No se asustó. Había visto demasiado en la noche para temerle a cualquier cosa. Revisó la casa.
Se fue la luz. La planta eléctrica no arrancó. Luego regresó la corriente y aquí estamos —se dijo, tratando de comprender lo ocurrido. Mañana revisaría la planta eléctrica... Por algo había que comenzar.
Decidió bañarse y entró al inmenso, antiguo baño del cuarto. En el pasillo de su amplio dormitorio, ella estaba allí... completamente insinuante, como si siempre hubiera estado esperándolo. Pero algo en su presencia era incorrecto. Demach lo sintió en la piel: el aire se volvió más denso, más pesado, como si respirar requiriera esfuerzo.
—Desde el primer día me di cuenta de tu sucia mirada... Tratando de parecer decente... Buscando excusas para estar cerca de mí —le dijo la muchacha sin dejar de desnudarse. Sus movimientos eran demasiado fluidos, demasiado perfectos, como si cada gesto hubiera sido ensayado por siglos—. Anda. Aquí estoy. Demuéstrame de qué estás hecho.
Demach quedó desconcertado. Jamás imaginaría que una muchacha tan seria y correcta daría ese paso. Pero ahora, en la penumbra, notó cosas que antes no vio: sus ojos brillaban con una luz propia, sin reflejo de ninguna lámpara. Su piel parecía absorber la poca luz que quedaba en lugar de recibirla.
—Hija... ¿Cómo entraste? ¿Cómo llegaste? Hace menos de media hora ni te diste por enterada de que fui a tu casa y ahí te vi.
Ella sonrió. No fue una sonrisa humana. Los dientes parecían demasiado blancos, demasiado numerosos.
—Vaya con las excusas... ¿No soy lo suficientemente buena para ti? —dijo ella incorporándose, parándose frente a él, tomándole una mano y chupándole un dedo lentamente. El contacto fue gélido, como si hubiera tocado metal en invierno. Demach sintió un hormigueo subir por su brazo, como si algo se estuviera filtrando en su sangre—. ¿O quizás... no soy lo suficientemente real para ti?
—No es correcto. Voy a hacer como si nada de esto hubiera sucedido. Saldré, te vestirás y te irás a casa. Yo te llevo.
—¿Y no te vas a propasar en el camino? —preguntó provocativamente desde la cama. Pero no se movió hacia la cama. Estaba de pie, inmóvil, y la cama apareció detrás de ella como si la habitación misma se hubiera reconfigurado.
—No me quiero ir. No vine a preguntarte sobre una ocasión en la que fallaste en algo importante y qué aprendiste de ello.
Demach subió a la cama y ella, sosteniendo sus senos, los ofreció como ofrenda. Pero sus pechos no se movían con la respiración. Permanecían quietos, como máscaras de carne.
—Lo sabía —dijo ella con un suspiro que no era aire, sino algo más denso, más antiguo—. Lo sabía. Por eso fuiste a mi casa. Fuiste a buscarme... o quizás yo te llamé. No hay diferencia cuando uno ya está perdido.
IV
La música embargaba toda la casa. No provenía de ningún altavoz, de ningún instrumento. Surgía de las paredes, del suelo, del aire mismo. Demach despertó y, con vergüenza, se sentó en la cama.
—No debí. Perdóname... Fue un gigantesco error.
Pero ella no estaba. La música continuaba. Hacía calor y estaba amaneciendo. Todavía estaba oscuro. Salió al pasillo del segundo piso. Todas las luces apagadas, la música no cesaba. Desde el pasillo vio la puerta principal abierta de par en par.
Con cuidado salió; la música cesó inmediatamente. Una neblina mañanera envolvía el ambiente. Pero la neblina no se movía con el viento. Permanecía quieta, como si respirara sola. Era una vista agradable. Pronto vendría el calor, por lo tanto era un genuino placer disfrutar el frío.
—Se fue —dijo con pesar. No tenía idea de cómo le vería la cara si es que ella volvía... La música comenzó otra vez.
Entró a la casa y en la inmensa sala vio a la mujer. No la conocía. Bailaba un vals con unos pasos desconocidos para él. Solo que eran fascinantes en giros y contragiros, de una belleza espectacular. Pero algo estaba mal: sus pies no tocaban el suelo. Flotaban a milímetros del piso, y la música respondía a sus movimientos, no al revés.
