quien le indicó que se sentara frente a mi escritorio.
Vestía un traje azul marino cerrado. Su cabello suelto caía como un manto oscuro. Me miraba con una sonrisa infantil de niña culpable, sentada justo frente a mí.
—A pesar de haber sido de otros... No sabía que nuestra primera vez fuese tan salvaje y espectacular —dijo, con su sonrisa de colegiala y una nueva voz, seductora. Me miraba fijamente, tan absolutamente viva y real como la sargento que se despidió de ella y nos dejó solos.
—Es maravilloso dejarse amar por el hombre que una ama... y que ya sé que me ama, fuistes un animal absoluto, creo que tendré que esperar más de quince días para estar activa otra vez y me parece que me embarazastes, en está forma de vida soy muy irregular con mis reglas —exclamó suavemente, lanzándome un beso infantil con sus labios carnosos. Me hizo trastabillar. Tiré todos los papeles del escritorio.
Lloré desgarradamente.
Era la Pura que amé, la que nunca pude olvidar.
Era, sencillamente, de quien estoy locamente enamorado.
¿Qué he hecho?
Me desmayé.
Desperté en la enfermería del precinto. Estaba envuelto en sudor.
—¿Qué rayos te pasa? —recriminó el Comandante—. Vino la hermana menor del Gorila Pelúo a negociar su entrega. Dice que estás bien loco. Te llenaste de pánico, la llamaste Pura, y te desmayaste en medio de una crisis de histeria.
—Tienes que descansar, hijo mío. Eso de trabajar y luego malgastar tu tiempo libre en bares y niñas de mala conducta no está nada bien.
I
Argelia celebró mi cumpleaños. Me dio dos tortas: una de chocolate y otra, la que me enloquece de verdad. Me comí ambas con deleite.
Estoy a punto de romper el récord de San Lucas.
Ahora tengo otra hambrienta por ahí. Sonreí interiormente.
De verdad tengo que reconocerlo: será adolescente, menor de edad… pero que es una fiera sexual, lo es también.
Pero nada es perfecto. Y el conflicto estalló.
Días después, Argelia amaneció envuelta en un mar de lágrimas. No quiso que la tocara. Me lo dijo entre mocos:
—Estoy loca por seguir contigo… pero tú estás más allá de cualquier tipo de esquizofrenia —susurró con miedo cuando me acerqué—. Ella apareció en medio de la sala y lo confesó todo. Dice que, si no le creo, me pasa el video por YouTube, y ya tiene más de 100000 descargas en XV videos. Que ya lleva tantas descargas que está a punto de volverse viral.
¡No es posible que lo hayas hecho!
Puedo aceptar una rival. No hay papeles entre tú y yo. En mi ambiente todo se acepta.
Pero ella es una muerta. ¡Es el colmo!
Esas eran las manchas de sangre en la cama la otra vez. En nuestra propia cama.
¿Cómo pudiste hacerle el amor a un cadáver?
Estás demente y enfermo. No te puedo aceptar más aquí.
Como todo infiel, lo negué absolutamente.
Peleamos. Me golpeó. Escapé, marchándome nuevamente al trabajo, a pesar de estar todavía en mi descanso intersemanal por exceso de turnos.
Me reintegré.
Todos me trataron con distancia, con una mezcla de silencio y miedo.
¡Ah, ya sé! Soy el loco.
Ellos hablan de sus conquistas. De cómo engañan a sus mujeres, cómo van a fiestas diciendo que están de guardia. Hablan de cómo funciona todo, incluso cuando dejan ir a los narcos por dinero.
Yo no puedo hablar de lo mío.
Me pondrían de verdad una camisa de fuerza.
Tengo una aventura con un cadáver que anda.
Me quedé hasta las dos de la mañana y fui a la esquina.
A las dos y media, la misma escena se repitió.
Mandé a bañarse inmediatamente al Polaco.
Este, con fastidio, nuevamente respondió:
—Sí, ya sé. Sí, ya sé —volvió a decir.
Se ve que es un hombre de pocas palabras.
Hizo un gesto de "ya basta" con la mano… y se introdujo, sin más, en la pared.
Pura se levantó de su poste.
