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viernes, 18 de abril de 2025

SHANGHAI. 1943

Novelas Por Capitulos

Presentamos a nuestros amigos lectores esta novela de aventuras

SHANGAI 1943


Shanghái, 1943

Autor: Edgar R. Pérez C.

© Edgar R. Pérez C. 2021

CAPÍTULO I

En la madrugada del 3 de diciembre de 1922, a la una en punto, nació Marina Leung Ba. Así lo atestigua el certificado de la capilla de San Francisco Javier en Nanjing. Su padre, el señor Wang Leung, un mercader distinguido de linaje Han, vivía en un éxtasis perpetuo, embriagado por los vientos de cambio que azotaban la nación.

China ardía en la guerra civil de los señores de la guerra. Las tropas japonesas se inmiscuían con descaro creciente en la región. Los británicos, desde Hong Kong y Shanghai, observaban, cautos, siempre al acecho. Pero para el gran señor Wang Leung, nada de esto era extraordinario. Él también formaba parte del clan de los caudillos y sacaba provecho de ello. Corrían rumores de levantamientos campesinos inspirados por los bolcheviques. Un joven oficial de la derecha del Kuomintang abogaba por una línea pro-occidental. El emperador había sido expulsado del palacio, y nadie sabía con certeza quién mandaba en el país…

El señor Leung Wang, sin embargo, era fervientemente pro-japonés. Ansiaba la modernidad y el progreso para China, pero desde una perspectiva asiática, a pesar de la rivalidad entre ambos pueblos. Negociaba directamente con casas comerciales de Yokohama, y el cónsul general era un habitual en su opulenta residencia. Los sacerdotes belgas de la orden de los vicentinos también gozaban de su intimidad. Por ello, era un católico apasionado. Cuando nació la niña, la bautizó de inmediato. Los tiempos modernos se insinuaban en China. Nadie sabía si el emperador estaba en Shanghai o en Nueva York, pero al señor Wang, fascinado con su cuarta hija, eso le importaba poco.

—Es un mal número —dijo Na Li, su esposa, recibiendo a la criatura con una sonrisa—. Estoy dispuesta a concebir otro hijo, para que sean cinco, un número más propicio.

—Supersticiones —replicó el gran Leung Ba con alegría—. Solo el poder de nuestro Señor Jesucristo importa.

—¿Por qué Marina? Es un nombre ruso —preguntó la mujer, contemplando embelesada a la recién nacida.

—Algún día será fuerte. Nunca se sabe, y ese nombre nos abrirá puertas valiosas.

—¡Por Dios, Wang! — exclamó su esposa con una sonrisa agotada—. Apenas tiene dos horas de vida y ya piensas en negocios.

El hombre besó la frente de su esposa. Una hija era una hija. Y no le importaba en absoluto que fuera mujer.

Pasaron los años. La niña creció sana, aprendiendo las costumbres occidentales. Estudió inglés, hablaba japonés con fluidez y entendía el francés a la perfección. Poseía una hermosa voz de mezzosoprano y llevaba seis años estudiando piano. Era una dama occidental, para la satisfacción del poderoso señor.

Más años transcurrieron en calma. La fortuna creció; los hijos padecieron las enfermedades infantiles comunes. Los japoneses, cada vez más fuertes, intervenían directamente desde Manchuria.

Hasta que llegó un día en que la emoción del gran Leung fue desbordante. Su casa se engalanó para recibir al representante plenipotenciario de Japón en Nanjing. Corría el año 1934. Los japoneses estaban por doquier, a pesar de las masacres de civiles sin motivo aparente en cada pueblo y ciudad china.

El señor Leung Wang  dio instrucciones precisas según el protocolo. Nadie debía comentar los actos militares japoneses. La temperatura del sake debía ser perfecta, la disposición de los asientos y los lugares de honor, impecables. Y así fue. A las ocho de la noche, en una cálida velada de verano, llegó el embajador plenipotenciario: un hombre cuadrado y rudo, acompañado de oficiales japoneses que ocultaban su desprecio tras una cortesía gélida, y representantes comerciales altivos y despiadados. Entre ellos, un joven de raza occidental, de apariencia jovial, parecía un muchacho divertido, encantado de estar presente en cualquier situación.

Todo esto, el señor Leung lo había aceptado desde años atrás. Todo por los negocios. Presentó formalmente a cada uno de sus hijos. El mayor, Po Leung, pronto partiría a la Academia Naval de Hiroshima, renunciando a su nacionalidad china por una ciudadanía japonesa de segunda clase, similar a la de los coreanos. Nunca sería vicealmirante, pero quería ser japonés, como lo demostraron su actitud y su corte de pelo. Esto arrancó un sentimiento de aprobación de los japoneses, con labios sellados.

El gran Leung presentó a su segunda hija, Virginia Leung, ataviada con el hábito nupcial del seminario católico belga de Tientsin. La joven fue recibida con la misma cortesía el señor Leung Ba presentó a Marina Leung Ba, quien pronto cumpliría doce años.


II

Muchos años antes, en otro continente…

A mediados del siglo XIX, una oleada de inmigrantes chinos llegó a San Francisco, en los Estados Unidos, para trabajar en la construcción del ferrocarril. También llegaron a Canadá para laborar en las vías de futuros ferrocarriles.

Un siglo antes, en las costas del Pacífico del México colonial, unos pocos mercaderes chinos se habían establecido, pues era allí donde desembarcaron la preciada porcelana y las lujosas sedas. Cargas de carretas cruzaban el país y eran embarcadas desde Veracruz hacia España, sin mencionar las cantidades de mercancías distribuidas por toda la América Colonial.

E incluso 70 años antes de Colón, el Almirante Zheng He había llegado a esa nueva tierra.

Familias chinas continuaron llegando a nuevas tierras a lo largo del siglo XXI —Panamá, Perú, México—, y unos cientos desembarcaron en Perú.

Pequeños grupos de chinos llegaron desde Panamá a las costas de Colombia y Venezuela, viviendo1 una vida de total aislamiento. En 1856, un pequeño grupo de 30 familias chinas llegó a La Guaira; los hombres con sus largas trenzas, las mujeres con sus pijamas tradicionales.

No sabían muy bien dónde estaban ni entendían el idioma. Era un pueblo nuevo y un paisaje muy diferente; pensaron que tendrían que esforzarse mucho para adaptarse. Los aldeanos, además de burlarse de ellos sin piedad, tampoco hicieron ningún esfuerzo por entenderlos.

Con mucho esfuerzo, se establecieron en la pequeña ciudad de Caracas, en medio de cierto rechazo, con niños arrojando piedras y mujeres mostrando desagrado, aunque esto disminuyó rápidamente.

Sin embargo, eso no duró mucho. Los recién llegados eran corteses, tranquilos y comenzaron a trabajar diligentemente: planchaban perfectamente, lavaban con cuidado y cocinaban muy bien. Esto permitió una adaptación inmediata dentro de la comunidad.

También fueron víctimas del dengue, la tuberculosis, perros rabiosos y el sarampión.

Gong Yu Ting tenía 15 años cuando llegó con sus padres e inmediatamente comenzó a lavar ropa en un río de aguas cristalinas junto a otras chicas. Lavaban y cantaban, llevando cestas de ropa en una rutina interminable sin días libres.

Inesperadamente, la tragedia la golpeó. Sus padres y otros inmigrantes murieron a causa de una grave epidemia de gripe. Aunque eran inmunes a casi todas las enfermedades de su tierra natal, no pudieron resistir las fiebres de esta nueva tierra.

Después de los funerales, siguió trabajando, y un día vio a unas mujeres vestidas de manera similar. Eran de la religión local. Ella no tenía padre ni madre, ni pretendiente. Sus compatriotas le dijeron que iría a trabajar y viviría en la gran casa de uno de los líderes de la ciudad.

Con estoicismo y en absoluto silencio, fue llevada por las monjas de La Milagrosa para trabajar en la cocina de la casa del General José Antonio Trompiz Guedez, un hombre viejo, severo y tranquilo, padre de varios hijos.

Comenzó a trabajar en la gran cocina de la inmensa casa. Tenía una habitación con una cama para ella sola, aprendió a preparar y comer las diferentes comidas, reemplazó el té con café y vio a uno de los hijos del general. No podía creerlo. Era un demonio malvado —tenía que serlo—, pues poseía una belleza y un encanto que nunca podría haber imaginado.

Él le sonrió, la trató amablemente y comenzó a enseñarle palabras. A su vez, ella lo trató con respeto, y él continuó haciendo lo mismo. Asombrosamente, a ninguno de los habitantes de la casa pareció importarle las visibles muestras de simpatía del atractivo joven por la hermosa muchacha de raza diferente

La belleza del joven y la forma en que la trataba la hacían llorar por las noches, en la oscuridad de su habitación. Soñaba con él, despertándose por la mañana con la esperanza de verlo aunque fuera fugazmente. A pesar de su resistencia, sus ojos se bajaban tímidamente cada vez que él se acercaba.

Con el corazón roto, ella veía las distinguidas fiestas donde bellas señoritas vestidas con mucho lujo bailaban con los jóvenes extrañas danzas con música tan diferente.

No le cabía duda que alguna de esas muchachas conquistaría al precioso y distinguido joven.

Un día, él le robó un beso. Ella se quedó paralizada, mientras él no pudo evitar reírse de su asombro. Ella no sabía qué era, pero su corazón casi estalló. Comprendió que lo amaba, que ese ser de una raza tan diferente, con su cabello negro azabache, ojos azul claro y piel tan pálida, poseía su corazón. No sé entendían, Pero el amor juvenil supera raza, idiomas y clases sociales.


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Novelas Por Capitulos



Un día, él le robó un beso. Ella se quedó paralizada, mientras él no pudo evitar reírse de su asombro. Ella no sabía qué era, pero su corazón casi estalló. Comprendió que lo amaba, que ese ser de una raza tan diferente, con su cabello negro azabache, ojos azul claro y piel tan pálida, poseía su corazón. No se entendían, pero el amor juvenil supera razas, idiomas y clases sociales.
Esa alegría de sentirse correspondida, la hizo trabajar con fervor, la hizo sonreír en silencio. Era una locura que no podía compartir con sus otras compañeras de trabajo, quienes no entendían el cambio en ella.
Y así, una noche, entregó su pureza, una y otra vez, con un torbellino cada vez mayor de amor ilimitado entre ellos.
Cuando él salía de su habitación, ella quedaba presa del miedo; estaba segura de que su relación no sería permitida una vez que se descubriera —ella era una extranjera, de una raza diferente, una sirvienta, ni siquiera sabía el nombre de su amado y ella muchas veces le dijo el suyo y él no lo entendió—. Durante el día, la joven bajaba la cabeza y se apresuraba a esconderse en su trabajo en la calurosa cocina cada vez que la distinguida señora se acercaba, de una manera u otra.
La realidad de su situación la hizo darse cuenta de la locura de lo que estaba haciendo. La joven lloró y pensó en quitarse la vida; pero no podía escapar a la ardiente pasión entre ellos ni a la locura de sus besos juveniles.
Una noche, llegaron soldados, y el general, con un elegante uniforme, se llevó a su joven hijo a una de las muchas guerras, el niño vestido igual que su padre.
“Volveré. Eres mía. Mi padre y mi madre lo entenderán. Eres hermosa y estarán de acuerdo. Nuestros orígenes también son humildes”, logró hacerle entender el muchacho la noche antes de irse, durante su visita secreta y apasionada en el silencio de la medianoche.
El joven fue a la guerra, y el tiempo pasó. Algo le sucedió a la muchacha extranjera; su vientre se hinchó lentamente, todo fue descubierto. Furiosa y decepcionada, la esposa del general la envió de vuelta con las monjas.
Las monjas la miraron, la recibieron con el ceño fruncido y la acogieron. Pasó su embarazo rezando a este nuevo dios, fregando diligentemente los suelos del convento.
Una noche, bajo una fuerte lluvia, Gong Yu Ting dio a luz a una niña en el convento, atendida por las monjas.
Gong murió de fiebre puerperal tres días después, y una nueva revolución triunfó entre las muchas de esta tierra lejana.




Capítulo Tres
Una nueva revolución triunfó entre tantas en esa tierra lejana. Días después, la puerta principal del convento recibió una visita silenciosa. El viejo y elegante general entró al convento en silencio.
—Saludos, general. De algún modo, sabía que vendría —dijo la madre superiora al aristocrático, delgado y callado gentilhombre. Él hizo un gesto, asintiendo.
—Es un triunfo excelente para sus esfuerzos.
—El precio que la vida me ha cobrado es mayor que mis esfuerzos y trofeos.
—Lamentamos la pérdida de su hijo.
El hombre asintió.
—Nada permanece oculto. Al final, me contaron la verdad de lo que ocurrió entre la joven extranjera a mi servicio con mi hijo.
Un minuto después, recibió a su nieta de manos de las monjas. El hombre la sostuvo entre sus brazos, y la monja, conmovida, observó una lágrima silenciosa en el austero rostro del hombre. Una niña hermosísima, de cabello muy negro, piel muy blanca y ojos extremadamente rasgados con un inmenso azul.
—Tiene los ojos de mi hijo; en ella, él sigue viviendo.
—Así es, general.
—A mi edad, debo encontrar fuerzas para seguir luchando. Los problemas de un hombre mayor casado con una mujer joven y con hijas aún adolescentes. Si yo hubiera estado, nada de esto hubiera pasado. Lo hubiera entendido.
La Monja asintió.
—¿Cómo la llamará? Aún no le hemos puesto nombre —indicó al general que contemplaba la niña.

Inmediatamente, anunció el nombre de la niña a la superiora: Del Valle Cristina Trompiz Guedez. El nombre de su abuela, y los apellidos de su esposa y de él mismo. Era nieta, era hija.
Una hora después, llegó un sacerdote para bautizar a la niña, siendo hija, nieta y ahijada del general. Así llegó una nueva descendiente a la inmensa mansión en las afueras de la pequeña ciudad. En el aroma de las montañas, con olor a café, fue criada en la casa bajo el cuidado de la esposa del general y de dos hermosas adolescentes, tías y hermanas a la vez.
La niña mostraba una mezcla de razas que poco a poco la llevó a una belleza original y distinta, en contraste con todos los habitantes de la casa. Del Valle Cristina Trompiz Guedez vivió una vida tranquila y serena.
En 1877, se enamoró y se casó con un joven ingeniero de minas canadiense, muy apuesto, disfrutando junto a sus hermanas y tías de la inmensa e infinita herencia que le dejaron su padre y su abuelo.




II
En 1882, nació su tercera y última hija, tras la muerte de sus dos hermanos en la peste de 1880. Para entonces, era rutina para ella y su esposo realizar el viaje en barco de quince días desde La Guaira hasta Nueva York, y luego el trayecto de tres días en tren desde Nueva York hasta Montreal. Evitaban el crudo invierno canadiense y se quedaban en la inmensa hacienda cacaotera que compraron en los valles de Aragua, o en la Casa Grande de Caracas.
Su última hija, Dulce María Wilson Trompiz, realizó un viaje de placer al Mediterráneo en 1902. Conoció a un joven inglés muy apuesto y elegante, quien la persiguió hasta Canadá y terminó pidiéndole matrimonio en la Casa Grande del pequeño país latinoamericano. Se casó con la frágil y bella joven de rasgos suaves y los eternos ojos rasgados color mar, característicos de la familia.




IV
Gracias al dinero de ambos, la joven esposa y su esposo mantuvieron la tradición. Viajaban y vivían entre ambos países, pese a los agotadores y peligrosos trayectos. El joven también amaba el paisaje soleado, la fresca brisa vespertina y la belleza de su esposa en un entorno rural y apacible.


El 15 de marzo de 1937
tensiones constantes. En 1939, el gobierno japonés intentó imponer restricciones a las concesiones internacionales, pero estas medidas no se implementaron por completo hasta la entrada de Japón en la Segunda Guerra Mundial. Fue en este ambiente donde el padre de Marina realizaba negocios, y donde también, un joven occidental muy apuesto y encantador hacía negocios por todas partes, un tal Alexander Enrique Cavendish Wilson, quien se movía con facilidad gracias a sus amistades con oficiales japoneses, comerciantes chinos y su pasaporte de un país desconocido.
La joven Marina Leung Ba, de dieciséis años, se había transformado en una adolescente seria y espectacular. Para mantenerla alejada de la terrible situación en Shanghái, entre las tropas japonesas y los rebeldes, fue enviada a Hong Kong a estudiar contabilidad, a la que se dedicó con una disciplina ejemplar, y canto como materia adicional.
No podía negar que le gustaban muchos chicos, pero algo le impedía enamorarse. No entregaría su corazón bajo ninguna circunstancia. Aunque muchos pretendientes iban y venían tratando de conquistar su inalcanzable corazón, no lograron sus objetivos.
Vio, conoció y entendió los discursos del inmenso Chiang Kai-shek  del gran y grandioso líder comandante Mao Zedong. Contra todo pronóstico, se unió a una hermandad secreta: los Tigres del Kuomintang y el Partido Comunista del Pueblo. Con disciplina, llevó a cabo misiones secretas en Hong Kong, y su profundo conocimiento de los japoneses fue de gran ayuda. Todos sabían del avance japonés en China, y llegó el año 1941.


1941: Ataque a Pearl Harbor y ocupación total
El 7 de diciembre de 1941, el ataque japonés a Pearl Harbor marcó el comienzo de la participación activa de Japón en la Segunda Guerra Mundial. Este evento cambió drásticamente la situación en Shanghái.
El 8 de diciembre de 1941, las fuerzas japonesas atacaron completamente la ciudad, incluidas las concesiones internacionales y francesas. Los ciudadanos occidentales estaban bajo la amenaza de arresto o confinamiento en campos de prisioneros de guerra, y las propiedades extranjeras fueron confiscadas. Los refugiados judíos en el gueto de Hongkou sabían que enfrentarían condiciones cada vez más difíciles, ya que los japoneses les impusieron restricciones adicionales. Sin embargo, a diferencia de Europa, la mayoría sobrevivió gracias a la ausencia de un programa de exterminio sistemático.
Sucedió lo impensable. Los japoneses atacaron Hong Kong el mismo día del ataque a Pearl Harbor, el 8 de diciembre de 1941. Ella leía con avidez los periódicos que anunciaban los catastróficos resultados de la guerra en Europa, esperando vislumbrar una posible ayuda. Rusia apenas se defendía de los alemanes, y los japoneses eran una mancha imparable en Asia: Singapur, Indochina, Filipinas, Birmania. Los estadounidenses permanecían neutrales, esperando el mejor momento para actuar, según sus intereses particulares. Cuando comenzó la batalla por Hong Kong, la joven no se hizo ilusiones. Desde el balcón de su lujoso apartamento, observó la desigual lucha por la ciudad el 8 de diciembre de 1941. Presenció lo impensable: los británicos se rindieron el día de Navidad, el 25 de diciembre de 1941.
Vio al General Rensuke Isogai marchando por Nelson Street al frente de sus tropas, y desde su balcón los contemplaba; no parecían tan malvados. Marchaban lentamente, con una disciplina ejemplar, total. Desde niña, siempre los había conocido y sabía cómo evitar ponerse frente a su terrible maldad.
Estos japoneses, las tropas de Isogai, no se parecían en nada a los japoneses fuertes, marciales y disciplinados que gobernaban en el norte. Eran un insulto para los perros y cualquier demonio. En resumen, se comportaban de manera muy diferente a los que ella conocía. Estaban borrachos como cubas. Masacraron a la población. Violaron a mujeres sin importar su condición y edad. Eliminaron bancos. Saquearon tiendas, destruyeron por el simple hecho de destruir, y ella se vio obligada a huir de su lujoso apartamento. Parte de la fortuna de su padre en dólares estadounidenses y dólares de Hong Kong estaba depositada en el Banco de Hong Kong y Shanghái; el dinero se evaporó cuando el banco fue confiscado. Su hermosa escuela donde estudió tan cómodamente, el St. Paul’s Girl’s College de la Iglesia Anglicana, fue tomada y convertida en un hospital militar. Marina Leung Ba comprendió que tenía que abandonar la ciudad mientras pudiera. Gracias a su pasaporte especial, que utilizó profusamente en beneficio de los Tigres del Kuomintang, pudo escapar de Hong Kong cuando los japoneses alcanzaron la cima de la barbarie. Se fue en un tren de refugiados a Cantón y desde allí continuó los 1200 kilómetros más peligrosos de su vida hasta Shanghái. No pudo continuar. Creyó que recibiría ayuda de los amigos de su familia, pero no fue así.
Se enteró del pago japonés por la lealtad de su padre hacia ellos: lo asesinaron a él y a su madre y se apoderaron de todas sus propiedades. La hermosa joven conoció el horror de la impotencia, el hambre, la soledad y la miseria en medio de una ciudad que no conocía, porque lo que una vez fue la perla internacional de Oriente era ahora un revoltijo de ruinas; en medio de un invierno sangriento, en medio de una guerra.
Su única oportunidad para salvarse era contactar urgentemente a los Tigres del Kuomintang. La refugiaron en el único lugar posible, donde también se escondían muchos oficiales británicos y estadounidenses: en el “Sector Restringido para Refugiados Apátridas”, en el distrito de Hongkou, el distrito más pobre de Shanghái. El gueto judío de la ciudad, nada menos. Marina pasó todo 1942 escondida allí, hasta que recibió su asignación de los Tigres del Kuomintang. Cantaría en el Moonlight, el lugar favorito de los oficiales japoneses. Tenía que estar allí para averiguar lo más posible sobre sus planes. Ella era la elegida. Cantaba, hablaba japonés y era hermosa. Marina lo entendió. Si el hecho de haber permanecido firmemente católica a pesar de los repetidos y molestos intentos de los anglicanos ingleses en su escuela, de ser antijaponesa antes que su padre —prácticamente cómplice de ellos—; si todo eso valía algo ante Jesucristo, bueno, ahora era el momento de averiguarlo.




Shanghái, 1943: Bajo el yugo japonés
Marina no se hacía ilusiones. Cantar en el Moonlight significaba que, en su primera noche, sería ultrajada por tantos japoneses como quisieran. En las noches siguientes, formaría parte de las orgías de las tropas hasta que se aburrieran de ella. Los Tigres del Kuomintang también lo sabían, pero necesitaban un agente en el interior.
En la noche de su debut, la joven salió a un escenario austero. Intentó entonar una canción japonesa, pero entre los gritos de los soldados, nadie la escuchó. De pronto, un coronel grueso y tosco subió al escenario. Con un golpe seco, arrancó su blusa, dejando al descubierto sus pechos bellos y vírgenes. Aterrada, la joven los cubrió como pudo. El hombre la agarró, intentando besarla con brutalidad, mientras los soldados reían y vitoreaban al miserable.
Un silencio súbito preludió la tormenta. El coronel, absorto en su sadismo, no lo notó. Un bofetón colosal, dado con puño cerrado, le impidió continuar. El coronel, furioso, buscó su sable, pero se detuvo al ver las tres estrellas doradas en el uniforme frente a él: Rikugun-Taishō, General en Jefe del Cuerpo de Ejército, Takeo Namura.
El Coronel recibió otro golpe demoledor de Namura y cayó de rodillas. Namura, Comandante General, señor y amo de toda Shanghái, favorito del príncipe Ahito, tomó el sable del hombre y, con el plano de la hoja, lo golpeó hasta saciar su furia silente. El mismo silencio se propagó de inmediato por la sala.
El Teniente General señaló a un Teniente Coronel que momentos antes había subido al escenario para sumarse al ultraje y que ahora, petrificado, observaba la escena. Este se quitó la chaqueta al instante y cubrió a la joven con rapidez. Namura caminó con calma hacia una mesa frente al escenario. Con un gesto, derribó botellas y vasos al suelo. Se sentó y miró a la joven.
—Canta —ordenó con voz baja y firme.
Todos los soldados, con lentitud reverente, fueron tomando asiento en las mesas en un silencio absoluto, olvidando al instante al coronel tendido, exánime, bañado en sangre al borde del escenario.
Desde ese momento, Marina Leung Ba supo que tenía un dueño. El primero en la lista de los futuros atentados de las guerrillas comunistas y el Kuomintang. El más cruel y despiadado de todos los japoneses en Shanghái: el General en Jefe Takeo Namura.