Su cerebro sabía que no estaba ahí. Pero no podía moverse, fascinado por la música, por la belleza y por su bailar... Hasta que la música terminó y comenzó a luchar, a patalear, a tratar desesperadamente de salir de donde fuera, hasta que lo logró...
Estaba en su tina, llena de agua hasta el borde, en la oscuridad de su baño. El agua estaba fría, demasiado fría, como si hubiera estado guardada en la noche eterna. Se levantó de la tina casi ahogado. Salió al cuarto.
Ella estaba desnuda, viendo la ventana. Pero no miraba hacia afuera. Miraba a través de la ventana, como si viera algo que no existía en este mundo.
—Ya no puedes irte —dijo la sin volverse. Su voz resonó en todo el cuarto, como si hablara desde todas las paredes a la vez y no era la de Alsagenet—. Ya eres mío. Ahora eres parte de la casa. Parte de mí.Siempre lo fuistes.No debes olvidarlo
Demach intentó correr, pero sus piernas no respondieron. La mujer finalmente se giró. Sus ojos ya no tenían pupilas. Solo dos pozos negros que absorbían la luz, la esperanza, la voluntad.No creia haberlo visto nunca, pero la conocia, sabia que la conocia.
—Bienvenida a la eternidad —susurró, y por primera vez, Demach entendió que ella no era humana.Quiza Nunca lo había sido. No era Alsagenet ....Ella Solo había estado esperando... esperando a alguien que pudiera escucharla.El...el la estaba esperando. Lucho por despertar.Tenia que despertar...
Manaure "Relámpago" García manejaba su Chevrolet Tahoe Diesel Wagon. El vehículo olía a aceite quemado y a algo más antiguo, como a recuerdos podridos. Era una pieza de quinta mano, comprada con la desesperación de quien necesita un caparazón. En ella se dirigía a su nuevo futuro: número 54, ¿o 65? No le importaba. Las veces que había comenzado de nuevo se le habían borrado como huellas en arena mojada bajo la lluvia.las inevitables consecuencias de ser mal hijo, mal hermano, mal padre, mal vecino y mal ciudadano,en definitiva tambien fue mal policia y por ende mal guardaespaldas
Con tal de que le pagaran el mínimo estaría bien. Y un plato de comida decente tampoco vendría mal. Eran las consecuencias de ser mal hijo, mal hermano, mal padre, mal vecino, mal ciudadano, mal esposo. En definitiva: fue un muy mal policía y ahora peor guardaespaldas.
Sería el chófer y guardaespaldas de un tipo que estaba botando dinero a toneladas en una hacienda. En la agencia le dijeron que había sufrido varias invasiones a su privacidad. Con una hacienda de 12.000 hectáreas,eran 12000? la cual estaba poniendo en actividad, era una rara avis en un país de flojos y vagos que decían cualquier excusa con tal de no trabajar.
No lograba entender cómo alguien con tanto terreno no se acogiera al estado comunal, tan defendido por el gobierno, e hiciera una comuna independiente, autónoma. ¡En fin! Cada loco con su tema. Y definitivamente el tipo estaba de atar. Sembrando. Invirtiendo.
Apenas estuviera la siembra lista para ser cosechada, aparecerían inevitablemente 120 camiones llenos de kukas y flaites para invadir y expropiar el trabajo realizado. Claro. Apenas estuviera para ser recolectada. No antes. Después dirían que lo hacían porque él era un explotador, hambreador del pueblo, perteneciente a la burguesía parasitaria que respondía a los intereses del imperialismo mundial... bla, bla, bla.
Hasta el mismo año él compraba ese discurso. La realidad y el ver a su país 120 años atrasado, en comparación con cualquier supermercado del mundo, le habían obligado a querer trabajar. Bueno. Tenía un trabajo. A disfrutarlo mientras durara.
Vio el letrero que anunciaba el pueblo:
Kirdimi. Altura 220 metros. Población 240 habitantes.
—Ni una ni otra son verdad —murmuró a su camioneta, sintiendo cómo el motor diesel tosía.
Vio el cruce a la derecha. El camino estaba cubierto de polvo rojo, como sangre seca.
