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viernes, 16 de mayo de 2025

Camino del Llano

Novelas Por Capitulos



Novela únicamente para mayores de 18 años. Toca temas de violencia, agresión,horror sobrenatural.

Prohibida leerla a menores de edad.

Nota: Los hechos narrados, los personajes y situaciones, no pertenecen a ninguna situación histórica, son producto de la imaginación del lector, si hubiera alguna situación similar, descrita, narrada o informará, es solo una rara ,extraña, e indirecta coincidencia

Capítulo 1

El alguacil Juan Sota Villarroel registró sistemáticamente la comuna y el llano a su alrededor. Cualquier que lo viera diría que estaba buscando "cuatreros" robadores ganado; Él no lo diría, pero estaba buscando un asesino.

II

15 días atrás un aterrorizado sirviente llegó a galope, para indicar que en la hacienda villa flor, amanecieron muertos los dueños y sus sirvientes.. Un grupo de ordeñadores llegó en la madrugada a ordeñar y consiguieron las puertas abiertas.

Los cadáveres estaban mutilados. Don José,Doña Flor, Su sirvienta y dos esclavos de casa.

El alguacil pensó que quizás sería una deuda, El día de lo sucedido fue  fecha  de pagos 31 de Octubre de 1744.

El alguacil había ido inmediatamente, acompañado por el denunciante.

. En el camino a  la empedrada entrada había huellas de caballos herrados.Aquellas huellas estaban impresas profundamente en el camino de tierra interno de la hacienda .Ahí estaban los demás compañeros del denunciante,ordenadores,asustados,sintiendo que su tranquilidad había desaparecido.

#@#@

En el interrogatorio él explicó qué no llegó sólo. Llegó junto a otros ordeñadores en la madrugada, y la casa les pareció diferente, oscura, con una  luz en la entrada ,Sin actividad











 y siempre lo recibió uno de los esclavos de la casa. Esa mañana nadie los recibió. Estuvieron llamando. Descendió de su mula, y llegó a la inmensa puerta.

Estaba abierta. Le permitió ver el corto pasillo y algo más: las huellas de piedra que manchaba las baldosas de arcilla cocida.

Según el relato, rezando la Santísima Trinidad,el ordeñador avanzó lentamente y decidió llamar otra vez. Quizás se estaba exponiendo a recibir unos latigazos por atrevido. Pero había manchas de sangre por donde fuera.

Llegó a la cocina. La leña ardiendo, una olla llena de agua estaba a punto de secarse. Alguien en la madrugada hizo café..

El ordenador explicó que ya estaba presintiendo algo muy malo y que debía salir de la casa a buscar los otros ordeñadores para revisar. Hasta entonces había evitado cuidadosamente tocar nada dentro de la casa... incluso, se  había esforzado en no pisar ninguna de aquellas huellas de trazos sanguinolentos llenos de moscas que no estaban por todos lados.

Llamó a gritos a los otros ordeñadores, pidiendo ayuda sin dejar de gritar, indicando  adicionalmente que no tocaran nada. Que los señores de la casa necesitaban ayuda.

Llegaron algunos, confundidos, miraban el amplio corredor, finalmente,aunque estaba totalmente prohibido, llamando a los señores de la casa, subieron las escaleras .

Llegaron algunos, confundidos, miraban el amplio corredor, finalmente,aunque estaba totalmente prohibido, llamando a los señores de la casa, subieron las escaleras

El ordeñador con la punta del pie ,fue abriendo las puertas. Todas estaban entreabiertas.

Llegaron a la habitación principal, totalmente iluminada por el sol de la mañana, cuya luz entraba por la amplia puerta que daba al corredor exterior del segundo piso.

Con cuidado apartaron el mosquitero de la cama matrimonial. Todos contemplaron, petrificados de espanto, la horrible escena.

El lecho de la familia dueños de la casa, era un amasijo de cuerpos descuartizados, y ropas de cama empapadas de sangre.

El lecho de la familia dueños de la casa, era un amasijo de cuerpos descuartizados, y ropas de cama empapadas de sangre

Comenzaron a dar gritos de horror.

La cabeza de la doña de la casa había sido separada por algo, un hacha, un afilado machete

La cabeza de la doña de la casa había sido separada por algo, un hacha, un afilado machete. Era igual en todo el Cuerpo.

El cadáver del señor de la casa también había sido destrozado .

III

Todo ese relato era congruente con su propia visita al lugar de los hechos, cuando a media mañana llegó a la Villa.

Todo ese relato era congruente con su propia visita al lugar de los hechos, cuando a media mañana llegó a la Villa

Juan Sota Villarroel hizo la inspección de toda el área de la casa y del estado de los cadáveres...

Las numerosas heridas de ambos cónyuges habían sangrado tan abundante que empaparon el lecho, sino que, además, formaron charcos de sangre a ambos lados de la cama matrimonial.

Era aquella sangre la que mancho el pie del asesino. Estaba descalzo, sus huellas estaban profundas en el piso . Tanto en el dormitorio, como en todo lo demás.

Ante aquella horrible visión, El alguacil Juan Sota  Villarroel 

Ante aquella horrible visión, El alguacil Juan Sota  Villarroel


no pudo menos que sentir horror ante tanta maldad, compasión por las víctimas, y a pesar de siempre renegar el hecho de estar cumpliendo su servicio en esta región tan sola, tan enfermiza, llena de serpientes y zancudos. Valoró el hecho de ser el representante de la justicia del Rey. Y la cumpliría. Sin dudas que hallaría el asesino y le obligaría a pagar ese horrendo crimen.


Parte 2

Pasaron quince días y el atractivo Alguacil Juan Sota Villarroel recorrió el ardiente llano. Visitó el ingenio de azúcar. Interrogó a los ordeñadores, a unos viajeros eventuales. Algo le dijo que era la casa . En la casa debía buscar . Los sirvientes fueron asesinados, los perros también.

Hizo una carta a sus superiores, preguntó si las víctimas tenían familiares y le dijeron que sí. Había una heredera.

El Gentil hombre era Peninsular, de noble familia y gran apellido. En su juventud fue a París y fue derrotado por el hechizo de belleza que le propinó una joven noble parisiense

Eso originó el horror en su familia, contra viento y marea se desposó con la joven. Se vió obligado a irse a tierras del nuevo mundo. Estuvieron en Martinica, en Haití Finalmente estaban asentados en lo más profundo del Llano de la pobre, aislada Capitanía dependiente del Virreinato de Nueva Granada. Una gran hacienda de Café y Ganado. Una hija que estaba con una pariente en Francia.

Le informaron a ella lo sucedido, no sabían que haría con la hacienda . Lo más probable es que ni siquiera vendría.

II

El día 20 de Noviembre, bajo el horrible y húmedo calor de las 2 de la tarde, el Alguacil se encontraba en el mismo sitio de su investigación. Cuando con inusitado estruendo, una carreta se detuvo en el medio de la calle del polvoriento pueblo. Y gritos pidiendo ayuda estremecieron el sector.

Era el Negro Agustín Reinaldo, el herrero de la zona. Traía un herido y a toda carrera lo introdujeron en la casa del Dr. Echeverría, quien disgustado se levantó de la siesta, donde dormía con la india Eleonor.

A grandes pasos el Alguacil fue a enterarse de lo sucedido.

Inmediatamente, el herrero contó al joven alguacil de Milicias lo sucedido.

Marchaba con su carreta por la vereda hacia la hacienda de los Laureles, cuando vio un caballo sin su jinete, más adelante encontró al hombre tirado boca abajo en el suelo.

El hombre estaba herido, e inconsciente, pero vivo. Tenía una herida en la cabeza. El herrero supuso que tenía horas así tirado.

Lo de la hacienda quedaría para después. Cargó al herido, recuperó el caballo y se devolvió al pueblo.

Dicho esto, el hombre vio la biblia abierta en un rincón de la sala de la casa del doctor, se arrodilló y colocó su mano cerca de la biblia sobre el pedestal con una vela encendida y juró por dios que lo dicho era verdad..

El doctor, luego de revisar, informó qué el accidentado tenía graves heridas y quizás no sobreviviría.

El Alguacil pensó.

-- ¿Qué le ocurriría al forastero?. El camino no ofrece dificultad. Es evidente que el caballo es manso. ¿Quizás lo asustó un puma y se encabritó?

Eso lo llevó a preguntarle al doctor

--¿Si las heridas presentadas eran producto del ataque de una fiera?

El doctor negó en silencio

El alguacil preguntó si había olor a licor en el herido. Lo cual también fue negado por el Doctor.

El alguacil se retiró a su casa cuartel. Muchos sucesos en el pequeño poblado de casas de bahareque y techos de palma.

Recibió una carta de un ordenanza, quien la dejo y se retiró. Era de su comando. Fue escrita una semana atrás. Le indicaban que habían escrito una carta al gobernador de Martinica y le informaban del asesinato. Él se encargaría de comunicar a las autoridades en Francia y ubicar a la hija de los asesinados.

III

Tres días después, amaneció nublado. Las últimas lluvias del invierno. Pronto vendría el alivio del calor, con el viento frío de la mañana y el atardecer.

A las once de la mañana, el alguacil recibió el urgente llamado del Doctor.

-- El herido recuperó el conocimiento. Es un nuevo administrador que marchaba hacia la hacienda los Laureles. Los dueños de la hacienda lo identificaron igualmente. Es un joven que viene del Virreinato de México y marchaba a presentarse. Se llama Rafael Cortez. Ha despertado del golpe y parece que se recuperará en breve. Pero tendrá una larga convalecencia.

El alguacil asintió. Esa no era la mejor manera de iniciar un trabajo.

El alguacil acompañó al médico a su casa y fue a la habitación del herido. Se veía en buen estado.

-- Soy el alguacil de Milicias de su majestad. Mi nombre es Juan Sota Villarroel.

De inmediato el herido le explicó:

--Mi nombre es Rafael Cortez Me dirigía a mi nuevo trabajo. Mi yegua comprada es muy mansa, todo bien, salvó el fuerte sol de la mañana. De repente, yo diría que de la nada apareció un jinete, me cortó el camino y asustó a mi yegua.

El desgraciado galopaba como un diablo. A pesar del calor no deje de notar que lleva puesta una gruesa ruana. Su caballo totalmente negro, brillante por el sudor. Muy grande, fuerte. Parecía un percherón, pero no lo era. Galopaba demasiado rápido. Por eso mi yegua se asustó y me derribó

Tomó aire y continúo.

-Antes de ser derribado ví que tenía un hacha. !¡Si señor una hacha!, gigantesca, antigua..

-- ¿Un hacha?. ¿Está seguro?

-- ¿Cómo no he de estar?. La lanzó contra mí y con la fuerza que llevaba la insertó en un árbol en la vereda. Debe estar ahí. Caí del caballo Pero no me desmaye. El se acercó hacia mí, extraje mi espada y casi a ciegas lance unas estocadas.. Lo vi huir... Luego me desmaye.

IV

A la una de la tarde, el alguacil revisaba las huellas, estaban borrosas, pero había una que destacaban. Fuertes, bien definidas en el terreno. Eran las del caballo grande. Vio hacia dónde se dirigían . Era a través del Llano , fuera del camino y los senderos. Se dirigían directamente a la hacienda donde ocurrieron los asesinatos. Hacia la Hacienda propiedad del gentilhombre Álvarez de Toledo. Hacia la Hacienda El Anima

. Llegó junto al árbol. Ya el hacha no estaba. Asombrado vio el resultado. Un gran hachazo en el tronco había hundido el tronco. Con gran potencia había entrado y con fuerza descomunal habían sacado el hacha

V

El 10 de diciembre de 1744, Chantal Álvarez de Toledo du Chatelet,

en su sencilla habitación de la casa que alquilaba, mientras su servicio François la peinaba

cerca de la inmensa mansión donde vivía su tía Émilie du Châtelet

Con estupor leía la carta donde le informaban del asesinato de sus padres, del hecho que su hacienda estaba sin guía ni gobierno, y que debía iniciar el papeleo para reclamar su propiedad

Desecha en lágrimas , informó a su tía Emilie du Chatelet

lo sucedido. Cómo pudo le explicó la carta recibida. Sus clases privadas de matemáticas y física quedaban interrumpidas. Sus clases en secreto de esgrima quedaban suspendidas. Ni siquiera tuvo la dicha de poder enterrar a sus padres.

Así, después de los rezos, recibió las advertencias y recomendaciones de su tía. Y luego tramitar a toda prisa los documentos exigidos para viajar

Licencia de embarque: Pasaporte: cédulas reales, certificados de vecindad . Cartas de crédito o avales. Certificados de buena conducta: Billete de pasaje: . Certificado de salud ,Cartas de recomendación:

Embarcó para Martinica. Llevaba todo en orden. Era ciudadana española, también hija de francesa, viviendo en Francia. Las autoridades Coloniales siempre tenían algún motivo para fastidiar; así ella se estuviera devolviendo a su casa, para continuar los asuntos de sus padres asesinados

VI

El Alguacil recorrió incansable el solitario llano, sin encontrar nada. Mientras, en la bodega del pueblo, entre tragos de aguardiente blanco y ron, lo sucedido era comentado, tergiversando y aumentado.

El liberto Agustin Reinaldo que vivía en una alejada casa, cerca del pozo de Patos Negros, refirió que en la madrugada de luna llena sus perros comenzaron a aullar y el ganado lo secundo. Armado con un machete y puñal, salió al dintel de su humilde vivienda, apartando la cortina, y alumbrado por la luna llena vio a lo lejos la figura del hombre a caballo; estaba parado en medio de la inmensidad de la llanura

Él se dio cuenta de que el otro desde lejos lo miraba. Sintiendo que llegaba su última hora, tomó el Cristo de su cadena y se lo metió en la boca, rezándole a la Virgen del Carmen

Vio como el jinete se internó en el Pajonal, llano adentro, en dirección a la Hacienda abandonada

El joven Alguacil apuró un trago de aguardiente blanco, no le quedó dudas. Tenía que ir a la hacienda donde se cometieron los asesinatos.

Continúa.

Booktrailer numero 1 de Camino en el llano

Tras semanas de navegación infernal —donde las tormentas parecían conjuradas por manos invisibles—, La Dama Roja avistó tierra.

Era un amanecer enfermo, de luz amarilla y opaca, cuando Élodie bajó del barco al puerto de una ciudad colonial sin nombre. Las casas, encaladas y toscas, parecían encogerse bajo el peso de una vegetación exuberante que crecía como una gangrena lenta.

Los hombres que la rodeaban olían a sudor, pólvora y especias rancias. Los esclavos iban desnudos hasta la cintura, sus cuerpos brillando de aceite y su mirada clavada en el suelo, mientras los soldados españoles se apostaban en cada esquina, mosquetes al hombro.

Un carruaje desvencijado aguardaba para llevarla a la Hacienda El Anima , a dos días de viaje por caminos devorados por la jungla.

El cochero, un mulato enjuto con cicatrices en el rostro, se santiguó cuando escuchó el nombre de la propiedad.

—No me gusta ir allá, señorita —dijo, meneando la cabeza—. Esa tierra está... maldita.

Chantal Álvarez de Toledo du Chatelet , aunque sintió un escalofrío, se mantuvo firme.
—Entonces le pagaré el doble —respondió en español con acento francés—. Y bendeciremos el camino.

El cochero soltó una risotada amarga.
—Ni el oro ni los rezos cambian lo que es de los muertos. La llevare, veo que quiere enfrentar su destino.

Partieron al amanecer. El ardiente parecía cerrar sus fauces sobre ellos a medida que avanzaban: árboles retorcidos como ancianos deformes, lianas que colgaban como serpientes disecadas, sombras que se movían aunque no soplara brisa alguna.

Durante la noche, acamparon junto a un arroyo. El cochero encendió un fuego diminuto y se aferró a un rosario de madera. Chantal apenas durmió. En la espesura, oyó cánticos apagados, tambores lejanos, y el rumor de pasos sin dueño.

Al segundo amanecer, entre bancos de niebla y el zumbido de insectos gigantes, divisaron la Hacienda El Anima .

La mansión era enorme, construida de piedra gris y madera ennegrecida por la humedad. Torretas bajas, balcones de hierro forjado, y un enorme portal de cedro labrado con símbolos que no reconoció.

Chantal descendió del carruaje y, al posar un pie en el suelo de la hacienda, una ráfaga helada le mordió los tobillos, como si el propio suelo la rechazara.

Y, desde las sombras del zaguán, algo —una figura demasiado alta, demasiado delgada— la observaba, inmóvil, silenciosa.