1942-1943: Shanghái bajo la ocupación japonesa
En 1942, Shanghái sufría una represión política y económica feroz. Las autoridades japonesas intentaban integrar la ciudad en su esfera de influencia, promoviendo la colaboración con el gobierno títere de Wang Jingwei, establecido en Nanjing. En febrero de 1943, Japón anunció la disolución oficial de las concesiones internacionales, devolviéndolas nominalmente al gobierno chino colaboracionista. En la práctica, Japón mantenía un control absoluto.
La crisis humanitaria era devastadora. La escasez de alimentos y recursos básicos golpeaba a la población local y a los refugiados. En el gueto de Hongkou, la vida era insostenible, con muchos judíos dependiendo de la ayuda internacional para sobrevivir.
La guerra era un torbellino inconstante. Shanghái, semidestruida por innumerables batallas, exhibía un aspecto ruinoso. La vida era ardua, marcada por la absoluta carencia de condiciones mínimas y la falta de servicios básicos. Los Tigres del Kuomintang, famosos y temidos, asesinaban oficiales japoneses, saboteaban líneas eléctricas, volaban camiones militares y acechaban a informantes y traidores, colaborando estrechamente con las guerrillas comunistas del ejército de liberación.
Sin embargo, el entretenimiento florecía con fuerza. Los burdeles, casinos y bailes existían para el deleite de los invasores y los colaboracionistas chinos. Shanghái y Hong Kong eran refugios para las tropas agotadas y los marinos japoneses, vapuleados por los estadounidenses en el Pacífico.
Entre las luces de neón, el humo blanco de cigarrillos americanos de contrabando resaltaba una voz de mezzosoprano, pura, dulce, y aún más hermosa. Pertenecía a la mujer de 21 años más bella de todo el Oriente: Madame Moonlight, rompecorazones, bailarina, mordaz e implacable. Era la favorita de los oficiales japoneses, que hacían lo imposible por verla cantar y bailar. Su presencia despertaba el odio visceral de las cantantes y bailarinas japonesas, incapaces de comprender aquel amor fanático por una “inferior”.
En esa noche de finales de verano, calurosa como pocas, entonó una canción folclórica japonesa que lloraba un amor perdido; de esos que no abandonan el corazón y duelen a cada instante por la distancia. Al terminar, arrancó aplausos y lágrimas incontenibles de los japoneses. Pero ella no estaba de humor para compartir.
Madame se retiró a su sencillo camerino. Apenas cerró la puerta, esta fue violentamente abierta de una patada, arrancándole un grito agudo de puro terror. El dueño de la pierna que propinó el golpe entró. No era otro que el comandante de la 3.ª Armada de Ocupación Japonesa, Takeo Namura. Con una pistola en una mano y un regalo en la otra, irrumpió.
—Vienes conmigo ahora mismo. Nos casaremos esta noche, o si no…
—¿Qué? —respondió Madame, más calmada, encendiendo un cigarrillo largo y fino. Mostró sus piernas devastadoras, saboreando el efecto que esa visión producía en el Teniente General.
“Si no, me mataré de inmediato, para que mi espíritu te aterrorice eternamente”, amenazó el hombre, colocando la pistola amartillada en su sien.
“Pero eso, mi querido, ya lo haces permanentemente”, dijo la joven con una sonrisa, soplando humo en el rostro del hombre que había caído de rodillas ante ella. “No necesitas matarte para aterrorizarme cada vez”.
El hombre comenzó a gimotear como un niño ante el desdén de la mujer. Esta implacable mujer lo miró directamente a los ojos y dijo: “Dispárate. Siempre he querido ver cómo luce un disparo directo en la cabeza”, dijo, clavando su mirada en la de él.
Ante la noticia, el hombre rompió en un torrente de lágrimas, solo para recibir una fuerte bofetada de la joven, quien se acercó con su silla giratoria al borde de la cama donde el hombre estaba sentado. Ella lo vio y, con una amplia sonrisa, continuó abofeteándolo sin piedad, a lo que el hombre, sin respetar su uniforme, no hizo ningún intento por defenderse de las burlonas bofetadas de la joven, bajando la pistola de su sien.
“No me amas”, dijo el hombre con voz temblorosa de dolor. “No viviré un segundo más. Me mataré”.
Luego amartilló la pistola de nuevo en su sien, listo para disparar.
“No puedes morir”, dijo la joven enfáticamente, levantándose de la silla giratoria. Luego se alzó el vestido y, quitándose las bombachas, se las arrojó directamente al rostro del Teniente General, quien rápidamente las atrapó y comenzó a frotarlas apasionadamente contra su cara, secándose sus abundantes lágrimas y besándolas con una pasión desenfrenada.
“Es muy importante para mí que sufras por mi causa”, dijo la joven, quitándole la pistola y poniéndole el seguro, colocándola en la funda del general arrodillado. “Tu suicidio es un insulto a la belleza de mi cuerpo. Toda la ciudad debe saber de tu pasión y sufrimiento”.

“No toleraré que pertenezcas a nadie”, ripostó el general, inhalando el perfume de las bombachas.
Aparecieron dos herméticos capitanes de fragata sin mostrar absolutamente nada del disgusto que sentían al ver al jefe militar más alto de la zona, sollozando y sin dignidad, derrotado por una simple joven china. Era un insulto cruel a la belleza y el refinamiento de la mujer japonesa.



Capítulo Cinco
A esas mismas horas tardías de la noche, Alexander Enrique, en el asiento trasero de un Toyota AA, reflexionaba sobre cómo era posible que cupiera en un coche tan pequeño. También se preguntaba qué había hecho para quedar atrapado en esa ciudad oscura y peligrosa. Sinceramente, se había esforzado por irse y había llegado al muelle solo para ver desaparecer en el horizonte el último barco que llevaba a los extranjeros a la seguridad. Se quedó. Pasara lo que pasara, lo vería y lo viviría, si salía vivo de esa situación.
Venía de una reunión de negocios con Wang Jingwei, uno de los colaboradores más prominentes y controvertidos. Originalmente, líder del Kuomintang (KMT) y un estrecho partidario de Sun Yat-sen, perdió influencia dentro del partido tras la muerte de Sun. Durante la guerra, decidió colaborar con los japoneses. En 1940, fundó el Gobierno Nacionalista Reformado, también conocido como el Régimen de Nankín (南京政府). Este gobierno se presentó como una alternativa al gobierno nacionalista liderado por Chiang Kai-shek, pero en realidad, era una marioneta bajo control japonés. Wang Jingwei y sus seguidores fueron apodados “hanjian” (汉奸), que significa “traidores a la nación china”. Este término se utilizaba para desacreditar a quienes colaboraban con fuerzas extranjeras, especialmente con los invasores japoneses.
El tipo le había desagradado intensamente; sus palabras eran vacías y fatuas, y estaba seguro de que sería imposible satisfacer las demandas del hombre: lubricantes automotrices, azúcar, carnes enlatadas, licores… Había llegado buscando negocios con comerciantes independientes, caminando por la peligrosa cuerda floja de evitar enredarse en la lista de proveedores comerciales de los japoneses. Si lo hacía, una soga flamante lo esperaba en Montreal.
El otro participante en la reunión era Zhou Fohai (周佛海), un alto funcionario del Kuomintang que desertó para colaborar con los japoneses. Fue uno de los principales asesores de Wang Jingwei y ocupó puestos clave en el gobierno colaboracionista. Se desempeñó como ministro de Finanzas en el Régimen de Nankín.





Un día, él le robó un beso. Ella se quedó paralizada, mientras él no pudo evitar reírse de su asombro. Ella no sabía qué era, pero su corazón casi estalló. Comprendió que lo amaba, que ese ser de una raza tan diferente, con su cabello negro azabache, ojos azul claro y piel tan pálida, poseía su corazón. No se entendían, pero el amor juvenil supera razas, idiomas y clases sociales.
Esa alegría de sentirse correspondida, la hizo trabajar con fervor, la hizo sonreír en silencio. Era una locura que no podía compartir con sus otras compañeras de trabajo, quienes no entendían el cambio en ella.
Y así, una noche, entregó su pureza, una y otra vez, con un torbellino cada vez mayor de amor ilimitado entre ellos.
Cuando él salía de su habitación, ella quedaba presa del miedo; estaba segura de que su relación no sería permitida una vez que se descubriera —ella era una extranjera, de una raza diferente, una sirvienta, ni siquiera sabía el nombre de su amado y ella muchas veces le dijo el suyo y él no lo entendió—. Durante el día, la joven bajaba la cabeza y se apresuraba a esconderse en su trabajo en la calurosa cocina cada vez que la distinguida señora se acercaba, de una manera u otra.
La realidad de su situación la hizo darse cuenta de la locura de lo que estaba haciendo. La joven lloró y pensó en quitarse la vida; pero no podía escapar a la ardiente pasión entre ellos ni a la locura de sus besos juveniles.
Una noche, llegaron soldados, y el general, con un elegante uniforme, se llevó a su joven hijo a una de las muchas guerras, el niño vestido igual que su padre.
“Volveré. Eres mía. Mi padre y mi madre lo entenderán. Eres hermosa y estarán de acuerdo. Nuestros orígenes también son humildes”, logró hacerle entender el muchacho la noche antes de irse, durante su visita secreta y apasionada en el silencio de la medianoche.
El joven fue a la guerra, y el tiempo pasó. Algo le sucedió a la muchacha extranjera; su vientre se hinchó lentamente, todo fue descubierto. Furiosa y decepcionada, la esposa del general la envió de vuelta con las monjas.
Las monjas la miraron, la recibieron con el ceño fruncido y la acogieron. Pasó su embarazo rezando a este nuevo dios, fregando diligentemente los suelos del convento.
Una noche, bajo una fuerte lluvia, Gong Yu Ting dio a luz a una niña en el convento, atendida por las monjas.
Gong murió de fiebre puerperal tres días después, y una nueva revolución triunfó entre las muchas de esta tierra lejana.
Capítulo Tres
Una nueva revolución triunfó entre tantas en esa tierra lejana. Días después, la puerta principal del convento recibió una visita silenciosa. El viejo y elegante general entró al convento en silencio.
—Saludos, general. De algún modo, sabía que vendría —dijo la madre superiora al aristocrático, delgado y callado gentilhombre. Él hizo un gesto, asintiendo.
—Es un triunfo excelente para sus esfuerzos.
—El precio que la vida me ha cobrado es mayor que mis esfuerzos y trofeos.
—Lamentamos la pérdida de su hijo.
El hombre asintió.
—Nada permanece oculto. Al final, me contaron la verdad de lo que ocurrió entre la joven extranjera a mi servicio con mi hijo.
Un minuto después, recibió a su nieta de manos de las monjas. El hombre la sostuvo entre sus brazos, y la monja, conmovida, observó una lágrima silenciosa en el austero rostro del hombre. Una niña hermosísima, de cabello muy negro, piel muy blanca y ojos extremadamente rasgados con un inmenso azul.
—Tiene los ojos de mi hijo; en ella, él sigue viviendo.
—Así es, general.
—A mi edad, debo encontrar fuerzas para seguir luchando. Los problemas de un hombre mayor casado con una mujer joven y con hijas aún adolescentes. Si yo hubiera estado, nada de esto hubiera pasado. Lo hubiera entendido.
La Monja asintió.
—¿Cómo la llamará? Aún no le hemos puesto nombre —indicó al general que contemplaba la niña.