—Por aquí es. Voy para mi vida número 65. Ese sí es el número. Porque en mi vida número 60, Ingrid me abandonó para irse con un tipo que supuestamente sería multimillonario, haciendo realidad una cría de mosquitos para la vigilancia de la playa del sur.
—Bueno... Es que en esta época hay cada loco. O quizás no hay locos. Quizás todos estamos en la misma película y nadie tiene el guion.
I:
Demach tomó el café que su cocinera le entregó. Cuando se levantaba ya estaba ahí. La mujer no tenía rostro definido, solo una sombra que movía los brazos con precisión mecánica.
—¿Cuando usted llegó estaba la puerta abierta? —preguntó Demach, sin mirarla
. —No, señor
. —¿No escuchó una música?
—No, señor.
—¿No vio a la ingeniero Altansengset?
La mujer negó con un gesto
. Demach inspiró fuerte. Nunca acostarse con una bella mujer le había producido más remordimientos. De verdad estaba arrepentido, y no era pose. Se dejó dominar por ese aroma, por esos labios divinos y la necesidad absoluta de tener un cuerpo ardiente y depravado. Fue una noche de sexo brutal, sin concesiones, pero al despertar, la habitación estaba vacía y él se sentía como un intruso en su propia vida.
Resuelto caminó hacia la joven, quien con una agresiva cola, unos apretados jeans y camisa de cuadros recibía un inmenso camion Sisu cargado de biofertilizantes. El olor a tierra húmeda y químicos era nauseabundo.
—Quería hablar contigo.
La joven no lo miró, inmersa en una planilla y en contar los 1.200 sacos que descargaba un montacargas, un oxidado Mahindra 6x4.
—¿Tiene que ser ahora? Recién estoy comenzando mi labor —dijo distraídamente, sin levantar la vista.
—Está bien. Quiero que sepas que me disculpo. Y sé que las palabras no son suficientes. Por las dos cosas de anoche.
La joven se dignó a mirarlo. Sus ojos eran oscuros, sin reflejo. Hizo un gesto.
—¿Anoche? —preguntó con curiosidad, manteniendo su pluma entre los dedos.
—Sí. No debí. Y me van a faltar meses para poder sentirme bien.
La muchacha no contestó. Siguió contando los sacos que el montacargas llevaba al oxidado galpón realizado con láminas de zinc. Parecía sencillamente ignorarlo, pero Demach sentía que ella lo estaba estudiando, diseccionando.
—¿Sin consecuencias? —le dijo a ella, con una voz que sonó extraña en sus propios oídos.
Ella sin verlo le contestó:
—Claro que hay consecuencias... Estos biofertilizantes, fabricados en la fábrica socialista de todos los pueblos que comen una vez a la semana gracias a nuestros fertilizantes S.A., tienen el mismo efecto que un vaso de agua para apagar un incendio de gasolina. Debiste comprar los fertilizantes japoneses que te indiqué. Como sea... El dinero es tuyo y tú lo botas a la cloaca como mejor te parezca.Otra cosa; estamos en el siglo XXI y por lo tanto necesito un laptop, yo misma le instalo un Claude.
—¡Por favor, no te evadas! —dijo molesto el hombre. Sentía en el tono la burla de ella, pero también algo más: una indiferencia absoluta.
—¿Te lo dije o no te lo dije? Que no debiste meter la pata con estos fertilizantes de quinta mala categoría.
—Sí. Pero no me refiero a eso. Lo hecho está.
Estaba demasiado incómodo por el recuerdo de la visita a la casa de la chica y por el encuentro entre ambos. Algo no cuadraba
Reviso el curriculum. La casa no tenía dirección. La chica no tenía nombre en la tarjeta de identificacionde identificación.
—Entonces dejémoslo así... —dijo ella alejándose y dejándolo preso de esas poderosas caderas. No podría evitarlo otra vez. Ya estaba seguro de eso.. Estaba convencido que la muchacha era usuaria premiun de La app FirstRedFlag
Vio la fea camioneta detenerse. Un hombre descendió de ella. Alto, fornido, con la pinta absoluta de veterano de guerra, mal policía y más peligroso que un chimpancé con una ametralladora.
—¿Señor Demach Franquiz?