II
Avanzaba hacia mí con paso lento y suave, como si flotara. No hacía ruido. El silencio pesaba más que sus pasos.
Sus ojos brillaban, oscuros y húmedos, como charcos en una noche sin luna.
Su sonrisa… su maldita sonrisa… no era humana. Era una máscara. Era demasiado amplia, demasiado inocente, como pintada con cuchilla.
—Sabes que no me puedes negar —susurró. Su voz no resonó en el aire: vibró dentro de mi cráneo.
Quise retroceder, gritar, correr… pero estaba congelado.
El corazón me golpeaba como un tambor dentro del pecho. El aire olía a azufre húmedo. A tierra removida.
—Te amo, y tú me amas, ¿verdad? —dijo. Dio otro paso. Yo apenas podía respirar.
—No… tú no estás viva. No eres real —logré decir, con una voz que no reconocí como mía.
—¿No soy real? —repitió, acercándose más. Pudo haberme tocado, pero no lo hizo. No aún.
En ese instante, todas las luces del sector parpadearon. Un zumbido eléctrico se arrastró por los cables, como un insecto invisible.
ahora estaba en mi oficina, a media noche, nadie en mi oficina, nadie en el pasillo.
La pantalla de mi computadora se encendió sola.
En ella, una imagen fija: yo, en mi cama, encima de ella… de Pura.
Su piel pálida, inerte. Mis manos… sus muslos… su cuello.
Dios.
—Quiero que lo veas —dijo con dulzura. Su voz era una caricia llena de espinas—. Quiero que recuerdes cada segundo. Porque yo lo recuerdo todo, amor mío. Incluso cuando dejaste de mirarme como persona y empezaste a verme como carne.
Se me aflojaron las piernas. Me sujeté del borde del escritorio, pero ya no había firmeza en nada. Ni en mí, ni en el mundo.
—¿Sabes lo que es amar después de la muerte? —preguntó—. Se ama más. Se ama sin límites. Se ama sin final.
En ese momento, las paredes comenzaron a llorar. Un líquido negro y espeso se deslizaba por las grietas, como si el edificio estuviera supurando. Una gota cayó sobre mi hombro. Olía a metal y podredumbre.
Mis compañeros... no estaban. Nadie. Ni pasos, ni teléfonos. Silencio. Solo ella y yo.
Y la computadora, que ahora mostraba otro video.
Uno que no recordaba.
Uno donde yo hablaba con ella en una sala vacía… tres días después de su entierro.
—Estás loco —murmuré para mí mismo, implorándole a mi propia conciencia—. Esto no está pasando.
Pero Pura se reía. Su risa era de niña, pero estaba ahogada, como si viniera de una garganta sin aire.
Y mientras reía, se desgarraba la cara con las uñas.
¡Pero seguía sonriendo!
—¡¿No querías que fuera tuya para siempre?! —gritó, mientras su mejilla caía al suelo como una fruta podrida—. ¡Pues lo soy! ¡Soy tuya! ¡Tuya! ¡Y tú mío!
Las luces estallaron. Un alarido atravesó las ventanas.
Mis oídos sangraban. El video mostraba ahora a mi madre, llorando frente a una tumba que no tenía nombre.
Una voz en la grabación decía:
“No debiste abrir la puerta.”
Y entonces ella se abalanzó.
No corría. No flotaba. Se arrastraba, como un insecto enorme, con movimientos rápidos y crispados.
Y antes de que pudiera gritar, antes de que pudiera cerrar los ojos…
me besó.
Su lengua estaba fría.
Fría como la muerte.
Fría como la culpa.
---
Volvimos a la esquina,
**—¿Por qué tiene que ser a las dos y media de la mañana?** —pregunté sin preámbulos, lleno de asco, temblando de miedo, no logrando entender porque debia vivir esto. no era justo..