Continuara


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Parte 3


Miércoles 14 de Abril de 1696

Miércoles 14 de Abril de 1696 




A 16 

A 16


II

55

La noche cayó sobre San Ambrosio como una losa de obsidiana.
Élodie, instalada en una de las cámaras principales, apenas podía conciliar el sueño. El lecho era amplio, de madera tallada, pero el colchón parecía susurrar bajo su cuerpo, como si albergara algo vivo en su interior.

Los muros rezumaban humedad, y de vez en cuando, un crujido sordo sonaba en el techo, como si pasos pesados caminaran por las vigas.

A




l tercer día de su llegada, incapaz de soportar el encierro, Chantal  pidió a Benito Cruz que le mostrara la propiedad. Acompañados de un par de sirvientes silenciosos, caminaron por los corredores interminables, donde retratos de los antiguos dueños la observaban con miradas torvas y ojos desvaídos.

Cuando llegaron a la capilla privada de la hacienda, Benito se detuvo.
—Aquí, señora... —dijo en voz baja— ocurrió el principio de nuestra desgracia.

Chantal  frunció el ceño.
—¿Qué desgracia?

El mayordomo cruzó los brazos, como si abrazara su propio cuerpo para protegerse.
—Hace muchos años, su tío, el señor Montferrat, celebró un rito prohibido. Usted no lo recuerda, pues sus padres la habian enviado a Francia.

Se persignó antes de continuar.
—Se decía que la hacienda estaba construida sobre tierras antiguas, donde los esclavos traídos del África veneraban a dioses oscuros. Espíritus de peso, de hambre, de castigo.
—¿Espíritus de peso? —preguntó Chantal, intrigada.--Por que mi padre permitio eso?

Benito asintió.
—El que aplasta. El que consume con su peso a los hombres impuros. El Aplastador —susurró—. Una entidad sin rostro que aplasta hasta los huesos a quienes transgreden sus dominios.

Élla sintió cómo el sudor frío le perlaba la nuca.
Benito continuó:
—Su  tio, hermano de su padre... quiso invocar su favor. Creía que podría dominarlo. Quería proteger sus tierras, acumular riquezas infinitas.  Ambicionaba las tierras de su padrePara eso... —hizo una pausa, bajando la mirada— sacrificó a una virgen en esta capilla.

El eco de sus palabras pareció helar el aire.
Chantal  horrorizada, cubrió su boca.

—El ritual fracasó —prosiguió Benito—. El Aplastador no es un siervo. Es un amo. Y desde entonces, la hacienda carga su maldición. Anda en un caballo a toda hora asesinando para aumentar su poder.

El mayordomo retrocedió un paso, como temiendo su propia historia.
—Se aparece primero como una sombra. Luego como un susurro. Después, sientes que no puedes respirar, que algo te empuja hacia el suelo... Y no hay escapatoria, 

Chantal

 temblaba. A pesar del calor tropical, sentía el frío del miedo penetrarle los huesos. Tenia unas ganas enormes de dejarlo todo y volver a Francia

—¿Cómo puede destruirse? —preguntó, desesperada.

Benito cruzó su mirada con la de ella, enrojecida de siglos de secretos.
—Hay quien dice que existe un remedio. Una reliquia antigua... Guardada por una monja inmortal en el corazón de la selva. Unas frutas sagradas. Pero esa historia es aún más peligrosa que el Aplastador mismo.

Antes de que Chantal  pudiera preguntar más, un alarido desgarrador cortó la tarde como un cuchillo.
Un grito humano, cargado de dolor y terror.

Desde el ala oeste de la hacienda, donde los sirvientes , comenzaron a sonar los golpes... y los crujidos de huesos quebrándose.

El Aplastador había despertado.



Chantal despertó ante los gritos, armada de un puñal y dos pistolas salió a la oscuridad de la casa. Había dejado unos cirios grandes y un faron de mechero para iluminar.

-- Benito. Benito. Dónde estás? Escuchaste los gritos?



Fi


El grito se repitió se extinguió en el aire como una vela apagada a soplido brutal.

Chantal con el corazón golpeándole las costillas,encontro a Benito parado en un pasillo.

--benito, te estaba llamando, que susto me distes


 El no contesto, se limikto a asentir.

ella corrió con  Benito  hacia el ala oeste. Atravesaron corredores donde las antorchas parpadeaban como si una boca invisible soplara contra ellas.

Llegaron a la sala de los sirvientes.
La puerta estaba destrozada, colgando de un solo gozno.

Dentro, el espectáculo era una pintura infernal.

Un cuerpo, aplastado contra el suelo, se desparramaba como una muñeca rota. Los huesos habían cedido bajo una presión imposible; la carne misma parecía fundida en la piedra. De su boca abierta brotaba un hilo de sangre espesa que se mezclaba con el polvo.

Chantal retrocedió, jadeando.

Benito, tembloroso, se santiguó.
—El Aplastador ha reclamado a otro.

—¿Quién era? —logró preguntar Chantal  aunque sentía que la garganta se le cerraba.

—Un mozo joven. Se atrevió a robar en la despensa consagrada. Las frutas...

El mayordomo dejó la frase colgar en el aire, como un cadáver en la horca.

Antes de que pudieran moverse, un segundo grito sonó desde los establos.

Un grito adicional,seguido del ladrido se los perros , ellos corrieron desaforadamente,sin pensar dejando caer lámparas y jarras, que se quebraban en mil pedazos contra las piedras. Benito arrastró a Chantal consigo, alejándola de la escena.

—¡Debemos encerrarnos en la capilla! —gritó.

Corrieron. El viento pareció llenarse de susurros —no en ningún idioma humano—, y la sensación de un peso monstruoso se extendía por la casa, como si un dios antiguo bajara a aplastar a sus habitantes.

Al llegar a la capilla, Benito empujó las puertas y cerró el pestillo con un crujido.
Dentro, el aire era más denso, cargado de incienso viejo y humedad de siglos.

CHANTAL  se arrodilló ante el altar, sin saber qué rezar.
—¿Estamos a salvo aquí? —preguntó.

Benito no respondió enseguida. Caminó hacia una hornacina donde descansaba una extraña reliquia: un unos limones dorados, tan pulida que parecía vibrar bajo la escasa luz.

—Mientras esta fruta esté intacta —susurró—, el Aplastador no puede entrar aquí.

CHANTAL  miró la fruta, hipnotizada.
Y entonces, escuchó un roce, como de pies descalzos sobre piedra, al otro lado de la puerta.

El ente estaba allí.
Esperando.

Chantal despertó bruscamente,sentándose de zopeton en la cama, casi sin poder respirar. La noche estaba oscura, la vela de su habitación estaba apagada . La puerta doble al balcón de su cuarto estaba abierta de par en par.... Se habia despartado en su sueño y habia continuado dormida.... Sintio los latidos de su corazon en sus sienes..Que fue todo eso? Benito su mayordomo? porque lo vio en sueños?

Continuara 





Miércoles Santo, 14 de abril de 1696. Convento de la Inmaculada Concepción. 4:40 a.m.



A las cuatro y cuarenta de la madrugada, una fragancia de rosas impregnó el aire, mezclada con incienso, mirra y estoraque. La luz de la vela titilante se intensificó, envolviendo a María Serena en una sensación de paz y protección, como si un ángel susurrara su presencia.





Podía ser un recordatorio: estaba en el camino correcto.La novicia se había levantado a las tres y media para limpiar la capilla del convento y cumplir sus devociones. Arrodillada, rezaba un rosario de contrición y castigo, temblando de miedo. Era débil, lo sabía. La peste devastaba la ciudad, imparable. El sacerdote no vendría; las monjas, con sangre en la boca, yacían enfermas, incapaces de cumplir sus deberes. Por ahora, María Serena era la única sana.De pronto, una voz suave rompió el silencio.
—María Serena —dijo una monja arrodillada junto a ella, surgida de la penumbra—. Hoy saldrá en procesión la imagen del Nazareno. Debes estar cerca de él.

—¿Quién eres, madre? —preguntó, con el corazón acelerado.




—Tú lo has dicho. Soy tu madre —respondió la voz, envolviéndola en un consuelo profundo.

—¿Por qué sufrimos tanto? La epidemia ha matado a tantos inocentes...


—Todos tenemos una misión. Cuando termina, regresamos al Padre. Los que hoy entierran a los caídos, algún día serán llevados y se reunirán con Él.

—Madre, sabes que no puedo salir del convento.

—Lo harás. Y no volverás.


—¿A dónde iré? —preguntó, angustiada.

—No te aflijas. Lo sabrás. Pero hoy, a las nueve de la mañana, estarás en la procesión.

—¿Y la madre superiora?


—Yo la cuidaré.



16 días después del asesinato en la Hacienda El Anima


En esa época del año, las fiebres eran comunes. El alguacil, postrado en cama con gripe, ardía de frustración. Aunque su instinto le decía que el asesino seguía libre, la enfermedad lo retenía.




Al crepúsculo, una figura se materializó frente a la hacienda. No sentía nada: ni miedo, ni odio. Conocía la casa, sabía lo que albergaba, pero ignoraba cómo entrar al lugar que buscaba.



—Hijo mío —dijo una voz desde las sombras—. Yo también busco la entrada. Pero no puedes flaquear. Necesito otra ofrenda.



Él se detuvo, paralizado.


—Anda —insistió la voz—. La noche apenas comienza. El lugar está ahí, en la casa.





55 días después del asesinato en la Hacienda el Anima



Rafael Cortez había retomado su trabajo en la hacienda Los Tres Laureles. Resignado a la soledad, comprendió que encontrar esposa en aquel lugar aislado sería casi imposible. Mientras recortaba su barba con una tijera, un crucifijo colgado en la pared se desprendió con violencia, voló a gran velocidad y cayó al suelo, invertido. Rafael, desconcertado, lo observó. Un nerviosismo extraño lo invadió.

—¿Quién está ahí? —gritó—. ¡Basta de bromas! Jugar con imágenes sagradas es un sacrilegio.


—Hola, hijo —susurró una voz helada—. Tu tiempo ha llegado. No has hecho nada malo, no has dañado a nadie. Solo eres un elegido... para mi placer.


El armario estalló en astillas. De él emergió una figura: el Hombre de la Ruina, descalzo, con ojos vacíos.


Rafael, con la boca seca, apenas alcanzó a balbucear:



—No... no es real. Intentó huir, pero el Hombre de la Runa avanzó y aplastó uno de sus pies con brutalidad. Rafael aulló de dolor. El segundo pisotón arrancó un grito desgarrador que resonó en la noche. Sin pausa, la criatura hurgó en su ojo, mientras lo aplastaba.

. Los trabajadores, alertados por los alaridos, forzaron la puerta. Hallaron a Rafael colgado en la pared, sus pies reducidos a una masa sanguinolenta, el crucifijo clavado en su boca.



Dos días después del funeral de Rafael Cortez El alguacil, aún débil por la fiebre, se levantó de la cama. El pánico se había apoderado del pueblo. Nadie quería acercarse, y el descontento contra él crecía. Los pobladores rezaban en grupos, mientras él, postrado, había dejado a la villa indefensa. La clave estaba en la hacienda. Todo había comenzado allí. Decidió que buscar al asesino de día era inútil; el herrero había visto sombras merodeando de noche. Esa noche, lo cazaría y lo haría pagar.





Llegada de Chantal a la Hacienda El Anima


Tras semanas de navegación tormentosa, el barco La Dama Roja avistó tierra. Era un amanecer enfermizo, de luz opaca y amarillenta. Chantal, una joven francesa, desembarcó en un puerto colonial sin nombre. Las casas encaladas parecían encogerse bajo una vegetación voraz. Soldados españoles vigilaban, mosquetes al hombro, mientras esclavos de mirada baja cargaban mercancías. Un carruaje desvencijado la esperaba para llevarla a la Hacienda San Ambrosio, a dos días por caminos selváticos. El cochero, un mulato con cicatrices, se persignó al oír el destino.


—No me gusta ir allá, señorita —dijo—. Esa tierra está maldita. Chantal, firme, respondió:
—Le pagaré el doble. Y bendeciremos el camino. El cochero soltó una risa amarga.
—Ni el oro ni los rezos cambian lo que pertenece a los muertos. Partieron al alba. La selva los engulló: árboles retorcidos, lianas como serpientes, sombras que se movían sin viento. Por la noche, acamparon junto a un arroyo. El cochero, aferrado a su rosario, no durmió. Chantal oyó cánticos lejanos, tambores, pasos sin origen. Al segundo amanecer, entre niebla y zumbidos de insectos, avistaron la hacienda. La mansión, de piedra gris y madera ennegrecida, se alzaba imponente. Sus muros, invadidos por enredaderas, parecían estrangulados. Nadie salió a recibirlos. Un hombre grueso, vestido de negro, se presentó.




—Soy Benito Cruz, el mayordomo —dijo con voz grave—. Para serviros.


Al pisar el suelo, Chantal sintió una ráfaga helada en los tobillos, como si la tierra la rechazara. Desde el zaguán, una figura alta y delgada la observaba, inmóvil, en silencio.




Capítulo III:




La noche cayó sobre El Anima como una losa de obsidiana. Chantal, instalada en una cámara de madera tallada, no podía dormir. El colchón parecía susurrar bajo su peso, y los muros rezumaban humedad. Crujidos en el techo sugerían pasos pesados sobre las vigas.

Al tercer día, harta del encierro, pidió a Benito que le mostrara la hacienda. Recorrieron corredores donde retratos de antiguos dueños la miraban con ojos desvaídos. Al llegar a la capilla privada, Benito se detuvo.


—Aquí comenzó nuestra desgracia —susurró.



—¿Qué desgracia? —preguntó Chantal. Benito, cruzando los brazos, habló en voz baja.
—Hace años, su tío, el señor Montferrat, celebró un rito prohibido. La hacienda está construida sobre tierras antiguas, donde los esclavos veneraban dioses oscuros. Espíritus de peso, de hambre, de castigo.



—¿Espíritus de peso?


—El Aplastador —murmuró Benito—. Una entidad sin rostro que aplasta a los impuros hasta pulverizar sus huesos. Chantal sintió un sudor frío.



—Su tío quiso invocarlo para proteger sus tierras y amasar riquezas. Sacrificó a una virgen en esta capilla. Pero el ritual fracasó. El Aplastador no es un siervo, es un amo. Desde entonces, la hacienda carga su maldición.


—¿Cómo se detiene? —preguntó Chantal, temblando.


—Hay rumores de una reliquia —dijo Benito—. Unas frutas sagradas, guardadas por una monja inmortal en la selva. Pero buscarlas es más peligroso que enfrentar al Aplastador.



Un alarido desgarrador interrumpió sus palabras, seguido de crujidos de huesos desde el ala oeste. Chantal, armada con un puñal y dos pistolas, corrió con Benito hacia el origen del grito.

Las antorchas parpadeaban, como si una presencia las sofocara. En la sala de los sirvientes, encontraron un cuerpo aplastado contra el suelo, los huesos triturados, la carne fundida en la piedra.


—El Aplastador ha reclamado otra víctima —dijo Benito, persignándose. —¿Quién era? —preguntó Chantal, con la garganta cerrada.


—Un mozo que robó frutas de la despensa consagrada.



Un segundo grito resonó desde los establos, seguido de ladridos frenéticos. Corrieron, dejando caer lámparas que se quebraban contra el suelo. Benito arrastró a Chantal hacia la capilla.


—¡Debemos encerrarnos! —gritó.


Dentro, el aire olía a incienso rancio.



Chantal se arrodilló ante el altar, sin saber qué rezar. Benito señaló una hornacina donde brillaba un limon dorado , pulida como un espejo.



—Mientras esta fruta esté intacta, el Aplastador no entrará —susurró.



Un roce, como de pies descalzos, sonó al otro lado de la puerta. El ente estaba allí. Esperando.




De pronto, Chantal despertó en su cama, jadeando. La vela de su cuarto estaba apagada, y las puertas del balcón abiertas de par en par. La noche, oscura y silenciosa, la envolvía.


Chantal despertó bruscamente, sentándose de sopetón en la cama, casi sin poder respirar. La noche estaba oscura, la vela de su habitación estaba apagada . La puerta doble al balcón de su cuarto estaba abierta de par en par.... Se había despertado en su sueño y había continuado dormida.... Sintio los latidos de su corazón en sus sienes.. Que fue todo eso? Benito su mayordomo? Porque lo vio en sueños?

Continuara 


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Novelas Por Capitulos



PARTE 4

PARTE 4

Así que con 1 espada, 2 puñales, 2 pistolas, un mosquete,abundante pólvora y munición; al anochecer decididamente  el alguacilmarchó hacia la hacienda.