—El mismo
. —Manaure García. La agencia de empleo me dijo que aquí podría encontrarlo
. —¿El nuevo? —Sí. El nuevo analista de seguridad y planta física. O sea... el vigilante
. —Claro. ¿Qué necesita para comenzar? —dijo Demach extendiendo la mano, y el hombre la tomó. Un fuerte apretón de manos. La piel de Manaure estaba fría, como la de un cadáver. —¿Un recorrido por toda la hacienda? —propuso el recién llegado.
—Son muchas hectáreas y no están cercadas en muchas partes.
—Lo sé.
—Lo acompaño. Nunca he hecho el tour más allá de las áreas labradas.
—Ok. ¿El currículum de sus empleados?
—Todos son temporales a excepción del personal de la casa y de la Ingeniero.
—¿Aquella actriz porno es la ingeniero?
—Sí —dijo, sintiendo un puyazo por allá. ¿Celos? Apenas fue anoche que me acosté con ella. O quizás no fue anoche. Quizás fue ayer. O quizás nunca ocurrió.
II:
Horas después Demach entendió que el hombre sabía lo que hacía. No era de esos embusteros clásicos que con autosuficiencia opinaban de todo y no aportaban nada. Este hablaba de todo, pedía de todo, dibujaba de todo y podían obtener algún resultado. Colocarían cámaras de internet en la cruz, en los árboles, un sistema de cámaras en los viejos galpones y dentro de la casa con una alarma.
El hombre dormiría en una habitación con entrada y salida independiente que tenía la amplia casa. Dispondría de una oficina propia desde donde monitorearían 24 x 24. Traería dos vigilantes adicionales. Prohibió absolutamente depositar más en ese banco. Abriría cuentas en otros para dispersar información. Dos camionetas menos ostentosas y tratar de pasar inadvertido en todo momento.
El grupo que se introducía de noche, lo más probable es que fueran liceístas. Con unos tiros al aire todo se resolvería. Analizó los currículums del personal, no le parecieron peligrosos. Era muy fácil identificarlos. Trabajaban duro. Nunca un izquierdista chavista lo hubiera hecho. A las primeras 8 horas hubiera iniciado el discurso del capitalista explotador, buscaría hacer una huelga, fingiría enfermarse y buscaría un reposo. El hecho que estas gentes tuvieran un mes trabajando los descartaba de la manada de parásitos y lumpen que buscaban vivir a costillas de los demás.
Pero Demach notó algo extraño: los trabajadores no hablaban entre ellos. No reían. No se saludaban. Caminaban como autómatas, con la mirada fija en el suelo o en el horizonte, evitando el contacto visual. Y las herramientas... las herramientas estaban siempre limpias, demasiado limpias, como si nunca hubieran tocado tierra.
III:
El comedor era una sala larga, con ventanas altas que daban a un jardín donde las flores parecían de plástico. El aire estaba viciado, pesado, como si la respiración de todos hubiera agotado el oxígeno.
Almorzaban. Manaure no podía evitar el contemplar a Torgú, la señora que hacía la comida. Cocinaba magnífico y al ver la silueta, sabía que también cocinaba muy bien otras cosas. Pero algo en su movimiento era errático, como si estuviera siguiendo una coreografía que solo ella conocía.
Manaure se presentó ante la joven, que estaba sentada al otro lado de la mesa, comiendo en silencio.
—Un gusto, señorita. Soy el analista de seguridad.
—Un gusto —le contestó la joven sin dar su nombre. Su voz sonó como si viniera de un altavoz lejano.
—¿Es ingeniero?
—Sí. Usted mismo lo vio en su currículum y 2+3 son cinco
. —Sí. Ya me di cuenta que no se graduó en la Universidad Libre de los Pueblos Antiimperialistas, Soberanos, Campesinos y Proletarios.
Para romper el hielo, Demach le dijo coloquialmente a la joven, con una sonrisa forzada que no llegaba a sus ojos.
—Ayer conocí y hablé con tu padre.
Le dijo para ver su reacción. Ella lo sabía, él lo sabía, pero era necesario hacerlo público. Necesitaba confirmar que existía, que había una conexión, una realidad compartida.
La joven se puso visiblemente tensa. La cuchara se detuvo a medio camino de su boca.
—Si le pidió dinero, yo se lo devuelvo. Y si le dijo que tenía un restaurante en el Downtown de Nueva York y necesitaba llevar gente para allá es mentira.
—Me invitó a tu casa —le reprochó la falta de invitación.
