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martes, 27 de enero de 2026

Tres Ases de Corazón.Fanfiction de Dana Chou.Parte 2

Novelas Por Capitulos


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Por alguna extraña razón, Joya se despertó a las 3 de la mañana y no maldijo un millón de veces a los imbéciles que votaban por el gobierno, pues no había electricidad ni agua. En oscuridad se fue bañando con una cuveta, vistiéndose y maquillándose a la luz de una vela… De alguna manera estaba nerviosa… ¡Por Dios! Es un chofer —le dijo a la difusa sombra reflejada en el espejo de su diminuto baño… A las 4 de la mañana sonó su teléfono. No tenía necesidad de adivinar. El tipo ese… el que la chocó… se había olvidado que ella le informó que entraba a las 7 de la mañana y quería despertarla.


—Sí. Estoy lista —dijo viendo nerviosamente su gas paralizante, su mini Thunder 380, revisó la cacerina y su electroshock de 50 000 voltios. No se sentía segura. Pero, en fin… Si la llevaba horas antes de entrar al trabajo, lo agradecía. Le eliminaba la tortura de arriesgar la vida en las calles de la ciudad… los islámicos, las feminazis, la delincuencia, los activistas del Partido Demócrata. Vivir en la ciudad era como jugar online… Cada vez un nivel más difícil… Llegó a la puerta de su edificio y… https://youtu.be/flCu9377Rlg Vio al chofer. A Kim. Era Kim. Pero no era Kim… O sí era. Un chico en un arrugado saco, en guarda camisas, musculoso, recostado en un Honda Dream, con toda la pinta de no haber dormido ni un segundo… El joven sonrió aliviado al verla. —Este soy yo… Kim Zuth… No soy sicario. Ni pertenezco a ningún club corrupto. No soy traficante de drogas al servicio del ejército y, por cierto… Trabajo… No estoy en ninguna apuesta, y no voto por los demócratas —le informó atropelladamente, tratando desesperadamente de lograr toda su atención y, sobre todo, su confianza.


—El Kim Zuth real. —El Kim Zuth real —supuso ella, tratando de que él no notara el impacto que el muy maldito y desgraciado causó en ella… —Estaba comenzando con el vehículo. No estaba muy familiarizado —comenzó por excusarse nuevamente, invitándola a subir al sencillo auto. —Mi humilde camioneta lo detuvo… —dijo ella, continuando cuando logró introducirse. —Algo así. Supe que es médica de verdad. Todos los mecánicos me llamaron… Le suplican que no se vaya del país —dijo, ocultando inútilmente que quería agradarle como fuera. —¿¿¿??? —Uno de ellos se fracturó y el médico comunitario graduado en la universidad le suturó la mano izquierda al talón derecho… —He oído ese chiste a veces… ¿Este auto no tiene aire acondicionado? —No. Pues déjeme decirle que no fue chiste… ¿Desayunó? —dijo él, recorriendo las solitarias avenidas de la ciudad. —Lo hago en el comedor de mi hospital —informó distraída ella, viendo la destruida ciudad, mientras se recriminaba. Aceptar así como así la invitación de un desconocido que se había presentado casi destruyéndole el auto era un premio a la ingenua del siglo. —Por favor. Insisto… Joya guardó silencio. De verdad, la oportunidad de comer algo diferente a agua hervida con una papa sonaba tentadora… Vieron el restaurante 24 horas. —Comida china, por los ancestros —sugirió él, deteniéndose ante un restaurante chino de autoservicio. —Soy descendiente de inmigrantes birmanos.-- indicó ella —Bueno. Como podrás ver, soy descendiente de inmigrantes chinos, aunque mi padre se casó con mi madre una muchacha de aquí.Por lo tanto soy nacional,hecho por aquí . —Por eso es que ese desgraciado es tan bello —pensó desfallecida y terriblemente asustada Ella asintió… Pasaron por las alambradas electrificadas y la revisión óptica del portero armado con una antiaérea… Desayunaron y, al momento de pagar, Joya vio entre divertida y asombrada que el superapuesto galán no llegaba al pago. Kim regateó con la cajera, sacó pocos billetes y prometió regresar para limpiar 677 platos sucios. —Oye. No es para tanto. No necesitaba eso —dijo Joya en el vehículo cuando se fueron. —¿Su turno hoy? —contestó él, absolutamente impermeable al incidente vivido. Ni le importó demostrar que no tenía un centavo. —Con suerte saldré a las 8 de la noche —dijo ella sin querer. Odiaba estar dándole oportunidades. —¿Y el tipo celoso que me partiría la cara dentro de un rato cuando desciendas del vehículo? —preguntó descaradamente, viéndola en lo más profundo de sus ojos, escudriñándola intensamente. —Está de vacaciones por el momento —dijo ella, sintiéndose imprudente, entendiendo que ese depredador frente a ella tenía muy claros sus objetivos. Kim la vio y se sonrió. Joya entendió que el desgraciado era lindo y, lo peor… lo sabía… No sería fácil luchar contra un chico tan apetitoso… Se había detenido, descendió del auto y él, con rapidez, cruzó al otro lado y cortésmente le abrió la puerta. —Que tenga un buen día, doctora Joya —se despidió, mirándola directa, osadamente, y ambos sabiendo que lo intentaría… —¡Por Dios!… Un chofer… Y no tenía para pagar completo el desayuno —pensó Joya mientras llegaba a la emergencia para ver los 128 heridos de bala, lanzallamas y napalm, provenientes de quién sabe cuál fiesta de cumpleaños infantil o celebración de aniversario de bodas…

III Kim llegó a la oficina y estacionó el humilde Honda Dream eléctrico urbano , descendió de ella y fue caminando, tarareando feliz una cancioncita… Lanzó la llave en el mostrador. —Gracias, TomCat —le dijo al muchacho del mostrador. —Ajá, Kim… Andas de cacería —saludó sonriendo el joven, recibiendo las llaves… —Y es la pieza mayor —contestó autosuficiente, con una alarma encendida por allá bien lejos que le indicaba que ¡cuidado! ¡Y no fuera al revés!… Distendido, despreocupado, subió al penthouse en el piso 172 de la Torre 1 del Complejo Comercial Inversiones Nuevo Mundo… —¿Mi padre? —saludó con un guiño a la voluptuosa asistente. —Lo espera —dijo esta con una provocativa sonrisa. Ambos habían recorrido ya tres veces todo el Kama Sutra y estaba a punto de volver a empezar… Entró a la oficina de su padre… Se parecían ambos en todo. Mujeriegos, mentirosos, mágicos en hacer dinero, poderosos. Su padre, para tener 55 años, era un hombre extremadamente atractivo, lo sabía… Y lo utilizaba… —Vaya. Me parece que estás bastante casual —dijo Meck al ver el aspecto de su hijo… —Hola, Meck —saludó a su padre sin hacer mucho caso a la referencia. Ambos eran cómplices en todo. Hasta en las mismas mujeres… Cuando uno se fastidiaba, la enviaba vía satélite a la cama del otro o viceversa… —Ya vi que me chocaste el auto. Solo tiene 29 kilómetros… —No fue de la manera que piensas… —Hay una dama involucrada… —entendió el padre. —Es lo usual —dijo el muchacho sirviéndose un whisky. Vio a su padre. Sirvió otro… —Las acciones han tenido un golpe bastante duro. Fue un grave error invertir en los índices bursátiles de Westonzuela y en bonos de Corporación Westonzolana de Petróleo; están hasta el sótano, hundidos en narcotráfico. Yo, a la verdad, no lo sabía… —comenzó anunciando Meck. Eso siempre era el preludio de peligrosísimos enredos según la costumbre. De repente, al joven el whisky le supo amargo. Se puso alerta… El muchacho lo señaló con el dedo y no dijo nada. Apuró el trago y se dispuso a afrontar lo que fuera. —También fue un error apostar a la compañía de hidrógeno natural en el mar de Westonzuela. Era embuste, una trampa para esquilmar inversionistas sin información privilegiada,ahora que el país es una colonia del TLCAN no se pueden hacer negocios ilegales—continuó el hombre, tratando cuidadosamente de llegar a donde tenía que llegar. El muchacho se sentó en el amplio sofá de cuero y colocó las piernas encima de la mesa, absolutamente desconectado de las explicaciones de su padre. —Ya lo resolverás… —expresó entre un sorbo y una expresión soñadora. Esa médica me tiene locoooooo… —No es tan fácil. Hay una deuda por ahí… Debo pagar de contado… —dijo el padre, extrañado de ver a Kim en una nebulosa total. ¿¿¿??? —4.678.908.500 euros —anunció en el mismo tono de pedir un vaso de agua. Quizás para no aterrarse de más. —Lo sabía —dijo el muchacho levantándose como un resorte y golpeando el escritorio al dimensionar la magnitud del desastre donde estaban—. Te dije que no invirtieras en Westonzuela, ni en Argenzuela ni en Chilboric. Perfectamente sabes que te lo robarían todo; te estafarían, te engañarían, te expropiarían y no te pagarían ni un centavo. Pero el genio maneja su barco. Hasta el final. Hasta el fondo del mar y a toda velocidad. Esta vez no cuentas conmigo, pues me lanzo inmediatamente por la borda… —Siempre hay una solución —explicó el hombre, viendo significativamente a su hijo… —No me vas a vender… —repuso repentinamente, riendo nerviosamente ante las locuras de su padre, sirviéndose sin darse cuenta otro whisky… Tembloroso recordó las peligrosísimas maneras que tenía su padre para salirse de los no menos peligrosos enredos en que se metía. —No hay otro camino… —dijo repentinamente serio el otro. No estaba jugando. Kim miró mejor a Meck… Entendió y era verdad. Era una pérdida muy grande… —¡Oh, vamos! Te vas a casar… Ya tengo a la chica… Fundimos el negocio. Es una forma de venta. Es más fácil… Sin tanto papeleo de abogado. Después te divorcias. Les dejamos completa esta carcasa y nos vamos a nuestra casa en Hong Kong, y tienes ese noviazgo con esa actriz coreana que te tiene loco… —exclamó el padre con un gesto de “la vida es así”. —Esta mañana andaba en un hei car . Ya veo que tendré que acostumbrarme… Y de paso, ya la actriz coreana no me tiene loco. —Cuando veas a la chica… No te va a disgustar nada… —Oye… ¿Y tú dices que son tan idiotas que no se darán cuenta de la jugada? Parece una jugada de laboratorio del Barça. Tendremos que vivir escondidos toda la vida —dijo recordando el “y tú”. —Se encontraron con una fortuna al cruzar la calle… Tú sabes. La contabilidad y esas cosas, los papeles de Panamá, las imprudencias de fotografiarse con Lula, Cristina y Petro, el Pizzagate, y aparecen fotografiados en el Lolita Express… —dijo el hombre, colocando un video de la muchacha con la que se estaba negociando el matrimonio… Kim quedó con la boca abierta.


