# CAPÍTULO FINAL: LAS SOMBRAS DEL LLANO ETERNO
El Llano no era solo una extensión de tierra bajo el sol implacable de la Capitanía General; era un ser vivo, respirando con un aliento fétido que se filtraba en los pulmones de quienes lo pisaban.
En 1565, cuando los españoles clavaron sus cruces en esta costa salvaje, no sabían que despertaban algo antiguo, algo que yacía dormido bajo la arena y los manglares. El aire era espeso, cargado de un calor que no provenía del cielo, sino de las profundidades, donde raíces podridas se enredaban con huesos olvidados.
Los colonos hablaban de eso en voz baja, alrededor de fogatas que parpadeaban como ojos nerviosos: el Llano te observaba, te juzgaba, y si encontraba en ti una grieta —un pecado oculto, un deseo reprimido—, se metía dentro y te pudría desde adentro. No era un lugar para los vivos; era un purgatorio disfrazado de paraíso tropical, donde el mal no llegaba con cuernos y cola, sino con susurros en el viento y sombras que se alargaban más de lo debido. Los esclavos mientras cortaban caña sentían una brisa fría, que helaba la carne a pleno medio día , haciendo quedar en trance a los más susceptibles...tomaban serpientes, perseguían a las mujeres.. se pagaban silenciosos con los ojos en blanco junto a las fogatas..
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María Serena se despertó esa mañana —o lo que pensaba por mañana en el Llano— con un peso en el pecho que no era solo el hábito empapado de rocío.
El pequeño limonero sagrado se erguía a su lado, sus frágiles ramas bajas como brazos cansados, cargadas de frutos dorados que brillaban con una luz que parecía desafiar la niebla perpetua.No era normal. Ella lo había sembrados pocos días atrás... Era la protección a la tierra. Era alejar energías que traían hambre,guerras,seres codiciosos,mujeres impias.
Ella lo había protegido durante lo que sentía como una eternidad, pero el tiempo aquí era traicionero; días se fundían en noches, y los recuerdos se desdibujaban como huellas en la arena húmeda.
¿Cuánto tiempo había pasado desde que dejó el convento en la capital? ¿Años? ¿Siglos? No importaba. Los limones eran su carga, bendecidos por el Nazareno, capaces de curar el cuerpo y el alma, pero también de revelar verdades que nadie quería enfrentar. Y en el Llano, la verdad era siempre horrorosa.
Ella no sabía —todavía— que era la única viva en este infierno. Lo intuía, los veia.
Los demás, todos ellos, habían cruzado el umbral hace tiempo, atrapados en una ilusión de vida orquestada por el mal que impregnaba la tierra. Eran ecos, fantasmas que repetían sus pecados una y otra vez, sin darse cuenta de que sus corazones habían dejado de latir.
El Capitán Sandoval, Chantal, el Alguacil Villarroel, los peones... todos muertos, pudriéndose en tumbas invisibles, pero caminando como si nada, impulsados por una fuerza que se alimentaba de su negación. El Llano los mantenía así: les daba forma, les prestaba aliento, solo para prolongar su tormento. Y ahora, todos convergían hacia ella, desde diferentes tiempos no coincidentes entre si, atraídos por los limones como polillas a una llama que los incineraría.
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En la hacienda Rosa Negra, Chantal se miró en el espejo roto de su habitación. El cristal estaba agrietado desde hacía años —o eso creía ella—, reflejando un rostro que aún conservaba su belleza etérea, ojos verdes como lagunas estancadas, labios curvados en una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Pero si se hubiera detenido a pensar, realmente pensar, habría notado que no sentía hambre, ni sed, ni el pulso en sus venas. Solo un vacío constante, un hueco en el alma que intentaba llenar con recuerdos de poder y seducción.
"Soy la dueña de esto"--, se decía a sí misma, mientras peinaba su cabello negro con dedos que temblaban ligeramente.
Recordaba —o inventaba— noches de rituales bajo la luna, donde ofrecía su cuerpo a sombras que prometían eternidad. Pensaba que era estudios de las matemáticas cuya ciencia dominaba y se les negaba a las mujeres de su epoca.
Había invocado y pactado con Ximena, esa entidad que no era mujer ni demonio, sino algo más antiguo, arraigado en la tierra indígena que los españoles habían profanado. Chantal creía que vivía para dominar, para corromper los limones y convertirlos en un veneno que la haría invencible. Pero en el fondo, un susurro le decía que algo andaba mal: ¿por qué el sol nunca calentaba su piel? ¿Por qué sus sueños eran siempre los mismos, repitiendo el momento de su muerte, ahogada en un pantano de rosas negras que la arrastraban al fondo?