Ella lo miró directamente. Estaba furiosa, pero no con rabia humana, sino con una ira fría, calculadora.
—¿De qué casa habla? —preguntó ella, con una voz que cortó el aire.
—De la casa donde vives
—vivo en esta hacienda desde que comence a trabajar aqui..
—Pero ayer... ayer estuvimos allí. Tu padre estaba allí. Me habló de ti.
La joven dejó la cuchara. El sonido metálico contra el plato resonó como un disparo.
—No tengo padre. Nunca he tenido padre. Se que hay un hombre en el pueblo que dice ser mi padre, es un acosador. A el me referia.. Mi madre murió cuando nací. Yo soy la única.
—Eso no puede ser. Yo lo vi. Habló conmigo. Me dijo que te cuidara.
—¿Quién es usted que se entromete en lo que no le incumbe? —preguntó ella, con una calma aterradora.
—Soy Demach. El dueño.
—No le da ningun derecho a inmiscuirse en la vida de uno. Usted es El que no sabe nada.
—¡No digas tonterías! —gritó Demach, irritado
Manaure, que hasta entonces había estado observando en silencio, se inclinó hacia adelante.
—Señor Demach, creo que usted está confundido. No hay ningún padre. No hay ninguna casa. Solo hay la hacienda. Y nosotros. Y usted. --- tercio a favor de la joven
—¡Miente! —respondio el joven.--- estamos comenzando muy mal
—No miento. Solo digo lo que es.-- insistio Manaure tratando de calmar la situacion.
—¿Y qué es lo que es? —preguntó Demach, con la voz temblorosa.
—Que esto no es real. Que nada de esto es real. Que estamos atrapados en un juego que no entendemos.
El silencio que siguió fue absoluto. Nadie respiró. Nadie se movió. Las sombras en las paredes parecían alargarse, acercándose a ellos.
—¿Qué quieres decir? —susurró Demach.
—Quiero decir que no sabemos quiénes somos. Que no sabemos dónde estamos. Que no sabemos por qué estamos aquí. Y que tal vez... tal vez nunca hemos estado aquí.
La joven se levantó.
—Con permiso.Creo que mi trabajo lleg hasta aqui
Salio del comedor, dejando a los dos hombres sólos en la mesa vacía.
Demach quedo viendo el plato, luego decidio irse detras de la joven.
Manaure se quedó muy a propósito después del almuerzo, cuando todos se marcharon.
—¿Vive en el pueblo? —preguntó a la cocinera, que seguía fregando los platos.
—A veces —dijo la mujer, fregando en silencio la inmensa pila de platos
. —Yo duermo por aquí —le dijo el hombre, viendo descaradamente los senos de la madura mujer.
—Pues no cene fuerte de noche... Le podría caer mal —le dijo ella viéndolo de arriba abajo. —¿Quiere café?
—Estaré en mi oficina...
IV
La luz de la luna se filtraba por las persianas como dedos huesudos. Manaure no pudo dormir. La conversación del almuerzo lo había dejado con un sabor amargo en la boca, como si hubiera tragado vidrio molido.
En la cocina, Torgú seguía fregando. El sonido del agua contra los platos era rítmico, hipnótico. Demach la observaba desde la puerta.
—¿Por qué no te fuiste? —preguntó él.
Ella no se volvió.
—Alguien tiene que limpiar tus platos.
—No te estoy hablando de eso.
—Entonces no sé de qué estás hablando.
—La joven. La ingeniero.
Torgú dejó el plato que sostenía. El agua seguía corriendo.
—Ella no existe.
—¿Qué?
—Ella no existe. No hay ingeniero. No hay joven. Solo hay un espejo.
—¿Un espejo?
—Un espejo que refleja lo que queremos ver. Lo que necesitamos ver.
—No entiendo.
—No tienes que entender. Solo tienes que saber que aquí nadie es quien dice ser. Ni tú, ni yo, ni ella.
La cocina se llenó de un silencio espeso. Manaure entró en ese momento, con su cámara en la mano.
—¿Todo bien? —preguntó, pero su voz sonó como si viniera de muy lejos.
Nadie respondió.
V
Mateo Manaure desperto desconcertado. Luego recordo. Estaba en un motel de carretera.No era de tener premoniciones, pero luego de tomar un cafe se dispuso a seguir en carretera
—Número 66 —murmuró.