Se dedicó a vigilar la casa. Convencido que el asesino volvería a la escena del crimen una y varias veces para disfrutar otra vez del crimen, esperaría esa noche y las que fuera necesaria

Vió la luz en la segundo piso, y a pesar de la peligrosidad , dejó su caballo suelto y le dijo 

-- No tengas miedo,eres un buen alguacil y vamos a detener a ese maldito, te prometo que voy a resolver esto ,seré promovido a alguacil mayor y nos iremos los dos a España, es una promesa. Guarda silencio-- le dijo, colocando las tiendas sobre la silla, lo besó en la frente y se fue en silencio a la casa. Volteó a ver y su caballo estaba disimulado bajo el árbol desde donde vigilaba 

Decidido se dirigió a la casa, y llegó a un costado de la misma. Tratando de no hacer ruido llegó a la puerta principal. Con cuidado introdujo una llave maestra, y rogando que la puerta no chirriaba entró, con su espada en la mano. Vio en la oscuridad una tenue luz que salía de uno de los cuartos.

---!Maldito!, muy pronto te colocaran en la plaza mayor para sufrir garrote vil.-- pensó con decidida actitud.

Se dirigió sigilosamente hacia la escalera y escuchó claramente a su espalda.

--Pstt.

A toda velocidad giro su rostro, sintió el impacto en su cabeza, un dolor agudo en la misma y más nada

I

Despertó activamente con  toda  la caballería de Los maestres Calatrava y Alcántara  galopando a todo dar en su cerebro.

Vio la luz de una vela. Y si está era la asesina, pues estaba presto a dejarse asesinar, porque era la mujer más bella que jamás en su vida había visto.

-- Usted es la asesina-- indicó trabajosamente, tratando de incorporarse, para ver que estaba amarrado de punta a punta y todas sus armas encima del sofa de la casa.Adicional la bella joven tenía una pistola en cada mano.

---Pues déjeme decirle que para mí , usted es el asesino que vuelve a ver el resultado de su crimen-- dijo indignada la joven.


--Perfectamente sabe que soy el alguacil Juan Sota Villarroel

--Perfectamente sabe que soy el alguacil Juan Sota Villarroel.

--Eso no explica nada. Se metió a media noche en mi propiedad. Si fuera el alguacil, pues viene de hecho y derecho de día a ver que sucede por estos lares.

--!¡USTED NO ES DUEÑA DE NADA!

--Baje la voz, que este no es su señorío. Yo soy Chantal Alvarez de Toledo du Chatelet, hija de los asesinados-- dijo la joven y su voz se quebró al decir lo último

---Y porque no vino a presentarse?-- pregunto en el colmo de la sorpresa, e inmerso en el inmenso ridículo que se había expuesto

--- Porque llegue a la casa de mi padrino Agustin Reinaldo , y el me indico que no se me ocurriera entrar al pueblo, pues todos estaban con diarreas y fiebres, incluyéndolo a usted. El viene todos los días a traerme vituallas y precisamente dentro de un rato será el primer día de los ordeñadores. Se podrá imaginar los comentarios si lo ven aquí en mi casa de noche y yo soltera-- dijo la joven furiosa.

--El Herrero?. El negro Agustin Reinaldo?

--Respete el nombre de mi padrino--indicó la joven furiosa

-- Pues suélteme y me iré. Sin embargo, usted está citada a presentarse en la jefatura. Tiene mucho que explicarme, y apenas amanezca ire a donde su padrino Agustin Reinaldo

A regañadientes la joven comenzó a soltar

y le dijo.

--Tenga en cuenta que tengo un puñal a mano.No intente propasarse de la raya.

--Soy un caballero atento a mis deberes. Y usted. Está sola aquí en esta mansión?-repuso el joven ofendido, una vez liberado, prisionero de una angustia repentina. La bella joven era una hechicera con un embrujo imposible de escapar. Acababa de comprender que dormir, estar tranquilo, no ver a la señorita Chantal le sería imposible para su persona

Acababa de comprender que dormir, estar tranquilo, no ver a la señorita Chantal le sería imposible para su persona


-- Claro que no. Me acompañas mi mayordomo Benito..

El alguacil quedó estupefacto. Guardó silencio y repitió en tono de duda.

El Mayordomo Benito? Está segura.

-- Por supuesto. Lo conozco desde niña. Y déjeme reclamar que he sido víctima de ataque por dos veces de parte de un fascineroso y Benito me defendió.

-- Benito fue asesinado junto con sus padres-- indicó sorprendido a la joven

Chantal quedó en shock.

Pero es que no entiendo. Usted es el alguacil. Entonces quien fue que vino a visitarme de tropas del Rey?.

-- La única autoridad soy yo


III

Ven hacia mí , oh gran morador del abismo,Y has que tui presencia se manifieste.De la sexta torre de tu templo, descendera el poder hacia mi, eso hará que venga a mi el cuerpo carnal que estoy invocando.. Sal al vacío de la noche y taladra esa mente para que respondan con pensamientos que conduzcan a los senderos de tu gloria.


La figura a caballo, desde el inmenso pajonal contempló al jinete marcharse y a la muchacha iluminada con una lámpara de mano.

---Hijo mío. Ella seguramente conoce la entrada. Los otros no quisieron colaborar. Quizás ella sí-- susurro la voz-- pronto la conocerás... quiero un hijo de ella. Tu me ayudaras.


Viernes 1 de Junio de 1696, 3.33 Am


El silencio era impresionante. Todos estaban reunidos, vestidos con sus túnicas negras y moradas, miraban con sucia lujuria el cuerpo desnudo de la muchacha, una joven esclava, una preciosa muñeca de ébano, de apenas 17 años.

Reposaban sobre un altar , cubierto de un paño de terciopelo negro con bordes de hilos de oro.

Una almohada de terciopelo, sostenía la cabeza de la bella muchacha,las piernas separadas, colgaban a cada lado del altar, mostrando todo su cuerpo desnudo.

Las luces de varias teas, alumbraba con siniestra y espectral luz, la cueva secreta, donde se desarrollaba la escena.

 E.

El olor a incienso ambientaba todo el lugar. Velas negras completan la escena . Todos contemplaban con lujuria contenida los duros senos de la muchacha, que se movian con su tranquila y profunda respiración.

Los dos oficiantes entraron,

y saludo a todos los presentes.

En nombre magni dei nostre Hugo rafael.


Todos respondieron.

--Adjotoriumnostrum in nomini domini inferi.


Prosiguieron la infame ceremonia,con irreverentes e infames letanías,con actos similares a los practicados en el rito de las iglesias, pero invirtiendo su sentido en todo momento.

A medida que continuaban en la satánica ceremonia,fueron saliendo llamas, y un terrible olor a excrementos inundó el ambiente, hasta que se materializó un ser morado y negro.

Todos se mostraron clamando 

-- Inmunda Presencia, Oh todopoderoso Hugo Rafael.. Hugo Rafael 

-- Compláceme, lujuria, depravación.

Todos tomaron la joven-- y comenzaron a penetrar entre tres, luego otros tres, y hasta que todos se saciaron en la joven examine, luego uno tomó un puñal y lo hundió en ella así, todos mientras el Maligno Hugo Rafael reía sin poder contenerse.

-- Necesito que encuentren y destruyan las protecciones que cayeron en la fiesta religiosa. Ya llegará el día en que un sirviente mío destruya ese árbol estúpido que dió los odiosos frutos que curaron la epidemia que mandé.

-- Inmunda presencia-- dijeron todos haciendo un cerrado circulo sexual.

--- Llegará el día en que esta tierra viva en guerras, epidemias,gobernantes corruptos. Todo para mi gloria.

-- Tuya es la gloria Hugo Rafael.

-- Por eso, mis detestables y miserables hijos, de ese árbol brotan limones que inhiben mi poder. Los recogió la Novicia María Serena. Necesito que la encuentren. Debo copular con ella,debo robarle los limones. No son limones, son fuentes de poder, mientras no estén en mi  poder, habrá paz, habrá progreso.

-- No podemos permitirlo. -- clamaron todos.



Continuara




Dos semanas antes de la Visita del Alguacil Juan Sota a Chantal

¡

El amanecer llegó teñido de rojo.

Cuando Chantal  y Benito abandonaron la capilla, la hacienda estaba bajo un manto de una pesadez terrible, puertas abiertas de par en par, muebles volcados, el eco de un llanto lejano flotando entre los corredores. Alguien parecía mirar a Chantal a los ojos. 


A media mañana, el sonido de cascos rompió el silencio denso de El Anima

Un pequeño destacamento real, vestidos con uniformes azul y plata, se detuvo frente a la mansión. A la cabeza, montado en un caballo negro como la noche, iba un joven de rostro grave y mirada decidida.

Su armadura brillaba bajo el sol tropical.
Sus ojos, de un verde oscuro casi dorado, parecían dos brasas bajo un ceño endurecido por la guerra.

Cuando desmontó, Chantal aún vestida con su camisón de lino blanco y una capa ligera, se adelantó sin miedo.

El joven se quitó el casco, revelando un cabello negro cortado al estilo militar.

—Soy Diego de Sandoval, capitán del regimiento de su Majestad —dijo, inclinándose—. Vengo en nombre del gobernador. Hemos recibido informes de sucesos... anormales en esta propiedad.

Su voz era firme, pero cortés, con un acento castellano puro.

Chantal  sintió una oleada de alivio irracional al ver al hombre de carne y hueso ante ella, como si por un momento la pesadilla que la devoraba cediera espacio a la realidad.

—Señor Sandoval —dijo, alzando la barbilla—, esta hacienda ha sido víctima de una fuerza que no puede combatir con espadas.

Diego entrecerró los ojos.
—Entonces me quedaré. Hasta que esté a salvo.

No preguntó permiso. Era una declaración.

Benito, a su lado, carraspeó.
—Señor, esta tierra está condenada. Nadie que se quede vive mucho tiempo.

Diego sonrió, apenas.
—He enfrentado a hombres peores que la muerte misma en las guerras de Flandes.

Chantal contra toda razón, sintió que sus mejillas se ruborizaban.
La firmeza del capitán, su forma de plantarse ante lo imposible, era como una luz que rompía la espesura del horror.

—Entonces, capitán... —susurró—, bienvenido al infierno.

Esa misma tarde, Diego inspeccionó los alrededores.

Vio las huellas deformes en los establos. Los cuerpos rotos, aún sin enterrar. El suelo en algunos puntos se hundía ligeramente, como si algo colosal hubiera presionado allí.

Al anochecer, se reunió con Chantal en la sala principal.
Se sentaron frente a una chimenea donde ardía una llama temblorosa, más por ritual que por calor.

—¿Qué sabe realmente? —preguntó Diego.

Chantal  tragó saliva.
—Sé que hay un ente... —dijo—, nacido de la desesperación y la codicia. Sé que busca las frutas sagradas guardadas por una monja... Y sé que si las destruye, el mundo caerá en guerras y odio sin fin.

Diego, pensativo, apoyó los codos en las rodillas.

—Entonces —dijo finalmente—, nuestra misión está clara.

Sus ojos encontraron los de ella.

—Protegerla a usted. Y encontrar esas frutas antes que él.

Chantal asintió.


Sábado, 2 de junio de 1696


10 de la mañana.

 Amaneció sin la fresca brisa que caracterizaba la ciudad.. La joven novicia caminaba por la solitaria calle. Buscaba a alguien. Sin duda quería ver a alguien.. Llego a la calle empedrada, diagonal a la plaza mayor.

Sabía que tenía un distintivo, no un crucifijo, no una mantilla sevillana. Sería una mujer de ojos negros, muy grandes, de hipnótica presencia, muy bella, sola.. La había visto en sueños. Sabía que tenía escondido en su pecho un medallón, un pentagrama invertido. Es de marfil.. Estaba segura  que era de marfil.


 El hombre en medio de la calle, la detuvo, una calle donde no había nadie, una calle donde no había puertas abiertas de las casas.

-- Bella novicia,    buscas a alguien?--- le dijo el hombre a manera de saludo.

-- Quiero hablar con la mujer del medallón.

--Y por qué ella quería hablar contigo? -- tuteo el hombre, fingiendo fortaleza.

---Dejala pasar-- se escuchó la voz de la mujer, parada en la única puerta abierta en la calle.

-La novicia se detuvo frente a ella. La mujer se arrodilló y le dijo

-- No es símbolo de sumisión, ni que eres superior a mí. Es simplemente un saludo. Una cortesía de mi parte. No quiero obligarte a que tú te arrodilles ante mí. No todavía-- le dijo en tono sereno, tranquilo.

No todavía-- le dijo en tono sereno, tranquilo

La novicia la miró y tomó su rosario.

--Sabes que eso no tiene el más mínimo efecto sobre mi.

-- Quería conocerte. 

-- Si te apetece-- contesto la otra, incorporándose después del saludo.-- María Serena.  Que quieres de mí?.

La novicia María Serena la miró, más bien la escudriñó. Llegando de inmediato a la conclusión que la otra, frente a ella, era una de esas mujeres que causaban asombro a la naturaleza al dejar ver su belleza. Su hermosura tenía rasgos virginales, sensuales. Sin duda tenía ese poder insano que llevaba a los hombres a la perdición.

La mujer extrajo el medallón y se lo enseñándoselo.

--¿Satisfecha?. ¿Era  eso lo que querías ver?.. !¡Mira qué tontería!. En esta época en que las mujeres no valemos nada, estamos aquí las dos dispuestas a destruirnos por dos hombres. Tú dices que el tuyo es bondadoso y perfecto. Yo digo que el mío es divino y depravado. Todo lo que una mujer desea en la cama... ¿Sabes algo? Me gustas. Me encantaría decirte que ya  nos hemos besado, siempre he lamido  tus duros senos, tu sabes cuan dulce es mi sexo. me place hacerte  estremecer entre mis brazos-- dijo la mujer con una bella sonrisa

-- Te llamas Ximena. Significa oyente.. Oyes lo dañino, obedeces lo podrido--le contestó María serena.

-- Yo creo en Satán, creo en Hugo Rafael. Tú dudas. Quieres saber como es mi mundo. Y después rezar y flagelarte deseando volver a pecar. Siempre ha sido así. Yo soy sincera. A ti te escogieron. Nadie te pregunto si querías estar en u  convento. Ahora eres la guardiana. Te obligaron, no te dieron oportunidad.

--Yo obedezco a mi señor.

--¿Realmente obedeces o tienes miedo que te suceda algo malo si eres por un momento tú misma?..Quiero volver  hacer el amor contigo. Necesito hacer el amor contigo. Creo que me he enamorado de ti--le susurro Ximena viendo a la otra intensamente.

María Serena hizo una imaginaria línea con su dedo y una llama de color azul las separo.

--Me tienes miedo..Jajaja... Bésame María Serena-- le dijo la otra dando un paso atrás, con una repentina mirada temerosa.

--- Te desprecio satán. Te ordeno, te mantengas lejos de mí. Invoco a mi padre a que me proteja de la maldad y de la serpiente venenosa. No puedes, Hugo Rafael, hacer más daño del que has hecho. -- indico la joven novicia.

La bella figura de la mujer dio paso a verdadera  figura. Hugo Rafael se mostró tal como era frente a la novicia

---María Serena, eres la escogida para ser el guardián de estas tierras

---María Serena, eres la escogida para ser el guardián de estas tierras. Pues déjame decirte que fallaste.. Esto es en realidad lo que ha sucedido y le mostró la escena qué se formó en una imagen que borro la calle.


Sábado, 2 de junio de 1696

7  de la mañana.


Amaneció envuelta en una niebla espesa que se aferraba a las calles de San Jacinto, el sector aledaño a la Candelaria , en la Capitanía General, en las tierras altas de la Nueva España. 

Las casas de adobe, con sus techos de teja gastados por el tiempo, parecían inclinarse bajo el peso de un silencio opresivo. El aire olía a tierra húmeda y a algo más, un dejo acre que los aldeanos susurraban era el aliento del diablo. Las campanas de la iglesia de San Miguel, una estructura modesta de piedra erosionada, repicaban con un tono grave y desacompasado, como si el campanero hubiera olvidado su ritmo habitual.

Maria Serena Ana,  con sus  diecinueve años, caminaba sola por la calle principal. Su hábito blanco y azul , bordado con hilos dorados en los puños, estaba salpicado de barro tras días de recorrer los senderos fangosos que rodeaban el pueblo. 

Su rostro, pálido y demacrado por noches sin dormir, reflejaba una mezcla de determinación y temor. Llevaba un crucifijo de madera de encino, tallado por su propia mano durante sus años en el convento, y un frasco de vidrio con agua bendita que el padre Gregorio había consagrado bajo la luz de la luna llena. 

Durante esta ocasión, el sacerdote, un hombre con una mirada severa, la había seleccionado para esta tarea: salvaguardar al sector de San Jacinto de la desgracia que se ocultaba sobre él desde que los niños comenzaron a desaparecer, dejando tras sí solo ecos de risas que resonaban en los caminos. Allí, como surgida de las sombras mismas, estaba Ximena.