Inmediatamente, anunció el nombre de la niña a la superiora: Del Valle Cristina Trompiz Guedez. El nombre de su abuela, y los apellidos de su esposa y de él mismo. Era nieta, era hija.
Una hora después, llegó un sacerdote para bautizar a la niña, siendo hija, nieta y ahijada del general. Así llegó una nueva descendiente a la inmensa mansión en las afueras de la pequeña ciudad. En el aroma de las montañas, con olor a café, fue criada en la casa bajo el cuidado de la esposa del general y de dos hermosas adolescentes, tías y hermanas a la vez.
La niña mostraba una mezcla de razas que poco a poco la llevó a una belleza original y distinta, en contraste con todos los habitantes de la casa. Del Valle Cristina Trompiz Guedez vivió una vida tranquila y serena.
En 1877, se enamoró y se casó con un joven ingeniero de minas canadiense, muy apuesto, disfrutando junto a sus hermanas y tías de la inmensa e infinita herencia que le dejaron su padre y su abuelo.
II
En 1882, nació su tercera y última hija, tras la muerte de sus dos hermanos en la peste de 1880. Para entonces, era rutina para ella y su esposo realizar el viaje en barco de quince días desde La Guaira hasta Nueva York, y luego el trayecto de tres días en tren desde Nueva York hasta Montreal. Evitaban el crudo invierno canadiense y se quedaban en la inmensa hacienda cacaotera que compraron en los valles de Aragua, o en la Casa Grande de Caracas.
Su última hija, Dulce María Wilson Trompiz, realizó un viaje de placer al Mediterráneo en 1902. Conoció a un joven inglés muy apuesto y elegante, quien la persiguió hasta Canadá y terminó pidiéndole matrimonio en la Casa Grande del pequeño país latinoamericano. Se casó con la frágil y bella joven de rasgos suaves y los eternos ojos rasgados color mar, característicos de la familia.
IV
Gracias al dinero de ambos, la joven esposa y su esposo mantuvieron la tradición. Viajaban y vivían entre ambos países, pese a los agotadores y peligrosos trayectos. El joven también amaba el paisaje soleado, la fresca brisa vespertina y la belleza de su esposa en un entorno rural y apacible.
El 15 de marzo de 1937
tensiones constantes. En 1939, el gobierno japonés intentó imponer restricciones a las concesiones internacionales, pero estas medidas no se implementaron por completo hasta la entrada de Japón en la Segunda Guerra Mundial. Fue en este ambiente donde el padre de Marina realizaba negocios, y donde también, un joven occidental muy apuesto y encantador hacía negocios por todas partes, un tal Alexander Enrique Cavendish Wilson, quien se movía con facilidad gracias a sus amistades con oficiales japoneses, comerciantes chinos y su pasaporte de un país desconocido.
La joven Marina Leung Ba, de dieciséis años, se había transformado en una adolescente seria y espectacular. Para mantenerla alejada de la terrible situación en Shanghái, entre las tropas japonesas y los rebeldes, fue enviada a Hong Kong a estudiar contabilidad, a la que se dedicó con una disciplina ejemplar, y canto como materia adicional.
No podía negar que le gustaban muchos chicos, pero algo le impedía enamorarse. No entregaría su corazón bajo ninguna circunstancia. Aunque muchos pretendientes iban y venían tratando de conquistar su inalcanzable corazón, no lograron sus objetivos.
Vio, conoció y entendió los discursos del inmenso Chiang Kai-shek  del gran y grandioso líder comandante Mao Zedong. Contra todo pronóstico, se unió a una hermandad secreta: los Tigres del Kuomintang y el Partido Comunista del Pueblo. Con disciplina, llevó a cabo misiones secretas en Hong Kong, y su profundo conocimiento de los japoneses fue de gran ayuda. Todos sabían del avance japonés en China, y llegó el año 1941.
1941: Ataque a Pearl Harbor y ocupación total
El 7 de diciembre de 1941, el ataque japonés a Pearl Harbor marcó el comienzo de la participación activa de Japón en la Segunda Guerra Mundial. Este evento cambió drásticamente la situación en Shanghái.
El 8 de diciembre de 1941, las fuerzas japonesas atacaron completamente la ciudad, incluidas las concesiones internacionales y francesas. Los ciudadanos occidentales estaban bajo la amenaza de arresto o confinamiento en campos de prisioneros de guerra, y las propiedades extranjeras fueron confiscadas. Los refugiados judíos en el gueto de Hongkou sabían que enfrentarían condiciones cada vez más difíciles, ya que los japoneses les impusieron restricciones adicionales. Sin embargo, a diferencia de Europa, la mayoría sobrevivió gracias a la ausencia de un programa de exterminio sistemático.
Sucedió lo impensable. Los japoneses atacaron Hong Kong el mismo día del ataque a Pearl Harbor, el 8 de diciembre de 1941. Ella leía con avidez los periódicos que anunciaban los catastróficos resultados de la guerra en Europa, esperando vislumbrar una posible ayuda. Rusia apenas se defendía de los alemanes, y los japoneses eran una mancha imparable en Asia: Singapur, Indochina, Filipinas, Birmania. Los estadounidenses permanecían neutrales, esperando el mejor momento para actuar, según sus intereses particulares. Cuando comenzó la batalla por Hong Kong, la joven no se hizo ilusiones. Desde el balcón de su lujoso apartamento, observó la desigual lucha por la ciudad el 8 de diciembre de 1941. Presenció lo impensable: los británicos se rindieron el día de Navidad, el 25 de diciembre de 1941.
Vio al General Rensuke Isogai marchando por Nelson Street al frente de sus tropas, y desde su balcón los contemplaba; no parecían tan malvados. Marchaban lentamente, con una disciplina ejemplar, total. Desde niña, siempre los había conocido y sabía cómo evitar ponerse frente a su terrible maldad.
Estos japoneses, las tropas de Isogai, no se parecían en nada a los japoneses fuertes, marciales y disciplinados que gobernaban en el norte. Eran un insulto para los perros y cualquier demonio. En resumen, se comportaban de manera muy diferente a los que ella conocía. Estaban borrachos como cubas. Masacraron a la población. Violaron a mujeres sin importar su condición y edad. Eliminaron bancos. Saquearon tiendas, destruyeron por el simple hecho de destruir, y ella se vio obligada a huir de su lujoso apartamento. Parte de la fortuna de su padre en dólares estadounidenses y dólares de Hong Kong estaba depositada en el Banco de Hong Kong y Shanghái; el dinero se evaporó cuando el banco fue confiscado. Su hermosa escuela donde estudió tan cómodamente, el St. Paul’s Girl’s College de la Iglesia Anglicana, fue tomada y convertida en un hospital militar. Marina Leung Ba comprendió que tenía que abandonar la ciudad mientras pudiera. Gracias a su pasaporte especial, que utilizó profusamente en beneficio de los Tigres del Kuomintang, pudo escapar de Hong Kong cuando los japoneses alcanzaron la cima de la barbarie. Se fue en un tren de refugiados a Cantón y desde allí continuó los 1200 kilómetros más peligrosos de su vida hasta Shanghái. No pudo continuar. Creyó que recibiría ayuda de los amigos de su familia, pero no fue así.
Se enteró del pago japonés por la lealtad de su padre hacia ellos: lo asesinaron a él y a su madre y se apoderaron de todas sus propiedades. La hermosa joven conoció el horror de la impotencia, el hambre, la soledad y la miseria en medio de una ciudad que no conocía, porque lo que una vez fue la perla internacional de Oriente era ahora un revoltijo de ruinas; en medio de un invierno sangriento, en medio de una guerra.
Su única oportunidad para salvarse era contactar urgentemente a los Tigres del Kuomintang. La refugiaron en el único lugar posible, donde también se escondían muchos oficiales británicos y estadounidenses: en el “Sector Restringido para Refugiados Apátridas”, en el distrito de Hongkou, el distrito más pobre de Shanghái. El gueto judío de la ciudad, nada menos. Marina pasó todo 1942 escondida allí, hasta que recibió su asignación de los Tigres del Kuomintang. Cantaría en el Moonlight, el lugar favorito de los oficiales japoneses. Tenía que estar allí para averiguar lo más posible sobre sus planes. Ella era la elegida. Cantaba, hablaba japonés y era hermosa. Marina lo entendió. Si el hecho de haber permanecido firmemente católica a pesar de los repetidos y molestos intentos de los anglicanos ingleses en su escuela, de ser antijaponesa antes que su padre —prácticamente cómplice de ellos—; si todo eso valía algo ante Jesucristo, bueno, ahora era el momento de averiguarlo.
Shanghái, 1943: Bajo el yugo japonés
Marina no se hacía ilusiones. Cantar en el Moonlight significaba que, en su primera noche, sería ultrajada por tantos japoneses como quisieran. En las noches siguientes, formaría parte de las orgías de las tropas hasta que se aburrieran de ella. Los Tigres del Kuomintang también lo sabían, pero necesitaban un agente en el interior.
En la noche de su debut, la joven salió a un escenario austero. Intentó entonar una canción japonesa, pero entre los gritos de los soldados, nadie la escuchó. De pronto, un coronel grueso y tosco subió al escenario. Con un golpe seco, arrancó su blusa, dejando al descubierto sus pechos bellos y vírgenes. Aterrada, la joven los cubrió como pudo. El hombre la agarró, intentando besarla con brutalidad, mientras los soldados reían y vitoreaban al miserable.
Un silencio súbito preludió la tormenta. El coronel, absorto en su sadismo, no lo notó. Un bofetón colosal, dado con puño cerrado, le impidió continuar. El coronel, furioso, buscó su sable, pero se detuvo al ver las tres estrellas doradas en el uniforme frente a él: Rikugun-Taishō, General en Jefe del Cuerpo de Ejército, Takeo Namura.
El Coronel recibió otro golpe demoledor de Namura y cayó de rodillas. Namura, Comandante General, señor y amo de toda Shanghái, favorito del príncipe Ahito, tomó el sable del hombre y, con el plano de la hoja, lo golpeó hasta saciar su furia silente. El mismo silencio se propagó de inmediato por la sala.
El Teniente General señaló a un Teniente Coronel que momentos antes había subido al escenario para sumarse al ultraje y que ahora, petrificado, observaba la escena. Este se quitó la chaqueta al instante y cubrió a la joven con rapidez. Namura caminó con calma hacia una mesa frente al escenario. Con un gesto, derribó botellas y vasos al suelo. Se sentó y miró a la joven.
—Canta —ordenó con voz baja y firme.
Todos los soldados, con lentitud reverente, fueron tomando asiento en las mesas en un silencio absoluto, olvidando al instante al coronel tendido, exánime, bañado en sangre al borde del escenario.
Desde ese momento, Marina Leung Ba supo que tenía un dueño. El primero en la lista de los futuros atentados de las guerrillas comunistas y el Kuomintang. El más cruel y despiadado de todos los japoneses en Shanghái: el General en Jefe Takeo Namura.
1942-1943: Shanghái bajo la ocupación japonesa
En 1942, Shanghái sufría una represión política y económica feroz. Las autoridades japonesas intentaban integrar la ciudad en su esfera de influencia, promoviendo la colaboración con el gobierno títere de Wang Jingwei, establecido en Nanjing. En febrero de 1943, Japón anunció la disolución oficial de las concesiones internacionales, devolviéndolas nominalmente al gobierno chino colaboracionista. En la práctica, Japón mantenía un control absoluto.
La crisis humanitaria era devastadora. La escasez de alimentos y recursos básicos golpeaba a la población local y a los refugiados. En el gueto de Hongkou, la vida era insostenible, con muchos judíos dependiendo de la ayuda internacional para sobrevivir.
La guerra era un torbellino inconstante. Shanghái, semidestruida por innumerables batallas, exhibía un aspecto ruinoso. La vida era ardua, marcada por la absoluta carencia de condiciones mínimas y la falta de servicios básicos. Los Tigres del Kuomintang, famosos y temidos, asesinaban oficiales japoneses, saboteaban líneas eléctricas, volaban camiones militares y acechaban a informantes y traidores, colaborando estrechamente con las guerrillas comunistas del ejército de liberación.
Sin embargo, el entretenimiento florecía con fuerza. Los burdeles, casinos y bailes existían para el deleite de los invasores y los colaboracionistas chinos. Shanghái y Hong Kong eran refugios para las tropas agotadas y los marinos japoneses, vapuleados por los estadounidenses en el Pacífico.
Entre las luces de neón, el humo blanco de cigarrillos americanos de contrabando resaltaba una voz de mezzosoprano, pura, dulce, y aún más hermosa. Pertenecía a la mujer de 21 años más bella de todo el Oriente: Madame Moonlight, rompecorazones, bailarina, mordaz e implacable. Era la favorita de los oficiales japoneses, que hacían lo imposible por verla cantar y bailar. Su presencia despertaba el odio visceral de las cantantes y bailarinas japonesas, incapaces de comprender aquel amor fanático por una “inferior”.
En esa noche de finales de verano, calurosa como pocas, entonó una canción folclórica japonesa que lloraba un amor perdido; de esos que no abandonan el corazón y duelen a cada instante por la distancia. Al terminar, arrancó aplausos y lágrimas incontenibles de los japoneses. Pero ella no estaba de humor para compartir.
Madame se retiró a su sencillo camerino. Apenas cerró la puerta, esta fue violentamente abierta de una patada, arrancándole un grito agudo de puro terror. El dueño de la pierna que propinó el golpe entró. No era otro que el comandante de la 3.ª Armada de Ocupación Japonesa, Takeo Namura. Con una pistola en una mano y un regalo en la otra, irrumpió.
—Vienes conmigo ahora mismo. Nos casaremos esta noche, o si no…
—¿Qué? —respondió Madame, más calmada, encendiendo un cigarrillo largo y fino. Mostró sus piernas devastadoras, saboreando el efecto que esa visión producía en el Teniente General.
“Si no, me mataré de inmediato, para que mi espíritu te aterrorice eternamente”, amenazó el hombre, colocando la pistola amartillada en su sien.
“Pero eso, mi querido, ya lo haces permanentemente”, dijo la joven con una sonrisa, soplando humo en el rostro del hombre que había caído de rodillas ante ella. “No necesitas matarte para aterrorizarme cada vez”.
El hombre comenzó a gimotear como un niño ante el desdén de la mujer. Esta implacable mujer lo miró directamente a los ojos y dijo: “Dispárate. Siempre he querido ver cómo luce un disparo directo en la cabeza”, dijo, clavando su mirada en la de él.
Ante la noticia, el hombre rompió en un torrente de lágrimas, solo para recibir una fuerte bofetada de la joven, quien se acercó con su silla giratoria al borde de la cama donde el hombre estaba sentado. Ella lo vio y, con una amplia sonrisa, continuó abofeteándolo sin piedad, a lo que el hombre, sin respetar su uniforme, no hizo ningún intento por defenderse de las burlonas bofetadas de la joven, bajando la pistola de su sien.
“No me amas”, dijo el hombre con voz temblorosa de dolor. “No viviré un segundo más. Me mataré”.
Luego amartilló la pistola de nuevo en su sien, listo para disparar.
“No puedes morir”, dijo la joven enfáticamente, levantándose de la silla giratoria. Luego se alzó el vestido y, quitándose las bombachas, se las arrojó directamente al rostro del Teniente General, quien rápidamente las atrapó y comenzó a frotarlas apasionadamente contra su cara, secándose sus abundantes lágrimas y besándolas con una pasión desenfrenada.
“Es muy importante para mí que sufras por mi causa”, dijo la joven, quitándole la pistola y poniéndole el seguro, colocándola en la funda del general arrodillado. “Tu suicidio es un insulto a la belleza de mi cuerpo. Toda la ciudad debe saber de tu pasión y sufrimiento”.
“No toleraré que pertenezcas a nadie”, ripostó el general, inhalando el perfume de las bombachas.
Aparecieron dos herméticos capitanes de fragata sin mostrar absolutamente nada del disgusto que sentían al ver al jefe militar más alto de la zona, sollozando y sin dignidad, derrotado por una simple joven china. Era un insulto cruel a la belleza y el refinamiento de la mujer japonesa.
Capítulo Cinco
A esas mismas horas tardías de la noche, Alexander Enrique, en el asiento trasero de un Toyota AA, reflexionaba sobre cómo era posible que cupiera en un coche tan pequeño. También se preguntaba qué había hecho para quedar atrapado en esa ciudad oscura y peligrosa. Sinceramente, se había esforzado por irse y había llegado al muelle solo para ver desaparecer en el horizonte el último barco que llevaba a los extranjeros a la seguridad. Se quedó. Pasara lo que pasara, lo vería y lo viviría, si salía vivo de esa situación.
Venía de una reunión de negocios con Wang Jingwei, uno de los colaboradores más prominentes y controvertidos. Originalmente, líder del Kuomintang (KMT) y un estrecho partidario de Sun Yat-sen, perdió influencia dentro del partido tras la muerte de Sun. Durante la guerra, decidió colaborar con los japoneses. En 1940, fundó el Gobierno Nacionalista Reformado, también conocido como el Régimen de Nankín (南京政府). Este gobierno se presentó como una alternativa al gobierno nacionalista liderado por Chiang Kai-shek, pero en realidad, era una marioneta bajo control japonés. Wang Jingwei y sus seguidores fueron apodados “hanjian” (汉奸), que significa “traidores a la nación china”. Este término se utilizaba para desacreditar a quienes colaboraban con fuerzas extranjeras, especialmente con los invasores japoneses.
El tipo le había desagradado intensamente; sus palabras eran vacías y fatuas, y estaba seguro de que sería imposible satisfacer las demandas del hombre: lubricantes automotrices, azúcar, carnes enlatadas, licores… Había llegado buscando negocios con comerciantes independientes, caminando por la peligrosa cuerda floja de evitar enredarse en la lista de proveedores comerciales de los japoneses. Si lo hacía, una soga flamante lo esperaba en Montreal.
El otro participante en la reunión era Zhou Fohai (周佛海), un alto funcionario del Kuomintang que desertó para colaborar con los japoneses. Fue uno de los principales asesores de Wang Jingwei y ocupó puestos clave en el gobierno colaboracionista. Se desempeñó como ministro de Finanzas en el Régimen de Nankín.
Alexander, automáticamente curado, se levantó tras ella, sin pensar en las consecuencias, tomó una chaqueta de oficial japonés que encontró en una silla. Salió al calor del imposible verano de Shanghái, mirando a todos lados.
Vio el estampado luminoso y el humo que indicaba un atentado.
Alexander Enrique corrió tan rápido como pudo hacia el lugar de la explosión. Era el único que lo hacía; la multitud se movía en dirección contraria. Fue una corazonada, una intuición, algo que no sabía explicar. Los disparos y el humo lo guiaron hasta allí, y finalmente llegó al lugar del estallido. Vio un camión japonés envuelto en llamas e inmediatamente distinguió a un grupo del Ejército de Paz, los Hanjian (Ejército de Paz y Salvación Nacional - 和平建国军): un ejército títere compuesto por chinos que luchaban junto a los japoneses contra las fuerzas nacionalistas y comunistas.
Los milicianos golpeaban indiscriminadamente a la población civil. Un poco más lejos, Alexander divisó a un grupo de personas arrodilladas en fila. Un oficial colaboracionista les disparaba en la cabeza al azar. Vio a la última persona de la fila. Arrodillada con los demás, miraba fijamente, con la mente ausente.
—¡Teniente! —gritó Alexander en japonés, interponiéndose entre el teniente y la fila de arrodillados—. ¡Teniente! Gracias a Buda. Soy el agregado militar… de… eh… Panamarimbo. Sé lo que ocurrió. Pero tengo un deber. Se me ocurre que usted puede ayudarme.
El teniente lo miró, entornando los ojos hasta convertirlos en rendijas. Levantó su pistola. Por un instante, apuntó a Alexander. Luego, conteniéndose, preguntó:
—¿Qué quiere hacer? ¿Cómo sé que es quien dice ser? ¿Por qué se atreve a interrumpir mi represalia? ¿Y dónde demonios queda ese tal… Panamá… cosa?
—Quiero llevarme a todo este grupo conmigo. Necesito gente para limpiar mi casa y las letrinas de mi legación. Mis credenciales están con su propio comandante. Pregúntele —explicó sin pensar en la menor consecuencia.
—Ellos son parte de mi castigo —replicó el oficial, dispuesto a continuar con su labor.
—¡Oh, vamos! Mi rango también es válido aquí. Obedezco a Namura. Estoy seguro de que encontrará más personas con quienes desquitarse —insistió Alexander con una sonrisa, aun interponiéndose.
Al oír ese nombre, el otro vaciló. Finalmente, asintió en silencio y ordenó que los civiles subieran a un camión militar que había llegado.
—¿Dónde está su le… legación de Panamá…cosa? ¿Y cómo quiere que le limpien las letrinas?
—Con las manos —indicó con una sonrisa significativa al teniente.
El hombre volvió a asentir en silencio y detuvo otro Nissan 6x6. Ordenó a los asustados prisioneros subir al camión.
Alexander subió con dificultad también. Debía irse rápido, antes de que el otro cambiara de opinión.
—¿A dónde, señor? —preguntó el conductor, asombrado por la extraña vestimenta del hombre.
—Bueno… únicamente conduzca… yo le diré —respondió Alexander, sentándose con exagerada dificultad en la cabina y pensando constantemente en el tamaño del lío en el que se estaba metiendo. Miró hacia atrás. En efecto, allí estaba ella, sentada con calma entre los demás en la parte trasera del camión, ferozmente vigilada por dos soldados colaboracionistas…
—¿Es en la zona reservada? —se atrevió a preguntar de nuevo el sargento conductor.
—Por supuesto… vaya allá —declaró Alexander con énfasis, observando alrededor la parte desconocida de Shanghái.
El pesado camión rodó por las calles desiertas y entró en la zona reservada. Eufemísticamente llamada así, ya que no estaba reservada en absoluto y también era blanco de la guerra en todas sus formas.
—Aquí es —dijo Alexander, señalando al azar una mansión semidestruida por las bombas, en una amplia intersección de avenidas.
—Pero… ¿Cómo?
—Fue bombardeada ayer. Por eso estoy vestido con pijama de hospital —explicó el hombre, con aire significativo.
El sargento asintió con la boca abierta, mirando al otro, y detuvo bruscamente el camión.
—¿Necesita algo más de mí?
—No. Estaré bien, pero usted debe tener mucho que hacer… Por favor, vaya y cumpla con su deber.
El grupo fue empujado fuera del camión por los soldados que vigilaban, dejando a Alexander solo con ellos.
—Es todo lo que puedo hacer por ustedes —dijo en inglés, suponiendo que la joven traduciría para los demás. El grupo se inclinó en el saludo tradicional chino y se marchó en silencio. La joven estaba a punto de irse, pero Alexander la detuvo…
—Después de que me devolviste la vida, estaba dispuesto a enfrentar a todo el ejército japonés con tal de volver a verte —dijo el joven, con sarcasmo, pero sincero desde el fondo del alma.
—Gracias por salvarnos la vida. Pero es mentira que luchaste contra los invasores. Estabas en un hospital reservado para ellos, y vi con mis propios ojos cómo los Hanjian te obedecían como perros —respondió la joven, fascinada una vez más por ese hombre tan diferente a todos los hombres que había conocido en su vida.
—No todo es como parece, puedo asegurarlo. Hace un rato cantaste para mí y me curaste, no podía ser menos contigo.
—Ellos no me hubieran hecho daño —contestó la muchacha, refiriéndose a los milicianos.
Y sin poder contenerse, exclamó con angustia:
—¡Tienes los ojos azules! Es verdad. Demasiada “agua” en tu mirada (refiriéndose a los cuatro elementos del I Ching).
Para el joven, la primera impresión de una mujer era importante. Observó casi en éxtasis cómo la joven se quitaba el moño, dejando caer una cascada de cabello negro y liso. Su piel no era amarilla, sino de un blanco perlado impresionante, sin una gota de maquillaje. Eliminaba el concepto de que las mujeres chinas tenían ojos pequeños; no, los de ella eran enormes y enigmáticos, negros como la noche. Era esbelta; no podía ver su cuerpo bajo esa amplia camisa y pantalones tradicionales, pero suponía que estaba bien formada. Su andar denotaba caderas amplias. Sus pómulos eran prominentes, típicos de los chinos, y esa boca… esa boca estaba hecha simplemente para besar, así de simple. Por lo demás, era una joven serena y dueña de sí misma, sin duda perteneciente a la clase alta, a juzgar por su comportamiento.
En esos momentos, nuevamente le pareció que había estado en la escuela con ella, que habían celebrado cumpleaños juntos desde la infancia, que siempre había soñado con ella, que tenían toda una vida juntos… Esperaba que no estuviera casada, porque eso sí lo alejaría definitivamente de creer en la vida.
—En resumen, la nueva chica mala en la vida de Alexander —pensó el joven, con el corazón palpitando ante su aparición.
Shanghái, 1943:
Bajo el hechizo de la noche
—¿Cuál es tu nombre? ¿Dónde vives? ¿Por qué apareces de repente? —preguntó Alexander, dando un paso hacia la joven, quien retrocedió instintivamente—. No me temas. Soy incapaz de hacerte daño. Nunca seré tu enemigo. Ya te lo he demostrado. No sé por qué, pero sé que te conozco.















En esos momentos, nuevamente le pareció que había estado en la escuela con ella, que habían celebrado cumpleaños juntos desde la infancia, que siempre había soñado con ella, que tenían toda una vida juntos… Esperaba que no estuviera casada, porque eso sí lo alejaría definitivamente de creer en la vida.
—En resumen, la nueva chica mala en la vida de Alexander —pensó el joven, con el corazón palpitando ante su aparición.
Shanghái, 1943:
Bajo el hechizo de la noche
—¿Cuál es tu nombre? ¿Dónde vives? ¿Por qué apareces de repente? —preguntó Alexander, dando un paso hacia la joven, quien retrocedió instintivamente—. No me temas. Soy incapaz de hacerte daño. Nunca seré tu enemigo. Ya te lo he demostrado. No sé por qué, pero sé que te conozco.



Continuara








Novelas Por Capitulos


La joven lo miró en silencio, escrutándolo. El joven se quedó sin preguntas. En esos segundos, entre las ruinas, ambos se midieron, se desafiaron y se entendieron. Y él se rindió sin condiciones.

—Lo sé. Quieres que me entregue. Lo hago. La Convención de Ginebra sobre prisioneros de guerra dice que debes cuidarme y mimarme, porque estoy herido… Profundamente herido en el corazón —bromeó Alexander intentando de nuevo hablar con la sinceridad que le nacía del alma.

La joven se retiró con una reverencia, sin responderle.

Alexander quedó solo en medio de las ruinas. Comenzó a reír con una alegría nueva, saboreando cada instante de esa sensación desconocida. Comprendió, analizó y vivió desde ese momento que, de repente, estaba profunda e irremediablemente enamorado por primera vez en su vida. Aunque se reprochó haber actuado como un perfecto idiota infantil en las dos ocasiones que estuvo con ella…

—Y tienes ojos negros —dijo, absolutamente hechizado, fascinado por la figura que momentos antes había abandonado el lugar.

Capítulo 7

Pasaron lentos y tediosos los largos días de calor…

“No voy a enamorarme. No voy a buscarla. No somos iguales. Ella es de otra cultura”, se repetía Alexander, intentando convencerse de por qué no debía buscarla, mientras saboreaba el despecho de no verla y cantaba a pleno pulmón, en medio de las ruinas, una canción mexicana que, sin saber por qué, de pronto amaba.

Inmune a las razones que se daba, tras noches de insomnio, recorrió Shanghái de punta a punta en busca de la hermosa joven. Hasta que la encontró.

Aunque era peligroso preguntar, regresó al hospital. Aguantó impávido el reclamo por haberse ido sin terminar el tratamiento y todos le dijeron quién era: “Madame Moonlight”. La cantante principal del Moonlight. El lugar favorito de los oficiales japoneses de alto rango.

Pues allí estaba él, frente al local, iluminado con bombillas rojas y amarillas, con varios autos militares estacionados en la puerta.

—“Lucero Luz de Luna” —dijo el joven en español, mirando el letrero del lugar una noche entre semana, retrocediendo sin entrar.

Se retiró y pasaron más días hasta que, prisionero de la gigantesca obsesión, luchaba contra sí mismo dándose razones.

“Son muy hermosas, pero no sé cómo acercarme. Es cantante allí, eso significa que tiene un protector… O un dueño con todos los derechos”, se justificaba mientras se daba un buen baño, vistiéndose con un traje sencillo sin corbata, repitiendo sin cesar:

“No voy. No voy. Definitivamente no me gusta. Solo tengo curiosidad por ver qué tan bien canta; la primera vez no lo hizo muy bien”.

Vanas razones. Por supuesto que le atrajo el físico de ella, era evidente que con tanta belleza había alguien en su vida. La necesidad de comprobarlo, la urgente curiosidad de verla otra vez en su ambiente, de tratar de conocerla, de saber de ella lo atacaba.

Salió sin pensar en nada y caminó muchas cuadras, mientras el crepúsculo caía lentamente en el ardiente verano de agosto en Shanghái.

Negándose a ir a verla, jurando no hacerlo jamás, convencido de que solo hacía turismo, llegó a la puerta del Moonlight.

“No voy a entrar”, dijo con firmeza, mirando las luces de neón. Y entonces, sin saber lo que hacía, entró en la atmósfera sombría y humeante del lugar.

Esa noche, Madame Moonlight cantaba una canción japonesa desgarradora y patética que dejó a los oficiales japoneses mirándola con ojos llorosos.

“No voy a sentarme. No voy a hablarle. No va a dominarme”, se dijo Alexander, avanzando entre el humo y los militares japoneses. La muchacha terminó de cantar, pasaron pocos minutos y una vez más, el escenario se oscureció, y un haz de luz blanca lo iluminó.

Una figura menuda, en un vestido ceñido, salió de nuevo a recibir los aplausos. Una rosa roja en el cabello, a juego con sus labios carmesí, impuso un silencio colosal. Comenzó a cantar, acompañada por un piano melancólico. Era una canción de amor entre enemigos, cuya única esperanza de felicidad era la muerte de ambos.

“Eso no es para mí, está dedicada al hombre que ama. De eso no hay duda”, se dijo Alexander, sintiendo lazos invisibles que lo obligaban a mirar a esa figura que lo atraía sin piedad, a pesar de un repentino ataque de celos.



“No me gusta. Definitivamente, no me gusta”, murmuró el joven, hipnotizado, sin perderse un solo detalle de ella. Sin darse cuenta, llegó hasta el borde del escenario, maldiciendo a Giacomo Puccini por escribir su historia en Madame Butterfly. Sin percatarse, tomó un vaso lleno de Old Suntory de la mano de un aviador japonés y lo bebió de un trago, repitiendo. Creía haber entendido algún gesto indicativo de la joven, una señal para que mirara en cierta dirección y dejara de ser imprudente, pues estaba parado en el borde del sencillo escenario.

Lanzó una mirada lateral y vio la mesa de los oficiales de alto rango. Vio un alto oficial. Todo Shanghái sabía de él. Namura.

 Un repentino destello de comprensión le hizo advertir que, posiblemente, estaba al borde de algún peligro.

La joven, en un movimiento sobre el escenario, volvió a dirigir su mirada hacia aquella mesa.

Eso explicó rápidamente quién era la otra persona en cuestión.

Discretamente, Alexander se retiró, refugiándose entre el grupo de soldados japoneses que disfrutaban del espectáculo. Por desgracia, su estatura de 1,88 metros no lo ocultaba bien entre la baja talla de los militares.

Por su parte, el Comandante del distrito militar japonés de Shanghái, un hombre anciano de rostro sombrío, golpeaba pensativo su copa con un dedo mientras observaba a la joven cantar, disfrazada y transfigurada por el dolor. Parecía entender su tormentosa historia de amor: solo él, y nadie más.

«Ese es Namura. Hablé con él la otra noche en la reunión de negocios», se dijo el joven, distinguiendo a lo lejos —pese al humo y la luz tenue— las insignias del otro. Las únicas en todo Shanghái.


Momentos antes…

Madame agradeció con una leve sonrisa. Ojeó el auditorio. Reconoció la silueta erguida justo frente al escenario. Alexander la miraba con la boca abierta. Parecía no haber visto jamás a una mujer de otra raza.

Un sentimiento que siempre la asaltaba, y que ahora se intensificaba. No entendía por qué él le resultaba tan familiar, tan íntimo, como si hubiera esperado siempre que estuviera frente a ella.

A propósito, esbozó una sonrisa espectacular que iluminó sus facciones. Se acercó a su pianista y le susurró algo al oído. Inmediatamente, hizo un cambio total: cantó, rio, bailó, giró y se convirtió de nuevo en Madame Moonlight, en todo su esplendor coqueto y sensual que no siempre mostraba al público.


«No tiene nada que ver conmigo, es parte de su espectáculo, y ya dejó claro que ella y Namura… ¡Maldición!», pensó Alexander, en trance y tragando saliva. Comprendió que debía irse de inmediato, observando la vertiginosa evolución de la única reina de las noches pecaminosas en el Shanghái en guerra.




La joven terminó. Un huracán de vítores y aplausos estalló. Varios oficiales que conocían la tragedia personal de Namura lo felicitaron, y un grupo de pilotos —apartando al joven catatónico— subió al escenario, la alzó en hombros y la llevó, entre aclamaciones, hasta la mesa del general.

«El general Takeo Namura lo invita a su mesa», le dijo un joven coronel al muchacho, que se dirigía a la puerta para marcharse.

Sin dejar de maldecir, en silencio, se acercó a la mesa del Comandante.

«Reciba mis saludos, Excelencia. Un honor que no merezco es su invitación», dijo Alexander con firmeza y extrema cortesía al general.

Con un gesto, el general le indicó que se sentara. Un lujo para un simple ciudadano.


«Es usted muy modesto, lo vi hablando en la reunión de comerciantes que buscan ayudarnos. Ese detalle es muy importante para nosotros», le dijo el militar, para que entendiera por el medio de la calle la magnitud de la capacidad de recordar que tenía el peligroso hombre.

Acto seguido, el propio general sirvió un whisky japonés para él y otro para la chica.

La joven se atrevió a agradecer al General con una sonrisa e ignoró al joven invitado. Era una indicación muy explícita para Alexander.

Significaba: «Compórtate y no seas demasiado listo, la chica tiene un pretendiente, y es uno muy peligroso», pensó el joven, comprendiendo el gesto.

La muchacha fue presentada al joven comerciante, quien la saludó con cortesía. No admirarla era peligroso, pues constituía un insulto a Namura. Mostrar demasiado interés en ella también era un insulto a Namura. Todo porque nadie entendía a los japoneses, y tal ignorancia invariablemente significaba la muerte para el incauto.




Namura conversó distante un rato, entre risas corteses y aprobación de los oficiales. Hizo las preguntas habituales acerca de su pasión.

se vio obligado a quedarse, sin poder dirigirle ni una sola palabra hasta que se despidió y fue al baño.

Para ser testigo de ver a Namura golpeando la puerta del camerino.

--- Yo soy tu marido. Yo soy tu dueño.No voy aceptar que seas de nadie ERES MIA-- grito el beodo estrellado una botella de champan contra la puerta y marchando se difícilmente con pasos de beodo.

Una vez que se fue, Alexander fue a la puerta y le dijo en inglés.

-- Es mi turno de extrellar la botella.

La puerta se abrió inmediatamente para enseñar la divina y preciosa figura de Marina.

-- Se que es lo que quieres.No te lo voy a dar-- le dijo casi con odio



E inmediatamente trancó la puerta llevándose las manos al pecho con angustia.





—¿Te identificaron? —preguntó la joven, ya inmersa en su realidad diaria, sentándose junto a la otra.

—Seguramente sí, y desde hace mucho tiempo. Necesito esconderme; nuestras casas seguras están cayendo una tras otra. Tengo los planes de evacuación para los pilotos estadounidenses que están en el campamento. Tenemos que llevarlos a la prisión para organizar la fuga.

—¿Los memorizaste?

—No puedo. Son demasiados. Tienes que leerlos con calma.

—Estamos dos pasos atrás —dijo Marina, sintiendo la preocupación de la otra mujer.

—¿La otra voz? —preguntó la doctora.

—Es mi mayor dolor y la causa de mi desgracia —dijo Marina con otro suspiro trágico…

—¿Qué tan grave es? —preguntó la otra, comprendiendo perfectamente.

—Catastrófico —dijo Marina, estallando en lágrimas, aterrorizada por lo que quería hacer si el doctor no hubiera estado allí.