*—Ese idiota me asesinó a las dos y media de la tarde. Pero no me gusta. Hace mucho calor, la gente no dejaba de pisarme. Si quieres, ven por la tarde y nos vamos al cafetín a tomarnos unas Coca-Colas Light.*
**—Quiero que le digas a Argelia que tú y yo no tenemos nada** —ordené, disgustado.
*—¿Nada? ¿Dices que no tenemos nada? Lo tenemos todo. Te di mis dos virginidades. Cuando me enamoré de ti, me las restititui quirúrgicamente. Déjame decirte que fuiste un animal salvaje, nada delicado. Me trataste como a las rameras con las que te revuelcas y eso me encanta. En realidad, eres mi único hombre. Ella es la que se interpone entre nosotros. Mira lo que me obligas a hacer… después de conocerte íntimamente. Ahora quiero más.*
Me lo dijo mientras comenzaba a desnudarse, entornando sus ojos verdes con una mezcla de vergüenza y provocación. Su cuerpo era perfecto, juvenil, virgen salvo por el uso brutal que le di la noche anterior.
Miré a todos lados. *Estoy esquizofrénico de verdad. Estoy hablando con una muerta, tan loca como yo, a medianoche en medio de la calle.*
Al volverme, allí estaba Pura, vestida de novia, sus ojos ahora rojos fijos en mí.
*—Acepto. Sí, acepto* —dijo con voz solemne.
A su lado, el Polaco, disfrazado de sacerdote, esbozó una sonrisa horrenda:
*—Por el poder infernal que yo mismo me concedo… los declaro marido y mujer. Pura de González. ¡Ja, ja, ja!*
*—Ya tendremos nuestra noche de bodas. Bueno… esa ya pasó hace tiempo. Por eso quiero más. Quiero que lo hagas consciente. Mirándome. Sintiéndome. Recibiendo todo mi amor* —musitó la novia, clavándome una mirada pícara.
**—No creo que pueda hacerlo en medio de la calle, con tu sirviente mirándonos y masturbándose** —dije, buscando huir.
Pero ella ya se despojaba del vestido, lanzando los zapatos blancos al asfalto. Bajo la luna llena, su cuerpo irradiaba una palidez hipnótica.
Pura me subyugó, me atenazó, tomó mi mano y la llevó a su sexo pequeño y juvenil. Sabía que era malsano. Sabía que era maligno.
Caminé como un idiota tras el vaivén de sus caderas, los hoyuelos en la base de su espalda, sus piernas delgadas y perfectas. Me guio al local del vietnamita, donde una canción de nuestra época estalló en rojos surrealistas, entre alfombras oscuras y persianas de fieltro pesado. La música me alcanzó desde muy lejos, distorsionada, como un eco sangriento:
> *Baby, I'm a want you…*
> *Baby, I'm a need you…*
> *You’re the only one I care enough to hurt about.*
> *Maybe I'm crazy, but I just can't live without…*
---
Pura me hipnotiza. Ya no tengo fuerzas. Me ha vencido. Es el deseo y amor que estuvieron dormidos dentro de mí que estalla como un violento volcán.
Aquí nadie puede molestarnos – dice eróticamente y moviéndose sinuosamente a través de la música. Mientras me desnuda comienza a besarme. Es el pervertido beso entre un hombre de 33 años y una adolescente de 5 días antes de cumplir 17.
Ya estoy desnudo y ella se arrodilla, se ríe lascivamente, mientras toma hambrienta mi miembro y comienza a tragárselo todo. Lo hace. No puedo luchar. Estoy dentro del mercado del Polaco. Ya no soy un hombre, soy el chico que lloraba de amor por Pura, la reina de mis sueños juveniles.
Pura. --Grito enloquecido de placer, mientras tomo sus cabellos con mis manos.—Pura . Hazlo. Si. Dale. Dale
Una luz y un golpe me dejan atontado.
Manos arriba. Ningún movimiento o disparo. Hasta que por fin te atrapamos, maldito pervertido.—estalla en mis oídos el grito expresado con incontenible furia
No le hagan nada a ella— suplico a la luz que no me deja ver quiénes son—Puedo explicarlo todo. No es lo que creen. Ella no es una adolescente. Nos acabamos de casar.
Los dos policías encienden las luces. Estoy con los pantalones abajo. Tengo en mis manos un inmenso oso de peluche, lleno de semen por todos lados.
Gracias a Dios que Pura alcanzó a tener tiempo de huir. Me esposan, mientras les grito que soy policía, que estoy en medio de una investigación. Que llamen inmediatamente a Argelia. Ella puede explicarlo todo. No es lo que piensan. Mi comandante les explicara.