Continua


Kim la vio mientras escuchaba la comercial presentación, el aire acondicionado silbando frío en la nuca y el leve olor a cuero caro y whisky añejo impregnando la oficina.


—La familia llevó avionetas con algunos “productos” durante 9 años a Miami y por ahí. Luego los chicos de la DEA aparecieron. Los bancos de Andorra se pusieron nerviosos. Descubrieron la sociedad con Didalco Pelo y el Mariachi del Mar… En fin. Es demasiado dinero… —Nunca nos metimos en esas honduras. Y no tengo idea cómo pudiste botar 4000 millones de euros. —El Boeing 737 Max, los bancos de Hong Kong, y… Bueno… Por ahí se vino en catarata todo lo demás… Yo también creí en los demócratas… ¡Qué diablos! Kim vio el video y escuchó la presentación del producto, el sonido metálico y distante de la voz enlatada rebotando en las paredes de vidrio, mientras el hielo tintineaba suavemente en su vaso. —1.80, 5 idiomas, y vale más de 20 000 millones de dólares más unas cuantas toneladas de oro puro. —Y yo la conquisté. Por encima de los chicos de Abu Dabi —replicó a su padre con sorna, contemplando a la chica… ¡Vaya que tenía con qué!… Se ve bastante usada y fanática del chemsex… El sudor frío le perlaba la sien al imaginarla. —Ya vio un show protagonizado… —dijo con cuidado el hombre, bajando la voz como si el eco pudiera delatarlos. —Sabía que me estaban filmando. Tenías que ser tú… —entendió repentinamente el joven, recordando el olor salado del mar Mediterráneo, el crujido de las sábanas de hilo egipcio y la sensación pegajosa de la crema solar en la piel cuando decidió disfrutar el fin de semana con la princesa árabe en uno de sus tantos yates en las Baleares. —Ella se entusiasmó con todo —contestó obviamente su padre, con un tono aceitoso que le revolvió el estómago. —Ya me dolió el alma… Oye, Meck. No sé si pueda perdonarte… —Nos envió un regalo. Una prueba de amistad… —dijo el padre enseñándole la foto… La chica encima de una cama rodeada de 45 lingotes de oro, el brillo dorado reflejándose en su piel sudorosa bajo luces tenues. —Con soda y limón —comentó Kim con voz ronca… Esa era una chica preparada genéticamente para disfrutarla en un largo fin de semana… El sabor amargo del whisky le quemó la garganta al tragar. ⏩⏩⏩⏩ Joya… Una pared de freno le nubló la mirada, el corazón latiéndole en los oídos como un tambor desbocado. Un susto por allá le hizo apurar el whisky, el líquido ardiente bajando como fuego líquido. ¿Había un impacto?… ¿Sería real? El aire olía a desinfectante y a café quemado del pasillo. Minutos después estaba en su oficina, el zumbido constante del ventilador de techo rozándole la piel erizada. La chica estaba bien. Y valía 20 000 millones… No podía dejar de pensar en Joya. No podía dejar de pensar en Joya y… No podía dejar de pensar en Joya. La médica… Fue un derechazo sin compasión al mentón, el golpe seco resonando en su pecho. Kim vio su teléfono… Tamborileó los dedos encima del escritorio, el sonido rítmico y nervioso contra la madera pulida… Al rato, en un Toruk eléctrico asignado a su oficina, marchaba en automático hacia el hospital, el ronroneo suave del motor eléctrico vibrando en sus muslos, el aire acondicionado soplando olor a plástico nuevo y a su propio perfume caro. —¿Qué le digo?… ¿Cómo me aparezco? No debo asustarla —murmuraba mientras se dirigía al hospital, el cuero del asiento pegándosele a la espalda por el sudor de los nervios… A ver. Son las 10:30 a. m… Esperaré que sea mediodía. Si eso es… No… La esperaré a las 8 p. m… Eso es… La invitaré a cenar… Un amigo. No. Amigo no… Sí. A la noche. Que no me vea como un acosador. Capítulo II Joya trastabilló caminando, el tacón resonando seco contra el piso de vinilo gastado. Desesperada buscó sus lentes, para encontrar que los tenía en el pelo, el metal frío rozándole la frente caliente. Pero eso no era nada. Era ese chofer que en un santiamén había aparecido para trastornar su vida, tenerla lela en toda la mañana, el pulso acelerado latiéndole en las sienes. —Oye… —Oye… Tambó está muy dolido. Pasaste 4 veces por delante de él y ni lo viste —anunció una amiga entre el corre corre de las visitas a los pabellones, el olor a yodo y sangre seca flotando en el aire.



—No lo vi… —dijo sonámbula, mientras revisaba unos signos de un anciano, quien preocupado veía a la distraída doctora, su aliento agrio rozándole la cara. —Oye, no seas cruel. Ya no halla la manera de enviarte señales… —Creo que no aprobé ese curso —contestó disgustada y vio al final del pasillo al motivo de su disgusto, el fluorescente parpadeando sobre su cabeza como un latigazo de luz blanca. —¡Ah, vamos! —dijo con ira, acomodándose mejor sus lentes, el plástico caliente contra sus dedos sudorosos. Era un sinvergüenza abusador y no tomaba ninguna distancia… Estaba parado en el amplio dintel separador de los pasillos. Se mostraba tal un showroom ante las boquiabiertas enfermeras, el aroma sutil de su colonia cara cortando el hedor hospitalario como un cuchillo. —Creo que empezamos mal y estamos peor —dijo con los brazos cruzados y entrecerrando los ojos, el pulso latiéndole visible en el cuello. Era un maldito. Había visto en su profesión hombres bellos, hombres atléticos, hombres interesantes, hombres groseros, sexys. El grandísimo problema es que este chofer era todo eso, y con dos autopistas de ventaja… El calor le subía por el pecho, la bata pegándosele a la espalda. —Bueno. No quiero que pienses mal de mí —dijo él acercándose fascinado con ella. Su pelo recogido, lentes, todo lo demás en comparación con la chica de la fotografía, el roce de su aliento cálido contra su oreja. —Pues precisamente eso es lo que hago. No me gustan interrupciones en mi trabajo —dijo ella sinceramente disgustada, el corazón golpeándole las costillas. Pues si seguía apareciendo, no podía concentrarse en sus labores… —Supongo que debo llevarla a almorzar —dijo él, haciendo caso omiso al sitio y los presentes que veían el evolucionar de ambos, totalmente abstraídos al sitio donde estaban, el murmullo de voces y pitidos de monitores de fondo. —Pues si va a limpiar el piso para pagar la comida… —contestó ella dando un paso atrás. Le estaba faltando el aire con ese cretino, el oxígeno escaso y caliente. Dos pensamientos de los más sucios cruzaron en un instante su mente, el calor subiéndole por la nuca. —No fue así. Se me olvidó la cartera… Joya vio por los laterales y vio cómo a sus colegas disimulaban que no veían nada. Todos estaban cortando y cosiendo… Parecían chicos de liceo, el olor metálico de la sangre fresca en el aire. Lamentó que Tambó viera también… Pero… Con eso la dejaría en paz por un tiempo. Pero este no atendía razones. Estaba plantado ante ella y solo quería su única atención. Ni le importaba el ambiente, ni su trabajo, ni nada. Solo ella… —¿Y bien? —preguntó sin creérselo todavía… ¿En dónde había estado este hombre todo este tiempo? ¿Tenía novia, amiga, compañera, amante? Y la que estaba a punto de caer, que no era otra que ella misma… El pulso le retumbaba en los oídos. —Esperaré para invitarte a almorzar. Algo sencillo. Unas hamburguesas en el Wendy’s. Ella asintió con ironía, el sabor metálico de la bilis subiéndole a la boca… —Bien, bueno… —Bien, bueno… —dijo por lo bajo. No le alcanzaba el sueldo… Únicamente hamburguesas. Se sintió pensando que compartirían la cuenta. Estaba perdida de regalada, el estómago rugiendo de anticipación y nervios. Kim suspiró, el aliento caliente escapando entre sus labios. No pudo soportar esperar hasta la noche y estaba pensando seriamente tirarse de cabeza para que lo hospitalizaran y estar más tiempo con ella, el sabor de la adrenalina amarga en la lengua.

miércoles, 21 de enero de 2026

El Retorno de Maria Serena.Final

Novelas Por Capitulos

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https://e999erpc55autopublicado.blogspot.com/2026/01/camino-del-llanonueva-era.html?m=1


### Capítulo 4: La Alianza de las Sombras Eternas María Serena salió del remolque de Ruiz con el corazón latiendo como un tambor de guerra. A sus 19 años, la bella novicia dominica —con su piel blanca heredada de ancestros hispanicos, ojos negros profundos como pozos sin fondo y una figura esbelta que aún conservaba la inocencia de la juventud— no había imaginado que su vocación la llevaría a esto.


Había ingresado al convento hacía apenas un año, huyendo de un pasado turbulento en las calles de cualquier sitio, donde el narco había devorado a su familia.



Ahora, en Detroit, servía como enfermera voluntaria en la clínica de Mexicantown, reemplazando a la sor Elena Vargas, quien había sido trasladada repentinamente por la madre superiora Clara. "Eres joven, pero fuerte", le había dicho Clara al asignarla. Pero María no se sentía fuerte esa noche. El aire de Hamtramck era espeso, cargado de un frío que se colaba bajo su hábito ligero, y la sensación de ser observada era como dedos helados recorriendo su espina dorsal. Caminó rápido por las calles oscuras, el relicario con la astilla de la Vera Cruz apretado en su mano. Ruiz le había prometido un aliado: un exdetective motivado por la pérdida de su hija. Pero ¿bastaría?

No sabía a qué se enfrentaba.

El fantasma —el Dr. Harlan Crowe— y su socio vivo, el Cazador, parecían invencibles. Y ahora, con Aisha Thompson en peligro, cada segundo contaba. María aceleró el paso, sus zapatos gastados chapoteando en charcos de agua sucia. No vio la figura en el tejado, ni oyó el clic suave de la mira del rifle. Pero Crowe sí la vio. Y sonrió en la oscuridad.
En el sótano de Brightmoor, Marcus Hale limpiaba el cuchillo oxidado con un trapo empapado en alcohol. La sangre de su propio corte ya se había secado, dejando una costra roja que picaba como un recordatorio placentero. El fantasma flotaba cerca, su forma espectral ondulando como humo negro. Pero esa noche, no estaban solos. Una nueva presencia se materializó en el rincón más oscuro del sótano: una mujer de belleza sobrenatural, con piel pálida como la luna, cabello negro azabache cayendo en ondas perfectas hasta la cintura, y ojos verdes que brillaban con un fuego antiguo. Vestía un traje colonial raído, como de una dama española del siglo XVII, con encajes manchados de tierra y sangre seca. Era Ximena , una figura diabólica encarnada de la antigua América colonial. Ximena no era un fantasma común.Se decía que Había sido una bruja en la Capitanía General, ejecutada en algún año durante una purga inquisitorial en Moron. Acusada de pactar con el diablo, de envenenar a maridos infieles y de devorar almas de niños no bautizados, su ejecución no la había destruido. Al contrario: el diablo la había reclamado, encarnándola en una forma eterna, hermosa y maligna. Vagaba por siglos, atrayendo a hombres débiles con su belleza, susurrándoles secretos oscuros que los llevaban a la ruina. Buscando la manera de robar los limones del Nazareno .Esa era una de las teorías; quizás la verdad fuera más cerca del mal en su inmensa y sobrenatural dimensión.