La mujer con un gesto preguntó.

—Es un hombre obstinado que aparece cada diez años para robar mi alma, marchitar mi corazón e inflamar mi locura. Lo amo, y no sé por qué. Él no siente lo mismo. Solo quiere saciar su lujuria en mí. Lo sé. Va a pasar. Sé que va a pasar.No puedo defenderme de el .

La otra, a pesar de lo grave de la situación, no pudo menos que reírse muy quedamente.

—Le tengo miedo, es algo muy poderoso que me pone inquieta, nerviosa. Hoy bailó conmigo y sentí que me robaba el alma, me deja indefensa cuando lo veo —finalizó ella con fatalismo.

—Pero, ¿cómo conoces a ese extranjero? Mira que tienes sorpresas.

III

Muy temprano por la mañana y en medio de una resaca, despertó desorientado; sin duda, el sake era un licor más que traicionero y peligroso… la sed lo quemaba; recordaba más o menos. La fiesta terminó, todos estaban demasiado borrachos, Madame Moonlight se había alejado tambaleándose y descalza, y un efusivo Namura se ofreció a llevarlo a casa. Luego la vio en bata transparente y entendió que nunca más podría librarse de su hechizo. Era cierto lo que dijo Namura, él era el otro ejemplo.

I

El aterrador ruido de un motor Nissan Tipo 94 lo activó de nuevo. Le trajeron una camilla, ropa, una estufa portátil, comida y agua para varios días, y luego se fueron. Un regalo del soldado japonés que lo trajo. El joven soldado japonés que lo trajo por primera vez se lo dio de regalo.

Le pediría algo después, porque nada de los japoneses era gratis. ¿Quizás Namura? Por otro lado, sabía lo inteligentes y perspicaces que eran los japoneses. Su propia actitud torpe y la de la joven. Ambos se comportaron como adolescentes. Ahora, sin duda, Namura lo elevaría al estatus de rival.

También le obsequiaría regalos para luego matarlo a la primera oportunidad y no perder la cara. Después de que los soldados japoneses se fueron, contempló todo lo que le enviaron…

Podría tener un buen desayuno. Casi de inmediato, la sintió. No necesitaba verla. Sabía que estaba allí. Se giró rápidamente para ver el lugar que hasta un momento antes había estado vacío.

—Saludos, señorita. Un placer indiscutible su visita —dijo con voz temblorosa de emoción, sintiendo que sus rodillas se debilitaban misteriosamente; como experto en mujeres, sabía que no podía mostrarse ansioso, que tenía que controlarse, que tenía que transmitir una sensación de seguridad. Al diablo con eso. Estaba fuera de control y no lo ocultó, ni lo más mínimo, y no le importó en absoluto. Lo que haría sería dejar de decir estupideces infantiles cada vez que la viera.

—Reciba mis saludos, señor Alexander. El motivo de mi visita es decirle que necesito un favor —lo saludó ella, su suave voz oculta por el inmenso sombrero campesino.

—Por supuesto. Toda mi fortuna es suya —observó la evolución de la muchacha que presentó a otra persona silenciosa y lastimosa.

—Es mi familia —le anunció Madame Moonlight—. Está en desgracia.

Alexander palideció. En silencio, miró a las dos mujeres. Entendió que la desconocida no era una pequeña monja de caridad. Había algo en el rostro de la otra mujer que indicaba liderazgo y compromiso. La joven ya sabía el efecto que tenía en él y se aprovechaba despiadadamente. Era un camino que comenzaba de una manera, y él no sabía cómo terminaría.

—Quiero señalar que será peligroso… pero sabré ser agradecida —explicó Madame suficientemente desde debajo de su sombrero. Estaba dispuesta a pagar el sacrificio que Alexander anhelaba sin ocultarlo cada vez que la veía. Alexander negó con la cabeza con un gesto y una sonrisa. Lucharía contra el mismísimo diablo para complacerla.

—No tengo mucho que ofrecer. Pero todo saldrá bien según su deseo —dijo, mirando fascinado a la muchacha.

—Ella necesita respeto —anunció Madame Moonlight, acercándose con la otra, con un distante atisbo de celos, observando cómo la doctora contemplaba el atractivo del hombre, que no podía deshacerse de su atuendo de pícaro.

—Soy un caballero —mintió el hombre descaradamente, evaluando a la otra mujer. Pero de repente, el mundo giró a su alrededor y se desplomó larga y duramente en el suelo.

Horas después, la doctora Xia Jiang esperó a que el hombre se recuperara; lo había vendado de nuevo, y entre los dos, llevaron laboriosamente al hombre a su catre recién llegado. Alexander despertó.

Pudo vislumbrar la angustia desesperada de la joven, que ella enmascaró inmediatamente en un rostro de cera cuando él despertó por completo.

—Estaba inconsciente; debería descansar y no hacer trabajos manuales; además, el trabajo médico que le hicieron es muy mediocre —explicó la atractiva mujer en perfecto inglés.

¡Vaya! Una doctora —dijo Alexander agradecido, entendiendo que incluso entre enemigos puede haber entendimiento.

—Es obvio que la infinita cantidad de licor japonés tuvo un efecto brutal. Ahora que está bien, debo irme —dijo Madame Moonlight de inmediato para escapar al dominio del hombre.

—Siempre será bienvenida —dijo el hombre, mirándola imperiosamente, buscando unirse a ella, con una nueva costumbre de volverse íntimo, ignorando la presencia de los demás.

—Vendré a visitar a mi familia; ella se encargará de su extrema fragilidad —respondió la joven irónicamente, dándole una mirada desafiante e inescrutable, divertida a pesar de sí misma al ver cómo él claramente se desmoronaba en su presencia.

Alexander quedó devastado al ver desaparecer a Madame Moonlight. La enigmática doctora lo miró en silencio. La actitud del hombre parecía la de un adolescente enamorado de una hermosa actriz. Ella le mostró el pequeño camino. —Las chicas chinas son muy difíciles de entender —indicó suavemente.

—Ni siquiera quiero imaginar lo que haré la semana que viene —respondió el joven, asustado, recapitulando las cosas que había hecho por Madame. Si los japoneses se enteraban, los cortarían en pedazos con una hoja de afeitar. No se engañaba ni por un segundo sobre las actividades de la doctora y estaba entendiendo que la joven cantante tenía una doble vida. Tal cual como él estaba a punto de iniciar. Afán de aventura, curiosidad y la urgente necesidad de ver qué tal era Marina en la cama.

Además, la invitación de Namura en la noche anterior indicaba una cosa: “Sé que la conoces. Te estoy vigilando. Ni se te ocurra meterte con la chica. Es mía”.

Pues no sé cómo, pero ella es mía, y ya la tengo aquí en mi casa, eso no va a cambiar —pensó Alexander, tragando saliva con dificultad.

—Ella sufre mucho. Las cosas no son lo que parecen. Tiene que lidiar con Namura todos los días; eso no la salva de los deseos de otros interesados que quieren todo de ella excepto lo que es necesario para una mujer —explicó la doctora mientras analizaba su nuevo hogar, ignorando el hecho de que Alexander más o menos entendía de qué se trataba todo.

—Bueno, llevo varios días sin encontrar mi mundo como siempre ha sido —se quejó, mirando el hueco por donde se fue la muchacha.

—La sabiduría antigua dice que el culpable de las penas de amor debe sufrir un poco para compensar el daño causado por la pasión.

Alexander guardó silencio y frunció el ceño. En el aire vio la imagen de Madame Moonlight en casa de su madre, tranquila, feliz y sonriendo como una niña. ¡Era verdad! Parecía como si hubiera conocido a esta joven toda su vida. Parecía como si siempre la hubiera esperado. No dejaría de luchar por tenerla.

Capítulo Nueve

Una semana después, Namura escribió un poema cursi disculpándose con la inconquistable Madame Moonlight. Las actuaciones eran los jueves y sábados en el local, y no se habían visto desde entonces; desde la perspectiva del general, era un abandono de la frágil joven.

Sentado en un silencio respetuoso, Alexander Enrique aguardaba para entrar al despacho del General. Tenía una cita con Namura. La guerra aún no terminaba, y el campo de batalla seguía indeciso en muchos frentes. Sabía que los japoneses habían tomado Filipinas y las Indias Orientales Holandesas entre abril y mayo, pero también que Japón había sufrido dos derrotas estrepitosas: una en mayo, en el Mar del Coral, y otra apenas en junio, en Midway.

Sin embargo, los japoneses también habían asestado un golpe certero: en mayo, tomaron Birmania, cortando los suministros a las tropas de resistencia china. A pesar de tener carta blanca, Alexander sabía que debía escapar. Quedarse más tiempo significaba involucrarse demasiado, y la línea entre traidor y mercader se desdibujaba peligrosamente. Escapar y ver cómo estaba Marina. Aunque ella tramaba otros planes con él.

Mucho oro le costaron los informes japoneses, metódicos y detallados, que explicaban las batallas en el Pacífico. Ganaban algunas, perdían otras.

Madame Moonlight le había mostrado un movimiento. Una mujer a la que debía ocultar. ¿Espía china? ¿Familia? ¿En desgracia? ¿Qué significaba eso?

Tenía que ser más astuto y jugar al ajedrez con maestría. Mientras tanto, a pesar de que apenas comenzaba el calor sofocante de septiembre de 1942, esa misma mañana un grupo de B-24 Mitchell bombardeó los muelles de Shanghái.

Pero el General Namura solo esperaba que el tango desgarrador de Madame Moonlight no le trajera consecuencias. Sacado de sus pensamientos, un asistente le indicó que podía entrar al despacho de Namura.

—Bienvenido, señor Cavendish. Por favor, tome asiento —saludó Namura.

Tras una reverencia, Alexander se sentó. Namura no perdió tiempo.

—La situación es grave. Necesito la ayuda de todos. Usted es un comerciante y ha arriesgado mucho ayudándonos. Hasta fue víctima de un atentado. Hubo sobrevivientes, fueron secuestrados por los comunistas. Nuestros chicos de la Kempeitai están investigando —explicó el general, mirándolo desde detrás de su imponente escritorio.

Qué oportuno”, pensó Alexander.

—Entonces, está bajo mi jurisdicción —continuó Namura—, y requiero su ayuda. Siempre hay diferencias de conceptos. Obviamente, no soy como mi predecesor, Matsui Iwake. Para mí, la parte económica es crucial para ganar la guerra. Shanghái es un puerto, pero hay cosas que llegan a Tientsin y las necesito aquí. Usted es mercader y quiere comprar y vender. ¿Desea ir a Tientsin a hacer negocios y ver qué podría ayudar a nuestros esfuerzos?

Me envía directo a la muerte. No quiere rivales”, pensó Alexander, observando al comandante inescrutable, que se dignaba a darle la orden en persona, no a través de subordinados. Estaban en medio de una guerra, pero ahora comenzaban otra.

Por eso el inalcanzable comandante siempre quería verlo directamente. La lucha era por la chica. Ambos lo entendían así.

—El viaje debe ser por tierra. No puedo enviarlo por aire ni por mar —explicó Namura, encendiendo un largo cigarrillo inglés.

—Será un placer —respondió el joven, sin saber qué había en Tientsin que no estuviera en Shanghái, un puerto más grande.

—Eso es todo. No hace falta decir que recibirá toda mi ayuda para cumplir su misión.

Alexander se puso de pie, saludó militarmente y se giró para salir. Era mejor no explicar. Caminó, sintiendo lo que se siente un minuto antes de ser decapitado.

Mientras era transportado por un rickshaw por las calles desiertas, se felicitó con amargura.

“Lo lograste. Eso es justo lo que siempre haces. Eso es justo lo que siempre sabes hacer”, se dijo, porque desde ese momento tenía toda, pero absolutamente toda, la atención del General Namura sobre él.

Alexander comprendió rápidamente la magnitud del favor que Marina Leung Ba le pedía. Sin pudor, la doctora comenzó a reunirse con conspiradores en su propia casa. Los presentaba a todos como primos, sobrinos, tíos, hermanos, haciendo que el médico pareciera uno de los seres más prolíficos de Shanghái y llenándolo de admiración por la despreocupación de ella en sus tareas.

Así, Alexander se enteró de un plan que, si la policía secreta japonesa lo descubría, sería el golpe del año. Oculto, escuchó los preparativos de la trama. El dolor de cabeza seguía siendo conseguir el mapa de ruta de escape de la prisión y entregárselo al oficial al mando de los prisioneros.

Sería una misión suicida. La idea era entregar el mapa de escape y suicidarse para no dejar cabos sueltos.

Los americanos estaban en la prisión militar ubicada en el centro de un aeródromo militar japonés, que defendía todo el sector del cuadrante de Shanghái. Todos sabían que los pocos Mitsubishi Zeros del campamento y sus pilotos participaban en los bombardeos a los campamentos de guerrillas rebeldes chinas e interceptaban, como podían, los aviones de los Tigres Voladores americanos.

Hacían esas dos cosas muy mal, pero lo que hacían extraordinariamente bien era custodiar celosamente a los prisioneros americanos para evitar que escaparan.

¿Cómo entrar? ¿Cómo suicidarse sin dejar cabos sueltos? Todos los presentes en la reunión se mantuvieron en un tenso silencio, incapaces de decidir. Al final, lo dejaron en manos del azar. Colocaron una botella vacía de cerveza sobre la mesa, la hicieron girar… y el destino señaló sin titubeos a quién llevaría a cabo la misión.

Se detuvo apuntando directamente a Marina Leung Ba, quien se había colocado detrás del grupo sin que estos se dieran cuenta.

—Lo haré —dijo la joven con firmeza, mirando la botella que acababa de sellar su suerte.

—No —ordenó la doctora—. Eres muy valiosa en el trabajo con Namura. Esa línea no se puede perder.

—Cuando aceptamos desafíos, también aceptamos todos sus riesgos. Yo entregaré el mapa —concluyó ella, cubriendo la sala con un silencio denso como el humo de los incendios en la ciudad.

Alexander, que había escuchado toda la planificación en secreto, sintió que algo helado le recorría el pecho. El temor lo paralizó. No sabían que él había oído cada palabra.

Po Leung Ba estaba más que orgulloso de pertenecer al Ejército de Paz, los llamados Hanjian (和平建国军, Fuerzas de Construcción de la Paz). Se sentía japonés, aunque hubiese nacido en Nankín. Era un veterano oficial de inteligencia, lo que lo había llevado a colaborar estrechamente con la temida Kempeitai (憲兵隊, “Cuerpo de Soldados de la Ley”), la policía militar japonesa.


continuara



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Capitulo 4

Novelas Por Capitulos

Nunca perdió de vista a su hermana. Sospechaba que estaba vinculada al Kuomintang, pero el cerco impuesto por Namura la había vuelto inaccesible incluso para él. Su devoción por Japón era tan profunda que justificaba —y hasta aceptaba con resignación— la muerte de sus propios padres a manos de sus amados superiores.
La situación era crítica. El glorioso Ejército Imperial Japonés solo cosechaba derrotas en China. Pero los japoneses eran tercos, crueles y peligrosamente valientes. Los rebeldes, por su parte, se volvían más osados cada día. La venganza nipona, en respuesta, era cada vez más despiadada. Iban a perder la guerra, pero dejarían la tierra ocupada hecha cenizas.
Po Leung era el reflejo de ese ejército: disciplinado, inflexible, implacable con el enemigo y consigo mismo. Tenía misiones por cumplir. Desde las ruinas, vigilaba a veces a su hermana, a la que había visto entrar en ese refugio oculto


##@#@#@
Marina y Alexander estaban abrazados. Otra marcha. Otra ida, otro riesgo.

El la miró con deseo,ella igual, Pero no lo besó.
Se inclinó apenas, apoyó la frente contra la de él, y dejó que el silencio hablara.
—Si nos besamos… —murmuró— no podré dejarte ir.
Alexander cerró los ojos. Estaba a un milímetro de su boca.
—Entonces no me dejes.
—Marina— se escuchó la voz de la doctora. —Los familiares deben irse.
Alexander simuló no entender nada de lo que dijeron.
—Oye —susurró la otra—, estás acabando con él —dijo la doctora en chino, a punto de soltar la carcajada, suponiendo que no había entendido nada de lo que hablaban.
—¿Es eso lo que quieres? ¿Que me arrodille? —gritó en inglés, cayendo de rodillas en medio de la calle desierta.
Al instante, dos disparos levantaron polvo a su lado y un reflector lo cegó. Una patrulla japonesa frenó con violencia justo frente a su rostro. Alexander golpeó el suelo furioso con los puños, dos veces. Esta era una tierra donde ni siquiera se podía amar o ser rechazado en paz.

VIII
Horas después, un Alexander desolado compartía té con la doctora.
—Creo que la he ofendido. He metido la pata con Marina.
—Es un tigre muy difícil de domar. Teme que surjan situaciones peores. Lo que ya hay es más que suficiente.
—No pretendo ir contra sus convicciones —dijo, indiferente al peligro que enfrentaría en las horas venideras.

IX
En el segundo turno de canciones del Moonlight, una Madame Moonlight afligida recitó poemas que sumieron a Namura en la desesperación; era evidente que la chica estaba perdidamente enamorada. Lo demostraba constantemente. Aun así, se acercó a la mesa y, como siempre, se mezcló con el general. Incluso se atrevió a besarlo en la mejilla, reviviendo al instante su ánimo.
—Mi vergüenza ante Su Excelencia es infinita —dijo la joven, cabizbaja y contrita—, porque en mi interpretación del tango, que bailé únicamente para su deleite, mis defectos y errores fueron evidentes. Siento que lo avergoncé ante sus subordinados. Su generosidad es tan grande que perdona semejante insulto.
—En absoluto —respondió el general, encantado por la repentina cercanía de la joven. El futuro esbozaba posibilidades.
—Por eso esta miserable mujer le suplica un favor —dijo, quebrantándole el corazón con aquellos enormes ojos negros bajo sus párpados oblicuos.
—¡Vaya, vaya! ¿Cómo podría negarme? —exclamó el general, completamente hechizado. Si Madame Moonlight hubiera pensado en pedir la rendición del ejército japonés, seguramente lo habría obtenido del general sin quejas.
—Le ruego que interceda ante el joven comerciante para que comparta su misterioso conocimiento del tango con esta humilde persona.
—¡Pero la ejecución fue perfecta! —exclamó el mayor, sorprendido.
—No lo fue. Hubo un momento en que perdí la coordinación, y si el caballero occidental no me hubiera sostenido, habría caído. Todos deben haber asumido que estaba ebria.
Madame Moonlight cubrió su rostro con las manos y sollozó temblorosa para ocultar su vergüenza.
—Oh, no fue para tanto.
—¡Por favor, no! —dijo entre lágrimas—. Mi baile fue un desastre, y traje la desgracia sobre todos los presentes. Pido disculpas por el agravio a Su Excelencia. Entiendo que es un decadente baile occidental, no tengo la gracia de las bailarinas japonesas para ejecutar el Miyako Odori.
—¿De verdad? —preguntó el general sorprendido del rechazo del otro.
—Así es —respondió, todavía sollozando—. Me daría vergüenza pedírselo al señor Davendich yo misma. Parece un hombre occidental de corazón duro, completamente egoísta. Ni siquiera me escucharía, mucho menos me enseñaría.
—Su vida pende de un hilo —dijo el general con amenaza, como si Alexander estuviera frente a él. También se sintió aliviado al ver que el hombre no tenía intenciones con la chica.

X
Al amanecer, Alexander vio llegar el Toyota negro, acompañado de un transporte blindado Type 97-Te-K equipado con una sola ametralladora en su compartimento de carga. Esa sería su escolta, y limitaría su libertad de movimiento. Lo positivo eran los soldados: no retrocederían ni después de muertos.
El joven salió en silencio, sin sentir alivio. Esta guerra ya no era suya, ni por asomo. Sería un agotador y peligroso viaje de 1300 kilómetros por la costa, arriesgado en ambos sentidos. Nadie podía garantizar que la maquinaria estuviera allí —algo que probablemente Namura había inventado para eliminarlo en el camino—.
—Maldita sea —murmuró el hombre para sí al subir al Toyota y abandonar la ciudad a 30 kilómetros por hora.
—: En el ojo del huracán
Namura había ordenado el regreso de Alexander, pero él ya se había esfumado. Había hecho lo correcto. Lo convocó.
Mientras tanto, el joven veía columnas de tanques Type 89 Hi-Go —los más pesados del arsenal japonés— avanzando por calles y carreteras, junto al incesante ir y venir de convoyes de tropas. Eso significaba que las cosas no iban bien. Ni más, ni menos…

Po Leung estaba exultante. Comandaba un destacamento, aunque su misión era algo inusual. El invierno se asentaba, prometiendo ser implacable. Eso multiplicaría la actividad insurgente por mil.
A lo lejos, vio humo y destellos de disparos. Dos explosiones resonaron, seguidas del rugido inevitable de un vehículo blindado destrozado.
—¡Un combate! —gritó con júbilo, acelerando el camión y ordenando a sus tropas recargar municiones. Rápidamente montaron una ametralladora y comenzaron a disparar sin discriminar.
—¡Vengan, perros! ¡Po Leung está aquí para servirles el desayuno! —bramó, lanzándose al fragor.
Al llegar, encontraron un auto volcado y un vehículo blindado en llamas, destrozado. Muchos soldados japoneses heridos yacían junto a guerrilleros muertos. Los hombres de Po comenzaron a rematarlos sin piedad, hasta que vio a un extranjero forcejeando con sus soldados para detenerlos.
Cuando el extranjero apenas reaccionó, Po se acercó lentamente, rodeándolo como quien evalúa a un toro antes del sacrificio.
—Vaya, vaya, vaya. Un nazi —dijo el joven con sarcasmo y desprecio, observando al hombre, que aún empuñaba su pistola humeante.
—Oye, boche —escupió al suelo cerca de las botas del hombre, haciendo gestos obscenos—. ¿Hablas japonés? ¿Me entiendes? ¿Shirobuta (“cerdos blancos”)? ¿Eres Alexander? ¿Eres Alexander?
—Sí. Soy Alexander, mi estimado “japonés”, aunque cualquiera diría que eres un Chankoro (“esclavo” en chino). Creo recordar haberte visto una vez, cuando echaste una mano con mi personal de limpieza —respondió el hombre en un japonés impecable.
—¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? —se burló Po, imitando—. “Al-ex-an-der”… no te pases de listo.
—Solo soy un mercader independiente en una misión para Su Excelencia Namura —replicó el otro, irritado por el cínico hombrecillo que le sonreía.
—Pues pareces más herido por el miedo que por los chinos —dijo Po, volviéndose hacia un miliciano herido—. ¿Levantándote? —gritó.
El soldado intentó incorporarse. Sin ceremonias, Po le disparó en la cabeza. Sin mirar el cuerpo, repitió el proceso con los demás heridos. De pronto, como si recordara al joven extranjero, se acercó a él.
—Soy Leung Po, y nos vamos a Shanghái de inmediato. Mao Tse Tung y Chiang Kai-shek están más adelante, y no tengo ganas de charlar con esos caballeros hoy.
—Sobre mi cadáver. Voy a Tientsin y respondo ante el General Namura —replicó Alexander, asqueado, conteniéndose a duras penas de dispararle al miserable.
Po Leung asintió, fingiendo comprensión. Se frotó la barbilla, murmuró “¿Qué diablos?” y, de repente, giró con una velocidad sobrenatural, asestando un golpe fenomenal que dejó al extranjero inconsciente al instante.
—Que se lo explique a Namura —dijo, cargando el pesado cuerpo del canadiense mientras ordenaba a sus hombres partir de inmediato.