Me introducen a golpes en una vieja Dong Feng de la policía municipal. Me trasladan a su comando bajo una lluvia de rolazos y golpes. Allanamiento de morada. Exhibición impúdica, perversión, escalamiento, resistencia a la autoridad, suplantación de identidad.
IV
Argelia despertó cansada en la temprana mañana. Se dio una ducha para despejarse. Hizo café. Afortunadamente hoy tenía su cita en el consulado de Lichisteing. Esperaba que todo saliera bien.Tenía la permanente sensación que alguien la miraba desde el techo. Era un sentimiento que nunca se quitaba... Algo le susurró que no levantara la vista hacia ahí. Siempre su instinto le decía que no volteara mientras cocinaba. De un tiempo a esta parte siempre era lo mismo. Una especie de risita burlona que no sabía de dónde provenía. Cosas que dejaba en un sitio y aparecían en otro. Su cama la dejaba ordenada antes de salir, aparecía deshecha con las sabanas arrugadas y en el piso cada vez que ella llegaba de noche.
Salió de su apartamento. Quizás sería buena idea por los días que le quedaban aquí cambiar la cerradura. Cuando salió del ascensor tropezó con una adolescente. La muchacha se introdujo al mismo. Ambas se tambalearon con el encontronazo, la muy mal educada no le pidió disculpas y se agarraron mutuamente por el brazo para no caerse. Le dio una sensación rara, era fría y pegostosa, Argelia la miró y la muchacha se introdujo viendo el rincón.
Argelia salió con una sensación rara a la calle, limpiándose la mano con el pantalón, era como si hubiera agarrado a un sapo, a un lagarto.
Le dio asco. Mientras caminaba, creía recordar a esa chica. Le pareció reconocerla entre las prostitutas que de noche buscaban clientes en el Tucán. Aceptaban una cerveza, bailaban un rato y después se marchaban. ¿Sería esa chica?. Le parecía conocida. Demasiado más bien.
Capítulo Final
Mi carrera policial se desvaneció, disuelta en una baja médica psiquiátrica.
Pero los enfermeros, con risas veladas, me cuentan que siempre me veían parloteando solo por la calle. Que el médico habló con Argelia. Ella dice que únicamente salió conmigo una vez, hasta la esquina del Tucán, donde le ofrecí un hot dog y resultó que no tenía dinero para pagarlo. Que después comencé a frecuentar el bar como un espectro más, acosándola con mi presencia constante. Que mi aliento era fétido, capaz de marchitar las flores y espantar a los vivos. La denuncia, insisten, fue contra mí. Que la llamaba Pura y que más de una noche la perseguí hasta su apartamento, una sombra obsesiva. Ella no era la dueña del Tucán, eso lo jura con los ojos húmedos de terror. Dice que me tenía un miedo paralizante, que la agredí una vez, pero su piedad la contuvo de denunciarme. Afirma que le corté la mano con un cuchillo, y da gracias a un dios distante por verme encerrado. La paliza que recibí, según su versión, fue obra de un hombre que compartía su lecho, un celoso guardián que no toleraba mi insistencia.
A veces, un señor con rostro compungido viene a visitarme. Sé que es mi comandante, aunque ahora se presenta como el dueño de la pensión donde me permitían dormir en el patio, sobre el frío cemento del lavandero.
Estoy tranquilo ahora. Pura viene cada noche a mi encuentro. Me consiente con una ternura espectral. Me besa con labios fríos como la tumba. Me mima con caricias que hielan la piel. Hacemos el amor en la penumbra de mi celda, una unión macabra. Somos una pareja singularmente bella, un eco de un amor prohibido. Por ella soporto todas las humillaciones e insultos, las miradas de lástima y las inyecciones que me nublan la mente. Ella ya me explicó lo que debo hacer. Cuando me liberan de la camisa de fuerza, me alimentan con compotas insípidas y jugos aguados. No me permiten tenedores ni cuchillos, ni siquiera de plástico, como si temieran que me hiriera o hiriera a otros. Ella dice que no debo resistirme, que pronto me sacará de aquí, a un lugar donde nuestro amor florecerá sin las cadenas de la cordura.