No lo sabía. Nadie lo sabía. El Llano era maestro en el engaño, tejiendo ilusiones que se sentían más reales que la vida misma. Chantal salió de la hacienda, montando un caballo que cojeaba ligeramente —el mismo caballo que había muerto con ella en un accidente que nadie recordaba, una de sus tantas muertes ,que ella pensaba y sentía como una noche común de sueños—
. El animal relinchaba con un sonido hueco, como si sus pulmones estuvieran llenos de arena. Ella cabalgaba hacia el limonero, atraída por una compulsión que atribuía a su ambición, pero que en realidad era el Llano llamándola de vuelta a la nada.
De alguna manera recordó... Sus padres indignados al descubrir que sabía leer, que practicaba matemáticas, que hacía conjuros numéricos..Supo del aplastador... Lo libero y sentada bajo un árbol, mientras amaneció vio como el aplastador dentro de la casa eliminaba sirvientes y a sus padres... Cuando terminó salió al amplio corredor.Ella sonrió...lo conocía...Un hombre decente en un papel indigno
Luego apareció Ximena.
-- Seremos famosas con nuestros crimenes-- le dijo dándole un beso de sangre...Estaba hecho, era maldita entre las mujeres,depravada con Ximena, se burlaron del Joven Villarroel..
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El Alguacil Juan Sota Villarroel estaba en los cañaverales, masticando un tallo seco que no tenía sabor. Su uniforme, raído y cubierto de polvo eterno, colgaba de un cuerpo que se sentía cada vez más pesado, como si la gravedad del Llano lo reclamara. Pensaba en Chantal, en su amor no correspondido, pero era una obsesión retorcida: visiones de poseerla, de quebrar su fragilidad en actos de violencia que lo avergonzaban y excitaban a partes iguales. Había vendido su alma —o lo que quedaba de ella— en una cantina abandonada, ofreciendo vidas inocentes a cambio de fuerza.Era un hombre apuesto, pudo conquistar a Chantal con esfuerzos propios.Pero tenía una autoestima baja y no encontró a nadie que le diera validación...Se vendió por eso.Por conquistar a Chantal.
Pero ahora, en las noches, soñaba con su propia muerte: una espada atravesándolo en una riña olvidada, su sangre mezclándose con la tierra. No fue asi.Murio de Rubeola, abandonado en su propia cama..Despertaba sudando, pero el sudor era frío, como el de un cadáver.
"Hoy la tendré",-- murmuraba, afilando su espada con una piedra que se desmoronaba en sus manos. No se daba cuenta de que sus pasos no dejaban huellas, de que los peones lo miraban con ojos vidriosos, como si vieran a través de él.
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Los peones, esos sombras humildes, se reunían en los bordes del Llano, susurrando oraciones invertidas que creían eran rezos católicos. Cada uno llevaba una culpa enterrada: un niño sacrificado en una fogata para aplacar la sequía, una vecina maldecida por envidia, orgías en las que invocaban espíritus para olvidar el hambre. Estaban muertos desde hace generaciones, atrapados en el ciclo del Llano, repitiendo sus labores diarias como fantasmas en una rutina eterna
. El sol les quemaba la piel, pero no sentían dolor; solo un itch constante, un recordatorio de que algo faltaba. Miraban hacia el limonero con ojos hambrientos, convencidos de que los frutos les darían vida eterna, sin saber que ya estaban más allá de la vida.
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Y el Capitán Sandoval... ah, Sandoval era el peor. Su espíritu errante flotaba por el Llano, envuelto en el poncho ensangrentado que había sido su mortaja. Creía que investigaba, que su razón lo guiaba, pero sus pensamientos eran un torbellino de confusión. Recordaba batallas, violaciones, torturas en nombre de la Corona, pecados que había justificado como deber. En un sitio encontró una bella mujer.Prisionera?Víctima?Ximena lo había poseído, sí, pero él la había invitado, atraído por su belleza letal.
Ahora, en su no-vida, sentía una pasión insana por María Serena, una lujuria disfrazada de amor que lo consumía.
"La encontraré"--, se decía, mientras su forma etérea se deslizaba entre los árboles. No notaba que su espada no pesaba nada, que su corazón no latía. El Llano lo mantenía así, alimentando su ilusión de honor para prolongar su agonía.Buscaba imponer la ley, quería capturar el aplastador.Alma vendida,no entendía que era prisionero de una brujería de una no viva,no muerta que lo obligaba a asesinar.