XI
Una semana después, llegó la noticia: un extranjero había caído en una emboscada y, al parecer, murió junto a unos treinta soldados japoneses.
Madame Moonlight recibió el golpe con una compostura serena.
Casi de inmediato, un ataque al depósito de municiones impuso una estricta ley marcial. Ella se quedó en la casa en ruinas de Alexander junto a la doctora. Prácticamente toda la ciudad estaba en revuelta, con combates continuos a toda hora. Sus órdenes eran esperar; no podían arriesgarse a exponer el plan mayor.
Inspeccionó la habitación destrozada de Alexander. Vio su uniforme japonés impecable, sus fotos, su sencillo catre japonés, su navaja de afeitar, sus gemelos de oro y su anillo. ¿Era de una esposa? ¿Había hijos?
Se desvistió y se acostó en su cama. La habitación estaba llena de mosquitos, a pesar del frío cortante. Envolviéndose en la sábana, inhaló el leve aroma masculino del hombre: vino fino, fútbol, amor apasionado en cada amanecer, teatro y café en la Via Veneto. Notó que la doctora Xia Jiang dormía justo a su lado: una mujer en la plenitud de su vida, tan madura, atractiva y vibrante como él. Un furioso pinchazo de celos le mordió, frunciendo sus hermosos labios. De repente, la realidad la golpeó.
—¡Dios mío! —exclamó ella, comprendiendo la noticia de golpe. Un temor terrible se apoderó de su pecho. Miedo. Miedo a todo.
Al amanecer, Marina se levantó, hizo la cama con una perfección casi militar y contempló la camisa de Alexander. Con un cuidado reverente, la tomó como una viuda que reclama su herencia. Ignorando el toque de queda, caminó por las calles destruidas, esquivando las patrullas japonesas que infestaban Shanghái.



Capítulo 13
Alexander pasó la lengua por dentro de su boca y suspiró aliviado al comprobar que todavía conservaba todos sus dientes. Tras una semana de regreso, lo habían destinado a tareas administrativas dentro de la base japonesa, que era bombardeada sin cesar por ataques de sabotaje. El final se aproximaba, aún a pasos pequeños, aunque estaba claro que pronto se convertirían en zancadas descomunales. Aun así, el camino era largo.
—Supongo que no llegaré a Tianjin —murmuró para sí, de pie en el patio, observando los efectos devastadores de una explosión en unos depósitos de municiones.
Namura fue informado de su regreso. Para asegurarse de que pudiera cumplir su misión —enseñar a bailar a la joven— debía mantenerlo con vida. Y para mantenerlo con vida, debía retenerlo dentro de la base, al menos durante unos días mientras se controlaba la ciudad.
Como recompensa, Alexander recibió un reluciente Datsun y otra comisión militar japonesa. Cada vez lo involucraban más, lo convertían en un objetivo militar, destruían lo poco que le quedaba de reputación con Marina y, sobre todo, ponían su vida en riesgo desde todos los frentes. Era un juego notable y peligroso, que lo arrastraba a la ansiedad y forzaba su mente a trabajar a máxima velocidad para hallar una salida… Una fuga hacia el interior de China. Pero había un problema: no quería hacerlo solo. No sabía cómo. Lo haría con Marina Leung Ba…
Así que, según su costumbre, hizo caso omiso a las órdenes de Namura, inventó lo que le dio la gana y se salió del campamento.
Tarareaba la melodía rusa Dorogói Dlinnoyu mientras conducía a gran velocidad por las calles desiertas, mientras las bombas caían a su alrededor.
—¿Cómo están todos? —murmuró al aire, testigo de la magnitud de las explosiones.
Con una brutal frenada, llegó a sus ruinas y corrió hacia lo que quedaba de la casa colapsada.
—¡Dios santo! ¡El espíritu del extranjero ha vuelto para atormentarme! —gritó la doctora en inglés, al ver a Alexander de pie entre los escombros, fresco como una flor y con una sonrisa de niño travieso.
—Mi espíritu, mi cuerpo y mi hambre feroz han regresado —respondió él, divertido, y no pudo evitar abrazar a la sorprendida doctora con afecto.
Ella, todavía atónita —convencida de que el apuesto extranjero había regresado entero y hermoso gracias al amor de Madame Moonlight— lo observaba sin decir palabra.
Alexander seguía conversando en inglés con la doctora. Aunque lo torturaran, jamás admitiría que entendía perfectamente el mandarín.
—Voy a dormir hasta 1950 —anunció el joven.
Minutos después, se daba una ducha helada que lo hizo gritar como un condenado. Luego, se dejó caer desnudo en su catre.
—Ah… qué delicia —dijo, llevando las manos al rostro e inhalando ese perfume espectral, femenino, dulce y fresco que impregnaba su lecho. Era el olor de ella. El olor de su princesa. No lo dejaba en paz ni por un segundo. Su aroma lo perseguía, lo enloquecía.
Abrazó la almohada, enterró el rostro en ella y se quedó dormido como un niño.
En ese mismo instante, Madame Moonlight tomaba su decisión, sentada ante el espejo de su camerino.
Su educación, así como la ocupación japonesa, la habían familiarizado con sus costumbres. Esa noche tendría otra presentación. Era jueves, y habían pasado tres semanas desde su última conversación con el General, debido a los disturbios. Un sentimiento profundo, una sensación de que todo había quedado suspendido en el aire, la inundaba por dentro.
Llevaría un arreglo floral al escenario: un ikebana. A pesar de su desorden interior, lo hizo ella misma. Usó crisantemos blancos, símbolo de que su corazón estaba muerto, pues el dueño de su amor también lo estaba. Ya no le importaba el sufrimiento de su cuerpo. Eligió el estilo moribana, donde el paraíso (shin) descansaba en la esperanza, el hombre (soe) se achicaba con ramas cortas, y la tierra (hikae) era mínima, mostrando su desapego a la vida. Un reflejo de su existencia. Lo complementaría con un kamiokuri.
Madame cantó. Otra noche de nostalgia y dolor. Y Namura lo percibía. La canción se ofrecía al público, pero el corazón se negaba: ya estaba enterrado con un cadáver. Ese era el verdadero triunfo del general.
—Esta noche me devoraré a mi presa —pensó él, satisfecho, bajando de golpe su whisky, mientras recibía las miradas aprobatorias de su séquito.
Madame Moonlight, enfurecida por ser una mujer china obligada a adoptar costumbres japonesas, imitó la tradición de las geishas y preparó una pequeña caja de obsequio. Contenía solo un mechón de su cabello negro. La deslizaría bajo la mesa y la colocaría en manos del Teniente General. Un simple kamiokuri. Cantó con los ojos cerrados, para que Dios no viera las lágrimas de dolor que se desbordaban. Era víctima de los caprichos de los poderosos. La vida la había juzgado… y condenado.
Ella terminó de cantar y se dirigió hacia su destino. Caminó hacia la mesa, llevando el pequeño regalo para el general escondido en su vestido rojo de seda y lentejuelas.
Namura estaba severo. Su rostro presagiaba la violencia que había reprimido durante tanto tiempo. La joven se sentó junto al general y permaneció en silencio.
—Me han torcido el brazo —dijo el general en voz baja—, pero no puedo luchar contra los sentimientos de mi alma. Para ti es sencillo. Eres joven y sabes amar. Ese es mi miedo… —Tenía la intención de continuar con uno de sus terribles poemas soporíferos, pero su discurso fue interrumpido cuando miró, desconcertado, hacia la penumbra. Emergiendo entre el humo estaba la figura alta y esbelta del apuesto y encantador Alexander Enrique Cavendish Wilson, quien saludó a todos con amplias sonrisas a la usanza japonesa.
Con perfecta lentitud, la joven abrió la boca para ver al fantasma que tenía la cualidad de ser sólido mientras abrazaba a todos, reía y bebía sake, acercándose constantemente a ella. Detuvo su mano, que sostenía el regalo tan cerca de la de Namura, y lo guardó de nuevo. El general había retenido información. Se lo diría después de poseerla. Pero de alguna manera, Alexander había encontrado una salida del cuartel y se dirigía directamente al Moonlight.
—Por favor, joven Alexander Enrique Cavendish Wilson —ordenó el General, al simpático visitante, que en un instante recordó su conversación,mientras se acercaba y veía a Marina en la mesa junto a Namura..
“Cuando venimos y reencarnamos, ya traemos asignada a nuestra pareja”, explicó la simpática doctora en un tono didáctico, a punto de estallar en carcajadas. Realmente eran dos adultos comportándose como adolescentes enamorados en medio de una guerra horrorosa.
“Yo traje un tigre de Bengala de mi vida pasada. Imagínate cómo luciré en mi noche de bodas”.
“Nadie dijo que conquistar a una chica china sería fácil”, respondió la mujer.
“Lo importante es mantenerse vivo para ganársela, aunque sea desde quince metros de distancia. Hablando de otra cosa… más o menos sé de qué trata esto. ¿Tú sabes exactamente qué es?”
Alexander recordó la caja lacada en rojo y se la mostró a la doctora. Esta la abrió y vio un mechón de fino cabello negro en su interior.
“¿Qué es esto?”, preguntó, entregándole la caja.
"Es una costumbre japonesa, no china. Puede significar muchas cosas dependiendo del contexto. Se ve que no era para usted. Es evidente que lo dio obligada por las circunstancias. Interpretando esto, es evidente que Marina estaba a punto de cometer una estupidez.
—¿No era para mí?
—Creo que no. Las circunstancias parecen haberla obligado. Con esto, ella te está diciendo que su alma, espíritu y cuerpo son de un dueño y no importa que su cuerpo sea de otro.
—¿Y quién es el dueño de su alma?
—Amigo, si usted no se da cuenta, ha perdido el tiempo en China.
“Habría sido más fácil simplemente decir que sí y no intentar matarme. De todas formas, ¿eso significa que es mi prometida?”
"De tu vida pasada. Pero tendrás que demostrar que eres digno de este regalo, y que debe cambiar a toda alma y cuerpo.
“¿Qué quieres decir?” preguntó vacilante, mirando a la doctora.
“Estoy seguro de que ha sido más cortés de lo habitual contigo, y sus miradas deben haber sido muy profundas. Tal vez no lo has notado. Pero debido a su educación y costumbres, no es más abierta en su comportamiento”.
“Ya veo. Creo que realmente ha sido así. Y supongo que también la ofendí demasiado con mi actitud”.
—Entonces creo que aún necesitas conquistar su corazón y convencerla. Ella te está dando todo activamente, pero debes merecerla.
—Qué delicia —saboreó Alexander.
—Cuidado, joven diplomático. No cometas un error terrible, espantoso. Tienes una flor delicada entre tus manos. No lo olvides.
Alexander miró a la mujer y contempló sus arañazos. Sí, Madame Moonlight era una flor delicada. No quería ningún cactus chino cerca de él.
—Para ella —continuó la doctora— ha sido muy difícil llevar una doble vida. Para la gente es una “jienü” (贱女), que significa literalmente “mujeres despreciables” o “mujeres de baja moral”. En realidad, su vida está en constante peligro, pues está en las fauces de los monstruos que nos destruyen nuestra vida.
Alexander entendió y una ola de respeto y admiración lo invadió, sintiéndose orgulloso de ella.

Alexander salió de su flash de recuerdo y se sentó en la mesa.

III
El año 1943 terminó, y 1944 avanzó significativamente.
Marina fue criada a la manera occidental. A pesar de asistir a costosas escuelas británicas en el extranjero, enfrentó el rechazo generalizado de los jóvenes occidentales. Descubrió cómo se burlaban de las tradiciones chinas.
En Hong Kong, encontró racismo —peor aún, racismo inglés—. Innumerables tiendas exhibían el familiar letrero: “Prohibida la entrada a mendigos, perros y chinos”. Nada más, nada menos. Extranjeros en su propia tierra.
Cuando se unió al Kuomintang, como miles de jóvenes chinos de clase media, redescubrió sus raíces abandonadas. Para defenderse, aprendió kung fu en el estilo tiger strike, haciendo de sus uñas garras más que mortales. Junto al ballet clásico y la danza moderna, estudió las antiguas danzas de la armonía perfecta, la meditación taoísta, y aprendió costumbres japonesas como el ikebana, los baños termales y tradiciones chinas como la armonía de la Escuela de Feng Shui de los Siete Espejos.
Al final, no podía comprender la terrible maldad de los japoneses; no entendía cómo un pueblo inteligente, culto, sereno y centrado podía caer en un sadismo asesino tan horroroso. La joven había vivido todas estas etapas sin rastros físicos y, lo más importante, sin cicatrices emocionales. Cuando su carrera como cantante terminó debido a la destrucción del Moonlight, comprendió que necesitaba refugiarse nuevamente. Quizás sería temporal.
Esta vez llegaron noticias frescas: se supo que el 26 de octubre de 1944 —solo unas semanas antes—, la Marina estadounidense había derrotado a la flota japonesa en las islas Leyte, Filipinas. Era otro golpe contra el ejército japonés. En el interior de China, las batallas eran monumentales, con derrotas devastadoras para los japoneses, y el general estadounidense Stilwell no coordinaba con las tropas chinas desde India. No, señor. Dirigía la estrategia desde dentro de China misma. Ahora los japoneses huían por todas partes. La libertad se acercaba a pasos agigantados. Pero la silenciosa presencia de soldados japoneses ocupando Shanghái indicaba que, al menos aquí, no sería fácil. Por eso era necesario rescatar a los prisioneros australianos, estadounidenses y británicos de la base aérea. El plan de rescate siempre se había pospuesto de una forma u otra.

Necesitaban llevarlos al frente. Poseían tácticas y métodos desconocidos para la resistencia de Shanghái. Así que Madame Moonlight —contra su voluntad, sin contacto ni con los comunistas ni con el Kuomintang, tragándose su orgullo pero vencida por su amor— se dirigió a donde estaba Alexander, ahora sobreviviendo solo en sus ruinas.

I
El joven, sin ninguna precaución, observó el avance descontrolado de un grupo de P-51 Mustang devastando grandes extensiones de Shanghái. Estos no eran aviones con gran alcance de vuelo, así que Alexander dedujo que algún portaaviones estadounidense realizaba operaciones corsarias en el Mar de China Meridional.
El invierno de 1944 avanzaba, y era evidente que la guerra terminaría en 1945. Japón perdería. Su mente se aceleró para encontrar la manera de sacarlos vivos de este caos… sí, SACARLOS VIVOS. Ese era el plan. Cuando vio el pijama negro, las sandalias y el enorme sombrero de paja, una amplia sonrisa iluminó su rostro.
—Los gatos no soportan bien el frío —dijo, temblando de emoción ante la belleza deslumbrante que emergía de las ruinas hacia él—. Siempre regresan al calor de su guarida.
—Los gatos chinos siempre vuelven para rematar a su presa —respondió la joven, horrorizada de verlo tan delgado.
Él la miró. Pequeña, menuda, no tenía los pechos grandes que preferían los occidentales, ni caderas anchas, ni era la mujer más romántica que jamás había amado. Pero, maldición, ¡cuánto le gustaba! Y no era solo físico —era su presencia, su serenidad, su aroma divino, todo eso lo atraía inmensamente sin explicación.

Sabía por qué había venido. Namura estaría furioso si aún viviera. La escala de los bombardeos se medía por las acciones japonesas: realizaban masacres indiscriminadas sin parar. Su propia casa no tenía inmunidad. Debía actuar con cuidado.
—Te traje un regalo —dijo, rompiendo el hechizo silencioso que ejercían el uno sobre el otro. Le entregó un gatito completamente azul.

—Lo dije en serio —dijo Alexander, acercándose a la figura inmóvil y tomando a la delicada criatura entre sus grandes manos. De inmediato, esta hundió sus diminutos colmillos en su dedo índice.
—Es hembra. Una azul rusa —aclaró ella, nerviosa por la presencia cada vez más cercana del hombre, cuya mirada la inquietaba—. Estoy aquí porque no quiero lidiar con el humor de Namura, sobrevivió, para que lo sepas, y puedes imaginar su carácter. Está dirigiendo todo desde el hospital donde se recupera. Creo que está paralizado.
—Me complace ser más tolerable que ese “amable” caballero —respondió él, tomando súbitamente su mano para evitar que caminara entre las piedras, dándole tiempo para colocar al gatito sobre su vientre plano. Con facilidad, Alexander inesperadamente la cargó hacia la casa, admirando en silencio el rostro anguloso de la joven, su nariz perfecta y esos inmensos ojos negros, inescrutables, que siempre lo miraban como un felino a su presa.
—Bienvenida de nuevo a mi hogar, Madame Moonlight. Tienes el don de iluminar mi vida en cada momento con tu presencia —continuó, odiando lo sinceramente básico que sonaba.
Madame Moonlight fue acomodada con delicadeza en la sala de la residencia de Alexander, donde la guerra parecía ausente. Alexander aguardó alguna palabra de ella y quedó inmediatamente desarmado.
—Mi maleta está en la puerta —dijo la frágil joven china, con un rubor extendiéndose por sus mejillas. Estaba a su alcance, y él realmente no tenía idea de cómo contenerse.
—No ha nacido el primer hombre que entienda a una mujer, y jamás existirá un hombre que pueda entender a una muchacha china. Sé que le gusto. Lo siento así, pero me pone una muralla imposible de pasar —pensó.




V
Horas después, ella preparó té para ambos: un diurético para calmar el espíritu y ahuyentar pesadillas, también útil para aliviar dolores menstruales e inflamaciones de próstata.
Esa tarde, Alexander suspiró, contemplando el día gris. Tenía a Madame Moonlight en la habitación contigua, nada menos, durmiendo junto a la doctora. Pero desde el otro lado del mundo, la Virgen de Chiquinquirá le sonreía. ¿Acaso la devoción de su madre lo había colocado junto a la mujer que cruzó su camino?
Días después, las dos mujeres susurraban entre sí.
—Cuando regresamos hace meses, no lo había visto tan feliz en días —confió la doctora a la joven.
—¿Te ha respetado? ¿Sin insinuaciones? —preguntó la muchacha, mirándola a los ojos.
—Tu presencia nunca lo abandonó. Es un hombre respetuoso, decente. Le dije que dormiste en su catre; estaba enfermo de alegría.
—Robé una de sus camisas —continuó Madame Moonlight en un susurro—. Quiero una conexión con él. Todavía la tengo.
—No ha dicho nada. Pero seguro lo sabe. Es muy perceptivo.
—Tampoco me ha dicho nada a mí. Le di mi regalo ceremonial y un gato.
—No conoce nuestras costumbres, mucho menos las japonesas. Lo tienes completamente confundido. Planea proponerte matrimonio a la primera oportunidad. Ahora que has regresado después de tanto tiempo, sin duda lo hará.
—¿A quién?
—Pues a ti —dijo la doctora.
—Todavía le tengo miedo. Los occidentales son románticos, pero terriblemente mujeriegos e infieles —susurró la joven, fascinada de que él también fuera víctima de un mal de amores.
—Ni diez Namuras ni dos guerras lo detendrán de amarte.
—Sin embargo, el destino nos separa. Debo servir a mi país.
—No vas a ir a la misión. Ya hay de sobra voluntarios. Tienes la oportunidad de ser feliz, al menos —ordenó la doctora—. Además, está el diplomático, tiene poder y si llega a enterarse va a arruinarlo todo para impedir que vayas.
Madame lo entendió. El ataque había sido un intento de deshacerse de Namura y liberarla del suicidio. Los Tigres del Kuomintang eran sensibles al amor y a la belleza.


#@#@#@#



Alexander tomó una decisión. Entendió que tenía que exponerse; daba igual si era un día u otro, los japoneses no sabían olvidar. Así que decidió… Tenía que jugar, porque la idea no era pisar la cola del tigre.
Se marchó y fue directamente al hospital. Sabía dónde buscar y se presentó en la recepción del hospital.
—Soy Alexander Cavendish, soy un comerciante canadiense y conozco personalmente al Generalísimo Takeo Namura. Sé que deben examinarme, y si está consciente, quiero rendirle mis respetos.
El oficial de recepción no dijo nada. Alexander se sentó en silencio. Esa era la idea: vaciar su mente y esperar.esperar.Porque los sucesos ocurridos esa última noche en el moonlight todavía no se lo creía y lo habían traído a esa silla en el hospital para ver a Namura.
—Puede subir a visitar al Generalísimo. Ya sabe que debe ser revisado minuciosamente por nuestro personal y no puede quedarse solo.
—Gracias. Es un honor, un privilegio tener permiso para visitar a Su Excelencia.
Alexander subió y entró en una habitación que era una sala del hospital. Allí estaba el General Takeo Namura en una silla de ruedas.
Fulvio se arrodilló en el suelo frente al general y le dijo:
—General Namura San, es un honor poder visitarlo y que permita que un ser despreciable como yo lo vea.



Namura lo miró y asintió en silencio.
—Sé que pronto volverá a sus deberes y será un día muy agradable para todos.
—Gracias, señor Cavendish. Pasé muchos meses inconsciente.
—Yo también, por eso no había venido antes.
—¿Todavía vive en la misma casa?
—Sí, señor. Y lo invito a tomar té tan pronto como se mejore.
—Fue un atentado. El cocinero abrió las válvulas de gas. La idea era eliminarnos a todos. ¿Tienes a Marina? —explicó y preguntó Namura.
—No, señor —mintió calmadamente.
—No la encuentran en ninguna parte.
—Entiendo que muchas personas desaparecieron debido a la explosión.
—Investigamos, encontramos fragmentos de huesos. Marina murió y se llevó mi alma con ella. Sé que la cortejaste. Eres un hombre valiente, sabías de mis sentimientos y eso no te detuvo.
—Mi respeto y devoción hacia usted son superiores a eso. En realidad fui esa noche para despedirme y marcharme.
—¿A dónde?
—A territorio neutral.
Namura guardó silencio.
Y en ese momento, un oficial de alto rango entró en la habitación.
—Hola, Takeo, me dijeron que te estás recuperando y eso me causó tanta alegría que no pude evitar venir personalmente a verificarlo.
Alexander vio al hombre: pequeño, delgado, elegante, con una voz cortés, de más de 50 años. Cualquier ciudadano se habría orinado de miedo. Estaban frente al General Comandante Kenji Doihara, jefe del cuerpo de inteligencia del ejército, oficial de inteligencia regional. Takeo hizo un esfuerzo por levantarse.
—¿Qué ocurre, Takeo? Por favor. Vine porque somos cadetes de la academia. No hay rango para saludar —dijo el hombre, provocando que gruesas lágrimas brotaran de los ojos de Takeo, tal era su emoción.





Continuara


Bien. Dime, ¿cómo has estado? Dicen que mejoras.

—Sí, señor —respondió Namura, mientras Alexander, arrodillado, mantenía la cabeza baja, rezando para que sus latidos no resonaran en la habitación. Se enfrentaba a uno de los hombres más sádicos del ejército japonés. Sabía de él. Doihara era inteligente, culto, preciso, un manipulador hábil, nada menos que el arquitecto de colocar al traidor Puyi en el trono y jefe de la inteligencia secreta, destructor de aldeas.

Los dos hombres intercambiaron anécdotas de la academia militar y finalmente:

—Takeo, no me has presentado al caballero visitante. ¿Cónsul? ¿Estratega militar?

—Un amigo comerciante. Ha hecho un trabajo excelente para nosotros.

—Cualquier cosa que digas es una recomendación incuestionable.

—No merezco tales elogios, señor —respondió Namura.

—Las cosas se han complicado un poco. Nada que temer. El ejército imperial permanece firme. Pero me han informado de una transferencia de algunas brigadas que teníamos, y también de algunos oficiales operativos.

—No había escuchado nada al respecto.

—No queríamos preocuparte.

—Señor, con todo respeto, deseo reincorporarme a la fuerza inmediatamente.

—Y lo harás. ¿En qué trabaja tu amigo?

—Llevó a cabo importantes transacciones comerciales para nosotros.

—¿En qué área?

—Combustibles, lubricantes, neumáticos —indicó Namura, mientras Alexander permanecía en silencio.

—Bien. ¿Te gustaría colaborar? —indicó Doihara, dirigiéndose directamente a Alexander.

—Un honor inmerecido para un ser insignificante como yo.

—No hay necesidad de modestia. ¿Sabe cómo manejarse?

—No creo estar cualificado. Estoy a sus órdenes para hacer cualquier esfuerzo —respondió Alexander, maldiciendo interiormente la idea de visitar a Namura. Había ido con la intención de conseguir que usara su inf

que debía ser cuidadoso. Ella era virgen. Ese era su miedo. No al hombre, sino a la entrega. Al abandono absoluto.