Y se fue.
Pero en el asiento trasero, algo brilló. Una foto. Una foto de Demach, de la joven, de Manaure, de Torgú. Todos sonriendo. Todos juntos.
Y debajo de la foto, una nota escrita a mano:
"Bienvenido a la vida número 66. Espero que te guste."
Manaure miró la foto. Luego miró el camino. Luego miró el cielo.
—No hay salida —dijo.
Y aceleró.
Dos horas despues llego a la hacienda. Descendio , vio a Demach y a la ingeniera. Ya los habia visto en el sueño. Algo disparo sus alertas.Conocia la casa. Sintio que ya habia estado ahi
El aire se espesaba con una tensión casi palpable entre Demach y la ingeniera. Sus palabras, un eco hueco en el vasto silencio, apenas disimulaban la verdadera naturaleza de su encuentro.
—Creo que estoy en el campeonato mundial de errores contigo —murmuró Demach, su voz teñida de una falsa contrición que no engañaba a nadie.
—Uh —fue la única respuesta de ella, un monosílabo cargado de un desdén gélido.
—Quiero nuevamente disculparme por todo y añadir que desconocía tu aversión a que conversara con tu padre.
—¿Por qué te justificas sin cesar? Ya es suficiente. ¿Acaso mi trabajo te incomoda y no te atreves a decirlo?
—Me inquieta que te evadas en algo de vital importancia para mí.
—Debo marcharme.-- respondio dispuesta a cortar de cuajo la conversacion .
—Volveré a tu morada. Deseo visitarte, no bajo el pretexto de una relación laboral. Demasiado tiempo ha transcurrido para mantener esta farsa de formalidad.
—Uhmm…
La noche se cernió, envolviendo la casa en un silencio sepulcral. Demach, sin embargo, encontró un efímero consuelo en la compañía del otro, una presencia que prometía una tregua en la inminente tormenta. Buscarían la manera de coexistir, de llevarse bien, aunque la sombra de lo desconocido ya se alargaba sobre ellos.
—¿Estará todo bien?
—Sí. Ya he descargado mis pertenencias y poseo un televisor de excelente calidad. Cuando los equipos de seguridad e internet estén operativos, la comodidad será un mero espejismo.
—Tengo una Glock.
—Y yo añado esto —replicó Manaure, extrayendo un Magnum 500 de un estuche oculto—. Los individuos que traeré son de una calidad excepcional.
Demach se retiró a dormir, ajeno a la creciente oscuridad que Manaure, sentado en el inmenso porche, percibía. La casa, aún en ruinas, era habitable, pero su aura de abandono se intensificaba con cada sombra que la noche proyectaba. Rodeó la estructura hasta la entrada de su habitación independiente, un santuario con acceso directo a la casa, su propia entrada, un baño colosal y agua caliente. La idea de jugar Electricman 2 en su tablet antes de sucumbir al sueño era un intento fútil de escapar de la opresiva realidad.
Al terminar de bañarse, regresó a su cuarto.
—¿Cómo le gusta el café? —la voz de la mujer de la cocina, surgida de la penumbra, lo sobresaltó.
Despertó abruptamente, la puerta que daba al jardín abierta de par en par, revelando un vacío inquietante.
—¡Ajá! Huiste porque no soportaste la batalla. Mañana terminaré lo que dejé pendiente.
Salió al jardín con una despreocupación forzada. La luna llena, un ojo pálido en el cielo, iluminaba la loma a lo lejos. Vio a la mujer caminar lentamente por ella, una silueta espectral bajo la luz lunar.
—¡Vaya con la loca! —exclamó, una risa hueca escapando de sus labios. La mujer llegó a la cruz y desde allí lo observó. Él la saludó, un gesto inútil para disipar la extraña atmósfera.
—No me gusta hacerlo en tierra. Ven con papi a la camita —le dijo, sabiendo que ella lo miraba desde alla arriba, una mirada que prometía secretos inconfesables.
Despertó en la madrugada, la sensación de haber emergido de un sueño dentro de otro sueño lo envolvía. La realidad se desdibujaba. Un exquisito aroma a café, sin embargo, impregnaba la casa, una fragancia que no encajaba con la pesadilla.