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María Serena caminaba ahora, alejándose con el frágil l limonero en un pequeño portón,con los limones apretados contra su pecho.
El Llano se resistía: la hierba se enredaba en sus pies, el viento susurraba nombres de pecados que no eran suyos, y el cielo se oscurecía con nubes que formaban rostros deformados. Ella sentía el dread, ese miedo psicológico que se filtraba en su mente como humedad en una casa vieja. ¿Y si ella también estaba muerta? ¿Y si todo esto era un sueño eterno? Pero no; su pulso latía, su aliento empañaba el aire. Era la ancla de lo real en este mar de ilusiones.Su pies sangraban y le dolían, tenía hambre y frío .
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Chantal la vio primero, desde lo alto de una colina que no existía en mapas.
"Allí está", --pensó, y su caballo aceleró, pero el galope sonaba hueco, como cascos sobre madera podrida. Al acercarse, Chantal sintió un pinchazo en el pecho: un recuerdo fugaz de su muerte, estrangulada por rosas que crecían de su propia garganta. Sacudió la cabeza, atribuyéndolo al calor. "
Se atravesó en el camino de la bella María Serena.
--Dame los limones, monja María Serena.Yo los cuidare", siseó, extendiendo una mano que temblaba.
-- Chantal.Dejame ayudarte Necesitas paz.Necesitas salir de esta carcel.
-- Me gusta así.Por que querría cambiarlo?.Se lo que quieres.No quiero el sueño eterno.
-- Todos necesitamos descansar en el sueño eterno.
-- Yo no soy "todos".Dame los limones.
-- Es lo que quieres?
-- Si.
-- Son dados por nuestro señor.Si le das un uso correcto el señor te bendecirá.
-- Y dale.Yo sabré en qué los usaré.-- repuso con expresión de fastidio Chantal.
María Serena la miró, con un suspiro le dijo.
-- Toma uno, el que quieras.
Chantal de precipitó, y tomando uno le dijo.
-- En realidad los quiero todos.
en ese momento, el limón que tomo Chantal brilló, revelando la verdad: Chantal era un cascarón, su piel agrietada como tierra seca, gusanos asomando por las grietas. Chantal gritó, pero no de dolor; de negación.
--- "¡No estoy muerta! ¡Soy eterna!.María Serena, tramposa,asesina.Quiero vida eterna.No muerte eterna---
Pero el Llano rio en el viento, y ella se desvaneció lentamente, su forma disolviéndose en niebla, consciente por fin de su estado, atrapada en un loop de horror eterno.
Villarroel surgió de los cañaverales, su espada alzada. "Te destruiré.Has asesinado al amor de mi vida", gruñó, pero sus palabras eran un eco. María Serena levantó un limón, y la luz lo iluminó: su cuerpo era un esqueleto envuelto en carne ilusoria, huesos rotos de su muerte en una emboscada. Él vaciló, tocando su pecho donde no había latido. "¿Qué soy?", murmuró, y el dread lo consumió: recuerdos de traiciones, de almas vendidas. Cayó de rodillas, disolviéndose en polvo que el viento esparció.
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En la media tarde,casi de noche Los peones la rodearon en un claro, sus rostros demacrados.Olian a podridos,sus ojos vacios
Cantaban himnos torcidos.
-- Madrecita de mi alma, danos paz-- dijo uno de los hombres-- Necesitamos libertad.Necesitamos descansar.
Ella los miró.
-- Sabemos que te irás con los limones,y está tierra quedará sin paz,sin tranquilidad,envueltas en guerras y enfermedades.Antes de irte danos la salud de los limones
En silencio María Serena fue tocando los,uno por uno.Al toque de los limones, vieron su verdad: muertos en plagas, en hambrunas, en rituales fallidos. Gritaron al unísono, desvaneciéndose en sombras que huían al subsuelo.
Sandoval fue el último. Su poncho flotaba, y se acercó con una sonrisa falsa. "
María Serena,lo miró con compasión.Ella había caminado mucho, en círculos,prisionera de esa tierra de terror.
--mi amor", dijo con sonrisa sombría,diabólica,enferma de depravación .Era Sandoval,el aplastador.
ella vio en rostro su malvada pasión : depravación. El limón reveló su muerte: ejecutado por sus propios pecados, colgado de un árbol. Él lloró lágrimas de ectoplasma, aceptando su fin, y se evaporó.