En los 2000s, había encontrado a Crowe en las ruinas de Eloise, atraída por su sadismo. Ahora, formaban una tríada con Hale: el fantasma el cerebro, Hale el brazo ejecutor, y Ximena la seductora que manipulaba las mentes y los cuerpos.
—*La novicia es fresca* —siseó Ximena, su voz un ronroneo seductor con acento colonial español—. *Piel suave, fe intacta. Romperla será un deleite.* Hale levantó la vista, hipnotizado por su belleza. Siempre que Ximena aparecía, sentía un calor en la entrepierna, un deseo mezclado con terror. Ella lo había encontrado en un bar años atrás, susurrándole promesas de poder. "Únete a nosotros", le había dicho, y él había obedecido. Crowe flotó hacia ella, su bata rozando la falda de Ximena. —*Ella reza. Como tú rezabas antes de quemar, bruja.* Ximena rió, un sonido como cristales rompiéndose. —*La oración es el preludio del grito. Hagamos que su Dios la abandone.* Los tres planearon. Aisha sería el cebo. Hale la capturaría esa noche en Joy Road. Ximena usaría su encanto diabólico para confundir a cualquier testigo, borrando memorias con visiones de placer prohibido. Crowe guiaría el ritual: un corte más profundo, símbolos que invocaran fuerzas antiguas. Y María Serena... ella sería el premio final. Hale salió del sótano con la mochila lista. El cuchillo, la cuerda, el cloroformo. Caminó por las calles abandonadas,




el fantasma y Ximena siguiéndole como sombras vivas. Joy Road era un tramo desolado: faroles rotos, casas con ventanas tapiadas, perros callejeros husmeando basura. Aisha Thompson salía de su turno en la tienda de comestibles a las 10:30 p.m. exactas. Quince años, trenzas largas, uniforme escolar bajo el abrigo raído. Caminaba con auriculares, tarareando una canción gospel que su madre le había enseñado.
Hale la esperó en un callejón. Cuando pasó, saltó. La mano sobre la boca, el cloroformo presionado. Aisha pataleó, sus uñas arañando el brazo de Hale, dejando surcos sangrientos. Pero era pequeña, débil. Se desmayó en segundos. La arrastró a un lote vacío detrás de una iglesia abandonada. El lugar perfecto: cruces rotas en el suelo, como una burla al cielo. Ximena se materializó primero, tocando la frente de Aisha para mantenerla en un trance semiconsciente.
"Sueña conmigo, niña", susurró.

Aisha abrió los ojos, vidriosos, y vio a Ximena como una madre amorosa, no como el demonio que era.
Crowe flotó sobre ellas. —*Empieza por los ojos. Quiero que vea su propia ruina.* Hale sacó el cuchillo. Rasgó la blusa de Aisha, exponiendo piel negra suave, marcada por un tatuaje casero de una cruz en el hombro. El primer corte fue en el pecho: una línea horizontal, sangre brotando en un río rojo que corría por su torso. Aisha gritó, pero Ximena ahogó el sonido con un beso espectral, succionando el aire de sus pulmones. El grito se convirtió en un gemido ahogado. Hale cortó más profundo, abriendo el abdomen como un sobre. Los intestinos se derramaron, calientes y resbaladizos, enredándose en sus manos enguantadas. Aisha convulsionó, vómito sanguinolento saliendo de su boca. Hale metió los dedos en la herida, palpando el hígado, el estómago. Sacó un trozo de intestino y lo mordió, el sabor salado y metálico llenando su boca. "Para ti, maestro", dijo a Crowe, escupiendo el bocado al fantasma, que lo absorbió como humo. Ximena rió, inclinándose para lamer la sangre del rostro de Aisha.
"Tan pura... tan deliciosa." Sus dientes, afilados como colmillos, mordieron el cuello de la niña, arrancando un pedazo de carne. Sangre arterial salpicó la pared de la iglesia, formando patrones que parecían runas coloniales: símbolos de la Inquisición invertidos, cruces con serpientes enredadas. Crowe guió el ritual.
"Talla mi marca."
Hale grabó la espiral en la frente de Aisha, el cuchillo raspando hueso. La niña jadeaba, ojos desorbitados, lágrimas mezclándose con sangre.
"Mamá... Jesús...", susurró.
Ximena se burló:
"Tu Jesús me quemó una vez. Ahora yo quemo a sus fieles." El final fue lento. Hale estranguló a Aisha con sus propias entrañas, enrollándolas alrededor del cuello como una soga orgánica. El cuerpo se arqueó, orina y heces saliendo en un último espasmo. Cuando murió, los tres se alimentaron: Crowe de la alma, Ximena de la esencia vital, Hale del cuerpo tibio. Dejaron el cadáver expuesto, con un mensaje tallado en el pecho: "PARA LA NOVICIA".





#@#@#@# María Serena llegó al convento pasada la medianoche. El lugar estaba silencioso, las otras hermanas dormidas. Pero en su celda, encontró una sorpresa: la madre Clara esperándola, sentada en la cama con expresión severa. —¿Dónde has estado, María? María tragó saliva. Su belleza juvenil, con labios carnosos y mejillas sonrosadas, no ablandaba a Clara. —Atendiendo a los necesitados, madre. Clara se levantó, su hábito crujiendo. —Mentir es pecado. Sé que has estado husmeando en asuntos del Cazador. La Iglesia no lo permite. Eres una novicia, no una guerrera. Vuelve a tus oraciones. María sintió ira.
"Pero hay un mal real ahí fuera. Un fantasma, un asesino... y ahora algo peor." Clara la miró con lástima. —Sueños de niña. Mañana te reasigno. No más clínica. María protestó, pero Clara salió, cerrando la puerta con llave desde fuera.
"Por tu bien." Sola, María se arrodilló para rezar. Pero el susurro volvió, más fuerte. —*Ven a mí, bella flor. Únete o sufre.* María abrió los ojos. En el espejo de la celda, vio a Ximena: hermosa, seductora, extendiendo una mano. —*Soy Ximena. Te ofrezco placer eterno. O dolor infinito.*- María retrocedió. El espejo se agrietó solo, y de la grieta salió sangre, goteando al suelo. Formó palabras:
"AISHA ESTÁ MUERTA". María gritó. Corrió a la puerta, golpeándola. Clara volvió, abrió, y vio el caos. —¿Qué has hecho? —No yo... ellas. Clara la abofeteó.
"Delirios. Mañana al psiquiatra." María escapó esa noche, saltando por la ventana. Corrió a la clínica, donde encontró un mensaje en la puerta: una foto de Aisha, mutilada, con sangre fresca. Lloró, pero se endureció. Llamó a Ruiz desde el teléfono desechable. —Venga ahora. Han matado a Aisha. Ruiz llegó en media hora, con el exdetective: un hombre llamado Jameson, 50 años, ojos hundidos por el alcohol y el duelo. Su hija había sido víctima de un asesino similar años atrás. —Esto es personal —gruñó Jameson, cargando su arma. Ruiz explicó:
"No es solo Crowe y Hale. Hay una tercera: Ximena, una diablesa colonial. La he estudiado en grimorios. Fue quemada por brujería, pero volvió. Seduce, corrompe, devora." María sintió un frío en el vientre.
"Se quien es. Me ha perseguido....desde hace algún tiempo.Me vio en el espejo." Jameson maldijo.
"Entonces te quieren. Usémoslo como cebo.Y a ver cómo nos quitamos la policía de encima.Van a empezar averiguar por esa marca en la frente de Aisha...A veces son eficientes". Planeaban en la clínica vacía. Ruiz dibujó símbolos protectores en el suelo con sal y sangre de cordero. Jameson revisaba su pistola. María rezaba, su belleza iluminada por una vela, atrayendo sombras. Pero fuera, en la oscuridad, Ximena observaba.
"La novicia es mía", susurró a Crowe y Hale, ocultos cerca. "Su virginidad será mi festín." El ataque vino al amanecer. Hale irrumpió por la puerta trasera, cuchillo en mano. Jameson disparó, pero la bala pasó a través de Crowe, quien poseía temporalmente a Hale, multiplicando su fuerza. Hale apuñaló a Jameson en el hombro, sangre salpicando. Ruiz roció agua bendita, quemando a Ximena, quien gritó como una banshee. Ximena se abalanzó sobre María, sus uñas clavándose en los brazos de la novicia, rasgando carne.
"¡Bésame!", ordenó, labios rojos presionando los de María. El beso fue veneno: visiones de placer prohibido, cuerpos entrelazados en orgías coloniales, sangre y éxtasis. María luchó, mordiendo el labio de Ximena, sangre negra brotando.
"¡En nombre de Cristo!", gritó, empujándola con el relicario. Ximena retrocedió, piel burbujeando. Hale cargó, pero Ruiz lo tackling, el cuchillo cayendo. Jameson, herido, disparó a Hale en la pierna. Sangre roja empapando el suelo. Crowe rugió:
"¡No acabará aquí!" Los malignos huyeron, dejando caos. María, sangrando, miró a Ruiz. —Debemos ir a Eloise. Acabarlo allí.Esto es una torta..A lo lejos se escucharon las sirenad Ruiz asintió.