Había recordado historias entre murmullos de boca de muchachas militantes coreanas y chinas del Kuomintang que habían sucumbido de pasión ante extranjeros. “Ellos cargan herramientas como caballos. El doble de tamaño y grosor que los chinos”.

Un gemido suave, mezcla de dolor y deseo, escapó de los labios de Marina. Sus ojos se abrieron de par en par en la penumbra, justo cuando Alexander, en llamas, entró en ella con una ternura feroz. Viendo su rostro tenso, sus mejillas húmedas, él comenzó a amarla… de verdad. Y confirmó lo que dicen: que las mujeres chinas, aun las inexpertas, cuando aman, lo hacen con una pasión devastadora.

Se amaron lento. Mirándose. Tocándose. Descubriéndose. Hasta que ella alcanzó su primer orgasmo —primitivo, incontenible— jadeando por aire entre el gozo sagrado de amar, por fin, al hombre que deseaba.

Quedaron exhaustos, abrazados, besándose aún con hambre y ternura. Luego, regresó con su traje gris del destino.

—Me has ultrajado —gimoteó ella, con la felicidad cómplice de quien ha probado un nuevo mundo—. Abusaste de tu fuerza masculina… Me dolió. No sé si podré caminar en una semana. No quiero que me toques más. Bestia. Monstruo. Algún día, las mujeres tendrán que defenderse de tanto abuso…

—Tú me tendiste una trampa —replicó él, besándola sin cesar, loco de amor por ella—. Sabías que yo era vulnerable. Estuviste todos estos días preparando tu emboscada… y funcionó. Sabías que no podía estar con ninguna otra. Te amo demasiado…

—Y yo a ti, Alexander… —dijo ella de pronto, seria, con la calma de quien ya sabe lo inevitable—. Y también sé que muy pronto me dejarás embarazada. Eres un potro salvaje…

—Quiero que confíes en mí —susurró él en su oído, como una plegaria desesperada—. Quiero que confíes de verdad… y que no malinterpretes nada.

Entonces le habló de su plan. A la manera occidental: no todo… y no del todo cierto.

Ella lo escuchó en silencio, aferrada a sus brazos fuertes. Sintiendo, por primera vez, que era una mujer completa.

—¿Y cómo puedo confiar en lo que me dices? Nadie te va a perdonar. Eres un traidor. Y me dices todo esto después de hacerme tuya. Ahora estoy involucrada. Nos van a matar… a los dos.

—Te llevaré a la tierra de donde viene mi madre. A mis llanos. A ver mis selvas. Mis amaneceres…

—¿A dónde?

—A una nueva tierra. A otro continente… Después de morirnos de aburrimiento a la orilla de ríos inmensos, mirando a nuestros mil doscientos niñitos chinos corretear desnudos por la arena.

—Tú no vas a llenarme de hijos… ¿Dónde está eso? Qué nombre tan extraño… ¿No eres inglés? ¿Cómo se dice? ¿Ve-ni-zzzhu?

—Ni más… ni menos —dijo Alexander, sonriendo… mientras sentía cómo la pasión, otra vez, comenzaba a arderle en la sangre.

Alexander deslizó su mano por la cintura de Marina, deteniéndose justo donde empezaba la curva de su cadera. La acarició como si recorriera los bordes de un país soñado. Ella no dijo nada. Lo miró con esos ojos negros que parecían esconder siglos de historias, de orgullo, de tormentas contenidas.

—No vas a llenarme de hijos —repitió ella, con una media sonrisa, entre el fastidio fingido y la ternura más auténtica.

—Quizás uno —susurró él—. Uno que nazca en libertad… no aquí, no entre ruinas. Uno que herede tu fuego y mis ganas de huir.

Marina se incorporó lentamente, cubriéndose con la sábana ajada que apenas servía como barrera entre ellos.

—¿Por qué me haces hablar así? ¿Por qué me haces imaginar cosas imposibles… cuando lo único real son tus labios, tu cuerpo, y esta ciudad que se cae a pedazos?

Él no respondió. Solo la miró. Como se mira un atardecer cuando sabes que no volverás a verlo.

—Porque si no soñamos ahora, Marina… si no inventamos un futuro —dijo al fin, acariciándole la mejilla con el dorso de la mano—, entonces esta guerra ya nos ha matado.

Ella bajó la mirada, conmovida, estremecida por la sinceridad que se colaba entre los restos del deseo.

—Me gusta cuando hablas así —confesó—. Me gustas más cuando callas y solo me miras… como si fueras capaz de esperarme toda la vida.

Alexander se acercó y le besó la frente, suave. Luego la nariz. Y después, muy lentamente, los labios. Un beso largo. Profundo. Un beso sin prisa. Un beso que decía todo lo que aún no sabían decir con palabras.

—Te quiero viva —susurró él—. Te quiero conmigo… hasta el final.

Ella asintió. No dijo nada más. Pero algo en sus ojos ya no era igual. Había bajado la guardia. Quizás solo por esa noche. Quizás para siempre.

En silencio, se acomodaron juntos bajo las mantas. No como amantes consumidos por el fuego, sino como dos náufragos que habían encontrado, al fin, un poco de calor en medio del naufragio.

Shanghái dormía, herida. Pero en esa habitación rota, entre escombros y promesas, todavía quedaba algo de belleza.


Alexander regresó al campamento. Era cierto. Se estaba involucrando demasiado y Marina podía ser asesinada por su propia gente.

Durmió inquieto en el campo de concentración. Había dado un salto al vacío, confiando en su diabólica suerte y en las oraciones de su madre. En su nuevo hogar, en Valencia, al otro lado del mundo, en esa zona perdida con un nombre tan extraño como el chino: allí, en Guataparo. Mientras dormía, comprendió de lo que había sido capaz por el amor de esa mujer. No se arrepintió ni por un segundo. Pero tenía claro que Marina no estaba hecha para ser ama de casa. Era hermosa, vanidosa, con un espíritu indolente, una jugadora cruel con los sentimientos ajenos, le gustaba divertirse demasiado, bailar, beber como un marinero, no sabía cocinar ni lavar —ni quería aprender—, adoraba dormir hasta tarde y solía despertarse de mal humor. En sus sueños, dudaba si quería ser madre y, si lo era, si lo haría bien.

El hombre siguió pensando y planeando. Necesitaba salvarla para sí mismo. Sabía perfectamente que, dos minutos después de que terminara la expulsión japonesa, estallaría la guerra entre el Kuomintang y los comunistas. Y no quería otra guerra para los dos. Quería una oportunidad. Una oportunidad lejos, en su tierra de paisajes grises y tranquilidad, a las dos de la tarde.

Alexander, escondido entre las ruinas, escuchó a las mujeres hablar en chino mandarín. Se confiaban la una a la otra y discutían el plan.

Con el mismo espíritu de diversión con el que afrontó esta guerra, afrontaría también esta y construiría para ambos. Tenía que jugar la mejor partida de su vida. Una partida donde solo él entendía las reglas y jugaba. Ironías. Sí, ironías.

Siguió conduciendo desde el campamento hasta las ruinas de su casa, escuchando las conversaciones entre las dos mujeres, quienes casualmente se burlaban de él a su costa. Se dio cuenta y confirmó que el Kuomintang se reunía allí mismo, justo bajo sus narices desde hacía mucho tiempo. Que la doctora era la jefa del distrito, liderando por acuerdo con los comunistas. También escuchó que el Kuomintang sabía que él era el jefe administrativo del campo de concentración. Los comunistas ya tenían esta información. Así que su vida no valía ni un cuarto de yen.

Madame Moonlight era una militante disciplinada; finalmente descubrió que había una misión suicida planeada para liberar a los soldados estadounidenses y, la mejor parte de la historia, sí, estaba enamorada de él.

Dos días después, Alexander regresó en medio de la noche después de estar de guardia en la base de prisioneros extranjeros en Shanghái. Observó cómo el antaño poderoso ejército imperial llegaba hecho pedazos. Heridos, golpeados, vestidos con harapos, desmoralizados y con algo que nunca imaginó: miedo. Mucho miedo. Estaba pensando en ello cuando llegó el frío amanecer. Acababa de darse una ducha helada en la base. Y no tenía sueño. Vio a “Cachita” durmiendo en su catre. Vio a Marina, descalza, vestida con su camisa de fiestas. Estaba mirando sus cosas con curiosidad. La joven habló sin volverse.

: En el borde del abismo

—No tengo navajas para afeitarme. ¿Tienes una? —dijo ella con esa voz seductora y femenina.

Alexander no respondió. Con cuidado, se acercó a la frágil mujer, la tomó por los hombros y la giró hacia él. Levantó su barbilla y, lentamente, se inclinó, perdiéndose en la infinitud de esos ojos negros. La besó con suavidad, saboreando esos labios carnosos, sensuales, dulces, divinos. Fue un beso cargado de hambre reprimida, con un deseo a punto de estallar y con todo el amor que ambos llevaban dentro. Ella correspondió por completo; fue delicioso y sensual. No era muy experta, pero también disfrutó del sabor. Cuando, tras una eternidad, se separaron, él dijo:

—Madame Moonlight —susurró Alexander, con los ojos húmedos de pasión.


—Marina Leung Ba —lo corrigió ella, muy cerca de él. Demasiado cerca. Hipnotizada por la presencia del hombre.

—Marina Leung Ba —repitió Alexander, maravillado, recordando la escena en la casa de Leung Ba, con el dulce néctar de esos hermosos labios—. Estoy loco por ti, y lo sabes. Me tienes completamente enamorado, y lo sabes.

—Lo sé. Me lo has demostrado, y me has presentado a tu destino. Y no podré escapar de él… —balbuceó la joven, con dos enormes lágrimas rodando por sus mejillas, escapando de los brazos que intentaban retenerla, aterrada por el próximo paso que estaban a punto de dar.

IX

Los japoneses tenían costumbres ilógicas. Si los atacaban durante un desfile militar, al día siguiente hacían exactamente lo mismo. Lo mismo aplicaban a los convoyes militares, convirtiéndolos en blancos fáciles para la resistencia china. Pero seguían haciéndolo. Aceptar la derrota era la humillación más vergonzosa. Sin embargo, los hechos eran los hechos.

Los Mitsubishi FJ4, los legendarios Zeros estacionados en la base militar de Shanghái, se convirtieron en un escuadrón kamikaze y fueron enviados al Pacífico. Entonces, ocurrió lo impensable.

La temida y peligrosa policía militar japonesa se retiró, dejando el campamento bajo el control de mercenarios coreanos y soldados chinos del ejército del traidor Pu Yi.

—Shanghái será la tumba final de los japoneses en China —arengó Mao Tse Tung a sus invencibles guerrilleros comunistas.

—Shanghái será liberada por el Kuomintang —rugió el dragón Chiang Kai-shek a sus indomables soldados nacionalistas.

Alexander perfeccionaba su plan mientras conducía por la carretera, soportando los tediosos tributos de las tropas en el campamento, e inmediatamente identificó al verdadero líder de los prisioneros. Un americano rubio, de unos cuarenta años, afable e informal, como él. Conectó de inmediato con el hombre. Un neoyorquino, amante de la pizza y fanático de los Mets, casado con una latinoamericana. ¡Qué suerte! El americano hablaba español.

—Vaya. Siempre pensé que la mafia irlandesa controlaba las cocinas y el licor. Hoy acabo de confirmarlo —le dijo al hombre, estrechando su mano con firmeza en medio del patio, a la vista de todos.

—Soy hijo de un policía, y yo mismo fui patrullero una vez. Sé cómo manejar a los gusanos. Pronto te pondremos esposas y te daremos una bonita celda solo para ti. Pórtate bien, y seremos indulgentes, te alimentaremos e incluso le daremos a la policía montada una cuerda nueva para ti —respondió el prisionero con una amplia sonrisa.

—Van a ganar. Ya están bombardeando Tokio y las grandes ciudades. Voy a mantenerte con vida, y voy a ayudarte a escapar —dijo Alexander de repente, en medio de la calle, respondiendo en español al otro hombre.

—Ese es un truco viejo —dijo el coronel, riendo a carcajadas—. Intenta algo mejor. Algo que me sorprenda. Las palizas ya no nos afectan.

—Prométeme que salvarás a dos gatas.

—¿Dos gatas? Eso es barato —respondió el otro, mirándolo a los ojos.

—Escúchame y memoriza esto —dijo Alexander. Habló largo rato en español. Cuando terminó, el otro permaneció en silencio y luego respondió:

—Amigo, no creo una sola palabra. Especialmente de ti. Traidor y escoria.

—Tienes que creerme.

—Todo lo que dijiste es una idiotez. Tan falso como un traidor. Es lo que veo. Es lo que eres. Basura —le indicó el americano con infinito desprecio.

Tres días después…


Alexander observó una vez más su desfile militar y a sus prisioneros: americanos, británicos, neozelandeses, holandeses, marines, pilotos. Civiles de todas las nacionalidades. Frente a ellos estaba el Coronel americano Ralph Eugene O’Neill.

Alexander era seguido por su nueva sombra, su asistente Po Leung. Se detuvo y se posicionó directamente frente al Coronel O’Neill. Lo miró con desprecio y habló en inglés, el idioma común entre prisioneros y japoneses. El Coronel también lo miró con superioridad y le dedicó un saludo militar desdeñoso.

—¿Crees que soy tu payaso? ¿Crees que no sé nada de tus planes de sabotaje? —dijo Alexander, lanzando un poderoso derechazo al estómago del Coronel, que cayó de rodillas, solo para recibir dos fuertes patadas del administrador—. ¿Crees que si yo fuera tu prisionero, no harías lo mismo conmigo? ¿Dónde está tu superioridad ahora, maldito gusano? —gritó, asestando dos patadas más—. ¡A la celda de castigo! —ordenó, mientras los soldados arrastraban al hombre al sector de castigo, golpeándolo y azotándolo repetidamente en el polvo, mientras Alexander sonreía. Cada prisionero presente lo miraba con un odio incontenible.

Po Leung a su lado sonrió. Su jefe sería lo que sería. Indiscutiblemente, no era un terrón de azúcar.

Esa medianoche, el Datsun negro de Alexander salió a toda velocidad del campo de prisioneros…









Novelas Por Capitulos





—Bien. Dime, ¿Cómo has estado? Dicen que mejoras.

—Sí, señor —respondió Namura, mientras Alexander, arrodillado, mantenía la cabeza baja, rezando para que sus latidos no resonaran en la habitación. Se enfrentaba a uno de los hombres más sádicos del ejército japonés. Sabía de él. Doihara era inteligente, culto, preciso, un manipulador hábil, nada menos que el arquitecto de colocar al traidor Puyi en el trono y jefe de la inteligencia secreta, destructor de aldeas.

Los dos hombres intercambiaron anécdotas de la academia militar y finalmente:

—Takeo, no me has presentado al caballero visitante. ¿Cónsul? ¿Estratega militar?

—Un amigo comerciante. Ha hecho un trabajo excelente para nosotros.

—Cualquier cosa que digas es una recomendación incuestionable.

—No merezco tales elogios, señor —respondió Namura.

—Las cosas se han complicado un poco. Nada que temer. El ejército imperial permanece firme. Pero me han informado de una transferencia de algunas brigadas que teníamos, y también de algunos oficiales operativos.

—No había escuchado nada al respecto.

—No queríamos preocuparte.

—Señor, con todo respeto, deseo reincorporarme a la fuerza inmediatamente.

—Y lo harás. ¿En qué trabaja tu amigo?

—Llevó a cabo importantes transacciones comerciales para nosotros.

—¿En qué área?

—Combustibles, lubricantes, neumáticos —indicó Namura, mientras Alexander permanecía en silencio.

—Bien. ¿Te gustaría colaborar? —indicó Doihara, dirigiéndose directamente a Alexander.

—Un honor inmerecido para un ser insignificante como yo.

—No hay necesidad de modestia. ¿Sabe cómo manejarse?

—No creo estar cualificado. Estoy a sus órdenes para hacer cualquier esfuerzo —respondió Alexander, maldiciendo interiormente la idea de visitar a Namura. Había ido con la intención de conseguir que usara su inf

que debía ser cuidadoso. Ella era virgen. Ese era su miedo. No al hombre, sino a la entrega. Al abandono absoluto.

Había recordado historias entre murmullos de boca de muchachas militantes coreanas y chinas del Kuomintang que habían sucumbido de pasión ante extranjeros. “Ellos cargan herramientas como caballos. El doble de tamaño y grosor que los chinos”.

Un gemido suave, mezcla de dolor y deseo, escapó de los labios de Marina. Sus ojos se abrieron de par en par en la penumbra, justo cuando Alexander, en llamas, entró en ella con una ternura feroz. Viendo su rostro tenso, sus mejillas húmedas, él comenzó a amarla… de verdad. Y confirmó lo que dicen: que las mujeres chinas, aun las inexpertas, cuando aman, lo hacen con una pasión devastadora.

Se amaron lento. Mirándose. Tocándose. Descubriéndose. Hasta que ella alcanzó su primer orgasmo —primitivo, incontenible— jadeando por aire entre el gozo sagrado de amar, por fin, al hombre que deseaba.

Quedaron exhaustos, abrazados, besándose aún con hambre y ternura. Luego, regresó con su traje gris del destino.

—Me has ultrajado —gimoteó ella, con la felicidad cómplice de quien ha probado un nuevo mundo—. Abusaste de tu fuerza masculina… Me dolió. No sé si podré caminar en una semana. No quiero que me toques más. Bestia. Monstruo. Algún día, las mujeres tendrán que defenderse de tanto abuso…

—Tú me tendiste una trampa —replicó él, besándola sin cesar, loco de amor por ella—. Sabías que yo era vulnerable. Estuviste todos estos días preparando tu emboscada… y funcionó. Sabías que no podía estar con ninguna otra. Te amo demasiado…

—Y yo a ti, Alexander… —dijo ella de pronto, seria, con la calma de quien ya sabe lo inevitable—. Y también sé que muy pronto me dejarás embarazada. Eres un potro salvaje…

—Quiero que confíes en mí —susurró él en su oído, como una plegaria desesperada—. Quiero que confíes de verdad… y que no malinterpretes nada.

Entonces le habló de su plan. A la manera occidental: no todo… y no del todo cierto.

Ella lo escuchó en silencio, aferrada a sus brazos fuertes. Sintiendo, por primera vez, que era una mujer completa.

—¿Y cómo puedo confiar en lo que me dices? Nadie te va a perdonar. Eres un traidor. Y me dices todo esto después de hacerme tuya. Ahora estoy involucrada. Nos van a matar… a los dos.

—Te llevaré a la tierra de donde viene mi madre. A mis llanos. A ver mis selvas. Mis amaneceres…

—¿A dónde?

—A una nueva tierra. A otro continente… Después de morirnos de aburrimiento a la orilla de ríos inmensos, mirando a nuestros mil doscientos niñitos chinos corretear desnudos por la arena.

—Tú no vas a llenarme de hijos… ¿Dónde está eso? Qué nombre tan extraño… ¿No eres inglés? ¿Cómo se dice? ¿Ve-ni-zzzhu?

—Ni más… ni menos —dijo Alexander, sonriendo… mientras sentía cómo la pasión, otra vez, comenzaba a arderle en la sangre.

Alexander deslizó su mano por la cintura de Marina, deteniéndose justo donde empezaba la curva de su cadera. La acarició como si recorriera los bordes de un país soñado. Ella no dijo nada. Lo miró con esos ojos negros que parecían esconder siglos de historias, de orgullo, de tormentas contenidas.

—No vas a llenarme de hijos —repitió ella, con una media sonrisa, entre el fastidio fingido y la ternura más auténtica.

—Quizás uno —susurró él—. Uno que nazca en libertad… no aquí, no entre ruinas. Uno que herede tu fuego y mis ganas de huir.

Marina se incorporó lentamente, cubriéndose con la sábana ajada que apenas servía como barrera entre ellos.

—¿Por qué me haces hablar así? ¿Por qué me haces imaginar cosas imposibles… cuando lo único real son tus labios, tu cuerpo, y esta ciudad que se cae a pedazos?

Él no respondió. Solo la miró. Como se mira un atardecer cuando sabes que no volverás a verlo.

—Porque si no soñamos ahora, Marina… si no inventamos un futuro —dijo al fin, acariciándole la mejilla con el dorso de la mano—, entonces esta guerra ya nos ha matado.

Ella bajó la mirada, conmovida, estremecida por la sinceridad que se colaba entre los restos del deseo.

—Me gusta cuando hablas así —confesó—. Me gustas más cuando callas y solo me miras… como si fueras capaz de esperarme toda la vida.

Alexander se acercó y le besó la frente, suave. Luego la nariz. Y después, muy lentamente, los labios. Un beso largo. Profundo. Un beso sin prisa. Un beso que decía todo lo que aún no sabían decir con palabras.

—Te quiero viva —susurró él—. Te quiero conmigo… hasta el final.

Ella asintió. No dijo nada más. Pero algo en sus ojos ya no era igual. Había bajado la guardia. Quizás solo por esa noche. Quizás para siempre.

En silencio, se acomodaron juntos bajo las mantas. No como amantes consumidos por el fuego, sino como dos náufragos que habían encontrado, al fin, un poco de calor en medio del naufragio.

Shanghái dormía, herida. Pero en esa habitación rota, entre escombros y promesas, todavía quedaba algo de belleza.


Alexander regresó al campamento. Era cierto. Se estaba involucrando demasiado y Marina podía ser asesinada por su propia gente.

Durmió inquieto en el campo de concentración. Había dado un salto al vacío, confiando en su diabólica suerte y en las ora

ciones de su madre. En su nuevo hogar, en Valencia, al otro lado del mundo, en esa zona perdida con un nombre tan extraño como el chino: allí, en Guataparo. Mientras dormía, comprendió de lo que había sido capaz por el amor de esa mujer. No se arrepintió ni por un segundo. Pero tenía claro que Marina no estaba hecha para ser ama de casa. Era hermosa, vanidosa, con un espíritu indolente, una jugadora cruel con los sentimientos ajenos, le gustaba divertirse demasiado, bailar, beber como un marinero, no sabía cocinar ni lavar —ni quería aprender—, adoraba dormir hasta tarde y solía despertarse de mal humor. En sus sueños, dudaba si quería ser madre y, si lo era, si lo haría bien.

El hombre siguió pensando y planeando. Necesitaba salvarla para sí mismo. Sabía perfectamente que, dos minutos después de que terminara la expulsión japonesa, estallaría la guerra entre el Kuomintang y los comunistas. Y no quería otra guerra para los dos. Quería una oportunidad. Una oportunidad lejos, en su tierra de paisajes grises y tranquilidad, a las dos de la tarde.

Alexander, escondido entre las ruinas, escuchó a las mujeres hablar en chino mandarín. Se confiaban la una a la otra y discutían el plan.

Con el mismo espíritu de diversión con el que afrontó esta guerra, afrontaría también esta y construiría para ambos. Tenía que jugar la mejor partida de su vida. Una partida donde solo él entendía las reglas y jugaba. Ironías. Sí, ironías.

Siguió conduciendo desde el campamento hasta las ruinas de su casa, escuchando las conversaciones entre las dos mujeres, quienes casualmente se burlaban de él a su costa. Se dio cuenta y confirmó que el Kuomintang se reunía allí mismo, justo bajo sus narices desde hacía mucho tiempo. Que la doctora era la jefa del distrito, liderando por acuerdo con los comunistas. También escuchó que el Kuomintang sabía que él era el jefe administrativo del campo de concentración. Los comunistas ya tenían esta información. Así que su vida no valía ni un cuarto de yen.

Madame Moonlight era una militante disciplinada; finalmente descubrió que había una misión suicida planeada para liberar a los soldados estadounidenses y, la mejor parte de la historia, sí, estaba enamorada de él.

Dos días después, Alexander regresó en medio de la noche después de estar de guardia en la base de prisioneros extranjeros en Shanghái. Observó cómo el antaño poderoso ejército imperial llegaba hecho pedazos. Heridos, golpeados, vestidos con harapos, desmoralizados y con algo que nunca imaginó: miedo. Mucho miedo. Estaba pensando en ello cuando llegó el frío amanecer. Acababa de darse una ducha helada en la base. Y no tenía sueño. Vio a “Cachita” durmiendo en su catre. Vio a Marina, descalza, vestida con su camisa de fiestas. Estaba mirando sus cosas con curiosidad. La joven habló sin volverse.