Ximena no era una figura que pudiera pasar desapercibida

Ximena no era una figura que pudiera pasar desapercibida. Su vestido morado , confeccionado de una tela que parecía absorber la luz, ondeaba con un movimiento antinatural, como si obedeciera a un viento que Ana no sentía. Su cabello, largo y castaño claro  como la luna de medianoche, caía en mechones perfectos sobre sus hombros, y su piel tenía una palidez sobrenatural, casi traslúcida, que contrastaba con el brillo carmesí de sus ojos. En su mano derecha llevaba un rosario invertido, con cuentas de obsidiana que relucían como pequeños espejos rotos, en vez de cruz tenía un pentagrama invertido. No se cubría con mantilla.

Cuando sonrió, sus dientes eran afilados, apenas visibles tras unos labios que parecían teñidos de sangre seca.Maria Serena  sintió un nudo en el estómago, pero su entrenamiento en el convento la obligó a mantenerse firme.
—¿Quién eres? —preguntó, su voz temblando ligeramente mientras apretaba el crucifijo contra su pecho. Ximena inclinó la cabeza, como un lobo evaluando a su presa.
—Soy Ximena, hija de Higo Rafael, el que nació en Sabaneta, aquel que tu Dios desterró a las tinieblas —respondió.

 Su voz era profunda, resonante, como si surgiera de un pozo infinito—. Los hombres me llaman muchas cosas: bruja, sombra, mensajera. Pero tú, pequeña paloma, ¿qué nombre te han dado?—Soy María Serena , sierva del Señor —dijo la novicia, alzando la barbilla—. He venido a limpiar este pueblo de tu corrupción.

Ximena rió, y el sonido hizo que las pocas gallinas que aún quedaban en San Jacinto cacarearan desde sus corrales. Las ventanas de las casas cercanas, ya agrietadas por el abandono, vibraron como si intentaran escapar de sus marcos.
—¿Limpiar? —dijo, dando un paso hacia Maria Serena —. Este pueblo ya es mío. Sus rezos se han vuelto súplicas, sus sueños pesadillas. Los niños que buscas no están perdidos, están conmigo, cantando en las profundidades donde tu luz no llega.


María serena  dio un paso atrás, pero levantó el frasco de agua bendita con mano temblorosa. Lo destapó y roció el líquido hacia Ximena, recitando en latín: "Exorcizamus te, omnis immundus spiritus...".

 El agua chisporroteó al tocar a Ximena, como si cayera sobre brasas ardientes, y un humo negro se elevó de su vestido. Pero Ximena no retrocedió. En lugar de eso, el suelo bajo sus pies comenzó a agrietarse, revelando líneas de tierra negra que parecían venas palpitantes. El aire se llenó de un hedor a azufre y podredumbre, y las sombras de los árboles cercanos se alargaron, retorciéndose como dedos huesudos.

—¿Crees que tus palabras me queman? —dijo Ximena, avanzando con una gracia inhumana—. Soy más antigua que tus salmos, más fuerte que tu fe. Mira dentro de ti, . Hay duda en tu corazón, un susurro que dice que no eres digna de esta tarea.

María serena negó con la cabeza, pero las palabras de Ximena se clavaron en ella como dagas. Recordó las noches en el convento, cuando había cuestionado su vocación, cuando había envidiado a las muchachas que bailaban en las fiestas del pueblo en lugar de rezar en silencio. Apretó los dientes y continuó su oración, pero entonces Ximena extendió una mano hacia ella. El rosario invertido en sus dedos comenzó a girar solo, y un viento helado envolvió a la novicia. El crucifijo en su mano crujió y se partió en dos, cayendo al suelo como madera podrida.Ximena se acercó hasta quedar a un paso de Maria Serena, su aliento frío rozando el rostro de la novicia.
—No eres pura. En tus sueños has hecho el amor conmigo mil veces.  —susurró, casi con ternura—. Y eso es suficiente para mí. Siempre me has amado. Estamos juntas en esto. Tu destino es el mío. Y sueñas siempre con mis labios, con la tibieza de mi cuerpo.

Antes de que Maria Serena  pudiera responder, un torbellino de polvo y cenizas la cegó. Cuando abrió los ojos, Ximena había desaparecido, pero su risa aún resonaba en el aire, un eco que parecía venir de todas partes y de ninguna.

 La novicia corrió hacia la iglesia, su corazón latiendo con fuerza, y encontró a los aldeanos reunidos en el interior. Sus rostros estaban vacíos, sus ojos opacos como los de los muertos. En el altar, tallado en la madera con una precisión imposible, estaban dos nombres: Ximena y Maria Serena, unidos por un símbolo que parecía una cruz invertida.

Esa noche, los maizales cantaron con voces infantiles, y la niebla se tiñó de rojo. El mal no había sido expulsado. Había encontrado un nuevo rostro para caminar entre los vivos.





En algún momento en 1699


El sol se desangraba en el horizonte de los vastos llanos, tiñendo el cielo de un carmesí enfermizo que parecía presagiar la llegada de algo innombrable. El Capitán Diego de Sandoval, oficial del ejército del Rey,incansable cabalgaba en solitario por el sendero polvoriento que serpenteaba entre la alta hierba amarillenta. Su uniforme, otrora impecable, mostraba las marcas del largo viaje desde la capital del Virreinato hasta estos territorios apenas conquistados.Los motivos de su translado de la capital de la Capitanía a aquella desolada tierra era un última oportunidad para poder continuar en la milicia

La expedición que comandaba acampaba a varias leguas de distancia. Él había insistido en adelantarse para explorar el terreno, pero la verdad era otra. Necesitaba estar solo, lejos de las miradas de sus subordinados, lejos de los ojos que pudieran juzgar su recurrente obsesión.

El viento susurró entre la hierba, trayendo consigo el aroma dulzón de las flores silvestres mezclado con algo más antiguo, algo que parecía emanar de la tierra misma. Diego detuvo su caballo junto a una pequeña capilla abandonada, una construcción sencilla de adobe y madera que los primeros misioneros habían erigido años atrás.

Fue entonces cuando la vio por primera vez en la zona

Sentada en los escalones desgastados de la entrada, una figura femenina vestida con el hábito blanco de las novicias contemplaba el atardecer. Su rostro, parcialmente oculto por el velo, resplandecía con una belleza sobrenatural que hizo que el corazón del Capitán se detuviera por un instante.

—¿Quién sois vos? —preguntó Diego, desmontando con premura—. ¿Qué hace una sierva de Dios en este paraje desolado? Acaso eres la misma que yo conozco?

La joven giró lentamente su rostro hacia él. Sus ojos, de un azul imposiblemente profundo, parecían contener el reflejo de océanos que Diego nunca había navegado.

Usted sabe que soy María Serena —respondió con una voz que sonaba como agua cristalina sobre piedras pulidas—. Y vos debéis ser el Capitán Diego de Sandoval,siempre nos encontramos en medio de circunstancias excepcionales de peligro. Celebro que hoy sea en paz.

Un escalofrío recorrió la espalda del militar. Era la misma que vio en aquel extraño suceso dentro de la capilla , ella conocía su nombre.


—¿Recuerdas quién soy?

Una sonrisa enigmática se dibujó en los labios de la novicia.

—Los espíritus del llano hablan, Capitán. Susurran secretos al viento, y el viento me los trae a mí.

Diego se acercó, cautivado por aquella presencia etérea. Había algo en ella que desafiaba toda lógica, algo que despertaba en él una fascinación que rayaba en lo enfermizo.

—No deberíais estar sola, estos territorios son peligrosos —dijo, extendiendo su mano para ayudarla a levantarse.

Cuando sus dedos rozaron los de ella, sintió un frío que penetró hasta sus huesos. María Serena se incorporó con una gracia sobrenatural, como si apenas tocara el suelo.

—El peligro no siempre viene de fuera, Capitán —murmuró ella, mirándolo directamente a los ojos—. A veces habita en nuestro interior, esperando el momento para devorarnos desde dentro.


-- Agradezco su interés, debo entregarme a mis oraciones


*#@#@##@

Los días siguientes fueron un tormento para Diego. La imagen de María Serena se había grabado nuevamente a fuego en su mente. La buscó en el pequeño pueblo cercano al campamento, preguntó por ella en la misión local, pero nadie parecía conocerla. Era como si la hermosa novicia solo existiera para él.

Y entonces comenzó a verla en todas partes.

Una tarde, mientras supervisaba la construcción de un puesto avanzado, la vislumbró entre los árboles que bordeaban el claro. Al anochecer, creyó distinguir su silueta recortada contra la luna llena, observándolo desde la colina. Durante la misa dominical, la encontró sentada en el último banco de la iglesia, su mirada fija en él mientras el sacerdote hablaba de los peligros de la tentación.

—¿La veis? —preguntó en un susurro a su teniente, señalando discretamente hacia el fondo de la nave.

El oficial miró en la dirección indicada y frunció el ceño. Era obvio que su Capitán seguía con desvaríos en su mente

—¿A quién, mi Capitán? El banco está vacío.-- respondió el joven negando con la cabeza.

Diego sintió que el suelo se tambaleaba bajo sus pies. ¿Estaba perdiendo la razón? ¿O era algo más siniestro lo que estaba ocurriendo?

Esa noche, incapaz de conciliar el sueño, abandonó su tienda y caminó hasta la plaza del pueblo. La luna iluminaba las fachadas encaladas con una luz espectral, proyectando sombras que parecían moverse con vida propia.

Y allí estaba ella, sentada en el borde de la fuente, pasando sus dedos por el agua como si dibujara símbolos arcanos.

—¿Qué queréis de mí? —preguntó Diego, acercándose con pasos vacilantes.

María Serena levantó la mirada. Bajo la luz lunar, su piel parecía translúcida, casi como si pudiera ver a través de ella.

—La pregunta correcta sería: ¿qué queréis vos de mí, Capitán? —respondió ella con aquella voz que parecía resonar directamente en su alma—. Sois vos quien me busca, quien me llama con vuestros pensamientos.

Diego se sentó junto a ella, sintiendo cómo su voluntad se desvanecía ante su presencia.

—No puedo dejar de pensar en vos —confesó, con la voz quebrada —. Es como si hubierais embrujado mi mente.Es un pecado terrible el que sentimiento se desborda por vos.Debo confesarlo

—Quizás lo he hecho —dijo ella con una sonrisa inquietante—. O quizás vuestro corazón ya estaba maldito mucho antes de conocerme.

—¿Quién sois realmente? —insistió él, tomando su mano fría entre las suyas—. ¿Por qué nadie más puede veros?

María Serena se inclinó hacia él. Su aliento era frío como la niebla matutina cuando susurró:

—Soy lo que los antiguos habitantes de estas tierras temían. Soy lo que vuestros sacerdotes intentan exorcizar. Soy el eco de un amor prohibido que terminó en tragedia hace siglos, cuando otro hombre como vos sucumbió a una pasión que lo consumió hasta los huesos.

Diego quiso apartarse, pero su cuerpo no respondía. Sentía como si hilos invisibles lo ataran a ella.

—¿Estáis diciendo que sois… un espíritu?

—Soy un recuerdo que se niega a morir —respondió ella—. Y vos, Capitán, habéis sido elegido para mantenerme viva un ciclo más.




Las semanas siguientes fueron un descenso al abismo para Diego. Su obsesión por María Serena creció hasta consumir cada aspecto de su vida. Descuidó sus deberes, se distanció de sus hombres, pasaba horas vagando por los llanos en busca de encuentros fugaces con aquella aparición que solo él podía ver.

Sus superiores, preocupados por su comportamiento errático, enviaron un médico desde la capital. El diagnóstico fue claro: fiebre tropical, delirios causados por alguna enfermedad local. Le ordenaron regresar para recibir tratamiento.

La noche antes de su partida, Diego cabalgó hasta la vieja capilla donde había visto a María Serena por primera vez. Necesitaba respuestas, necesitaba liberarse de aquel embrujo que lo estaba destruyendo.

La encontró arrodillada ante el altar derruido, rezando en una lengua que no era el latín ni ningún idioma conocido por él. Las velas que iluminaban el recinto no proyectaban su sombra sobre las paredes.

—He venido a despedirme —dijo Diego, avanzando entre los escombros—. Mañana parto nuevamente hacia la capital.

María Serena se volvió lentamente. Su rostro había cambiado; ahora mostraba una belleza más antigua, más terrible, como si la máscara que había llevado comenzara a resquebrajarse.

—Nadie abandona los llanos una vez que ha sido marcado —respondió con una voz que parecía provenir de las profundidades de la tierra—. Vuestro destino está sellado desde el momento en que vuestros ojos se posaron en mí.

—¿Qué destino? —preguntó él, sintiendo cómo el miedo y la fascinación luchaban en su interior.

—El mismo que todos los que vinieron antes que vos —María Serena se acercó flotando sobre el suelo—. Entregar vuestra alma a cambio de una eternidad a mi lado.

Diego retrocedió, pero su espalda chocó contra la pared de adobe.

—No podéis tomar mi alma. Soy un hombre de fe.

Una risa escalofriante brotó de los labios de la aparición.

—Vuestra fe se quebró en el momento en que permitisteis que la obsesión por mí creciera en vuestro corazón. Ya no pertenecéis a vuestro Dios, Capitán. Me pertenecéis a mí.

Con un movimiento fluido, María Serena colocó su mano helada sobre el pecho de Diego. Él sintió cómo algo se desgarraba en su interior, como si una parte esencial de su ser fuera arrancada.

—Ahora entenderéis —susurró ella—. Ahora veréis lo que yo veo.

Y en ese instante, la percepción de Diego cambió. El mundo a su alrededor se transformó. Pudo ver las capas de realidad superpuestas, los espíritus antiguos que habitaban los llanos, las energías primordiales que fluían bajo la tierra. Y comprendió la verdadera naturaleza de María Serena, un ser que había existido desde mucho antes de que los primeros conquistadores pisaran estas tierras.

—¿Qué me habéis hecho? —preguntó, sintiendo cómo su humanidad se diluía en aquella nueva conciencia.

—Os he liberado —respondió ella—. Y os he condenado.

-- Con su mente perdida en los desvaríos de una insana pasión el capitán se marcho en medio de la noche

La monja se quedó quieta, levantó la vista.

-- Ximena, por qué le haces daño a un inocente?

-- Te culparán. Es eso. Hacer más divertida la situación -- explicó Ximena a María Serena




Meses después, los viajeros que atravesaban los llanos comenzaron a hablar de un extraño fenómeno. Un capitán español a caballo, con el uniforme desgarrado y la mirada perdida, vagaba por los caminos solitarios. Siempre parecía estar buscando algo, o a alguien. Y a su lado, invisible para todos excepto para aquellos marcados por la soledad y la desesperación, caminaba una hermosa novicia de ojos azules como el océano.

Los nativos de la región conocían bien la leyenda. La llamaban “la devoradora de almas”, un espíritu que seducía a los hombres de corazón débil para alimentarse de su esencia vital. Y sabían que cada nuevo amante condenado se convertía en su heraldo, atrayendo nuevas víctimas hacia ella, perpetuando un ciclo que había comenzado siglos atrás y que continuaría mientras los llanos existieran.

El Capitán Diego de Sandoval nunca regresó a la capital. Su nombre se convirtió en un susurro temeroso entre los pobladores, una advertencia sobre los peligros de sucumbir a pasiones prohibidas. Y en las noches de luna llena, cuando el viento sopla desde el este, algunos juran escuchar dos voces entrelazadas en una conversación eterna: la voz grave y atormentada de un hombre que perdió su alma, y la voz cristalina y seductora de la aparición que lo condenó a vagar por los llanos hasta el fin de los tiempos.







¡

Tiempo del Séptimo mes del embarazo de la primeriza madre de Chantal.

El primer temblor sacudió el suelo como un latido de un corazón enfermo.
Los caballos huyeron desbocados, relinchando de terror.
Dentro de la capilla 

Gaspar cayó de rodillas, llorando y rezando en idiomas olvidados por los hombres.

Desde la espesura, la sombra emergió.

El Aplastador.

No tenía forma definida: era una masa informe, oscura como la noche misma, pero más densa que cualquier sustancia. Donde pasaba, los árboles se partían como cañas, los pájaros caían muertos de los cielos, y la tierra se rajaba a sus pies.Se detuvo en un remolino de polvo frente a la humilde capilla de pueblo

Era el peso de mil condenas.
Era la maldad misma, hecha carne y sombra.

La madre de Chantal  retrocedió, cubriéndose la boca para no gritar. El aire mismo parecía solidificarse: cada inhalación era como tragar vidrio molido.