"Mañana. O moriremos todos." ( **Fin del Capítulo 4**




### Capítulo 5: El Banquete de Eloise María Serena no durmió. La clínica comunitaria, ahora un refugio improvisado, olía a sangre seca y pólvora quemada. Jameson, el exdetective, vendaba su hombro herido con gruñidos de dolor, la bala de Hale había rozado hueso, dejando un surco rojo que supuraba pus amarillo. Ruiz rezaba en voz baja sobre un mapa de Eloise, trazando rutas con carbón bendito. María, con sus 19 años y su belleza aún intacta pese a los arañazos de Ximena en los brazos —líneas rojas que ardían como fuego—, se sentía pequeña en medio de ellos. Pero su fe era un escudo. O eso esperaba.
4 horas de interrogatorio de la policía.Una orden de no salir de la ciudad y una cita para un próximo interrogatorio. Al amanecer, partieron. El viejo sedán de Jameson rugía por las calles vacías de Detroit, pasando lotes donde el cuerpo de Aisha aún yacía descubierto . María cerró los ojos, pero las imágenes la asaltaban: la niña abierta en canal, entrañas expuestas al frío, el mensaje tallado en carne fresca. "PARA LA NOVICIA". Tenía que acabar esto. Eloise los esperaba como una bestia herida. El asilo abandonado se erguía en Westland,



un laberinto de alas derruidas, pasillos inundados y salas donde ecos de locos antiguos aún resonaban. Entraron por una brecha en la valla, linternas cortando la niebla matutina. El aire era espeso, con olor a moho, orina vieja y algo peor: carne podrida. Ruiz lideraba.
"El núcleo está en el pabellón quirúrgico. Ahí Crowe hacía sus... experimentos." Avanzaron por pasillos donde camillas oxidadas yacían volcadas, correas de cuero colgando como lenguas secas. María pisó algo blando: un dedo humano, momificado, rodando bajo su zapato. Se santiguó, pero siguió. En el sótano principal —el corazón de Eloise—, los encontraron esperándolos. Crowe flotaba en el centro de una sala circular, mesas de operaciones manchadas de óxido y sangre centenaria. Hale estaba encadenado a una pared, pero no como prisionero: voluntario, sonrisa maníaca, pierna herida envuelta en trapos sucios que rezumaban sangre coagulada. Y Ximena... la diablesa colonial se pavoneaba como una reina, su vestido raído ondeando sin viento, belleza letal con ojos verdes que prometían éxtasis y agonía. Pero no estaban solos. En el centro, sobre una mesa de autopsias improvisada, yacía una nueva víctima: una mujer latina de unos 30 años, capturada esa madrugada. Se llamaba Rosa Mendoza, madre soltera, inmigrante sin papeles que Hale había raptado de un parada de autobús. Estaba viva, semiconsciente, atada con correas de cuero que cortaban su piel, dejando surcos rojos que goteaban. Desnuda, su cuerpo moreno temblaba en el frío, pechos subiendo y bajando con respiraciones aterrorizadas. Sus ojos, inyectados en sangre, suplicaban misericordia. —*Bienvenidos al banquete* —ronroneó Ximena, lamiéndose los labios—. *La novicia llega justo a tiempo. Mira cómo honramos a los antiguos.* Crowe extendió brazos espectrales. "Este ritual invocará lo que fui en vida. Y más. Con sangre fresca, romperemos el velo." Hale rió, rompiendo sus cadenas con fuerza poseída. Agarró el bisturí antiguo —el ancla de Crowe— y se acercó a Rosa. El ritual comenzó. Gore sin piedad, un festín de carne y sufrimiento que María nunca olvidaría. Hale empezó por los pies. Cortó los tendones de Aquiles con precisión quirúrgica, el bisturí serrando hueso con un crujido húmedo. Rosa despertó gritando, un aullido primal que rebotó en las paredes. Sangre arterial brotó en chorros altos, salpicando el suelo y las botas de Jameson. Los pies de Rosa se retorcieron inútiles, carne abierta exponiendo tendones blancos y rosados, como gusanos vivos. Ximena se inclinó, lengua larga y bifurcada lamiendo la sangre de los tobillos.
"Dulce como miel colonial", susurró, mordiendo un dedo del pie y arrancándolo de un tirón. Cartílago crujió, hueso se partió. Rosa convulsionó, orina caliente saliendo en un chorro incontrolable, mezclándose con sangre en un charco viscoso. Crowe flotó sobre ella, manos espectrales hundiéndose en su pecho sin cortar piel. Rosa jadeó, ojos desorbitados, mientras el fantasma palpaba su corazón latiendo. "Siente cómo lo aprieto", siseó. El órgano se contrajo visiblemente bajo la piel, venas hinchándose, pecho arqueándose en agonía. Rosa vomitó bilis sanguinolenta, salpicando su propio rostro. Hale subió. Cortó los muslos en espirales, pelando piel como cáscara de naranja. Capas de dermis y grasa amarilla se desprendieron en tiras largas, exponiendo músculo rojo pulsante. Sangre corría en ríos, empapando la mesa. Insertó dedos en las heridas, arrancando trozos de músculo y comiéndolos crudos, masticando con sonidos húmedos, jugos rojos chorreando por su barbilla cicatrizada. Ximena se unió, uñas clavándose en los pechos de Rosa. Arañó profundo, desgarrando glándulas mamarias, leche materna (Rosa había amamantado recientemente) mezclándose con sangre en un fluido rosado. Mordió un pezón, arrancándolo, masticando mientras Rosa berreaba, cuerpo convulsionando en espasmos. El abdomen fue lo peor. Hale abrió un corte desde pubis hasta esternón, bisturí serrando costillas con crujidos óseos. La piel se separó como cortinas, revelando peritoneo brillando. Metió ambas manos, sacando intestinos en puñados resbaladizos, enrollándolos alrededor del cuello de Rosa como un collar vivo. Los órganos palpitaban aún, peristaltismo continuando en vano. Rosa gorgoteó, heces saliendo de los intestinos expuestos, olor fétido llenando la sala. Crowe succionó alma parcial: Rosa envejeció visiblemente, piel arrugándose, cabello encaneciendo mientras el fantasma bebía. Ximena lamió el útero expuesto, lengua perforando, succionando fluidos amnióticos residuales. "Fertilidad robada", rió. Hale talló símbolos: espirales en hígado, cruces invertidas en riñones, runas coloniales en el corazón expuesto. Sacó el útero entero, cortando vasos con tijeras oxidadas, sangre pulsátil brotando. Lo levantó como trofeo, mordiendo placenta residual. Rosa aún vivía, jadeando, ojos suplicando. El final: Hale estranguló con intestinos, apretando hasta que ojos estallaron en hemorragias, lengua hinchándose púrpura. Un último espasmo, vejiga e intestinos vaciándose en un chorro final. El cuerpo quedó como una cáscara vacía, órganos dispersos, sangre formando un pentagrama en el suelo.
No habían podido ayudar..una fuerza maligna los había inmovilizado.. luego del macabro ritual el grupo recupero la movilidad. María vomitó, pero Ruiz la empujó adelante. Jameson disparó a Hale, bala en el pecho, sangre salpicando. Hale cayó, pero Crowe lo levantó, posesión total. Ximena cargó contra María, beso venenoso, uñas rasgando hábito y piel, sangre virginal brotando.
"¡Tu pureza es mía!" María resistió, relicario quemando a Ximena. Ruiz exorcizaba, agua bendita hirviendo piel de Hale. Jameson recargaba. La batalla rugía. Crowe invocaba sombras, pero María rezaba, voz fuerte rompiendo el velo. Hale sangraba profusamente, pero atacaba. Ximena arañaba, dejando surcos que supuraban veneno negro. Cliffhanger: Crowe abrió un portal menor, sombras arrastrando a Jameson.
"¿Quién muere primero?"-- dijo mientras las sombras todo lo envolvian