Ximena emergió entonces, no como un monstruo, sino como una presencia en el aire, un peso opresivo. Era el Llano mismo, la maldición ancestral. María Serena sintió su mente fracturarse: visiones de todos muertos, de ella sola en este vacío. Pero resistió, caminando norte,buscaría un puerto, Pero no se quedaría... Está tierra había perdido su proteccion
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Meses después, en el primer país independiente,de idioma diferente, los católicos no eran mayoría.Pero eran libres de practicar su fe.
La joven novicia hablando en latín hizo su confesion ante el sacerdote.. no la hizo en el sitio de confesión. Lo hizo sentada en la parte delantera de la iglesia, una mañana de bella primavera....
(«Bendíceme, Padre, porque he pecado. Mi última confesión fue hace meses en el llano de la Capitanía general..» arrepiento de estos y de todos mis pecados».y abrió el corazón de sus recuerdos..
.......
Entendió que habían pasado muchos años.Esta edificación le indicaba que estaba cerca del siglo XIX...Está era tierra libre, nueve,viviría guerras, pero sería el hogar de millones.
Por muchos años Los muertos la perseguían en silencio.
El recuerdo de Chantal cabalgaba en un caballo espectral, su belleza marchitándose lentamente en su percepción ilusoria, susurrando promesas de poder que ya no podía cumplir. Villarroel acechaba en los pantanos, su espada oxidada cortando el aire vacío, negando el vacío en su pecho donde una vez latió un corazón. Sandoval flotaba como niebla, su poncho arrastrándose por el suelo, murmurando un amor que era solo lujuria podrida. Los peones formaban corros invisibles, cantando salmos invertidos que el viento llevaba como lamentos.
Cada vez que uno se acercaba demasiado, María Serena alzaba un limón. La luz dorada revelaba su verdad: carne ilusoria agrietándose, ojos hundidos en órbitas vacías, recuerdos de muertes olvidadas —ahogados en rosas negras, apuñalados en riñas, consumidos por plagas rituales. Gritaban al reconocerlo, disolviéndose en polvo que el Llano absorbía de vuelta, solo para reformarlos más tarde. El horror no era la muerte; era la negación eterna.
Ximena, la entidad primordial, era el Llano mismo: un peso en el aire, un susurro en la mente, prometiendo que todos estaban vivos, que la pureza de María Serena era la ilusión.
-- Dónde estás María Serena? Pregunto Ximena parada en medio del camino, a plena oscuridad.
Pero ella resistía, orando en latín, en español, en lenguas indígenas que los limones le enseñaban.
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Al fin, tras cruzar ríos embrujados y bosques donde los árboles tenían rostros de colonos ahorcados, llegó a la costa de Maryland. El año, en su delirio, parecía 1641 —o quizás 1785, cuando reconstruyeron la iglesia con ladrillos de la capilla original. St. Ignatius Roman Catholic Church se erguía en una colina suave, overlooking el río, simple y austera: paredes de ladrillo rojo, un cementerio antiguo con cruces cubiertas de musgo, un edificio que exudaba historia de tolerancia frágil en una tierra de persecución.
María Serena se arrastró hasta la puerta, exhausta. El interior era un santuario de paz relativa: altar sencillo, relicarios con fragmentos de los barcos Ark y Dove, vidrieras que contaban conversiones de jefes indígenas. Colocó los limones sobre el altar. Brillaron con una luz que disipó las sombras que la seguían.
Los muertos llegaron por última vez, atraídos al umbral sagrado,no la habían perseguido.Ella los había traído en ese viaje , en el receptáculo que eran los limones sagrados del Nazareno. Uno a uno, nuevamente la luz los tocó: Chantal se desvaneció aceptando su estrangulamiento eterno; Villarroel, su traición; Sandoval, su ejecución; los peones, sus sacrificios. Ximena rugió desde el exterior, pero no pudo entrar —la tierra consagrada la repelía.
Así llegó un día María Serena, luego de ese ritual a la puerta de esa iglesia,que dios escogió para ella.
María Serena se derrumbó ante la cruz. Un jesuita —o quizás un eco de Father White— la encontró. Los limones se integraron al altar, sellando su poder. Pero el dread permanecía: el mal no muere; espera allá lejos en el Llano, en los pantanos, en los secretos enterrados de las colonias. En un tierra que no encontraba paz...
Las almas de los malignos susurraban en el viento de Maryland, prometiendo regresar.
Ella sabía que su guardia nunca terminaría. La pureza en un mundo de muertos vivientes era la verdadera maldición eterna.
Y era así....Ximena camino por las calles de Puerto Tabaco y llegó a la Iglesia.Era medianoche.Sonrio.Rsperaria el amanecer.
-- Hace frío y caerá nieve-- susurro extendiendo su mano a la brisa.



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