Sin saber de dónde, apareció una bellísima novicia , firme como una raíz milenaria, levantó su cetro y gritó:

—¡Atrás, espíritu del peso eterno! ¡Aquí las frutas están protegidas!

El Aplastador respondió con un sonido que no era humano: un rugido sordo, un crujido de huesos, un grito de guerra de todos los condenados.

La entidad se lanzó.

El suelo se rompía bajo su avance.
Los muros de la capilla comenzaron a agrietarse, como si manos invisibles los aplastaran desde todas direcciones.
El altar temblaba.
Las frutas sagradas vibraban, a punto de caer.

Diego de Sandoval estaba subido en sus oraciones, alertado por la situacion desenvainó su espada, inútil gesto de coraje frente a lo incomprensible.

—¡Corran! —gritó a la joven novicia y a la mujer embarazada

Pero la madre de Chantal no podía moverse.Estaba muy avanzada en su embarazo
Un peso invisible la mantenía anclada al suelo.
Sentía cómo sus huesos crujían, su piel se tensaba contra la presión brutal del ente.

Diego  alcanzó a la joven madre de Chantal  y con cuidado la cargó en brazos.

La bella novicia María Serena  se interpuso entre ellos y el monstruo, recitando una letanía olvidada, palabras prohibidas. Su voz era un látigo de fe, temblorosa pero feroz.


El Aplastador dudó por un instante.

Fue suficiente.

Diego colocó a la embarazada madre de Chantal en el suelo , y vio a la novicia , en ese instante supo que había perdido su corazón,débil y paralizado,casi se arrodilló ante esa imposible belleza

Pero detrás de ellos, el mundo colapsaba.

El convento estalló como una fruta podrida, lanzando escombros y sangre antigua al cielo.
El Aplastador, furioso, aulló un sonido que retumbó hasta las estrellas.

Luego La joven novicia María Serena cayó de rodillas, jadeante.

Antes de que el ente la aplastara, alzó la mirada al cielo y gritó:

—¡Aún no! ¡No tendrás su alma!

Y entonces, el peso la aplastó con un estruendo horrible.
Su cuerpo se hundió en la tierra como una flor marchita, desapareciendo sin dejar más que una sombra retorcida.

-- Señora, hemos de salir de aquí, debo salvar a esa novicia


Ella no pudo explicarle al joven Capitán, 

Había comprado tiempo.

Tiempo para escapar.

Tiempo para luchar.

Pero el precio sería altísimo.

Porque ahora, el Aplastador ya había olido las frutas.
Y jamás detendría su cacería.



Verónica, con quince años, estaba orgullosa de su trabajo. Su padre le había asignado la tarea de acompañar a la señorita,

la nueva ama y señora de la hacienda, que ahora esgrimía un nuevo nombre

 la nueva ama y señora de la hacienda, que ahora esgrimía un nuevo nombre...

Ingenio  Rosa Negra, propiedad de la señorita  Chantal Álvarez de Toledo du Chatelet, una bellísima señorita, un poco mayor que ella, que no la trataba como servicio sino como compañía. Los antiguos servicios a raíz de la muerte de los señores no quisieron trabajar más en la hacienda, salvo los ordeñadores y peones de faena. Y limpiaba la casa con devoción. Estaba feliz de hacerlo. Su patrona le regalaba ropa, comían juntas en la misma mesa, y su patrona le dio un cuarto para dormir para ella sola.

 Como no todo era perfecto, la niña Chantal la obligaba a bañarse todos los días. Tal como la misma señorita patrona lo hacía diariamente, oliendo a rosas y jazmines con perfumes carísimos... Y eso no era todo. Su patrona le regalo un jabón y perfumes... Otra cosa más.. Había visto a media noche a la señorita Chantal caminando en lo oscuro por la casa.. Eso si que le daba miedo, pero ni siquiera con garrote vil lo diria a nadie.

Eso si que le daba miedo, pero ni siquiera con garrote vil lo diria a nadie


La niña señorita patrona buscaba algo, quería que no  se supiera. ¿Qué sería? Y porque le cambio el nombre del Anima a Rosa Negra? 




II


Domingo, 3 de junio de 1696

3,33 AM de la mañana.



Ven inmunda y sucia presencia.

Todos hemos colocado nuestras promesas en el estiércol que oscurece con selecta depravación todos nuestros actos.

De la sexta torre de Miraflores descenderá un signo a la cloaca de tu servidumbre, Hemos congregado los símbolos que permitirán a los basiliscos y serpientes liberarse.

Los deseos se convertirán en realidad, ensuciando la pureza y envileciendo los corazones, saliendo al miedo y oscuridad de la noche y así podremos gritar tu sucia bajeza.


Invocación a Hugo Rafael.




II

Maria Serena fue guiada por el camino, era la alta madrugada del domingo 3 de junio de 1669

Maria Serena fue guiada por el camino, era la alta madrugada del domingo 3 de junio de 1669

y llego al cementerio

y llego al cementerio 

ahi estaba el nuevamente Hugo Rafael en medio de las tumbas

ahi estaba el nuevamente Hugo Rafael en medio de las tumbas

ahi estaba el nuevamente Hugo Rafael en medio de las tumbas

---Hola María Serena, nuevamente vienes .. Espero que esta vez te unas a nosotros.

Hugo Rafael le enseñó.. Hombres y mujeres, desnudos,la invitaban a unirse en aquella procesión depravada y diabólica, eran todas las proficientes de la montaña de la Cruz dl Diablo, estaban junto a Adanech y Oholiva, enseñando la ebullición de sus carnes putrefactas , que luego se envolvían en llamas dejando el olor de carne podrida quemada.

La muchacha tuvo miedo.

--Es normal que tengas miedo.-- le dijo serenamente Hugo Rafael, invitando a acercarse.

--No tentarás al señor tu señor y no seguirás ensuciando esta joven tierra con tus antiguas y malignas creencias-- respondió la joven.

---¿Acaso eres mi señor? Sólo veo a una muchacha asustada. Asustada de sus propios deseos y pasiones. Ven a mí y serás libre.

La muchacha vió los cirios negros y caminó hacia ellos, un negro ataúd estaba en medio de la vereda principal del cementerio. Y vió, estaban alrededor del ataúd todas las víctimas de la peste. La miraban y sonreían.

 Dentro de la urna acostado estaba Hugo Rafael. La contempló  y le sonrió afectuosamente , la invitó a a meterse en el ataúd.

Maria Serena de su traje de novicia extrajo tres limones y les dijo.

--Estos son los limoneros del señor. Sirvieron para curar cuerpos atormentados. Servirán para curar almas enfermas. No hace falta oraciones. Tampoco fe. Sólo ver los resultados.

Dicho esto, María Serena los enseñó y estos empezaron a brillar

Dicho esto, María Serena los enseñó y estos empezaron a brillar

---No lo hagas..-- dijo la voz francamente asustada de Hugo Rafael.

continua





Continuara

Novelas Por Capitulos


Parte 6,7,8




Capítulo 6,7,8

El grito rasgó el aire quieto del mediodía como un cuchillo oxidado. No fue un alarido de simple susto, sino la expresión gutural de un horror que helaba la sangre y erizaba el vello hasta en los brazos más curtidos por el sol y el trabajo. Venía de los campos de caña, no muy lejos de la casona principal de la Hacienda de las Ánimas, un eco agudo que rebotó contra los muros encalados y se perdió en la inmensidad azul del cielo de aquella provincia olvidada del Virreinato.

Los machetes cayeron al suelo con un estrépito metálico que rompió la monotonía del corte. Los peones, hombres de piel cobriza y rostros impasibles, se quedaron petrificados, sus ojos fijos en la dirección del sonido. El capataz, un mestizo corpulento llamado Ignacio, fue el primero en reaccionar, aunque un temblor apenas perceptible le recorría las manos. «¡Vamos!», bramó, más para infundirse valor a sí mismo que para apurar a los demás. «¡A ver qué demonios ocurre ahora!».

Lo que encontraron al apartar las altas cañas, en un claro bañado por la luz inclemente del sol, desafiaba toda razón y sumía el alma en un abismo de espanto primordial. El cuerpo de Jacinto, uno de los jornaleros más jóvenes y alegres, yacía destrozado sobre la tierra reseca. No era una muerte limpia, si es que alguna podía serlo. Aquello era una carnicería. El pecho estaba abierto como un melón maduro partido a hachazos, las entrañas esparcidas en un amasijo sanguinolento que atraía ya a las primeras moscas. La cabeza, separada del tronco, reposaba a unos pasos, los ojos desorbitados fijos en una nada espantosa, la boca abierta en una mueca de terror indecible. Y por todas partes, la marca inconfundible: huellas de herraduras, profundas, como si el caballo que las dejó portara el peso de mil infiernos, y un hedor acre, mezcla de azufre y carne corrompida, que se adhería a la garganta.

Era el tercero en menos de un mes. El tercero en ser hallado así, mutilado con una saña inhumana, siempre a plena luz del día, en los caminos o en los campos, como si la bestia o el demonio que perpetraba tales actos se mofara de la luz divina y del orden de los hombres. Nadie había visto nada, nadie sabía nada. Solo el terror, reptando como una serpiente venenosa, se instalaba en el corazón de cada habitante de la comarca.

Sus siervos la vieron contemplar la escena, bella,frágil,Pero una especie de muralla invisible los separaba. Era la joven Chantal ,

 La joven heredera de la Hacienda de las Ánimas, Chantal observó la escena desde la distancia, montada en su yegua alazana. Su rostro, de una belleza pálida y delicada que contrastaba con la rudeza del entorno, permanecía impasible, aunque un ligero fruncimiento de sus labios delataba una tensión interna. Había llegado de Francia hacía apenas unos meses, tras la muerte de sus padres, para reclamar una herencia que muchos consideraban maldita. 

Decian que A veces la escuchaban hablar en Su francés cerrado, sus modales refinados y, sobre todo, una frialdad que algunos interpretaban como altivez y otros como algo más siniestro, la habían convertido rápidamente en objeto de murmuraciones. Se decía que no rezaba, que no acudía a misa, que sus ojos claros parecían ver más allá de lo terrenal. Y ahora, con estos crímenes horrendos sucediendo en sus tierras, las sospechas se cernían sobre ella como una sombra.

Cerca de ella, pero sin atreverse a cruzar la barrera invisible de respeto y temor que la rodeaba, se encontraba Juan Sota Villarroel, . Alto, de facciones honestas, Ya se estaba botando que sentía  por Chantalb una devoción secreta y atormentada. Cada vez que sus ojos se encontraban con los de la joven , un torbellino de emociones contradictorias lo invadía: deseo, protección, y un miedo indefinible. Su presencia constante cerca de la heredera, su afán por mostrarse útil y su nerviosismo palpable cada vez que se mencionaban los asesinatos, no hacían sino alimentar las habladurías. «El miliciano la protege demasiado», susurraban algunos. «Quizás sabe más de lo que dice, o teme que se descubra algo».

Un poco más apartado, bajo la sombra de un corpulento algarrobo, el corpulento  Reinaldo  observaba todo con sus ojos profundos y sabios.  el padrino de Chantal,  hombre de color libre, llegado a la hacienda muchos años atrás junto al difunto dueño. Su piel oscura y sus conocimientos sobre hierbas y remedios ancestrales le habían granjeado una reputación ambigua: para algunos era un curandero respetado, para otros, un brujo que pactaba con fuerzas oscuras. Reinaldo  no desmentía ni confirmaba nada. Guardaba un silencio enigmático, y sus escasas palabras solían ser acertijos que pocos se atrevían a desentrañar. Él había visto mucho en sus largos años, y el horror que ahora se cernía sobre la hacienda no parecía sorprenderle tanto como a los demás, sino más bien confirmar una antigua y oscura premonición.

«El sol está alto, pero las sombras se alargan», murmuró Reinaldo  para sí, mientras el capataz Ignacio, con el rostro desencajado, ordenaba a unos peones temblorosos que cubrieran los restos de Jacinto con una manta. «Y esta sangre derramada a mediodía indicaba que   solo era el comienzo de una larga noche».

-- Taita-- le susurro su única hija Verónica, la quinceañera ayudante de Chantal y ahijada de la misma-- tengo miedo. De noche se escuchan cosas dentro de la casa. Yo he visto por la rendija de la puerta a mi madrina Chantal parada en medio del pasillo en plena oscuridad.

-- Tienes que sostenerte. Tu eres mis ojos ahí adentro. Mi niña Chantal está en medio de un viento maligno y peligroso. Si te llaman a media noche no contestes.Y vas a rezar a media noche y después que cante el gallo

"¡Dichosa Cruz, que con tus brazos firmes, sostuviste el sacrosanto Cuerpo de Nuestro Señor, tú que eres árbol de la vida y fuente de la bienaventuranza, te adoro y humildemente, te alabo, y doy a Dios muchas gracias, porque se dignó honrarte haciendo de Ti trono de la Majestad Divina, para remedio del mundo!".Oració de Protección:"Oh, instrumento Sacrosanto de la Pasión soberana, que con sabia y alta ciencia la elegiste, Dios de gracias, para remedio del hombre, intercede por mí en esta hora de prueba...". 

Dicho esto le colocó a su hija un escapulario con una cruz de Caravaca.

-- Que nadie te la vea.

-- Ni mi madrina Chantal?

-- Ni tu madrina Chantal...

#@#@#@#

Los días que siguieron al asesinato de Jacinto se sumieron en una calma tensa, preñada de malos augurios. Nadie se atrevía a aventurarse solo por los caminos, y el trabajo en los campos se hacía en grupos compactos, con los hombres mirando constantemente por encima del hombro, sus machetes listos no solo para la caña, sino para una amenaza invisible y omnipresente. Las noches eran peores. Aunque los ataques ocurrían a la luz del sol, la oscuridad se llenaba de susurros, de crujidos inexplicables, del ladrido nervioso de los perros y del ulular lúgubre de las lechuzas, consideradas por muchos como mensajeras de la muerte.

En la casona de la hacienda, la tensión era casi palpable. Chantal  se recluía en sus aposentos o en la biblioteca de su difunto padre, un lugar atestado de volúmenes antiguos y mapas amarillentos que parecían susurrar secretos de tiempos olvidados. Su aparente indiferencia ante el pánico general solo servía para avivar las llamas de la sospecha.

El alguacil  Juan Sota Villarroel rondaba la casa como un perro guardián, sus ojos oscuros fijos en cada sombra, en cada ruido, su mano siempre cerca de la culata de su pistola de chispa. Su devoción por Chantal  era tan evidente como su angustia, y muchos se preguntaban si su celo no ocultaba un conocimiento culpable.

Las conversaciones en la hacienda y en el mísero poblado cercano giraban en torno a un único tema: el asesino del caballo. ¿Era un hombre, un demonio, una bestia salida del infierno? Las teorías eran tan variadas como descabelladas. Algunos culpaban a bandoleros desesperados, aunque la brutalidad de los crímenes no encajaba con el simple robo. Otros hablaban de un loco fugado de algún presidio lejano. Los más ancianos, sin embargo, recordaban viejas leyendas, historias de entidades oscuras que habitaban los montes y que a veces, cuando se rompían antiguos pactos o se cometían sacrilegios, salían a reclamar su tributo de sangre.

 El padrino de Chantal , escuchaba todo en silencio, sus ojos como ascuas en la penumbra de su bohío, situado en los límites del pueblo. A él acudían algunos en busca de protección, de amuletos o de alguna explicación que calmara sus miedos. Él les ofrecía hierbas para el susto y palabras ambiguas. 

«El mal tiene muchas caras», --indicaba, --«y a veces se viste con las ropas de la inocencia o se esconde a plena vista». Cuando le preguntaban directamente por el ser a caballo, su respuesta era aún más críptica: «Hay jinetes que no son de este mundo, y cabalgan en corceles forjados en el fuego del rencor y la venganza. Buscan algo que les fue arrebatado, o cumplen una condena eterna».

Una tarde, mientras revisaba unos legajos polvorientos en la biblioteca, Chantal  encontró un diario antiguo, encuadernado en cuero ajado, con las iniciales de su tío abuelo grabadas en la portada. Las primeras páginas hablaban de la fundación de la hacienda, de las dificultades iniciales, de la prosperidad. Pero a medida que avanzaba, la tinta se volvía más febril, las anotaciones más escuetas y ominosas. Hablaba de «sombras en los cañaverales», de «un pacto olvidado», de «una deuda de sangre». Y luego, una mención que heló la sangre de Chantal : la descripción de una epidemia de fiebres que había asolado la capital de provincia décadas atrás, y de una joven monja, apenas una niña de diecinueve años, que había llegado como un ángel y había obrado curaciones milagrosas, deteniendo la peste casi con la sola imposición de sus manos y limones que extraia quien sabe de adonde. La gente la llamaba la Santa de los Ojos Tristes. Y luego, tan misteriosamente como había aparecido, la monja había desaparecido sin dejar rastro. Su padre se preguntaba en el diario si su desaparición no estaría conectada con ciertos «eventos oscuros» que habían ocurrido en la hacienda por aquella misma época, eventos que no se atrevía a detallar.