: En el borde del abismo

—No tengo navajas para afeitarme. ¿Tienes una? —dijo ella con esa voz seductora y femenina.

Alexander no respondió. Con cuidado, se acercó a la frágil mujer, la tomó por los hombros y la giró hacia él. Levantó su barbilla y, lentamente, se inclinó, perdiéndose en la infinitud de esos ojos negros. La besó con suavidad, saboreando esos labios carnosos, sensuales, dulces, divinos. Fue un beso cargado de hambre reprimida, con un deseo a punto de estallar y con todo el amor que ambos llevaban dentro. Ella correspondió por completo; fue delicioso y sensual. No era muy experta, pero también disfrutó del sabor. Cuando, tras una eternidad, se separaron, él dijo:

—Madame Moonlight —susurró Alexander, con los ojos húmedos de pasión.



—Marina Leung Ba —lo corrigió ella, muy cerca de él. Demasiado cerca. Hipnotizada por la presencia del hombre.

—Marina Leung Ba —repitió Alexander, maravillado, recordando la escena en la casa de Leung Ba, con el dulce néctar de esos hermosos labios—. Estoy loco por ti, y lo sabes. Me tienes completamente enamorado, y lo sabes.

—Lo sé. Me lo has demostrado, y me has presentado a tu destino. Y no podré escapar de él… —balbuceó la joven, con dos enormes lágrimas rodando por sus mejillas, escapando de los brazos que intentaban retenerla, aterrada por el próximo paso que estaban a punto de dar.

IX

Los japoneses tenían costumbres ilógicas. Si los atacaban durante un desfile militar, al día siguiente hacían exactamente lo mismo. Lo mismo aplicaban a los convoyes militares, convirtiéndolos en blancos fáciles para la resistencia china. Pero seguían haciéndolo. Aceptar la derrota era la humillación más vergonzosa. Sin embargo, los hechos eran los hechos.

Los Mitsubishi FJ4, los legendarios Zeros estacionados en la base militar de Shanghái, se convirtieron en un escuadrón kamikaze y fueron enviados al Pacífico. Entonces, ocurrió lo impensable.

La temida y peligrosa policía militar japonesa se retiró, dejando el campamento bajo el control de mercenarios coreanos y soldados chinos del ejército del traidor Pu Yi.

—Shanghái será la tumba final de los japoneses en China —arengó Mao Tse Tung a sus invencibles guerrilleros comunistas.

—Shanghái será liberada por el Kuomintang —rugió el dragón Chiang Kai-shek a sus indomables soldados nacionalistas.

Alexander perfeccionaba su plan mientras conducía por la carretera, soportando los tediosos tributos de las tropas en el campamento, e inmediatamente identificó al verdadero líder de los prisioneros. Un americano rubio, de unos cuarenta años, afable e informal, como él. Conectó de inmediato con el hombre. Un neoyorquino, amante de la pizza y fanático de los Mets, casado con una latinoamericana. ¡Qué suerte! El americano hablaba español.

—Vaya. Siempre pensé que la mafia irlandesa controlaba las cocinas y el licor. Hoy acabo de confirmarlo —le dijo al hombre, estrechando su mano con firmeza en medio del patio, a la vista de todos.

—Soy hijo de un policía, y yo mismo fui patrullero una vez. Sé cómo manejar a los gusanos. Pronto te pondremos esposas y te daremos una bonita celda solo para ti. Pórtate bien, y seremos indulgentes, te alimentaremos e incluso le daremos a la policía montada una cuerda nueva para ti —respondió el prisionero con una amplia sonrisa.

—Van a ganar. Ya están bombardeando Tokio y las grandes ciudades. Voy a mantenerte con vida, y voy a ayudarte a escapar —dijo Alexander de repente, en medio de la calle, respondiendo en español al otro hombre.

—Ese es un truco viejo —dijo el coronel, riendo a carcajadas—. Intenta algo mejor. Algo que me sorprenda. Las palizas ya no nos afectan.

—Prométeme que salvarás a dos gatas.

—¿Dos gatas? Eso es barato —respondió el otro, mirándolo a los ojos.

—Escúchame y memoriza esto —dijo Alexander. Habló largo rato en español. Cuando terminó, el otro permaneció en silencio y luego respondió:

—Amigo, no creo una sola palabra. Especialmente de ti. Traidor y escoria.

—Tienes que creerme.

—Todo lo que dijiste es una idiotez. Tan falso como un traidor. Es lo que veo. Es lo que eres. Basura —le indicó el americano con infinito desprecio.

Tres días después…



Alexander observó una vez más su desfile militar y a sus prisioneros: americanos, británicos, neozelandeses, holandeses, marines, pilotos. Civiles de todas las nacionalidades. Frente a ellos estaba el Coronel americano Ralph Eugene O’Neill.

Alexander era seguido por su nueva sombra, su asistente Po Leung. Se detuvo y se posicionó directamente frente al Coronel O’Neill. Lo miró con desprecio y habló en inglés, el idioma común entre prisioneros y japoneses. El Coronel también lo miró con superioridad y le dedicó un saludo militar desdeñoso.

—¿Crees que soy tu payaso? ¿Crees que no sé nada de tus planes de sabotaje? —dijo Alexander, lanzando un poderoso derechazo al estómago del Coronel, que cayó de rodillas, solo para recibir dos fuertes patadas del administrador—. ¿Crees que si yo fuera tu prisionero, no harías lo mismo conmigo? ¿Dónde está tu superioridad ahora, maldito gusano? —gritó, asestando dos patadas más—. ¡A la celda de castigo! —ordenó, mientras los soldados arrastraban al hombre al sector de castigo, golpeándolo y azotándolo repetidamente en el polvo, mientras Alexander sonreía. Cada prisionero presente lo miraba con un odio incontenible.

Po Leung a su lado sonrió. Su jefe sería lo que sería. Indiscutiblemente, no era un terrón de azúcar.

Esa medianoche, el Datsun negro de Alexander salió a toda velocidad del campo de prisioneros…















CAPÍTULO FINAL

El auto rugía mientras se abría paso hacia Shanghái. Alexander sabía que tendría que atravesar incontables puestos japoneses, cuyas tropas no estaban precisamente de buen humor. Pero ahora vestía un uniforme administrativo japonés, sin rango visible, aunque suficiente para pasar con su salvoconducto.

—No soy de aquí… no soy de allá… —murmuró para sí, con una sonrisa irónica, mientras se palpaba el pecho bajo el abrigo—. ¿Qué regimiento? —se preguntó en voz baja—. Soy oficial de los maestros del tango, al servicio de las mujeres más hermosas del mundo —concluyó en español, mientras sentía el frescor salado de la noche invernal china mordiéndole la cara.

Finalmente, atravesó las ruinas de Shanghái. Detuvo el coche frente a lo que quedaba de su antigua residencia, y con una maniobra hábil, retrocedió el auto hasta el desmoronado garaje. Descargó paquetes: té, sardinas enlatadas, pastas dentales, colonias, desodorantes, arroz… Había traído provisiones como si viniera del otro lado del mundo.

Despertó a las dos mujeres dormidas, aún envueltas en mantas, y anunció con una sonrisa peligrosa:

—Como el mapa no puede ir al campo de concentración… traje el campo de concentración al mapa —dijo, mientras presentaba al silencioso Coronel O’Neill, cuyos ojos apenas pestañeaban. Las mujeres no solo estaban asombradas por el visitante, sino también por algo más impactante aún: Fulvio hablaba mandarín con la precisión de un nativo.

Horas después, en un rincón silencioso de la casa bombardeada, se celebraba su propio juicio privado.

—No entiendo a los occidentales —dijo Marina Leung Ba, envuelta en una furia helada, cruzada de brazos, firme como una estatua. El pelo suelto le caía por los hombros con la misma intensidad con la que lo había amado—. Querías que confiara en ti. Me mentiste en todo. Hablas mandarín. Conocías nuestros planes. Eres un traidor a los tuyos, luchas contra los nuestros… Dios mío. Siento que no te conozco.

Alexander la miraba. Aquel rostro que horas antes había sido pasión encarnada, ahora se erguía como una muralla. Así era ella: cuando algo la desbordaba, fingía indignación, pero en el fondo, 

cantos de pájaros resonaron en todas las formas y tonos.

Le indicaron que corriera hacia el auto. Otro de esos hombres de cabeza grande corría junto a él, cargando el equipo de radio a la espalda.

Corrieron, casi arrastrándose, por el pantano. En silencio.


Aun así, los japoneses tenían buenos informantes y no debía haber ni un rastro de él; hasta las huellas de sus botas fueron borradas.

Corrieron y vieron el auto adelante. Dos hombres pequeños y delgados estaban escondidos bajo enormes sombreros, armados con subfusiles británicos Sten.

Se precipitaron hacia el auto y arrojaron una sábana sobre él. El equipo fue guardado en el maletero a la velocidad del rayo.

Condujeron en silencio durante más de una hora antes de detenerse.

José asomó la cabeza por el borde de la sábana y se quedó helado.

Reflectores.

Los inconfundibles uniformes de los militares japoneses.

Un escalofrío le recorrió la espalda mientras veía a los soldados japoneses saludar al conductor con precisión marcial.

El sargento besó su medalla.

—Virgen del Cobre —susurró mientras el vehículo avanzaba hacia los enormes barracones de madera.

El auto se detuvo dentro de uno de ellos, y el sargento oyó una voz hablando un español perfecto, con un inconfundible acento latinoamericano.

—Ya llegamos, espera y te digo cuándo desciendes del auto.

·····

Marina caminaba con calma por las calles destruidas.

La mejor forma de moverse como miembro de la resistencia era actuar con naturalidad.

Se dirigió hacia los mercados negros que brotaban repentinamente en cada rincón de Shanghái.

Irónicamente, haber salido de la casa de Alexander la había convertido en blanco de otras facciones rebeldes que luchaban autónomamente contra los japoneses: grupos no coordinados ni por comunistas ni por el Kuomintang.

Eran pandillas que operaban entre los dos lados de la ley, si es que aún existía algo que pudiera llamarse ley.

Observó cómo unos hombres recogían escombros y los arrojaban a una vieja camioneta Ford, rescatada de quién sabe dónde.

Una muchacha la observó desde bajo un sombrero de paja de campesina.

“Madame Moonlight. Mi hermana Marina salió de esa casa, en la zona residencial japonesa. Eso es noticia. ¿Con quién estaba? Hace dos días estuve en la base, y me dijeron que tenía un salvoconducto de Alexander. ¿Qué clase de juego es este?”, murmuró un hombre viendo la muchacha desde el interior de un autobús, supuestamente accidentado.

Luego, dos días después, a medianoche.

Poco después, ojos curiosos vieron llegar un Datsun cubierto de polvo. Descendieron dos personas.

Qué descaro.

Una doctora acompañando a Madame Moonlight


.

Alexander salió por la otra puerta, y los omnipresentes soldados japoneses apostados junto a su triciclo Kurogane se acercaron a él e intercambiaron palabras.  

Alexander  se despidió de los soldados con calidez, luego, cargando una bolsa llena de equipos y suministros, entró a las ruinas.  


*"Dos más dos son cuatro, cuatro más dos son seis"*, murmuraba para sí el teniente Po Leung, tratando de entender la situación.  

*"¿Cómo es posible? ¿Podría el mayor estar viviendo con ambas? ¿NAMURA PERMITE este insulto?"*  


Algo estaba a punto de estallar.  

Y él no quería perdérselo.  


Debía informar a sus superiores.  

Luego, hablaría con Alexander.  


Po Leung lo hizo cuando fue a recolectar suministros. Presentó su informe - a sus verdaderos superiores.  

Le dieron una misión muy especial.  

Sin duda la cumpliría.  


La noticia lo dejó en estado de shock durante horas.  

Sabía cómo colocar un detonador.  

Y sin duda lo haría.  


---  


### **VII**  

Marina observaba el frío atardecer, una llovizna de nieve flotando sobre las ruinas de Shanghái. Sabía lo que vendría - hambre y cadáveres congelados. Un simple corolario de la guerra.  


Diciembre avanzaba, y llegaron las noticias. Los estadounidenses bombardeaban sin piedad a las tropas japonesas en Birmania y Tailandia desde sus bases en Calcuta. Tres destructores japoneses habían sido hundidos.  


Alexander llegó, mostrando las marcas inconfundibles de una pelea de karate. Estaba magullado y golpeado, pero sonriente. Como soldado, se enorgullecía de sus heridas y moretones; en silencio, fue atendido una vez más por la doctora.  


Esa noche no hicieron el amor. Simplemente, yacieron abrazados en silencio. Ambos estaban despiertos. Ambos entendían que estaban verdaderamente enamorados. Su profundo compromiso emocional los unía con lazos irrompibles que no alcanzaban a comprender del todo.  


Él estaba fascinado por su confianza, su serena alegría, su dramático sentido ético, su compleja autoaceptación sin traumas, combinada con una sensualidad natural que era únicamente suya. Estaba deslumbrado y cautivado, la presa perfecta para ese felino libre e independiente que a veces no le mostraba misericordia pero siempre terminaba amándolo.  


Ya fuera caridad o regalo, entendía que no podía vivir sin ella.  


*"Te amo"*, susurró, apartando ese mágico cabello negro y besando su grácil nuca.  

*"Y yo te amo"*, respondió ella simplemente, sin mencionar que llevaba varios días de retraso.  


La mañana era más fría que las anteriores. Las noticias eran buenas para la resistencia. Era 24 de diciembre de 1944.  


Alexander le confesó a Marina que los estadounidenses ya tenían una base aérea dentro de China, concretamente en Chengdu, y que dos días antes habían bombardeado Nukden en Manchuria - un mensaje directo al traidor Pu Yi.  


También había sabido que, además de las terribles pérdidas sufridas por la marina japonesa, el destructor *Akitsuki* también había sido hundido por los estadounidenses.  


La libertad sería difícil de alcanzar, pero llegaba, inevitablemente, para el pueblo chino.  


---


*.


El rugido de motores interrumpió su conversación. Era un sonido áspero.

"¡Agáchate! Otra vez los B-29," grito Alexander desesperadamente al escuchar el familiar silbido del cielo. Casi de inmediato, el suelo tembló y le siguieron ondas sónicas de las explosiones. Las cosas se intensificaban rápidamente. Era hora de actuar.


IX

Meses después

Las cosas deberían seguir la lógica que se supone que siguen para todos. Eso es lo correcto. Eso es lo simple. Esa es la suma de nuestros deseos. Pero así no funciona. La vida siempre tiene su propia lógica, que nada tiene que ver con nosotros.

Marina despertó. Todo parecía un sueño. Un muy mal sueño. Más bien una terrible pesadilla. La luz de la mañana se filtraba a través de la pesada cortina. Y ese silencio persistía a pesar del canto interminable de los pájaros.

La joven se levantó con dificultad. Era el 15 de mayo de 1945. La guerra acababa de terminar para los alemanes. Pero Japón seguía luchando obstinadamente en Borneo, soportando implacables bombardeos en sus principales ciudades. Habían salido apresuradamente de Chungking. Los estadounidenses ya habían triunfado en Naha, la capital de Okinawa.

Ahora su embarazo de seis meses y medio progresaba perfectamente. Marina caminaba lentamente, provocando que Cachita, acurrucada en una almohada azul, gruñera en desaprobación, cubriéndose bruscamente los ojos con un paño para seguir durmiendo.

Salió al corredor de estilo colonial de la enorme casa. Lo revivió todo. Eso era lo que él quería. Así lo había planeado, y ella lo había seguido. Él lo había imaginado, y ella era la prueba de ese resultado. Estaba al otro lado del mundo, en una tierra pacífica, en un silencio absoluto y desconocido, en esa casa solitaria junto a ese camino desolado, envuelta en un aroma diferente, en la casa de Alexander, el lugar que una vez le prometió que visitaría. Bueno, ahora estaba allí.

A veces pasaba un coche, a veces un hombre a caballo. La muchacha salió al corredor exterior que rodeaba la casa. Pilares imponentes y una vasta veranda. Se sentó en un sofá macizo y rígido de madera negra. El bebé se movió.

Salió la señora de la casa. Increíblemente hermosa a pesar de su edad. Fulvio se parecía a ella. Se sonrieron. Se comunicaban en inglés. Eran mujeres y se entendían perfectamente. La señora la abrazó, la protegió, la mimó, la cuidó. Justo como lo había hecho Alexander. Era su madre, después de todo. Tejían, caminaban por el enorme patio empedrado entre rosales y buganvillas. Tras ellas seguían Cacao y Marrón, dos perros enormes y de aspecto feroz, pero gentiles y juguetones con ellas.

A veces salían en el enorme Cadillac negro de la señora. Viajaban a Caracas. Calles solitarias. Casas grandes con portones enormes. Mujeres sonrientes sentadas en sus umbrales por las tardes, disfrutando del aire fresco, charlando tranquilamente, comentando cosas sobre ellas. Dondequiera que iban, la gente saludaba a Marina, le frotaba su vientre hinchado, la besaba y la colmaba de afecto. Las hermosas hermanas de Alexander la llevaban a todas partes, rodeándola de tierno cuidado.

 Todo estaba bien. Todo estaba en paz. Solo faltaba una cosa. Alexander no estaba allí. Alexander  no iba a venir. Nunca vendría…

En la pesada tranquilidad de la casa, la joven embarazada se distraía contemplando las buganvillas, las orquídeas y las rosas multicolores. Mientras las contemplaba, se recordó que no debía estar triste. Eso dañaría al bebé.

"¿Por qué lo hizo? Porque siempre hizo lo que realmente quiso," le dijo Marina a la inmensa y hermosa mañana, a esa brisa imposible de ignorar.

Comprendió que era así porque, durante siglos, había sido la guardiana de un amor que quizás provenía de más allá del tiempo mismo. Quizás era la expresión de la abuela de Alexander, quien, desde el marco de la ventana, proclamaba los rasgos étnicos de la gente de Tianjin…






: En el filo del destino

Alexander siempre tenía un plan en marcha, pero era uno de esos seres excepcionales que jamás, bajo ninguna circunstancia, soltaba el mango de la sartén. Todo estaba sincronizado.


Era 31 de diciembre de 1944, y eso lo hacía sonreír. Lo celebraba lejos de su familia, que disfrutaba de la Navidad, los villancicos, las parrandas y las hallacas. No extrañaba Canadá y el frío tan fuerte como el que experimentaba. Extrañaba la cena con los platos típicos de la Navidad  —hallacas, pan de jamón, pernil asado, ensalada de gallina, postres— que, horas después, se serviría en su hogar lejano, con un clima extraordinario y agradable

 Volvió a la realidad. Se frotó las manos. Se sentía como un tahúr apostando contra el diablo, en un juego donde el diablo apostaría quinientas veces seguidas, y él solo una. Apostaba por sacar cinco ases en una sola mano. Estaba jugando.

Sabía que los aviones habían despegado horas antes desde Calcuta y estaban en camino. Todo estaba sincronizado. Permanecía en la puerta iluminada de su oficina: un comandante de guardia. Eso era todo. Sabía que todos eran jugadores activos en el proceso. Todos dependían de las transmisiones codificadas del sargento puertorriqueño, que, empapado en sudor, transmitía sin cesar, esquivando la intercepción japonesa. Cuando cayera el telón, todos verían el resultado final. Al menos, eso esperaba. Por eso nunca le preguntaba a Marina. Por eso ella nunca le preguntaba a él. Eran simplemente enemigos enamorados, sin futuro, sin esperanza. Quizás por eso apostaban contra el destino.

De pronto, vio llegar el feo frente de los camiones Nissan 6x6 Type 94. Del primero descendió el Teniente Po Leung.

Bastó un instante para reconocer que uno de los dos cuerpos de prisioneros arrojados brutalmente al suelo era Marina Leung Ba.

El joven la vio forcejeando para liberarse. Sin perder la compostura, habló por el micrófono del altavoz —sin carraspear, con voz clara y calma— primero en japonés, luego en inglés.

“¡Atención!”, dijo con entusiasmo, “habla el comandante del campo. Estamos bajo un ataque enemigo que intenta una operación de rescate. Todos los prisioneros deben ser evacuados de inmediato. Procedan como se ha practicado.”

Con eso, corrió hacia el centro del campo.

“¡Maldito traidor!”, gritó el Teniente Po Leung, perdiendo el control al ver al otro hombre acercarse.

“¡Idiota!”, le gritó el joven en respuesta. “¡Es tu hermana! ¿Qué te pasa?” Giró sobre sí mismo, casi perpendicular al otro, y adoptó una postura de combate perfecta, no sin antes asestar dos patadas de kárate al pecho del teniente.

“¡Suéltala, bastardo, o te mato!”, siguió gritando, lanzando puñetazos que eran bloqueados con gran dificultad.

El teniente retrocedió tambaleándose dos largos pasos bajo la fuerza de los golpes. Aturdido, vio a las tropas japonesas correr para cargar a los prisioneros en camiones con los motores encendidos, los faros apagados, y luego acelerar hacia la carretera. Mientras tanto, otro grupo se apresuraba a instalar ametralladoras en medio de la pista de aterrizaje.

“¿Qué demonios pasa aquí?”, gritó Po Leung Ba, sacando su pistola. Disparó de inmediato seis tiros contra Alexander, que se le acercaba.

Alexander se desplomó bajo el impacto de las balas, en medio del patio.

Marina observó toda la escena, con manos y pies atados. No podía gritar por la tela que cubría su boca. Las venas casi le estallaban. Intentó liberarse, pero no pudo. Sintió que alguien la levantaba como un fardo y corría con ella, viendo cómo el cuerpo de Alexander  se retorcía mientras, al mismo tiempo, su hermano Po era baleado y alguien tomaba la pistola del Canadiense. Po fue tiroteado varias veces con la misma arma y se desplomó junto a Alexander.

Marina perdió toda noción de la realidad.

Veía y no veía a un hombre robusto, de otra raza, vestido con uniforme del ejército estadounidense, corriendo en medio del caos, gritando por un radio portátil. Veía los camiones. Veía a los prisioneros subir a bordo. Veía a los japoneses gritar y correr hacia la pista. Veía y no veía la carretera oscura. Veía y no veía un avión con un planeador unido a sus alas aterrizando junto a ella. Veía y no veía estar dentro del planeador, apretujada entre otros en un vuelo interminable.

Aterrizó en un terreno con un calor abrasador. Veía y no veía innumerables militares y aviones británicos, indios y americanos que jamás había imaginado. Veía y no veía a personas con uniformes blancos de la Cruz Roja. La subieron a otro avión. Otro viaje extremadamente largo. Otro campo de refugiados donde la bañaron, la peinaron, la pesaron, la alimentaron. Pasó horas sobre un vasto océano azul. Luego cruzó un continente desértico desde el aire. Otro vuelo sobre el mar, llegando a una ciudad donde podía ver montañas imponentes.

Allí le dieron una jaula. Cachita, con expresión cansada, reconoció a su dueña. Sonrió al gato.

Luego, otro ruidoso vuelo sobre montañas nevadas hasta aterrizar en un pequeño aeropuerto, también junto al mar. Se veía y no  veía en esa carretera prístina, sola, pasando por pueblos y pequeñas ciudades, bulliciosas pero pintorescas, hasta llegar a esa imponente casa en medio de la nada.

Estaba en la casa de Alexander. Pero él ni la acompañaba ni la recibía. Se había quedado atrás, tendido en ese campo de concentración japonés con seis balas en el cuerpo, disparadas por su propio cuñado.




Madres primerizas siempre entran en trabajo de parto temprano. Ella dio a luz una semana antes de lo previsto. El 6 de agosto de 1945, el Año del Gallo y bajo el signo de Leo, dio a luz en la habitación de Fulvio a su primera hija: Isabel Cavendish Leung Ba.  