### Capítulo 6: La Corrupción de la Novicia.

En un tiempo....real?... El convento dominico de Mexicantown nunca había parecido tan frágil. Era una construcción de ladrillo rojo del siglo XIX, con ventanas altas de vidrio emplomado que filtraban la luna en cuadrados azules y rojos sobre el pasillo central. Pero esa noche del 21 de enero de 2026, la luz parecía sangre diluida. María Serena se había refugiado allí después del horror de Eloise, con el hábito rasgado en los brazos donde Ximena la había marcado, las heridas supurando un pus negro que olía a azufre y jazmín podrido. Ruiz la había llevado de vuelta en el sedán destrozado de Jameson; el exdetective conducía con una mano en el volante y la otra presionando la herida del hombro, sangre empapando la camisa hasta la cintura. “Quédate aquí”, le había dicho Ruiz. “El convento es terreno consagrado. Ellos no entrarán fácilmente.” Pero María Serena sabía que no era verdad. Nada era sagrado para lo que los perseguía. Se encerró en su celda pequeña: cama estrecha, crucifijo de madera sobre la pared, un lavabo con espejo empañado. Se quitó el hábito con manos temblorosas. La piel olivácea de su cuerpo joven estaba marcada: arañazos profundos en los antebrazos, moretones en forma de dedos en las caderas, y en el vientre bajo, una espiral tallada con uña que sangraba despacio. Se miró en el espejo y lloró. A sus 19 años, su belleza —pómulos altos, labios carnosos, ojos negros que parecían contener toda la tristeza de México— ahora le parecía una maldición. No oyó llegar a Ximena. La diablesa colonial no entró por la puerta. Apareció en el reflejo del espejo, primero como un borrón oscuro, luego como una mujer de carne y hueso: piel pálida como pergamino viejo, cabello negro cayendo en cascadas perfectas, vestido colonial con encajes rotos que dejaba ver pechos altos y firmes. Sus ojos verdes brillaban con hambre antigua. Sonrió, dientes blancos y afilados. —*No llores, mi flor* —susurró Ximena, voz ronca y seductora, como miel envenenada—. *Tu pureza es lo único que te queda. Y yo la quiero.* María retrocedió hasta chocar con la cama. El espejo se onduló como agua. Ximena salió del cristal, cuerpo materializándose en la celda: olor a jazmín marchito y sangre menstrual. Caminó descalza, dejando huellas húmedas en el suelo de madera. —No te acerques —dijo María, voz quebrada, agarrando el rosario. Ximena rió suavemente. —*Crowe y Hale me enviaron. Quieren que te rompa antes de que puedas enfrentarlos. Tu virginidad es su debilidad. Si la pierdes… tu fe se agrieta. Y sin fe, no puedes exorcizarlos.* Se acercó. María sintió calor en el vientre, un deseo repugnante que no era suyo. Ximena extendió una mano, uñas largas rozando la mejilla de la novicia. La piel ardió como si la tocaran brasas. —*Mírame* —ordenó Ximena. María obedeció. Los ojos verdes se volvieron hipnóticos. Visiones la inundaron: cuerpos entrelazados en orgías coloniales, mujeres gritando de placer y dolor, sangre lubricando pieles, lenguas lamiendo heridas abiertas. Vio su propio cuerpo, desnudo, arqueándose bajo Ximena, pechos apretados contra pechos, caderas moviéndose en un ritmo pecaminoso. Sintió humedad entre sus piernas, traición de su propio cuerpo. —No… —gimió.
-- No tienes fe.Eres débil. Eres una puta deseando ser más puta Ximena la empujó contra la pared. Besó su cuello, dientes raspando piel, dejando marcas rojas. Bajó la mano, deslizándola bajo el camisón blanco de María. Dedos fríos encontraron el calor húmedo entre sus muslos. María jadeó, cuerpo traicionándola, caderas moviéndose involuntariamente. —*Siente cómo te desea tu carne* —susurró Ximena—. *Crowe quiere tu alma. Hale quiere tu cuerpo. Yo quiero tu vergüenza.Recuerda como allá en el llano, te gustaba como Chantal,Villarroel y los demás disfrutaban mientras hacíamos el amor, un perfecto cuukold colonial* Insertó dos dedos, curvándolos. María gritó, mezcla de placer y horror. Sangre de las heridas en los brazos goteaba al suelo. Ximena mordió su hombro, arrancando un pedazo de carne, masticando despacio mientras sus dedos se movían más rápido. María convulsionó, lágrimas cayendo, pero su cuerpo alcanzó el clímax: un espasmo violento, humedad caliente empapando la mano de la diablesa. Cuando Ximena se apartó, María cayó de rodillas, sollozando. Miró entre sus piernas: sangre virginal mezclada con fluidos, manchando el suelo. El himen roto. La pureza perdida. —*Ahora ya no puedes enfrentar al fantasma* —dijo Ximena, lamiendo sus dedos—. *Tu fe está manchada. Eres como yo.Ademas.Cual virginidad? Desde hace siglos no le eres,siempre has sido mia* Desapareció en humo negro, dejando a María temblando en el suelo, desnuda y rota. Pero el ataque real comenzó minutos después. Fuera del convento, Crowe, Hale y Ximena se materializaron en la noche. Crowe flotaba, bata raída goteando sangre espectral. Hale cojeaba, pierna herida envuelta en trapos negros, cuchillo en mano. Ximena caminaba entre ellos, hermosa y letal. No buscaban a María. Buscaban los limones sanadores. En el patio trasero del convento crecía un limonero antiguo, plantado por las primeras monjas dominicas en 1890, hijo de aquel famoso limonero del Nazareno,allá perdidos en el tiempo de aquella pequeña ciudad colonial. Los limones eran amarillos, pero tenían una propiedad sobrenatural: cuando se exprimían sobre heridas malignas, quemaban la carne poseída, debilitaban espíritus atados. Ruiz lo había descubierto en grimorios antiguos. Los limones eran la única arma real contra Crowe y Ximena. Crowe lo sabía. Por eso habían venido. El trío irrumpió. Hale rompió la puerta principal con el hombro, madera astillándose. Monjas gritaron en los pasillos. Madre Clara salió con un crucifijo, pero Hale la empujó contra la pared, cuchillo en su garganta. —Los limones —gruñó—. Dónde? Clara escupió sangre. —Vete al infierno. Hale le cortó la mejilla, carne abriéndose en un tajo profundo. Sangre corrió por su hábito. Ximena flotó hacia el patio trasero. Crowe la siguió. Encontraron el limonero: ramas cargadas de frutos amarillos que brillaban ligeramente en la oscuridad, como si contuvieran luz propia. Crowe extendió manos espectrales. Los limones comenzaron a pudrirse en las ramas: piel arrugándose, jugo negro goteando, olor a podredumbre llenando el aire. Pero María apareció en la puerta del patio, camisón manchado de sangre, ojos enrojecidos. —No los toquen —dijo, voz temblorosa pero firme. Ximena rió. —*Ya estás rota, novicia. Tu pureza se derramó en mi mano. Eres de nuestro equipo*-- se burló el ente. María sintió vergüenza ardiente, pero levantó el rosario. —Dios perdona. Siempre. Crowe rugió. Hale cargó contra ella, cuchillo alzado. Entonces Jameson apareció desde las sombras del pasillo. El exdetective, sangrando profusamente del hombro, pistola en mano. Había seguido al trío desde Eloise, oculto en la oscuridad. Disparó seis veces. Balas atravesaron a Hale, pecho y abdomen explotando en rosas rojas. Hale cayó de rodillas, intestinos asomando por un agujero en el estómago, humeantes en el frío. Intentó arrastrarse, pero Jameson se acercó, pisó su mano. —Esto es por mi hija —dijo, voz rota. Apuntó a la cabeza de Hale y disparó. El cráneo explotó en una lluvia de hueso y cerebro, materia gris salpicando las paredes. Hale se desplomó, muerto. Crowe aulló, furioso. Ximena cargó contra Jameson, uñas extendidas. Rasgó su pecho, carne abriéndose en tiras largas, costillas visibles, pulmones expuestos palpitando. Jameson tosió sangre, pero agarró un limón del suelo —uno que no se había podrido aún— y lo apretó contra la cara de Ximena. El jugo quemó. Piel burbujeando, carne derritiéndose como cera. Ximena gritó, un sonido inhumano que rompió vidrios. Retrocedió, mitad de su rostro derretido, ojo colgando por un nervio. Crowe flotó hacia María. —*Tu fe es mentira. Ya no eres pura.* María tembló, pero apretó el rosario. —Soy pecadora. Pero Él me ama igual. Crowe atacó, manos espectrales hundiéndose en su pecho. María sintió frío mortal, alma siendo arrancada. Pero Jameson, moribundo, se arrastró hasta ella. Con su última fuerza, exprimió otro limón sobre la cabeza de Crowe. El fantasma ardió. Carne espectral chisporroteando, bata humeando. Gritó, disipándose en niebla negra. Ximena, desfigurada, huyó hacia la oscuridad del patio, dejando un rastro de carne quemada. Jameson cayó de rodillas frente a María. Sangre brotaba de su boca. —Vive… niña. Vive. Murió con los ojos abiertos, mirando al cielo. María se arrodilló junto a él, llorando. Ruiz llegó corriendo, tarde. El convento estaba en silencio. Limones pudriéndose en el suelo. Hale muerto en un charco de sus propios intestinos. Crowe debilitado, Ximena huida. Pero María sabía que no había terminado. La corrupción estaba dentro de ella. La vergüenza. El placer forzado. Se miró las manos manchadas de sangre y limón. —Dios… perdóname —susurró. La noche se cerró sobre Detroit como una mortaja. ( **Fin del Capítulo 6** ### Capítulo 7 (La Obsesión que Devora el Alma María Serena ya no rezaba. No podía. Cada vez que intentaba mover los labios para formar un “Ave María”, sentía la lengua de Ximena invadiendo su boca, saboreando su saliva como si fuera vino consagrado robado. El convento, que antes olía a incienso y cera vieja, ahora apestaba a ella: jazmín podrido mezclado con el hedor metálico de sangre menstrual y semen espectral. Las paredes parecían sudar un líquido negro que goteaba despacio, dejando surcos como lágrimas de alquitrán. La novicia de 19 años se había convertido en una sombra de sí misma. Dormía poco, y cuando lo hacía, soñaba con Ximena desnudándola capa por capa: primero el hábito, luego la piel, luego la carne, hasta llegar al hueso. En los sueños, Ximena no solo la tocaba; la desollaba viva con uñas que se volvían cuchillas, pelando tiras largas de dermis olivácea mientras le susurraba al oído:
“Mira qué bonita estás por dentro, mi amor. Roja y brillante, como un corazón expuesto”. María despertaba empapada en sudor frío y fluidos propios, las sábanas pegajosas entre las piernas, el sexo hinchado y dolorido como si la hubieran violado durante horas. La obsesión de Ximena ya no era solo sexual. Era devoradora. Quería consumir a María hasta que no quedara nada de la novicia pura que había entrado al convento. Quería que María se mirara al espejo y viera a Ximena reflejada en sus propios ojos. Quería que la chica se odiara tanto que se entregara voluntariamente, que le pidiera más, que suplicara ser corrompida hasta el fondo. La primera violación nocturna llegó sin aviso. María estaba arrodillada en su celda, intentando rezar el rosario con dedos temblorosos. De repente, el aire se volvió denso, caliente, como si alguien hubiera abierto una puerta al infierno. Sintió manos invisibles agarrándola por las muñecas, clavándola al suelo. No eran manos suaves; eran garras que se hundían en la carne, dejando medias lunas sangrientas que supuraban inmediatamente pus negro. —*No luches, mi flor* —susurró Ximena, su voz ahora dentro del cráneo de María, rebotando contra los huesos como un martillo—. *Ya perdiste. Tu pureza se derramó en mi mano. Ahora solo queda el hambre.* María intentó gritar, pero su garganta se cerró. Sintió que algo entraba en ella: no dedos, no lengua, sino una presencia sólida y pulsante que se abría paso entre sus piernas, rasgando tejido interno, estirando paredes que nunca habían sido tocadas de esa forma. Dolor cegador mezclado con un placer enfermo que la hacía arquear la espalda contra su voluntad. Ximena no se conformaba con penetrarla; la llenaba hasta el límite, haciendo que su vientre se hinchara visiblemente, como si estuviera preñada de oscuridad. María sintió que algo se movía dentro, serpenteando, lamiendo desde adentro, succionando su esencia vital. Cuando el orgasmo llegó, fue violento y destructivo. Su cuerpo convulsionó tan fuerte que se mordió la lengua hasta casi arrancársela. Sangre caliente le llenó la boca. Eyaculó un chorro claro mezclado con sangre, empapando el suelo de madera. Ximena rió dentro de su cabeza mientras se retiraba lentamente, dejando un vacío doloroso y un reguero de fluido negro que quemaba la piel como ácido. María se quedó tirada, jadeando, mirando el techo agrietado. Entre sus piernas, la carne estaba hinchada, lacerada, con marcas de dientes invisibles en los labios mayores. Se tocó con dedos temblorosos y sintió que algo había cambiado: su clítoris estaba más grande, más sensible, como si Ximena lo hubiera remodelado a su gusto. Los días siguientes fueron un descenso lento al infierno personal. Ximena no necesitaba aparecer físicamente. Estaba dentro. Cada vez que María intentaba lavarse, el agua se volvía caliente y viscosa, como semen espeso. Cuando comía, el pan sabía a carne cruda y jazmín. Cuando caminaba por los pasillos, sentía dedos espectrales subiendo por sus muslos bajo el hábito, abriéndola, penetrándola con cada paso. Llegó a eyacular caminando, el líquido corriendo por sus piernas, dejando un rastro húmedo que las otras monjas miraban con horror y confusión. Ruiz intentó ayudarla. Trajo el relicario mayor, oró sobre ella durante horas. Pero cada vez que la reliquia tocaba su piel, María gritaba como si la quemaran viva. Ximena había tejido su corrupción tan profundo que el contacto con lo sagrado ahora le causaba agonía física. “Tu Dios me rechaza porque ya soy suya”, le susurraba la diablesa. “Y tú también lo serás.” La noche del asalto final, Crowe y el cadáver reanimado de Hale llegaron al convento como una plaga. Hale ya no era humano: la carne se desprendía en jirones, los ojos colgaban por nervios, los intestinos se arrastraban por el suelo dejando un rastro viscoso de pus y heces. Crowe flotaba detrás, su forma espectral más sólida que nunca, bata raída chorreando sangre fresca que olía a hierro y podredumbre. Pero Ximena no vino con ellos. Se quedó con María. En la capilla, sola bajo la luz de las velas, María sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Ximena emergió del centro del altar, desnuda, piel pálida brillando con un sudor aceitoso, pechos pesados goteando leche negra. Su rostro estaba medio derretido aún por el limón, hueso y músculo expuestos en una sonrisa grotesca. —*Última oportunidad, amor mío* —dijo, voz ronca y húmeda—. *Entrégate. Deja que te coma entera. Seremos una sola.* María intentó correr, pero sus piernas no obedecieron. Ximena la agarró por el cabello, tirando su cabeza hacia atrás. La besó con violencia, lengua invadiendo hasta la garganta, saboreando la campanilla. María sintió que se ahogaba en el beso, saliva y sangre mezclándose en su boca. Ximena la empujó contra el altar. Rasgó el hábito con uñas que se volvieron garras, dejando surcos profundos en la espalda de María: carne abierta hasta ver músculo y hueso. Sangre corrió por la columna, caliente y espesa. Ximena lamió la herida, lengua áspera raspando hueso expuesto. María gritó, pero el grito se convirtió en gemido cuando Ximena deslizó una mano entre sus piernas, dedos penetrando profundo, curvándose para tocar puntos que la hacían convulsionar. —*Mírame mientras te rompo* —ordenó Ximena. Forzó a María a abrir los ojos. En el reflejo del cáliz dorado sobre el altar, vio su propio rostro: ojos vidriosos, boca abierta en éxtasis forzado, lágrimas negras corriendo por las mejillas. Ximena la penetró con más fuerza, dedos convirtiéndose en algo más largo, más grueso, serpenteando dentro como una víbora. María sintió que llegaba al útero, que lo perforaba, que lo llenaba de una sustancia caliente y viscosa que quemaba desde dentro. El orgasmo fue cataclísmico. María lo tuvo con fuerza con fuerza, chorros que salpicaron el altar, mezclándose con la sangre que goteaba de su espalda. Su cuerpo se arqueó tanto que oyó vértebras crujir. Cuando terminó, Ximena la soltó. María cayó de rodillas, temblando, sangre y fluidos formando un charco a su alrededor. —*Ahora eres mía* —dijo Ximena, besándola en la frente—. *Tu alma lleva mi marca. Cuando mueras, vendrás conmigo.* Pero en ese momento, Ruiz irrumpió en la capilla con el relicario mayor. La luz de la Vera Cruz brilló cegadora. Ximena gritó, cuerpo convulsionando, piel derritiéndose en capas: primero la cara, revelando cráneo sonriente; luego los pechos, pezones cayendo como fruta podrida; luego el vientre, intestinos espectrales derramándose al suelo en un montón humeante. María, aún temblando, agarró el relicario con manos ensangrentadas y lo presionó contra su propio pecho. El dolor fue insoportable: carne chisporroteando, olor a quemado llenando la capilla. Pero sintió que algo se rompía dentro: la corrupción de Ximena se deshacía como un nudo suelto. Ximena se disolvió en un aullido final, cenizas negras flotando en el aire. Crowe y el cadáver-Hale, debilitados por la luz, huyeron hacia la oscuridad. María se quedó sola en la capilla, desnuda, sangrando, temblando. Miró el crucifijo sobre el altar y susurró: —Perdóname… . Se desmayó en un charco de su propia sangre y vergüenza. El convento quedó en silencio. Pero en los sueños de María, durante años, Ximena aún susurraba: suave, seductora, eterna. ( **Fin del Capítulo 7 –