Un escalofrío recorrió la espalda de la bella joven , no por el aire fresco que se colaba por los ventanales de la biblioteca, sino por la ominosa conexión que empezaba a tejerse en su mente. ¿Qué secretos guardaban los cimientos de aquella hacienda? ¿Y qué tenía que ver una monja desaparecida hacía décadas con el horror que ahora los atenazaba?

Esa misma noche, la bestia volvió a actuar. Esta vez, el objetivo fue más audaz, más terrorífico. No atacó en los campos lejanos, sino en el propio corral de la hacienda, a escasos metros de la casona. Los gritos de un mozo de cuadras alertaron a todos. Cuando el alguacil  y otros hombres armados llegaron al lugar, encontraron al muchacho en un rincón, balbuceando incoherencias, los ojos desorbitados por el pánico. No estaba herido físicamente, pero su mente parecía haberse quebrado. Y en el centro del corral, el caballo preferido de chantal, un noble animal andaluz, yacía muerto, su cuerpo horriblemente mutilado de la misma forma que las víctimas humanas. Las puertas del establo estaban destrozadas, como si una fuerza sobrehumana las hubiera reventado desde dentro.

El mensaje era claro: el ser no solo mataba, sino que se burlaba, se acercaba, demostraba que ningún lugar era seguro. Y había atacado algo que pertenecía directamente a Chantal.

La heredera, al ver a su caballo masacrado, no derramó una lágrima. Su rostro se contrajo en una máscara de fría determinación que al alguacil  le pareció aún más inquietante que el miedo abierto. 

«Esto no es obra de un simple loco», dijo en voz baja, su acento francés apenas perceptible. «Esto es algo más. Algo que quiere algo de esta hacienda. O de mí».

El padrino Reinaldo , que había llegado alertado por el tumulto, asintió lentamente.

 «La sangre llama a la sangre, niña. Y las deudas antiguas siempre se cobran». Sus ojos se posaron en Chantal , luego en el alguacil, y finalmente en la oscuridad que rodeaba la hacienda. «Parece que tiene cómplices», susurró, aunque nadie supo si se refería al ser del caballo o a las sombras que se movían entre los propios habitantes de la hacienda. «Y la noche es joven. Aún queda mucho por ver antes del amanecer, si es que alguno de nosotros llega a verlo».

--Pâdrino, arriesgastes mucho viniendo por ese camino solo.



La luna, antes oculta por las nubes, emergió de pronto, bañando la escena con una luz pálida y fantasmal. En el suelo, junto al caballo destrozado, algo brilló. 

El joven Alguacil  se acercó con cautela. Era un pequeño objeto metálico, un crucifijo de plata, antiguo y ennegrecido, con una inscripción apenas legible en latín. No pertenecía a nadie de la hacienda. ¿Lo había perdido el atacante? ¿O era una señal?

Chantal con un pañuelo  lo tomó, sus dedos se negaron a tocar el frío metal. Una extraña sensación la recorrió. El crucifijo parecía vibrar levemente en su mano. Levantó la vista hacia la oscuridad de los campos, donde el viento susurraba entre las cañas como un lamento. Sabía, con una certeza helada, que aquello no había terminado. El ser volvería. Y ella, de alguna manera, estaba en el centro de aquella espiral de horror y muerte. La hacienda ocultaba algo terrible, y ella, la heredera atea y extranjera, también guardaba sus propios secretos, secretos que quizás eran la llave para entender la pesadilla que se cernía sobre ellos, o la carnada que atraía a la bestia.

Nadie investigaba. Todos se acechaban, atacándose con indirectas, cada uno sospechoso a los ojos del otro. La única verdad la conocían las víctimas, y ellas ya no podían hablar. El terror sobrenatural era total, y el final de aquella noche, o de aquella era de espanto, estaba aún muy lejos de escribirse.


#@#@#@


Toda la comarca comenta en voz baja la situación de una hacienda donde ocurrio un asesinato ritual, la heredera una joven francesa muy bella llega a esa tierra llena de hechizos brujerías,y simultáneamente un ente maligno sobrenatural que asesina.

Nadie sabe que El ente busca una joven monja que recibió un don de inmortalidad y posee unas frutas sagradas. Si se destruyen esas frutas vendrá el caos,guerras,odios, como efectivamente sucederá en el futuro. Un joven y apuesto oficial del rey devotamente enamorado de esa bella joven la ayuda contra todos los hechizos vudu,brujerías,espíritus malignos y el ente sobrenatural que asesina aplastando a la gente con su peso.ChatGPT Plus

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El padre Luis Rivero, un sencillo monje jesuita de claustro fue llamado a la Catedral de Santo Domingo Silenciosamente entró al despacho del cardenal y recibió el expediente, en el mismo silencio recibió la explicación del Cardenal.Debia dirigirse al Puerto de La Guaira y de ahí una penosa travesía al ardiente,caluroso y enfermizo Llano.

En un cuarto asignado, Luis Rivero Leyó y visualizo lo Leido

...

El viento ululaba como un espectro herido sobre el muelle de Cádiz, mientras Chantal Alvarez Montferrat, envuelta en su manto de terciopelo, contemplaba la línea negra del horizonte. La bruma del mar parecía surgir de la boca misma del infierno, y las velas de su navío —La Dama Roja— se hinchaban como pulmones moribundos.

A su lado, el notario abría y cerraba su libro de cuentas, nervioso.
—Mademoiselle —dijo en su tosco francés—, todo está en regla. El barco zarpará en cuanto la marea lo permita. Su hacienda, El Animal , la aguarda.

-- El idioma castellano es mi lengua original .Soy Española nacida en las Nuevas Tierras.

-- ES muy recomendable no recordar allá su estadía en Francia.

-- Estoy al tanto.

Chantal asintió, pero en sus ojos azules bailaba un temor inexplicable. Desde que recibió la noticia de su herencia, sueños oscuros la perseguían: pesadillas de árboles sangrantes, de hombres sin rostro, de un peso invisible que la aplastaba contra la tierra.

Sus padres habían muerto hacía meses víctimas de un asesinato ritual. Su tío, último de los Alvarez en Ultramar, había perecido en circunstancias aún más extrañas: el acta oficial hablaba de "accidente fortuito", pero los susurros de la corte mencionaban un ritual prohibido, una noche sin estrellas y un cadáver destrozado.

—El Anima .. —murmuró Chantal, casi para sí misma.

Una mano enguantada en cuero le ofreció la pluma. El contrato estaba listo. Con un gesto mecánico, firmó su nombre: Chantal Alvarez de Toledo du Chatelet, Su destino quedó sellado.

El navío crujió bajo sus pies cuando subió a bordo. Una bandada de cuervos cruzó el cielo, graznando como heraldos de mal agüero. El capitán, un viejo vasco de mirada dura, le dedicó una reverencia apenas perceptible.

—Navegaremos al Nuevo Mundo, señorita. Que Dios nos proteja.

Y mientras el ancla se levantaba y el puerto de Cádiz se disolvía en la neblina, Chantal sintió, por primera vez en su vida, que alguien —o algo— la observaba desde las profundidades.

... El monje jesuita murmuró una oración y siguió leyendo.

El grito se extinguió en el aire como una vela apagada a soplido brutal.

Chantal, con el corazón golpeándole las costillas, corrió tras Benito y los criados hacia el ala oeste. Atravesaron corredores donde las antorchas parpadeaban como si una boca invisible soplara contra ellas.

Llegaron a la sala de los sirvientes.
La puerta estaba destrozada, colgando de un solo gozno.

Dentro, el espectáculo era una pintura infernal.

Un cuerpo, aplastado contra el suelo, se desparramaba como una muñeca rota. Los huesos habían cedido bajo una presión imposible; la carne misma parecía fundida en la piedra. De su boca abierta brotaba un hilo de sangre espesa que se mezclaba con el polvo.

Chantal retrocedió, jadeando.

Benito, tembloroso, se santiguó.
—El Aplastador ha reclamado a otro.

—¿Quién era? —logró preguntar Chantal, aunque sentía que la garganta se le cerraba.

—Un mozo joven. Se atrevió a robar en la despensa consagrada. Las frutas...

El mayordomo dejó la frase colgar en el aire, como un cadáver en la horca.

Antes de que pudieran moverse, un segundo grito sonó desde los establos.

Los criados huyeron en estampida, dejando caer lámparas y jarras, que se quebraban en mil pedazos contra las piedras. Benito arrastró a Élodie consigo, alejándola de la escena.

—¡Debemos encerrarnos en la capilla! —gritó.

Corrieron. El viento pareció llenarse de susurros —no en ningún idioma humano—, y la sensación de un peso monstruoso se extendía por la casa, como si un dios antiguo bajara a aplastar a sus habitantes.

Al llegar a la capilla, Benito empujó las puertas y cerró el pestillo con un crujido.
Dentro, el aire era más denso, cargado de incienso viejo y humedad de siglos.

Chantal se arrodilló ante el altar, sin saber qué rezar.
—¿Estamos a salvo aquí? —preguntó.

Benito no respondió enseguida. Caminó hacia una hornacina donde descansaba una extraña reliquia: una manzana dorada, tan pulida que parecía vibrar bajo la escasa luz.

—Mientras esta fruta esté intacta —susurró—, el Aplastador no puede entrar aquí.

Élodie miró la fruta, hipnotizada.
Y entonces, escuchó un roce, como de pies descalzos sobre piedra, al otro lado de la puerta.

El ente estaba allí.
Esperando.





En 

Su , 



La única colonia de las trece colonias con una presencia católica significativa desde el principio fue Maryland, fundada en 1634 por Cecil Calvert como un refugio para católicos ingleses. La primera iglesia católica en Maryland fue la Capilla de San Ignacio en St. Mary's City, establecida en 1634, así que el domingo 27 de Agosto de 1702, a las 11 de la mañana, el sacerdote John Colvert agradeció que no hubo muertes ese fin de semana, que no murió ninguna mujer de parto, que los indígenas Piscataway y Nanticoke se mostraban más o menos amigables y la cosecha de tabaco estuvo buena.

Salió a la puerta de su Iglesia. Era un comunidad muy pequeña, medio tolerada por las autoridades inglesas, vio a la muchacha parada en medio del camino, era una joven novicia. Un escalofrío recorrió su cuerpo. Era una joven novicia,de una belleza espiritual,diferente.

-- Bendiga me padre-- saludo la joven.

El sacerdote así lo hizo.

-- Soy María Serena.Traigo un regalo del señor si desea escucharme.

-- Entra hija-- invito el sacerdote y vio como María Serena entro y se arrodilló en el reclinatorio frente a la iglesia y comenzó a rezar.

Luego dijo.

-- necesito recibir la confesión.

-- Déjame cerrar la iglesia.

-- le suplico  no la cierre.

Un momento después el padre en el confesionario recibió la confesión de María Serena......

-





En el vasto y silente llano, donde el sol parece inmóvil sobre un cielo sin nubes, se decía que el mismísimo demonio cabalgaba sin descanso.Ya toda la comarca  Lo llamaban El Aplastador, un ente espectral envuelto en un poncho oscuro, montado sobre un corcel negro de ojos incandescentes, cuyas herraduras quemaban la tierra. No distinguía entre día y noche. Mataba por igual a pastores, viajeros o soldados. Su silueta se desdibujaba entre el polvo, pero sus ojos, oh, sus ojos eran brasas del infierno que consumían el alma de quien osara mirarlos directamente. Los pocos que habían sobrevivido a su presencia contaban que el aire se tornaba gélido a su paso, y que un olor a carne putrefacta y azufre impregnaba el ambiente, anunciando su llegada.

Era por esto que la hermosa Chantal Álvarez, armada de un mosquete y una espada de plata bendecida por el  sacerdote que había logrado sobrevivir en aquel pueblo maldito, se dirigía desde El Ánima al pueblo a buscar provisiones. Sus sirvientes habían huido semanas atrás, aterrorizados por los relatos de descuartizamientos y almas robadas. Solo la necesidad y el deber hacia su ama los había obligado a volver, aunque sus rostros demacrados revelaban que algo de su esencia había quedado atrapada en las sombras del camino.

Con su vestido de lino claro, protegido por una capa sencilla que ocultaba amuletos cosidos en los dobladillos, avanzaba en su carreta arrastrada por cuatro fuertes mulas, cuyos ojos habían sido pintados con símbolos de protección. Avanzaba por el camino entre el altísimo pajonal, observando con cautela los arbustos secos y los senderos desolados donde, según decían, las almas de las víctimas del Aplastador vagaban sin descanso, atrapadas entre este mundo y el más allá. Fue entonces, al doblar una curva del camino, que un caballo alazán emergió del polvo como una aparición.

—No debería estar aquí, señorita Álvarez. —La voz era grave, pero no sin dulzura. El hombre, erguido sobre su montura, llevaba uniforme colonial, sombrero de ala ancha y sable al cinto—. Reciba nuevamente mi saludo .

Era el Capitán Diego Sandoval, y le anuncio.

--patrullo este sendero. El asesino ha sido visto cerca. Lo estoy buscando.

Chantal alzó el rostro, sin temor. Ya había recibido la visita de él: valiente, estratega, y siempre en el lugar preciso antes de que ocurriera una tragedia. Sin embargo, algo en su mirada, demasiado intensa, demasiado fija, le provocaba un escalofrío que no podía explicar.

—No tengo opción, Capitán. Mis empleados no pueden esperar más tiempo. La hacienda se queda sin provisiones y los campos están secos como si una maldición hubiera caído sobre ellos.

Él la miró un momento, luego asintió con gravedad. Un cuervo graznó en la distancia, y por un instante, Chantal creyó ver una sombra pasar por el rostro del Capitán, como si algo oscuro habitara bajo su piel.

—Entonces no irá sola. La escoltaré y personalmente la cuidaré. No debe preocuparse, daré con el asesino. Lo juro por mi espada.

Cabalgaron juntos hasta la alcabala del pueblo. El pueblo parecía dormido en una siesta perpetua, sus calles polvorientas, su gente temerosa. Las ventanas estaban cerradas a pesar del calor, y cruces de madera colgaban sobre cada puerta. El silencio era tan denso que podía cortarse. Fue allí, en la plaza principal, donde Chantal lo vio. De pie, como si la esperara desde siempre, estaba Juan de la Sota Villarroel, el joven alguacil.La había visto llegar y se plantó en el camino real del pueblo


Alto, galán, hermoso en toda su estructura, con ojos que parecían conocer secretos antiguos y una cicatriz que cruzaba su mejilla izquierda, vestigio de un encuentro con lo sobrenatural que nadie se atrevía a mencionar. Chantal sintió cómo el mundo se silenciaba a su alrededor. Él la miró, y su mirada fue un fuego contenido, un abismo de deseo y advertencia. Pero no dijo palabra.

Ella esperó. Una palabra, un gesto. Nada. Solo el viento que movía su cabello negro como la noche sin luna.

Chantal descendió de la carreta con gracia, sintiendo el peso de la mirada de Juan sobre ella. 

Ella vio hacia la salida del pueblo. El Capitán Sandoval se mantuvo a distancia, observando la escena con una expresión indescifrable.

—Alguacil Villarroel —dijo ella finalmente, rompiendo el silencio que parecía haberse extendido por una eternidad—. No esperaba encontrarlo aquí.

Juan dio un paso hacia ella. Sus botas levantaron una pequeña nube de polvo que pareció danzar entre ellos como espíritus inquietos.

—Señorita Álvarez —respondió él con una voz que era como terciopelo sobre piedra—. El pueblo no es seguro para nadie estos días, menos aún para una mujer que viaja sola.

—No estoy sola —replicó ella, señalando hacia donde debería estar el Capitán Sandoval, pero al girarse, descubrió con sorpresa que había desaparecido sin dejar rastro—. El Capitán... estaba aquí hace un momento.

Juan entrecerró los ojos, escrutando el horizonte.

—¿Qué Capitán, señorita? No he visto a nadie acompañándola.

Un escalofrío recorrió la espalda de Chantal. ¿Acaso había imaginado la presencia del Capitán Sandoval? ¿O había algo más siniestro en su desaparición?

—El Capitán Diego Sandoval —casi  le dijo ella—.

Creo que alguien Me escoltó desde el cruce del pajonal hasta aquí. Hablamos durante todo el camino.

Juan palideció visiblemente, y su mano se movió instintivamente hacia la empuñadura de su espada.

—Quien la escoltó? Usted es una joven soltera.