El tiempo se ha deslizado como una sombra. Sé que hoy es el día. Aquí está Pura, un espectro de blancura nacarada, flotando, desplazándose lentamente por los pasillos en esta medianoche sin luna. Es imponente con su vestido de quince años, el mismo sudario con el que la enterraron, ahora manchado de sangre coagulada, un testimonio silencioso de su final violento. Los demás internos gritan aterrorizados, lanzándose contra las paredes y los barrotes de sus celdas ante su presencia fantasmal.
Yo no. He comprendido que mi amor por ella nunca menguó. Argelia fue una simple aventura, una ilusión fugaz que no fue consecuente con la intensidad de mi ser. Pura sí lo fue.
El sacerdote polaco entra tras ella, silencioso y pausado, una figura sombría en la penumbra. Ya lo sé. Asiento. Entiendo perfectamente que debo acostarme boca abajo, ofreciendo mi espalda al destino. Me cuesta un poco, a pesar de la camisa de fuerza, pero lo logro. Siento cómo Pura y el sacerdote hunden mi cabeza en el colchón, la presión fría y firme.
Ya voy. Ya voy. Mientras atravieso puertas invisibles, sé que toda muchacha que anhela conquistar a su amado teje pequeñas mentiras. Su primera vez no fue aquella noche efímera. Fue antes, en un tiempo que mi mente confusa apenas recuerda. Ahora sé que siempre fue ella… El banquete de bodas, por supuesto que lo sé, es lo primero que comeré… los restos de los milicianos que murieron con ella, un festín de carne y hueso. Pura siempre entendió que este momento llegaría, la consumación de nuestro amor más allá de la vida. Yo también lo entendía, en lo profundo de mi alma, solo que mi cordura se resistía a aceptarlo.
I
Dicen que la esquina se tranquilizó bastante después de mi partida. A veces hablan del muchacho de la academia de policía que enloqueció, obsesionado por una joven actriz de películas pornográficas, un amor no correspondido que lo destrozó. Comenzó a consumir, perdiéndose en la bruma de las drogas, hasta convertirse en un espectro más de la calle. Todos comentan que de tonto no tenía un pelo. Conquistando a Argelia, cuando ella lo único que pedía era un champú, una crema dental y un dólar. Ella aceptaba a todos, a los contrabandistas, a los negros, a los camioneros, a los barrenderos, a los mendigos, sin distinciones. Él fue el único rechazado. ¿Por qué también tuvo la osadía de enamorarse de ella?
Meses después, el gordo José López, uno de los buenos muchachos de antes, ahora taxista informal tras el descalabro de su viejo Peugeot 502, sufrió un accidente. Descendió del vehículo con fastidio, abriendo el capó. Otra vez recalentando. La tapa del radiador. Afortunadamente, llevaba un envase con agua. Irritado, caminó a la parte trasera, soltó el cordón que sujetaba la maleta y tomó el bidón. Vio a la pareja en el asiento trasero de su auto. ¡Qué descarados! ¿En qué momento se introdujeron? —¡Salgan de mi auto! ¡Desciendan, idiotas! —dijo con furia. Al mirar mejor, retrocedió espantado.
Él fue el único que, tiempo atrás, acompañó el entierro de Stalin. Stalin y él siempre se saludaron. Hasta fumaron marihuana más de una vez. Stalin lo llamaba "ingeniero", pues en bachillerato José lo ayudaba con trigonometría. Nunca pudo explicarse cómo un muchacho con tantas deficiencias lograra graduarse. Decía cada disparate. Según él, todas las muchachas estaban enamoradas de él. ¡Qué iluso! Con esa cara llena de granos parecía un queso suizo. Trabajó un tiempo en Maroa limpiando el piso de la comisaría, robó una insignia policial y lo despidieron.
No llegaría a tiempo al Tucán a buscar a Argelia y a las otras jineteras. Pobrecita. Tendría que buscar a otro que la llevara al aeropuerto. Se acostaría con todos los mecánicos con tal de que la metieran en un avión de carga rumbo a París. Decía que se convertiría en actriz porno. ¿Pero con qué? Si era un pellejo, con los pechos caídos hasta la cintura y un trasero y piernas convertidos en un amasijo de celulitis. Entendió que nunca podría llevarla consigo.