Se bañó y vistió con una velocidad febril. Eran las tres de la mañana. Salió a un corredor extrañamente iluminado. Voces y risas, distantes y etéreas, flotaban en el aire. Descendió por las escaleras. Un grupo conversaba alegremente, un ambiente distendido y jovial que contrastaba con su creciente desasosiego. Buscó a Demach, pero solo encontró a la señora de la cocina.
—Esta ha sido una bienvenida espectacular —le susurró al oído a la mujer.
Ella le sonrió con una cortesía helada.
—Quiero que conozca a mi esposo.
Le presentó a un hombre distinguido y agradable, cuya amabilidad resultaba perturbadora.
—Un placer —saludó Manaure, su voz apenas un hilo. El aspecto del hombre era impecable, pero una sombra se cernía sobre él.
—¿Ya se acostó con ella? —preguntó el hombre cordialmente, una pregunta que lo dejó mudo.
—Él ya se acostó con ella —anunció al grupo, y todos sonrieron complacidos, una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.
—Sabes que no pude evitarlo —dijo ella con una sonrisa casi juvenil, arrodillándose y manipulando su miembro a través del pantalón, un acto obsceno que el grupo observaba con deleite.
Todos se levantaron y formaron un coro, sus voces un murmullo inquietante.
—No. De verdad no puedo hacerlo.
—Claro que puede —lo animó el caballero, su sonrisa inglesa y el whisky en su mano un contraste macabro con la escena.
La mujer, aún de rodillas, lo tomó con sus dos manos y lo devoró por completo.
—Me ahogo —dijo, sus ojos fijos en él con una lujuria que helaba la sangre.
Manaure despertó violentamente, respirando con dificultad, incorporándose de la cama. La edad de los sueños húmedos había quedado atrás, pero la pesadilla persistía. Encendió la luz de la lámpara, un faro débil en la oscuridad.
—No hice nada con nadie —se dijo—. De verdad estoy muy mal. Necesito encontrar compañía.
Comenzó a ducharse, desolado por sueños tan propios de un adolescente solitario. Una ducha de agua fría, un intento de purificación. Al salir del baño, regresó a su cuarto y encontró a la mujer acostada y desnuda, una visión que lo paralizó.
—¿Por qué no quisiste venir conmigo a la Cruz de la montaña del Diablo?
Sin poder controlarse, subió a la cama.
—Sé violento —le susurró ella, uniendo su lengua a la suya, un beso que prometía perdición.
Demach ya le profesaba un respeto reverencial a la noche. A pesar de la compañía de su guardaespaldas y de los equipos de vigilancia instalados, con líneas telefónicas adicionales vía Wi-Fi, la sensación de desamparo lo invadía. Una nueva percepción le susurraba que la noche traía consigo sombras más densas que la mera ausencia de luz. Observaba la sabana, que de un alegre verdor, fruto del trabajo diurno, se tornaba sombría y lúgubre en la oscuridad extrema, volviéndose amenazante con el paso de las horas.
El sonido de las regadoras automáticas era un recordatorio constante de que el trabajo continuaba, una melodía mecánica en la quietud. Pero a las nueve de la noche, se aferraba a las series de televisión, un intento desesperado de convencerse de que aún pertenecía a la civilización. Después, inevitablemente, llegaba la noche, con los besos depravados y el sexo más sórdido que pudiera imaginar en el cuerpo bello, suave, tibio y divino de su ingeniera.
—Altansengset. Debemos hablar. Esto no puede seguir así. De día eres una ingeniera formal. De noche, una amante despiadada. Te quiero en mi vida. A la vista de todos. Que el mundo entero lo sepa. No tengo nada que ocultar —le decía entre besos largos, húmedos y sensuales, un torbellino de pasión y desesperación.
Luego, el silencio. El lento y acompasado ritmo de su respiración. Después, ella desaparecía. La formalidad y la distancia regresaban, enmarcadas en una evasión constante, en un lenguaje confuso y ambiguo.
Hoy no había sido la excepción. Pero él no se dormiría. Estaba seguro de que ella se quedaba en alguna de las habitaciones. Y al amanecer, simulaba su llegada. ¿Quién sabía dónde dejaba la camioneta? Pero la casa era tan vasta que la desconocía por completo.
Las sábanas se agitaron y las cortinas danzaron con la fresca brisa nocturna, una brisa que se intensificaba, presagio de la tormenta inminente.