El mundo pareció detenerse bajo los pies de Chantal. El aire se volvió denso, casi irrespirable. Las sombras a su alrededor parecieron alargarse, como dedos que intentaban alcanzarla.

—Eso no puede ser —murmuró ella, sintiendo que la realidad se desmoronaba a su alrededor, mirando sorprendida la entrada del pueblo—. 

—Hay cosas en este llano que no podemos comprender —dijo Juan, acercándose más a ella, tanto que podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo—. Espíritus que no encuentran descanso, entidades que toman formas familiares para atraer a sus víctimas.

Sus ojos, de un marrón profundo con destellos dorados, se clavaron en los de ella. Chantal sintió que podía perderse en esa mirada, que había algo hipnótico y peligroso en ella.

—¿Cómo puedo saber que usted es real, alguacil? —preguntó ella en un susurro—. ¿Cómo puedo confiar en lo que veo en este lugar maldito?

Juan extendió su mano y, con una delicadeza que contrastaba con su apariencia ruda, rozó la mejilla de Chantal con sus dedos. El contacto fue eléctrico, enviando ondas de calor por todo su cuerpo.

—Porque puedo tocarte —respondió él, abandonando las formalidades y siendo sincero. Total, estaba seguro que ella sabia.—. Los espectros pueden engañar a la vista, pero no pueden sentir. No pueden desear como yo te deseo desde el primer momento en que te vi llegar a estas tierras.

-- No se tome licencias Alguacil. Soy soltera y huérfana, Pero no tengo las costumbres de la corte de Versalles.

El alguacil no se desdijo de su declaración.

Detrás de Juan,en la puerta de la capilla, un joven de sotana negra y mirada inquisitiva los observaba , el recién llegado. Luis Rivero, el sacerdote desde la capital con el encargo de exorcizar el pueblo. Su rostro, viril pero duro, se torció en un gesto de sospecha y disgusto ante la escena que presenciaba.

—Esa mujer —murmuró para sí mismo—. Hay algo impuro en su presencia. Una atracción tan descarada y vulgar no es de Dios. Es obra del maligno, una tentación enviada para distraernos de nuestra misión sagrada.

Ambos miraron hacia la capilla.

Chantal sintió el juicio en su mirada, pero no comprendía por qué. Más desconcertante aún fue que el Capitán Sandoval hubiera desaparecido sin dejar rastro, como si nunca hubiera existido.

—Alguacil —dijo ella, recuperando la compostura—. Necesito provisiones para la hacienda. Mis empleados dependen de ello.

—Te acompañaré —respondió Juan, sin apartar su mirada de ella—. No es seguro que andes sola por el pueblo. Hay ojos que observan desde las sombras, y no todos pertenecen a los vivos.

—¿Qué sabe usted  del Aplastador? —preguntó Chantal mientras caminaban juntos por la calle principal, consciente de las miradas recelosas de los pocos habitantes que se atrevían a asomarse por sus ventanas.

Juan guardó silencio por un momento, como si sopesara cuánto podía revelar.

—Sé que no es un hombre —dijo finalmente—. Ningún ser humano podría hacer lo que él hace. Las víctimas... —su voz se quebró ligeramente— no solo son asesinadas. Sus almas son arrancadas de sus cuerpos. Quedan vacíos, como cáscaras.Usted misma-- ha sido testigo.

—¿Por qué no has huido como los demás? —preguntó ella, deteniéndose para mirarlo directamente.

—Por la misma razón que tú sigues en El Ánima —respondió él, con una intensidad que la estremeció—. Porque hay algo que nos ata a esta tierra . Un propósito, un destino que no podemos eludir.

Sus rostros estaban tan cerca que Chantal podía sentir su aliento cálido. Había algo magnético entre ellos, una conexión que trascendía lo físico.

—Hay secretos en tu hacienda, Chantal —continuó Juan, bajando la voz—. Secretos que podrían explicar por qué El Aplastador ha regresado después de tantos años. Tus padres conocía la verdad. Él fue quien lo contuvo la primera vez.

Chantal retrocedió un paso, sorprendida.

—¿Mi padre ? Nunca me habló de nada semejante.

—Porque quería protegerte —respondió Juan—. Pero ahora estás en el centro de todo esto. El Aplastador te busca a ti, específicamente hay algo en tus tierras que lo atrae Y yo he jurado protegerte, aunque me cueste la vida.

—¿Por qué harías algo así por mí? Apenas nos conocemos.No le he dado esas libertades-- respondió interiormente feliz. 

Juan tomó sus manos entre las suyas. Eran manos fuertes, marcadas por cicatrices antiguas que formaban símbolos extraños en sus palmas.

—Porque nuestras almas se conocen desde antes, Chantal. En otra vida, en otro tiempo, tú y yo enfrentamos juntos a esta oscuridad. Y fallamos. Ahora tenemos otra oportunidad.-- dijo con una sinceridad e intensidad muy impropia de el.


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En la capilla, la penumbra ofrecía un refugio tibio. Allí, sentada entre los bancos, una figura rezaba en eterno silencio: María Serena, la bella monja pálida y quieta como el mármol. Nadie recordaba su llegada. Nadie la vio comer, ni dormir. Pero siempre estaba ahí, rezando por el pueblo, sus labios moviéndose en oraciones que nadie podía escuchar.Y todo eso por qué solo algunos lograban ver a María Serena, la novicia que tenía los limoneros del señor.

Cerca del altar, una risa baja y sibilante se deslizó entre las sombras, como el siseo de una serpiente antigua.

—Pobrecilla... —dijo una voz cargada de veneno—. Rezas en vano. Yo ya tengo un plan para ese sacerdote de pureza frágil.


Era Ximena, la mujer de ojos oscuros y sonrisa rota, de belleza fulminante y aura infernal

Era Ximena, la mujer de ojos oscuros y sonrisa rota, de belleza fulminante y aura infernal. Su sombra no tocaba el suelo cuando se movía, sino que parecía flotar unos centímetros por encima, retorciéndose con vida propia. Su aliento era azufre y promesas prohibidas.

—Luis Rivero no resistirá —continuó, deslizándose por el pasillo central como humo negro—. Lo seduciré con duda, con deseo, con celos... empezando por la pequeña Chantal



. Haré que la vea como instrumento de perdición. Que confunda el amor verdadero con lujuria demoníaca. Y cuando su fe se quiebre, cuando dude de su Dios, entonces El Aplastador tendrá el camino libre para reclamar este pueblo.

María Serena 

María Serena


no respondió con palabras. Se levantó con la lentitud de los espectros, su hábito blanco inmaculado brillando con una luz propia que no provenía de las velas del altar. Sus pies no hacían ruido al moverse sobre el suelo de piedra.

—No podrás detener lo que ya está en marcha —siseó Ximena—. El pacto se selló con sangre hace generaciones. El Aplastador reclamará lo que le pertenece.

María Serena se detuvo frente a ella, sus ojos de un azul tan claro que parecían casi blancos.

—Mientras haya amor verdadero, hay esperanza —dijo con una voz que sonaba como campanas distantes—. Y tú lo sabes. Por eso temes a Chantal y a Juan. Por eso intentas corromper al sacerdote.

Ximena retrocedió, su belleza momentáneamente distorsionada por una mueca de odio puro.

—El amor no salvó a este pueblo la última vez. No lo salvará ahora.

María Serena cruzó la puerta principal de la iglesia sin responder, dejando tras de sí un rastro de luz tenue que se desvaneció rápidamente en la oscuridad.


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En la calle, el sol del llano se hacía implacable, cayendo como plomo derretido sobre las cabezas de los pocos que se atrevían a desafiar su furia. Chantal conversaba con Juan, sus cuerpos más cerca de lo que dictaba el decoro, mientras Luis Rivero los observaba desde la distancia, su rostro contorsionado por una mezcla de fascinación y repulsión.

—Esa mujer tiene un poder sobre los hombres que no es natural —murmuró el sacerdote, apretando su crucifijo con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos—

. Primero llegó acompañada por un Capitán, ahora el alguacil... Es como si pudiera doblar la voluntad de los hombres a su antojo.

El Capitán Sandoval apareció junto a él, silencioso como una sombra, observando la escena con una expresión indescifrable.

—Reciba mi saludo, Lo que usted vo y lo que ahora ve No es lo que parece, padre —dijo con voz hueca—. Hay fuerzas más antiguas que su Dios trabajando en este lugar.

Luis Rivero se sobresaltó, girándose hacia la voz. Por un instante, creyó ver a través del Capitán, como si fuera parcialmente transparente bajo la luz directa del sol.

—¿Quién es usted realmente? —preguntó el sacerdote, alzando su crucifijo—. En el nombre de Cristo, le ordeno que revele su verdadera naturaleza.

El Capitán sonrió, una sonrisa que no alcanzó sus ojos muertos.

—Soy un guardián, padre. Como usted. Solo que yo llevo mucho más tiempo en esta batalla.Estoy buscando un asesino. Ambos hombres vieron hacia la salida del pueblo.


Pero en el extremo de la calle, sobre la línea donde la tierra parece fundirse con el cielo, una figura siniestra emergió como un espejismo. Un jinete alto, envuelto en poncho negro, con sombrero inmenso que ocultaba su rostro en sombras impenetrables. Su caballo soltaba vapor por las narices, como una forja viva, y sus ojos brillaban con un fuego antinatural que parecía consumir la luz a su alrededor.

El aire se espesó, volviéndose denso como melaza. Las gallinas corrieron despavoridas, buscando refugio. Los perros gemían, ocultándose bajo los porches. Un frío sobrenatural descendió sobre la plaza, a pesar del sol abrasador.

El sacerdote levantó su crucifijo, que comenzó a sangrar entre sus dedos.

 María Serena avanzó hacia él con pasos etéreos.

—Padre. No lo mires —dijo con urgencia—. Si cruzas su mirada, ya no te pertenece el alma. Quedará atrapada en esos ojos de fuego por toda la eternidad.

Y en la calle...


Chantal, sin entender por qué, sintió una compulsión irresistible que la empujaba a dar un paso al frente, colocándose entre Juan y el espectro. En su interior, algo antiguo y poderoso se despertaba, un conocimiento heredado que fluía por su sangre como un río de fuego.

—Te conozco —susurró, y su voz pareció resonar con un poder que no era enteramente suyo—. Sé quién eres realmente.

El Aplastador detuvo su avance. Por primera vez en décadas, la criatura que había sembrado el terror en el llano parecía dudar.

Juan tomó la mano de Chantal, entrelazando sus dedos con los de ella. Una luz tenue comenzó a emanar de donde sus pieles se tocaban.

—Juntos —dijo él—. Como debió ser la primera vez.

El sacerdote Luis Rivero observaba la escena con horror y fascinación. En su mente, contaminada por las susurros venenosos de Ximena, lo que veía era una confirmación de sus peores temores: brujería, pactos demoníacos, seducción sobrenatural.

—¡Atrás, criatura del averno! —gritó, avanzando con su crucifijo en alto—. ¡No permitiré que corrompas más almas!

Pero no era al Aplastador a quien se dirigía, sino a Chantal.

El cielo se oscureció de repente, como si una mano gigantesca hubiera apagado el sol. El viento se levantó, arrastrando polvo y susurros de almas perdidas. El Aplastador alzó su rostro, y por un instante, bajo la sombra del sombrero, Chantal creyó ver un rostro familiar, un rostro que conocía desde su infancia.

—Esto no ha terminado —dijo una voz que parecía provenir de las profundidades de la tierra—. El pacto debe cumplirse. La sangre llama a la sangre.

Y con esas palabras, el jinete espectral giró su montura y se alejó al galope, dejando tras de sí un rastro de tierra quemada y el eco de un lamento que parecía contener todas las penas del mundo.

Chantal se volvió hacia Juan, sus ojos llenos de preguntas sin respuesta.

—¿Qué pacto? —preguntó—. ¿Qué sangre?

Juan miró hacia el horizonte, donde la figura del Aplastador se desvanecía entre el polvo y la distancia.

—La historia de tu familia y la mía está entrelazada con la de este pueblo desde su fundación —respondió con gravedad—. Hay un secreto enterrado en los cimientos de tu hacienda, un secreto que tu abuelo intentó llevarse a la tumba.

—Dímelo —exigió ella—. Necesito saber a qué nos enfrentamos.

Juan tomó su rostro entre sus manos, con una ternura que contrastaba con la tensión del momento.

—No aquí —dijo, mirando significativamente hacia el sacerdote, que se acercaba a ellos con determinación fanática en su mirada—. Esta noche, cuando la luna esté en lo alto, vendré a ti. Y entonces sabrás toda la verdad.

Luis Rivero llegó hasta ellos, su rostro contorsionado por una mezcla de miedo y resolución.

—Señorita Álvarez —dijo con voz temblorosa—. Debo insistir en que me acompañe a la iglesia. Por su propia seguridad... y por la salvación de su alma.

Chantal miró al sacerdote, luego a Juan, y finalmente hacia donde el Capitán Sandoval había estado observando, pero ya no había nadie allí.

—Por supuesto, padre —respondió con una calma que no sentía—. Pero primero debo conseguir las provisiones que vine a buscar. Mi gente depende de ello.

El sacerdote asintió, aunque la sospecha no abandonó sus ojos.

—La esperaré en la iglesia al atardecer. No falte, se lo ruego. Hay fuerzas oscuras trabajando en este pueblo, y temo que usted esté en el centro de todo.

Mientras el sacerdote se alejaba, María Serena  se inclinó para susurrar al oído del sacerdote

—Ten cuidado . Hay una mujer llamada  Ximena que desea envenenar su mente.


En el oído de Chantal una dulce voz le dijo

 Ve a la iglesia si debes, pero no confíes en nada de lo que te diga. Y espérame esta noche. Vendré por ti cuando las sombras sean más profundas.


Juan Villarroel aprovecho la situación y sacando valor de dónde no tenía le dijo.

Sus labios rozaron ligeramente la mejilla de Chantal, enviando una corriente eléctrica por todo su cuerpo. Luego se separó de ella y se alejó hacia la oficina del alguacil, su figura recortada contra el sol poniente.

Chantal se quedó sola en medio de la plaza, sintiendo que el mundo que conocía se desmoronaba a su alrededor. El viento trajo hasta ella el eco distante de cascos de caballo y, por un instante, creyó ver la silueta del Aplastador reflejada en el agua del abrevadero, observándola con ojos de fuego que prometían un reencuentro inevitable.

La noche se acercaba, y con ella, secretos que habían permanecido enterrados durante generaciones estaban a punto de salir a la luz. Secretos que podrían salvar al pueblo... o condenarlo para siempre.



Continuara en el Capítulo 9


Novelas P



Sinopsis


El Llano, vasto y enigmático, se extendía bajo un cielo que alternaba entre el azul implacable y el gris plomizo de las tormentas inminentes., sus horizontes infinitos no solo albergaban ganado y hombres recios, sino también una densa telaraña de supersticiones y miedos ancestrales. Las historias de ánimas en pena y pactos oscuros se susurraban al calor de las fogatas, alimentando una atmósfera de opresión que se cernía sobre las almas de los pocos que se atrevían a adentrarse en sus profundidades. Era un lugar donde la realidad se desdibujaba con facilidad, y lo sobrenatural se tejía en el tapiz de la vida cotidiana.

En este escenario de misterio y temor, el Capitán Sandoval, un hombre de ciencia y razón, llegó una vez mas a la hacienda de donde gobernaba la señorita Chantal Alvarez e Toledo Du Chatelier. 




CAPITULO 9

Su escepticismo era tan notorio como su uniforme impecable, y su misión, desentrañar la verdad detrás de una serie de asesinatos brutales que habían sacudido la tranquilidad de la región. Los cuerpos, encontrados en la opulenta casa de la joven heredera Chantal, presentaban heridas espantosas, como si una fuerza descomunal los hubiera aplastado sin piedad. 

La crueldad de los crímenes y la desaparición de  Maria Serena , la que le producia esa pasion tan insana y pecadora que no lo dejaba vivir., le dijeron informantes que habian isto una mujer de belleza legendaria que había estado visitando la hacienda, con un habito blanco, generalmente tarde en la noche. Esa no podia ser otra que Maria Serena

Todo  aumentaban la intriga y el horror. Sandoval, acostumbrado a la lógica de la guerra y la estrategia, se encontró por primera vez ante un enemigo que no entendía, una sombra que se movía entre los cañaverales y los susurros del viento, dejando a su paso un rastro de sangre y desesperación. Su mente racional se negaba a aceptar las habladurías de los lugareños sobre fantasmas y demonios, pero cada nueva pista, cada testimonio aterrorizado, lo empujaba más cerca de un abismo donde la razón no tenía cabida.



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La investigación de Sandoval se topó con un muro de silencio y miedo. El alguacil Juan Sota Villarroel nunca estaba disponible, y solo estaba para beberle los aires a la dueña del Ingenio Rosa Negra.