### Epílogo Final (): La Flor que No Marchita María Serena salió del convento una mañana de finales de invierno, sin que nadie la viera partir. O quizás nunca se fue. Nadie lo sabe con certeza. Caminó por las calles de Mexicantown con un vestido blanco sencillo que había encontrado en un armario del piso superior, donde las monjas antiguas guardaban hábitos que olían a naftalina y a algo más dulce, más prohibido. El vestido le quedaba perfecto, como si hubiera sido hecho para ella. O para alguien que se le parecía mucho. Llegó a la pequeña plaza frente a la iglesia de Nuestra Señora de Guadalupe. Era un domingo cualquiera —quizás el primero de marzo de 2027, quizás años después, el tiempo se había vuelto elástico dentro de su cabeza—. Se sentó en el mismo banco de madera astillada donde solía sentarse la gente antes de que Detroit empezara a comerse a sí misma. Los niños jugaban en el césped amarillento: una niña con trenzas lanzaba una pelota roja, un niño pequeño perseguía palomas que nunca se asustaban del todo. María los miró con una serenidad que no era del todo humana. Su piel olivácea brillaba bajo el sol débil de Detroit, sin una sola cicatriz visible. Los arañazos en espiral de sus brazos habían desaparecido, o quizás nunca habían existido. Sus ojos negros eran profundos, tranquilos, casi luminosos. Sus labios se curvaban en una sonrisa leve, perpetua, que no llegaba a ser feliz ni triste: simplemente estaba allí. Un niño de cinco o seis años se acercó corriendo. Llevaba una flor amarilla en la mano —un diente de león o quizás un limón diminuto que había brotado en algún lugar imposible—. Se la ofreció con timidez. —Para ti, señora bonita. María la tomó. La acercó a su nariz. Aspiró. Olía a limón fresco. Olía a jazmín marchito. Olía a ambas cosas al mismo tiempo. —Gracias —susurró. El niño se fue corriendo de vuelta al juego, riendo. María se quedó allí, con la flor entre los dedos. No la apretó. No la dejó caer. Simplemente la sostuvo, como si fuera lo único sólido en el mundo. El sol se movió. Las sombras de los árboles se alargaron. Los niños siguieron jugando. Una madre llamó a su hijo por su nombre. Una paloma se posó en el respaldo del banco y la miró fijamente, ladeando la cabeza. María no parpadeó. En algún momento —quizás minutos, quizás horas— una brisa suave le revolvió el cabello. La flor amarilla tembló entre sus dedos, pero no se marchitó. Siguió fresca, vibrante, como si acabara de ser arrancada. Nadie sabe qué pasó después. Algunos dicen que María Serena se levantó y caminó hacia la iglesia, que entró por la puerta lateral y nunca salió. Otros juran que se quedó en el banco hasta que anocheció, y que cuando las luces de la plaza se encendieron, el banco estaba vacío, pero la flor seguía allí, intacta sobre la madera. Hay quien asegura que, años más tarde, en la misma plaza, una mujer de belleza imposible —piel muy blanca, ojos negros profundos, sonrisa serena— se sienta los domingos a mirar a los niños jugar. A veces un niño le lleva una flor amarilla. Ella siempre la acepta. Siempre huele a limón y a jazmín al mismo tiempo. ¿Ganó Ximena? ¿María Serena siguió siendo pura, o la corrupción se instaló tan profundo que se volvió indistinguible de la gracia? ¿El convento quedó maldito, o la luz de esa reliquia quemada selló algo que nadie vio? ¿Se perdió María en la depravación, o encontró una paz que trasciende la pureza y el pecado? Nadie responde. Ella está allí, en la plaza. Bella. Serena. Angelical. Los niños juegan. La flor amarilla no se marchita. Y en el viento, quizás, un susurro muy suave: *“Volveré cuando menos lo esperes, amor mío.”* O quizás no sea un susurro. Quizás sea solo el sonido de una pelota rebotando en el césped. Quizás sí. Quizás no.









Y si no fue así?


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María Serena —o quienquiera que fuera ahora— salió del convento en algún momento que nadie registró.





Quizás al amanecer. Quizás al crepúsculo. Quizás nunca salió y siempre estuvo allí, sentada en la plaza, esperando que el tiempo la alcanzara. El vestido blanco que llevaba era demasiado puro para el aire sucio de Detroit: tela ligera que se adhería ligeramente a su piel cuando la brisa la rozaba, como si la tela recordara el tacto de otra piel que no era la suya. Olía a limón recién cortado y, al mismo tiempo, a jazmín que se pudre bajo tierra húmeda. Cuando el sol la tocaba, la tela parecía brillar con luz propia; cuando una sombra la cubría, se volvía traslúcida, dejando entrever contornos que no deberían verse: una espiral sutil en el vientre, un arañazo que desaparecía al mirar directamente. Se sentó en el banco de madera astillada de la plaza frente a Nuestra Señora de Guadalupe. Era domingo. Los niños jugaban en el césped raquítico: risas que sonaban lejanas, como grabadas en un casete viejo, el rebote de una pelota que nunca llegaba del todo al suelo. El aire traía olor a pan dulce de la panadería de la esquina mezclado con gasolina quemada de un coche que pasaba despacio. O quizás el olor a gasolina era jazmín. O quizás no había olor a nada y solo era la memoria de un beso que aún ardía en la nuca. Un joven se detuvo a unos metros. Apenas veintitantos años, cabello negro revuelto por el viento, ojos claros que contrastaban con la piel morena de quien ha crecido entre calles y sol. Camiseta ajustada, vaqueros gastados, una sonrisa fácil que iluminaba la plaza entera. Muy apuesto, de esa belleza limpia y honesta que hace que la gente se gire dos veces sin saber por qué. Llevaba una botella de agua en la mano y una mochila colgada de un hombro, como si acabara de salir de clase o de algún trabajo temporal. La vio. No vio una novicia. No vio cicatrices en espiral que ya no estaban (o que nunca se fueron). No vio la forma en que el vestido blanco se pegaba a sus pechos cuando respiraba, ni la curva sutil de su vientre que parecía contener algo que se movía cuando nadie miraba. Solo vio a una preciosa mujer vestida de blanco, sentada con las manos en el regazo, sosteniendo una flor amarilla que no se marchitaba. Vio serenidad. Vio belleza. Vio algo que le apretó el pecho con una dulzura repentina y honesta. Se enamoró. No fue lujuria. Fue de esos amores que nacen en un segundo y se sienten eternos: el corazón latiendo más fuerte, las manos sudando, la certeza absurda de que esa mujer era lo que había estado buscando sin saberlo. Se acercó despacio, como si temiera romper algo frágil. —Hola… —dijo, voz suave, casi tímida—. ¿Puedo sentarme? María levantó la vista. Sus ojos negros lo miraron sin parpadear. La sonrisa leve se mantuvo, ni más ancha ni más estrecha. Él se sentó a su lado. El banco crujió. El espacio entre ellos era pequeño, pero olía a limón y jazmín al mismo tiempo. Él no lo notó. O quizás sí, y pensó que era el perfume de ella. —Soy Daniel —dijo, extendiendo la mano. María miró la mano. Luego la tomó. Su piel era cálida, suave, humana. La de él tembló ligeramente al tocarla. —María —susurró ella. No dijo más. No necesitaba. Él empezó a hablar: de la universidad, de un trabajo en una cafetería, de cómo le gustaba venir a la plaza los domingos porque los niños jugando le recordaban que el mundo todavía podía ser bueno. Ella escuchaba. O parecía escuchar. Su mirada estaba fija en los niños, en la pelota roja que rebotaba, en el sol que se filtraba entre las hojas. Daniel se enamoró más con cada silencio de ella.Entendio que lo escuchaba solamente por cortesia