—La Tormenta —escuchó, lejano, el susurro de ella.
—¿Qué?
—La Tormenta.No enciendas la luz ---susurro otra voz.
Manaure revisaba los datos recogidos por el sistema, un placer oscuro. Era un privilegio poseer y manejar el equipo que siempre había anhelado: visores, cámaras, pantallas de alta resolución, diversos tipos de sensores. Lo que nunca tuvo. Era como haber manejado una bicicleta toda la vida y, de repente, ascender a un Rolls Royce Phantom; de otra manera no podía describir sus nuevos y sofisticados equipos.
Asombrado, observaba la actividad en el terreno. Y también dentro de la casa. Sin explicación lógica, la ingeniera entraba en un cuarto, y de él salía Tarug. Pero al revisar las cámaras de esa habitación, ninguna de las dos aparecía.
Luego, vio a Demach, inmóvil, hierático y rígido, de pie en medio del aguacero, contemplando la tormenta.
—Va a agarrar una pulmonía doble —comentó, observando la imagen del hombre bajo la lluvia. Luego, las alarmas de las dos camionetas comenzaron a sonar sin cesar. Y una niñita, una silueta diminuta, apareció en el pasillo, justo diagonal a su puerta.La niña se detuvo justo frente a su puerta,miro la camara de seguridad y se rio ,abrio su boca hasta abarcar todo el campo visual de la camara
—Aquí se impone el vámonos rápido antes de que se haga mediodía. Saludos a la comadre y al compadre —musitó Manaure, viendo las imágenes, sabiendo perfectamente que no lo haría.
Capítulo 2
Ambos hombres observaban la cámara, sus rostros iluminados por el brillo fantasmal de la pantalla.
—¿Cómo se le llama a esto? ¿Poltergeist? —preguntó Demach, su voz cargada de una ansiedad apenas contenida.
—No lo sé. Solo me enfrento a cosas que puedo rellenar de plomo —respondió Manaure, su tono gélido—. Pero es evidente que la señora Tagus y la señorita Ingeniera viven aquí y estan involucradas en lo que se trama aqui.
—¡Claro! Una se acuesta contigo y la otra conmigo —entendió Demach, una sonrisa amarga en sus labios.
—Uno hace lo que puede —suspiró Manaure, el peso de una verdad inconfesable en su voz.
—¿Qué piensa hacer? ¿Se va a marchar? —preguntó Demach, la esperanza de una huida en sus ojos.
—No. Hay que ver qué es esto. Me suena más a un grupo de estafadores que quiere echarlo de la Hacienda y después vendrá alguien de muy buen corazón a comprársela por cuatro centavos.
—Y se la vendo a la primera.
—¿Va a salir corriendo?
—Tengo muchas ganas de hacerlo. Yo tampoco me enfrento a cosas raras.
—!Pero si se acuesta con la muchacha!.
—Es la parte buena de la película —explicó a Manaure, sin convencerse a sí mismo, ya viéndose en la carretera, lejos de aquel lugar maldito.
Casi de inmediato, los gritos comenzaron, desgarrando el silencio y obligándolos a salir corriendo.
Salieron y quedaron petrificados. Un tractor, sin conductor, avanzaba descontrolado. La puerta de la cabina bamboleaba con bandazos, y el vehículo rodaba directamente hacia el galpón que contenía todos los suministros.
—¡Sabotaje! —gritó Manaure, su voz un rugido.
—¡Salgan del camino! ¡Salgan del camino! —comenzó a gritar Demach, viendo el vehículo sin control, una mole de metal que prometía destrucción.
Repentinamente, el tractor se detuvo en seco. Su motor aceleraba y desaceleraba como si tuviera vida propia. A Demach se le antojó que su diseño cambiaba, que se transformaba en algo siniestro. Parecía escucharlo, como si el sonido de la máquina le hablara.
—¿Lo oyes?
—¿Qué oigo? Lo único que oigo es que está fuera de tiempo el motor.
Demach tomó su iPhone y grabó la escena. La máquina, de repente, lanzó una nube de vapor al romper el radiador y se apagó en medio de un quejido mecánico, un lamento metálico que resonó en el aire.
—¿Y el chófer? Vamos a buscarlo. Es muy raro que se lance de un tractor con cabina.
Continuara