 Los peones y sirvientes de la hacienda, con los ojos velados por el terror, apenas se atrevían a pronunciar palabra. Solo las leyendas locales, susurradas en voz baja, ofrecían alguna pista, por descabellada que pareciera. Hablaban de un limonero sagrado, un árbol ancestral cuyas frutas,bendecidas por el Nazareno que estaba en la iglesia allá en la lejana capital, poseían el poder de curar cualquier mal y atraer la prosperidad. Se decía que quien poseyera esos limones, tendría un poder incalculable. 

Pero también se rumoreaba que el árbol estaba custodiado por las monjas Carmelitas, y que profanarlo traería una maldición ineludible. Habia dado limones, y estos de alguna manera eran escondidos por todo el que los reogia. Tambien se decia que no todo el mundo podia verlos y tenerlos

Chantal, la joven heredera, era una visión de belleza y fragilidad. Sus ojos, grandes y verdes, reflejaban el horror de lo vivido, pero también una extraña determinación, recibio cortesmente al Capitan.

. Sandoval la interrogó con su habitual frialdad, buscando la lógica en el caos. Desde el principio,Chantal, a pesar de su dolor, se mostró lúcida, aunque sus palabras a menudo se desviaban hacia lo inexplicable.


Los días se convirtieron en noches de insomnio para Sandoval. Las pruebas materiales eran escasas, y los testimonios, contradictorios y teñidos de superstición. Sin embargo, una figura recurrente en las habladurías de los lugareños comenzó a tomar forma: un hombre cubierto con un poncho, una sombra que se movía con una agilidad antinatural, dejando a su paso un rastro de destrucción. Lo llamaban 'El Aplastador', y se decía que su fuerza era sobrehumana, capaz de desmembrar a sus víctimas con una facilidad aterradora. Los asesinatos en la hacienda de Chantal encajaban con la descripción de sus atrocidades. Pero, ¿quién era este hombre? ¿Un bandido, un loco, o algo más?



Capitulo 9


La obsesión de Sandoval con los limones sagrados crecía con cada día que pasaba. No era solo la curiosidad de un investigador, sino una compulsión, una necesidad imperiosa que lo arrastraba hacia obtener los frutos el limonero. Estaba decido a encontralos n esta tierra, pues bien era sabido que Maria serena los tenia.

Lo que le incomodaba era Los lugareños evitaban encontrase con el, susurrando historias de desapariciones y locura. Pero Sandoval, impulsado por una fuerza que no comprendía, se sentía atraído por encontrar una vez mas a Maria serena, ella lo atraia  como una polilla a la llama.

 La hacienda de Chantal, con sus lujos y su historia de tragedias, se había convertido en el epicentro de un horror que trascendía lo humano. Chantal, por su parte, se aferraba a Sandoval como a un ancla en un mar de locura. Sr veia genuinamente que ncesitaba proteccion. tenia miedo. Se sentia desprotegiada, y por ende era un indicativo que no confiaba en el Alguacil Juan Sota Villarroel 

Su belleza, antes un adorno, ahora parecía una máscara que ocultaba un terror profundo. Ella también sentía la presencia de algo maligno, algo que se alimentaba del miedo y la desesperación.

Una noche, la tensión alcanzó su punto álgido. Una tormenta eléctrica azotaba el Llano, sus relámpagos iluminando la hacienda con destellos fantasmales. Sandoval, incapaz de conciliar el sueño, se dirigió a los caminos. Era una oportunidad propicia para captutrar al asesino.. La lluvia caía a cántaros, empapándolo hasta los huesos, pero no sentía el frío. Una extraña euforia, mezclada con un terror paralizante, lo invadía. Con mucha atencion patrullaba el camino y a lo lejos vio un arbol,, vio una figura bajo sus ramas retorcidas. Era María Serena, su hábito empapado, su rostro pálido y sus ojos, antes velados por la tristeza, ahora brillaban con una luz sobrenatural. En sus manos, sostenía un puñado de limones, su brillo dorado contrastando con la oscuridad de la noche.

Pero no estaba sola. Al Capitan le parecio que habia alguien a su lado. Asi que, desenvaino su espada y con determinacion se dirigio hasta donde estaba la bella mujer

Una sombra gigantesca se cernía sobre ella, la figura inconfundible del hombre del poncho. Sus ojos, dos brasas ardientes en la oscuridad, se fijaron en Sandoval. El Capitán apretu firme la empuñadura de  su espada, su mente racional luchando contra la evidencia de sus propios ojos. El hombre del poncho se abalanzó sobre María Serena, su fuerza descomunal. Sandoval se interpuso, su espada chocando contra la piel curtida del atacante. Pero la fuerza del hombre era abrumadora. Cada golpe que asestaba, cada embestida, lo dejaba sin aliento, con los huesos doloridos. Era como luchar contra una fuerza de la naturaleza, imparable e implacable.





El Llano, un mar de hierba muerta y sombras retorcidas, se extendía bajo un cielo enfermo, donde nubes de ceniza devoraban la luz del sol y escupían relámpagos que parecían desgarrar la carne del mundo. En la época colonial hispana, este páramo infinito no solo albergaba rebaños y hombres curtidos, sino una podredumbre sobrenatural que se filtraba en los huesos de quienes osaban cruzarlo. Las fogatas nocturnas no calentaban; sus llamas titilaban con un fulgor enfermizo, como si temieran ser devoradas por la oscuridad. Los susurros de los lugareños hablaban de ánimas atrapadas, de pactos sellados con sangre y de una presencia antigua que acechaba en el viento, un ente que no tenía nombre, pero cuya sombra era conocida como El Aplastador.



En este reino de miedo y superstición, el Capitán Sandoval,  hombre de rectitud inquebrantable,recordaba  llegó a la hacienda Cuyo nombre había sido cambiado a Rosa Negra, y era verdad.

Rosas Negras abundantes en la entrada de la casa colonial donde vivía la bella y frágil Chantal.


con el peso de su deber grabado en el alma. Su uniforme impecable contrastaba con el polvo del Llano, y su mente, forjada en la lógica de la guerra, despreciaba las habladurías de demonios y espectros. Había sido enviado para desentrañar la verdad tras una serie de asesinatos brutales que habían destrozado la frágil paz de la región. Los cuerpos, hallados en la opulenta hacienda de la joven heredera Chantal, no eran solo cadáveres: eran cáscaras destrozadas, aplastadas por una fuerza inhumana que trituraba huesos y carne como si fueran arcilla seca. 


La crueldad de los crímenes, sumada a la no resuelta desaparición de otra propietaria,cuyo nombre solamente tenía;  Ximena, una mujer de belleza tan deslumbrante como inquietante, envolvía al Llano en un manto de terror. Sandoval, armado con su razón, se enfrentaba a un enemigo que no podía comprender: una sombra que danzaba entre los cañaverales, susurrando promesas de muerte en el viento.


La investigación de Sandoval se topó con un muro de silencio putrefacto. Los peones de la hacienda, con rostros demacrados y ojos que parecían haber visto el infierno, apenas balbuceaban. Sus palabras, cuando se atrevían a hablar, estaban teñidas de un terror que iba más allá de lo humano. Susurraban sobre un limonero sagrado, un árbol retorcido y antiguo cuyas raíces, decían, se hundían hasta el centro de la tierra. Sus frutos dorados, bendecidos por la imagen del Nazareno , prometían curar cualquier mal y otorgar un poder inconmensurable. Pero también se decía que el árbol allá en la lejana capital, estaba custodiado por las monjas carmelitase, y que profanarlo desataba una maldición que consumía almas

Chantal, la heredera de la hacienda, era una figura de belleza frágil, con ojos verdes  oscuros que parecían pozos sin fondo. Su rostro, pálido como la luna, reflejaba un horror que no podía articular. Sandoval la interrogó con su frialdad habitual, buscando respuestas en un mar de caos


.

El alguacil Villarroel, un hombre rudo pero devoto, rondaba la hacienda con la mirada cargada de un amor no correspondido por Chantal. A pesar de su devoción, sentía un vacío en su pecho, una certeza de que ella nunca lo miraría como él la miraba. Villarroel, atrapado entre su deber y su corazón roto, comenzó a sospechar que algo más grande que los crímenes humanos acechaba en el Llano. Sus instintos de alguacil lo llevaban al borde de la hacienda, donde el limonero se alzaba como un centinela maligno, pero su corazón lo mantenía cerca de Chantal, aunque ella apenas notaba su presencia.




Los días en el Llano se convirtieron en un tormento para Sandoval. Las pruebas eran escasas, los testimonios contradictorios, y las noches, un calvario de insomnio y pesadillas. Las historias de los lugareños, aunque absurdas para su mente racional, comenzaron a tejer una figura recurrente: un hombre envuelto en un poncho negro, una sombra que se movía con una agilidad imposible, dejando tras de sí un rastro de cuerpos destrozados. Lo llamaban El Aplastador, un ser cuya fuerza sobrenatural trituraba a sus víctimas como si fueran muñecos de trapo. Los asesinatos en la hacienda de Chantal encajaban con su leyenda, pero Sandoval se negaba a aceptar que un espectro pudiera ser el culpable. Sin embargo, cada paso en su investigación lo acercaba a un abismo donde la razón se desmoronaba.



Una noche, mientras patrullaba los terrenos de la hacienda, Sandoval vio algo que hizo tambalear su cordura. Bajo la luz de una luna ensangrentada, una figura etérea se deslizaba entre los árboles. Era María Serena, la novicia que había desaparecido años atrás, dada por muerta. Su hábito blanco estaba raído, como si el tiempo lo hubiera devorado, y su rostro, pálido como el hueso, brillaba con un fulgor espectral. Los lugareños la llamaban un fantasma, un presagio de fatalidad. Sandoval, aferrándose a su lógica, intentó acercarse, pero ella se desvaneció en un instante, dejando tras de sí un aroma a jazmín podrido y un frío que le atravesó el alma. En sus manos, antes de esfumarse, Sandoval juró ver unos limones dorados que palpitaban con una luz antinatural, como si contuvieran la esencia misma del infierno.La aparición de María Serena comenzó a corroer la mente de Sandoval. Sus sueños se llenaron de imágenes grotescas: cuerpos aplastados, sangre que brotaba del suelo, y un limonero cuyas ramas se retorcían como dedos de un cadáver. Una presión constante le aplastaba el pecho, como si algo intentara arrancarle el alma. La línea entre la realidad y la pesadilla se desdibujaba, y por primera vez, el Capitán Sandoval, el hombre de la razón, sintió que su mente se fracturaba.La Verdad Aplastante



La obsesión de Sandoval con los frutos del limonero crecía como una fiebre. No era solo curiosidad; era una compulsión, una fuerza que lo arrastraba hacia el árbol como si estuviera atado por cadenas invisibles.


 Los lugareños evitaban el lugar, susurrando historias de desapariciones y locura, pero Sandoval no podía resistirse. La hacienda de Chantal, con sus muros de piedra y su aire de decadencia, era ahora el epicentro de un horror que trascendía lo humano. 


Chantal, a su vez, se aferraba a Sandoval como a un faro en la tormenta, pero su belleza parecía una máscara que ocultaba un terror profundo, como si supiera que algo maligno la observaba desde las sombras.

Una noche, una tormenta eléctrica azotó el Llano, sus relámpagos iluminando la hacienda con destellos que parecían revelar rostros deformes en las nubes. Sandoval, incapaz de dormir, se dirigió al limonero. La lluvia lo empapaba, pero no sentía el frío; solo una euforia malsana mezclada con un terror paralizante. Al llegar al árbol, cuya silueta se retorcía como una criatura viva, vio a María Serena bajo sus ramas. Su hábito estaba empapado, su rostro era una máscara de tristeza infinita, pero sus ojos brillaban con una luz que no era de este mundo. En sus manos sostenía los limones dorados, cuyo resplandor parecía burlarse de la oscuridad.



Pero no estaba sola. Una sombra colosal se alzaba tras ella, un hombre envuelto en un poncho negro, sus ojos como brasas ardientes en la noche. Sandoval desenvainó su espada, su mente luchando contra el pánico. La figura se abalanzó sobre María Serena con una fuerza que hizo temblar la tierra. 

--Los extraños limones que estoy buscando

Sandoval se interpuso, su espada chocando contra una piel que parecía cuero petrificado. Cada golpe del Aplastador era un martillo que amenazaba con romperle los huesos. Era como luchar contra una avalancha, una fuerza de la naturaleza que no podía ser detenida.En medio del caos, una voz resonó en su mente, seductora y venenosa. "

--- No luches, Capitán

--- No luches, Capitán. Eres mío." Era la voz de Ximena. 

Sandoval se congeló, su espada temblando en sus manos. ¿Cómo era posible? 

Ximena estaba desaparecida, quizás muerta. Pero la voz era inconfundible, y con ella vino una verdad que lo destrozó. No era el hombre del poncho quien lo atacaba. Era él mismo. Sus manos, cubiertas de sangre, eran las del Aplastador. El poncho, que había visto en la sombra, ahora colgaba de sus propios hombros. El horror lo consumió, un horror que iba más allá de la muerte, un horror que lo condenaba a ser un títere de una voluntad maligna.

--Donde esta Maria Serena?.. habla.Contesta..---- Le pregunto a Ximena.

La voz de Ximena resonó de nuevo, cargada de triunfo.

 "Estás muerto, Capitán. Has estado muerto desde el principio. Eres mi Aplastador, mi instrumento. Y me traerás los limones, Ves las cosas erradas, mezclas sucesos con tu imaginación.Aqui no hay árbol, María Serena está aquí y a la vez en otro lugar..Nunca has hablado con Chantal, solo la miras, y el Alguacil jamas te ha visto. Solo te ven tus victimas....

." La revelación lo golpeó como un relámpago. Él, el hombre de honor y razón, era un espectro, un cadáver animado por la voluntad de Ximena, una entidad antigua y perversa que había orquestado los asesinatos para conseguir los limones sagrados. Su belleza, que había deslumbrado a todos no era humana; era una fachada para un ser que se alimentaba del miedo y la desesperación. Los limones, objetos de poder y curación, eran la clave para su dominio absoluto, un poder que podía sumir al mundo en una oscuridad eterna.


La lluvia caía como sangre, mezclándose con el sudor frío de Sandoval. Su mente, antes un bastión de lógica, era ahora un torbellino de horror. Las imágenes de los cuerpos aplastados, de su propia mano cometiendo atrocidades, lo atormentaban. Había sido el monstruo que aterrorizaba el Llano, manipulado por Ximena, esa criatura de belleza letal que ahora se revelaba como su arma

En medio de la lluvia Maria Serena se acerco, hastra el horrorizado Sandoval, que queria gritar y su voz no le salia, que veia con horror como su noble caballo se convertia en una piedra que andaba.

María Serena, con una calma que desafiaba la tormenta, se acercó a él. Sus ojos, llenos de una compasión sobrenatural, lo miraron sin reproche

. "No eres tú, Capitán," susurró, su voz como un eco del más allá. "Eres una víctima de su engaño." Le ofreció un limón dorado, cuya luz cálida disipó por un instante el frío de la no-muerte. María Serena no era un fantasma maligno, sino una guardiana, una protectora de los limones sagrados, atrapada entre la vida y la muerte para cumplir su misión.

Ximena, furiosa, emergió de la oscuridad. Su forma, antes etérea, se solidificó en una figura de belleza gélida, con ojos que ardían como el infierno. No era humana, sino una entidad ancestral que había acechado el Llano desde tiempos inmemoriales. Los limones eran su obsesión, la fuente de su inmortalidad y su poder para torcer la realidad




Con un grito, Maria Serena  arrojó una antorcha hacia Ximena, distrayéndola. La criatura rugió, su forma parpadeando como una llama moribunda.

Sandoval, impulsado por la chispa de honor que aún vivía en él, se lanzó contra Ximena. No era una lucha física, sino un choque de voluntades. El limón en su mano brillaba como un sol, su luz pulsando con su resistencia. Ximena, debilitada por la luz, comenzó a desmoronarse, su belleza transformándose en una mueca de agonía. Con un alarido final, se disolvió en la noche, dejando un hedor a azufre.



Sandoval cayó de rodillas, exhausto. María Serena se acercó, su voz serena. 

"Tu misión ha terminado, Capitán. Descansa."

 El limón se desvaneció, y con él, el cuerpo de Sandoval se deshizo en cenizas, dejando solo el poncho en el suelo. 

María Serena quedo solas bajo el arbol, debajo del  limonero, mientras el amanecer teñía el cielo de un rojo pálido. El árbol, ahora silencioso, parecía prometer esperanza. 

FIN




















































Kathy.Segunda Edición.Final

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