No imaginaba como ella podía ser una novicia. No imaginaba que estando consagrada a Dios había sobrevivido a la lujuria infernal y restaurada su pureza. No imaginaba que bajo ese vestido blanco había heridas que se abrían y cerraban solas, que su vientre había sido perforado por dedos que no eran de este mundo, que cada vez que respiraba profundo sentía un susurro húmedo en el oído interno: *
“Él también será mío”*. Se despidieron cuando el sol empezó a bajar. Él le pidió su número. Ella sonrió —la misma sonrisa serena— y dijo:

-- Soy una novicia, estoy consagrada a dios


—Lo se. Volveré el próximo domingo.-- respondió el joven.No podía evitarlo---.Sabia que no tenía oportunidad. Pero era superior a el. Él muchacho se fue caminando hacia atrás, mirándola, sonriendo como un adolescente por primera vez enamorado.
-- Que zipotes estoy haciendo? -- se pregunto. No debía volver.Se sintió estúpido. María se quedó en el banco.Era una lección que debía aprender? .Que clase de prueba era esta? La flor amarilla entre sus dedos no se marchitó.Era una buena señal. Los niños siguieron jugando. El viento trajo un olor a jazmín podrido que nadie más olió. Y en algún lugar muy profundo, dentro del vientre de María —o quizás solo en su mente—, algo se movió. Lento. Satisfecho. Esperando. Daniel no lo sabía aún.Era una chica que todavía no había sido ordenada.Peor aún .Era novicia católica.El era un judío no practicante.... Eso era más allá del imposible círculo cuadrado. Pero volvería el próximo domingo. Y el siguiente. Y el que viniera después. Porque algunas flores no se marchitan. Y algunos amores no nacen para durar en la luz. La plaza quedó vacía al atardecer. O quizás no. La flor amarilla seguía allí. Y los limones del limonero del señor seguían intactos El sagrado poder del perdón, que entendía que la salirse del camino no siempre era renunciar a la Fé María Serena seguía Fresca.Eterna.Viva...Quedó María pura? Y este muchacho. Una tentación maligna o un permiso de amar? ¿Ganó Ximena? ¿El convento maldito? ¿Se perdió ella en la depravación? Quizás sí. Quizás no. Quizás la próxima historia ya empezó, justo en esa plaza, con un joven apuesto que se enamora honestamente de una mujer vestida de blanco que huele a limón ,jazmín , está en dos lugares y tiempos diferentes a la vez. **Fin absoluto de Sombras Sangrientas en las Ruinas de Detroit**











martes, 20 de enero de 2026

El retorno de María Serena).1

### Capítulo 1: Las Sombras Despertadas Detroit, invierno de 2026. La ciudad ya no era solo pobre; era un cadáver que aún respiraba. El viento del río Detroit arrastraba hedor a metal oxidado y aguas fecales, colándose por las grietas de edificios que se derrumbaban como dientes podridos. En el sector este, donde las calles se convertían en laberintos de lotes vacíos y fábricas muertas, se erguía el antiguo asilo Eloise, o lo que quedaba de él: un monstruo de ladrillo rojo y ventanas negras, con alas enteras derrumbadas y techos hundidos que dejaban ver estrellas indiferentes. Dentro de una de esas alas abandonadas, donde el suelo estaba cubierto de escombros y cristales rotos, algo se movía. No era humano. No del todo. El Dr. Harlan Crowe —o lo que quedaba de su alma— flotaba a unos centímetros del suelo. Su forma era una silueta alargada, envuelta en jirones de bata quirúrgica manchada de siglos de sangre seca. La tela se adhería a su carne putrefacta como si aún intentara contener los órganos que se desprendían en vida. Sus ojos eran pozos negros con destellos de bisturí; su boca, una grieta que se abría demasiado, mostrando dientes amarillentos y una lengua que se movía como un gusano hambriento. Crowe no había muerto en paz en 1897. Lo habían colgado por los experimentos: disecciones en vivo de mendigas, inmigrantes, locas sin familia. Les abría el vientre para "estudiar el alma", les cortaba las cuerdas vocales para que sus gritos no molestaran a los vecinos. Cuando la soga lo estranguló, su último pensamiento fue: "Aún no he terminado". Y el odio lo mantuvo atado. Ahora, en 2026, el asilo era su reino. Se alimentaba de dolor fresco. Y Detroit le proveía banquetes diarios. A unas cuadras, en una calle sin alumbrado donde los faroles rotos colgaban como ojos ciegos, Marcus Hale caminaba con pasos medidos. 38 años, exmarine, cicatrices de IED en Irak que le habían dejado la mitad izquierda del rostro como carne derretida. Llevaba una mochila negra con cremalleras silenciosas. Dentro: cuerda de nailon, bisturí quirúrgico (uno auténtico del siglo XIX que había robado de un coleccionista), cloroformo casero, cinta adhesiva. Y una lista mental: nombres, edades, rutas habituales. Su apodo en los foros oscuros era "El Cazador de las Olvidadas". Elegía latinas y negras porque, según su lógica retorcida, eran "las que nadie busca". Madres solteras que salían del turno nocturno en fábricas de autopartes, adolescentes que huían de casas con padrastros abusivos, inmigrantes sin papeles que no denunciaban nada. Las estrangulaba lento, disfrutando cómo los ojos se les ponían en blanco mientras el cuerpo se convulsionaba. Luego tallaba símbolos en la piel: cruces invertidas, runas que copiaba de libros que Crowe le susurraba en sueños. Los cuerpos los dejaba en lotes vacíos, expuestos como arte. La policía y el FBI estaban jodidos. Veintitrés cuerpos en veinticuatro meses. Ninguna huella digital, ninguna cámara que lo captara claro (el fantasma borraba las grabaciones con interferencias electromagnéticas). Testigos que sobrevivían juraban haber visto "sombras que se movían solas". Los perfiles decían: "asesino organizado, motivación racial/sexual". Pero no entendían la mitad. Esa noche, Hale había elegido a Marisol Díaz, 17 años, recién llegada de Guatemala, trabajando en una lavandería industrial hasta las 2 a.m. Caminaba sola por Gratiot Avenue, auriculares puestos, ignorando el frío que le calaba los huesos. No oyó los pasos detrás. No vio la silueta que se despegaba de la pared como humo negro. Hale la agarró por detrás, mano enguantada tapándole la boca. El cloroformo hizo efecto en segundos. La arrastró a un callejón, detrás de un contenedor volcado. Allí, en la penumbra, sacó el bisturí. Le rasgó la blusa, exponiendo piel morena temblorosa. Empezó por el abdomen: un corte largo, preciso, abriendo carne como papel. La sangre brotó caliente, humeante en el frío. Marisol despertó a mitad del procedimiento, ojos desorbitados, intentando gritar pero solo salía un gorgoteo ahogado. Hale sonrió bajo la máscara quirúrgica. "Shhh... el doctor está trabajando." Mientras cortaba más profundo, buscando el útero —"el origen de la impureza"—, sintió el frío familiar. Crowe se manifestó. No como posesión total aún; solo un susurro en la mente: "Más lento. Quiero oírla romperse." Hale obedeció. Insertó los dedos enguantados en la herida abierta, palpando órganos calientes y resbaladizos. Marisol convulsionó, orina y sangre mezclándose en el suelo sucio. Cuando el corazón dejó de latir, Hale talló la runa final en la frente: una espiral que parecía un ojo abierto. Dejó el cuerpo allí, expuesto a los perros callejeros. Mañana lo encontrarían los basureros o algún adicto buscando cobre. Otro caso sin resolver. En la clínica comunitaria la novicia María Serena, terminaba su turno. Sus eternos 19 años, manos bellas de años atendiendo heridos en favelas y campos de refugiados. Hábito dominico negro, crucifijo de plata pesado contra el pecho. Esa noche había cosido a una adolescente puertorriqueña con navajazos en los brazos —"me defendí de mi novio"—, y había visto el miedo en sus ojos: el mismo miedo que veía en las noticias. Mientras limpiaba instrumentos, oyó el susurro por primera vez. No en el aire; dentro de su cráneo, como uñas arañando hueso. "Ayúdame... o únete a nosotras." María Serena se giró. La habitación estaba vacía. Solo el zumbido de los fluorescentes y el olor a desinfectante. Pero en el espejo sobre el lavabo, por un segundo, vio una silueta detrás de ella: alta, encorvada, con ojos que brillaban como metal mojado en sangre. Se santiguó. "En el nombre del Padre..." El reflejo sonrió. Y desapareció. María Serena salió a la calle. El viento traía olor a hierro y muerte. Sabía que no era coincidencia. Dios no le había dado visiones toda su vida para nada. Pero esta vez no era solo un llamado a la oración. Era una guerra. Y el enemigo ya la había olido. ( **Fin del Capítulo 1**


¡ ### Capítulo 2: El Susurro que Corta María Serena no durmió esa noche. El convento dominico en el corazón de Mexicantown era un edificio modesto de ladrillo rojo, con cruces en cada puerta y un silencio que normalmente le daba paz. Pero ahora ese silencio era opresivo, como si el aire mismo estuviera conteniendo la respiración. Se sentó en el borde de la cama estrecha, el crucifijo de plata apretado contra la palma hasta que le dejó una marca roja. El susurro seguía reverberando en su cabeza:
*“Ayúdame... o únete a nosotras”*. No era una voz humana. Era algo que raspaba desde dentro del hueso, como si alguien arañara el interior de su cráneo con uñas largas y sucias. A las 4:17 a.m. decidió actuar. Se levantó, se puso el hábito completo (incluyendo el velo que tanto odiaba en el frío de Detroit), y salió sin despertar a las otras hermanas. La calle estaba desierta; solo el eco de un perro lejano y el zumbido de un transformador roto. Caminó las ocho cuadras hasta el lote vacío donde, según las noticias de la radio comunitaria, habían encontrado a Marisol Díaz esa misma tarde.