Según la tradición china, debería haberse llamado ** Cavendish Leung BA Isabel.** Pero él había preferido nombrarla siguiendo las costumbres de esta nueva tierra.  

Su pena se alivió ligeramente. Le mostraron al bebé —una niña extraordinariamente hermosa—. Una niña china en una tierra nueva. Había nacido el día en que Japón pagó por sus pecados y atrocidades cometidas durante más de 20 años en Asia. Y, como siempre, era la misma historia: civiles japoneses inocentes pagaron el precio, tal como los chinos inocentes habían sufrido bajo el sadismo del ejército japonés.  

Ella presentó al bebé, y celebraron. Vinieron amigos y familiares. Entendió que su preciado amante se había enamorado realmente de ella porque todas las mujeres de este país eran hermosas sin excepción.  

También entendió que avanzarían porque esta era una familia fuerte y unida, y ahora ella formaba parte de ellos.  

Pero estaba enfadada. Alexander nunca había cumplido una sola promesa. Ni siquiera estuvo allí para recibir a su padre, quien había viajado desde Canadá. Llegó una semana después para conocer a su nieta, trayendo encajes, zapatos, perfumes… siguió otra celebración.  

El Conde fue muy dulce con su esposa, tal como Alexander lo había sido cuando quería seducirla. Era evidente que su madre no le había perdonado algo. Ella permitió que el Conde la amara, pero no lo había perdonado… quizás por otra mujer, quizás porque su esposo era senador del Partido Comunista de Canadá y había renunciado a su herencia.  

---  

**XII**  

Llegó octubre. Viajó con su suegra a Caracas en ese enorme Cadillac negro pulido. Llevaron al bebé para un chequeo médico. Era una ciudad pequeña, fría y asombrosamente hermosa. Pacífica y serena, llena de personas que encontraban alegría en todo.  

Amaneció un día frío y lluvioso.  

Una vez más, aviones militares llenaron las calles, tanques estadounidenses relucientes rodaban por las avenidas. Se dio cuenta de que había una rebelión militar o alguna clase de guerra.  

Era jueves, 18 de octubre de 1945.  

Pero aquí, era diferente. La gente se insultaba desde las ventanas. Los soldados disparaban, pero no alcanzaban a nadie…


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La gente se agolpaba en las esquinas y huía, dependiendo de quién llegará. La policía disparaba al ejército. El ejército se disparaba a sí mismo.  


Ella caminó hasta una esquina y observó a los manifestantes, tanto a favor como en contra. Vio aviones de guerra sobrevolar el cielo en lo que parecía más un desfile aéreo. No durarían ni dos segundos en combate contra un piloto japonés ciego y parapléjico.  


De repente, un reluciente jeep verde se detuvo a su lado. Bajó un hombre bien vestido, con un impecable uniforme verde, recién planchado, perfumado con colonia y un rifle pulido que brillaba bajo el sol.  


El hombre gritó histérico e intentó golpearla— 


Ella lo esquivó con facilidad y, en el mismo movimiento, ejecutó el **Doble Golpe del Tigre Negro**, *Hei Hu Quan*, apuntando a su mentón y enviándolo volando por encima del jeep, estrellándose violentamente en la avenida.  


Los demás en el jeep gritaron histéricos, recogieron al hombre inconsciente, arrancaron el pulido vehículo y huyeron a toda velocidad, dejando a **Marina Leung Ba** firme, equilibrada y en armonía una vez más. Estaba en paz.  


Había pagado por la inconsciencia de Alexander  siendo dejada sola, con todo su amor, en esta tierra extraña.  


Caminó entre la conmoción con perfecta serenidad y contempló los edificios. Todo era hermoso. Todo era pacífico dentro de ella.  


Una vez dentro del apartamento, consoló a su suegra, quien estaba agachada bajo una mesa con el bebé en brazos. Marina, hablando mitad en inglés y mitad en chino, la tranquilizó.  


Luego salió al balcón y siguió observando la creciente rebelión. Analizó al ejército de este nuevo país. A kilómetros de distancia, supo que nunca habían estado en una guerra. No eran peligrosos para nadie. Parecían más agresivos  los civiles. Comprendió que era cierto: podía vivir en paz y tranquilidad aquí, en esta tierra donde rara vez hacía demasiado frío o demasiado calor.  


Cuando todo volvió a la normalidad, tomaron el sinuoso camino verde de regreso, serpenteando entre montañas que descendían hacia valles y campos de caña de azúcar. Olores extraños. Pueblos distintos. Autobuses repletos de inmigrantes de Europa, América y Asia llegando a estas tierras completamente vírgenes.  


Antiguos enemigos ahora estaban codo con codo. Alemanes y rusos. Portugueses, franceses, italianos, rumanos, japoneses y chinos, deslumbrados por estas tierras increíblemente fértiles, tan vírgenes como doncellas.  


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Llegó diciembre de 1945.

Marina se acostumbró a comidas extrañas, bebidas desconocidas y costumbres diferentes. Al fresco frío de la noche y a la brisa omnipresente.

Mientras amamantaba a su bebé, estaba segura de saber la noche exacta en que Alexander  la había concebido. Fue aquella vez cuando, haciendo el amor, con su costumbre de mirarse para observar los diferentes matices del amor y el placer, Alexander de repente le dijo una vez más…

"Mírame. Mírame a los ojos"—en una experiencia dentro de la experiencia. Fue instante tras instante. Fue plenitud absoluta dentro del placer. Fue físico y emocional. Fue lujuria y amor. También fue dolor. Fue el descubrimiento de la belleza especial que ambos habían guardado durante tal instante. Fue, sin duda, su experiencia más madura y femenina, de recepción y entrega absoluta y total.

Ambos llegaron juntos, temblando mientras seguían viéndose y amándose. Esa fue su peor trampa. Fue el lazo indestructible que la unió a él, dejándola sola en esta tierra extraña con un bebé, prisionera en su habitación acompañada de su suegra, igualmente doblemente abandonada.

"Pase lo que pase, iré por ti," le dijo Alexander, dándole un beso de pura pasión.

Ella no entendió esta advertencia de sacrificio para que pudiera vivir libre. Sentada en el gran comedor, salió de sus recuerdos. Él le prometió que iría por ella. No fue así…

Aquella noche de diciembre de 1945, Marina descubrió que no había hecho el amor en casi un año. Reflexionó sobre las costumbres de este pueblo. Eran gentiles y directos. Si algo les gustaba, lo decían. Si no, lo decían sin rodeos. Los hombres no se andaban con rodeos, e incluso siendo ella china, más de uno se acercó a los lados de la casa para verla. Solo la mirada feroz de su suegra asustaría hasta a un león rabioso. De repente, vio a Cachita furiosa e inquieta. Maullaba en los rincones y se erizaba sin razón.

"¡Cuidado con una culebra!", dijo su suegra, asustada por su experiencia previa con Marina, quien encontró una coral en el patio y, con calma, la recogió para contemplar los anillos de colores brillantes del animal, mientras preguntaba en inglés si no era comestible.

Los perros comenzaron a aullar y a correr enloquecidos por el patio; no hacían caso a la llamada de los sirvientes, obligando a su suegra a cargar de nuevo la escopeta. Todos se fueron a la cama solo para tener que levantarse de nuevo. Los sirvientes estaban asustados; revisaron y no encontraron nada. Nerviosamente, encendieron velas a los santos, siguieron a Cacao y Marrón para ver qué causaba la furia de los animales. Peor aún, Cachita estaba encima de la mesa del comedor, mirando a la oscuridad, agazapada y erizada. Los sirvientes de nuevo se persignaron supersticiosamente. Marina entendía más o menos 500 palabras de español; pudo comprender que hablaban de los espíritus que vagaban por el patio. Marina miró, curiosa por cada rincón oscuro y solitario de la mansión con la idea de ver un fantasma de esta tierra.

Finalmente, se quedaron dormidos. Al amanecer, se escuchó una sirena y un toque de corneta desde la puerta. Marina abrió los ojos y vio reflejadas en el techo, a través de las gruesas cortinas, las luces de vehículos y el sonido de la puerta abriéndose. La muchacha vio encenderse las luces de la casa. La muchacha tomó al niño, medio dormido, y salió al enorme comedor principal. Vio a su suegra dormida, con la escopeta en la mano, con los sirvientes acurrucados detrás de ella. Marina se vio llevando al bebé hacia la enorme puerta abierta, en bata, descalza también.

Desde la puerta, vio dos relucientes furgonetas militares verdes. Vio personal militar del país colocando maletas en el suelo. Vio a un oficial de pie en atención dando un saludo militar a un hombre alto con una flux blanco. Luego vio al oficial estrechar la mano del hombre, y luego los dos hombres se abrazaron cálidamente.

¡.


 El reencuentro en el fin del mundo


Marina Vio a Cacao y Marrón corretear por el patio, jugueteando con el hombre que los levantaba con facilidad. Vio a los sirvientes arrebatarle la escopeta a la madre de su suegra; también a ella  le quitaron a la niña, mientras gritos resonaban por toda la casa, y vio a la dama desvanecerse. Caminó descalza, indiferente al frío suelo de piedra del inmenso jardín. Un nudo le impedía respirar o hablar; solo entendía que, corriendo hacia ella, vestido con un traje de lino blanco y el cabello largo, Alexander Cavendish Wilson la alzó como si fuera un trozo de papel, riendo y llorando de alegría. Ella también se desmayó dentro de ese sueño. Ese era su teatro, y ella, su audiencia…

El desmayo no duró mucho. Despertó de nuevo. La casa estaba completamente iluminada, se oían pasos apresurados. Gritos y risas. No había espacio para tanta gente. Médicos junto a ella y su suegra. El fuerte aroma del café, al que tanto se había aficionado, llegó hasta ella. Más taconeos y frenazos de autos que arribaban. Se sentó. Observó la escena en silencio. La Navidad había traído a Alexander Cavendish en carne y hueso.

—Aquí estoy, vivito y coleando —dijo Alexander  en mandarín a su esposa—. Por eso vine. Para tener la alegría de verte en mi casa y que me hagas nacer de nuevo al recibirme con este regalo —declaró el hombre mientras cargaba a su hija—. Marina Leung Ba, ahora estoy vivo otra vez.

—Es un sueño hermoso. Lo he tenido mil veces antes —murmuró la joven, aterrada por la hiperrealidad de la escena.

—Es verdad —dijo Alexander, riendo con felicidad—. La vida es un sueño. Solo nosotros los hacemos buenos o malos. Este, el nuestro, sé que será magnífico.

Marina Leung Ba saltó como pantera a sus fuertes brazos. Era verdad. Este hombre incluso había escapado de las tumbas para estar con ella. Era la aceptación final de un amor más fuerte que las guerras, las razas y las distancias; porque, contra toda lógica, estaba allí para quedarse, trayendo de vuelta el desequilibrio y la ilógica de sus acciones para enfrentar cualquier rutina metódica.

Días agotadores llegaron. Por fin, pudo comunicarse plenamente y conocer los nombres de sus cuñados y las ciudades. Caracas.. Supo que al norte estaba el Caribe tropical y, más allá, Estados Unidos, a solo ocho horas en avión. Al sur, Brasil y Argentina, de donde venía el tango que ambos bailaron en el Moonlight, en la lejana Shanghai, China, y la guerra que comenzaba de nuevo entre los dos dragones: Mao Tse Tung y Chiang Kai-shek.

Así llegaron al 24 de diciembre de 1946, y con hambre, con furia, se amaron; mirándose, profanándose. Era muy difícil contener el hambre de ambos. No habían hecho el amor en un año. Se profanaron. Hambrientos y viciosos.

—Tienes ojos azules  —descubrió de nuevo la mujer enamorada.

—No eres amarilla. Eres más blanca que el nácar.

—Usamos baños de arroz,  leche y rosas para eliminar el amarillo —le confesó ella, exhausta por el placer.

—No empieces a contradecirme.


Eres tan engreído y arrogante. No me tientes," dijo ella, abrazándolo y mirándolo intensamente con su enigmática mirada. "Sé dónde estoy, y sé cómo irme. Me tuviste secuestrada aquí para evitar que conociera a otros hombres. Pero te informo que en este país, tanto las mujeres como los hombres son de gran belleza."  

"Gracias por mi parte. Pero aquí la única bella eres tu " le dijo él, continuando con su interminable costumbre de mantenerla en esta tierra, en su tierra de luz juvenil y frescura amplia, tan lejos de una China antigua y enigmática.  

-- De paso eres un Conde-- exclamó ella.

-- Tengo un título mejor que ese- 

A ver. ¿Cuál es?

-- El de esposo de la mujer más bella del mundo.

-- ¿Aquí? Estás ciego. Las mujeres de aquí no tienen rivales.

-- Pues no me doy cuenta.

-- Hiciste todo esto por salvarme, por tenerme aquí. Eres capaz de todo , maestro de todos los engaños. No sé si amarte o tenerte pánico..

Él la besó, apasionadamente, intensamente, eternamente.



¿Cómo fue todo?  

Muy fácil. Alexander supo desde el primer momento que Madame Moonlight no se iría de su país bajo ninguna circunstancia. Mucho menos por él.  

Así que en esos días, Po Leung descubrió al amante de su hermana. Para cumplir aún más con su misión, fue a la oficina de Fulvio, y lucharon en karate por el honor perdido de la familia. En medio de la pelea, Fulvio recibió el mensaje codificado en su oído a través de la voz de Po Leung. Este le dio el código  la fecha de la evacuación y las horas en que el Sargento Puertorriqueño se comunicaría para iniciar el plan.  

Po Leung era miembro del Partido Comunista Chino y se había infiltrado en el ejército japonés. Esperaba vengar la muerte de sus padres y se aferraba a la fábula de ser cómplice en su asesinato.

Después de asimilar el impacto de la sorpresa, Ambos planificaron y ejecutaron el plan.  


En la tarde del 31 de diciembre de 1944, Po Leung irrumpió en la casa de Alexander y arrestó a las dos mujeres, empacándolas convenientemente. Alexander comenzó sus acciones desviando la atención de los japoneses. Las balas que Alexander recibió eran de fogueo. También lo fueron las balas que Po Leung recibió. Los soldados japoneses, completamente engañados, llevaron a los prisioneros en camiones japoneses hasta la carretera y se detuvieron en los lugares previamente elegidos por Alexander.  

Cuando los DC-3 con planeadores aterrizaron, los guerrilleros comunistas mataron y capturaron a los sorprendidos japoneses. En menos de 10 minutos, todos los prisioneros enfermos, lisiados,heridos fueron cargados en los aviones. La parte final del plan era que  los prisioneros militares aptos para combatir ,la doctora

O Neil y él no escaparan. Se unirían al Kuomintang y a las guerrillas comunistas.  

Fue el coronel O'Neill quien tomó a Marina de la mano y la llevó al avión. Ya estaba entendido y decidido que Marina sería entregada al Comité Internacional de la Cruz Roja. Los aviones despegaron en Shanghái y aterrizaron en la base aérea británica en Calcuta. Desde allí, llevaron  a Marina a Madrás, desde donde cruzó la línea del frente y fue entregada a la Cruz Roja en Darwin, Australia. Luego voló a Sídney, de ahí a Santiago de Chile, de ahí a Arica, de ahí a Lima, de Lima a Guayaquil, de Guayaquil a Cali, y de Cali a Maiquetía. Esa fue la ruta de Marina y Cachita hacia los brazos de su suegra, quien la recibió junto con una carta explicativa de Alexander, quien le contó todo a su madre, por supuesto, a su manera. Sin especificar cuándo regresaría y diciéndole que no le dijera nada todavía a Marina.  

Alexander llegó 201 días más tarde de lo esperado, y su madre comenzó a sospechar que su hijo había muerto, ya que NO TENÍA NOTICIAS DE ÉL. Debido al embarazo, no le contó sus temores, esperando un momento propicio para decirle lo que creía que había ocurrido, soportando en silencio la terrible ausencia de su hijo.  

La guerra se intensificó, Alexander se trasladó a Taiwán, donde sirvió como intérprete de la fuerza expedicionaria mexicana que esperaba terminar la guerra y ser repatriada. El mítico ala 201 de la fuerza aérea mexicana, nada menos que los águilas mexicanas que lucharon por la libertad y la democracia en los cielos del Pacífico; ganándose la admiración de los aliados por su increíble valentía que rozaba la audacia y toda la gloria. Allí, la inteligencia estadounidense corroboró todo su plan.  

Regresar fue fácil. Lo hizo como marinero en un barco de transporte que llevaba mexicanos de regreso a su patria. Se suponía que cruzaría el Pacífico y desembarcaría en Acapulco.  

No fue así. Hizo el viaje de regreso cruzando el Pacífico, el golfo de Adén, el Canal de Suez, todo el Mediterráneo y el Atlántico.  

Cantó "rancheras," cantó "Lucerito luz de luna," "El alma llanera," y después de sobrevivir a un huracán, desembarcó en Veracruz, participó en un desfile de victoria adicional en la Ciudad de México. Allí se presentó ante el cónsul de su país, quien lo envió en un vuelo de Aeropostal y.


 La Guardia Nacional


Lo llevó desde Maiquetía    lo trasladó hasta la casa de su madre


La doctora  Jian y Po Leung habían combatido juntos durante toda la guerra civil. Po Leung, en un giro inesperado, cambió de bando, y junto a la médico emigraron a Taiwán. Formaron parte del grupo original que defendió la ciudad de Shanghai en su último asedio, cruzando el estrecho que separaba la isla de la gran ciudad. Sobrevivieron a aquellos años duros, ayudando a levantar desde las ruinas una pequeña nación que luego se transformaría en una superpotencia industrial.

Namura, por su parte, encontró una paz extraña. Fue sentenciado a realizar el suicidio ritual por su negligencia militar. Lo cumplió sin lágrimas, casi con una sonrisa, convencido de que al otro lado de la muerte lo esperaba el espíritu de su amada.

El coronel Ralph Eugene O’Neill volvió a Nueva York y a su negocio de venta de autos usados. Lo esperaba su esposa, Alecia Hernández Ariño Cortez, una mujer tan hermosa como vivaz, y su  hija, espejo perfecto de su madre. Quienes tenían su propia aventura


Años más tarde, el destino los reunió —a él y a Alexander— en un restaurante de lujo en Caracas. Esta vez no en campos de batalla, sino entre copas de vino, con sus familias. Las esposas, encantadoras, se cayeron bien de inmediato. La amistad entre los hombres se selló para siempre.

Marina Lueng Ba y Alexander tuvieron tres hijos más. Dos varones y una niña. Entraron, como todos los seres humanos, en la rutina de la vida: los niños, los nietos, el auto nuevo, las vacaciones en los Andes, los días de playa, la Semana Santa, el carnaval. El whisky, la cerveza, la lluvia. La otra casa. El abrazo del 31 de diciembre comiendo uvas, hallacas y brindando con champán.

Viajaban a Nueva York y se alojaban en la residencia de los O’Neill en los Hamptons. Marina logro encontrar  su hermana mayor ingresada en un convento en Ontario, Canadá, donde llegó a ser superiora… y también médica.

 Visitaron Taiwán con frecuencia y nunca dejaron de pasar a ver a Po y su esposa. Y ya ancianos, cuando los cambios increíbles comenzaron en China después de 1979, regresaron a Shanghai y Hong Kong en varias ocasiones.

O’Neill estableció un ritual: cada tanto venía a Venezuela con su familia, para disfrutar de las playas de Tucacas y Chichiriviche. Lo hacía con alegría genuina, como si se tratara de una familia extendida. Jian y Po también viajaron con sus hijos y nietos.

Alexander se despidió de todos una tarde de Sábado Santo. Estaba sentado en la misma silla de madera, en la vieja casa solariega , cuando Marina, ya con las canas suaves y los ojos calmos, le confesó una verdad que nunca se había atrevido a decir en voz alta:

—Namura era homosexual —le dijo con un susurro sin peso—. En su mundo, se veía muy mal que no tuviera una amante. Por eso desarrolló ese amor no correspondido. Por eso sufría de despecho. Cuando tú apareciste, tuvo miedo. Si no me violaba, todos sospecharían. A veces creo que ese ataque lo planeó él mismo para no delatarse. Su suicidio fue un alivio. Conmigo fue brusco y delicado… amoroso y cruel. Muy japonés. Por eso no te mató. Intuía que al final… tú y yo acabaríamos aquí. Sentados. Como ahora.

--! ¡¡Entonces. Namura sabía de tus actividades en la resistencia!-.

--Claro que las sabía. Todos teníamos un doble juego. Lo que hubiera resultado intolerable para el es que se descubriera lo que teniamos.

--Yo nunca lo engañe. Él me lo dijo cuando fui a visitarlo para pedirle un salvoconducto para irme. Estaba ya sin ideas en mis planes sin sentido para sacarte de ahí.

--También me lo dijo, horas antes de la explosión.--Indico Marina.

--El hizo el atentado.

--Siempre lo sospecha. Nunca tuve pruebas, tampoco dudas. Quería que muriéramos todos ahí.

--Es cierto. Yo no media consecuencias contigo. Lo estaba exponiendo todo.

--Todo--finalizo Marina.

Esa noche Ambos encendieron una vela y rezaron por Takeo Namura. Un hombre víctima de las circunstancias y con mucha menos suerte que ellos dos


 Incluso el sargento José López terminó en Venezuela. Consiguió empleo con la Creole Petroleum Corporation. Y claro, se reencontró con Fulvio, O’Neill y sus familias. Se reían juntos, compartiendo recuerdos entre buenos whiskys y relatos que se volvían leyenda.

Sus hijos aún viven. Muestran con orgullo las fotos de su padre en uniforme, rodeado de aquellos seres de ojos rasgados y silencio ancestral. Juran que López dejó una hija en China. Dicen que la van a buscar, aunque ya tenga más de sesenta años. Y yo, sinceramente… Les creo. Los latinos no creemos en muchas cosas, salvo en una: que esa hija debe ser hermosa y alegre.

Por su parte, una lenta y bella anciana Marina Leung BA salió a media noche a la cocina. Una maña, quería comer un pan dulce con chocolate.  Los vio a la luz de la luna entre  el inmenso jardín interior de la mansión y los amplios corredores. Una preciosa adolescente china y un espectacular joven en antiguo uniforme. Reían felices, se amaban inmensamente, danzaban con infinita  en medio de la brisa nocturna. Ella era una  preciosa princesa  ,no había un ser más sublime y perfecto que el joven guerrero de raza diferente .

 Ellos eran el inicio del hilo que pasó a través del tiempo y la unió a Alexander Cavendish Wilson

¿Y cómo lo sé?

Bueno… En 1975 nació una de las nietas. La conocí un 31 de diciembre de 1990. En su rostro no hay rastro de China, ni de Canadá, ni nada de Latinoamérica . No le interesa el kung fu, y no sabría decirte si siquiera sabe dónde queda China en el mapa. Le gusta el rock pesado, come lo que quiere, no le importan las dietas. Y se ve perfecta. Pero yo sé que tiene esa misma sensualidad inconfundible que llevan las mujeres de esa familia.

Empezó conmigo una relación abierta. Vivimos juntos. Nunca pensamos en casarnos. Aunque ya llevamos diez años así.

Y a veces, mientras conduzco mi Chery Arizo Diesel, veo en cada rostro oriental en un supermercado… una historia de aventura escondida. Debe ser así. Tiene que ser verdad.

Todavía los imagino a todos… como siempre… en esa gran casa llena de niños, con ese aire mezcla de lo chino, lo latino y lo canadiense. Mis nietos sueñan con ir a China. Dicen que los llama la sangre, la historia. Piensan volver a sus orígenes algún día.

Tal vez los acompañe.

Tal vez.

Aunque en el fondo, sé que no tengo ya ni la fuerza… ni el coraje para vivir algo como lo que vivieron Marina y Alexander.

FIN.




























2 comentarios:

  1. Hola amigos lectores. Tenemos en promoción Shanghai hasta finales de Mayo 2025. Leela en el enlace de Bubok

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  2. Hola amigos y amigas, mañana durante todo el 15 de Mayo del 2025 hora de Buenos Aires , estará Shanghai completamente disponible para descargar

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