Stalin y Pura emergieron del asiento trasero de su propio auto y caminaron hacia él. Comenzaron a reírse, una risa hueca y espectral. Lo matarían, sin duda. O quizás no tendrían necesidad. Su corazón estallaba en su pecho. El dolor era insoportable. Veía todo rojo. No podía respirar…
Son una pareja estable ahora, unidos por un lazo más fuerte que la vida. Cuando los brujos y hechiceros invocan a los muertos para pedir favores, los muertos conceden favores y piden muertos a cambio. Ahora toda deuda estaba saldada. Muerto pide muerto. Muerto paga muerto. Ella lo pidió después de muerta. Él la aceptó y ella se lo llevó. Él también la aceptó. Ella lo recibió.
Ya están libres de la esquina, de la tiranía del mundo de los vivos. A veces los han visto, sombras fugaces captadas por las cámaras de seguridad en centros comerciales desolados o en estacionamientos vacíos en la alta madrugada. Entre los dos despedazaron al polaco, su antiguo amo, ahora un despojo inútil. Cualquiera los confundiría con un padre y su hija enferma, dos figuras pálidas y demacradas. Se roban las gallinas de los corrales y les beben la sangre caliente. O de noche, en la autopista, lanzan piedras contra los autos, provocando accidentes para beber la sangre de los heridos. En las estaciones de servicio de las carreteras los corren, con el estigma de una enfermedad terminal. La Guardia Nacional los ha llevado presos más de una vez, pero nunca amanecen en los calabozos, dejando tras de sí cuatro o cinco presos muertos, exangües, como ofrendas silenciosas.
Argelia les enciende velas desde Marsella, lejos del horror que una vez compartió. Acertó cinco números del Lotto Europeo y vive con un policía iraní jubilado, buscando una redención tardía. Abandonó su vida licenciosa, asiste con fervor a la Iglesia Pentecostal Bautista todos los domingos y anhela adoptar un huérfano latino, buscando en la inocencia ajena la expiación de su pasado.
A veces le parece ver a lo lejos, en la avenida, allá en el malecón, a una muchacha con un rostro familiar. Quiso acercársele, impulsada por un vago reconocimiento. Pero la chica se desvaneció en la multitud. No olvida su sonrisa, una sonrisa enigmática que parecía susurrar: "Yo te conozco. Yo te conozco".
El Tucán no existe más. Se incendió, un infierno voraz que dejó ocho muertos calcinados. Alguien, una sombra vengadora, trancó la puerta desde afuera, sellando su destino. Casi juraría que fue El Ingeniero…
Sí, el taxista José López. Le decían "El Ingeniero" porque en bachillerato era muy bueno en matemáticas, un talento inesperado en un alma sencilla. Un pan de Dios, un excelente vecino, un amigo fiel. Un gordito amable, incapaz de la menor maldad. Nadie puede creer que el taxista haya realizado semejante atrocidad. Bueno, lleva tantos años muerto… Apareció una mañana en la Esquina, su cuerpo exánime, una pregunta sin respuesta flotando en el aire enrarecido.
……..
la lluvia continuó y los homelless se quedaron en silencio, mudos de miedo, incapaces de gritar, con los ojos desorbitados, la vieron llegar bajo la luna
y sin más preámbulos comenzó a morderlo sin piedad hasta que lo mato. Ahí lo dejo tirado bajo la lluvia, por unos instantes los miro y se fue caminando bajo la lluvia.
--Se llama Pura--dijo uno de los homeless cuando pudo hablar.
--Vámonos de aquí-- ambos se fueron. Vieron lo que no se debía ver
FIN
Hola amigos y amigas lectores,ustedes conocen nuestros trabajos y presentamos un trabajo en Amazon
https://www.amazon.es/dp/B0FWW4BDWT presentamos ENEIDA #romanceparanormal #KindleUnlimited #kindlebook #Kindle #novela
Eneida es la más bella del salón de clases y Rayman el Nerd más Nerd enamorado en silencio, lo común,normal y usual en los colegios; hasta que ...