La policía ya se había ido. Solo quedaban cintas amarillas rotas colgando de postes torcidos y un charco de sangre coagulada que brillaba negra bajo la luz de una farola moribunda. Elena se agachó. El olor era insoportable: hierro oxidado, orina, y algo más... un dulzor podrido, como carne que hubiera estado expuesta al calor demasiado tiempo. Tocó el suelo con los dedos enguantados. La sangre aún estaba tibia en algunos bordes. Imposible. Habían pasado horas. Pero ahí estaba: un hilo rojo que parecía moverse solo, como si tuviera pulso. Entonces lo oyó de nuevo. Más cerca. Más claro. *“Mírala... mírala bien.”* María Serena levantó la vista. En la pared del edificio contiguo, entre grafitis descoloridos y agujeros de bala, apareció una sombra que no pertenecía a nada físico. Alta, encorvada. La bata quirúrgica raída se movía como si hubiera viento, aunque el aire estaba quieto. El rostro del fantasma —porque ya no había duda de que era un fantasma— era una máscara de carne derretida y hueso expuesto. Los ojos eran huecos con un brillo metálico, como si alguien hubiera metido bisturíes en las cuencas. María Serena se santiguó con mano temblorosa. —*In nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti...* El ente rió. Un sonido húmedo, gorgoteante, como si se ahogara en su propia sangre. —*Tus palabras no me atan, monja. No todavía.* —La voz era un eco múltiple, como si varios hombres hablaran al mismo tiempo, todos con acento de Nueva Inglaterra del siglo XIX—. *Mira lo que hizo por mí. Mira el regalo.* La sombra se extendió por el suelo, y de repente María Serena vio la escena reproducida como un holograma enfermo: Marisol despertando a mitad del corte, los ojos desorbitados, la boca abierta en un grito mudo mientras los dedos enguantados de Hale hurgaban dentro de su abdomen abierto. Sangre salpicando en arcos rojos, órganos resbaladizos cayendo al suelo sucio. El asesino tarareando una canción infantil mientras tallaba la espiral en la frente. María Serena retrocedió, tropezando con un ladrillo suelto. Cayó de espaldas, el hábito se le manchó de sangre seca. El fantasma se acercó flotando, su forma ondulando como humo espeso. —*Él me alimenta. Yo lo guío. Juntos somos arte. Y tú... tú serás la próxima musa.* María Serena extrajo el rosario del bolsillo. Empezó a rezar el Credo en voz alta, fuerte, desafiante. Cada palabra parecía quemar el aire. El fantasma retrocedió un paso, siseando como carne en una sartén caliente. —*No puedes detenerme, hermana. La ciudad está llena de ellas. Pequeñas, morenas, solas. Nadie las busca. Nadie las llora.* Y entonces desapareció. Solo quedó el eco de la risa y un frío que se metió bajo el hábito, directo a los huesos. La joven novicia se levantó temblando. Miró el cuerpo ausente —ya se lo habían llevado— y vio algo que la policía no había notado: en el charco de sangre, escrito con un dedo, una palabra tallada en la tierra húmeda: **ÚNETE** Se limpió las manos en el hábito y corrió de vuelta al convento. Al llegar, la puerta de la capilla estaba entreabierta. Dentro, en el altar, encontró su Biblia abierta en el libro de Job. Alguien —o algo— había subrayado con sangre seca el versículo 3:3: *“Perezca el día en que nací, y la noche que dijo: ‘Varón ha sido concebido’.”* María Serena cerró el libro de golpe. Su corazón latía tan fuerte que le dolía el pecho. Sabía que no podía contarle a la madre Clara. No todavía. La superiora la mandaría a terapia o peor: la relevaría de sus deberes en la clínica. Pero Elena no podía dejarlo. No después de ver eso. A la mañana siguiente, fingió normalidad. Atendió pacientes: un niño con fiebre, una abuela con diabetes descontrolada, una joven negra con moretones que juraba que “se había caído”. Elena las miraba a todas con nuevos ojos. ¿Cuál sería la próxima? Mientras tanto, en un sótano húmedo bajo una casa abandonada en Brightmoor, Marcus Hale limpiaba su bisturí. El fantasma flotaba a su lado, susurrándole nombres nuevos. Hale sonrió. La monja lo había visto. Eso lo excitaba. La próxima no sería cualquiera. Sería ella. O alguien que ella amara. **Fin del Capítulo 2**


¡ ### Capítulo 3: La Marca en la Piel La novicia pasó el día siguiente en una niebla de rutina forzada,primero sus deberes.











Luego al hospital que bullía de pacientes: un niño con tos persistente, una anciana con llagas en las piernas que olían a gangrena, una joven latina que entró cojeando con un ojo morado y labios partidos.
“Me caí por las escaleras”, dijo la chica, evitando mirarla a los ojos. La novicia no insistió. Sabía que en estos barrios las escaleras tenían puños y nombres de hombres. Pero cada vez que cerraba los ojos, veía el corte en el abdomen de Marisol: la carne abierta como labios grotescos, los intestinos brillando húmedos bajo la luz amarilla de una farola. El olor a hierro y miedo seguía pegado a su hábito, aunque lo había lavado tres veces. Al atardecer, cuando la última paciente se fue, ella sacó el teléfono desechable que había comprado en una tienda de conveniencia esa mañana. No confiiaba en su línea oficial; si el fantasma podía susurrar en su cabeza, ¿qué le impedía escuchar llamadas? Marcó el número que había encontrado en un foro católico underground: el del padre Miguel Ruiz, un exsacerdote que había sido expulsado de la orden por “excesiva creencia en lo demoníaco”. Ruiz vivía en las afueras, en un remolque oxidado cerca de Hamtramck, y se ganaba la vida haciendo exorcismos no oficiales para familias desesperadas. Respondió al tercer tono. Voz ronca, con acento puertorriqueño marcado. —¿Quién habla? —Novicia María Serena, dominica. Necesito hablar de… algo que no se puede decir por teléfono. Silencio. Luego una risa seca. —¿Vio algo en Detroit que no cabe en un rosario? —Vi un fantasma. Y está matando niñas. Otro silencio. —Venga a las nueve. Traiga agua bendita. Y no le diga a nadie. Ella cerro el celular. Miró por la ventana: el sol se hundía rojo sangre detrás de las chimeneas muertas. Sintió un escalofrío que no era del frío. Mientras tanto, en el sótano de Brightmoor, Marcus Hale se preparaba. El lugar era un agujero húmedo bajo una casa victoriana derruida: paredes de hormigón agrietado, goteras constantes, un colchón manchado en una esquina y una mesa de metal donde alineaba sus herramientas. El bisturí del siglo XIX brillaba bajo la luz de una lámpara de camping. Al lado, una foto impresa de la bella novicia: tomada esa mañana desde un tejado lejano con un zoom potente. La monja saliendo de la clínica, el hábito ondeando como una bandera negra. Hale se tocó la cicatriz en la mejilla. La piel tirante le recordaba Irak, los cuerpos destrozados por explosiones, los gritos que aún oía en sueños. Pero ahora esos gritos tenían propósito. Crowe le había dado propósito. El fantasma apareció sin aviso, materializándose en el centro del sótano. La bata raída goteaba algo negro y espeso que no llegaba al suelo. —*Ella sabe demasiado* —siseó Crowe—. *La monja ve. Las otras no veían. Las otras gritaban y morían. Ella reza.* Hale sonrió, mostrando dientes torcidos. —Entonces la haremos gritar primero. Crowe flotó más cerca. Extendió una mano espectral y tocó la frente de Hale. El contacto fue como hielo quemando. Hale jadeó, los ojos se le pusieron en blanco por un segundo. Cuando volvió, tenía una nueva visión: Elena en la clínica, inclinada sobre una paciente. La paciente era una adolescente negra, 15 años, cabello trenzado, ojos grandes y asustados. Se llamaba Aisha Rodríguez Thompson. Trabajaba después de clases en una tienda de comestibles. Caminaba sola por Joy Road todas las noches. —*Ella la conoce* —susurró Crowe—. *La atendió la semana pasada por un corte en la mano. La monja le habló de Jesús. La niña sonrió. Haz que deje de sonreír.* Hale asintió. Sacó un cuchillo más pequeño, uno de cocina oxidado, y lo probó en su antebrazo. Un corte limpio, sangre brotando en perlas rojas. Lamio la hoja. Sabía a cobre y excitación.




#@#### Manejando un destartalado Charger ,María Serena llegó al remolque de Ruiz a las nueve en punto. El lugar olía a incienso quemado y café rancio. Ruiz era un hombre de unos 60 años, pelo gris corto, ojos hundidos, cicatriz en la ceja izquierda. La invitó a pasar sin ceremonias. Sobre la mesa: un crucifijo grande de madera, frascos de agua bendita, sal, una Biblia gastada y un revólver calibre 38. —No pregunte —dijo él al ver que Elena miraba el arma—. A veces los demonios necesitan plomo antes que oración. María Serena le contó todo: el susurro, la visión del asesinato, la palabra “ÚNETE” en la sangre, el fantasma con bata quirúrgica. Ruiz escuchó en silencio. Cuando terminó, se persignó. —Es un atado. Un espíritu que no se fue porque le gusta el dolor. Y ahora tiene un socio vivo. El Cazador. —¿Cómo lo sabe? —Porque lo he visto antes. En Gary, Indiana, hace años. Un tipo parecido: asesinatos rituales, un fantasma que guiaba. Terminó mal. El exorcista murió. El asesino se suicidó después de confesar. Pero el fantasma… volvió en otro lugar. Ella sintió un nudo en el estómago. —¿Podemos detenerlo? Ruiz la miró fijo. —Solo si lo enfrentamos donde está fuerte. En Eloise. Pero no irá sola. Y no con permiso de la Iglesia. Si la madre superiora se entera, la sacan de aquí. —No me importa —dijo la muchacha—. Dios no necesita permiso para combatir al mal. Ruiz sonrió por primera vez. —Esa es la respuesta correcta. Le dio un frasco de agua bendita y un pequeño relicario con una astilla de la Vera Cruz (o eso decía). —Vuelva mañana. Traeré a alguien más. Un exdetective que perdió a su hija por un asesino parecido. Está… motivado. Ella salió del remolque con el corazón latiendo fuerte. La noche era negra como tinta. Mientras caminaba hacia el convento, sintió que la observaban. No se equivocaba. Desde un tejado a dos cuadras, Hale la siguió con la mira de un rifle de caza. El fantasma flotaba a su lado. —*Mañana* —susurró Crowe,sabiendo que su pupilo Hale era un psicópata esquizofrénico, con ausencia de
de remordimiento , una Incapacidad real de aprender de la experiencia Ausencia de neuroticismo ,sin capacidad de distinguir entre un fantasma y un ser real, era solo eso un instrumento y a la vez creía que sus víctimas eran instrumentos y medios para el.placer que sentía cuando hacía daño.

—. *La niña primero. Luego ella.* Hale bajó el arma. Sonrió. —Mañana. ( **Fin del Capítulo 3**


Continua en

Tres Ases de Corazón.Fanfiction de Dana Chou.Parte 2

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